Al hacer este discurso, cuya temeridad sorprendió a algunos de los oyentes que se encontraban allí, Juan se atrevió a seguir sosteniendo la cesta. Ahí estaban Juan y Jesús, ambos aferrados de la cesta. Dentro de poco el Maestro la soltó y, bajando la mirada sobre el muchacho, dijo: «Puesto que anhelas de todo corazón acompañarme, no se te negará. Nos iremos por nuestra cuenta y tendremos una buena charla. Podrás hacerme toda pregunta que surja de tu corazón, y nos consolaremos mutuamente. Puedes empezar llevando el almuerzo, y cuando te canses, te ayudaré. Sígueme pues».

Jesús habló mucho con Juan, conversando libremente de los asuntos de este mundo y del próximo. Juan le dijo a Jesús cuánto lamentaba no haber tenido edad suficiente para ser uno de los apóstoles y expresó su gran apreciación por haberle sido permitido seguirlos, desde la primera predicación de ellos junto al vado del Jordán cerca de Jericó, exceptuando el viaje a Fenicia. Jesús le advirtió al joven que no se desalentara por los acontecimientos inminentes y le aseguró que viviría para transformarse en un poderoso mensajero del reino.
Juan Marcos estaba emocionado por el recuerdo de este día con Jesús en las colinas, pero nunca olvidó la admonición final del Maestro, pronunciada cuando estaban por retornar al campamento de Getsemaní, cuando dijo: «Bien, Juan, hemos tenido una buena conversación, un verdadero día de descanso, pero cuídate de no contar a nadie las cosas que te dije». Juan Marcos nunca reveló nada de lo que sucedió durante ese día que pasó con Jesús en las colinas.
A lo largo de las pocas horas restantes de la vida terrenal de Jesús, Juan Marcos no permitió que el Maestro se alejara por mucho tiempo de su vista. El muchacho estaba siempre oculto, pero cerca; sólo durmió cuando Jesús dormía.