«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 30 de diciembre de 2013

Las preguntas de los dirigentes judíos.

El lunes por la noche se celebró un concilio entre el sanedrín y unos cincuenta líderes adicionales, seleccionados entre los escribas, fariseos y saduceos. Fue consenso de esta reunión que sería peligroso arrestar a Jesús en público, debido al afecto con que contaba entre la gente común. También era opinión de la mayoría que debía hacerse un esfuerzo decidido por desacreditarlo a los ojos de la multitud antes de arrestarlo y llevarlo a juicio. Por lo tanto, varios grupos de hombres eruditos fueron designados para estar disponibles a la mañana siguiente en el templo con el objeto de hacerlo caer en la trampa de preguntas difíciles, y de otra manera tratar de ponerlo en una situación embarazosa ante la gente. Por fin, los fariseos, los saduceos y aun los herodianos estaban todos unidos en este esfuerzo dirigido a desacreditar a Jesús a los ojos de las multitudes pascuales.
      
El martes por la mañana, cuando Jesús llegó al patio del templo y comenzó a enseñar, apenas si había pronunciado unas pocas palabras cuando un grupo de los estudiantes más jóvenes de las academias, a quienes se había hecho ensayar con este propósito, se adelantaron y por medio de su portavoz se dirigieron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres un instructor recto, y sabemos que proclamas los caminos de la verdad, y que tan sólo sirves a Dios, porque no temes a ningún hombre, y no haces acepción de personas. Somos tan sólo estudiantes, y nos gustaría conocer la verdad sobre un asunto que nos preocupa; nuestra dificultad es ésta: ¿Es legal para nosotros pagar tributo al césar? ¿Hemos de pagar tributo o no?» Jesús, percibiendo su hipocresía y artificio, les dijo: «¿Por qué venís de esta manera para tentarme? Mostradme el dinero del tributo, y yo os contestaré». Y cuando ellos le entregaron un denario, él lo miró y dijo: «¿Qué imagen e inscripción lleva esta moneda?» Cuando ellos le contestaron: «La del césar», Jesús dijo: «Dad al césar las cosas que son del césar y dad a Dios las cosas que son de Dios».
     
Cuando así hubo contestado, estos jóvenes escribas y sus cómplices herodianos, se retiraron de su presencia, y la gente, aun los saduceos, disfrutaron de su derrota. Aun los jóvenes que habían intentado hacerlo caer en la trampa, grandemente se maravillaron de la inesperada sagacidad de la respuesta del Maestro.
      
El día anterior, los líderes habían tratado de hacerlo tropezar ante la multitud en asuntos de autoridad eclesiástica, y habiendo fracasado, ahora intentaban enredarlo en una discusión dañina de la autoridad civil. Tanto Pilato como Herodes estaban en Jerusalén en ese momento, y los enemigos de Jesús conjeturaban que, si él se atrevía a aconsejar que no se pagara el tributo al césar, podrían ir inmediatamente ante las autoridades romanas y acusarlo de sedición. Por otra parte, si aconsejaba en muchas palabras explicativas el pago del tributo calculaban con justicia que dicha declaración heriría grandemente el orgullo nacional de sus oyentes judíos, alienando de esta manera la buena voluntad y el afecto de la multitud.
      
En todo esto, los enemigos de Jesús fueron derrotados puesto que era regla bien conocida del sanedrín, establecida para guiar a los judíos dispersos entre las naciones gentiles, que el «derecho de acuñar monedas conllevaba el derecho de cobrar impuestos». De esta manera Jesús había evitado la trampa. Haber contestado «no» a su pregunta habría sido equivalente a incitar a la rebelión; haber contestado «sí» habría chocado a los sentimientos nacionalistas profundamente arraigados de esa época. El Maestro no evadió la pregunta; meramente empleó la sabiduría de ofrecer una respuesta doble. Jesús nunca fue evasivo, pero siempre fue sabio en su trato con los que trataban de turbarlo y de destruirlo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

El perdón divino.

Ya durante varios días Pedro y Santiago habían discutido de sus diferencias de opinión sobre las enseñanzas del Maestro relativas al perdón de los pecados. Ambos habían acordado plantear el asunto a Jesús, y Pedro aprovechó esta ocasión como una oportunidad adecuada para obtener el consejo del Maestro. Por lo tanto, Simón Pedro interrumpió la conversación que trataba de las diferencias entre la alabanza y la adoración, preguntando: «Maestro, Santiago y yo no nos ponemos de acuerdo sobre tus enseñanzas relativas al perdón de los pecados. Santiago sostiene que tú enseñas que el Padre nos perdona aun antes de que nosotros se lo pidamos, y yo pienso que el arrepentimiento y la confesión deben preceder al perdón. ¿Quién de nosotros tiene razón? ¿Qué dices tú?»

      
Después de un corto silencio Jesús miró significativamente a los cuatro y contestó: «Hermanos míos, erráis en vuestras opiniones porque no comprendéis la naturaleza de esas relaciones íntimas y amantes entre la criatura y el Creador, entre el hombre y Dios. Falláis en captar esa compasión comprensiva que el padre sabio tiene para con su hijo inmaduro que, a veces, yerra. Es en verdad discutible si los padres inteligentes y afectuosos jamás se vean en una situación de perdonar a un hijo normal y corriente. Las relaciones comprensivas, asociadas con actitudes amantes, efectivamente previenen todas esas alienaciones que más tarde necesitan un reajuste mediante el arrepentimiento por parte del hijo y el perdón por parte del padre.
     
«Una parte de todo padre vive en el hijo. El padre disfruta de prioridad y superioridad de comprensión en todos los asuntos relacionados con la relación hijo-padre. El padre es capaz de ver la inmadurez del hijo a la luz de la madurez paterna más avanzada, la experiencia más madura del socio mayor. En el caso del hijo terrenal y el Padre celestial, el padre divino posee infinidad y divinidad de comprensión, y capacidad para una compasión amante. El perdón divino es inevitable; es inherente e inalienable a la infinita comprensión de Dios, en su conocimiento perfecto de todo lo que se relaciona con el juicio erróneo y la elección equivocada del hijo. La justicia divina es tan eternamente ecuánime que infaliblemente comprende una compasión misericordiosa.
      
«Cuando un hombre sabio comprende los impulsos interiores de sus semejantes, los amará. Y cuando amáis a vuestro hermano, ya le habéis perdonado. Esta capacidad de comprender la naturaleza humana y olvidar sus errores aparentes es deiforme. Si sois padres sabios, de esta manera amaréis y comprenderéis a vuestros hijos, aun les perdonaréis cuando una falta de comprensión pasajera os pueda aparentemente haber separado. El hijo, siendo inmaduro y faltándole la comprensión más plena de la profundidad de la relación hijopadre, debe frecuentemente experimentar una sensación de separación culpable de la aprobación plena del padre, pero el verdadero padre no tiene nunca conciencia de una separación semejante. El pecado es una experiencia de la conciencia de la criatura; no es parte de la conciencia de Dios.
      
«Vuestra incapacidad o falta de deseo de perdonar a vuestros semejantes es la medida de vuestra inmadurez, de vuestra incapacidad para alcanzar una compasión adulta, comprensión y amor. Sois rencorosos y vengativos en proporción directa a vuestra ignorancia de la naturaleza interior y de los deseos verdaderos de vuestros hijos y de vuestros semejantes. El amor es la manifestación exterior del impulso divino e interior de la vida. Está fundado en la comprensión, alimentado por el servicio altruista, y perfeccionado en la sabiduría».

martes, 17 de diciembre de 2013

El martes por la mañana en el templo.

A ESO de las siete de este martes por la mañana Jesús se reunió con los apóstoles, el cuerpo de mujeres, y unas dos docenas de otros discípulos prominentes en la casa de Simón. En esta reunión se despidió de Lázaro, dándole esa instrucción que le llevó tan pronto después a huir a Filadelfia en Perea, donde más tarde se relacionó con el movimiento misionero que tenía su central en esa ciudad. Jesús también se despidió del anciano Simón, y dio sus consejos de despedida al cuerpo de mujeres, puesto que no volvió a dirigirse a ellas formalmente.
      
Esta mañana saludó a cada uno de lo doce con un saludo personal. A Andrés le dijo: «No te desanimes por los acontecimientos inminentes. Controla firmemente a tus hermanos y cuida de que no te vean deprimido». A Pedro le dijo: «No deposites tu confianza en el brazo ni en el acero. Establécete sobre los cimientos espirituales de las rocas eternas». A Santiago le dijo: «No titubees por las apariencias exteriores. Permanece fiel en tu fe, y pronto conocerás la realidad de aquello en lo que crees». A Juan le dijo: «Sé tierno; ama aun a tus enemigos; sé tolerante. Y recuerda que yo te he confiado muchas cosas». A Natanael le dijo: «No juzgues por las apariencias; permanece firme en tu fe aun cuando todo parezca esfumarse; sé fiel a tu misión de embajador del reino». A Felipe le dijo: «No te dejes conmover por los acontecimientos inminentes. Permanece inmutable, aun cuando no puedas ver el camino. Sé leal a tu juramento de consagración». A Mateo le dijo: «No olvides la misericordia que te recibió en el reino. Que ningún hombre te quite tu recompensa eterna. Así como has resistido las inclinaciones de la naturaleza mortal, dispónte a ser constante». A Tomás le dijo: «Aunque sea muy difícil, ahora debes caminar por lo que crees y no por lo que ves. No tengas dudas de mi habilidad para completar la obra que he comenzado, hasta que finalmente veré a todos mis fieles embajadores en el reino más allá». A los gemelos Alfeo les dijo: «No permitáis que las cosas que no podéis comprender os sobrecojan. Sed fieles al afecto de vuestro corazón y no coloquéis vuestra confianza ni en grandes hombres ni en la actitud cambiante de la gente. Aliaos con vuestros hermanos». A Simón el Zelote le dijo: «Simón, puedes estar sobrecogido por la desilusión, pero tu espíritu se elevará por sobre todas las cosas que te puedan suceder. Lo que no pudiste aprender de mí, mi espíritu te lo enseñará. Persigue las realidades verdaderas del espíritu y deja de ser atraído por las sombras irreales y materiales». Y a Judas Iscariote le dijo: «Judas, te he amado y he orado para que tú amaras a tus hermanos. No te canses de hacer el bien; y quiero advertirte que te cuides de los senderos resbalosos de las lisonjas y de los dardos envenenados del ridículo».
      
Y cuando hubo concluido estas salutaciones, partió hacia Jerusalén con Andrés, Pedro, Santiago y Juan mientras los demás apóstoles establecían el campamento de Getsemaní, a donde irían esa noche, y donde trasladaron su sede central por el resto de la vida en la carne del Maestro. Aproximadamente a mitad del camino bajando el Monte de los Olivos, Jesús pausó y conversó más de una hora con los cuatro apóstoles.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La parábola del festín de boda.

Una vez que se retiraron los escribas y los rectores, Jesús nuevamente se dirigió a la multitud reunida y relató la parábola del festín de boda. Dijo:

«El reino del cielo es semejante a un rey que le hizo fiesta de boda a su hijo y envió mensajeros a llamar a los ya invitados al festín, diciendo: `Está todo listo para la cena de boda en el palacio del rey'. Ahora pues, muchos de los que antes habían prometido asistir, no quisieron venir. Cuando el rey escuchó que rechazaban su invitación, envió a otros siervos y mensajeros, diciendo: `Decid a todos los convidados, que vengan, porque, mirad, he preparado mi comida. Mis bueyes y mis cebones han sido matados, y todo está dispuesto para la celebración de la boda inminente de mi hijo'. Pero nuevamente estos invitados desconsiderados sin hacer caso de la convocatoria de su rey, se fueron por su camino, uno a su labranza, otro a su cerámica y otro a sus negocios. Y otros no se limitaron a despreciar así el llamado del rey, sino que en rebeldía abierta atacaron a los mensajeros del rey y los trataron vergonzosamente mal, aun matando a algunos de ellos. Cuando el rey percibió que sus huéspedes elegidos, aun los que habían aceptado su invitación preliminar y habían prometido asistir al festín de bodas, finalmente rechazaban su llamado y en rebeldía habían atacado, asaltado y matado a sus mensajeros elegidos, se airó extremadamente. Entonces este rey ofendido mandó sus ejércitos y los ejércitos de sus aliados y les instruyó que destruyeran a aquellos asesinos rebeldes y que incendiaran su ciudad.
     
«Y después de castigar así a los que habían despreciado su invitación, estableció otra fecha distinta para el festín de bodas y dijo a sus mensajeros: `Los que invité en primer término a la boda no eran dignos; id ahora pues a las salidas de los caminos y a las carreteras y aun más allá de los límites de la ciudad, e invitad a cuantos halléis aun a los extranjeros, que vengan y que asistan a este festín de bodas'. Entonces los siervos salieron a las carreteras y a los lugares retirados, y juntaron a cuantos hallaron, buenos y malos, ricos y pobres, de modo que por fin la cámara nupcial estaba llena de convidados. Cuando todo estuvo listo, el rey se presentó ante sus huéspedes, y se sorprendió de encontrar allí a un hombre sin manto nupcial. El rey, puesto que había proveído generosamente mantos nupciales para todos sus huéspedes, dirigiéndose a este hombre, dijo: `Amigo mío, ¿por qué vienes convidado en esta ocasión sin el manto nupcial'? Y este hombre que no estaba preparado enmudeció. Entonces dijo el rey a sus siervos: `Arrojad a este convidado desconsiderado de mi casa para que corra la misma suerte de todos los otros que despreciaron mi hospitalidad y rechazaron mi llamado. No tendré aquí a nadie sino a los que se regocijan de aceptar mi invitación, y que me hacen el honor de llevar los mantos nupciales que tan generosamente se les han proveído'».
     
Después de relatar esta parábola, Jesús estaba a punto de despedir a la multitud cuando un creyente simpatizante, abriéndose camino entre la multitud hacia él, preguntó: «Pero, Maestro, ¿cómo nos enteraremos de estas cosas? ¿Cómo podremos estar listos para la invitación del rey? ¿Qué signo nos darás para que nosotros sepamos que tú eres el Hijo de Dios?» Y cuando el Maestro oyó estas palabras, dijo: «Sólo un signo os será dado». Luego, indicando su propio cuerpo, siguió: «Destruid este templo, y en tres días yo volveré a levantarlo». Pero ellos no le comprendieron, y al dispersarse, hablaron entre ellos diciendo: «Por casi cincuenta años se ha estado construyendo este templo y sin embargo él dice que lo destruirá y lo volverá a edificar en tres días». Aun sus propios apóstoles no comprendieron el significado de esta declaración, pero posteriormente, después de su resurrección, recordaron sus palabras.
      
A eso de las cuatro de esta tarde Jesús señaló a sus apóstoles que deseaba salir del templo e ir a Betania para cenar y descansar por la noche. Mientras ascendían el Oliveto Jesús instruyó a Andrés, Felipe y Tomás que, al día siguiente, debían establecer un campamento cerca de la ciudad, para que lo ocuparan durante el resto de la semana pascual. De acuerdo con esta instrucción, a la mañana siguiente armaron las tiendas en una hondonada de la colina, desde la cual se veía el parque público del campamento de Getsemaní, sobre una parcela de tierra que pertenecía a Simón de Betania.
       
Nuevamente fue un grupo silencioso de judíos el que se abrió camino por la pendiente occidental del Monte de los Olivos este lunes por la noche. Estos doce hombres sentían, como nunca antes, que se avecinaba algo trágico. Aunque la limpieza dramática del templo esa mañana temprano había aumentado sus esperanzas de ver al Maestro imponerse él mismo y manifestar sus grandes poderes, los acontecimientos de la tarde sólo les producían desilusión, porque indicaban el rechazo certero de las enseñanzas de Jesús por parte de las autoridades judías. Los apóstoles eran presa del suspenso y prisioneros de una terrible incertidumbre. Se daban cuenta de que sólo unos pocos días podían pasar entre los acontecimientos del día recién transcurrido y el desencadenarse de la crisis inminente. Todos sentían que algo tremendo estaba por suceder, pero no sabían qué esperar. Fueron a sus distintos sitios de reposo, pero durmieron muy poco. Aun los gemelos Alfeo se apercibieron por fin de que los acontecimientos de la vida del Maestro se estaban acercando hacia su culminación final.

domingo, 1 de diciembre de 2013

La parábola del amo ausente.

Cuando los principales fariseos y escribas que habían tratado de hacer caer a Jesús en una trampa con sus preguntas, terminaron de escuchar la historia de los dos hijos, se retiraron para asesorarse ulteriormente entre ellos, y el Maestro, volviendo la atención a la multitud de oyentes, relató otra parábola:
      
«Había un buen hombre, propietario de tierras, y plantó él una viña. La cercó de seto vivo, cavó en ella un pozo para el lagar de vino, y edificó una torre para los guardias. Luego le arrendó la viña a unos arrendatarios y se fue en un largo viaje a otro país. Cuando se acercó la temporada de los frutos, envió sus siervos a los arrendatarios, para que recibiesen sus rentas. Mas los arrendatarios se aconsejaron entre ellos y se negaron a dar a los siervos los frutos que le debían al amo; en cambio, cayeron sobre los siervos, a uno golpearon, a otro apedrearon, y enviaron a los demás de vuelta con las manos vacías. Cuando el propietario oyó lo que había ocurrido, envió a otros siervos más de confianza para que trataran con esos arrendatarios malvados, y a éstos, los arrendatarios hirieron y también trataron de una manera vergonzosa. Y entonces el amo envió a su siervo favorito, su mayordomo, y ellos lo mataron. Aun así, con paciencia y buena voluntad, envió muchos otros siervos, pero a ninguno de ellos lo recibían. A algunos los apalearon, a otros los mataron, y cuando el amo así fue tratado, decidió enviar a su hijo para que tratara con estos arrendatarios ingratos, diciéndose: `Puede que traten mal a mis siervos, pero con toda seguridad tendrán respeto a mi hijo amado'. Pero cuando los arrendatarios impenitentes y protervos vieron al hijo, razonaron para sus adentros: `Éste es el heredero; venid, matémoslo y su herencia será nuestra'. Así pues lo tomaron, y después de echarlo fuera de la viña, lo mataron. Cuando el propietario de la viña oiga que ellos rechazaron y mataron a su hijo, ¿qué hará él a aquellos arrendatarios ingratos y perversos?'».


Y cuando la gente escuchó esta parábola y la pregunta de Jesús, contestaron: «Destruirá a estos hombres miserables y arrendará su viña a otros arrendatarios honestos que le entreguen los frutos a su tiempo». Y cuando algunos de los oyentes percibieron que esta parábola se refería a la nación judía, a su trato de los profetas y al inminente rechazo de Jesús y del evangelio del reino, dijeron con pesadumbre: «Quiera Dios que no sigamos haciendo estas obras».
     
Jesús vio a un grupo de saduceos y fariseos que se abrían paso en la multitud, y se calló un momento, hasta que llegaron junto a él, entonces dijo: «Vosotros sabéis cómo vuestros padres rechazaron a los profetas, y bien sabéis que habéis decidido en vuestro corazón rechazar al Hijo del Hombre». Luego, mirando fijo a los ojos de los sacerdotes y ancianos que estaban de pie cerca de él, Jesús dijo: «Acaso nunca leísteis en las Escrituras sobre la piedra que rechazaron los edificadores, y que, cuando la gente la descubrió, fue hecha cabeza del ángulo? Así pues otra vez os advierto que, si continuáis rechazando este evangelio, finalmente el reino de Dios se os quitará y se le entregará a un pueblo que desee recibir la buena nueva y rendir los frutos del espíritu. Hay un misterio en esta piedra, puesto que el que la tropiece y caiga sobre ella, aunque se quebrante, será salvado; pero sobre el que cayere ésta, será hecho polvo y sus cenizas serán esparcidas a los cuatro vientos».
     
Cuando los fariseos escucharon estas palabras, comprendieron que Jesús se refería a ellos mismos y a los demás líderes judíos. Mucho deseaban arrestarlo en ese mismo momento, pero temían la multitud. Sin embargo, estaban tan airados por las palabras del Maestro que se retiraron y nuevamente se asesoraron entre ellos sobre cómo provocar su muerte. Esa noche, tanto los saduceos como los fariseos se unieron para planear hacerlo caer en una trampa al día siguiente.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La parábola de los dos hijos.

Mientras los capciosos fariseos estaban allí de pie en silencio ante Jesús, él bajó la mirada sobre ellos y dijo: «Puesto que dudáis de la misión de Juan y os disponéis en enemistad contra las enseñanzas y las obras del Hijo del Hombre, prestad oído mientras os relato una parábola: Cierto terrateniente respetado y en buena posición tenía dos hijos, y deseando la ayuda de sus hijos en el manejo de sus grandes posesiones fue a ver a uno de ellos, diciendo: `Hijo, vete a trabajar hoy en mi viñedo'. Este hijo despreocupado respondió al padre diciendo: `No iré'; pero después, se arrepintió y fue. Cuando encontró a su hijo mayor, del mismo modo le dijo: `Hijo, vete a trabajar en mi viñedo'. Y este hijo hipócrita e infiel contestó: `Sí, padre mío, iré'. Pero cuando su padre partió, no fue. Os pregunto ahora, cuál de los dos hijos realmente hizo la voluntad de su padre?»
      
Y la gente habló al unísono, diciendo: «El primero». Entonces dijo Jesús: «Aun así, ahora os digo que los publicanos y las rameras, aunque parezcan rechazar el llamado al arrepentimiento, verán el error en su estilo de vida e irán antes que vosotros al reino de Dios, que tanto pretendéis servir al Padre en el cielo y al mismo tiempo os negáis a hacer las obras del Padre. No fuisteis vosotros, fariseos y escribas, los creyentes de Juan sino más bien los publicanos y los pecadores; tampoco creéis vosotros en mis enseñanzas, pero la gente común escucha con deleite mis palabras».
      
Jesús no despreciaba personalmente a los fariseos y saduceos. Era su sistema de enseñanzas y sus prácticas los que él trataba de desacreditar. No mostraba hostilidad contra ningún hombre, pero se estaba desencadenando aquí el choque inevitable entre una religión del espíritu, nueva y viva, y la religión más antigua de la ceremonia, la tradición y la autoridad.
      
Durante todo este tiempo, los doce apóstoles permanecieron cerca del Maestro, pero no participaron de ninguna manera en estas transacciones. Cada uno de los doce reaccionó en su forma peculiar a los acontecimientos de estos últimos días del ministerio de Jesús en la carne, y cada uno del mismo modo permaneció obediente a la admonición del Maestro de no enseñar ni predicar públicamente durante esta semana de Pascua.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El desafío a la autoridad del maestro.

El domingo la entrada triunfal del Maestro a Jerusalén tanto sobrecogió a los líderes judíos que no se atrevieron a arrestar a Jesús. Hoy, esta espectacular limpieza del templo del mismo modo pospuso efectivamente el prendimiento del Maestro. Día tras día los potentados de los judíos se tornaban más y más convencidos de su decisión de destruirlo, pero estaban sobrecogidos por dos temores que se conjugaron para postergar la hora del ataque. Los altos sacerdotes y los escribas no estaban dispuestos a arrestar a Jesús en público, porque temían que la multitud se volviera contra ellos en furioso resentimiento; también temían la posibilidad de que hubiera que llamar a los guardias romanos para ahogar una revuelta popular.
      
En la sesión del mediodía del sanedrín, ya que no había ningún amigo del Maestro asistiendo a esta reunión, se acordó unánimemente que Jesús debía ser destruido rápidamente. Pero no podían ponerse de acuerdo en cuanto a cuándo y cómo debía ser arrestado. Finalmente, acordaron nombrar cinco grupos para que salieran entre la gente e intentaran enredarlo en una trampa en sus enseñanzas o de otra manera desacreditarlo a los ojos de los que escuchaban sus enseñanzas. Por lo tanto, a eso de las dos de la tarde, cuando Jesús acababa de comenzar su discurso sobre «la libertad de la filiación», un grupo de estos ancianos de Israel se abrió paso hasta llegar cerca de Jesús e, interrumpiéndolo de su manera acostumbraba, hicieron esta pregunta: ¿«Por cuál autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?»
      
Era completamente apropiado que los rectores del templo y los funcionarios del sanedrín judío hicieran esta pregunta al que presumiera enseñar y actuar de la manera extraordinaria que había sido característica de Jesús, especialmente en cuanto se refería a su reciente conducta al limpiar el templo de todo comercio. Estos mercaderes y cambistas operaban por licencia directa de los líderes más altos, y un porcentaje de sus ganancias supuestamente iba directamente al tesoro del templo. No os olvidéis que autoridad era el lema clave de todo el pueblo judaico. Los profetas siempre provocaban problemas porque presumían tan audazmente enseñar sin autoridad, sin haber sido debidamente instruidos en las academias rabínicas y posteriormente con regularidad ordenados por el sanedrín. La falta de esta autoridad en la enseñanza pretenciosa pública se consideraba como indicación de presunción ignorante o de rebeldía abierta. En esta época, sólo el sanedrín podía ordenar a un anciano o a un instructor, y la ceremonia debía celebrarse en presencia de por lo menos tres personas que hubieran sido previamente ordenadas de la misma manera. Tal ordenación confería el título de «rabino» al maestro y también lo calificaba para actuar como juez, «atando o soltando los asuntos que pudieran traerse ante él para su adjudicación».
      Los rectores del templo se presentaron ante Jesús en esta hora de la tarde desafiando no sólo sus enseñanzas sino sus acciones. Jesús bien sabía que estos mismos hombres habían enseñado durante mucho tiempo públicamente que la autoridad de él para enseñar era satánica, y que todas sus obras poderosas habían sido forjadas por poder del príncipe de los diablos. Por consiguiente, el Maestro comenzó su respuesta a esta pregunta haciéndoles a su vez una pregunta. Dijo Jesús: «También me gustaría haceros a vosotros una pregunta que, si queréis contestarla, yo del mismo modo os diré por cuál autoridad hago estas obras. El bautismo de Juan, ¿de dónde vino? ¿Recibió Juan su autoridad del cielo o de los hombres?»
      
Cuando los que lo interrogaban oyeron esto, se apartaron para asesorarse entre ellos en cuanto a qué respuesta debían dar. Habían planeado colocar a Jesús en una situación incómoda ante la multitud, pero ahora se encontraban ellos altamente confusos frente a todos los que estaban congregados en ese momento en el patio del templo. Su derrota fue aun más aparente cuando volvieron ante Jesús, diciendo: «En cuanto al bautismo de Juan, no podemos responder; no sabemos». Contestaron así al Maestro porque habían razonado entre ellos: si decimos `del cielo', entonces él dirá, `por qué no creísteis en él', y tal vez agregará que él recibió su autoridad de Juan; y si decimos que de los hombres, entonces la multitud tal vez se vuelva contra nosotros, porque la mayoría de ellos piensa que Juan fue un profeta; de manera que se vieron obligados a presentarse ante Jesús y la multitud, y confesar que ellos, los enseñantes y líderes religiosos de Israel, no podían (o no querían) expresar una opinión sobre la misión de Juan. Y cuando así hablaron, Jesús, bajando la mirada sobre ellos dijo: «Tampoco os diré yo por qué autoridad hago estas cosas».
      
Jesús nunca tuvo la intención de apelar a Juan para su autoridad. El sanedrín nunca ordenó a Juan. La autoridad de Jesús estaba en él mismo y en la supremacía eterna de su Padre.
      
Al emplear este método de trato con sus adversarios, Jesús no tenía la intención de evitar la pregunta. A primera vista, podría parecer que él fue culpable de una evasión maestra, pero no fue así. Jesús no estaba nunca dispuesto a sacar injusta ventaja ni siquiera de sus enemigos. En esta evasión aparente, él en realidad proveyó a sus oyentes la respuesta a la pregunta farisea en cuanto a qué autoridad había detrás de su misión. Ellos habían afirmado que él actuaba por autoridad del príncipe de los diablos. Jesús había afirmado repetidamente que todas sus enseñanzas y obras eran por poder y autoridad de su Padre en el cielo. Esto los líderes judíos se negaban a aceptar y estaban tratando de ponerlo contra la pared, para que admitiera que él era un maestro irregular puesto que no había sido sancionado nunca por el sanedrín. Al responderles como lo hizo, aunque no reclamó que su autoridad viniera de Juan, satisfizo de esta manera a la gente con una alusión de que el esfuerzo de sus enemigos por atraparlo estaba en realidad dirigido contra ellos mismos y los desacreditaba a ellos ante los ojos de todos los presentes.


Era este magistral trato del Maestro con sus adversarios, que tanto los asustaba. No intentaron hacer ninguna otra pregunta ese día; se retiraron para asesorarse ulteriormente entre ellos. Pero la gente no tardó en discernir la deshonestidad y falta de sinceridad en estas preguntas hechas por los dirigentes judíos. Aun la gente común no podía dejar de distinguir entre la majestad moral del Maestro y la hipocresía intrigante de sus enemigos. Pero la limpieza del templo atrajo a los saduceos a que se aliaran con los fariseos en el perfeccionamiento de un plan para destruir a Jesús. Los saduceos representaban ahora una mayoría en el sanedrín. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

La limpieza del templo.

Se llevaban a cabo grandes negocios en asociación con los servicios y ceremonias del templo. Existía el comercio de proveer animales indicados para los distintos sacrificios. Aunque era permitido que un adorador proveyera su propio sacrificio, estaba el hecho de que este animal debía estar libre de todo «defecto» en el sentido de la ley levítica y según la interpretación de la ley por parte de los inspectores oficiales del templo. Muchos de los adoradores habían sufrido la humillación de que un animal supuestamente perfecto que traían, fuera rechazado por los examinadores del templo. Por consiguiente, se hizo práctica general adquirir los animales para el sacrificio en el templo mismo, y aunque había varios sitios en el cercano del Oliveto donde se podían comprar animales, se había vuelto costumbre comprarlos directamente de los corrales del templo. Gradualmente se había establecido esta costumbre de vender todo tipo de animales de sacrificio en los patios del templo. Se había desarrollado de esta manera un floreciente comercio, en el cual se obtenían enormes utilidades. Parte de estas ganancias se reservaba para el tesoro del templo, pero la porción más grande terminaba indirectamente en las manos de las familias de los altos sacerdotes.
      
Esta venta de animales en el templo prosperó porque, cuando el adorador compraba así un animal, aunque el precio fuera un tanto más alto, no tenía que pagar ningún otro honorario, y podía estar seguro de que la ofrenda no sería rechazada porque el animal tuviera defectos verdaderos o imaginados. En distintas épocas hubo prácticas de exorbitantes sobrecargos al pueblo, especialmente durante las grandes fiestas nacionales. En cierta época, algunos sacerdotes codiciosos llegaron hasta exigir el equivalente del valor de una semana de trabajo a cambio de un par de palomas que deberían haber sido vendidas a los pobres por unos pocos centavos. Los «hijos de Anás» ya habían empezado a establecer su bazar en los precintos del templo, mercados de abastecimiento que perduraron hasta el momento en que fueron finalmente arrojados por una turba de gente, tres años antes de la destrucción del templo mismo.
      
Pero el tráfico de animales sacrificatorios y de otras mercancías no era la única manera en la cual se profanaban los patios del templo. En esta época había un extenso sistema de intercambio bancario y comercial que se realizaba directamente dentro de los precintos del templo. Y todo esto se había establecido así: Durante la dinastía de los Asmoneos, los judíos acuñaban su propia moneda de plata, y se había vuelto práctica exigir que las tarifas del templo de medio siclo y todos los demás gravámenes del templo se pagaran en esta moneda judía. Esta reglamentación necesitaba la autorización de un número requisito de cambistas para intercambiar los muchos tipos de divisas en circulación por toda Palestina y las demás provincias del imperio romano con este siclo ortodoxo de acuñación judía. El impuesto del templo por persona, pagadero por todos excepto las mujeres, los esclavos y los menores, era de medio siclo, una moneda de tamaño de diez centavos de dólar, pero del doble de espesor. En la época de Jesús, los sacerdotes también habían sido eximidos del pago de las tarifas del templo. Por lo tanto, entre el 15 y el 25 del mes anterior a la Pascua, los cambistas acreditados erigían sus puestos en las principales ciudades de Palestina, con el fin de proveer a los judíos con el dinero apropiado para pagar las tarifas del templo al llegar a Jerusalén. Después de este período de diez días, estos cambistas se trasladaban a Jerusalén y montaban sus mesas de cambio de divisa en los patios del templo. Se les permitía cobrar una comisión del treinta, o aun, cuarenta por ciento, y en caso de monedas de mayor valor ofrecidas para cambio, les estaba permitido cobrar el doble. Del mismo modo, estos banqueros del templo ganaban sobre el cambio de toda moneda para la compra de animales sacrificatorios y para el pago de votos y de ofrendas.
      
Estos cambiadores de moneda del templo no sólo conducían un comercio regular de banquero para fines lucrativos en el intercambio de más de veinte tipos de dinero que traían periódicamente a Jerusalén los peregrinos visitantes, sino que también hacían todos los demás tipos de transacciones correspondientes al negocio banquero. Tanto el tesoro del templo como los rectores del mismo ganaban enormes utilidades en estas actividades comerciales. No era infrecuente que el tesoro del templo contuviera el equivalente de más de diez millones de dólares, mientras que la gente común languidecía en la pobreza y seguía pagando estas contribuciones injustas.
      
En el medio de esta multitud ruidosa de cambistas, mercaderes, y vendedores de ganado, este lunes por la mañana, Jesús, intentó enseñar el evangelio del reino del cielo. No era el único en resentir esta profanación del templo; la gente común, especialmente los visitantes judíos provenientes de las provincias extranjeras, también resentían de todo corazón esta profanación interesada de su templo nacional de culto. En esta época el sanedrín mismo celebraba reuniones regulares en un aposento sumergido en el ruido y la confusión de este comercio e intercambio.
      
Cuando Jesús se disponía a comenzar su discurso, sucedieron dos cosas que llamaron su atención. Junto a la mesa de uno de los cambistas situada allí cerca, surgió un violento y excitado altercado porque supuestamente se le había cobrado demasiado a un judío de Alejandría; al mismo tiempo se llenó la atmósfera de los mugidos de una manada de alrededor de cien bueyes que eran conducidos de una sección de los corrales a otra. Al pausar Jesús, contemplando silenciosa pero pensativamente esta escena de comercio y confusión, vio ahí cerca a un galileo de mente sencilla, un hombre con el cual había hablado él cierta vez en Irón, que estaba siendo ridiculizado y burlado por ciertos judeanos supuestamente superiores y elitistas; todo esto se combinó para que surgiera en el alma de Jesús una de esas extrañas descargas periódicas de indignada emoción.
      
Ante el asombro de sus apóstoles, que estaban cerca, y que se refrenaron de participar en lo que tan pronto ocurriría, Jesús bajó de la plataforma de enseñanza y, acercándose al muchacho que conducía el ganado a través del patio, le quitó el látigo de cuerdas y rápidamente sacó del templo a los animales. Pero eso no fue todo; ante la mirada sorprendida de los miles reunidos en el patio del templo, se dirigió majestuosamente al corral de ganado más alejado, y procedió a abrir las puertas de cada uno de los establos y sacar de allí a los animales aprisionados. A esta altura, los peregrinos allí reunidos estaban electrificados, y con gritos retumbantes se abalanzaron a los bazares, volcando las mesas de los cambistas. En menos de cinco minutos todo el comercio había sido barrido del templo. En el momento en que aparecieron los guardias romanos, que estaban cerca del templo, ya reinaba la calma y las multitudes habían vuelto al orden; Jesús, volviendo a la plataforma de los oradores, habló a la multitud: «Habéis presenciado este día lo que está escrito en las Escrituras: `Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones'».

     
Pero antes de que pudiera pronunciar otras palabras, la gran congregación estalló en hosannas de alabanza, y surgió un grupo de jóvenes de la multitud cantando himnos de gratitud por haber sido echados del templo sagrado los mercaderes profanos e interesados. A esta altura habían llegado algunos sacerdotes a la escena, y uno de ellos dijo a Jesús: «¿Acaso no oyes lo que dicen los hijos de los levitas?» Y el Maestro replicó: «Has leído alguna vez, `de la boca de los niños y de los que maman se ha perfeccionado la alabanza?'» Durante el resto del día, mientras Jesús enseñaba, los guardianes, puestos por la misma gente a que vigilaran, estuvieron de centinela en cada galería, y no permitieron que nadie llevara ni siquiera una vasija vacía por los patios del templo.
      
Cuando los altos sacerdotes y los escribas se enteraron de estos acontecimientos, estuvieron confundidos. Temían aun más al Maestro, y aun más estaban decididos a destruirlo. Pero estaban anonadados. No sabían cómo disponer su muerte, porque mucho temían a las multitudes, que ya habían expresado abiertamente su aprobación de la acción de Jesús de echar del templo a los comerciantes profanos. Durante todo ese día, un día de calma y paz en los patios del templo, el pueblo escuchó las enseñanzas de Jesús y literalmente pendía de sus labios.
      
Esta sorprendente acción de Jesús estaba más allá de la comprensión de sus apóstoles. Estaban ellos tan sorprendidos por este acto repentino e inesperado de su Maestro que permanecieron todos juntos, cerca de la plataforma del orador, durante todo el episodio; ni siquiera levantaron un dedo para colaborar en esta limpieza del templo. Si este acontecimiento espectacular hubiera ocurrido el día anterior, en el momento de la llegada triunfal de Jesús al templo, como culminación de la tumultuosa procesión a través de las puertas de la ciudad, aclamado durante todo ese tiempo por las multitudes, habrían estado preparados, pero así como se dieron los eventos no estaban de ninguna manera listos para participar.
      
Esta limpieza del templo revela la actitud del Maestro hacia la comercialización de las prácticas de la religión, así como también el hecho de que detestaba toda forma de injusticia y aprovechamiento a expensas de los pobres y de los ignorantes. Este episodio también demuestra que Jesús no consideraba con aprobación la actitud de no emplear la fuerza cuando se trataba de proteger a una mayoría de determinado grupo humano contra las prácticas injustas y esclavizantes de una minoría injusta, posiblemente afianzada en el poder político, financiero o eclesiástico. No se debe permitir a los hombres astutos, malvados e intrigantes que se organicen para la explotación y opresión de los que, debido a su idealismo, no están dispuestos a recurrir a la fuerza para protegerse ni para fomentar sus proyectos laudables de vida.

martes, 19 de noviembre de 2013

El lunes en Jerusalén.

ESTE lunes por la mañana temprano, como se había planeado, Jesús y los apóstoles se reunieron en la casa de Simón en Betania, y después de una breve conferencia emprendieron camino hacia Jerusalén. Los doce estaban extrañamente taciturnos durante este viaje hacia el templo; no se habían recuperado de la experiencia del día precedente. Estaban a la expectativa, temerosos y profundamente afectados por cierto sentimiento de desapego que surgía del repentino cambio de táctica del Maestro, combinado con su instrucción de que no hicieran ninguna enseñanza pública durante la semana de Pascua.
      
Al viajar este grupo por la ladera del Monte de los Olivos, Jesús iba adelante, y los apóstoles le seguían de cerca en silencio meditativo. Sólo un pensamiento dominaba la mente de todos ellos, excepto la de Judas Iscariote, y ese pensamiento era: ¿Qué hará el Maestro hoy? El pensamiento dominante de Judas era: ¿Qué haré yo? ¿He de seguir con Jesús y mis asociados, o debo separarme? Y si me separo, ¿de qué manera debo romper esta relación?
      
Eran aproximadamente las nueve de esta hermosa mañana cuando estos hombres llegaron al templo. Fueron inmediatamente al gran patio en el que Jesús tan frecuentemente había enseñado, y después de saludar a los creyentes que le estaban esperando a él, Jesús trepó a una de las plataformas de enseñanza y comenzó a hablar a la multitud que se estaba reuniendo allí. Los apóstoles se retiraron a corta distancia y esperaron los acontecimientos.

viernes, 15 de noviembre de 2013

La actitud de los apóstoles.

Este domingo por la tarde al volver a Betania, Jesús caminaba a la cabeza de los apóstoles. No se habló una sola palabra hasta que se separaron al llegar a la casa de Simón. Nunca hubo doce seres humanos que experimentaran emociones tan diversas e inexplicables como las que surgían ahora en la mente y en el alma de estos embajadores del reino. Estos robustos galileos estaban confusos y desconcertados; no sabían qué esperar del futuro; estaban demasiado asombrados para alimentar temores. Nada sabían de los planes del Maestro para el día siguiente, y no hicieron ninguna pregunta. Fueron a su alojamiento, aunque poco durmieron, excepto los gemelos. Pero no hicieron una vigilia armada de Jesús en la casa de Simón.
     
Andrés estaba totalmente confundido, atormentado. El fue el único apóstol que no se dedicó a evaluar seriamente la explosión popular de aclamación. Estaba demasiado preocupado con sus responsabilidades como jefe del cuerpo apostólico como para pensar seriamente en el sentido o el significado de los entusiastas hosannas de la multitud. Andrés se ocupó en cambio de vigilar a algunos de sus asociados, que temía sucumbieran a sus emociones durante la conmoción, especialmente Pedro, Santiago, Juan y Simón el Zelote. A lo largo de este día y de los que siguieron inmediatamente, Andrés se vio atormentado por serias dudas, pero nunca expresó ninguno de estos sentimientos a sus asociados apostólicos. Le preocupaba la actitud de algunos de los doce que sabía que se habían armado de espada; pero no sabía que su propio hermano, Pedro, también llevaba un arma. Así pues, la procesión a Jerusalén causó en Andrés una impresión comparativamente superficial; estaba demasiado metido en las responsabilidades de su posición para ser afectado de otra manera.
     
Simón Pedro estuvo al principio casi afuera de sí mismo por el entusiasmo de esta manifestación popular; pero al tiempo de su regreso a Betania esa noche, ya se había calmado bastante. Pedro simplemente no alcanzaba a percatarse de qué lo era que el Maestro intentaba. Estaba terriblemente desilusionado de que Jesús no hubiese aprovechado esta oleada de favor popular haciendo algún tipo de declaración. Pedro no podía entender por qué Jesús no habló a las multitudes cuando llegaron al templo, ni tampoco permitió que hablara uno de los apóstoles. Pedro era un gran predicador, y le desagradaba ver que se desperdiciara un público tan grande, receptivo y entusiasta. Le hubiera gustado tanto predicar el evangelio del reino a ese gentío allí en el templo; pero el Maestro les había advertido específicamente que no debían enseñar ni predicar en Jerusalén durante esta semana de Pascua. La reacción después de esta procesión espectacular a la ciudad fue desastrosa para Simón Pedro; cuando llegó la noche, estaba meditabundo y entrañablemente triste.
     
Para Santiago Zebedeo, este domingo fue un día de perplejidad y de confusión profunda; no conseguía captar la esencia de lo que estaba ocurriendo; no podía comprender el propósito del Maestro al permitir esta aclamación entusiasta y luego negarse a decir una palabra a la gente cuando llegaron al templo. A medida que la procesión bajaba por el Oliveto hacia Jerusalén, más particularmente cuando se encontraron con los miles de peregrinos que habían salido al encuentro del Maestro, Santiago estaba cruelmente dividido por sus emociones contradictorias de entusiasmo y gratificación ante ese espectáculo, acompañadas por un profundo sentimiento de temor por lo que podría ocurrir cuando llegaran al templo. Se deprimió luego y lo sobrecogió la desilusión cuando Jesús desmontó del asno y anduvo caminando tranquilamente por los patios del templo. Santiago no podía entender la razón por la cual estaban desperdiciando una oportunidad tan magnífica para proclamar el reino. Por la noche, su mente estaba dominada por una incertidumbre desconcertante y terrible.
     
Juan Zebedeo estuvo cerca de comprender el por qué Jesús había hecho esto; por lo menos captó en parte el significado espiritual de esta así llamada entrada triunfal a Jerusalén. A medida que la multitud proseguía hacia el templo, y que Juan contemplaba a su Maestro sentado sobre el asnillo, recordó haber oído cierta vez a Jesús citar el pasaje de la Escritura, las palabras de Zacarías, que describían la llegada del Mesías a Jerusalén como hombre de paz, cabalgando en un asno. A medida que Juan reflexionaba sobre esta Escritura, comenzó a comprender el significado simbólico de esta procesión de la tarde de domingo. Por lo menos, captó lo suficiente del significado de esta Escritura para que le permitiera disfrutar en cierto modo del episodio y para evitar deprimirse excesivamente por la conclusión aparentemente sin propósito de la procesión triunfal. Juan tenía un tipo de mente que tendía naturalmente a pensar y sentir en símbolos.
     
Felipe estaba completamente desconcertado por lo repentino de la manifestación y su espontaneidad. Mientras descendían del Oliveto, no pudo ordenar sus pensamientos lo suficiente como para determinar el significado de esta demostración. En cierto modo, disfrutó de este acontecimiento porque su Maestro estaba siendo honrado. Para cuando llegaron al templo, estaba perturbado por el pensamiento de que Jesús tal vez le pidiera que se ocupara de alimentar a la multitud, de modo que la conducta de Jesús al darle la espalda a la multitud, que tan duramente desilusionó a la mayoría de los apóstoles, fue un gran alivio para Felipe. Las multitudes habían constituido a veces una dura prueba para el mayordomo de los doce. Después de experimentar alivio por estos temores personales relativos a las necesidades materiales de las multitudes, Felipe se unió a Pedro en expresar su desilusión por no haberse hecho nada por enseñar a las multitudes. Esa noche Felipe se puso a reflexionar sobre estas experiencias y estuvo tentado a dudar de toda la idea del reino; se preguntaba honestamente qué significaban todas estas cosas, pero no le expresó sus dudas a nadie; amaba demasiado a Jesús. Tenía una gran fe personal en el Maestro.
      
Natanael, además de apreciar los aspectos simbólicos y proféticos, fue el que más acercó a comprender la razón del Maestro por reclutar el apoyo popular de los peregrinos pascuales. Se dio cuenta, antes de que llegaran al templo, que si no hubiera Jesús entrado a Jerusalén en forma tan espectacular habría sido arrestado por los oficiales del sanedrín y arrojado en una celda en cuanto diera los primeros pasos dentro de la ciudad. Por lo tanto no estuvo sorprendido en lo más mínimo cuando el Maestro, después de impresionar así a los líderes judíos para que no lo arrestaran inmediatamente, no hizo uso alguno de las multitudes aclamantes una vez que llegaron dentro de los muros de la ciudad. Comprendiendo la verdadera razón de esta manera de entrada del Maestro a la ciudad, Natanael naturalmente siguió con más donaire y estuvo menos perturbado y desilusionado por la conducta subsiguiente de Jesús que los otros apóstoles. Natanael tenía gran confianza en la habilidad de Jesús para comprender a los hombres, así como también en su sagacidad y agudeza al manejar situaciones difíciles.
     
Mateo al principio estuvo confundido por esta manifestación espectacular. No captaba el significado de lo que veían sus ojos, hasta que también recordó la Escritura de Zacarías donde el profeta aludía al regocijo de Jerusalén porque llegó su rey trayendo salvación y cabalgando un pollino de jumento. A medida que la procesión se iba acercando a la ciudad y luego en dirección al templo, Mateo entró en éxtasis; estaba seguro de que ocurriría algo extraordinario cuando el Maestro llegara al templo, a la cabeza de esta multitud vociferante. Cuando uno de los fariseos se mofó de Jesús diciendo: «¿Mirad, mirad todos, ved quién es el que aqui viene: el rey de los judíos cabalgando en un asno!» Mateo tuvo que hacer un gran esfuerzo para no atacarlo físicamente. Ninguno de los doce estuvo más deprimido que él en el camino de vuelta a Betania esa noche. Después de Simón Pedro y Simón el Zelote, él sufrió la tensión nerviosa más profunda y estuvo en un estado de cansancio extremo esa noche. Pero por la mañana, Mateo estaba mucho más animado; después de todo, era un buen perdedor.
     
Tomás era el hombre más confundido y pasmado de los doce. La mayor parte del tiempo simplemente siguió, contemplando el espectáculo y preguntándose honestamente cuál sería el motivo del Maestro al participar en una demostración tan peculiar. En las profundidades de su corazón consideraba la manifestación entera un tanto infantil, si no directamente tonta. No había visto nunca que Jesús hiciera una cosa semejante y no podía explicarse esta extraña conducta este domingo por la tarde. Cuando llegaron al templo, Tomás había deducido que el propósito de esta demostración popular era asustar al sanedrín para que no se atreviesen a arrestar inmediatamente al Maestro. Camino de vuelta a Betania, Tomás pensó mucho, pero nada dijo. Para la hora de ir a dormir, la sagacidad del Maestro al preparar esta entrada tumultuosa a Jerusalén había empezado a tener cierto encanto humorístico, y él se alegró reaccionando de esta manera.
     
Este domingo comenzó como un gran día para Simón el Zelote. Vio visiones de cosas extraordinarias en Jerusalén para los próximos días, y en eso tenía razón, pero Simón soñaba el establecimiento de un nuevo gobierno nacional de los judíos, con Jesús sentado en el trono de David. Simón veía a los nacionalistas volcarse a la acción en cuanto se anunciara el reino, y se veía a sí mismo en el mando supremo de las fuerzas militares que se reunirían en el nuevo reino. Durante el descenso del Oliveto aun llegó a imaginarse que el sanedrín y todos sus simpatizantes estarían muertos antes de la puesta del sol ese día. Realmente creía que iba a ocurrir algo extraordinario. Era él el varón más ruidoso de toda la multitud. Para las cinco de esa tarde, era un apóstol silenciosísimo, taciturno y desilusionado. No se recobró nunca enteramente de la depresión que lo dominó como resultado de las impresiones de este día; por lo menos, no hasta mucho después de la resurrección de su Maestro.
     
Para los gemelos Alfeo, éste fue un día perfecto. Realmente disfrutaron de todo, desde el principio hasta el fin, y como no estaban presentes durante la quietud del paseo por el templo, no tuvieron que pasar por la desilusión que siguió al entusiasmo popular. No podían comprender la conducta deprimida de los apóstoles al volver a Betania esa noche. En la memoria de los gemelos, éste fue siempre el día en que se sintieron más cerca del cielo en la tierra. Este día fue la culminación satisfactoria de su entera carrera como apóstoles. La memoria del entusiasmo de este domingo por la tarde los acompañó a lo largo de toda la tragedia de esta semana pletórica hasta el momento mismo de la crucifixión. Era el ingreso triunfal más apropiado del rey que podían concebir los gemelos; disfrutaron cada momento de toda la procesión. Aprobaban plenamente todo lo que veían y acariciaron largamente el recuerdo.
     
De todos los apóstoles, Judas Iscariote fue el que estuvo más adversamente afectado por esta entrada en procesión a Jerusalén. Su mente estaba en un fermento desagradable debido al reproche del Maestro el día anterior en relación con la unción de María en la casa de Simón. Judas estaba disgustado con todo el espectáculo. Le parecía infantil, aun directamente ridículo. Mientras este vengativo apóstol contemplaba los acontecimientos de este domingo por la tarde, Jesús le resultaba más parecido a un payaso que a un rey. Resentía de todo corazón el entero espectáculo. Compartía los puntos de vista de los griegos y de los romanos, que despreciaban a todo aquel que consintiera en cabalgar un asno o el pollino de un jumento. Para cuando la procesión triunfal hubo entrado a la ciudad, Judas prácticamente se había decidido a abandonar la idea de tal reino; estaba casi decidido a abandonar todo intento de establecer el reino del cielo si los intentos fueran de índole tan absurda. Pero cuando recordó la resurrección de Lázaro y muchas otras cosas, decidió quedarse con los doce, por lo menos por otro día. Además, llevaba la bolsa, y no quería desertar llevándose los fondos apostólicos. Camino de vuelta a Betania esa noche, su conducta no parecía extraña puesto que todos los apóstoles estaban igualmente deprimidos y taciturnos.
     
Judas estaba profundamente influido por la irrisión por parte de sus amigos saduceos. Ningún otro factor ejerció una influencia tan poderosa sobre él en su determinación final de abandonar a Jesús y a sus apóstoles, como el que le produjo cierto episodio que ocurrió justo cuando Jesús llegó a la puerta de la ciudad: Un saduceo prominente (amigo de la familia de Judas) corrió hacia él haciéndole burla y, dándole una palmada en la espalda, dijo: «¿Por qué se te ve tan preocupado, mi buen amigo? Regocíjate y reúnete con nosotros para aclamar a Jesús de Nazaret el rey de los judíos, que llega a la puerta de Jerusalén montado en un asno». Judas no había tenido nunca miedo de la persecución, pero no podía soportar este tipo de ridículo. Juntamente con la emoción de venganza largamente acariciada, se mezcló ahora este temor fatal del ridículo, ese sentimiento terrible y tremendo de avergonzarse de su Maestro y de sus compañeros apóstoles. En su corazón, este embajador del reino ya era un desertor; tan sólo le quedaba encontrar una excusa plausible para romper abiertamente con el Maestro.

martes, 12 de noviembre de 2013

La visita al templo.

Mientras los gemelos Alfeo devolvían el asno a su dueño, Jesús y los diez apóstoles se separaron de sus asociados inmediatos y anduvieron caminando por el templo, observando las preparaciones para la Pascua. No hubo intento alguno de molestar a Jesús, puesto que el sanedrín mucho temía al pueblo, y ésa era, después de todo, una de las razones por las cuales Jesús había permitido que la multitud lo aclamara de esa manera. Los apóstoles no comprendían que era éste el único procedimiento humano que podía resultar eficaz en prevenir el inmediato arresto de Jesús a su entrada a la ciudad. El Maestro deseaba dar a los habitantes de Jerusalén, poderosos y humildes, así como también a las decenas de miles de visitantes de la Pascua, una oportunidad más, la última, de escuchar el evangelio y recibir, si lo quisieran, al Hijo de la Paz.
      
Ahora pues, mientras progresaba la tarde y las multitudes se iban en busca de alimentos, Jesús y sus seguidores inmediatos quedaron solos. ¡Qué día tan extraño había sido! Los apóstoles estaban pensativos, pero enmudecidos. Nunca, en todos los años de asociación con Jesús, habían ellos visto un día como éste. Por un momento se sentaron junto al tesoro, observando a la gente que entregaba sus contribuciones: los ricos echaban mucha cantidad en el arca de las ofrendas y todos daban algo de acuerdo con sus posibilidades. Finalmente llegó una pobre viuda, vestida pobremente, y observaron que ella echó dos blancas (monedas pequeñas de cobre) en el arca. Dijo Jesús, llamando la atención de los apóstoles sobre la viuda: «Prestad atención a lo que acabáis de ver. Esta pobre viuda echó más que todos los demás, porque todos los demás de lo que les sobraba, echaron una pequeña parte como don, pero esta pobre mujer, aunque esté necesitada, dio todo lo que tenía, aun su sustento».
      
A medida que progresaba la tarde, anduvieron por los patios del templo en silencio, y una vez que Jesús observó otra vez estas escenas familiares, recordando sus emociones relacionadas con sus visitas previas, sin exceptuar la primera, dijo: «Vayamos a Betania para descansar». Jesús, con Pedro y Juan, fueron a la casa de Simón, mientras que los demás apóstoles se alojaron con sus amigos de Betania y Betfagé.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La partida a Jerusalén.

Betania estaba a unos tres kilómetros del templo, y era la una y media de la tarde de ese domingo cuando Jesús se preparó para salir a Jerusalén. Tenía un sentimiento de afecto profundo por Betania y su pueblo sencillo. Nazaret, Capernaum y Jerusalén lo habían rechazado, pero Betania lo había aceptado, había creído en él. Fue en esta pequeña aldea, en la cual prácticamente todo hombre, mujer y niño era creyente, donde eligió realizar la obra más grande de su autootorgamiento terrenal: la resurrección de Lázaro. No hizo resucitar a Lázaro para que creyeran los aldeanos, sino más bien porque ellos ya creían.
     
Durante toda la mañana, Jesús pensó en su llegada a Jerusalén. Hasta ese momento había procurado siempre suprimir toda aclamación pública del que él fuera el Mesías, pero ahora la situación era distinta. Se estaba acercando al fin de su carrera en la carne, el sanedrín había decretado su muerte, y no había peligro en permitir que sus discípulos dieran libre expresión a sus sentimientos, cosa que ocurriría si él elegía hacer una entrada formal y pública a la ciudad. 

Jesús no decidió realizar esta entrada pública a Jerusalén como su último intento por conseguir el favor popular, ni tampoco en un intento final de obtener el poder. Tampoco lo hizo para satisfacer los deseos humanos de sus discípulos y apóstoles. Jesús no se hacía las ilusiones de soñador quimérico; él bien sabía cual sería la conclusión de su visita.
      
Habiendo decidido hacer una entrada pública a Jerusalén, el Maestro se enfrentó con la necesidad de elegir un método apropiado para ejecutar esta decisión. Jesús reflexionó sobre todas las así llamadas profecías mesiánicas más o menos contradictorias, pero parecía que había una sola que fuera apropiada para sus fines. La mayoría de estas declaraciones proféticas hablaban de un rey, el hijo y sucesor de David, un libertador temporal audaz y agresivo que liberaría a Israel del yugo de la dominación extranjera. Pero había una Escritura, asociada a veces con el Mesías por los que tenían un concepto más espiritual de su misión, que Jesús consideró la más apropiada como guía para su proyectada entrada a Jerusalén. Esta Escritura se encontraba en Zacarías y decía: «Alégrate mucho, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh hija de Jerusalén. He aquí tu rey vendrá a ti. Es justo y trae salvación. Viene como viene el humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna».
      
Un rey guerrero siempre entraba a una ciudad montado a caballo, un rey en misión de paz y amistad siempre entraba cabalgando un asno. Jesús no quería entrar a Jerusalén a caballo, pero estaba dispuesto a entrar en paz y con buena voluntad como el Hijo del Hombre, cabalgando un jumento.
      
Durante mucho tiempo y mediante una enseñanza directa, Jesús trató de convencer a sus apóstoles y a sus discípulos que su reino no era de este mundo, que era un asunto puramente espiritual; pero no había tenido éxito en este esfuerzo. Ahora, lo que no había conseguido hacer mediante una enseñanza clara y personal, lo intentaría realizar con un gesto simbólico. Por lo tanto, inmediatamente después del almuerzo, Jesús llamó a Pedro y Juan, y después de decirles que fueran a Betfagé, una aldea vecina un tanto retirada de la carretera principal y a corta distancia al noroeste de Betania, agregó: «Id a Betfagé y cuando lleguéis al empalme de los caminos encontraréis el potro de un jumento allí atado. Desatadlo y traedlo con vosotros. Si alguien os pregunta por qué hacéis esto, decid simplemente `el Maestro lo necesita'». Cuando los dos apóstoles fueron a Betfagé tal como les había pedido el Maestro, encontraron el potro atado cerca de su madre en la calle, junto a una casa de esquina. Cuando Pedro comenzó a desatar al potro, vino el dueño y preguntó por qué hacían ellos eso, y cuando Pedro le respondió tal como Jesús les había indicado, el hombre dijo: «Si vuestro Maestro es Jesús de Galilea, que se lleve al potro». Así pues ellos volvieron trayendo al potro.
      
Ya varios cientos de peregrinos se habían reunido alrededor de Jesús y de sus apóstoles. Desde media mañana se habían detenido muchos visitantes que pasaban camino a la Pascua. Mientras tanto David Zebedeo y algunos de sus ex asociados mensajeros decidieron dirigirse de prisa a Jerusalén, donde eficazmente difundieron la nueva entre los gentíos de peregrinos visitantes alrededor del templo de que Jesús de Nazaret entraría triunfalmente a la ciudad. Por consiguiente, varios miles de estos visitantes se congregaron para recibir a este profeta y hacedor de portentos del cual tanto se hablaba, quien algunos creían ser el Mesías. Esta multitud, al salir de Jerusalén, encontró a Jesús y a la multitud que iba a la ciudad poco después de que franquearan la cima del Oliveto, y habían comenzando su descenso hacia la ciudad.
      
Al comenzar la procesión en Betania había gran entusiasmo en las multitudes festivas de discípulos, creyentes y peregrinos visitantes, muchos provenientes de Galilea y Perea. Justo antes de partir, las doce mujeres del cuerpo original de mujeres, acompañadas por algunas de sus asociadas, llegaron al lugar y se unieron a esta singular procesión que procedía jubilosamente hacia la ciudad.
     
Antes de empezar, los gemelos Alfeo pusieron sus mantos sobre el asno y lo sostuvieron mientras se subía el Maestro. A medida que la procesión procedía hacia la cima del Oliveto, el gentío festivo arrojaba sus indumentos al suelo y traía ramas de los árboles cercanos para hacer una alfombra de honor para el jumento que traía al Hijo real, el Mesías prometido. Al proceder la multitud jubilosa hacia Jerusalén, comenzaron a cantar, es decir a gritar al unísono el salmo, «Hosanna al hijo de David; bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas. Bendito sea el reino que baja del cielo».
     

Jesús se mostró alegre y despreocupado hasta que llegaron a la cumbre del Oliveto, donde se abría la vista panorámica de la ciudad con las torres del templo; allí el Maestro detuvo la procesión y un gran silencio cayó sobre todos mientras lo contemplaban llorar. Bajando los ojos a la vasta multitud que venía de la ciudad para recibirlo, el Maestro, con mucha emoción y con la voz entrecortada dijo: «¿Oh Jerusalén, si tan sólo hubieras conocido, aun tú, por lo menos en este, tu día, las cosas que pertenecen a tu paz, que podrías haber tenido tan libremente! Pero ya están para ocultarse de tus ojos estas glorias. Estás por rechazar al Hijo de la Paz y volver la espalda al evangelio de la salvación. Pronto llegarán los días en que tus enemigos abrirán trincheras alrededor de ti, y serás sitiada por doquier; te destruirán completamente, pues no quedará piedra sobre piedra. Y todo esto caerá sobre ti porque no supiste reconocer el momento de tu visitación divina. Estás por rechazar el don de Dios, y todos los hombres te rechazarán a ti».
     
Cuando terminó de hablar, comenzaron el descenso del Oliveto y finalmente se reunieron con la multitud de visitantes que venía de Jerusalén con ramas de palma, gritando hosannas, y de otras maneras expresando regocijo y sentimientos de comunidad. El Maestro no había planeado que estas multitudes salieran de Jerusalén a su encuentro, ésa fue obra de otros. El nunca premeditaba nada que fuera de efecto dramático.Juntamente con la multitud que salió para recibir al Maestro, también había muchos fariseos y otros enemigos de él. Tan perturbados estaban por esta explosión repentina e inesperada de aclamación popular que temieron arrestarlo, por no precipitar actos abiertos de revuelta de la plebe. Mucho temían la actitud de los grandes números de visitantes que tanto habían oído hablar de Jesús, y que, muchos de ellos, creían en él.
     
A medida que se acercaban a Jerusalén, la multitud se volvió más expresiva, tanto que algunos de los fariseos se abrieron paso hasta donde estaba Jesús y dijeron: «Instructor, debes censurar a tus discípulos y exhortarlos a que su conducta sea más digna». Jesús respondió: «Es justo que estos niños le den la bienvenida al Hijo de la Paz, a quien han rechazado los altos sacerdotes. Sería inútil pararlos no sea que estas piedras junto al camino griten quejándose».
     
Los fariseos se adelantaron de prisa a la cabeza de la procesión para volver al sanedrín, que estaba en sesión en ese momento en el templo, e informaron a sus asociados: «He aquí que todo lo que hacemos es en vano; estamos confundidos por este galileo. La gente se vuelve loca por él, si no paramos a estos ignorantes, todo el mundo le seguirá».
      
No se puede en realidad asignar un significado profundo a esta explosión superficial y espontánea de entusiasmo popular. Esta recepción, aunque jubilante y sincera, no indicaba una convicción real ni profunda en el corazón de esta multitud festiva. Estas mismas multitudes estuvieron igualmente dispuestas a rechazar de inmediato a Jesús más tarde en esa semana, cuando el sanedrín tomó una posición firme y decidida contra él, y cuando se desilusionaron — cuando se dieron cuenta de que Jesús no iba a establecer el reino de acuerdo con sus expectativas largamente acariciadas.
      
Pero toda la ciudad estaba altamente agitada, puesto que todos preguntaban: «¿Quién es este hombre?» Y la multitud contestaba: «Éste es el profeta de Galilea, Jesús de Nazaret».

martes, 5 de noviembre de 2013

Domingo por la mañana con los apóstoles.

Este domingo por la mañana, en el hermoso jardín de Simón, el Maestro llamó a su alrededor a sus doce apóstoles y les impartió sus instrucciones finales de preparación antes de entrar a Jerusalén. Les dijo que él probablemente pronunciaría varios discursos y enseñaría muchas lecciones antes de volver al Padre, pero exhortó a los apóstoles que no realizaran obra pública durante la estadía de Pascua en Jerusalén. Les instruyó que permanecieran cerca de él y que «vigilaran y oraran». Jesús sabía que muchos de sus apóstoles y seguidores inmediatos ceñían espadas bajo el manto aun en ese momento, pero no se refirió en nada a este hecho.
      
Estas instrucciones matutinas comprendieron un breve repaso del ministerio de ellos desde el día de su ordenación cerca de Capernaum hasta este día en que se preparaban para entrar a Jerusalén. Los apóstoles escucharon en silencio, sin hacer preguntas.
      
Esa mañana temprano David Zebedeo entregó a Judas los fondos obtenidos de la venta del equipo del campamento de Pella, y Judas a su vez colocó la mayor parte de este dinero en las manos de Simón, su anfitrión, para que lo custodiara en anticipación de las exigencias de dinero cuando fueran a Jerusalén.
      
Después de la conferencia con los apóstoles, Jesús conversó con Lázaro y lo amonesto a que no sacrificara su vida al espíritu vengativo del sanedrín. Por obedecer esta admonición Lázaro, pocos días después, huyó a Filadelfia, cuando los oficiales del sanedrín enviaron varios hombres para que lo arrestaran.
      
En cierto modo, todos los seguidores de Jesús tenían la sensación de una crisis inminente, pero no se percataron plenamente la seriedad de la situación, debido al tono inusitadamente alegre y al excepcional buen humor del Maestro.