Fue en la primera parte del mensaje de adiós
del Maestro a sus apóstoles en la que aludió él a la pérdida de Judas y
mencionó el trágico hado de su traidor compañero de trabajo como solemne
advertencia contra los peligros del aislamiento social y fraternal.
Acaso sea útil para los creyentes, en esta era y en eras por venir,
recordar brevemente las causas de la caída de Judas a la luz de las
observaciones del Maestro y en vista del esclarecimiento acumulado a
través de los siglos sucesivos.
Al considerar esta tragedia, concebimos que
Judas se desvió, principalmente, porque era acentuadamente una
personalidad autoaislada, una personalidad cerrada y alejada de los contactos sociales
comunes. Persistentemente se negó a confiar en sus hermanos apóstoles y a
fraternizar libremente con ellos. Pero su personalidad tendiente al
aislamiento no habría desencadenado por sí sola tanta maldad en Judas de
no ser por el hecho de que él no logró crecer en el amor y en la gracia
espiritual. Además, para empeorar aun más las cosas, alimentó él
persistentemente rencores y fomentó enemigos psicológicos tales como la
venganza y el anhelo generalizado de «cobrárselas» a alguien por todas
sus desilusiones.
Esta desafortunada combinación de
características individuales y tendencias mentales se confabuló para
destruir a un hombre bien intencionado, que no logró dominar estos males
mediante el amor, la fe y la confianza. Está claro que la caída de
Judas no era inevitable, tal como se demuestra en el caso de Tomás y de
Natanael, quienes fueron azotes del mismo tipo de sentimientos de
desconfianza y un superdesarrollo de tendencias individualísticas. Aun
Andrés y Mateo tenían muchas tendencias de este tipo; pero todos estos
hombres crecieron en un amor cada vez mayor por Jesús y sus hermanos
apóstoles a medida que pasaba el tiempo. Crecieron en la gracia y en el
conocimiento de la verdad. Confiaron cada vez más en sus hermanos y poco
a poco desarrollaron la capacidad de fiarse en sus compañeros. Judas se
negó persistentemente a fiarse de sus hermanos. Cuando se vio obligado,
por una acumulación de sus conflictos emocionales, a buscar el alivio
de la autoexpresión, invariablemente buscó el consejo y recibió el
consuelo necio de sus parientes no espirituales o de aquellos conocidos
casuales que eran no sólo indiferentes, sino verdaderamente hostiles, al
bienestar y progreso de las realidades espirituales del reino
celestial, del cual él era uno de los doce consagrados embajadores en la
tierra.
Judas fue derrotado en sus batallas en la
lucha terrenal debido a los siguientes factores de tendencias personales
y debilidades de carácter:
1. Era un tipo de persona que tendía a
aislarse. Era altamente individualista y eligió crecer tornándose cada
vez menos sociable y más encerrado en sí mismo.
2.
De niño, se le había hecho la vida demasiado fácil a él. Resentía
amargamente la derrota. Siempre esperaba ganar; no sabía perder con
donaire.
3.
No adquirió nunca una técnica filosófica para enfrentarse con el
desencanto. En vez de aceptar las desilusiones como características
comunes y regulares de la existencia humana, infaliblemente recurrió a
la práctica de culpar a una persona en particular o al grupo de sus
asociados por todas sus dificultades y desilusiones personales.
4.
Era rencoroso; constantemente alimentaba la idea de vengarse.
5.
No le gustaba enfrentarse francamente con los hechos; era deshonesto en su actitud hacia las situaciones de la vida.
6.
Le disgustaba hablar de sus problemas personales con sus asociados
inmediatos; se negaba a hablar de sus dificultades con sus verdaderos
amigos y con los que realmente lo amaban. Durante todos los años de su
asociación, no recurrió ni una sola vez al Maestro con un problema
puramente personal.
7.
No aprendió nunca que las verdaderas recompensas de una vida noble son,
en última instancia, los premios espirituales, que no siempre se
distribuyen durante la corta vida en la carne.
Como resultado de su persistente
aislamiento de personalidad, sus penas se multiplicaron, sus congojas
crecieron, sus ansiedades aumentaron, y su desesperación se profundizó
casi más allá de lo soportable.
Aunque este apóstol egocéntrico y
ultraindividualista tenía muchos problemas psíquicos, emocionales y
espirituales, sus dificultades principales eran: en personalidad, él se
aislaba. Mentalmente, era suspicaz y vengativo. En temperamento, era
agrio y vindictivo. Emocionalmente, no tenía ni amor ni perdón.
Socialmente, no confiaba en nadie, era casi completamente contenido en
sí mismo. En espíritu, se volvió arrogante, ambicioso y egoísta. En la
vida ignoró a los que lo amaban y en la muerte, no tuvo amigo ninguno.
Éstos son pues los factores mentales e
influencias del mal que, tomados todos juntos, explican por qué un
creyente en Jesús con buenas intenciones y de otra manera previamente
sincero, aun después de varios años de asociación íntima con la
personalidad transformadora de Jesús, abandonó a sus hermanos, repudió
una causa sagrada, renunció al sagrado llamado y traicionó a su divino
Maestro.
«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»
domingo, 9 de agosto de 2015
domingo, 2 de agosto de 2015
La última aparición en Jerusalén.
El jueves 1 de mayo por la mañana temprano, Jesús hizo su última
aparición en la tierra como personalidad morontial. Cuando los once
apóstoles estaban a punto de sentarse para compartir el desayuno en el
aposento superior de la casa de María Marcos, Jesús apareció ante ellos y
les dijo:
«Que la paz sea con vosotros. Os he pedido que os quedéis aquí en Jerusalén hasta que yo ascienda al Padre, aun hasta que yo os envíe el Espíritu de la Verdad, que pronto será derramado sobre toda la carne y que os dotará de poder desde lo alto.» Simón el Zelote interrumpió a Jesús, preguntando: «Entonces, Maestro, ¿restaurarás el reino, y veremos nosotros la gloria de Dios manifestada en la tierra?» Cuando Jesús hubo escuchado la pregunta de Simón, respondió: «Simón, aún te afierras a tus viejas ideas del Mesías judío y del reino material. Pero recibirás poder espiritual después de que el espíritu haya descendido sobre vosotros, y luego iréis a todo el mundo predicando este evangelio del reino. Así como el Padre me envió al mundo, así os envío yo. Y deseo que os améis unos a los otros y que confiéis los unos en los otros. Judas ya no está con vosotros, porque se enfrió su amor, y porque se negó a confiar en vosotros, sus leales hermanos. ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras donde está escrito: `No es bueno para el hombre estar solo. Ningún hombre vive para sí mismo'? Y también allí donde dice: ¿`el que quiere tener amigos debe mostrarse amigo'? Y ¿acaso no os envié a enseñar de dos en dos, para que no estuvierais solos y no cayerais en la maldad y las tristezas del aislamiento? También sabéis bien que, cuando vivía en la carne, no me permití a mí mismo estar a solas por largos períodos. Desde el comienzo mismo de nuestra asociación tuve siempre a dos o tres de vosotros constantemente a mi lado o muy cerca de mí, aun cuando comulgaba con el Padre. Confiad, pues, los unos en los otros. Y esto es aun más necesario ahora, puesto que este día yo os dejo solos en el mundo. La hora ha llegado; estoy por irme al Padre».
Cuando hubo hablado les indicó con un gesto que fueran con él, y los condujo afuera hasta el Monte de los Olivos, donde les dijo adiós preparándose para partir de Urantia. Fue éste un viaje solemne al Oliveto. Nadie habló una sola palabra desde el momento en que salieron del aposento superior hasta que Jesús se detuvo con ellos en el Monte de los Olivos.
«Que la paz sea con vosotros. Os he pedido que os quedéis aquí en Jerusalén hasta que yo ascienda al Padre, aun hasta que yo os envíe el Espíritu de la Verdad, que pronto será derramado sobre toda la carne y que os dotará de poder desde lo alto.» Simón el Zelote interrumpió a Jesús, preguntando: «Entonces, Maestro, ¿restaurarás el reino, y veremos nosotros la gloria de Dios manifestada en la tierra?» Cuando Jesús hubo escuchado la pregunta de Simón, respondió: «Simón, aún te afierras a tus viejas ideas del Mesías judío y del reino material. Pero recibirás poder espiritual después de que el espíritu haya descendido sobre vosotros, y luego iréis a todo el mundo predicando este evangelio del reino. Así como el Padre me envió al mundo, así os envío yo. Y deseo que os améis unos a los otros y que confiéis los unos en los otros. Judas ya no está con vosotros, porque se enfrió su amor, y porque se negó a confiar en vosotros, sus leales hermanos. ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras donde está escrito: `No es bueno para el hombre estar solo. Ningún hombre vive para sí mismo'? Y también allí donde dice: ¿`el que quiere tener amigos debe mostrarse amigo'? Y ¿acaso no os envié a enseñar de dos en dos, para que no estuvierais solos y no cayerais en la maldad y las tristezas del aislamiento? También sabéis bien que, cuando vivía en la carne, no me permití a mí mismo estar a solas por largos períodos. Desde el comienzo mismo de nuestra asociación tuve siempre a dos o tres de vosotros constantemente a mi lado o muy cerca de mí, aun cuando comulgaba con el Padre. Confiad, pues, los unos en los otros. Y esto es aun más necesario ahora, puesto que este día yo os dejo solos en el mundo. La hora ha llegado; estoy por irme al Padre».
Cuando hubo hablado les indicó con un gesto que fueran con él, y los condujo afuera hasta el Monte de los Olivos, donde les dijo adiós preparándose para partir de Urantia. Fue éste un viaje solemne al Oliveto. Nadie habló una sola palabra desde el momento en que salieron del aposento superior hasta que Jesús se detuvo con ellos en el Monte de los Olivos.
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