Pedro, Santiago y Juan hicieron la mayor parte de la predicación pública. Felipe, Natanael, Tomás y Simón hicieron la mayor parte del trabajo personal y dictaron clases para grupos especiales de interesados; los mellizos continuaron con su supervisión policíaca general, mientras que Andrés, Mateo y Judas se combinaron en un comité general ejecutivo de tres, aunque cada uno de ellos también realizó una considerable tarea religiosa.
Andrés estaba muy atareado solucionando los malentendidos y desacuerdos que recurrían constantemente entre los discípulos de Juan y los discípulos más nuevos de Jesús. Surgían situaciones graves cada tantos días, pero Andrés, con la ayuda de sus asociados apostólicos, consiguió inducir a las partes en disputa a que llegaran a algún tipo de acuerdo, por lo menos temporalmente. Jesús se negaba a participar en estas conferencias; tampoco ofrecía consejo alguno sobre la manera de arreglar estas dificultades. No ofreció sugerencias ni una sola vez a los apóstoles sobre cómo solucionar estos problemas preocupantes. Cuando Andrés se acercaba a Jesús con estos asuntos, siempre decía: «El invitado no ha de participar en las querellas de sus huéspedes; un padre sabio no toma nunca partido en las disputas de sus hijos».
El Maestro demostraba gran sabiduría y manifestaba una ecuanimidad perfecta en todas sus deliberaciones con sus apóstoles y con todos sus discípulos. Jesús era de veras un maestro de hombres; ejercía una gran influencia sobre sus semejantes, debido a la combinación de encanto y fuerza que integraba su personalidad. Su vida ruda, nomádica y sin hogar ejercía una influencia sutil y llena de autoridad. Había en su manera firme y llena de autoridad de enseñar, en su lógica lúcida, en la fuerza de su razonamiento, en su perspicacia sagaz, en la claridad de su mente, en su donaire incomparable y en su sublime tolerancia, una atractividad intelectual y un imán espiritual. Era sencillo, varonil, honesto y sin miedo. Además de esta gran influencia física e intelectual que se manifestaba en la presencia del Maestro, también se transmitían esos encantos espirituales del ser que se han asociado a través del tiempo con su personalidad: la paciencia, la ternura, la mansedumbre, la compasión y la humildad.

Los retratos de Jesús han sido altamente desafortunados. Estas pinturas de Cristo han ejercido una influencia deletérea sobre la juventud; los mercaderes del templo no hubieran huido ante Jesús si hubiese sido un hombre tal como lo retratan generalmente vuestros artistas. Su virilidad era digna; él era bueno, pero natural. Jesús no posaba de místico manso, dulce, gentil y afable. Su manera de enseñar era dinámica, electrizante. No solamente tenía buenas intenciones sino que hacía realmente el bien.
El Maestro nunca dijo: «Venid a mí, todos vosotros que sois indolentes y todos vosotros que sois soñadores». Pero dijo muchas veces: «Venid a mí, todos vosotros que laboráis, y yo os daré descanso —fuerza espiritual». El yugo del Maestro es en verdad fácil de llevar, pero aun así, nunca lo impone; cada uno debe aceptar ese yugo por su propio libre albedrío.
Jesús enseñaba que la conquista era fruto del sacrificio, el sacrificio del orgullo y del egoísmo. Al ejercer la misericordia intentó ilustrar la liberación espiritual de todos los afanes, los rencores, la ira, y el deseo egoísta de poderío y venganza. Y cuando dijo: «No resistáis el mal», explicó más tarde que no significaba que se tolerara el pecado ni que se fraternizara con la iniquidad. Intentaba más bien enseñar a perdonar «a no resistir el mal trato contra la personalidad de uno, la injuria malintencionada a la dignidad personal».