«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 10 de abril de 2014

La última hora antes de la traición.

Cuando los apóstoles regresaron al campamento se quedaron grandemente sorprendidos al darse cuenta de que Judas estaba ausente. Mientras los once discutían acaloradamente el asunto de este apóstol traidor, David Zebedeo y Juan Marcos apartaron a Jesús y le revelaron que habían estado observando a Judas por varios días, y que sabían que tenía la intención de traicionarlo entregándolo a manos de sus enemigos. Jesús los escuchó pero tan sólo dijo: «Amigos míos, nada puede suceder al Hijo del Hombre a menos que sea la voluntad del Padre en el cielo. Que no se atribule vuestro corazón; todas las cosas laborarán juntas para la gloria de Dios y la salvación de los hombres».
      
El estado jovial de Jesús se estaba desvaneciendo. A medida que pasaba la hora se tornó más y más serio, aun acongojado. Los apóstoles, que estaban muy agitados, no querían volver a sus tiendas aunque así se lo hubiera pedido el Maestro mismo. Volviendo de su conversación con David y Juan, dirigió sus últimas palabras a los once, diciendo: «Amigos míos, id a descansar. Preparaos para la tarea de mañana. Recordad, todos debemos someternos a la voluntad del Padre en el cielo. Mi paz os dejo con vosotros». Habiendo hablado así, les indicó que fueran a sus tiendas, pero al irse ellos, llamó a Pedro, Santiago y Juan, diciendo: «Deseo que vosotros permanezcáis conmigo por un corto tiempo».
      
Los apóstoles se quedaron dormidos tan sólo porque estaban literalmente exhaustos. Habían dormido poco desde su llegada a Jerusalén. Antes de que fueran a sus tiendas privadas, Simón el Zelote los condujo a todos a su propia tienda, donde guardaba las espadas y otras armas, y entregó a cada uno de ellos este equipo de lucha. Todos ellos recibieron estas armas y se las ciñeron a la cintura allí mismo, excepto Natanael. Natanael, al rehusar el arma, dijo: «Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho repetidamente que su reino no es de este mundo, y que sus discípulos no deben pelear con la espada para establecerlo. Yo creo en esto; no creo que el Maestro necesite que usemos la espada para defenderlo. Todos hemos visto su gran poder y sabemos que él puede defenderse de sus enemigos si así lo desea. Si él no quiere resistir a sus enemigos, debe ser porque tal curso representa su intención de satisfacer la voluntad de su Padre. Yo oraré, pero no blandiré la espada». Cuando Andrés oyó estas palabras de Natanael, devolvió su espada a Simón el Zelote. Así pues, nueve de ellos estaban armados cuando se separaron para ir a su reposo.
      
Por el momento, el resentimiento por la traición de Judas eclipsó todo lo demás en la mente de los apóstoles. El comentario del Maestro con referencia a Judas, hablado en el curso de su última oración, les abrió los ojos al hecho de que él los había abandonado.
      
Cuando los ocho apóstoles finalmente volvieron a sus tiendas, y mientras Pedro, Santiago y Juan estaban esperando para recibir las órdenes del Maestro, Jesús llamó a David Zebedeo y le dijo: «Envíame tu mensajero más veloz y confiado». Cuando David condujo ante el Maestro a un tal Jacobo, anteriormente corredor del servicio de mensajería nocturna entre Jerusalén y Betsaida, Jesús, dirigiéndose a él, dijo: «Vete a toda prisa adonde Abner en Filadelfia y di: `El Maestro te envía salutaciones de paz y dice que ha llegado la hora en que será él entregado a las manos de sus enemigos, quienes lo matarán, pero que él se levantará de entre los muertos y aparecerá ante ti pronto, antes de ir al Padre, y que entonces te guiará hasta el momento en que el nuevo maestro venga a morar en tu corazón'». Después de repetir Jacobo este mensaje a satisfacción del Maestro, Jesús lo envió en su misión, diciendo: «No temas a ningún hombre, Jacobo, ya que esta noche un mensajero invisible correrá a tu lado».
      
Luego Jesús se volvió al jefe del grupo de griegos que estaban acampados con ellos y dijo: «Hermano mío, no te turbes por lo que está por suceder, puesto que ya te he avisado de antemano. El Hijo del Hombre será matado por instigación de sus enemigos, los altos sacerdotes y los potentados de los judíos, pero me levantaré para estar con vosotros un corto tiempo antes de ir al Padre. Y cuando hayas visto todo esto, glorifica a Dios y fortalece a tus hermanos».
      
En circunstancias ordinarias los apóstoles le hubieran deseado personalmente las buenas noches al Maestro, pero esta noche estaban tan preocupados por la realización repentina de la deserción de Judas y tan sobrecogidos por la naturaleza insólita de la oración de despedida del Maestro que escucharon su salutación de adiós y se alejaron en silencio.
      
Fue esto lo que Jesús le dijo a Andrés al alejarse éste de su lado esa noche: «Andrés, haz lo que puedas para mantener juntos a tus hermanos hasta que yo vuelva adonde vosotros después de haber bebido esta copa. Fortalece a tus hermanos, ya que te lo he dicho todo. Que la paz sea contigo».
      
Ninguno de los apóstoles esperaba que pasara nada fuera de lo ordinario durante esa noche puesto que ya era muy tarde. Trataron de dormirse para poder levantarse temprano por la mañana y estar preparados para lo peor. Pensaban que los altos sacerdotes tratarían de arrestar al Maestro por la mañana temprano porque no se realizaba tarea secular alguna después del mediodía del día de preparación para la Pascua. Sólo David Zebedeo y Juan Marcos comprendieron que los enemigos de Jesús vendrían con Judas esa misma noche.
      
David había dispuesto que él vigilaría esa noche en el sendero alto que conducía al camino de Betania a Jerusalén, mientras que Juan Marcos vigilaría junto al camino que subía de Cedrón a Getsemaní. Antes de ir David a su tarea autoimpuesta de centinela, se despidió de Jesús diciendo: «Maestro, he conocido gran felicidad al servir contigo. Mis hermanos son tus apóstoles, pero yo me he regocijado en las cosas menores que se debían hacer, y te echaré de menos con todo mi corazón cuando tú te hayas ido». Entonces dijo Jesús a David: «David, hijo mío, otros han hecho lo que se les indicó que hicieran, pero este servicio tú lo has hecho de tu propio corazón, y conozco tu devoción. Tú también algún día servirás conmigo en el reino eterno».
      
Luego, al prepararse para ir a su puesto de centinela en el sendero alto, David le dijo a Jesús: «Sabes Maestro que envié por tu familia, y tengo noticias por un mensajero de que ellos están esta noche en Jericó. Estarán aquí mañana temprano antes del mediodía puesto que sería peligroso para ellos recorrer el camino sangriento por la noche». Y Jesús, bajando la mirada hacia David, sólo dijo: «Que así sea, David».
     
Cuando David se hubo ido por el Oliveto, Juan Marcos tomó su lugar de vigilia junto al camino que corría a lo largo del río hacia Jerusalén. Juan habría permanecido en su puesto si no hubiese sido por su gran deseo de estar cerca de Jesús y de saber qué estaba sucediendo. Poco después de que David lo dejara, y al observar Juan Marcos que Jesús se retiraba, con Pedro, Santiago y Juan, a una hondonada cercana, se apoderó de él una mezcla de devoción y curiosidad hasta tal punto que abandonó su puesto de centinela y los siguió, ocultándose entre los arbustos, desde donde vio y escuchó todo lo que sucedió durante estos últimos momentos en el jardín y justo antes de que Judas y los guardias armados aparecieran para arrestar a Jesús.
       
Mientras todo esto ocurría en el campamento del Maestro, Judas Iscariote conferenciaba con el capitán de los guardianes del templo, quien había reunido a sus hombres preparándose para salir, bajo el liderazgo del traidor, a arrestar a Jesús.

miércoles, 9 de abril de 2014

La última oración en grupo.

Pocos momentos después de llegar al campamento, Jesús les dijo: «Amigos míos y hermanos, ya poco tiempo me queda con vosotros, y deseo que nos apartemos a solas mientras oramos a nuestro Padre en el cielo para pedirle la fuerza que nos sostenga en esta hora y de aquí en adelante en toda la obra que debemos hacer en su nombre».
     
Jesús, después de haber hablado así, los condujo a corta distancia por el Oliveto, y a plena vista de Jerusalén los invitó a que se arrodillaran en círculo sobre una gran roca plana, alrededor de él como lo habían hecho el día de su ordenación; luego, mientras estaba allí parado en el medio de ellos, glorificado por la suave luz de la luna, elevó los ojos al cielo y oró:
      
«Padre, ha llegado mi hora; glorifica ahora a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte. Yo sé que me has dado autoridad plena sobre todos los seres vivos de mi reino, y daré vida eterna a todos los que se hagan hijos de Dios por la fe. Y la vida eterna significa que mis criaturas te conozcan como el único y verdadero Dios y Padre de todos, y crean en aquél a quien tú enviaste a este mundo. Padre, te he exaltado en la tierra y he cumplido la obra que me encargaste. Casi he terminado mi autootorgamiento sobre los hijos de nuestra creación; tan sólo me queda dar mi vida en la carne. Ahora, ¡oh! Padre mío, glorifícame con la gloria que tuve contigo antes de que este mundo fuera y recíbeme nuevamente a tu diestra.
     
«Te he revelado a los hombres que tú elegiste en el mundo para darme. Ellos son tuyos —así como toda la vida está en tus manos— tú me los diste, y yo he vivido entre ellos, les he enseñado el camino de la vida, y ellos han creído. Estos hombres están aprendiendo que todo lo que tengo viene de ti, y que la vida que vivo en la carne es para hacer conocer a mi Padre en los mundos. La verdad que tú me has dado, se la he revelado a ellos. Estos, mis amigos y embajadores, han querido sinceramente recibir tu palabra. Les he dicho que vine de ti, que tú me enviaste a este mundo, y que estoy a punto de volver a ti. Padre, oro por estos hombres elegidos. Y oro por ellos no como oraría por el mundo, sino como por aquellos a quienes he elegido del mundo para representarme ante el mundo después de que vuelva a tu obra, aun como te he representado en este mundo durante mi estadía en la carne. Estos hombres son míos; tú me los diste; pero todas las cosas que son mías son por siempre tuyas, y todo lo que era tuyo tú ahora has hecho mío. Tú has sido exaltado en mí, y yo ahora oro para que pueda ser honrado en estos hombres. Ya no puedo estar en este mundo; estoy por volver a la obra que tú me has dado para hacer. Debo dejar atrás a estos hombres para que nos representen a nosotros y a nuestro reino entre los hombres. Padre, mantén fieles a estos hombres mientras me preparo para dejar mi vida en la carne. Ayuda a éstos, amigos míos, para que sean uno en el espíritu, aun como nosotros somos uno. Mientras pude estar con ellos, pude vigilarlos y guiarlos, pero ahora estoy por irme. Permanece cerca de ellos, Padre, hasta que podamos enviar al nuevo maestro para que los consuele y los fortalezca.
     
«Tú me diste doce hombres, y los tengo a todos menos a uno, el hijo de la venganza, que ya no quiso tener hermandad con nosotros. Estos hombres son débiles y frágiles, pero sé que podemos confiar en ellos; los he puesto a prueba; me aman, así como tienen reverencia por ti. Aunque mucho habrán de sufrir por mí, deseo que también puedan experimentar la plena medida de la felicidad en la certeza de la filiación en el reino celestial. He dado a estos hombres tu palabra y les he enseñado la verdad. El mundo puede odiarlos, aun como me ha odiado a mí, pero no pido que los saques del mundo, sino tan sólo que los protejas del mal en el mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Y así como tú me enviaste a este mundo, aun así estoy por enviar a estos hombres al mundo. Por el bien de ellos he vivido entre hombres y he consagrado mi vida a tu servicio para poder inspirarlos a que se purifiquen por la verdad que les he enseñado y el amor que les he revelado. Bien sé, Padre mío, que no hay necesidad de que te pida que vigiles a estos hermanos después de mi partida; sé que tú los amas así como yo, pero hago esto para que ellos puedan darse mejor cuenta de que el Padre ama a los hombres mortales así como los ama el Hijo.
      
«Ahora, Padre mío, quiero orar no sólo por estos once hombres sino también por todos los otros que ahora creen, o que más adelante puedan creer en el evangelio del reino por la palabra de su ministerio futuro. Quiero que todos ellos sean uno, así como tú y yo somos uno. Tú estás en mí, y yo estoy en ti, y deseo que estos creyentes del mismo modo estén en nosotros; que nuestros dos espíritus residan en ellos. Si mis hijos son uno como nosotros somos uno, y si ellos se aman los unos a los otros como los he amado a ellos, todos los hombres creerán entonces que he venido de ti y estarán dispuestos a recibir la revelación de la verdad y de la gloria que he hecho. La gloria que tú me diste la he revelado a estos creyentes. Así como tú has vivido conmigo en espíritu, así he vivido yo con ellos en la carne. Así como tú has sido uno conmigo, así he sido yo uno con ellos, así será uno el nuevo maestro con ellos y en ellos. Todo esto he hecho para que mis hermanos en la carne puedan conocer que el Padre los ama así como los ama el Hijo, y que tú los amas así como me amas a mí. Padre, obra conmigo para salvar a estos creyentes para que en el presente lleguen a estar conmigo en la gloria y luego proseguir y unirse a ti en el abrazo del Paraíso. A los que sirven conmigo en humildad, los quiero tener conmigo en la gloria para que puedan ver todo lo que tú has puesto en mis manos como la cosecha eterna de la sembradura del tiempo en la semejanza de la carne mortal. Anhelo mostrar a mis hermanos terrestres la gloria que tenía contigo antes de la fundación de este mundo. Este mundo muy poco sabe de ti, Padre recto, pero yo te conozco, y te he hecho conocer por estos creyentes, y ellos harán conocer tu nombre a las generaciones venideras. Ahora les prometo que tú estarás con ellos en el mundo aun como has estado conmigo —aun así».
      
Los once permanecieron arrodillados en este círculo alrededor de Jesús por varios minutos antes de levantarse y volver en silencio al campamento cercano.
      
Jesús oró pidiendo unidad entre sus seguidores, pero no deseaba uniformidad. El pecado crea un nivel muerto de inercia maligna, pero la rectitud alimenta el espíritu creador de la experiencia individual en las realidades vivas de la verdad eterna y en la comunión progresiva de los espíritus divinos del Padre y del Hijo. En la comunidad espiritual del hijo-creyente con el Padre divino nunca puede haber finalidad doctrinal ni superioridad sectaria de conciencia grupal.
      
El Maestro, durante el curso de esta oración final con sus apóstoles, aludió al hecho de que él había manifestado el nombre del Padre al mundo. Y eso es en verdad lo que él hizo, al revelar a Dios mediante su vida perfeccionada en la carne. El Padre en el cielo trató de revelarse a Moisés, pero sólo conseguió causar que se dijera: «YO SOY». Y cuando se le suplicó una mayor revelación de sí mismo, tan sólo se reveló: «YO SOY el que YO SOY». Pero, una vez terminada la vida terrenal de Jesús, este nombre del Padre se había revelado de tal manera que el Maestro, que era el Padre encarnado, podía en verdad decir:
      
Yo soy el pan de la vida.
      
Yo soy el agua viva.
     
Yo soy la luz del mundo.

Yo soy el anhelo de todas las eras.
     
Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna.
     
Yo soy la realidad de la vida sin fin.
     
Yo soy el buen pastor.
     
Yo soy el camino a la perfección infinita.
      
Yo soy la resurrección y la vida.
      
Yo soy el secreto de la sobrevivencia eterna.
      
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
      
Yo soy el Padre infinito de mis hijos finitos.
      
Yo soy la verdadera vid, vosotros sois las ramas.
      
Yo soy la esperanza de todos los que conocen la verdad viva.
      
Yo soy el puente vivo entre un mundo y otro.
      
Yo soy el vínculo vivo entre tiempo y eternidad.
      
Así pues amplió Jesús la revelación viva del nombre de Dios para todas las generaciones. Así como el amor divino revela la naturaleza de Dios, la verdad eterna revela su nombre en proporciones por siempre en expansión.

martes, 8 de abril de 2014

En Getsemaní.

ERAN alrededor de las diez de la noche de este jueves cuando Jesús condujo a los once apóstoles de la casa de Elías y María Marcos camino de vuelta al campamento de Getsemaní. Desde ese día en las colinas, Juan Marcos se había ocupado de vigilar constantemente a Jesús. Juan, que tenía necesidad de dormir, descansó varias horas mientras el Maestro estaba con sus apóstoles en el aposento superior, pero al oír que ellos bajaban, se levantó y, envolviéndose rápidamente en un manto de lino, los siguió a través de la ciudad, cruzando el arroyo Cedrón, y hasta el campamento privado adyacente al parque de Getsemaní. Juan Marcos permaneció tan cerca del Maestro a lo largo de esa noche y del día siguiente que presenció todo y escuchó mucho de lo que el Maestro dijo desde ese momento hasta la hora de la crucifixión.
      
Mientras Jesús y los once regresaban al campamento, los apóstoles comenzaron a preguntarse el significado de la prolongada ausencia de Judas, y hablaron entre sí sobre la predicción del Maestro de que uno de ellos lo traicionaría, y por primera vez sospecharon que no todo estaba bien respecto a Judas Iscariote. Pero no comentaron abiertamente sobre Judas hasta llegar al campamento y observar que él no estaba allí esperándolos. Cuando todos ellos acosaron a Andrés para saber qué le había pasado a Judas, su jefe tan sólo observó: «No sé donde está Judas, pero temo que nos haya desertado».

lunes, 7 de abril de 2014

Las admoniciones personales de despedida.

El Maestro había terminado de impartir sus instrucciones de despedida y sus admoniciones finales a los apóstoles como grupo. Luego se despidió de cada uno de ellos individualmente e impartió unas palabras personales de consejo a cada uno así como su bendición de adiós. Los apóstoles aún estaban sentados alrededor de la mesa como cuando se habían reunido para compartir la última cena, y el Maestro le fue dando la vuelta a la mesa hablando con cada uno. El apóstol a quien Jesús se dirigía se ponía de pie.
      
A Juan, Jesús le dijo: «Tú, Juan, eres el más joven de mis hermanos. Has estado muy cerca de mí, y aunque os amo a todos con el mismo amor que un padre tiene para con sus hijos, Andrés te encargó que fueras uno de los tres apóstoles que debían acompañarme siempre. Además, te has ocupado por mí de muchos asuntos relativos a mi familia terrenal y debes continuar haciéndolo. Yo voy al Padre, Juan, con la confianza plena de que tú continuarás cuidando de los que son míos en la carne. Asegúrate de que la confusión que ellos sufren actualmente sobre mi misión, no disminuya en modo alguno tu compasión para con ellos, aconséjales y ayúdalos como sabes que haría yo si permaneciera en la carne. Y cuando alcancen a ver la luz y entren plenamente en el reino, aunque todos vosotros los recibiréis con regocijo, dependo de ti, Juan, para que los recibas en mi nombre.
      
«Ahora bien, al vivir yo las últimas horas de mi carrera terrenal, permanece junto a mí para que pueda dejarte mensajes relativos a mi familia. En cuanto a la obra que mi Padre me encargó, ya está completada a excepción de mi muerte en la carne, y estoy listo para beber esta última copa. Pero en cuanto a las responsabilidades que me encargara mi padre terrenal, José, aunque me he ocupado de ésas durante mi vida, debo ahora confiar en ti para que actúes en mi nombre en todos estos asuntos. Y te he elegido a ti para hacer esto por mí, Juan, porque eres el más joven y por consiguiente muy probablemente vivirás más tiempo que los otros apóstoles.
      
«Cierta vez os llamamos, a ti y a tu hermano, hijos del trueno. Comenzaste con nosotros con actitud intolerante y voluntad fuerte, pero has cambiado mucho desde cuando querías que yo hiciera caer el fuego sobre la cabeza de los incrédulos ignorantes e impensantes. Y debes cambiar aún más. Debes ser el apóstol del nuevo mandamiento que os he dado esta noche. Dedica tu vida a enseñar a tus hermanos cómo amarse unos a otros, así como yo os he amado a vosotros».
     
Juan Zebedeo, de pie, en el aposento superior, con lágrimas que le rodaban por las mejillas, miró al Maestro a la cara y dijo: «Así lo haré, Maestro mío, pero, ¿cómo puedo aprender a amar más a mis hermanos?» Entonces respondió Jesús: «Aprenderás a amar más a tus hermanos, cuando aprendas, primero, a amar más a tu Padre en el cielo, y, cuando te intereses más profundamente por el bienestar de tus hermanos en el tiempo y en la eternidad. Y todos estos intereses humanos se fomentan mediante la compasión comprensiva, el servicio altruista y el perdón sin condiciones. Nadie debería despreciar tu juventud, pero te exhorto a que siempre consideres que, muchas veces, la edad significa experiencia, y que en los asuntos humanos nada puede tomar el lugar de la verdadera experiencia. Trata de vivir en paz con todos los hombres, especialmente con tus amigos en la hermandad del reino celestial. Y Juan, recuerda siempre, no te disgustes con las almas que quieras ganar para el reino».
     
Entonces el Maestro, pasando detrás de su propio asiento, se detuvo un momento junto al sitio de Judas Iscariote. Los apóstoles estaban un tanto sorprendidos de que Judas aún no hubiera regresado, y curiosos de conocer el significado de la expresión triste del rostro de Jesús, de pie junto al asiento vacío del traidor. Pero ninguno de ellos, excepto tal vez Andrés, tuvo el más leve presentimiento de que el tesorero de ellos se había ido para traicionar a su Maestro, según Jesús había sugerido previamente en la tarde y durante la cena. Tantos acontecimientos se estaban desencadenando que, por el momento, se olvidaron completamente de que el Maestro había anunciado que uno de ellos lo traicionaría.
      
Jesús se acercó entonces a Simón el Zelote, quien se puso de pie y escuchó esta admonición: «Tú eres un verdadero hijo de Abraham, pero que trabajo me ha dado tratar de hacer de ti un hijo de este reino celestial. Te amo y también te aman todos tus hermanos. Sé que tú me amas, Simón, y también que amas el reino, pero aún quieres hacer que este reino llegue de acuerdo con tus preferencias. Bien sé yo que finalmente captarás la naturaleza y el significado espirituales de mi evangelio, y que harás una obra valiente en su proclamación, pero me preocupa lo que te pueda suceder cuando yo parta. Me alegraría saber que no vacilarás; me haría feliz saber que, después que yo vaya al Padre, no dejarás de ser mi apóstol y te comportarás en forma aceptable como embajador del reino celestial».
      
Apenas si había Jesús terminado de hablar a Simón el Zelote, cuando el apasionado patriota, secándose los ojos, replicó: «Maestro, no temas, no dudes de mi lealtad. Le volví la espalda a todo para poder dedicar mi vida al establecimiento de tu reino en la tierra, y no titubearé. He sobrevivido hasta ahora toda desilusión, y no te abandonaré».
      
Entonces, apoyando la mano en el hombro de Simón, Jesús dijo: «Es en verdad un consuelo oírte hablar así, especialmente en este momento, pero, mi buen amigo, aún no sabes de qué estás diciendo. No dudo ni por un instante de tu lealtad, de tu devoción. Sé que no titubearías en salir a batallar y morir por mí, así como todos estos otros también lo harían» (y todos ellos hicieron un vigoroso signo de afirmación), «pero eso no se te pedirá. Repetidamente te he dicho que mi reino no es de este mundo, y que mis discípulos no harán batalla para establecerlo. Te he dicho esto tantas veces, Simón, pero tú te niegas a enfrentar la verdad. No me preocupa tu lealtad a mí ni al reino, pero ¿qué harás tú cuando me vaya y por fin despiertes a la realización de que no has sabido captar el significado de mis enseñanzas, y que debes ajustar tus conceptos erróneos a la realidad de otro orden de asuntos, un orden espiritual del reino?»
     
Simón quería hablar más, pero Jesús levantó la mano para indicarle que callara, diciéndole: «Ninguno de mis apóstoles es más sincero y honesto de corazón que tú, pero ninguno de ellos se desesperará ni se desilusionará tanto como tú después de mi partida. Durante este período de tu desencanto, mi espíritu permanecerá contigo, y estos, tus hermanos, no te abandonarán. No olvides lo que te he enseñado en cuanto a la relación entre la ciudadanía en la tierra y la filiación en el reino espiritual del Padre. Reflexiona bien sobre todo lo que te he dicho en cuanto a dar al César las cosas que son del César y a Dios las que son de Dios. Dedica tu vida, Simón, a mostrar cómo el hombre mortal puede satisfacer aceptablemente mi admonición referente al reconocimiento simultáneo del deber temporal ante los poderes civiles y del servicio espiritual en la hermandad del reino. Si te dejas guiar por el Espíritu de la Verdad, no habrá nunca conflictos entre las exigencias de la ciudadanía sobre la tierra y las de la filiación en el cielo, a menos que los gobernantes temporales tengan la presunción de pedirte el homenaje y la adoración que sólo pertenecen a Dios.
      
«Ahora pues, Simón, cuando finalmente veas todo esto, y una vez que te hayas liberado de tu depresión y hayas salido proclamando este evangelio en gran poder, no olvides jamás que yo estaba contigo aun a través de tu temporada de desencanto, y que seguiré estando contigo hasta el fin. Siempre serás mi apóstol, y una vez que estés dispuesto a ver con el ojo del espíritu y a rendir más plenamente tu voluntad a la voluntad del Padre en el cielo, volverás a laborar como mi embajador, y nadie te quitará, porque hayas sido lento en comprender las verdades que te enseñé, la autoridad que yo te he conferido. Así pues, Simón, nuevamente te advierto que los que a espada luchan a espada mueren, mientras que los que laboran en el espíritu alcanzan vida eterna en el reino venidero, y gozo y paz en el reino que ahora existe. Cuando la obra que se te encargó haya terminado sobre la tierra, tú, Simón, te sentarás conmigo en el reino del más allá. En verdad verás el reino que tú has anhelado, pero no en esta vida. Continúa creyendo en mí y en lo que yo te he revelado, y recibirás el don de la vida eterna».
     
Cuando Jesús hubo terminado de hablar a Simón el Zelote, se acercó a Mateo Leví y dijo: «Ya no tendrás que preocuparte por abastecer el tesoro del grupo apostólico. Pronto, muy pronto, todos vosotros estaréis dispersos; no se te permitirá disfrutar del consuelo y apoyo de uno solo de tus hermanos. Mientras seguís predicando este evangelio del reino, tendréis que encontraros nuevos asociados. Yo os he enviado de dos en dos durante los tiempos de vuestra preparación, pero ahora que os dejo, cuando os hayáis recuperado de la congoja, saldréis solos, y hasta los confines de la tierra, proclamando esta buena nueva: que los mortales estimulados por la fe son hijos de Dios».
      
Entonces habló Mateo: «Pero, Maestro, ¿quién nos enviará, y cómo sabremos adónde ir? ¿Nos mostrará Andrés el camino?» Jesús respondió: «No, Leví, Andrés ya no os dirigirá en la proclamación del evangelio. Él en verdad seguirá siendo vuestro amigo y consejero hasta el día en que llegue el nuevo maestro, y entonces el Espíritu de la Verdad os guiará a cada uno de vosotros en la labor de expansión del reino. Muchos cambios te han ocurrido desde aquel día en la aduana en que saliste para seguirme; pero muchos más han de ocurrir antes de que puedas ver la visión de una hermandad en la cual los gentiles se sientan con los judíos, en asociación fraternal. Pero sigue tu impulso de ganar a tus hermanos judíos hasta que estés plenamente satisfecho, y luego dirígete con poder a los gentiles. De una cosa puedes estar seguro, Leví: Tú has ganado la confianza y el afecto de tus hermanos; todos ellos te aman». (Y los diez significaron su acuerdo con la palabra del Maestro).
      
«Leví, mucho sé de tus ansiedades, sacrificios y labores para mantener el tesoro provisto, cosas que tus hermanos no saben, y me regocija que, aunque el que llevaba la bolsa esté ausente, el embajador publicano está aquí, en mi reunión de despedida, con los mensajeros del reino. Oro para que tú puedas discernir el significado de mis enseñanzas con los ojos del espíritu. Y cuando el nuevo maestro llegue a tu corazón, vete adonde él te guíe y deja que tus hermanos vean —aun todo el mundo— qué es lo que puede hacer el Padre por un aborrecido recolector de impuestos que se atrevió a seguir al Hijo del Hombre y a creer en el evangelio del reino. Aun desde el principio, Leví, te amé, así como te amaron estos otros galileos. Bien sabiendo desde entonces que ni el Padre ni el Hijo hacen acepción de personas, asegúrate de no hacer tú ninguna distinción entre los que crean en el evangelio por tu ministerio. Así pues, Mateo, dedica todo tu servicio futuro de vida a mostrar a todos los hombres que Dios no hace acepción de personas; que, a los ojos de Dios y en la hermandad del reino, todos los hombres son iguales, todos los creyentes son hijos de Dios».
     
Jesús se dirigió entonces a Santiago Zebedeo, quien se puso de pie en silencio mientras el Maestro le decía: «Santiago, cuando tú y tu hermano menor vinieron a mí cierta vez, buscando preferencias en cuanto a las honores en el reino, yo os dije que estos honores sólo el Padre los podía otorgar, y os pregunté si erais capaz de beber de mi copa, y vosotros me respondisteis que sí. Aunque no hubieras sido capaz de hacerlo entonces, y aunque no seas capaz ahora, pronto estarás preparado para ese servicio, por la experiencia que estás por pasar. Por tu conducta desencadenaste el disgusto de tus hermanos en aquel momento. Si aún no te han perdonado plenamente, lo harán cuando te vean beber de mi copa. Sea tu ministerio largo o breve, deja dominar tu alma por la paciencia. Cuando venga el nuevo maestro, permite que él te enseñe el aplomo de compasión y tolerancia misericordiosa que nace de la confianza sublime en mí y de la sumisión perfecta a la voluntad del Padre. Dedica tu vida a la demostración de cómo se combina el afecto humano con la dignidad divina en el discípulo conocedor de Dios y creyente en el Hijo. Todos los que así viven, revelan el evangelio aun en cómo mueren. Tú y tu hermano Juan iréis por caminos distintos, y es posible que uno de vosotros se siente conmigo en el reino eterno, mucho antes que el otro. Mucho te ayudaría aprender que la verdadera sabiduría comprende discreción a la vez que valor. Debes aprender que tu agresividad vaya acompañada de sagacidad. Llegarán esos momentos sublimes en los que mis discípulos no titubearán en dar su vida por este evangelio, pero en todas las circunstancias ordinarias sería mucho mejor aplacar la ira de los descreídos para que tú puedas seguir viviendo y continuar predicando la buena nueva. Hasta donde esté en tu poder, vive largamente en la tierra, para que tu vida de muchos años pueda rendir frutos en almas ganadas para el reino celestial».
      
Cuando el Maestro terminó de hablar a Santiago Zebedeo, dio la vuelta hasta el extremo de la mesa donde estaba sentado Andrés y, fijando la mirada en los ojos de su fiel asistente, dijo: «Andrés, tú me has representado fielmente como jefe de los embajadores del reino celestial. Aunque en ocasiones has dudado y en otras ocasiones has manifestado una pusilanimidad peligrosa, a pesar de esto siempre has sido sinceramente justo y eminentemente ecuánime en tu trato con tus asociados. Desde tu ordenación y la de tus hermanos como mensajeros del reino, habéis sido independientes en todos los asuntos administrativos del grupo salvo que yo te designé como jefe de estos elegidos. En ningún otro asunto temporal os dirigí yo ni influí en vuestros decisiones. Así lo hice, para que el grupo contara con liderazgo en todas sus deliberaciones subsiguientes. En mi universo y en el universo de universos de mi Padre, nuestros hermanos-hijos son tratados como individuos en todas sus relaciones espirituales, pero en todas las relaciones de grupo infaliblemente proveemos un claro liderazgo. Nuestro reino es el reino del orden, y donde actúen en cooperación dos o más criaturas volitivas, siempre se facilita la autoridad del liderazgo».
      
«Ahora bien, Andrés, puesto que tú eres el jefe de tus hermanos por la autoridad de mi nombramiento, y puesto que así has servido como mi representante personal, y como estoy a punto de dejaros para ir a mi Padre, te libero de toda responsabilidad en cuanto a estos asuntos temporales y administrativos. De ahora en adelante no tendrás jurisdicción alguna sobre tus hermanos, excepto la que te granjees como líder espiritual, y que por lo tanto tus hermanos reconocen libremente. A partir de esta hora, ya no puedes ejercer autoridad alguna sobre tus hermanos a menos que ellos te den esa autoridad por medio de un claro acto legislativo después que yo haya vuelto al Padre. Al exonerarte así de las responsabilidades de jefe administrativo de este grupo, no te exonero de manera alguna de tu responsabilidad moral de hacer todo lo que esté a tu alcance para que tus hermanos no se separen, apoyándolos con mano firme y amante durante el período difícil que se avecina, los días interinos entre mi partida en la carne y el envío del nuevo maestro que vivirá en vuestro corazón y que, en último término, os conducirá a toda la verdad. Al prepararme a dejarte, quiero exonerarte de toda responsabilidad administrativa que se originó y derivó su autoridad de mi presencia entre vosotros como uno de vosotros. De ahora en adelante, ejerceré tan sólo autoridad espiritual sobre ti y entre vosotros.
    
«Si tus hermanos desean que tú sigas siendo su consejero, te exhorto a que, en todos los asuntos temporales y espirituales, hagas todo lo posible por promover la paz y la armonía entre los varios grupos de creyentes sinceros del evangelio. Dedica el resto de tu vida a promover los aspectos prácticos del amor fraterno entre tus hermanos. Sé tierno con mis hermanos en la carne cuando lleguen a creer plenamente en este evangelio; manifiesta amor y devoción imparcial a los griegos en el oeste y a Abner en el este. Aunque éstos, mis apóstoles, pronto se dispersarán a todos los rincones de la tierra para proclamar la buena nueva de la salvación por la filiación de Dios, debes mantenerlos juntos durante el período difícil inminente, esa temporada de dura prueba, durante la cual debéis aprender a creer en el evangelio sin mi presencia personal, esperando pacientemente la llegada del nuevo maestro, el Espíritu de la Verdad. Así pues, Andrés, aunque tal vez no te toque en suerte realizar grandes obras a los ojos de los hombres, confórmate con ser el maestro y consejero de los que hacen esas cosas. Continúa tu obra en la tierra hasta el fin, para luego continuar este ministerio en el reino eterno, porque ¿acaso no te he dicho muchas veces que tengo otras ovejas que no son de este redil?»
      
Jesús se acercó entonces a los gemelos Alfeo y, de pie entre los dos, dijo: «Hijitos míos, vosotros sois uno de los tres grupos de hermanos que eligieron seguirme. Los seis habéis hecho bien trabajando en paz con vuestra propia parentela, pero ningunos han hecho mejor que vosotros. Se avecinan duros tiempos. Tal vez no podáis comprender todo lo que os sucederá a vosotros y a vuestros hermanos, pero no dudéis jamás de que se os llamó cierta vez para hacer la obra del reino. Durante un tiempo no habrá multitudes para ocuparse de ellas, pero no os desalentéis; cuando terminéis la obra de vuestra vida, yo os recibiré en lo alto, donde en gloria relataréis vuestra salvación a las huestes seráficas y a las multitudes de los altos Hijos de Dios. Dedicad vuestra vida a la elevación de la tarea diaria y común. Mostrad a todos los hombres en la tierra y a los ángeles del cielo cómo alegre y valientemente el hombre mortal puede, después de haber sido llamado para trabajar por una temporada en el servicio especial de Dios, volver a las labores de los tiempos anteriores. Si, por ahora, vuestra obra en lo que concierne los asuntos visibles del reino está completa, debéis volver a vuestras labores anteriores con el nuevo esclarecimiento de la experiencia de la filiación de Dios y con una comprensión exaltada de que, para aquel que conoce a Dios, no hay labores comunes ni tareas seculares. Para vosotros, que habéis trabajado conmigo, todas las cosas se han vuelto sagradas, toda labor terrenal es aun un servicio a Dios el Padre. Y cuando escuchéis la nueva de las obras de vuestros ex asociados apostólicos, regocijaos con ellos y continuad vuestra labor diaria como los que aguardan a Dios y sirven mientras esperan. Habéis sido mis apóstoles, y siempre lo seréis, y yo os recordaré en el reino venidero».
      
Luego Jesús fue adonde Felipe, quien, poniéndose de pie, escuchó este mensaje de su Maestro: «Felipe, me has hecho muchas preguntas tontas, pero yo hice todo lo que pude por contestar cada una de ellas, y ahora deseo contestar la última de estas preguntas, surgida en tu mente sumamente honesta, pero no espiritual. Todo este tiempo, mientras me iba acercando a ti, has estado pensando para tus adentros: `¿Qué haré yo si el Maestro se va y nos deja solos en el mundo?' ¡Oh, tú de tan poca fe! Sin embargo tienes tanta como muchos de tus hermanos. Felipe, tú has sido un buen mayordomo. Tan sólo nos fallaste unas pocas veces, y una de esas faltas la utilizamos para manifestar la gloria del Padre. Tu trabajo de mayordomía está casi terminado. Pronto deberás hacer más plenamente la obra para la cual se te llamó: la predicación de este evangelio del reino. Felipe, tú siempre pedías que se te mostraran las cosas; muy pronto verás grandes cosas. Habría sido mucho mejor si todo esto hubieses visto por la fe, pero como fuiste sincero aun en tu visión material, vivirás para ver el cumplimiento de mi palabras. Y después, cuando tengas la bendición de la visión espiritual, sal para hacer tu obra, dedicando tu vida a la causa de conducir a la humanidad en la búsqueda de Dios y de buscar las realidades eternas con el ojo de la fe espiritual y no con los ojos de la mente material. Recuerda, Felipe, tú tienes una gran misión en la tierra porque el mundo está lleno de seres que ven la vida tal como tú tienes tendencia a hacerlo. Tienes una gran obra por hacer y cuando esté terminada en la fe, vendrás a mí en mi reino, y yo con gran regocijo te mostraré lo que el ojo no ha visto, el oído no ha oído y la mente mortal no ha concebido. Mientras tanto, vuélvete como un niño pequeño en el reino del espíritu y permíteme, en la forma del espíritu del nuevo maestro, conducirte hacia adelante en el reino espiritual. Así podré hacer por ti mucho de lo que no pude hacer mientras viví con vosotros como un mortal del reino. Recuerda siempre, Felipe, que el que me ha visto a mí, ha visto al Padre».
      
Entonces fue el Maestro adonde Natanael. Al ponerse Natanael de pie, Jesús lo invitó a que se sentara y, sentándose a su lado, le dijo: «Natanael, tú has aprendido a vivir por encima del prejuicio y a practicar una tolerancia cada vez mayor desde que te volviste apóstol mío. Pero hay mucho más que debes aprender. Has sido una bendición para tus compañeros, porque siempre han recibido tu asesoramiento por tu sinceridad constante. Cuando yo me haya ido, es posible que tu franqueza interfiera con tu habilidad para llevarte bien con tus hermanos, tanto los antiguos como los nuevos. Deberías aprender, que aun la expresión de un pensamiento bueno debe ser modulada de acuerdo con el estado intelectual y el desarrollo espiritual del oyente. La sinceridad cumple su mejor función en el trabajo del reino cuando está unida con la discreción.
      
«Si quieres aprender a trabajar con tus hermanos, es posible que realices cosas más permanentes, pero si te encuentras buscando a los que piensan como tú, en ese caso dedica tu vida a probar que el discípulo conocedor de Dios puede volverse un constructor del reino aun cuando está solo en el mundo y completamente aislado de los demás creyentes. Yo sé que serás fiel hasta el fin, y algún día te recibiré en el servicio ampliado de mi reino en lo alto».
      
Entonces habló Natanael, haciéndole a Jesús esta pregunta: «He escuchado tus enseñanzas desde cuando me llamaste al servicio de este reino, pero yo honestamente no puedo comprender el significado pleno de todo lo que nos dices. No sé qué debo esperar, y pienso que la mayoría de mis hermanos están del mismo modo perplejos, aunque titubean en confesar su confusión. ¿Puedes ayudarme?» Jesús, apoyando la mano sobre el hombro de Natanael, dijo: «Amigo mío, no es extraño que vaciles en captar el significado de mis enseñanzas espirituales puesto que te encuentras obstaculizado por los preconceptos que provienen de la tradición judía, y confundido por tu tendencia persistente a interpretar mi evangelio de acuerdo con las enseñanzas de los escribas y de los fariseos.
     
«Mucho os he enseñado por la palabra, y he vivido mi vida entre vosotros. He hecho todo lo que puede hacerse para esclarecer vuestra mente y liberar vuestra alma, y lo que no hayáis podido obtener de mis enseñanzas y de mi vida, ahora os debéis preparar para adquirirlo del maestro de todos los maestros: la experiencia real. Y en toda esta nueva experiencia que ahora te aguarda, yo caminaré delante de ti y el Espíritu de la Verdad estará contigo. No temas; lo que en este momento no puedes comprender, el nuevo maestro, cuando haya llegado, te lo revelará por el resto de tu vida en la tierra y más adelante en tu capacitación para las eras eternas».
     
Entonces el Maestro, volviéndose a todos ellos, dijo: «No os preocupéis si no conseguís captar el pleno significado del evangelio. Vosotros no sois sino finitos, hombres mortales, y lo que yo os he enseñado es infinito, divino y eterno. Sed pacientes y valerosos porque ante vosotros se abren las eras eternas en las que continuaréis vuestro logro progresivo de la experiencia de volveros perfectos, así como vuestro Padre en el Paraíso es perfecto».
      
Entonces Jesús se dirigió a Tomás quien, poniéndose de pie, le escuchó decir: «Tomás, muchas veces te ha faltado la fe; sin embargo, cuando tuviste temporadas de duda, nunca te faltó el coraje. Yo bien sé que los falsos profetas y los maestros impuros no te engañan. Después que yo me haya ido, tus hermanos apreciarán más aún tu forma crítica de ver las nuevas enseñanzas. Y cuando todos vosotros estéis dispersos hasta los confines de la tierra, en los tiempos venideros, recuerda que sigues siendo mi embajador. Dedica tu vida a la gran obra de mostrar cómo la mente material crítica del hombre puede triunfar sobre la inercia de la incertidumbre intelectual al enfrentarse con la demostración de la manifestación de la verdad viva tal como opera en la experiencia de los hombres y mujeres nacidos del espíritu, que rinden los frutos del espíritu en su vida, y que se aman unos a otros, aun como yo os he amado a vosotros. Tomás, me alegro que tú te unieras a nosotros, y sé que, después de un corto período de perplejidad, seguirás en el servicio del reino. Tus dudas han producido perplejidad en tus hermanos, pero a mí no me han preocupado jamás. Tengo confianza en ti, e iré delante de ti aun a los rincones más alejados de la tierra».
       
Luego el Maestro se dirigió a Simón Pedro, quien se puso de pie mientras Jesús le hablaba: «Pedro, yo sé que tú me amas, y que dedicarás tu vida a la proclamación pública de este evangelio del reino para judíos y gentiles, pero me preocupa que tus años de tan estrecha asociación conmigo no hayan hecho más para ayudarte a pensar antes de hablar. ¿Qué experiencias deberás vivir para que aprendas a poner un centinela a tu lengua? ¡Cuántos problemas nos has dado por tu hablar sin pensar, por tu autoconfianza presuntuosa! Y estás destinado a crear aún más problemas para ti si no aprendes a dominar esta debilidad. Sabes que tus hermanos te aman a pesar de esta debilidad, y también deberías comprender que este defecto no disminuye de ninguna manera mi afecto por ti, pero sí disminuye tu utilidad y no cesa de crear problemas para ti. Pero indudablemente mucho aprenderás de la experiencia que pasarás esta misma noche. Y lo que ahora te digo, Simón Pedro, del mismo modo lo digo a todos tus hermanos aquí reunidos: Esta noche, todos vosotros estaréis en gran peligro de caer por mí. Sabéis que está escrito: `Matarán al pastor y serán dispersadas las ovejas'. Cuando yo esté ausente, hay gran peligro de que algunos de vosotros sucumban a las dudas y tropiecen por lo que me ocurre a mí. Pero yo os prometo ahora que volveré a vosotros por un corto tiempo, y que entonces iré delante de vosotros a Galilea».
      
Entonces dijo Pedro, apoyando la mano sobre el hombro de Jesús: «Aunque todos mis hermanos puedan sucumbir a la incertidumbre por ti, yo prometo que nunca tropezaré en todo lo que tú puedas hacer. Iré contigo y, si hace falta, moriré por ti».
     
Así estaba Pedro ante el Maestro, temblando de intensa emoción y desbordando de amor genuino por él, cuando Jesús le miró fijo a los ojos llenos de lágrimas y le dijo: «Pedro, de cierto, de cierto te digo, que esta noche no cantará el gallo hasta que tú no me hayas negado tres o cuatro veces. Así pues, lo que tú no has podido aprender por la asociación pacífica conmigo, lo aprenderás por graves problemas y grandes congojas. Una vez que hayas realmente aprendido esta lección necesaria, debes fortalecer a tus hermanos y seguir viviendo una vida dedicada a la predicación de este evangelio, aunque tal vez seas encarcelado y, tal vez, sigas mis pasos pagando el precio supremo del servicio amante en la edificación del reino del Padre.
     
«Pero recuerda mi promesa: Cuando yo sea elevado, permaneceré con vosotros por una temporada antes de ir al Padre. Aun esta noche suplicaré al Padre para que fortalezca a cada uno de vosotros en preparación de lo que tan pronto deberéis atravesar. Yo os amo a todos con el mismo amor con que el Padre me ama a mí, y por lo tanto, así de ahora en adelante debéis amaros vosotros los unos a los otros, así como yo os he amado a vosotros».
     
Luego, después de cantar un himno, partieron todos para el campamento en el Oliveto.

domingo, 6 de abril de 2014

Las últimas palabras de consuelo.

Cuando los once tomaron asiento, Jesús se levantó y les dirigió la palabra: «Mientras yo esté con vosotros en la carne, tan sólo puedo ser una sola persona, en vuestro medio o en el mundo entero. Pero cuando me haya liberado de esta vestimenta de naturaleza mortal, podré retornar como espíritu residente en cada uno de vosotros y de todos los demás creyentes en el evangelio del reino. De esta manera, el Hijo del Hombre será la encarnación espiritual en el alma de todos los creyentes sinceros.     
  
«Cuando haya retornado para vivir en vosotros y para obrar a través de vosotros, podré conduciros mejor por esta vida y guiaros a través de las muchas moradas de la vida futura en el cielo de los cielos. La vida en la creación eterna del Padre no significa un descanso sin fin en la holgazanería y facilidad egoísta, sino más bien una progresión sin cesar en gracia, verdad y gloria. Cada una de las muchas, muchas estaciones en la casa de mi Padre es una parada, una vida designada para prepararos para lo que os espera más adelante. Así pues, los hijos de la luz progresarán de gloria en gloria hasta alcanzar el estado divino en el cual sean perfeccionados espiritualmente así como el Padre es perfecto en todas las cosas.
     
«Cuando yo os deje, si queréis seguir mis pasos, esforzados sinceramente para vivir de acuerdo con el espíritu de mis enseñanzas y con el ideal de mi vida —hacer la voluntad de mi Padre. Haced esto en vez de tratar de imitar mi vida natural en la carne como yo, inevitablemente, me he visto obligado a vivirla en este mundo.
       
«El Padre me envió a este mundo, pero tan sólo pocos de vosotros habéis elegido plenamente recibirme. Yo derramaré mi espíritu sobre toda la carne, pero no todos los hombres elegirán recibir como guía y consejero del alma a este nuevo maestro. Pero todos los que lo reciban serán esclarecidos, limpiados y consolados. Y este Espíritu de la Verdad se convertirá en ellos en un manantial de agua viva que mana a la vida eterna.
      
«Ahora que ya pronto os dejaré, quiero decir palabras de consuelo. Dejo la paz con vosotros; mi paz os doy. Estos dones otorgo, no como los otorga el mundo —por medida— sino que a cada uno de vosotros otorgo lo todo que cada uno quiera recibir. Que no se atribule vuestro corazón, y no os dejéis dominar por el temor. Yo he superado el mundo, y en mí triunfaréis todos por la fe. Os he advertido que el Hijo del Hombre será matado, pero os aseguro que volveré antes de ir adonde mi Padre, aunque sea tan sólo por un corto tiempo. Y después de haber ascendido a mi Padre, con certeza os enviaré un nuevo maestro para que esté con vosotros y more en vuestro corazón mismo. Y cuando veáis que todo esto ocurre, no os atribuléis, sino más bien creed, puesto que lo sabíais todo de antemano. Yo os he amado con gran afecto, y no quisiera dejaros, pero es la voluntad de mi Padre. Mi hora ha llegado.
     
«No dudéis de ninguna de estas verdades, aun cuando estéis dispersos por el mundo debido a las persecuciones y sufráis por tanta congoja. Cuando sintáis que estáis solos en el mundo, yo sabré de vuestra soledad así como, cuando estéis vosotros dispersados, cada uno en su sitio, dejando al Hijo del Hombre en las manos de sus enemigos, vosotros sabréis de mi soledad. Pero nunca estoy solo; siempre el Padre está conmigo. Aun en tales momentos oraré por vosotros. Y todas estas cosas os las he dicho para que podáis tener paz y tenerla más abundantemente. En este mundo tendréis tribulaciones, pero permaneced de buen ánimo; yo he triunfado en el mundo y os he mostrado el camino a la felicidad eterna y al servicio sempiterno».
      
Jesús da la paz a sus compañeros que hacen la voluntad de Dios pero no es la paz de la felicidad y satisfacción de este mundo material. Los materialistas y los fatalistas descreídos tan sólo podrán disfrutar de dos tipos de paz y de consuelo del alma: o bien son estoicos, resueltos firme y decididamente a enfrentarse a lo inevitable y soportar lo peor; o bien deben ser optimistas, dejándose llevar por la esperanza que siempre mana del pecho humano, anhelando en vano una paz que en verdad nunca llega.
     
Cierta medida de estoicismo así como de optimismo resulta útil en el curso de la vida en la tierra, pero ninguno de los dos tiene nada que ver con esta paz excelsa que otorga el Hijo de Dios a sus hermanos en la carne. La paz que otorga Micael a sus hijos en la tierra es esa misma paz que llenaba su propia alma cuando él mismo vivió la vida mortal en la carne y en este mismo mundo. La paz de Jesús es la felicidad y satisfacción de una persona conocedora de Dios que ha alcanzado el triunfo de aprender plenamente cómo hacer la voluntad de Dios mientras vive la vida mortal en la carne. La paz mental de Jesús estaba cimentada en una absoluta fe humana en la realidad de los sabios y compasivos cuidados del Padre divino. Jesús tuvo problemas en la tierra, aun se le denominó falsamente el «varón de dolores», pero en todas estas experiencias y a través de ellas disfrutó el consuelo de esa confianza que le dio la fuerza para proceder con el propósito de su vida, en la certeza plena de que lograba cumplir con la voluntad del Padre.
     
Jesús era decidido, persistente y completamente dedicado al cumplimiento de su misión, pero no era un estoico sin sentimientos ni compasión. Siempre buscaba aspectos de alegría en sus experiencias de vida, pero no era un optimista ciego que se engañara a sí mismo. El Maestro sabía todo lo que le ocurriría, y no temía. Después de otorgar esta paz a cada uno de sus seguidores, podía decir en forma consecuente: «Que no se atribule vuestro corazón, y que no temáis».
     
La paz de Jesús es, pues, la paz y la certeza de un hijo que cree plenamente que su carrera en el tiempo y en la eternidad está total y certeramente bajo el cuidado y la vigilancia de un Padre espíritu omnisapiente, omniamante y omnipoderoso. Y ésta es, de veras, una paz que sobrepasa todo entendimiento de la mente mortal, pero que el corazón humano creyente podrá disfrutar plenamente

sábado, 5 de abril de 2014

Las advertencias y admoniciones finales.

DESPUÉS de la conclusión del discurso de despedida a los once, Jesús conversó casualmente con ellos y recordó muchas experiencias que se referían a ellos como grupo e individualmente. Por fin, estos galileos estaban empezando a darse cuenta de que su amigo y maestro iba a dejarlos, y su esperanza se aferró a la promesa de que después de poco tiempo, él nuevamente estaría con ellos; pero se inclinaban a olvidar que esta visita de retorno también sería por un corto tiempo. Muchos de los apóstoles y discípulos principales pensaban que esta promesa de retornar por una corta temporada (el corto intervalo entre la resurrección y la ascensión) indicaba que Jesús se iba tan sólo para hacer una breve visita a su Padre, después de la cual volvería para establecer el reino. Esta interpretación de sus enseñanzas se adaptaba bien tanto a sus creencias preconcebidas, como a sus esperanzas más ardientes. Puesto que sus creencias de toda una vida y sus esperanzas de satisfacer sus anhelos de esta manera concordaban, no les fue difícil interpretar las palabras del Maestro de un modo que justificara sus anhelos profundos.

    
Después de comentar sobre el discurso de despedida, y al comenzar sus palabras a asentarse en la mente de ellos, Jesús llamó nuevamente a los apóstoles al orden y comenzó a impartirles sus advertencias y admoniciones finales.

viernes, 4 de abril de 2014

La necesidad de partir.

Después de que Pedro, Santiago, Juan y Mateo habían hecho numerosas preguntas al Maestro, él continuó su discurso de despedida diciendo: «Os digo todo esto antes de dejaros para que podáis estar preparados para lo que está por ocurrir y no tropecéis con errores graves. Las autoridades no se contentarán meramente con expulsaros de las sinagogas; os advierto que se acerca la hora en que los que os matarán, pensarán que hacen un servicio a Dios. Y todas estas cosas ellos os harán a vosotros y a los que conduzcáis al reino del cielo porque no conocen al Padre. Al negarse a recibirme se han negado a conocer al Padre; y se niegan a recibirme cuando os rechazan a vosotros, siempre y cuando hayáis cumplido con mi nuevo mandamiento, el de amaros unos a los otros aun como yo os he amado. Os estoy diciendo por adelantado todas estas cosas para que, cuando llegue vuestra hora, como ahora ha llegado la mía, podáis encontraros fortalecidos en el conocimiento de que todo esto yo lo sabía, y que mi espíritu estará con vosotros en todos vuestros sufrimientos por mí y por el evangelio. Es por este propósito que os he hablado tan claramente desde el comienzo mismo. Aun os he advertido que los enemigos de un hombre pueden ser aun los seres des su propia casa. Aunque este evangelio del reino nunca deja de traer gran paz al alma de cada creyente, no traerá paz a la tierra hasta que el hombre no esté dispuesto a creer de todo corazón en mis enseñanzas y a establecer la práctica de hacer la voluntad del Padre como propósito principal de vivir la vida mortal.
     
«Ahora que me estoy despidiendo, puesto que ha llegado la hora en que estoy a punto de ir al Padre, me sorprende que ninguno de vosotros me haya preguntado: ¿Por qué nos dejas? Sin embargo, sé que os hacéis estas preguntas en vuestro corazón. Os hablaré claramente, como un amigo a otro. Es realmente beneficioso para vosotros que me vaya. Si no me voy, no podrá entrar en vuestro corazón el nuevo maestro. Debo despojarme de este cuerpo mortal y ser restaurado a mi sitio en lo alto, antes de que pueda enviar a este maestro espiritual para que viva en vuestra alma y conduzca vuestro espíritu a la verdad. Cuando mi espíritu llegue para moraros, iluminará la diferencia entre el pecado y la rectitud y os permitirá juzgar sabiamente en vuestro corazón sobre estos asuntos.
      
«Mucho aún tengo que deciros, pero vosotros no podéis recibir más ahora. Pero cuando él, el Espíritu de la Verdad, venga, finalmente os guiará a toda la verdad, a medida que paséis a través de las muchas moradas en el universo de mi Padre.
      
«Este espíritu no hablará de sí mismo, pero os declarará lo que el Padre ha revelado al Hijo, y aun os mostrará las cosas por venir; me glorificará aun como yo he glorificado a mi Padre. Este espíritu sale de mí, y revelará mi verdad a vosotros. Todo lo que el Padre tiene en este dominio es ahora mío; por eso yo os dije que este nuevo maestro se ocupará de lo que es mío y os lo revelará.
     
«Dentro de muy poco tiempo os dejaré por un corto período. Después, cuando me veáis de nuevo, no será por mucho tiempo, porque ya estaré camino de mi Padre».
      
Al pausar él por un momento, los apóstoles comenzaron a hablar entre ellos: «¿Qué es lo que nos está diciendo? `Dentro de muy poco tiempo os dejaré', y `cuando me veáis de nuevo no será por mucho tiempo, porque estaré camino de mi Padre'. ¿Qué es lo que quiere decir con este `poco tiempo' y `no por mucho tiempo'? No podemos comprender lo que nos está diciendo».
      
Puesto que Jesús sabía que ellos se hacían estas preguntas, dijo: «Os preguntáis unos a otros qué quise decir cuando dije que dentro de muy poco ya no estaré con vosotros y que, cuando me veáis nuevamente, estaré camino de mi Padre. Os he dicho claramente que el Hijo del Hombre debe morir, pero que resucitará. ¿Acaso no podéis pues discernir el significado de mis palabras? Primero tendréis pena, pero luego os regocijaréis con muchos que comprenderán estas cosas después de que ocurran. La mujer sufre dolores y congojas en la hora de su alumbramiento, pero al dar a luz a su niño, olvida inmediatamente su angustia en el regocijo del conocimiento de que ha nacido un hombre al mundo. Igualmente sufriréis vosotros pesares por mi partida, pero yo os veré de nuevo muy pronto, y luego vuestra pena se volverá regocijo, y os traerá a una nueva revelación de la salvación de Dios, que ningún hombre podrá quitaros jamás. Y todos los mundos serán benditos en esta misma revelación de la vida al efectuar el derrumbamiento de la muerte. Hasta ahora habéis hecho todas vuestras peticiones en nombre de mi Padre. Después de que me veáis nuevamente, podréis también pedir en mi nombre, y yo os oiré.
      
«Aquí abajo os he enseñado en proverbios y os he hablado en parábolas. Así lo hice, porque erais tan sólo niños en el espíritu; pero está llegando el momento en el que os hablaré claramente sobre el Padre y su reino. Y así lo haré, porque el Padre mismo os ama y desea ser revelado más plenamente a vosotros. El hombre mortal no puede ver al Padre espiritual; por eso vine yo al mundo para mostrar al Padre a vuestros ojos del ser criado. Pero cuando vosotros os hayáis perfeccionado en crecimiento espiritual, podréis ver entonces al Padre mismo».
      
Cuando los once le oyeron hablar así, se dijeron unos a otros: «He aquí que nos habla claramente. Con seguridad el Maestro vino de Dios. Pero, ¿por qué dice que debe volver al Padre?» Jesús vio que aun entonces no le comprendían. Estos once hombres no podían liberarse de las ideas largamente acariciadas del concepto judío del Mesías. Cuanto más plenamente creían en Jesús como el Mesías, más problemáticas se tornaban estas nociones profundamente arraigadas de un glorioso triunfo material del reino en la tierra.

jueves, 3 de abril de 2014

El espíritu de la verdad.

El nuevo ayudante que Jesús prometió enviar al corazón de los creyentes, para esparcirlo sobre toda la carne, es el Espíritu de la Verdad. Este don divino no es la letra ni la ley de la verdad, tampoco ha de funcionar como una forma o expresión de la verdad. El nuevo maestro es la convicción de la verdad, la conciencia y certeza de los verdaderos significados de los niveles espirituales reales. Y este nuevo maestro es el espíritu de la verdad viva y creciente, que se expande, se despliega, y se adapta.
      
La verdad divina es una realidad viva discernida por el espíritu. La verdad existe sólo en los altos niveles espirituales de la comprensión de la divinidad y de la conciencia de la comunión con Dios. Puedes conocer la verdad, puedes vivir la verdad; puedes experimentar el crecimiento de la verdad en el alma y disfrutar de la libertad de su esclarecimiento de la mente, pero no puedes aprisionar la verdad en fórmulas, códigos, credos o esquemas intelectuales de conducta humana. Cuando intentas una formulación humana de la verdad divina, ésta muere rápidamente. El rescate postmórtem de la verdad aprisionada, aun en su mejor expresión, puede emanar tan sólo en la comprensión de una forma peculiar de sabiduría intelectualizada glorificada. La verdad estática es verdad muerta, y sólo la verdad muerta puede ser contenida en una teoría. La verdad viva es dinámica y tan sólo puede tener una existencia experiencial en la mente humana.
      
La inteligencia crece a partir de la existencia material iluminada por la presencia de la mente cósmica. La sabiduría comprende la conciencia del conocimiento elevada a nuevos niveles de significados y activada por la presencia de la dote universal del espíritu ayudante de la sabiduría. La verdad es un valor de la realidad espiritual experimentado tan sólo por los seres dotados de espíritu que funcionan a niveles supermateriales de conciencia universal y que, después de la comprensión de la verdad, hacen que reine y viva en sus almas su espíritu de activación.
      
El verdadero hijo del discernimiento universal busca el Espíritu vivo de la Verdad en toda palabra sabia. La persona conocedora de Dios está constantemente elevando la sabiduría a los niveles de la verdad viva de alcance divino; el alma espiritualmente no progresiva, mientras tanto, arrastra hacia abajo a la verdad viva hasta los niveles muertos de la sabiduría y el dominio del mero conocimiento exaltado.
      
La regla de oro, cuando se la despoja del esclarecimiento suprahumano del Espíritu de la Verdad, se torna tan sólo en una regla de conducta altamente ética. La regla de oro, cuando se la interpreta literalmente, puede ser un instrumento de gran ofensa para los propios semejantes. Sin un discernimiento espiritual de la regla de oro de la sabiduría, podrías razonar que, puesto que deseas que todos los hombres te hablen la verdad plena y franca de su mente, deberías hablar total y francamente el pleno pensamiento de tu mente a tus semejantes. Una interpretación tal, no espiritual, de la regla de oro podría dar como resultado infelicidad indescriptible y congoja sin fin.
      
Algunas personas disciernen e interpretan la regla de oro como una afirmación puramente intelectual de la fraternidad humana. Otras experimentan esta expresión de la relación humana como una gratificación emocional de los sentimientos tiernos de la personalidad humana. Otros mortales reconocen esta misma regla de oro como la vara para medir todas las relaciones sociales, la norma de la conducta social. Y aun otros la consideran la admonición positiva de un gran maestro moral que comprendió en esta declaración el más alto concepto de la obligación moral en cuanto a lo que se refiere a todas las relaciones fraternas. En la vida de tales seres morales, la regla de oro se torna el sabio centro y circunferencia de toda su filosofía.
      
En el reino de la hermandad creyente de los amantes de la verdad conocedores de Dios, esta regla de oro adquiere cualidades vivas de comprensión espiritual en aquellos niveles más altos de interpretación que hacen que los hijos mortales de Dios consideren esta admonición del Maestro como que se requiere de ellos que se relacionen con sus semejantes de una manera que permita el más alto bien posible como resultado del contacto de los creyentes con esos semejantes. Ésta es la esencia de la verdadera religión: amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos.
      
Pero la comprensión más alta y la interpretación más verdadera de la regla de oro consiste en la consciencia del espíritu de la verdad de la realidad duradera y viva de esa declaración divina. El verdadero significado cósmico de esta regla de relación universal se revela solamente en su comprensión espiritual, en la interpretación de la ley de la conducta por el espíritu del Hijo al espíritu del Padre que reside en el alma del hombre mortal. Y cuando estos mortales conducidos por el espíritu se dan cuenta del verdadero significado de esta regla de oro, se llenan más de plenamente de la certeza de la ciudadanía en un universo cordial, y sus ideales de realidad espiritual son satisfechos sólo cuando aman a sus semejantes tal como Jesús nos amó a todos nosotros, y ésa es la realidad de la comprensión del amor de Dios.
     
Esta misma filosofía de la flexibilidad viva y de la adaptabilidad cósmica de la verdad divina a las necesidades individuales y a la capacidad de cada uno de los hijos de Dios, debe ser percibida antes de que puedas esperar comprender adecuadamente las enseñanzas del Maestro en la práctica de la no resistencia al mal. Las enseñanzas del Maestro son básicamente una declaración espiritual. Aun las implicaciones materiales de su filosofía no pueden considerarse en forma útil separadamente de sus correlaciones espirituales. El espíritu de la admonición del Maestro consiste en la no resistencia a todas las reacciones egoístas al universo, combinada con el alcance agresivo y progresivo de los niveles rectos de los verdaderos valores espirituales, la perfección divina, la virtud infinita y la verdad eterna —conocer a Dios y volverse cada vez más como él.
      
El amor, el altruismo, debe someterse a una interpretación constante y viva de readaptación de las relaciones de acuerdo con la guía del Espíritu de la Verdad. El amor debe así captar los conceptos constantemente cambiantes y ampliados del más alto bien cósmico del individuo que es amado. Luego el amor continúa con esta misma actitud relativa a todos los demás individuos que pudieran posiblemente ser influidos por la relación creciente y viva del amor por parte de un mortal conducido por el espíritu, hacia otros ciudadanos del universo. Y toda esta adaptación viviente del amor debe ser efectuada a la luz tanto del medio ambiente del mal presente como de la meta eterna de la perfección del destino divino.
      
Así pues debemos reconocer claramente que ni la regla de oro ni las enseñanzas de no resistencia pueden ser comprendidas adecuadamente como dogmas o preceptos. Tan sólo pueden ser comprendidas viviéndolas, percatándose de sus significados en la interpretación viva del Espíritu de la Verdad, que dirige el contacto amante de un ser humano con otro.
      
Y todo esto indica claramente la diferencia entre la vieja religión y la nueva. La vieja religión enseñaba la abnegación; la nueva religión enseña tan sólo olvidarse de sí mismo, elevar la autorrealización en una combinación de servicio social y comprensión del universo. La vieja religión era motivada por la conciencia del temor; el nuevo evangelio del reino está dominado por la convicción de la verdad, el Espíritu de la Verdad eterna y universal. Y ningún grado de piedad ni de lealtad al credo puede compensar la ausencia, en la experiencia de vida de los creyentes del reino, de esa amistad espontánea, generosa y sincera que caracteriza a los hijos nacidos del espíritu del Dios vivo. Ni la tradición ni los sistemas ceremoniales de la adoración formal pueden compensar la falta de compasión genuina hacia los propios semejantes.