«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 22 de julio de 2012

El honesto Natanael.

Natanael, el sexto y último de los apóstoles escogidos por el Maestro mismo, fue llevado a Jesús por su amigo Felipe. Estuvo asociado en varias empresas de negocios con Felipe y, con él, se dirigía a ver a Juan el Bautista cuando se encontraron con Jesús.
     
Cuando Natanael se unió a los apóstoles tenía veinticinco años y era el segundo más joven del grupo. Era el menor de una familia de siete, era soltero y el único sostén de padres ancianos y enfermos con quienes vivía en Caná; sus hermanos y su hermana estaban casados o habían fallecido, y ninguno vivía allí. Natanael y Judas Iscariote eran los más instruídos entre los doce. Natanael había pensado en hacerse mercader.
     
Jesús no le puso un sobrenombre a Natanael, pero los doce no tardaron en hablar de él en términos que significaban honestidad, sinceridad. Actuaba «sin engaño». Y ésta era su gran virtud; era honesto y sincero. La debilidad de su carácter era el orgullo; estaba muy orgulloso de su familia, su ciudad, su reputación y su país, todo lo cual es encomiable si no se lleva a extremos. Pero Natanael tenía la tendencia a llegar a extremos con sus prejuicios personales. Tendía a prejuzgar a los individuos de acuerdo con sus opiniones personales. No titubeaba en preguntar, aun antes de conocer a Jesús: «¿Puede venir algo bueno de Nazaret?» Pero Natanael no era obstinado, aunque sí era orgulloso. No vaciló en cambiar de opinión cuando contempló el rostro de Jesús.
     
En muchos aspectos Natanael era el genio excéntrico de los doce. Era el filósofo apostólico y el soñador, pero era un tipo muy práctico de soñador. Alternaba entre períodos de filosofía profunda y manifestaciones de un sentido del humor original y poco común; con el estado de ánimo apropiado, era probablemente, el mejor narrador de historias entre los doce. Jesús disfrutaba enormemente escuchando a Natanael conversar de cosas tanto serias como frívolas. Natanael progresivamente fue tomando más seriamente a Jesús y el reino, pero nunca se tomó a sí mismo demasiado en serio.
      
Todos los apóstoles amaban y respetaban a Natanael, y él se llevaba muy bien con todos ellos, excepto con Judas Iscariote. Judas no creía que Natanael se tomaba su apostolado suficientemente en serio y una vez tuvo la temeridad de ir secretamente a Jesús y quejarse en contra de él. Jesús le dijo: «Judas, vigila cuidadosamente tus pasos; no exageres tu cargo. ¿Quién entre nosotros puede juzgar a su hermano? No es la voluntad del Padre que sus hijos deban participar solamente de las cosas serias de la vida. Déjame repetirte: he venido para que mis hermanos en la carne puedan tener más gozo, alegría y abundancia de vida. Vete pues, Judas, y haz bien lo que se te ha encomendado, pero deja que Natanael, tu hermano, le rinda cuenta de sí mismo a Dios». El recuerdo de este episodio, juntamente con el de otras experiencias similares, vivió por mucho tiempo en el corazón iluso de Judas Iscariote.
      
Muchas veces, cuando Jesús se iba a la montaña con Pedro, Santiago y Juan, y había tensión y confusión entre los apóstoles, e incluso Andrés no sabía qué decir a sus desconsolados hermanos, Natanael aliviaba la tensión con una pizca de filosofía o un granito de humor; de buen humor, también.
      
El deber de Natanael era velar sobre el bienestar de las familias de los doce. Frecuentemente estaba ausente de los concilios apostólicos, porque en cuanto se enteraba de una enfermedad o de algún acontecimiento fuera de lo común que afectaba a una de las personas a su cargo, no perdía tiempo en llegar a esa casa. Los doce estaban tranquilos, porque sabían que, en manos de Natanael, el bienestar de sus familias estaba a salvo.
     
Natanael reverenciaba a Jesús particularmente por su tolerancia. No se cansaba de contemplar la tolerancia y la compasiva generosidad del Hijo del Hombre.
      
El padre de Natanael (Bartolomé) murió poco después de Pentecostés, después de lo cual este apóstol viajó a Mesopotamia y a la India, proclamando la buena nueva del reino y bautizando a los creyentes. Sus hermanos apóstoles nunca supieron lo que fue del otrora filósofo, poeta y humorista. Pero él también fue un gran hombre en el reino e hizo mucho por divulgar las enseñanzas de su Maestro, aun cuando no participó en la organización de la subsecuente iglesia cristiana. Natanael murió en la India.

viernes, 20 de julio de 2012

Felipe el curioso.

Felipe fue el quinto apóstol en ser escogido, siendo llamado cuando Jesús y sus primeros cuatro apóstoles se dirigían desde el campamento de Juan en el Jordán hacia Caná de Galilea. Como vivía en Betsaida, Felipe conocía algo a Jesús desde hacía algún tiempo, pero no había pensado que Jesús fuese realmente un gran hombre, hasta ese día en el valle del Jordán en que éste le dijo «Sígueme». También influyó en parte sobre Felipe el hecho de que Andrés, Pedro, Santiago y Juan habían aceptado a Jesús como el Libertador.
     
Felipe tenía veintisiete años cuando se unió a los apóstoles; hacía poco que se había casado, pero no tenía hijos por esa época. El sobrenombre que le dieron los apóstoles significaba «curiosidad». Felipe siempre quería que le mostraran. No parecía ver muy lejos en ninguna proposición. No era necesariamente torpe, pero carecía de imaginación. Esta falta de imaginación era la gran debilidad de su carácter. Era una persona común y concreta.
     
Cuando los apóstoles se organizaron para el servicio, Felipe fue hecho mayordomo; era su deber velar para que no les faltaran provisiones en ningún momento. Y fue un buen mayordomo. Su característica más destacada era su minuciosidad metódica; era al mismo tiempo matemático y sistemático.
     
Felipe provenía de una familia de siete hermanos: tres niños y cuatro niñas. Era el segundo, y después de la resurrección, bautizó a toda su familia en el reino. La familia de Felipe eran pescadores. Su padre era un hombre muy hábil, un pensador profundo, pero su madre provenía de una familia muy mediocre. No podía esperarse de Felipe que hiciera grandes cosas, pero era hombre de hacer cosas pequeñas en grande, hacerlas bien y en forma aceptable. Sólo algunas veces en cuatro años no tuvo alimentos listos para satisfacer las necesidades de todos. Incluso las muchas situaciones de urgencia que surgían en la vida que vivían, rara vez lo encontraron desprevenido. El departamento de abastecimiento de la familia apostólica era administrado con inteligencia y eficiencia.
     
El punto fuerte de Felipe era su confiabilidad metódica; el punto flaco, su total falta de imaginación, su falta de capacidad para sumar dos más dos y obtener cuatro. Era matemático en el sentido abstracto, pero no constructivo en su imaginación. El carecía casi completamente de cierto tipo de imaginación. Era el típico hombre promedio y común de todos los días. Había muy muchos hombres y mujeres como él entre las multitudes que acudían a escuchar las enseñanzas y predicaciones de Jesús, y todos ellos derivaban consuelo al observar que había alguien semejante a ellos que había sido elevado a una posición honrado en los concilios del Maestro; el hecho de que alguien como ellos ya hubiese encontrado un alto puesto en los asuntos del reino los llenaba de coraje. Y mucho aprendió Jesús sobre cómo funciona la mente de algunos hombres al escuchar pacientemente las tontas preguntas de Felipe y al consentir tantas veces en la solicitud de su mayordomo de que «le mostrara».
     
La cualidad de Jesús que Felipe admiraba tan continuamente era la infalible generosidad del Maestro. Jamás halló Felipe nada en Jesús que fuera pequeño, mezquino o avaro, y él adoraba esta constante e infalible generosidad.
    
Poco existía en la personalidad de Felipe que llamara particularmente la atención. A menudo se habla de él como «Felipe de Betsaida, el pueblo donde viven Andrés y Pedro». Casi no poseía una visión discernidora; era incapaz de comprender las posibilidades dramáticas de una situación dada. No era pesimista; era simplemente prosaico. Carecía también en gran medida de discernimiento espiritual. No titubeaba en interrumpir a Jesús en medio de uno de los discursos más profundos del Maestro para hacerle una pregunta al parecer tonta. Pero Jesús no lo regañó nunca por su imprudencia; fue paciente con él y comprensivo de su incapacidad para entender los significados más profundos de la enseñanza. Bien sabía Jesús que, si llegaba a regañar a Felipe, por estas preguntas inoportunas, no sólo heriría a un alma honesta, sino que tal reprimenda tanto ofendería a Felipe, que nunca más se atrevería a preguntar nada. Jesús sabía que en sus mundos del espacio había incontables millones de millones de mortales semejantes de pensamiento lento, y quería alentarlos a que se le acercaran y tuvieran siempre la libertad de acudir a él con sus preguntas y problemas. Después de todo, en realidad a Jesús más le interesaban las tontas preguntas de Felipe que el sermón que pudiera estar predicando. Jesús estaba supremamente interesado en los hombres, en todos los hombres.
     
El mayordomo apostólico no era buen orador, pero en la obra personal era muy persuasivo y tenía mucho éxito. No se descorazonaba con facilidad; era tenaz y laborioso en todo lo que emprendía. Poseía el grande y raro don de decir «ven». Cuando su primer converso, Natanael, quiso discutir los méritos y deméritos de Jesús y de Nazaret, la eficaz respuesta de Felipe fue «ven y ve». No era un predicador dogmático que exhortaba a sus oyentes a que «fueran» —a hacer esto o aquello. Enfrentaba todas las situaciones que surgieran en su trabajo con «ven —ven conmigo; te mostraré el camino». Y es ésta siempre la técnica más eficaz en todas las formas y fases de la enseñanza. Aun los padres pueden aprender de Felipe el mejor modo de decir a sus hijos no que «vayan a hacer esto y aquello» sino más bien: «venid con nosotros y os mostraremos y compartiremos con vosotros el mejor camino».
     
La incapacidad de Felipe para adaptarse a una nueva situación quedó ilustrada muy bien cierta vez, cuando los griegos vinieron a él en Jerusalén, diciéndole: «Señor, deseamos ver a Jesús». Ahora bien, Felipe le habría dicho a cualquier judío que hiciese tal pregunta, «ven». Pero estos hombres eran extranjeros, y Felipe no recordaba ninguna instrucción de sus superiores sobre este tema; así pues lo único que se le ocurrió hacer fue consultar al jefe, Andrés, y luego ambos escoltaron a los curiosos griegos hasta Jesús. Del mismo modo, cuando fue a Samaria para predicar y bautizar a los creyentes, según le había mandado su Maestro, se abstuvo de poner sus manos sobre los conversos como símbolo de que habían recibido el Espíritu de la Verdad. Esto lo hacían Pedro y Juan, que habían venido de Jerusalén para observar su obra en nombre de la iglesia madre.
     
Felipe vivió el duro período de la muerte del Maestro, participó en la reorganización de los doce, y fue el primero en salir a ganar almas para el reino allende las filas de los judios, siendo su trabajo con los samaritanos y sus labores subsecuentes en nombre del evangelio siempre muy fructíferos.
     
La esposa de Felipe, que había sido miembro eficiente del grupo de las mujeres, se asoció activamente con su marido en la obra evangelística cuando huyeron de las persecuciones en Jerusalén. Su esposa era una mujer temeraria. Permaneció al pie de la cruz de Felipe, alentándolo a que proclamara la buena nueva aun a sus asesinos, y cuando él ya no tuvo fuerza, ella siguió relatando la historia de la salvación por medio de la fe en Jesús, y sólo pudieron silenciarla los airados judíos
apedriándola a muerte. Su hija mayor, Lea, continuó la obra de ambos, llegando a ser posteriormente la famosa profetiza de Hierápolis.
     
Felipe, el mayordomo de los doce, fue un hombre poderoso en el reino, ganando almas dondequiera que iba; y fue finalmente crucificado por su fe y enterrado en Hierápolis.

jueves, 19 de julio de 2012

Juan Zebedeo.

Cuando se convirtió en apóstol, Juan tenía veinticuatro años y era el más joven de los doce. Era soltero y vivía con sus padres en Betsaida; era pescador y trabajaba con su hermano Santiago, en sociedad con Andrés y Pedro. Tanto antes como después de convertirse en apóstol, fue Juan el representante personal de Jesús en relación con la familia del Maestro, y continuó llevando esta responsabilidad durante toda la vida de María, la madre de Jesús.
      
Puesto que Juan era el más joven de los doce, y estaba tan estrechamente unido a Jesús en sus asuntos de familia, era muy querido por el Maestro, pero no se puede decir en verdad que era «el discípulo a quien Jesús amaba». No podéis sospechar que una personalidad tan magnánima como Jesús pudiese mostrar favoritismos, pudiese amar a uno de sus apóstoles más que a los otros. El hecho de que Juan fuera uno de los tres ayudantes personales de Jesús le prestó más credibilidad a esta idea errónea, además de que Juan, junto con su hermano Santiago, conocía a Jesús desde hacía mucho más tiempo que los otros.
     
Pedro, Santiago y Juan fueron asignados como ayudantes personales de Jesús poco después de convertirse en apóstoles. Poco después de la selección de los doce y cuando Jesús nombró a Andrés como director del grupo, le dijo: «Ahora deseo que nombres a dos o tres de tus asociados para que estén junto a mí y permanezcan a mi lado, me consuelen y ministren mis necesidades diarias». Y Andrés pensó que lo mejor era seleccionar para este deber especial a los tres apóstoles que habían sido elegidos primero, después de él. Hubiera querido ofrecerse voluntario para ese bienaventurado servicio, pero el Maestro ya le había dado su cometido; por consiguiente, dispuso inmediatamente que Pedro, Santiago y Juan se dedicaran a esa función.
     
Juan Zebedeo tenía muchos rasgos atractivos de carácter, pero un rasgo poco atractivo, era su engreimiento desmedido, aunque usualmente bien ocultado. Su prolongada asociación con Jesús produjo muchos y grandes cambios en su carácter. Este su engreimiento mucho disminuyó, pero al envejecer y volverse un tanto infantil, esta vanidad volvió a aparecer en cierta medida, de modo tal que, cuando guiaba a Natán en la redacción del evangelio que ahora lleva su nombre, el anciano apóstol no titubeó en referirse a sí mismo repetidamente como el «discípulo a quien Jesús amaba». En vista del hecho de que Juan llegó a ser, más que cualquier otro mortal terrestre, el camarada de Jesús, y de que fue su elegido representante personal para tantos y diversos asuntos, no es extraño que llegese a considerarse a sí mismo como el «discípulo a quien Jesús amaba» puesto que ciertamente sabía que era el discípulo en quien Jesús con mayor frecuencia confiaba.
     
El rasgo más sobresaliente del carácter de Juan era su confiabilidad; era presto y valiente, fiel y devoto. Su mayor debilidad era su característico engreimiento. Era el más joven en la familia de su padre, el más joven del cuerpo apostólico. Quizás estaba un poquito consentido; tal vez lo habían mimado un poco. Pero el Juan de años posteriores fue una persona muy diferente de ese joven arbitrario y pagado de sí mismo que se incorporara a las filas de los apóstoles de Jesús a los veinticuatro años de edad.
     
Las características de Jesús que apreciaba Juan más eran el amor y el altruismo del Maestro; estos rasgos le impresionaron tanto que el resto de su vida estuvo dominado por los sentimientos de amor y de devoción fraternal. Habló del amor y escribió acerca del amor. Este «hijo del trueno» se convirtió en el «apóstol del amor»; en Efeso, cuando, ya anciano obispo, no podía estar de pie en el púlpito y predicar sino que tenían que llevarle en una silla a la iglesia, y al final de la ceremonia cuando le pedían que dijera unas pocas palabras a los creyentes, durante años solía decir tan sólo: «Hijitos míos, amaos los unos a los otros».
     
Juan era hombre de muy pocas palabras, excepto cuando se encolerizaba. Pensaba mucho pero decía poco. Al envejecer, su temperamento se hizo más dócil, mejor controlado, pero nunca llegó a vencer completamente su falta de locuacidad; no llegó nunca a dominar esta reticencia por completo. Pero estaba dotado de una imaginación notable y creadora.  

Había otra faceta de Juan que no esperaba uno encontrar en persona tan taciturna e introspectiva. Era un tanto prejuicioso y desmedidamente intolerante. En este aspecto él y Santiago se parecían mucho —ambos querían que el cielo aniquilara con su fuego a los samaritanos irrespetuosos. Si se topaba Juan con extraños que enseñaban en el nombre de Jesús, inmediatamente les prohibía que continuaran. Pero, no era él el único de los doce infectado con esta clase de amor propio y de sentimiento de superioridad.
     
Mucho influyó sobre la vida de Juan ver a Jesús vivir sin hogar propio, porque bien sabía cuán fielmente se había ocupado el Maestro de disponer para el cuidado de su madre y de su familia. También simpatizaba Juan profundamente con Jesús al ver la falla de su familia en comprenderlo, el hecho de que ellos se iban distanciando cada vez más de Jesús. Toda esta situación, juntamente con su observación de que Jesús siempre sometía hasta sus más insignificantes deseos a la voluntad del Padre en el cielo, y su vivir diario lleno de confianza implícita, tan profundamente impresionó a Juan que produjo en él notables y permanentes cambios de carácter, cambios que se manifestarían a lo largo del resto de su vida.
     
Juan tenía un valor frío y temerario que pocos poseían entre los otros apóstoles. Fue el único apóstol que permaneció con Cristo la noche de su arresto y se atrevió a acompañar a su Maestro hasta las fauces mismas de la muerte. Estuvo presente y próximo hasta la última hora terrenal de Jesús y cumplió fielmente con su fideicomiso respecto a la madre de Jesús, y se mantuvo presto para recibir las instrucciones adicionales que tal vez se le impartirían en los últimos momentos de la existencia mortal del Maestro. Una cosa es indudable: Juan era completamente digno de confianza. Juan se sentaba usualmente a la diestra de Jesús cuando los doce compartían la cena. Fue el primero entre los doce en creer sincera y plenamente en la resurrección, y fue el primero en reconocer al Maestro cuando vino hacia ellos en la costa después de su resurrección.
     
Este hijo de Zebedeo estuvo muy estrechamente ligado con Pedro en las primeras actividades del movimiento cristiano, llegando a ser uno de los principales sostenedores de la iglesia de Jerusalén. Fue la mano derecha de Pedro el día de Pentecostés.
      
Varios años después del martirio de Santiago, Juan se casó con la viuda de su hermano. Durante los últimos veinte años de su vida recibió los cuidados de una nieta amorosa.
     
Juan fue encarcelado varias veces y fue desterrado a la isla de Patmos por un período de cuatro años, hasta que otro emperador ascendió al poder en Roma. Si no hubiera sido Juan tan prudente y sagaz, indudablemente habría sido matado como su hermano Santiago, que se expresaba con llaneza mucho mayor. Según pasaron los años, Juan junto con Santiago el hermano del Señor, aprendió a practicar una prudente conciliación cuando comparecían ellos ante los magistrados civiles. Habían descubierto que una «respuesta suave aplaca la ira». Aprendieron también a representar a la iglesia como una «hermandad espiritual dedicada al servicio social de la humanidad» más bien que como «el reino del cielo». Enseñaron servicio misericordioso en vez de poder de gobierno —el reino y el rey.
      
Durante su exilio temporal en Patmos, Juan escribió el libro del Apocalipsis, que vosotros ahora tenéis en su forma muy resumida y distorsionada. Este libro del Apocalipsis contiene los fragmentos que quedaron de una gran revelación, porque se perdieron grandes porciones, otras fueron eliminadas después de que Juan las escribiera. Se lo preserva tan sólo en forma fragmentaria y adulterada.
     
Juan viajó mucho, trabajó incesantemente y, después de llegar a ser obispo de las iglesias de Asia se estableció en Efeso. Dirigió a su asociado, Natán, en la redacción del así llamado «Evangelio según Juan» en Efeso, cuando tenía noventa y nueve años de edad. Entre los doce apóstoles, Juan Zebedeo finalmente terminó por ser el teólogo más destacado. Murió de muerte natural en Efeso en el año 103 d. de J.C. a los ciento un años de edad.

miércoles, 18 de julio de 2012

Santiago Zebedeo.

Santiago, el mayor de los dos apóstoles hijos de Zebedeo, a quienes Jesús apodó «los hijos del trueno», tenía treinta años cuando se convirtió en apóstol. Estaba casado, tenía cuatro hijos, y vivía cerca de sus padres en las afueras de Capernaum, en Betsaida. Era pescador, y siguió su llamado con su hermano menor, Juan, y en asociación con Andrés y Simón. Santiago y su hermano Juan disfrutaban la ventaja de haber conocido a Jesús mucho antes que todos los demás apóstoles.
      
Este apóstol hábil era una contradicción de temperamento; parecía poseer realmente dos naturalezas, ambas activadas por sentimientos fuertes. Era especialmente vehemente cuando algo le provocaba indignación. Tenía un temperamento fogoso cuando se le provocaba y, cuando pasaba la tormenta, siempre solía justificar y excusar su ira diciendo que se trataba únicamente de una manifestación de justa cólera. Aparte de estos estallidos periódicos de ira, la personalidad de Santiago mucho se parecía a la de Andrés. No poseía la discreción o el discernimiento de la naturaleza humana de Andrés, pero era mejor orador público que éste. Después de Pedro, o tal vez después de Mateo, Santiago era el mejor orador entre los doce.
     
Aunque no se podía decir que Santiago fuera caprichoso, se le veía a veces quieto y taciturno un día, muy locuaz y lleno de historias el siguiente. Hablaba generalmente con Jesús, pero entre los doce, permanecía a veces callado durante varios días seguidos. Su única gran debilidad eran estos períodos de silencio inexplicables.
      
El rasgo más destacado de la personalidad de Santiago era su habilidad para ver todas las facetas de cualquier asunto. De los doce, era el que estaba más cerca de comprender plenamente la importancia y significación verdadera de la enseñanza de Jesús. También había sido lento, al principio, en entender al Maestro, pero una vez que se completó su preparación, adquirió un concepto superior del mensaje de Jesús. Santiago era capaz de comprender una amplia gama de la naturaleza humana. Se llevaba bien con el versátil Andrés, con el impetuoso Pedro, y con su reservado hermano Juan.
      
Aunque Santiago y Juan tenían sus problemas a veces cuando intentaban trabajar juntos, era una experiencia inspiradora observar lo bien que se llevaban. No llegaban a tener una relación tan buena como la de Andrés y Pedro, pero se llevaban mucho mejor de lo que ordinariamente se espera de dos hermanos, especialmente de dos hermanos de carácter tan recio y determinado. Pero, por extraño que parezca, estos dos hijos de Zebedeo eran mucho más tolerantes el uno con el otro que con los extraños. Se tenían gran afecto; siempre habían sido buenos compañeros de juego. Eran estos «hijos del trueno» los que querían pedir fuego al cielo para que aniquilara a los samaritanos que se habían atrevido a demostrar irreverencia para con su Maestro. Pero la prematura muerte de Santiago mucho cambió el temperamento vehemente de su hermano menor Juan.
     
El rasgo de la personalidad de Jesús que Santiago más admiraba era la compasión afectuosa del Maestro. El interés comprensivo de Jesús en los pequeños y en los grandes, en los ricos y en los pobres, le resultaba muy atractivo.
     
Santiago Zebedeo era un pensador y un planificador bien equilibrado. Junto con Andrés, era uno de los más sensatos del grupo apostólico. Era un individuo vigoroso pero nunca estaba de prisa. Era un excelente contrapeso de Pedro.
     
Era modesto, no era espectacular en su actuación; era un servidor diario, un trabajador sin pretensiones, que una vez que hubo comprendido el verdadero significado del reino, no pretendió ninguna recompensa especial. E incluso cuando se cuenta que la madre de Santiago y de Juan pidió que se colocase a sus hijos a la diestra y a la siniestra de Jesús, debe recordarse que fue la madre quien hizo esta solicitud. Cuando ellos dieron a entender que estaban listos para asumir tales responsabilidades, debe reconocerse que conocían los peligros que acompañaban la supuesta rebelión del Maestro contra el poder de Roma, y que también estaban dispuestos a pagar el precio. Cuando Jesús preguntó si estaban prestos a beber de la copa, respondieron que lo estaban. Y en lo que se refiere a Santiago, esto fue literalmente cierto —bebió de la copa con el Maestro, ya que fue el primero de los apóstoles en sufrir el martirio, y muy pronto fue ejecutado por la espada de Herodes Agripa. Santiago fue pues el primero de los doce que sacrificó su vida en el nuevo frente de batalla del reino. Herodes Agripa temía a Santiago más que a todos los demás apóstoles. Sí, ciertamente permanecía a menudo quieto y taciturno, pero demostró ser valiente y decidido cuando sus convicciones fueron puestas a prueba.
      
Santiago vivió su vida plenamente, y cuando llegó el fin, se comportó con tal gracia y fortaleza que aun su acusador e informante, que asistió a su juicio y ejecución, tanto se conmovió que huyó de la escena del último suplicio de Santiago para unirse a los discípulos de Jesús.

martes, 17 de julio de 2012

Simón Pedro.

Cuando Simón se unió a los apóstoles, tenía treinta años. Estaba casado, tenía tres hijos y vivía en Betsaida, cerca de Capernaum. Su hermano, Andrés, y su suegra vivían con él. Tanto Pedro como Andrés eran pescadores y socios de los hijos de Zebedeo.
     
El Maestro ya conocía a Simón desde hacía algún tiempo cuando Andrés se lo presentó como el segundo de los apóstoles. Al dar Jesús a Simón el nombre de Pedro, lo hizo con una sonrisa; era una especie de apodo. Simón era bien conocido entre sus amigos por su temperamento errático e impulsivo. Es verdad que, más tarde, le dio Jesús una importancia nueva y significativa a este apodo originalmente otorgado a la ligera.
     
Simón Pedro era hombre impulsivo y optimista. Había crecido libremente, permitiéndose ceder a los sentimientos más fuertes; constantemente se metía en líos porque persistía en hablar sin pensar. Esta impulsividad también les causaba problemas incesantes a todos sus amigos y asociados y era la causa de que su Maestro muchas veces le regañara suavemente. El único motivo por el cual Pedro no se metía en más líos aun por su forma impulsiva de hablar era que desde muy temprano aprendió a compartir muchos de sus planes y proyectos con su hermano Andrés, antes de aventurarse a proponerlos en público.
      
Pedro era un orador locuaz, elocuente y dramático. También era un líder natural que sabía inspirar a las multitudes, un pensador sagaz pero no un razonador profundo. Hacía más preguntas él solo que todos los apóstoles juntos, y aunque la mayoría de sus preguntas tenían sentido y valían la pena, muchas eran impensadas y tontas. Pedro no tenía una mente profunda, pero conocía su mente bastante bien. Por consiguiente, era hombre de decisiones rápidas y acción repentina. Mientras otros conversaban asombrados viendo a Jesús en la playa, Pedro se zambullía al agua y nadaba hacia la costa para encontrarse con el Maestro.
     
El rasgo que Pedro más admiraba en Jesús era su extrema ternura. Pedro no se cansaba jamás de discurrir la paciencia de Jesús. Jamás olvidaría la lección acerca de perdonar al malhechor no siete veces tan sólo sino setenta veces más siete. Mucho pensó sobre estas impresiones del carácter misericordioso del Maestro durante esos lúgubres días de desesperación que vivió inmediatamente después de negar a Jesús sin pensarlo, y sin intención, en el patio del sumo sacerdote.
     
Simón Pedro era angustiosamente vacilante; pasaba en forma repentina de un extremo al otro. Primero se negó a que Jesús le lavara los pies, pero, al oír la réplica de su Maestro, le pidió que le lavara todo el cuerpo. Pero, después de todo, Jesús sabía que las faltas de Pedro provenían de la cabeza y no del corazón. Era Pedro una de las más inexplicables combinaciones de coraje y cobardía que jamás vivieran sobre la tierra. Su gran fortaleza de carácter era su lealtad, su amistad. Pedro amaba realmente y sinceramente a Jesús. Pero a pesar de la extraordinaria fuerza de su devoción, era tan inestable y variable que pudo una joven criada azuzarlo a que negara a su Maestro y Señor. Pedro podía hacerle frente a la persecución y a todo tipo de ataque directo, pero se empequeñecía y se marchitaba ante el ridículo. Soldado valiente ante un ataque frontal, reaccionaba como un cobarde medroso ante un ataque sorpresivo desde la retaguardia.
     
Pedro fue el primero entre los apóstoles en defender valientemente la obra de Felipe entre los samaritanos y la de Pablo entre los gentiles; pero más tarde, en Antioquía, al ser confrontado por un grupo de judaizantes que lo ridiculizaban se retractó, alejándose temporalmente de los gentiles, para luego traer sobre su cabeza la audaz denuncia de Pablo.
      
Fue el primero entre los apóstoles en hacer una sincera confesión de la humanidad y la divinidad combinadas de Jesús y el primero —con excepción de Judas— en negarlo. Pedro no tenía mucho de soñador, pero le disgustaba descender de las nubes del éxtasis y del entusiasmo de la complacencia dramática al mundo ordinario de la realidad concreta.
     
Al seguir a Jesús, literal y figurativamente, conducía él a veces la procesión y otras veces la seguía —«la seguía de lejos». Pero, era el predicador más destacado de los doce; hizo más que cualquier otro hombre individual, a excepción de Pablo, para establecer el reino y enviar a sus mensajeros a los cuatro confines de la tierra en una generación.
      
Después de haber negado impulsivamente al Maestro, volvió a encontrarse a sí mismo, y con la orientación comprensiva y compasiva de Andrés, nuevamente encabezó el camino de vuelta a las redes de pesca mientras los apóstoles se quedaban a la espera de lo que sucedería después de la crucifixión. Cuando estuvo plenamente seguro que Jesús lo había perdonado y supo que había sido recibido de vuelta en el redil del Maestro, las llamas del reino ardieron tan brillantemente en su alma que se convirtió en una gran luz salvadora para millares que vivían en las tinieblas.
     
Después de partir de Jerusalén y antes de que Pablo se convirtiera en la fuerza motriz de las iglesias cristianas gentiles, Pedro viajó mucho, visitando todas las iglesias desde Babilonia hasta Corinto. Incluso visitó y ministró a muchas de las iglesias que habían sido fundadas por Pablo. Aunque mucho diferían Pedro y Pablo en temperamento y educación, incluso en teología, trabajaron juntos armoniosamente para la edificación de las iglesias durante sus últimos años.
      
Se advierte algo del estilo y las enseñanzas de Pedro en los sermones parcialmente documentados por Lucas y en el Evangelio según Marcos. Su estilo vigoroso se muestra mejor en la carta conocida como la Primera Epístola de Pedro; por lo menos, así era antes de que ésta fuera posteriormente modificada por un discípulo de Pablo.
     
Pero Pedro persistió en cometer el error de tratar de convencer a los judíos de que Jesús era, después de todo, real y verdaderamente el Mesías judío. Hasta el día de su muerte, la mente de Simón Pedro siguió confundida entre los conceptos de Jesús como el Mesías judío, Cristo como el redentor del mundo y el Hijo del Hombre como la revelación de Dios, el Padre amante de toda la humanidad.
      
La esposa de Pedro era una mujer muy capaz. Trabajó durante muchos años de manera aceptable como miembro de la organización de las mujeres, y cuando Pedro tuvo que irse de Jerusalén, lo acompañó ella en todos sus viajes a las iglesias y en todas sus excursiones misioneras. Y el día en que su ilustre marido entregó su vida, ella fue arrojada a las bestias salvajes en la arena de Roma.
      
Así pues este hombre, Pedro, que tan cerca había estado de Jesús, que había pertenecido a su círculo íntimo, partió de Jerusalén y proclamó la buena nueva del reino con poder y gloria hasta cumplir la plenitud de su ministerio; se consideró él altamente honrado cuando sus captores le dijeron que moriría como había muerto su Maestro —en la cruz. Así pues fue Simón Pedro crucificado en Roma.

domingo, 15 de julio de 2012

Andrés, el primer elegido.

Andrés, presidente del cuerpo apostólico del reino, nació en Capernaum. Era el mayor de una familia de cinco: él, su hermano Simón, y tres hermanas. Su padre, por entonces ya fallecido, había sido socio de Zebedeo en el negocio de la preparación de pescado seco en Betsaida, el puerto pesquero de Capernaum. Cuando se convirtió en apóstol, Andrés era soltero, pero vivía con su hermano casado, Simón Pedro. Ambos eran pescadores y socios de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo.
      
En el año 26 d. de J.C., el año en que fue elegido apóstol, Andrés tenía 33 años, era un año mayor que Jesús y el mayor de los apóstoles. Provenía de excelente linaje y era el más capaz de los doce. Estaba a la altura de sus asociados en casi todas las capacidades imaginables, excepción hecha de la oratoria. Jesús no le aplicó a Andrés ningún sobrenombre, ninguna designación fraterna. Pero así como pronto comenzaron los apóstoles a llamar Maestro a Jesús, también empezaron a llamar a Andrés con un nombre que equivalía a Jefe.
     
Andrés era un buen organizador pero un administrador aún mejor. Era uno de los cuatro apóstoles del círculo íntimo, pero cuando Jesús lo nombró jefe del grupo apostólico, fue necesario que permaneciera en su puesto con sus hermanos, mientras los otros tres disfrutaban de una comunión muy estrecha con el Maestro. Hasta el fin, Andrés siguió siendo el decano del cuerpo apostólico.
     
Aunque Andrés nunca fue efectivo como predicador, fue muy eficaz en su obra personal; fue pionero en la labor misionera del reino puesto que, al ser elegido primero, inmediatamente atrajo a Jesús a su hermano, Simón, y éste posteriormente se convirtió en uno de los mejores predicadores del reino. Andrés fue el principal partidario de la política de Jesús en el sentido de utilizar el programa de la obra personal como un medio de preparación de los doce para que fueran mensajeros del reino.
      
Si enseñaba Jesús en privado a los apóstoles o predicaba a las multitudes, Andrés generalmente conocía lo que estaba ocurriendo; era un ejecutivo comprensivo y un administrador eficaz. Resolvía prestamente todos los asuntos que se le consultaban, a menos que considerara que el problema estaba más allá del ámbito de su autoridad, en cuyo caso consultaba directamente con Jesús.
      
Andrés y Pedro eran muy distintos en carácter y en temperamento, pero debe registrarse sempiternamente para su crédito que se llevaban estupendamente bien. Jamás tuvo Andrés celos de la elocuencia de Pedro. Pocas veces se da que un hermano mayor como Andrés ejerza una influencia tan profunda sobre un hermano más joven y talentoso. Andrés y Pedro no parecían tener nunca el más mínimo celo uno del otro, de su capacidad o sus triunfos. Tarde en la noche del día de Pentecostés, cuando se sumaron dos mil almas al reino, en gran medida gracias a la predicación enérgica e inspiradora de Pedro, Andrés le dijo a su hermano: «Yo no podría haberlo hecho, pero me hace feliz tener un hermano que puede hacerlo». A lo cual replicó Pedro: «Y si tú no me hubieras atraído al Maestro y si tu persistencia no me hubiera retenido a su lado, no habría yo estado aquí para hacerlo». Andrés y Pedro eran la excepción a la regla, una prueba de que aun los hermanos pueden convivir apaciblemente y trabajar juntos con gran eficacia.
     
Después de Pentecostés Pedro fue famoso, pero jamás se irritó Andrés, el hermano mayor, aunque se le presentara, por el resto de su vida, como «el hermano de Simón Pedro».
     
De todos los apóstoles, Andrés era el que mejor juzgaba a los hombres. Sabía que el corazón de Judas Iscariote estaba lleno de problemas, aunque ninguno de los otros sospechaba nada mal en el tesorero; pero a nadie mencionó sus temores. El gran servicio de Andrés al reino consistió en aconsejar a Pedro, Santiago y Juan sobre la elección de los primeros misioneros que se enviaron a proclamar el evangelio, y en asesorar estos primeros líderes sobre la organización de los asuntos administrativos del reino. Andrés tenía un don especial para descubrir en los jóvenes sus recursos ocultos y talentos latentes.
     
Poco después de que Jesús había ascendido a lo alto, Andrés comenzó a escribir una crónica personal de muchos de los dichos y hechos de su Maestro que ya había partido. Después de la muerte de Andrés, se hicieron otras copias de esta crónica privada, que circularon libremente entre los primeros maestros de la iglesia cristiana. Estas notas casuales de Andrés posteriormente fueron corregidas, enmendadas, alteradas y se les agregaron datos hasta convertirse en una narración relativamente cronológica de la vida terrenal del Maestro. El último de estos ejemplares alterados y enmendados fue destruido en un incendio en Alejandría, unos cien años después de que fuera escrito el original por el primer elegido de los doce apóstoles.
      
Andrés era un hombre de clara visión, de pensamiento lógico y de decisión firme, cuya gran fuerza de carácter estaba cimentada en una estupenda estabilidad. El mayor defecto de su temperamento era su falta de entusiasmo; muchas veces olvidaba alentar a sus asociados con alabanzas juiciosas. Esta, su reticencia en alabar las acciones meritorias de sus amigos, provenía de su aborrecimiento de la lisonja y de la falta de sinceridad. Andrés era uno de esos hombres íntegros, ecuánimes, que alcanzan su posición por su propio esfuerzo y que tienen éxito en una forma modesta.
      
Todos los apóstoles amaban a Jesús, pero es verdad que cada uno de los doce había sido atraído a él por un rasgo específico de su personalidad que tocaba una fibra íntima de ese apóstol en particular. Andrés admiraba a Jesús por su sinceridad constante, su dignidad sin afectación. Una vez que los hombres conocían a Jesús, se sentían poseídos del deseo de compartirlo con sus amigos; realmente deseaban que todo el mundo lo conociera.
     
Cuando las subsiguientes persecuciones dispersaron finalmente a los apóstoles de Jerusalén, Andrés viajó por Armenia, la Asia Menor y Macedonia y, después de atraer al reino a muchos millares de almas, finalmente fue apresado y crucificado en Patras en Acaya. Este hombre robusto duró dos días enteros antes de expirar en la cruz; durante esas horas trágicas no dejó de proclamar en forma convincente la buena nueva de la salvación en el reino del cielo.

Los doce apóstoles.

ES UN testimonio elocuente del encanto y rectitud de la vida terrenal de Jesús que, aunque destruyó en repetidas ocasiones las esperanzas de sus apóstoles y redujo a jirones todas sus ambiciones de exaltación personal, sólo uno de ellos lo abandonó.
     
Los apóstoles aprendieron de Jesús acerca de lo concerniente al reino del cielo, y Jesús aprendió mucho de ellos acerca del reino de los hombres, de la naturaleza humana tal como se vive en Urantia y en otros mundos evolucionarios del tiempo y del espacio. Estos doce hombres representaban diversos tipos de temperamento humano, y no se habían vuelto parecidos por el aprendizaje. Muchos de estos pescadores galileos llevaban bastante sangre gentil en sus venas, como resultado de la conversión forzosa, cien años antes, de la población gentil de Galilea.
      
No cometáis el error de pensar que los apóstoles eran totalmente ignorantes e incultos. Todos ellos, excepto los mellizos Alfeo, eran graduados de las escuelas de la sinagoga, habían estudiado profundamente las escrituras hebreas y habían aprendido gran parte de los conocimientos de su día. Siete de ellos eran graduados de las escuelas de la sinagoga de Capernaum, y no había mejores escuelas judías en toda Galilea.
     
Cuando vuestros escritos se refieren a estos mensajeros del reino como seres «sin letras y del vulgo», lo que querían significar era que se trataba de laicos que no habían sido instruidos en el saber de los rabinos ni en los métodos de la interpretación rabínica de las Escrituras. Carecían de la así llamada educación superior. En tiempos modernos ciertamente serían considerados gente poco instruida, y en algunos círculos sociales incluso incultos. Una cosa es cierta: no todos habían pasado por el mismo programa rígido y estereotipado de educación. Desde su adolescencia en adelante habían tenido experiencias diferentes en el aprendizaje del vivir.

jueves, 12 de julio de 2012

La organización de los doce.

Los apóstoles se organizaron muy pronto de la siguiente manera:
     
1. Andrés, el primer apóstol elegido, fue nombrado presidente y director general de los doce.
     
2. Pedro, Santiago y Juan fueron nombrados compañeros personales de Jesús. Habían de asistirlo día y noche, atender a sus diversas necesidades materiales, y acompañarlo en esas vigilias de oración y comunión misteriosa con el Padre celestial.
      
3. Felipe fue nombrado mayordomo del grupo. Era su deber proveer alimentos y asegurarse de que los visitantes, y aun a veces las multitudes que acudían para escucharlos, tuvieran algo de comer.
     
4. Natanael velaba por las necesidades de las familias de los doce. Recibía informes regulares sobre las necesidades de la familia de cada uno de los apóstoles y, mediante requisición solicitada a Judas, el tesorero, enviaba fondos cada semana a los que se encontraban necesitados.
      
5. Mateo era el agente fiscal del cuerpo apostólico. Era su deber cuidar de que el presupuesto estuviera balanceado, y la tesorería, abastecida. Si no llegaban fondos para el mantenimiento de todos ellos, si no se recibían donaciones suficientes para mantener al grupo, Mateo tenía la autoridad de ordenar a los doce que regresaran a sus redes de pescadores durante una temporada. Pero esto no fue nunca necesario, una vez que comenzaron su trabajo público; siempre tuvo Mateo fondos suficientes en la tesorería para financiar las actividades del grupo.
      
6. Tomás era el que administraba el itinerario. Era de su incumbencia planear el alojamiento y en general seleccionar los lugares para la enseñanza y la predicación asegurando así un programa de viaje bien organizado y sin pérdidas de tiempo.
      
7. Jacobo y Judas, los hijos gemelos de Alfeo, fueron asignados a la dirección de las multitudes. Su tarea consistía en comisionar un número suficiente de ujieres asistentes para mantener el orden en el público durante la predicación.
     
8. A Simón el Zelote se le puso a cargo de la recreación y esparcimiento. Preparaba el programa de los miércoles y también buscaba proporcionar unas pocas horas de esparcimiento y diversión cada día.
     
9. Judas Iscariote fue nombrado tesorero. Llevaba la bolsa, pagaba todos los gastos y llevaba los libros. Hacía la proyección del presupuesto para Mateo de semana en semana y también preparaba informes semanales para Andrés. Judas hacía pagos contra los fondos con autorización de Andrés.
      
De este modo funcionaron los doce desde su primitiva organización hasta el momento en que se hizo necesaria una reorganización debido a la deserción de Judas, el traidor. El Maestro y sus discípulos-apóstoles siguieron viviendo en este estilo sencillo de vida hasta el domingo 12 de enero del año 27 d. de J.C., día en que los llamó y los ordenó formalmente embajadores del reino y predicadores de la buena nueva. Poco después se aprestaron a salir para Jerusalén y Judea en su primera gira de predicación pública.

lunes, 9 de julio de 2012

Cinco meses de prueba.

Este período un tanto monótono en que se alternaban la pesca y la obra personal resultó ser una experiencia agotadora para los doce apóstoles, pero soportaron la prueba. Pese a sus quejas, incertidumbres e insatisfacciones pasajeras, permanecieron fieles en sus votos de devoción y lealtad al Maestro. Fue su asociación personal con Jesús durante estos meses de prueba lo que hizo que tanto lo amaran, que todos ellos (salvo Judas Iscariote) permanecieran leales y fieles a él incluso en las horas tenebrosas del juicio y la crucifixión. Los hombres cabales no podían realmente abandonar a un maestro venerado que tan cerca de ellos había vivido y que tanto se había dedicado a ellos como lo hizo Jesús. Durante las horas sombrías de la muerte del Maestro, los apóstoles apartaron de su corazón toda razón, juicio, y lógica para dar cabida a una sola emoción humana extraordinaria —el supremo sentimiento de amistad-lealtad. Estos cinco meses de trabajo con Jesús llevaron a estos apóstoles, a cada uno de ellos, a considerarle como su mejor amigo en todo el mundo. Y fue este sentimiento humano, más que sus extraordinarias enseñanzas o sus acciones maravillosas, lo que les mantuvo juntos hasta después de la resurrección y de la renovación de la proclamación del evangelio del reino.
     
Estos meses de trabajo tranquilo no fueron solamente una gran prueba para los apóstoles, prueba que supieron superar, sino que esta temporada de inactividad pública fue también una gran prueba para la familia de Jesús. Por la época en que Jesús estaba listo para comenzar su ministerio público, toda su familia (excepto Ruth) prácticamente lo había abandonado. Sólo en unas pocas ocasiones intentaron, de allí en adelante, comunicarse con él, y en esos casos, era para tratar de persuadirlo de que regresara al hogar con ellos, pues casi se habían convencido de que estaba fuera de sí. Sencillamente, no podían comprender su filosofía ni a entender sus enseñanzas; todo esto era demasiado para los de su propia carne.
      
Los apóstoles prosiguieron con su obra personal en Capernaum, BetsaidaJulias, Corazín, Gérasa, Hipos, Magdala, Caná, Belén de Galilea, Jotapata, Ramá, Safed, Giscala, Gadara y Abila. Además de estas ciudades, también trabajaban en muchas aldeas así como en la campiña. A fines de este período los doce habían establecido planes bastante satisfactorios para atender a las necesidades de sus respectivas familias. La mayoría de los apóstoles eran casados, algunos tenían varios hijos, pero pudieron arreglar tan bien las cosas para el mantenimiento de la familia que, con un poco de ayuda de los fondos apostólicos, podían dedicar todas sus energías a trabajar con el Maestro sin tener que preocuparse por el bienestar económico de sus familias.

domingo, 8 de julio de 2012

La primera labor de los doce.

Después de vender el fruto de la pesca de dos semanas, Judas Iscariote, el que había sido elegido tesorero de los doce, dividió los fondos apostólicos en seis porciones iguales, pues los fondos para el cuidado de las familias dependientes ya habían sido obtenidos. Así pues casi a mediados de agosto del año 26 d. de J.C., se marcharon de dos en dos a los campos de trabajo asignados por Andrés. Las primeras dos semanas Jesús salió con Andrés y Pedro, las segundas dos semanas, con Santiago y Juan, y así sucesivamente con las otras parejas en el orden de su elección. De este modo él pudo salir por lo menos una vez con cada pareja antes de reunirlas para el comienzo de su ministerio público.
     
Jesús les enseñó a predicar el perdón de los pecados mediante la fe en Dios sin penitencia ni sacrificio, y que el Padre celestial ama a todos sus hijos con el mismo amor eterno. Ordenó a sus discípulos que se abstuvieran de discutir:
     
1. La obra y el encarcelamiento de Juan el Bautista.
     
2. La voz que se oyera cuando su bautismo. Jesús dijo: «Solamente los que oyeron la voz pueden referirse a ésa. Hablad solamente de las cosas que habéis oído de mí; no habléis los rumores».
     
3. La conversión del agua en vino en Caná. Jesús les admonestó seriamente, diciendo: «No digáis a ningún hombre nada acerca del agua y el vino».
      
Pasaron una época maravillosa durante estos cinco o seis meses en que trabajaban de pescadores cada dos semanas alternas, ganando así el dinero suficiente para mantenerse durante las dos semanas sucesivas de obra misionera para el reino.
     
La gente común se admiraba de las enseñanzas y ministerio de Jesús y sus apóstoles. Durante mucho tiempo los rabinos habían enseñado a los judíos que el ignorante no podía ser ni piadoso ni recto. Pero los apóstoles de Jesús eran así piadosos como justos; sin embargo ignoraban alegremente gran parte del saber de los rabinos y de la sabiduría del mundo.
     
Jesús les aclaró a sus apóstoles la diferencia entre el arrepentimiento por las así llamadas buenas obras que enseñaban los judíos y el cambio producido en la mente por la fe —el nuevo nacimiento— que él exigía como precio de admisión en el reino. Enseñó a sus apóstoles que la fe era el único requisito para entrar en el reino del Padre. Juan les había enseñado: «Arrepentíos —huid de la ira venidera». Jesús enseñaba: «La fe es la puerta abierta para entrar en el amor presente, perfecto y eterno de Dios». Jesús no hablaba como profeta, uno que viene a declarar la palabra de Dios. Parecía hablar de sí mismo como de aquel que tiene autoridad. Jesús trataba de desviar el pensamiento de ellos de la búsqueda del milagro y dirigirlo hacia el hallazgo de una experiencia verdadera y personal en la satisfacción y seguridad de que el espíritu de amor y misericordia salvadora de Dios reside en ellos.
      
Los discípulos aprendieron muy pronto que el Maestro tenía un profundo respeto y una compasiva consideración por todo ser humano con quien se encontraba, y mucho les conmovía esta consideración uniforme e invariable que él tan sistemáticamente brindaba a toda clase de hombres, mujeres y niños. A veces se interrumpía en el medio de un profundo discurso, para salir al camino y ofrecer unas palabras de aliento a una mujer que pasaba agobiada por el peso de su cuerpo y de su alma. Interrumpía una intensa conversación con sus apóstoles para fraternizar con un niño intruso. No había para Jesús nada más importante que ese individuo humano que al azar estaba en su presencia inmediata. Era instructor y maestro, pero era aun más —era también un amigo y un vecino, un camarada comprensivo.
     
Aunque la enseñanza pública de Jesús consistía fundamentalmente en parábolas y en discursos breves, invariablemente enseñaba a sus apóstoles mediante preguntas y respuestas. Posteriormente interrumpiría siempre sus discursos públicos para responder a las preguntas sinceras.
      
Al principio los apóstoles se asombraron de la forma en que trataba Jesús a las mujeres, pero pronto se acostumbraron; les hizo saber muy claramente que las mujeres habían de tener iguales derechos que los hombres en el reino.

sábado, 7 de julio de 2012

Otra desilusión.

Jesús había proyectado una tranquila campaña misionera de obra personal de cinco meses. No les había dicho a los apóstoles cuánto duraría; laboraban de semana a semana. Y temprano el primer día de esta semana, precisamente cuando estaba él a punto de anunciar este plan a sus doce apóstoles, Simón Pedro, Santiago Zebedeo y Judas Iscariote vinieron a verlo para hablar en privado. Llevando a Jesús aparte, Pedro se atrevió a decir: «Maestro, venimos a instancias de nuestros asociados para preguntar si acaso está propicio el momento de entrar en el reino; y ¿proclamarás tú el reino en Capernaum, o hemos de proseguir a Jerusalén? Y cuándo sabremos, cada uno de nosotros, el puesto que hemos de ocupar contigo en el establecimiento del reino...» y Pedro hubiera continuado haciendo otras preguntas, pero Jesús levantó una mano con gesto de admonestación y lo interrumpió. Haciendo señas a los otros apóstoles a que se le acercaran, Jesús dijo: «Hijitos míos,¡hasta cuándo tendré que ser indulgente! ¿No os he aclarado que mi reino no es de este mundo? Os he dicho muchas veces que no he venido para sentarme en el trono de David, y ahora ¿cómo es que estáis inquiriendo qué lugar ocupará cada uno de vosotros en el reino del Padre? ¿Acaso no percibís que os he llamado como embajadores de un reino espiritual? ¿No comprendéis que pronto, muy pronto, me representaréis en el mundo y en la proclamación del reino? así como yo represento ahora a mi Padre que está en el cielo? ¿Puede ser que yo os haya elegido e instruido como mensajeros del reino, y sin embargo vosotros no comprendáis la naturaleza y significación de este reino venidero de preeminencia divina en el corazón de los hombres? Amigos míos, oídme una vez más. Quitaos de la mente la idea de que mi reino es un gobierno de poder o un reinado de gloria. En verdad, todo el poder en el cielo y en la tierra será dentro de poco entregado en mis manos, pero no es la voluntad del Padre que usemos esta dote divina para glorificarnos en esta era. En otra edad ciertamente os sentaréis conmigo en poder y gloria, pero ahora nos corresponde someternos a la voluntad del Padre y salir en humilde obediencia para ejecutar su mandato en la tierra».
     
Nuevamente estuvieron sus asociados estupefactos y pasmados. Jesús les envió de dos en dos a orar, pidiéndoles que regresaran a él al mediodía. En esta mañana crucial cada uno de ellos trató de encontrar a Dios, y se esforzaron por alentarse y fortalecerse unos a los otros, y regresaron a Jesús tal como les había pedido.
     
Jesús rememoró para beneficio de ellos ahora la venida de Juan, el bautismo en el Jordán, la fiesta de bodas en Caná, la reciente selección de los seis y la separación de sus propios hermanos en la carne, y les advirtió que los enemigos del reino tratarían también de separarlos. Después de esta plática breve pero intensa, los apóstoles se levantaron, bajo el liderazgo de Pedro, para declarar su devoción indomable a su Maestro y prometer su lealtad inamovible al reino, en las palabras de Tomás, «a este reino venidero, sea lo que fuere y aunque no lo comprenda yo plenamente». Todos ellos verdaderamente creían en Jesús, aunque no comprendían plenamente sus enseñanzas.
     
Jesús les preguntó entonces cuánto dinero tenían entre ellos; también inquirió qué habían dispuesto para mantener a sus familias. Cuando se vio que no tenían entre todos fondos suficientes para mantenerse por dos semanas, dijo: «No es la voluntad de mi Padre que comencemos a trabajar de este modo. Nos quedaremos aquí junto al mar por dos semanas para pescar o hacer todo lo que encuentren nuestras manos; mientras tanto, bajo la dirección de Andrés, el primer apóstol elegido, os organizaréis con el fin de proveer todo lo necesario para vuestra obra futura, tanto en el presente ministerio personal como cuando yo subsecuentemente os ordene predicar el evangelio e instruir a los creyentes». Mucho se alegraron con estas palabras; ésta fue la primera sugerencia clara e inequívoca que tuvieron de que Jesús proyectaba en el futuro hacer un esfuerzo público más ambicioso y agresivo y de más vasto alcance.
     
Los apóstoles pasaron el resto del día perfeccionando su organización y preparando las barcas y redes para salir a pescar al día siguiente. Todos ellos habían decidido que se dedicarían a la pesca; la mayoría de ellos habían sido pescadores, incluso Jesús era un constructor de barcas y pescador experto. Muchas de las barcas que ellos usaron en esos años habían sido construidas por las propias manos de Jesús. Y eran barcas buenas y seguras.
     
Jesús les mandó que pescaran durante dos semanas, añadiendo: «Y luego os convertiréis en pescadores de hombres». Pescaban en tres grupos: Jesús salía con un grupo diferente cada noche. ¡Cuánto disfrutaban todos ellos de la compañía de Jesús! Era buen pescador, camarada alegre y amigo inspirador; cuanto más trabajaban con él, más lo amaban. Mateo dijo un día: «Hay gente, que cuanto más la comprende uno, menos la admira; pero este hombre, aunque le comprendo cada vez menos, lo amo cada vez más».
      
Este plan de pescar por dos semanas y luego hacer obra personal en nombre del reino por dos semanas, se llevo a cabo por más de cinco meses, e incluso hasta fines de este año, 26 d. de J.C., hasta que cesaron las persecuciones dirigidas contra los discípulos de Juan después de su arresto.

jueves, 5 de julio de 2012

La semana de capacitación intensiva.

La semana siguiente fue dedicada a un programa intensivo de capacitación. Durante el día, cada uno de los seis apóstoles nuevos trabajaba con el apóstol que lo había seleccionado inicialmente, quien le proporcionaba un repaso completo de todo lo que los primeros discípulos habían aprendido y experimentado en su preparación para el trabajo del reino. Los primeros apóstoles repasaban cuidadosamente, para beneficio de los seis más nuevos, las enseñanzas de Jesús hasta ese momento dadas. Por las noches se reunían todos ellos en el jardín de Zebedeo para recibir las enseñanzas de Jesús.
     
Por aquella época estableció Jesús un día de asueto en la mitad de la semana para descanso y recreación. Y se adhirieron ellos a este programa de descanso semanal por el resto de la vida material del Maestro. Como regla general, los miércoles no llevaban a cabo sus actividades regulares. En este día feriado semanal generalmente Jesús se apartaba de ellos, diciendo: «Hijitos míos, id por un día de esparcimiento. Descansad de las arduas labores del reino y disfrutad del refrescante efecto que proviene de volveros a vuestras antiguas vocaciones o de descubrir nuevas actividades recreativas». Aunque Jesús, en este período de su vida terrenal, no necesitaba realmente de este día de descanso, se adaptó a este plan porque sabía que era mejor para sus asociados humanos. Jesús era el instructor —el Maestro; sus asociados eran sus alumnos —sus discípulos.
      
Jesús se esforzó en hacer entender a sus apóstoles la diferencia entre sus enseñanzas y su vida entre ellos y las enseñanzas que subsecuentemente podrían surgir sobre él. Dijo Jesús «Mi reino y el evangelio asociado con éste deben constituir el tema de vuestro mensaje. No os desviéis, predicando sobre mí y sobre mis enseñanzas. Proclamad el evangelio del reino y describid mi revelación del Padre en el cielo pero no os extraviéis por los senderos de crear leyendas y construir un culto que tenga que ver con creencias y enseñanzas sobre mis creencias y enseñanzas». Pero nuevamente no comprendieron ellos por qué hablaba así, y nadie se atrevió a preguntarle por qué les enseñaba de este modo.
      
En estas primeras enseñanzas Jesús trató de evitar hasta donde fue posible las controversias con sus apóstoles, a excepción de las que tuvieran que ver con conceptos erróneos sobre su Padre en el cielo. En estos asuntos no vaciló nunca en corregir las creencias erróneas. Había un solo motivo de la vida postbautismal de Jesús en Urantia y ésta era una revelación mejor y más verdadera de su Padre Paradisiaco; él era el pionero de la nueva y mejor senda para llegar a Dios: el camino de la fe y el amor. Siempre, su exhortación a los apóstoles era: «Buscad a los pecadores; encontrad a los afligidos y consolad a los ansiosos».
     
Jesús tenía un entendimiento perfecto de la situación; poseía poder ilimitado, que podría haber sido utilizado para el avance de su misión; pero estaba plenamente satisfecho con los medios y personalidades que la mayoría de la gente habrían considerado inadecuados y habrían percibido como insignificantes. Estaba embarcado en una misión de enormes posibilidades dramáticas, pero insistió en dedicarse a los asuntos de su Padre de la manera más discreta y menos espectacular; evitó cuidadosamente toda exhibición de poder. Ahora pues se proponía trabajar en forma discreta, por lo menos durante varios meses, con sus doce apóstoles en las cercanías del Mar de Galilea.

martes, 3 de julio de 2012

El llamado de Tomás y Judas.

Tomás el pescador y Judas el vagabundo se encontraron con Jesús y los apóstoles en el atracadero de las barcas pesqueras en Tariquea, y Tomás los condujo hasta su casa, que quedaba cerca. Felipe presentó a Tomás como su candidato para el apostolado y Natanael del mismo modo presentó a Judas Iscariote, el judeo. Dijo Jesús, mirando a Tomás: «Tomás, tú careces de fe; sin embargo, yo te recibo. Sígueme». A Judas Iscariote le dijo el Maestro: «Judas, somos todos de la misma carne, y al recibirte en nuestro medio, oro porque seas siempre leal a tus hermanos galileos. Sígueme».
     
Cuando estuvieron descansados, Jesús llevó a los doce aparte para orar con ellos y les instruyó sobre la naturaleza y la obra del Espíritu Santo, pero nuevamente no comprendieron plenamente el significado de estas maravillosas verdades que él intentaba enseñarles. Uno de ellos entendía un concepto mientras que otro comprendía otro concepto, pero ninguno de ellos alcanzaba a comprender la entera gama de sus enseñanzas. Intentaban constante y erróneamente adaptar el nuevo evangelio de Jesús a sus viejas formas de creencia religiosa. No podían captar el concepto de que Jesús había venido para proclamar un nuevo evangelio de salvación y establecer un nuevo modo de encontrar a Dios; no percibían que él era una nueva revelación del Padre celestial.
      
Al día siguiente Jesús dejó completamente solos a sus doce apóstoles; quería que se conocieran y deseaba que pudieran comentar entre ellos lo que les había enseñado. El Maestro regresó para la cena, y durante la sobremesa les habló del ministerio de los serafines, y algunos de los apóstoles entendieron sus enseñanzas. Descansaron esa noche y al día siguiente partieron en barca para Capernaum.
      
Zebedeo y Salomé se habían ido a vivir con su hijo David, para que su amplia casa pudiera estar a disposición de Jesús y de sus doce apóstoles. Aquí pasó Jesús un sábado tranquilo con sus mensajeros elegidos; bosquejó cuidadosamente los planes para proclamar el reino y explicó plenamente la importancia de evitar conflictos con las autoridades civiles, diciendo: «Si es necesario censurar a los gobernantes civiles, dejadme a mí esa tarea. Cuidaos de no hacer denuncias de césar o de sus siervos». Fue esta misma noche que Judas Iscariote llevó a Jesús aparte para preguntarle por qué nada se hacía para liberar a Juan de la prisión. Pero Judas no quedó totalmente satisfecho con la actitud de Jesús.

domingo, 1 de julio de 2012

El llamado de los gemelos.

Por la mañana siguiente se dirigieron los nueve en barca hasta Queresa, para hacer el llamado formal de los próximos dos apóstoles, Jacobo y Judas los hijos gemelos de Alfeo, los candidatos de Santiago y Juan Zebedeo. Los gemelos pescadores sabían que vendrían Jesús y sus apóstoles y los aguardaban en la playa. Santiago Zebedeo presentó al Maestro a los pescadores de Queresa, y Jesús, fijando en ellos su mirada, les hizo un gesto de asentimiento y dijo: «Seguidme».
     
Esa tarde, que pasaron juntos, Jesús les instruyó plenamente sobre la asistencia a las reuniones festivas, concluyendo sus comentarios con estas palabras: «Todos los hombres son mis hermanos. Mi Padre celestial no menosprecia a ninguna de las criaturas de nuestra creación. El reino del cielo está abierto para todos los hombres y mujeres. Ningún hombre puede cerrar la puerta de la misericordia a un alma hambrienta que procura entrar. Nos sentaremos a comer con todos los que deseen oír sobre el reino. A los ojos de nuestro Padre que nos contempla desde lo alto, todos los hombres son iguales. No os negaréis pues a romper el pan con un fariseo o un pecador, un saduceo o un publicano, un romano o un judío, un rico o un pobre, un hombre libre o un esclavo. La puerta del reino está abierta de par en par para todos los que deseen conocer la verdad y encontrar a Dios».
     
Esa noche en una simple cena en casa de Alfeo, los hermanos gemelos fueron recibidos en la familia apostólica. Más tarde esa noche impartió Jesús a sus apóstoles su primera lección sobre el origen, naturaleza y destino de los espíritus impuros, pero no pudieron comprender la importancia de lo que les decía. Les resultaba muy fácil amar y admirar a Jesús pero muy difícil comprender muchas de sus enseñanzas.
      
Después de una noche de descanso, todo el grupo, que ahora ascendía a once, se fue por barca hasta Tariquea.