El viaje en caravana a través del desierto no fue una experiencia nueva para esos hombres tan viajados. Al observar Ganid cómo ayudó su maestro a cargar a sus veinte camellos, y al observar que se ofreció voluntariamente a conducir el camello de ellos, exclamó: «Maestro, ¿hay algo que no sepas hacer?» Jesús solamente sonrió diciendo: «El maestro indudablemente siempre tiene mérito a los ojos de un discípulo diligente». Así pues se encaminaron a la antigua ciudad de Ur.
Jesús estaba muy interesado en la historia antigua de Ur, el lugar de nacimiento de Abraham, y estaba igualmente fascinado con las ruinas y tradiciones de Susa, tanto que Gonod y Ganid prolongaron por tres semanas su estadía en estas regiones, a fin de darle más tiempo a Jesús para que llevara a cabo sus investigaciones y también encontrar una mejor oportunidad para persuadirle de que fuese a la India con ellos.

Finalmente llegó el día de la separación. Todos ellos se condujeron con entereza, especialmente el joven, pero fue una dura prueba. Había lágrimas en sus ojos, pero valor en su corazón. Al decirle adiós a su maestro, Ganid le dijo: «Adiós, Maestro, pero no para siempre. Cuando vuelva a Damasco, iré a buscarte. Te amo, porque creo que el Padre de los cielos debe parecérsete; al menos yo sé que eres muy semejante a lo que me has dicho acerca de él. Recordaré tus enseñanzas, pero sobre todo, nunca te olvidaré a ti». Dijo el padre: «Adiós a un gran maestro, a aquel que nos ha hecho mejores y nos ha ayudado a conocer a Dios». Y Jesús le replicó: «Que la paz sea con vosotros, y que la bendición del Padre celestial habite por siempre con vosotros».

En la India, Ganid creció y se volvió un hombre influyente, un digno sucesor de su eminente padre, y divulgó muchas de las nobles verdades que había aprendido de Jesús, su amado maestro. Más tarde en el curso de su vida, supo del extraño maestro de Palestina que terminó su carrera en una cruz, aunque reconoció la similitud entre el evangelio de este Hijo del Hombre y las enseñanzas de su mentor judío, no se le ocurrió jamás pensar que esos dos hombres fuesen en realidad la misma persona.
Así terminó ese documento de la vida del Hijo del Hombre que bien podría llamarse: La misión de Josué, el maestro.