«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»
martes, 7 de enero de 2014
El discurso.
«He estado con vosotros este largo tiempo, yendo y viniendo por la tierra proclamando el amor del Padre por los hijos de los hombres, y muchos han visto la luz y, por la fe, han entrado al reino del cielo. En relación con esta enseñanza y predicación, el Padre ha hecho muchas obras maravillosas, aun hasta la resurrección de los muertos. Muchos enfermos y afligidos han sido curados porque han creído; pero toda esta proclamación de verdad y curación de las enfermedades no abrió los ojos de los que se niegan a ver la luz, los que están decididos a rechazar este evangelio del reino.
«De toda forma posible, que esté de acuerdo con el hacer la voluntad de mi Padre, yo y mis apóstoles nos hemos esforzado por vivir en paz con nuestros hermanos, por conformar con los requisitos razonables de las leyes de Moisés y de las tradiciones de Israel. Hemos persistentemente buscado la paz, pero los líderes de Israel no lo quieren así. Al rechazar la verdad de Dios y la luz del cielo, se están aliando con el error y con las tinieblas. No puede haber paz entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre la verdad y el error.
«Muchos de vosotros os habéis atrevido a creer en mis enseñanzas y ya habéis entrado en la felicidad y libertad de la conciencia de la filiación de Dios. Y atestiguaréis que he ofrecido esta misma filiación de Dios a toda la nación judía, aun a aquellos mismos hombres que ahora buscan mi destrucción. Aun ahora mi Padre recibiría a estos maestros cegados y a estos líderes hipócritas si tan sólo se volvieran a él y aceptaran su misericordia. Aun ahora no es demasiado tarde para que reciba esta gente la palabra del cielo y dé la bienvenida al Hijo del Hombre.
«Mi Padre ha tratado por mucho tiempo con misericordia a esta gente. Generación tras generación enviamos nuestros profetas para enseñarles y advertirles, y generación tras generación ellos mataron a estos maestros enviados por el cielo. Y ahora, vuestros obstinados altos sacerdotes y vuestros potentados testarudos siguen haciendo la misma cosa. Así como Herodes ocasionó la muerte de Juan, vosotros del mismo modo os preparáis para destruir al Hijo del Hombre.
«Hasta tanto haya una posibilidad de que los judíos se vuelvan a mi Padre y busquen la salvación, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob mantendrá tendidas sus manos de misericordia hacia vosotros; pero cuando ya hayáis llenado vuestra copa de impenitencia, y cuando ya hayáis rechazado finalmente la misericordia de mi Padre, esta nación será abandonada a sus propias luces, y rápidamente caerá en un fin ignominioso. Este pueblo fue llamado para ser la luz del mundo, para mostrar la gloria espiritual de una raza conocedora de Dios, pero tanto os habéis alejado del cumplimiento de vuestros privilegios divinos que vuestros líderes están a punto de cometer la suprema locura de todos los tiempos, porque están por rechazar finalmente el don de Dios a todos los hombres y a todos los tiempos —la revelación del amor del Padre en el cielo por todas sus criaturas en la tierra.
«Una vez que rechacéis esta revelación de Dios al hombre, el reino del cielo será entregado a otros pueblos, a aquellos que lo reciban con regocijo y felicidad. En nombre del Padre que me envió, yo os advierto solemnemente que estáis a punto de perder vuestra posición en el mundo como abanderados de la verdad eterna y custodios de la ley divina. Estoy en este momento ofreciéndoos vuestra última oportunidad de presentaros y arrepentiros para significar vuestra intención de buscar a Dios con todo vuestro corazón y de entrar, como niños y por la fe sincera, en la seguridad y salvación del reino del cielo.
Mi Padre por mucho tiempo ha laborado por vuestra salvación, y yo he descendido para vivir entre vosotros y mostraros personalmente el camino. Muchos, tanto entre los judíos como entre los samaritanos, y aun entre los gentiles, han creído el evangelio del reino, pero los que deberían ser los primeros en adelantarse y aceptar la luz del cielo se han negado repetidamente a creer la revelación de la verdad de Dios: Dios revelado en el hombre y el hombre elevado a Dios.
«Esta tarde mis apóstoles están aquí ante vosotros en silencio, pero pronto oiréis sus voces resonando con el llamado a la salvación y con la admonición de uniros con el reino celestial como hijos del Dios vivo. Ahora pues, llamo a testimonio a estos, mis discípulos y creyentes en el evangelio del reino, así como también a los mensajeros invisibles a su lado, de que una vez más he ofrecido a Israel y a sus dirigentes, liberación y salvación. Pero todos vosotros contempláis cómo la misericordia del Padre es despreciada y cómo son rechazados los mensajeros de la verdad. Sin embargo, os advierto que estos escribas y fariseos aún están sentados en el trono de Moisés, y por lo tanto, hasta que los Altísimos que gobiernan en los reinos de los hombres sobrecojan finalmente esta nación y destruyan el sitio de estos potentados, yo os exhorto a que cooperéis con estos ancianos de Israel. No se os requiere que os unáis con ellos en sus planes de destrucción del Hijo del Hombre, pero en todo lo que se relaciona con la paz de Israel, debéis someteros a ellos. En todos estos asuntos, haced lo que ellos os ordenan y cumplid con la esencia de la ley, pero no sigáis el ejemplo de sus malas obras. Recordad, éste es el pecado de estos gobernantes: Que dicen lo que es bueno, pero no lo hacen. Bien sabéis cómo estos líderes echan pesadas cargas sobre vuestros hombros, cargas difíciles de llevar, pero no están dispuestos ni de levantar un dedo para ayudaros a vosotros que lleváis cargas tan pesadas. Os han oprimido con ceremonias y esclavizado con tradiciones.
«Además, estos gobernantes egocéntricos se deleitan en hacer sus buenas obras para ser vistos por los hombres. Agrandan sus filaterías y ensanchan los bordes de su manto oficial. Anhelan los sitios principales en los festines y demandan las sillas de honor en las sinagogas. Codician las salutaciones laudatorias en las plazas públicas y quieren que todos los llamen rabinos. Aun mientras buscan ser así honrados por los hombres, en secreto se apoderan de las casas de las viudas y sacan provecho de los servicios del templo sagrado. Estos hipócritas oran pretenciosa y prolongadamente en público y dan limosna para atraer la atención de sus semejantes.
«Aunque vosotros debéis honrar a vuestros dirigentes y reverenciar a vuestros maestros, no debéis llamar Padre a ningún hombre en el sentido espiritual, porque hay uno solo que es vuestro Padre, aun Dios. No tratéis tampoco de dominar a vuestros hermanos en el reino. Recordad, os he enseñado que el que quiere ser más grande entre vosotros debe ser el siervo de todos. Si presumís exaltaros ante Dios, con certeza seréis humillados; pero los que verdaderamente se humillan, serán con certeza exaltados. Buscad en vuestra vida diaria, no la autoglorificación, sino la gloria de Dios. Someted inteligentemente vuestra propia voluntad a la voluntad del Padre en el cielo.
«No interpretéis mal mis palabras. No tengo malicia alguna contra los altos sacerdotes y los potentates que aun en este momento buscan mi destrucción; no tengo mala voluntad contra estos escribas y fariseos que rechazan mis enseñanzas. Yo sé que muchos de vosotros creen en secreto, y sé que profesaréis abiertamente vuestra lealtad al reino cuando llegue mi hora. Pero, ¿cómo podrán justificarse vuestros rabinos que profesan hablar con Dios y tienen la presunción de rechazar y destruir a aquél que viene para revelar al Padre a los mundos?
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Queréis cerrar las puertas del reino del cielo a los hombres sinceros, tan sólo porque ignoran los caminos de vuestra enseñanza. Os negáis a entrar en el reino y al mismo tiempo hacéis todo lo que podéis para prevenir que entren todos los demás. Estáis de pie dándole la espalda a las puertas de la salvación y peleáis con los que quieren entrar.
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas que sois! Porque en verdad recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, no os conformáis hasta hacerle dos veces peor de lo que era como hijo de los paganos.
«¡Ay de vosotros, altos sacerdotes y rectores que os apropiáis de los bienes de los pobres y demandáis onerosos impuestos de los que quieren servir a Dios como piensan que ordenó Moisés! Vosotros que os negáis a mostrar misericordia, ¿podéis esperar misericordia en los mundos venideros?
«¡Ay de vosotros, falsos maestros, guías ciegos! ¿Qué se puede esperar de una nación cuando los ciegos conducen a los ciegos? Ambos tropezarán y caerán al abismo de la destrucción.
«¡Ay de vosotros que disimuláis al jurar! Sois tramposos porque enseñáis que si alguno jura por el templo no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. Sois todos necios y ciegos. Ni siquiera sois uniformes en vuestra deshonestidad, porque, ¿cuál es mayor, el oro o el templo que supuestamente ha santificado al oro? También enseñáis que si un hombre jura por el altar, no es nada; pero que, si jura por la ofrenda que está sobre el altar, es deudor. Nuevamente sois ciegos ante la verdad, porque ¿cuál es mayor, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? ¿Cómo podéis justificar tal hipocresía y deshonestidad a los ojos de Dios en el cielo?
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos y todos los demás hipócritas que se aseguran de diezmar la menta, el eneldo y el comino, y hacen caso omiso de los asuntos más serios de la ley: la fe, la misericordia y la justicia! Dentro de lo razonable, esto era necesario hacer sin dejar de hacer lo otro. De veras sois guías ciegos y maestros necios; coláis el mosquito y tragáis el camello.
«¡Ay de vosotros, escribas, fariseos e hipócritas! Escrupulosamente limpiáis la parte de afuera de la copa y del plato, pero adentro queda la suciedad de la extorsión, los excesos y la decepción. Sois espiritualmente ciegos. ¿Acaso no reconocéis cuánto mejor sería limpiar primero la parte de adentro de la copa, y luego el agua que derramare afuera limpiaría por sí mismo lo de afuera? ¡Vosotros, viciosos malvados! Hacéis que las manifestaciones exteriores de vuestra religión se conformen con la letra de vuestra interpretación de la ley de Moisés, mientras que vuestra alma está hundida en iniquidad y llena de asesinato.
«¡Ay de todos vosotros que rechazáis la verdad y os burláis de la misericordia! Muchos entre vosotros sois como sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos pero por dentro están llenos de los huesos de hombres muertos y todo tipo de inmundicia. Aun así vosotros que rechazáis a sabiendas el consejo de Dios aparecéis por fuera como santos y rectos a los hombres, pero por dentro vuestro corazón está lleno de hipocresía e iniquidad.
«¡Ay de vosotros, falsos guías de una nación! Habéis construido más allá un monumento a los profetas mártires de antaño, mientras complotáis para destruir a aquel de quien ellos hablaban. Adornáis los monumentos de los justos y presumís que si hubierais vivido en los días de vuestros padres, no habríais matado a los profetas; y con este pensamiento santurrón en vuestra mente, os preparáis para asesinar a aquel de quien hablaban los profetas: el Hijo del Hombre. En cuanto hacéis estas cosas, dais por testimonio contra vosotros mismos, de que sois los hijos protervos de los que mataron a los profetas. ¡Id pues y llenad la copa de vuestra condenación hasta su plenitud!
«¡Ay de vosotros, hijos del mal! Juan en verdad os llamó los descendientes de las víboras, y yo os pregunto, ¿cómo podéis escapar al juicio que Juan pronunciara sobre vosotros?
«Pero aun ahora os ofrezco en nombre de mi Padre misericordia y perdón; aun ahora os tiendo la mano amante de la hermandad eterna. Mi Padre os ha enviado los sabios y los profetas; a unos vosotros perseguisteis, a otros matasteis. Luego llegó Juan y proclamó el advenimiento del Hijo del Hombre, y a él vosotros destruisteis después de que muchos habían creído sus enseñanzas. Ahora os preparáis a derramar aun más sangre inocente. ¿Acaso no comprendéis que llegará el día terrible del juicio, cuando el Juez de toda la tierra requerirá de este pueblo que rinda cuentas de la forma en que rechazaron, persiguieron y destruyeron a estos mensajeros del cielo? ¿Acaso no comprendéis que debéis rendir cuentas a todos de esta sangre justa, desde el primer profeta asesinado hasta los tiempos de Zacarías, a quien matasteis entre el templo y el altar? Si continuáis por este camino malvado, puede que este rendimiento de cuentas os sea requerida en esta misma generación.
«¡Oh Jerusalén, oh hijos de Abraham, vosotros que habéis apedreado a los profetas y matado a los maestros que os fueran enviados, aun ahora yo juntaría a vuestros hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, pero vosotros no queréis!
«Ahora yo me despido de vosotros. Habéis oído mi mensaje y habéis tomado vuestra decisión. Los que creyeron mi evangelio están aun ahora a salvo en el reino de Dios. A vosotros, que habéis elegido rechazar la ofrenda de Dios, yo os digo que ya no me veréis enseñando en el templo. Mi obra para vosotros está hecha. ¡He aquí que ahora yo salgo con mis hijos, y vuestra casa os queda desolada!»
Y luego el Maestro señaló a sus seguidores que partieran del templo.
domingo, 5 de enero de 2014
El último discurso en el templo.
POCO después de las dos de la tarde de este martes, Jesús, acompañado por once apóstoles, José de Arimatea, los treinta griegos, y algunos discípulos específicos, llegó al templo y pronunció su último sermón en los patios del edificio sagrado. El propósito de este discurso era el dar su último llamado al pueblo judío y la acusación final contra los enemigos vehementes que buscaban su destrucción: los escribas, los fariseos, los saduceos y los líderes principales de Israel. A lo largo de la mañana, varios grupos habían tenido la oportunidad de hacer preguntas a Jesús; esta tarde, nadie le preguntó nada.
Cuando el Maestro comenzó a hablar, el patio del templo estaba silencioso y ordenado. Los cambistas de dinero y los mercaderes no se habían atrevido a volver a entrar al templo después de haber sido echados el día anterior por Jesús y una multitud tumultuosa. Antes de comenzar el discurso, Jesús miró tiernamente a este público que tan pronto escucharía su discurso de despedida, su mensaje de misericordia a la humanidad combinado con la última denuncia de los falsos maestros y los fanáticos líderes de los judíos.
sábado, 4 de enero de 2014
Los griegos indagadores.
Alrededor de mediodía, mientras Felipe compraba abastecimiento para
el nuevo campamento que se estaba estableciendo ese día cerca de
Getsemaní, se le acercó una delegación de extranjeros, un grupo de
griegos creyentes de Alejandría, Atenas y Roma, cuyo portavoz dijo al
apóstol: «Los que te conocen te han señalado; por eso, venimos a ti,
Señor, con la petición de ver a Jesús, tu Maestro». Felipe fue tomado de
sorpresa al encontrar así a estos gentiles griegos prominentes e
indagadores en la plaza, y, puesto que Jesús había tan explícitamente
encargado a los doce que no hicieran enseñanza pública alguna durante la
semana de Pascua, estuvo un tanto perplejo en cuanto a cómo manejar
este asunto. También estaba desconcertado porque estos hombres eran
gentiles extranjeros. Si hubieran sido judíos o gentiles conocidos de la
zona, no habría titubeado tan marcadamente. Lo que hizo fue: Les pidió a
los griegos que permanecieran allí donde estaban. Cuando se alejó de
prisa, supusieron que había ido en busca de Jesús, pero en realidad
corrió a la casa de José, donde sabía que estaban almorzando Andrés y
los demás apóstoles; y llamando afuera a Andrés, le explicó el propósito
de su venida, y luego, acompañado por Andrés, retornó a donde esperaban
los griegos.
Puesto que Felipe había prácticamente terminado de comprar los abastecimientos, él y Andrés volvieron con los griegos a la casa de José, donde Jesús los recibió; y se sentaron junto a él mientras hablaba a sus apóstoles y a un grupo de discípulos importantes reunidos en este almuerzo. Dijo Jesús:
«Mi Padre me envió a este mundo para revelar su comprensión amante a los hijos de los hombres, pero aquellos a quienes primero me dirigí se han negado a recibirme. Es verdad que muchos de vosotros habéis creído mi evangelio, pero los hijos de Abraham y sus líderes están por rechazarme, y al así hacer, ellos rechazan a Aquél que me envió. Yo he proclamado libremente el evangelio de la salvación a este pueblo; les he hablado de la filiación con felicidad, libertad y vida más abundante en el espíritu. Mi Padre ha hecho muchas obras maravillosas entre estos hijos del hombre dominados por el temor. Pero en verdad el profeta Isaías se refirió a este pueblo cuando escribió: `Señor, ¿quién ha creído nuestras enseñanzas? ¿A quién ha sido revelado el Señor?' En verdad los líderes de mi pueblo deliberadamente han cegado sus ojos para no ver, y endurecido su corazón para no creer ni ser salvados. Todos estos años he tratado de curarlos de su incredulidad para que puedan recibir la salvación eterna del Padre. Sé que no todos me han fallado; algunos entre vosotros habéis en verdad creído mi mensaje. En este aposento ahora hay una veintena de hombres que fueron anteriormente miembros del sanedrín, o que ocupaban altas posiciones en los concilios de la nación, aunque algunos entre vosotros todavía os resistís a confesar abiertamente la verdad, para que no os expulsen de la sinagoga. Algunos entre vosotros están tentados de amar la gloria de los hombres más que la gloria de Dios. Pero yo me veo obligado a mostrar paciencia, puesto que temo por la seguridad y la lealtad aun algunos de los que han estado por tanto tiempo junto a mí, y que han vivido tan cerca a mi lado.
«En este aposento de banquetes percibo que hay judíos y gentiles en números aproximadamente iguales, y os dirigiré la palabra como a los primeros y a los últimos de tal grupo que yo pueda instruir en los asuntos del reino antes de ir a mi Padre».
Estos griegos habían asistido fielmente a las enseñanzas de Jesús en el templo. El lunes por la noche habían celebrado una conferencia en la casa de Nicodemo, que se prolongó hasta el amanecer del día, y treinta de entre ellos habían elegido entrar al reino.
Al estar Jesús de pie ante ellos en este momento, percibió el fin de una dispensación y el comienzo de otra. Volviendo su atención a los griegos, el Maestro dijo:
«El que cree en este evangelio, cree no solamente en mí sino en Aquél que me envió. Cuando me contempláis, veis no solamente al Hijo del Hombre, sino también a Aquél que me envió. Yo soy la luz del mundo, y el que crea mi enseñanza ya no vivirá en las tinieblas. Si vosotros los gentiles me escucháis, recibiréis las palabras de la vida y entraréis inmediatamente en la libertad regocijante de la verdad de la filiación de Dios. Si mis conciudadanos, los judíos, eligen rechazarme y rehúsan mis enseñanzas, no los juzgaré, porque no he venido para juzgar al mundo sino para ofrecerle salvación. Sin embargo, los que me rechazan y rehusan recibir mis enseñanzas serán llevados a juicio cuando la temporada sea propicia por mi Padre y por aquellos a quienes él ha nombrado para que juzguen a los que rechazan los dones de la misericordia y las verdades de la salvación. Recordad todos vosotros que hablo no por mí mismo, sino que he declarado fielmente a vosotros lo que el Padre mandó que yo debía revelar a los hijos de los hombres. Y estas palabras que el Padre me dijo que hablara al mundo son palabras de verdad divina, misericordia sempiterna y vida eterna.
«Pero tanto a los judíos como a los gentiles yo declaro que está por haber llegado la hora en la que el Hijo del Hombre será glorificado. Bien sabéis que, excepto que un grano de trigo caiga a la tierra y muera, permanece solo; pero si muere en buena tierra, surge nuevamente a la vida y rinde mucho fruto. Aquél que ama con egoísmo su vida, corre peligro de perderla; pero el que está dispuesto a dar su vida por mí y por el evangelio gozará de una existencia más abundante sobre la tierra y en el cielo, vida eterna. Si en verdad me seguís, aun después que yo haya ido al Padre, seréis mis discípulos y los siervos sinceros de vuestros semejantes mortales.
«Sé que mi hora se avecina, y estoy turbado. Percibo que mi pueblo está decidido a despreciar el reino, pero me regocija recibir a estos gentiles que buscan la verdad, que están aquí hoy preguntando por el camino de la luz. Sin embargo, mi corazón sufre por mi pueblo, y mi alma está atribulada por lo que me espera. ¿Qué debo decir al mirar al futuro y discernir lo que está por caer sobre mí? ¿Acaso diré: Padre, sálvame de esta hora espantosa? ¡No! Por este mismo propósito he venido al mundo y aun a esta hora. Más bien diré y oraré para que os unáis a mí: Padre, glorifica tu nombre; se hará tu voluntad».
Cuando Jesús habló así, su Ajustador Personalizado que había residido en él antes de su bautismo apareció ante él, y al hacer una pausa de manera evidente, este espíritu ahora poderoso de representación del Padre habló a Jesús de Nazaret, diciendo: «He glorificado mi nombre muchas veces en tus autootorgamientos, y una vez más lo glorificaré».
Aunque los judíos y gentiles allí reunidos no oyeron ninguna voz, no pudieron dejar de discernir que el Maestro había pausado en su discurso mientras le llegaba un mensaje de alguna fuente sobrehumana. Todos ellos dijeron, cada uno al que estaba al lado de él: «Un ángel le ha hablado».
Entonces Jesús continuó hablando: «Todo esto no ha ocurrido por mi bien, sino por el vuestro. Yo sé con certidumbre que el Padre me recibirá y aceptará mi misión en vuestro nombre, pero es necesario que seáis alentados y preparados para la prueba de fuego que se avecina. Dejadme aseguraros que la victoria eventualmente coronará vuestros esfuerzos unidos por esclarecer al mundo y liberar a la humanidad. El viejo orden se está enjuiciando a sí mismo; yo ya he expulsado al Príncipe de este mundo; y todos los hombres serán libres por la luz del espíritu que yo derramaré sobre toda carne después de ascender a mi Padre en el cielo.
«Y ahora pues, os declaro que, cuando sea elevado de la tierra y de vuestras vidas, atraeré a mí a todos los hombres, a la comunidad de mi Padre. Habéis creído que el Libertador moraría por siempre en la tierra, pero yo declaro que el Hijo del Hombre será rechazado por los hombres, y que volverá al Padre. Sólo por un corto tiempo estaré con vosotros; sólo por un corto tiempo estará la luz viva en el medio de esta generación en tinieblas. Caminad mientras tengáis esta luz para que las tinieblas y la confusión venideras no os sobrecojan. El que camina en las tinieblas no sabe adonde va; pero si elegís caminar en la luz, en verdad seréis, todos vosotros, hijos liberados de Dios. Ahora pues, todos vosotros, venid conmigo para volver al templo y yo les diré palabras de adiós a los altos sacerdotes, los escribas, los fariseos, los saduceos, los herodianos y los dirigentes de Israel sumidos en la ignorancia».
Habiendo hablado así, Jesús condujo al grupo por las angostas calles de Jerusalén, de vuelta al templo. Acababan de oír al Maestro decir que éste sería su discurso de adiós en el templo, y le siguieron en silencio y profunda meditación.
Puesto que Felipe había prácticamente terminado de comprar los abastecimientos, él y Andrés volvieron con los griegos a la casa de José, donde Jesús los recibió; y se sentaron junto a él mientras hablaba a sus apóstoles y a un grupo de discípulos importantes reunidos en este almuerzo. Dijo Jesús:
«Mi Padre me envió a este mundo para revelar su comprensión amante a los hijos de los hombres, pero aquellos a quienes primero me dirigí se han negado a recibirme. Es verdad que muchos de vosotros habéis creído mi evangelio, pero los hijos de Abraham y sus líderes están por rechazarme, y al así hacer, ellos rechazan a Aquél que me envió. Yo he proclamado libremente el evangelio de la salvación a este pueblo; les he hablado de la filiación con felicidad, libertad y vida más abundante en el espíritu. Mi Padre ha hecho muchas obras maravillosas entre estos hijos del hombre dominados por el temor. Pero en verdad el profeta Isaías se refirió a este pueblo cuando escribió: `Señor, ¿quién ha creído nuestras enseñanzas? ¿A quién ha sido revelado el Señor?' En verdad los líderes de mi pueblo deliberadamente han cegado sus ojos para no ver, y endurecido su corazón para no creer ni ser salvados. Todos estos años he tratado de curarlos de su incredulidad para que puedan recibir la salvación eterna del Padre. Sé que no todos me han fallado; algunos entre vosotros habéis en verdad creído mi mensaje. En este aposento ahora hay una veintena de hombres que fueron anteriormente miembros del sanedrín, o que ocupaban altas posiciones en los concilios de la nación, aunque algunos entre vosotros todavía os resistís a confesar abiertamente la verdad, para que no os expulsen de la sinagoga. Algunos entre vosotros están tentados de amar la gloria de los hombres más que la gloria de Dios. Pero yo me veo obligado a mostrar paciencia, puesto que temo por la seguridad y la lealtad aun algunos de los que han estado por tanto tiempo junto a mí, y que han vivido tan cerca a mi lado.
«En este aposento de banquetes percibo que hay judíos y gentiles en números aproximadamente iguales, y os dirigiré la palabra como a los primeros y a los últimos de tal grupo que yo pueda instruir en los asuntos del reino antes de ir a mi Padre».
Estos griegos habían asistido fielmente a las enseñanzas de Jesús en el templo. El lunes por la noche habían celebrado una conferencia en la casa de Nicodemo, que se prolongó hasta el amanecer del día, y treinta de entre ellos habían elegido entrar al reino.
Al estar Jesús de pie ante ellos en este momento, percibió el fin de una dispensación y el comienzo de otra. Volviendo su atención a los griegos, el Maestro dijo:
«El que cree en este evangelio, cree no solamente en mí sino en Aquél que me envió. Cuando me contempláis, veis no solamente al Hijo del Hombre, sino también a Aquél que me envió. Yo soy la luz del mundo, y el que crea mi enseñanza ya no vivirá en las tinieblas. Si vosotros los gentiles me escucháis, recibiréis las palabras de la vida y entraréis inmediatamente en la libertad regocijante de la verdad de la filiación de Dios. Si mis conciudadanos, los judíos, eligen rechazarme y rehúsan mis enseñanzas, no los juzgaré, porque no he venido para juzgar al mundo sino para ofrecerle salvación. Sin embargo, los que me rechazan y rehusan recibir mis enseñanzas serán llevados a juicio cuando la temporada sea propicia por mi Padre y por aquellos a quienes él ha nombrado para que juzguen a los que rechazan los dones de la misericordia y las verdades de la salvación. Recordad todos vosotros que hablo no por mí mismo, sino que he declarado fielmente a vosotros lo que el Padre mandó que yo debía revelar a los hijos de los hombres. Y estas palabras que el Padre me dijo que hablara al mundo son palabras de verdad divina, misericordia sempiterna y vida eterna.
«Pero tanto a los judíos como a los gentiles yo declaro que está por haber llegado la hora en la que el Hijo del Hombre será glorificado. Bien sabéis que, excepto que un grano de trigo caiga a la tierra y muera, permanece solo; pero si muere en buena tierra, surge nuevamente a la vida y rinde mucho fruto. Aquél que ama con egoísmo su vida, corre peligro de perderla; pero el que está dispuesto a dar su vida por mí y por el evangelio gozará de una existencia más abundante sobre la tierra y en el cielo, vida eterna. Si en verdad me seguís, aun después que yo haya ido al Padre, seréis mis discípulos y los siervos sinceros de vuestros semejantes mortales.
«Sé que mi hora se avecina, y estoy turbado. Percibo que mi pueblo está decidido a despreciar el reino, pero me regocija recibir a estos gentiles que buscan la verdad, que están aquí hoy preguntando por el camino de la luz. Sin embargo, mi corazón sufre por mi pueblo, y mi alma está atribulada por lo que me espera. ¿Qué debo decir al mirar al futuro y discernir lo que está por caer sobre mí? ¿Acaso diré: Padre, sálvame de esta hora espantosa? ¡No! Por este mismo propósito he venido al mundo y aun a esta hora. Más bien diré y oraré para que os unáis a mí: Padre, glorifica tu nombre; se hará tu voluntad».
Cuando Jesús habló así, su Ajustador Personalizado que había residido en él antes de su bautismo apareció ante él, y al hacer una pausa de manera evidente, este espíritu ahora poderoso de representación del Padre habló a Jesús de Nazaret, diciendo: «He glorificado mi nombre muchas veces en tus autootorgamientos, y una vez más lo glorificaré».
Aunque los judíos y gentiles allí reunidos no oyeron ninguna voz, no pudieron dejar de discernir que el Maestro había pausado en su discurso mientras le llegaba un mensaje de alguna fuente sobrehumana. Todos ellos dijeron, cada uno al que estaba al lado de él: «Un ángel le ha hablado».
Entonces Jesús continuó hablando: «Todo esto no ha ocurrido por mi bien, sino por el vuestro. Yo sé con certidumbre que el Padre me recibirá y aceptará mi misión en vuestro nombre, pero es necesario que seáis alentados y preparados para la prueba de fuego que se avecina. Dejadme aseguraros que la victoria eventualmente coronará vuestros esfuerzos unidos por esclarecer al mundo y liberar a la humanidad. El viejo orden se está enjuiciando a sí mismo; yo ya he expulsado al Príncipe de este mundo; y todos los hombres serán libres por la luz del espíritu que yo derramaré sobre toda carne después de ascender a mi Padre en el cielo.
«Y ahora pues, os declaro que, cuando sea elevado de la tierra y de vuestras vidas, atraeré a mí a todos los hombres, a la comunidad de mi Padre. Habéis creído que el Libertador moraría por siempre en la tierra, pero yo declaro que el Hijo del Hombre será rechazado por los hombres, y que volverá al Padre. Sólo por un corto tiempo estaré con vosotros; sólo por un corto tiempo estará la luz viva en el medio de esta generación en tinieblas. Caminad mientras tengáis esta luz para que las tinieblas y la confusión venideras no os sobrecojan. El que camina en las tinieblas no sabe adonde va; pero si elegís caminar en la luz, en verdad seréis, todos vosotros, hijos liberados de Dios. Ahora pues, todos vosotros, venid conmigo para volver al templo y yo les diré palabras de adiós a los altos sacerdotes, los escribas, los fariseos, los saduceos, los herodianos y los dirigentes de Israel sumidos en la ignorancia».
Habiendo hablado así, Jesús condujo al grupo por las angostas calles de Jerusalén, de vuelta al templo. Acababan de oír al Maestro decir que éste sería su discurso de adiós en el templo, y le siguieron en silencio y profunda meditación.
jueves, 2 de enero de 2014
El gran mandamiento.
Otro grupo de saduceos había sido instruido
para enredar a Jesús en preguntas sobre los ángeles, pero cuando
contemplaron la suerte de sus compañeros que habían tratado de hacerlo
caer en la trampa con las preguntas relativas a la resurrección, con
mucho tino decidieron permanecer callados; se retiraron sin hacer
preguntas. Era el plan premeditado de los confederados fariseos,
escribas, saduceos y herodianos plantear preguntas engorrosas durante
todo el día con la esperanza de desacreditar de esta manera a Jesús ante
la gente y al mismo tiempo de prevenir efectivamente que él tuviera
tiempo para la proclamación de sus enseñanzas perturbadoras.
Entonces se adelantó uno de los grupos de los fariseos para hacerle preguntas embarazosas y el portavoz, señalando hacia Jesús, dijo: «Maestro, soy abogado, y me gustaría preguntarte cuál, en tu opinión, es el mandamiento más grande». Jesús respondió: «Existe tan sólo un mandamiento, y ese mandamiento es el más grande de todos, y ese mandamiento es: `Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza'. Éste es el primero y el gran mandamiento. Y el segundo mandamiento es como el primero; en efecto, de él surge directamente, y es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay otros mandamientos más grandes que estos; sobre estos dos mandamientos se apoyan toda la ley y los profetas».
Cuando el abogado percibió que Jesús había respondido no sólo de acuerdo con el concepto más elevado de la religión judía, sino que también había respondido sabiamente a los ojos de la multitud reunida, pensó que la mejor actitud era alabar abiertamente la respuesta del Maestro. Por lo tanto dijo: «En verdad, Maestro, bien has dicho que Dios es uno y que no hay otro fuera de él; y que amarlo de todo corazón, con toda comprensión y fuerza, y también amar al prójimo como a uno mismo, es el primero, y gran mandamiento; y estamos de acuerdo de que este gran mandamiento debe considerarse mucho más que todos los holocaustos y sacrificios». Cuando el abogado contestó de esta manera tan discreta, Jesús bajó la mirada sobre él y dijo: «Amigo mío, percibo que no estás muy lejos del reino de Dios».
Jesús habló la verdad cuando se refirió a este abogado diciendo «no estás muy lejos del reino», porque esa misma noche él fue al campamento del Maestro cerca de Getsemaní, profesó su fe en el evangelio del reino, y fue bautizado por Josías, uno de los discípulos de Abner.
Dos o tres otros grupos de escribas y fariseos estaban presentes y habían tenido la intención de hacer preguntas, pero se encontraban desarmados por la respuesta de Jesús al abogado o bien los disuadió la derrota de todos los que habían intentado enredarlo. Después de esto, ningún hombre se atrevió a hacerle pregunta alguna en público.
Como no hubo más preguntas, y como se estaba acercando el mediodía, Jesús no reanudó su enseñanza sino que se contentó con hacer una pregunta a los fariseos y a sus asociados. Dijo Jesús: «Puesto que no hacéis más preguntas, me gustaría preguntaros una. ¿Qué pensáis del Libertador? Es decir, ¿de quién es hijo?» Después de una breve pausa, uno de los escribas contestó: «El Mesías es el hijo de David». Puesto que Jesús sabía que había habido mucha discusión, aun entre sus propios discípulos, sobre si él era o no hijo de David, hizo otra pregunta: «Si en efecto el Libertador es hijo de David, ¿cómo puede ser que, en el salmo que acreditáis a David, él mismo, hablando en el espíritu, dice: `El Señor dijo a mi señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos de escaño a tus pies'. Si David lo llama Señor, ¿cómo es posible que éste sea su hijo?». Aunque los líderes, los escribas y los altos sacerdotes no contestaron esta pregunta, tampoco le hicieron a él otras preguntas para enredarlo. No contestaron a esta pregunta que Jesús les había hecho, pero después de la muerte del Maestro intentaron obviar la dificultad cambiando la interpretación de este salmo para que se refiriera a Abraham en vez del Mesías. Otros trataron de escapar a este dilema diciendo que David no había sido el autor de este así llamado salmo mesiánico.
Poco tiempo antes, los fariseos habían disfrutado de la manera en la cual el Maestro había acallado a los saduceos; ahora estaban encantados los saduceos por el fracaso de los fariseos; pero esta rivalidad era tan sólo momentánea; rápidamente se olvidaron de sus diferencias tradicionales en un esfuerzo unido para impedir las enseñanzas y las obras de Jesús. Pero a lo largo de todas estas experiencias la gente común le escuchó con deleite.
Entonces se adelantó uno de los grupos de los fariseos para hacerle preguntas embarazosas y el portavoz, señalando hacia Jesús, dijo: «Maestro, soy abogado, y me gustaría preguntarte cuál, en tu opinión, es el mandamiento más grande». Jesús respondió: «Existe tan sólo un mandamiento, y ese mandamiento es el más grande de todos, y ese mandamiento es: `Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza'. Éste es el primero y el gran mandamiento. Y el segundo mandamiento es como el primero; en efecto, de él surge directamente, y es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay otros mandamientos más grandes que estos; sobre estos dos mandamientos se apoyan toda la ley y los profetas».
Cuando el abogado percibió que Jesús había respondido no sólo de acuerdo con el concepto más elevado de la religión judía, sino que también había respondido sabiamente a los ojos de la multitud reunida, pensó que la mejor actitud era alabar abiertamente la respuesta del Maestro. Por lo tanto dijo: «En verdad, Maestro, bien has dicho que Dios es uno y que no hay otro fuera de él; y que amarlo de todo corazón, con toda comprensión y fuerza, y también amar al prójimo como a uno mismo, es el primero, y gran mandamiento; y estamos de acuerdo de que este gran mandamiento debe considerarse mucho más que todos los holocaustos y sacrificios». Cuando el abogado contestó de esta manera tan discreta, Jesús bajó la mirada sobre él y dijo: «Amigo mío, percibo que no estás muy lejos del reino de Dios».
Jesús habló la verdad cuando se refirió a este abogado diciendo «no estás muy lejos del reino», porque esa misma noche él fue al campamento del Maestro cerca de Getsemaní, profesó su fe en el evangelio del reino, y fue bautizado por Josías, uno de los discípulos de Abner.
Dos o tres otros grupos de escribas y fariseos estaban presentes y habían tenido la intención de hacer preguntas, pero se encontraban desarmados por la respuesta de Jesús al abogado o bien los disuadió la derrota de todos los que habían intentado enredarlo. Después de esto, ningún hombre se atrevió a hacerle pregunta alguna en público.
Como no hubo más preguntas, y como se estaba acercando el mediodía, Jesús no reanudó su enseñanza sino que se contentó con hacer una pregunta a los fariseos y a sus asociados. Dijo Jesús: «Puesto que no hacéis más preguntas, me gustaría preguntaros una. ¿Qué pensáis del Libertador? Es decir, ¿de quién es hijo?» Después de una breve pausa, uno de los escribas contestó: «El Mesías es el hijo de David». Puesto que Jesús sabía que había habido mucha discusión, aun entre sus propios discípulos, sobre si él era o no hijo de David, hizo otra pregunta: «Si en efecto el Libertador es hijo de David, ¿cómo puede ser que, en el salmo que acreditáis a David, él mismo, hablando en el espíritu, dice: `El Señor dijo a mi señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos de escaño a tus pies'. Si David lo llama Señor, ¿cómo es posible que éste sea su hijo?». Aunque los líderes, los escribas y los altos sacerdotes no contestaron esta pregunta, tampoco le hicieron a él otras preguntas para enredarlo. No contestaron a esta pregunta que Jesús les había hecho, pero después de la muerte del Maestro intentaron obviar la dificultad cambiando la interpretación de este salmo para que se refiriera a Abraham en vez del Mesías. Otros trataron de escapar a este dilema diciendo que David no había sido el autor de este así llamado salmo mesiánico.
Poco tiempo antes, los fariseos habían disfrutado de la manera en la cual el Maestro había acallado a los saduceos; ahora estaban encantados los saduceos por el fracaso de los fariseos; pero esta rivalidad era tan sólo momentánea; rápidamente se olvidaron de sus diferencias tradicionales en un esfuerzo unido para impedir las enseñanzas y las obras de Jesús. Pero a lo largo de todas estas experiencias la gente común le escuchó con deleite.
miércoles, 1 de enero de 2014
Los saduceos y la resurrección.
Antes de que Jesús pudiera comenzar con su
enseñanza, otro grupo se adelantó para hacerle preguntas, esta vez, un
grupo de saduceos instruidos y astutos. Su portavoz, acercándosele,
dijo: «Maestro, Moisés dijo que si un hombre casado moría sin dejar
hijos, su hermano se casaría con la mujer y levantaría descendencia a su
hermano muerto. Ahora bien, ocurrió que cierto hombre que tenía seis
hermanos murió sin dejar hijos; el hermano siguiente se casó con su
mujer, pero también murió muy pronto, sin dejar hijos. Del mismo modo el
segundo hermano tomó a la mujer, pero también murió sin dejar
descendencia. De la misma manera los seis hermanos se casaron con ella, y
los seis murieron sin dejar hijos. Luego, después de todos ellos, murió
también la mujer. Ahora bien, lo que nosotros quisiéramos preguntarte
es esto: En la resurrección, ¿de quién será ella esposa, puesto que los
siete hermanos la han poseído?»
Jesús sabía, y también lo sabía la gente, que estos saduceos no eran sinceros al hacer esta pregunta, porque no era probable que realmente pudiera ocurrir este caso; además, esta práctica de los hermanos de un muerto que tratan de hacer hijos en su nombre, estaba prácticamente abandonada en esta época entre los judíos. Sin embargo, Jesús condescendió a contestar esta pregunta maliciosa. Dijo: «Erráis al hacer estas preguntas, porque no conocéis ni las Escrituras ni el poder vivo de Dios. Sabéis que los hijos de este mundo pueden casarse y pueden ser dados en matrimonio, pero parece que no comprendéis que los que son considerados merecedores de alcanzar los mundos venideros, mediante la resurrección de los rectos, ni se casan ni son dados en matrimonio. Los que experimentan la resurrección de los muertos son más parecidos a los ángeles del cielo, y nunca mueren. Estos seres resurrectos son eternamente los hijos de Dios; son los hijos de la luz resucitados al progreso de la vida eterna. Y aun vuestro padre Moisés comprendió esto porque, en relación con sus experiencias junto a la zarza ardiente, él oyó al Padre decir: `Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob'. Así pues, juntamente con Moisés, yo declaro que mi Padre no es el Dios de los muertos sino el de los vivos. En él todos vosotros vivís, os reproducís, y poseéis vuestra existencia mortal».
Cuando Jesús hubo terminado de contestar estas preguntas, los saduceos se retiraron, y algunos de los fariseos tanto se olvidaron de sí mismos como para exclamar: «Es verdad, es verdad, Maestro, has contestado bien a estos saduceos incrédulos». Los saduceos no se atrevieron a hacerle más preguntas, y la gente común se maravilló de la sabiduría de sus enseñanzas.
Jesús apeló tan sólo a Moisés en este encuentro con los saduceos sólo porque esta secta político-religiosa reconocía solamente la validez de los cinco así llamados libros de Moisés; ellos no creían que las enseñanzas de los profetas fueran admisibles como base para los dogmas de la doctrina. El Maestro en su respuesta, aunque afirmando positivamente el hecho de la sobrevivencia de las criaturas mortales por la técnica de la resurrección, no habló de ninguna manera con aprobación de las creencias fariseas de la resurrección del concreto cuerpo humano. El concepto que Jesús deseaba acentuar era: Que el Padre había dicho: `Yo soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob', no yo era su Dios.
Los saduceos habían querido someter a Jesús a la influencia nefasta del ridículo, sabiendo muy bien que la persecución en público crearía con toda seguridad más simpatía hacia él en la mente de la multitud.
Jesús sabía, y también lo sabía la gente, que estos saduceos no eran sinceros al hacer esta pregunta, porque no era probable que realmente pudiera ocurrir este caso; además, esta práctica de los hermanos de un muerto que tratan de hacer hijos en su nombre, estaba prácticamente abandonada en esta época entre los judíos. Sin embargo, Jesús condescendió a contestar esta pregunta maliciosa. Dijo: «Erráis al hacer estas preguntas, porque no conocéis ni las Escrituras ni el poder vivo de Dios. Sabéis que los hijos de este mundo pueden casarse y pueden ser dados en matrimonio, pero parece que no comprendéis que los que son considerados merecedores de alcanzar los mundos venideros, mediante la resurrección de los rectos, ni se casan ni son dados en matrimonio. Los que experimentan la resurrección de los muertos son más parecidos a los ángeles del cielo, y nunca mueren. Estos seres resurrectos son eternamente los hijos de Dios; son los hijos de la luz resucitados al progreso de la vida eterna. Y aun vuestro padre Moisés comprendió esto porque, en relación con sus experiencias junto a la zarza ardiente, él oyó al Padre decir: `Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob'. Así pues, juntamente con Moisés, yo declaro que mi Padre no es el Dios de los muertos sino el de los vivos. En él todos vosotros vivís, os reproducís, y poseéis vuestra existencia mortal».
Cuando Jesús hubo terminado de contestar estas preguntas, los saduceos se retiraron, y algunos de los fariseos tanto se olvidaron de sí mismos como para exclamar: «Es verdad, es verdad, Maestro, has contestado bien a estos saduceos incrédulos». Los saduceos no se atrevieron a hacerle más preguntas, y la gente común se maravilló de la sabiduría de sus enseñanzas.
Jesús apeló tan sólo a Moisés en este encuentro con los saduceos sólo porque esta secta político-religiosa reconocía solamente la validez de los cinco así llamados libros de Moisés; ellos no creían que las enseñanzas de los profetas fueran admisibles como base para los dogmas de la doctrina. El Maestro en su respuesta, aunque afirmando positivamente el hecho de la sobrevivencia de las criaturas mortales por la técnica de la resurrección, no habló de ninguna manera con aprobación de las creencias fariseas de la resurrección del concreto cuerpo humano. El concepto que Jesús deseaba acentuar era: Que el Padre había dicho: `Yo soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob', no yo era su Dios.
Los saduceos habían querido someter a Jesús a la influencia nefasta del ridículo, sabiendo muy bien que la persecución en público crearía con toda seguridad más simpatía hacia él en la mente de la multitud.
lunes, 30 de diciembre de 2013
Las preguntas de los dirigentes judíos.
El lunes por la noche se celebró un
concilio entre el sanedrín y unos cincuenta líderes adicionales,
seleccionados entre los escribas, fariseos y saduceos. Fue consenso de
esta reunión que sería peligroso arrestar a Jesús en público, debido al
afecto con que contaba entre la gente común. También era opinión de la
mayoría que debía hacerse un esfuerzo decidido por desacreditarlo a los
ojos de la multitud antes de arrestarlo y llevarlo a juicio. Por lo
tanto, varios grupos de hombres eruditos fueron designados para estar
disponibles a la mañana siguiente en el templo con el objeto de hacerlo
caer en la trampa de preguntas difíciles, y de otra manera tratar de
ponerlo en una situación embarazosa ante la gente. Por fin, los
fariseos, los saduceos y aun los herodianos estaban todos unidos en este
esfuerzo dirigido a desacreditar a Jesús a los ojos de las multitudes
pascuales.
El martes por la mañana, cuando Jesús llegó al patio del templo y comenzó a enseñar, apenas si había pronunciado unas pocas palabras cuando un grupo de los estudiantes más jóvenes de las academias, a quienes se había hecho ensayar con este propósito, se adelantaron y por medio de su portavoz se dirigieron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres un instructor recto, y sabemos que proclamas los caminos de la verdad, y que tan sólo sirves a Dios, porque no temes a ningún hombre, y no haces acepción de personas. Somos tan sólo estudiantes, y nos gustaría conocer la verdad sobre un asunto que nos preocupa; nuestra dificultad es ésta: ¿Es legal para nosotros pagar tributo al césar? ¿Hemos de pagar tributo o no?» Jesús, percibiendo su hipocresía y artificio, les dijo: «¿Por qué venís de esta manera para tentarme? Mostradme el dinero del tributo, y yo os contestaré». Y cuando ellos le entregaron un denario, él lo miró y dijo: «¿Qué imagen e inscripción lleva esta moneda?» Cuando ellos le contestaron: «La del césar», Jesús dijo: «Dad al césar las cosas que son del césar y dad a Dios las cosas que son de Dios».
Cuando así hubo contestado, estos jóvenes escribas y sus cómplices herodianos, se retiraron de su presencia, y la gente, aun los saduceos, disfrutaron de su derrota. Aun los jóvenes que habían intentado hacerlo caer en la trampa, grandemente se maravillaron de la inesperada sagacidad de la respuesta del Maestro.
El día anterior, los líderes habían tratado de hacerlo tropezar ante la multitud en asuntos de autoridad eclesiástica, y habiendo fracasado, ahora intentaban enredarlo en una discusión dañina de la autoridad civil. Tanto Pilato como Herodes estaban en Jerusalén en ese momento, y los enemigos de Jesús conjeturaban que, si él se atrevía a aconsejar que no se pagara el tributo al césar, podrían ir inmediatamente ante las autoridades romanas y acusarlo de sedición. Por otra parte, si aconsejaba en muchas palabras explicativas el pago del tributo calculaban con justicia que dicha declaración heriría grandemente el orgullo nacional de sus oyentes judíos, alienando de esta manera la buena voluntad y el afecto de la multitud.
En todo esto, los enemigos de Jesús fueron derrotados puesto que era regla bien conocida del sanedrín, establecida para guiar a los judíos dispersos entre las naciones gentiles, que el «derecho de acuñar monedas conllevaba el derecho de cobrar impuestos». De esta manera Jesús había evitado la trampa. Haber contestado «no» a su pregunta habría sido equivalente a incitar a la rebelión; haber contestado «sí» habría chocado a los sentimientos nacionalistas profundamente arraigados de esa época. El Maestro no evadió la pregunta; meramente empleó la sabiduría de ofrecer una respuesta doble. Jesús nunca fue evasivo, pero siempre fue sabio en su trato con los que trataban de turbarlo y de destruirlo.
El martes por la mañana, cuando Jesús llegó al patio del templo y comenzó a enseñar, apenas si había pronunciado unas pocas palabras cuando un grupo de los estudiantes más jóvenes de las academias, a quienes se había hecho ensayar con este propósito, se adelantaron y por medio de su portavoz se dirigieron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres un instructor recto, y sabemos que proclamas los caminos de la verdad, y que tan sólo sirves a Dios, porque no temes a ningún hombre, y no haces acepción de personas. Somos tan sólo estudiantes, y nos gustaría conocer la verdad sobre un asunto que nos preocupa; nuestra dificultad es ésta: ¿Es legal para nosotros pagar tributo al césar? ¿Hemos de pagar tributo o no?» Jesús, percibiendo su hipocresía y artificio, les dijo: «¿Por qué venís de esta manera para tentarme? Mostradme el dinero del tributo, y yo os contestaré». Y cuando ellos le entregaron un denario, él lo miró y dijo: «¿Qué imagen e inscripción lleva esta moneda?» Cuando ellos le contestaron: «La del césar», Jesús dijo: «Dad al césar las cosas que son del césar y dad a Dios las cosas que son de Dios».
Cuando así hubo contestado, estos jóvenes escribas y sus cómplices herodianos, se retiraron de su presencia, y la gente, aun los saduceos, disfrutaron de su derrota. Aun los jóvenes que habían intentado hacerlo caer en la trampa, grandemente se maravillaron de la inesperada sagacidad de la respuesta del Maestro.
El día anterior, los líderes habían tratado de hacerlo tropezar ante la multitud en asuntos de autoridad eclesiástica, y habiendo fracasado, ahora intentaban enredarlo en una discusión dañina de la autoridad civil. Tanto Pilato como Herodes estaban en Jerusalén en ese momento, y los enemigos de Jesús conjeturaban que, si él se atrevía a aconsejar que no se pagara el tributo al césar, podrían ir inmediatamente ante las autoridades romanas y acusarlo de sedición. Por otra parte, si aconsejaba en muchas palabras explicativas el pago del tributo calculaban con justicia que dicha declaración heriría grandemente el orgullo nacional de sus oyentes judíos, alienando de esta manera la buena voluntad y el afecto de la multitud.
En todo esto, los enemigos de Jesús fueron derrotados puesto que era regla bien conocida del sanedrín, establecida para guiar a los judíos dispersos entre las naciones gentiles, que el «derecho de acuñar monedas conllevaba el derecho de cobrar impuestos». De esta manera Jesús había evitado la trampa. Haber contestado «no» a su pregunta habría sido equivalente a incitar a la rebelión; haber contestado «sí» habría chocado a los sentimientos nacionalistas profundamente arraigados de esa época. El Maestro no evadió la pregunta; meramente empleó la sabiduría de ofrecer una respuesta doble. Jesús nunca fue evasivo, pero siempre fue sabio en su trato con los que trataban de turbarlo y de destruirlo.
sábado, 28 de diciembre de 2013
El perdón divino.
Ya durante varios días Pedro y Santiago
habían discutido de sus diferencias de opinión sobre las enseñanzas del
Maestro relativas al perdón de los pecados. Ambos habían acordado
plantear el asunto a Jesús, y Pedro aprovechó esta ocasión como una
oportunidad adecuada para obtener el consejo del Maestro. Por lo tanto,
Simón Pedro interrumpió la conversación que trataba de las diferencias
entre la alabanza y la adoración, preguntando: «Maestro, Santiago y yo
no nos ponemos de acuerdo sobre tus enseñanzas relativas al perdón de
los pecados. Santiago sostiene que tú enseñas que el Padre nos perdona
aun antes de que nosotros se lo pidamos, y yo pienso que el
arrepentimiento y la confesión deben preceder al perdón. ¿Quién de
nosotros tiene razón? ¿Qué dices tú?»
Después de un corto silencio Jesús miró significativamente a los cuatro y contestó: «Hermanos míos, erráis en vuestras opiniones porque no comprendéis la naturaleza de esas relaciones íntimas y amantes entre la criatura y el Creador, entre el hombre y Dios. Falláis en captar esa compasión comprensiva que el padre sabio tiene para con su hijo inmaduro que, a veces, yerra. Es en verdad discutible si los padres inteligentes y afectuosos jamás se vean en una situación de perdonar a un hijo normal y corriente. Las relaciones comprensivas, asociadas con actitudes amantes, efectivamente previenen todas esas alienaciones que más tarde necesitan un reajuste mediante el arrepentimiento por parte del hijo y el perdón por parte del padre.
«Una parte de todo padre vive en el hijo. El padre disfruta de prioridad y superioridad de comprensión en todos los asuntos relacionados con la relación hijo-padre. El padre es capaz de ver la inmadurez del hijo a la luz de la madurez paterna más avanzada, la experiencia más madura del socio mayor. En el caso del hijo terrenal y el Padre celestial, el padre divino posee infinidad y divinidad de comprensión, y capacidad para una compasión amante. El perdón divino es inevitable; es inherente e inalienable a la infinita comprensión de Dios, en su conocimiento perfecto de todo lo que se relaciona con el juicio erróneo y la elección equivocada del hijo. La justicia divina es tan eternamente ecuánime que infaliblemente comprende una compasión misericordiosa.
«Cuando un hombre sabio comprende los impulsos interiores de sus semejantes, los amará. Y cuando amáis a vuestro hermano, ya le habéis perdonado. Esta capacidad de comprender la naturaleza humana y olvidar sus errores aparentes es deiforme. Si sois padres sabios, de esta manera amaréis y comprenderéis a vuestros hijos, aun les perdonaréis cuando una falta de comprensión pasajera os pueda aparentemente haber separado. El hijo, siendo inmaduro y faltándole la comprensión más plena de la profundidad de la relación hijopadre, debe frecuentemente experimentar una sensación de separación culpable de la aprobación plena del padre, pero el verdadero padre no tiene nunca conciencia de una separación semejante. El pecado es una experiencia de la conciencia de la criatura; no es parte de la conciencia de Dios.
«Vuestra incapacidad o falta de deseo de perdonar a vuestros semejantes es la medida de vuestra inmadurez, de vuestra incapacidad para alcanzar una compasión adulta, comprensión y amor. Sois rencorosos y vengativos en proporción directa a vuestra ignorancia de la naturaleza interior y de los deseos verdaderos de vuestros hijos y de vuestros semejantes. El amor es la manifestación exterior del impulso divino e interior de la vida. Está fundado en la comprensión, alimentado por el servicio altruista, y perfeccionado en la sabiduría».
Después de un corto silencio Jesús miró significativamente a los cuatro y contestó: «Hermanos míos, erráis en vuestras opiniones porque no comprendéis la naturaleza de esas relaciones íntimas y amantes entre la criatura y el Creador, entre el hombre y Dios. Falláis en captar esa compasión comprensiva que el padre sabio tiene para con su hijo inmaduro que, a veces, yerra. Es en verdad discutible si los padres inteligentes y afectuosos jamás se vean en una situación de perdonar a un hijo normal y corriente. Las relaciones comprensivas, asociadas con actitudes amantes, efectivamente previenen todas esas alienaciones que más tarde necesitan un reajuste mediante el arrepentimiento por parte del hijo y el perdón por parte del padre.
«Una parte de todo padre vive en el hijo. El padre disfruta de prioridad y superioridad de comprensión en todos los asuntos relacionados con la relación hijo-padre. El padre es capaz de ver la inmadurez del hijo a la luz de la madurez paterna más avanzada, la experiencia más madura del socio mayor. En el caso del hijo terrenal y el Padre celestial, el padre divino posee infinidad y divinidad de comprensión, y capacidad para una compasión amante. El perdón divino es inevitable; es inherente e inalienable a la infinita comprensión de Dios, en su conocimiento perfecto de todo lo que se relaciona con el juicio erróneo y la elección equivocada del hijo. La justicia divina es tan eternamente ecuánime que infaliblemente comprende una compasión misericordiosa.
«Cuando un hombre sabio comprende los impulsos interiores de sus semejantes, los amará. Y cuando amáis a vuestro hermano, ya le habéis perdonado. Esta capacidad de comprender la naturaleza humana y olvidar sus errores aparentes es deiforme. Si sois padres sabios, de esta manera amaréis y comprenderéis a vuestros hijos, aun les perdonaréis cuando una falta de comprensión pasajera os pueda aparentemente haber separado. El hijo, siendo inmaduro y faltándole la comprensión más plena de la profundidad de la relación hijopadre, debe frecuentemente experimentar una sensación de separación culpable de la aprobación plena del padre, pero el verdadero padre no tiene nunca conciencia de una separación semejante. El pecado es una experiencia de la conciencia de la criatura; no es parte de la conciencia de Dios.
«Vuestra incapacidad o falta de deseo de perdonar a vuestros semejantes es la medida de vuestra inmadurez, de vuestra incapacidad para alcanzar una compasión adulta, comprensión y amor. Sois rencorosos y vengativos en proporción directa a vuestra ignorancia de la naturaleza interior y de los deseos verdaderos de vuestros hijos y de vuestros semejantes. El amor es la manifestación exterior del impulso divino e interior de la vida. Está fundado en la comprensión, alimentado por el servicio altruista, y perfeccionado en la sabiduría».
martes, 17 de diciembre de 2013
El martes por la mañana en el templo.
A ESO de las siete de este martes por la mañana Jesús se reunió con
los apóstoles, el cuerpo de mujeres, y unas dos docenas de otros
discípulos prominentes en la casa de Simón. En esta reunión se despidió
de Lázaro, dándole esa instrucción que le llevó tan pronto después a
huir a Filadelfia en Perea, donde más tarde se relacionó con el
movimiento misionero que tenía su central en esa ciudad. Jesús también
se despidió del anciano Simón, y dio sus consejos de despedida al cuerpo
de mujeres, puesto que no volvió a dirigirse a ellas formalmente.
Esta mañana saludó a cada uno de lo doce con un saludo personal. A Andrés le dijo: «No te desanimes por los acontecimientos inminentes. Controla firmemente a tus hermanos y cuida de que no te vean deprimido». A Pedro le dijo: «No deposites tu confianza en el brazo ni en el acero. Establécete sobre los cimientos espirituales de las rocas eternas». A Santiago le dijo: «No titubees por las apariencias exteriores. Permanece fiel en tu fe, y pronto conocerás la realidad de aquello en lo que crees». A Juan le dijo: «Sé tierno; ama aun a tus enemigos; sé tolerante. Y recuerda que yo te he confiado muchas cosas». A Natanael le dijo: «No juzgues por las apariencias; permanece firme en tu fe aun cuando todo parezca esfumarse; sé fiel a tu misión de embajador del reino». A Felipe le dijo: «No te dejes conmover por los acontecimientos inminentes. Permanece inmutable, aun cuando no puedas ver el camino. Sé leal a tu juramento de consagración». A Mateo le dijo: «No olvides la misericordia que te recibió en el reino. Que ningún hombre te quite tu recompensa eterna. Así como has resistido las inclinaciones de la naturaleza mortal, dispónte a ser constante». A Tomás le dijo: «Aunque sea muy difícil, ahora debes caminar por lo que crees y no por lo que ves. No tengas dudas de mi habilidad para completar la obra que he comenzado, hasta que finalmente veré a todos mis fieles embajadores en el reino más allá». A los gemelos Alfeo les dijo: «No permitáis que las cosas que no podéis comprender os sobrecojan. Sed fieles al afecto de vuestro corazón y no coloquéis vuestra confianza ni en grandes hombres ni en la actitud cambiante de la gente. Aliaos con vuestros hermanos». A Simón el Zelote le dijo: «Simón, puedes estar sobrecogido por la desilusión, pero tu espíritu se elevará por sobre todas las cosas que te puedan suceder. Lo que no pudiste aprender de mí, mi espíritu te lo enseñará. Persigue las realidades verdaderas del espíritu y deja de ser atraído por las sombras irreales y materiales». Y a Judas Iscariote le dijo: «Judas, te he amado y he orado para que tú amaras a tus hermanos. No te canses de hacer el bien; y quiero advertirte que te cuides de los senderos resbalosos de las lisonjas y de los dardos envenenados del ridículo».
Y cuando hubo concluido estas salutaciones, partió hacia Jerusalén con Andrés, Pedro, Santiago y Juan mientras los demás apóstoles establecían el campamento de Getsemaní, a donde irían esa noche, y donde trasladaron su sede central por el resto de la vida en la carne del Maestro. Aproximadamente a mitad del camino bajando el Monte de los Olivos, Jesús pausó y conversó más de una hora con los cuatro apóstoles.
Esta mañana saludó a cada uno de lo doce con un saludo personal. A Andrés le dijo: «No te desanimes por los acontecimientos inminentes. Controla firmemente a tus hermanos y cuida de que no te vean deprimido». A Pedro le dijo: «No deposites tu confianza en el brazo ni en el acero. Establécete sobre los cimientos espirituales de las rocas eternas». A Santiago le dijo: «No titubees por las apariencias exteriores. Permanece fiel en tu fe, y pronto conocerás la realidad de aquello en lo que crees». A Juan le dijo: «Sé tierno; ama aun a tus enemigos; sé tolerante. Y recuerda que yo te he confiado muchas cosas». A Natanael le dijo: «No juzgues por las apariencias; permanece firme en tu fe aun cuando todo parezca esfumarse; sé fiel a tu misión de embajador del reino». A Felipe le dijo: «No te dejes conmover por los acontecimientos inminentes. Permanece inmutable, aun cuando no puedas ver el camino. Sé leal a tu juramento de consagración». A Mateo le dijo: «No olvides la misericordia que te recibió en el reino. Que ningún hombre te quite tu recompensa eterna. Así como has resistido las inclinaciones de la naturaleza mortal, dispónte a ser constante». A Tomás le dijo: «Aunque sea muy difícil, ahora debes caminar por lo que crees y no por lo que ves. No tengas dudas de mi habilidad para completar la obra que he comenzado, hasta que finalmente veré a todos mis fieles embajadores en el reino más allá». A los gemelos Alfeo les dijo: «No permitáis que las cosas que no podéis comprender os sobrecojan. Sed fieles al afecto de vuestro corazón y no coloquéis vuestra confianza ni en grandes hombres ni en la actitud cambiante de la gente. Aliaos con vuestros hermanos». A Simón el Zelote le dijo: «Simón, puedes estar sobrecogido por la desilusión, pero tu espíritu se elevará por sobre todas las cosas que te puedan suceder. Lo que no pudiste aprender de mí, mi espíritu te lo enseñará. Persigue las realidades verdaderas del espíritu y deja de ser atraído por las sombras irreales y materiales». Y a Judas Iscariote le dijo: «Judas, te he amado y he orado para que tú amaras a tus hermanos. No te canses de hacer el bien; y quiero advertirte que te cuides de los senderos resbalosos de las lisonjas y de los dardos envenenados del ridículo».
Y cuando hubo concluido estas salutaciones, partió hacia Jerusalén con Andrés, Pedro, Santiago y Juan mientras los demás apóstoles establecían el campamento de Getsemaní, a donde irían esa noche, y donde trasladaron su sede central por el resto de la vida en la carne del Maestro. Aproximadamente a mitad del camino bajando el Monte de los Olivos, Jesús pausó y conversó más de una hora con los cuatro apóstoles.
viernes, 6 de diciembre de 2013
La parábola del festín de boda.
Una vez que se retiraron los escribas y los
rectores, Jesús nuevamente se dirigió a la multitud reunida y relató la
parábola del festín de boda. Dijo:
«El reino del cielo es semejante a un rey que le hizo fiesta de boda a su hijo y envió mensajeros a llamar a los ya invitados al festín, diciendo: `Está todo listo para la cena de boda en el palacio del rey'. Ahora pues, muchos de los que antes habían prometido asistir, no quisieron venir. Cuando el rey escuchó que rechazaban su invitación, envió a otros siervos y mensajeros, diciendo: `Decid a todos los convidados, que vengan, porque, mirad, he preparado mi comida. Mis bueyes y mis cebones han sido matados, y todo está dispuesto para la celebración de la boda inminente de mi hijo'. Pero nuevamente estos invitados desconsiderados sin hacer caso de la convocatoria de su rey, se fueron por su camino, uno a su labranza, otro a su cerámica y otro a sus negocios. Y otros no se limitaron a despreciar así el llamado del rey, sino que en rebeldía abierta atacaron a los mensajeros del rey y los trataron vergonzosamente mal, aun matando a algunos de ellos. Cuando el rey percibió que sus huéspedes elegidos, aun los que habían aceptado su invitación preliminar y habían prometido asistir al festín de bodas, finalmente rechazaban su llamado y en rebeldía habían atacado, asaltado y matado a sus mensajeros elegidos, se airó extremadamente. Entonces este rey ofendido mandó sus ejércitos y los ejércitos de sus aliados y les instruyó que destruyeran a aquellos asesinos rebeldes y que incendiaran su ciudad.
«Y después de castigar así a los que habían despreciado su invitación, estableció otra fecha distinta para el festín de bodas y dijo a sus mensajeros: `Los que invité en primer término a la boda no eran dignos; id ahora pues a las salidas de los caminos y a las carreteras y aun más allá de los límites de la ciudad, e invitad a cuantos halléis aun a los extranjeros, que vengan y que asistan a este festín de bodas'. Entonces los siervos salieron a las carreteras y a los lugares retirados, y juntaron a cuantos hallaron, buenos y malos, ricos y pobres, de modo que por fin la cámara nupcial estaba llena de convidados. Cuando todo estuvo listo, el rey se presentó ante sus huéspedes, y se sorprendió de encontrar allí a un hombre sin manto nupcial. El rey, puesto que había proveído generosamente mantos nupciales para todos sus huéspedes, dirigiéndose a este hombre, dijo: `Amigo mío, ¿por qué vienes convidado en esta ocasión sin el manto nupcial'? Y este hombre que no estaba preparado enmudeció. Entonces dijo el rey a sus siervos: `Arrojad a este convidado desconsiderado de mi casa para que corra la misma suerte de todos los otros que despreciaron mi hospitalidad y rechazaron mi llamado. No tendré aquí a nadie sino a los que se regocijan de aceptar mi invitación, y que me hacen el honor de llevar los mantos nupciales que tan generosamente se les han proveído'».
Después de relatar esta parábola, Jesús estaba a punto de despedir a la multitud cuando un creyente simpatizante, abriéndose camino entre la multitud hacia él, preguntó: «Pero, Maestro, ¿cómo nos enteraremos de estas cosas? ¿Cómo podremos estar listos para la invitación del rey? ¿Qué signo nos darás para que nosotros sepamos que tú eres el Hijo de Dios?» Y cuando el Maestro oyó estas palabras, dijo: «Sólo un signo os será dado». Luego, indicando su propio cuerpo, siguió: «Destruid este templo, y en tres días yo volveré a levantarlo». Pero ellos no le comprendieron, y al dispersarse, hablaron entre ellos diciendo: «Por casi cincuenta años se ha estado construyendo este templo y sin embargo él dice que lo destruirá y lo volverá a edificar en tres días». Aun sus propios apóstoles no comprendieron el significado de esta declaración, pero posteriormente, después de su resurrección, recordaron sus palabras.
A eso de las cuatro de esta tarde Jesús señaló a sus apóstoles que deseaba salir del templo e ir a Betania para cenar y descansar por la noche. Mientras ascendían el Oliveto Jesús instruyó a Andrés, Felipe y Tomás que, al día siguiente, debían establecer un campamento cerca de la ciudad, para que lo ocuparan durante el resto de la semana pascual. De acuerdo con esta instrucción, a la mañana siguiente armaron las tiendas en una hondonada de la colina, desde la cual se veía el parque público del campamento de Getsemaní, sobre una parcela de tierra que pertenecía a Simón de Betania.
Nuevamente fue un grupo silencioso de judíos el que se abrió camino por la pendiente occidental del Monte de los Olivos este lunes por la noche. Estos doce hombres sentían, como nunca antes, que se avecinaba algo trágico. Aunque la limpieza dramática del templo esa mañana temprano había aumentado sus esperanzas de ver al Maestro imponerse él mismo y manifestar sus grandes poderes, los acontecimientos de la tarde sólo les producían desilusión, porque indicaban el rechazo certero de las enseñanzas de Jesús por parte de las autoridades judías. Los apóstoles eran presa del suspenso y prisioneros de una terrible incertidumbre. Se daban cuenta de que sólo unos pocos días podían pasar entre los acontecimientos del día recién transcurrido y el desencadenarse de la crisis inminente. Todos sentían que algo tremendo estaba por suceder, pero no sabían qué esperar. Fueron a sus distintos sitios de reposo, pero durmieron muy poco. Aun los gemelos Alfeo se apercibieron por fin de que los acontecimientos de la vida del Maestro se estaban acercando hacia su culminación final.
«El reino del cielo es semejante a un rey que le hizo fiesta de boda a su hijo y envió mensajeros a llamar a los ya invitados al festín, diciendo: `Está todo listo para la cena de boda en el palacio del rey'. Ahora pues, muchos de los que antes habían prometido asistir, no quisieron venir. Cuando el rey escuchó que rechazaban su invitación, envió a otros siervos y mensajeros, diciendo: `Decid a todos los convidados, que vengan, porque, mirad, he preparado mi comida. Mis bueyes y mis cebones han sido matados, y todo está dispuesto para la celebración de la boda inminente de mi hijo'. Pero nuevamente estos invitados desconsiderados sin hacer caso de la convocatoria de su rey, se fueron por su camino, uno a su labranza, otro a su cerámica y otro a sus negocios. Y otros no se limitaron a despreciar así el llamado del rey, sino que en rebeldía abierta atacaron a los mensajeros del rey y los trataron vergonzosamente mal, aun matando a algunos de ellos. Cuando el rey percibió que sus huéspedes elegidos, aun los que habían aceptado su invitación preliminar y habían prometido asistir al festín de bodas, finalmente rechazaban su llamado y en rebeldía habían atacado, asaltado y matado a sus mensajeros elegidos, se airó extremadamente. Entonces este rey ofendido mandó sus ejércitos y los ejércitos de sus aliados y les instruyó que destruyeran a aquellos asesinos rebeldes y que incendiaran su ciudad.
«Y después de castigar así a los que habían despreciado su invitación, estableció otra fecha distinta para el festín de bodas y dijo a sus mensajeros: `Los que invité en primer término a la boda no eran dignos; id ahora pues a las salidas de los caminos y a las carreteras y aun más allá de los límites de la ciudad, e invitad a cuantos halléis aun a los extranjeros, que vengan y que asistan a este festín de bodas'. Entonces los siervos salieron a las carreteras y a los lugares retirados, y juntaron a cuantos hallaron, buenos y malos, ricos y pobres, de modo que por fin la cámara nupcial estaba llena de convidados. Cuando todo estuvo listo, el rey se presentó ante sus huéspedes, y se sorprendió de encontrar allí a un hombre sin manto nupcial. El rey, puesto que había proveído generosamente mantos nupciales para todos sus huéspedes, dirigiéndose a este hombre, dijo: `Amigo mío, ¿por qué vienes convidado en esta ocasión sin el manto nupcial'? Y este hombre que no estaba preparado enmudeció. Entonces dijo el rey a sus siervos: `Arrojad a este convidado desconsiderado de mi casa para que corra la misma suerte de todos los otros que despreciaron mi hospitalidad y rechazaron mi llamado. No tendré aquí a nadie sino a los que se regocijan de aceptar mi invitación, y que me hacen el honor de llevar los mantos nupciales que tan generosamente se les han proveído'».
Después de relatar esta parábola, Jesús estaba a punto de despedir a la multitud cuando un creyente simpatizante, abriéndose camino entre la multitud hacia él, preguntó: «Pero, Maestro, ¿cómo nos enteraremos de estas cosas? ¿Cómo podremos estar listos para la invitación del rey? ¿Qué signo nos darás para que nosotros sepamos que tú eres el Hijo de Dios?» Y cuando el Maestro oyó estas palabras, dijo: «Sólo un signo os será dado». Luego, indicando su propio cuerpo, siguió: «Destruid este templo, y en tres días yo volveré a levantarlo». Pero ellos no le comprendieron, y al dispersarse, hablaron entre ellos diciendo: «Por casi cincuenta años se ha estado construyendo este templo y sin embargo él dice que lo destruirá y lo volverá a edificar en tres días». Aun sus propios apóstoles no comprendieron el significado de esta declaración, pero posteriormente, después de su resurrección, recordaron sus palabras.
A eso de las cuatro de esta tarde Jesús señaló a sus apóstoles que deseaba salir del templo e ir a Betania para cenar y descansar por la noche. Mientras ascendían el Oliveto Jesús instruyó a Andrés, Felipe y Tomás que, al día siguiente, debían establecer un campamento cerca de la ciudad, para que lo ocuparan durante el resto de la semana pascual. De acuerdo con esta instrucción, a la mañana siguiente armaron las tiendas en una hondonada de la colina, desde la cual se veía el parque público del campamento de Getsemaní, sobre una parcela de tierra que pertenecía a Simón de Betania.
Nuevamente fue un grupo silencioso de judíos el que se abrió camino por la pendiente occidental del Monte de los Olivos este lunes por la noche. Estos doce hombres sentían, como nunca antes, que se avecinaba algo trágico. Aunque la limpieza dramática del templo esa mañana temprano había aumentado sus esperanzas de ver al Maestro imponerse él mismo y manifestar sus grandes poderes, los acontecimientos de la tarde sólo les producían desilusión, porque indicaban el rechazo certero de las enseñanzas de Jesús por parte de las autoridades judías. Los apóstoles eran presa del suspenso y prisioneros de una terrible incertidumbre. Se daban cuenta de que sólo unos pocos días podían pasar entre los acontecimientos del día recién transcurrido y el desencadenarse de la crisis inminente. Todos sentían que algo tremendo estaba por suceder, pero no sabían qué esperar. Fueron a sus distintos sitios de reposo, pero durmieron muy poco. Aun los gemelos Alfeo se apercibieron por fin de que los acontecimientos de la vida del Maestro se estaban acercando hacia su culminación final.
domingo, 1 de diciembre de 2013
La parábola del amo ausente.
Cuando los principales fariseos y escribas que habían tratado de
hacer caer a Jesús en una trampa con sus preguntas, terminaron de
escuchar la historia de los dos hijos, se retiraron para asesorarse
ulteriormente entre ellos, y el Maestro, volviendo la atención a la
multitud de oyentes, relató otra parábola:
«Había un buen hombre, propietario de tierras, y plantó él una viña. La cercó de seto vivo, cavó en ella un pozo para el lagar de vino, y edificó una torre para los guardias. Luego le arrendó la viña a unos arrendatarios y se fue en un largo viaje a otro país. Cuando se acercó la temporada de los frutos, envió sus siervos a los arrendatarios, para que recibiesen sus rentas. Mas los arrendatarios se aconsejaron entre ellos y se negaron a dar a los siervos los frutos que le debían al amo; en cambio, cayeron sobre los siervos, a uno golpearon, a otro apedrearon, y enviaron a los demás de vuelta con las manos vacías. Cuando el propietario oyó lo que había ocurrido, envió a otros siervos más de confianza para que trataran con esos arrendatarios malvados, y a éstos, los arrendatarios hirieron y también trataron de una manera vergonzosa. Y entonces el amo envió a su siervo favorito, su mayordomo, y ellos lo mataron. Aun así, con paciencia y buena voluntad, envió muchos otros siervos, pero a ninguno de ellos lo recibían. A algunos los apalearon, a otros los mataron, y cuando el amo así fue tratado, decidió enviar a su hijo para que tratara con estos arrendatarios ingratos, diciéndose: `Puede que traten mal a mis siervos, pero con toda seguridad tendrán respeto a mi hijo amado'. Pero cuando los arrendatarios impenitentes y protervos vieron al hijo, razonaron para sus adentros: `Éste es el heredero; venid, matémoslo y su herencia será nuestra'. Así pues lo tomaron, y después de echarlo fuera de la viña, lo mataron. Cuando el propietario de la viña oiga que ellos rechazaron y mataron a su hijo, ¿qué hará él a aquellos arrendatarios ingratos y perversos?'».
Y cuando la gente escuchó esta parábola y la pregunta de Jesús, contestaron: «Destruirá a estos hombres miserables y arrendará su viña a otros arrendatarios honestos que le entreguen los frutos a su tiempo». Y cuando algunos de los oyentes percibieron que esta parábola se refería a la nación judía, a su trato de los profetas y al inminente rechazo de Jesús y del evangelio del reino, dijeron con pesadumbre: «Quiera Dios que no sigamos haciendo estas obras».
Jesús vio a un grupo de saduceos y fariseos que se abrían paso en la multitud, y se calló un momento, hasta que llegaron junto a él, entonces dijo: «Vosotros sabéis cómo vuestros padres rechazaron a los profetas, y bien sabéis que habéis decidido en vuestro corazón rechazar al Hijo del Hombre». Luego, mirando fijo a los ojos de los sacerdotes y ancianos que estaban de pie cerca de él, Jesús dijo: «Acaso nunca leísteis en las Escrituras sobre la piedra que rechazaron los edificadores, y que, cuando la gente la descubrió, fue hecha cabeza del ángulo? Así pues otra vez os advierto que, si continuáis rechazando este evangelio, finalmente el reino de Dios se os quitará y se le entregará a un pueblo que desee recibir la buena nueva y rendir los frutos del espíritu. Hay un misterio en esta piedra, puesto que el que la tropiece y caiga sobre ella, aunque se quebrante, será salvado; pero sobre el que cayere ésta, será hecho polvo y sus cenizas serán esparcidas a los cuatro vientos».
Cuando los fariseos escucharon estas palabras, comprendieron que Jesús se refería a ellos mismos y a los demás líderes judíos. Mucho deseaban arrestarlo en ese mismo momento, pero temían la multitud. Sin embargo, estaban tan airados por las palabras del Maestro que se retiraron y nuevamente se asesoraron entre ellos sobre cómo provocar su muerte. Esa noche, tanto los saduceos como los fariseos se unieron para planear hacerlo caer en una trampa al día siguiente.
sábado, 23 de noviembre de 2013
La parábola de los dos hijos.
Mientras los capciosos fariseos estaban allí de pie en silencio ante
Jesús, él bajó la mirada sobre ellos y dijo: «Puesto que dudáis de la
misión de Juan y os disponéis en enemistad contra las enseñanzas y las
obras del Hijo del Hombre, prestad oído mientras os relato una parábola:
Cierto terrateniente respetado y en buena posición tenía dos hijos, y
deseando la ayuda de sus hijos en el manejo de sus grandes posesiones
fue a ver a uno de ellos, diciendo: `Hijo, vete a trabajar hoy en mi
viñedo'. Este hijo despreocupado respondió al padre diciendo: `No iré';
pero después, se arrepintió y fue. Cuando encontró a su hijo mayor, del
mismo modo le dijo: `Hijo, vete a trabajar en mi viñedo'. Y este hijo
hipócrita e infiel contestó: `Sí, padre mío, iré'. Pero cuando su padre
partió, no fue. Os pregunto ahora, cuál de los dos hijos realmente hizo
la voluntad de su padre?»
Y la gente habló al unísono, diciendo: «El primero». Entonces dijo Jesús: «Aun así, ahora os digo que los publicanos y las rameras, aunque parezcan rechazar el llamado al arrepentimiento, verán el error en su estilo de vida e irán antes que vosotros al reino de Dios, que tanto pretendéis servir al Padre en el cielo y al mismo tiempo os negáis a hacer las obras del Padre. No fuisteis vosotros, fariseos y escribas, los creyentes de Juan sino más bien los publicanos y los pecadores; tampoco creéis vosotros en mis enseñanzas, pero la gente común escucha con deleite mis palabras».
Jesús no despreciaba personalmente a los
fariseos y saduceos. Era su sistema de enseñanzas y sus prácticas los
que él trataba de desacreditar. No mostraba hostilidad contra ningún
hombre, pero se estaba desencadenando aquí el choque inevitable entre
una religión del espíritu, nueva y viva, y la religión más antigua de la
ceremonia, la tradición y la autoridad.
Durante todo este tiempo, los doce apóstoles permanecieron cerca del Maestro, pero no participaron de ninguna manera en estas transacciones. Cada uno de los doce reaccionó en su forma peculiar a los acontecimientos de estos últimos días del ministerio de Jesús en la carne, y cada uno del mismo modo permaneció obediente a la admonición del Maestro de no enseñar ni predicar públicamente durante esta semana de Pascua.
Y la gente habló al unísono, diciendo: «El primero». Entonces dijo Jesús: «Aun así, ahora os digo que los publicanos y las rameras, aunque parezcan rechazar el llamado al arrepentimiento, verán el error en su estilo de vida e irán antes que vosotros al reino de Dios, que tanto pretendéis servir al Padre en el cielo y al mismo tiempo os negáis a hacer las obras del Padre. No fuisteis vosotros, fariseos y escribas, los creyentes de Juan sino más bien los publicanos y los pecadores; tampoco creéis vosotros en mis enseñanzas, pero la gente común escucha con deleite mis palabras».
Jesús no despreciaba personalmente a los
fariseos y saduceos. Era su sistema de enseñanzas y sus prácticas los
que él trataba de desacreditar. No mostraba hostilidad contra ningún
hombre, pero se estaba desencadenando aquí el choque inevitable entre
una religión del espíritu, nueva y viva, y la religión más antigua de la
ceremonia, la tradición y la autoridad.Durante todo este tiempo, los doce apóstoles permanecieron cerca del Maestro, pero no participaron de ninguna manera en estas transacciones. Cada uno de los doce reaccionó en su forma peculiar a los acontecimientos de estos últimos días del ministerio de Jesús en la carne, y cada uno del mismo modo permaneció obediente a la admonición del Maestro de no enseñar ni predicar públicamente durante esta semana de Pascua.
viernes, 22 de noviembre de 2013
El desafío a la autoridad del maestro.
El domingo la entrada triunfal del Maestro a Jerusalén tanto
sobrecogió a los líderes judíos que no se atrevieron a arrestar a Jesús.
Hoy, esta espectacular limpieza del templo del mismo modo pospuso
efectivamente el prendimiento del Maestro. Día tras día los potentados
de los judíos se tornaban más y más convencidos de su decisión de
destruirlo, pero estaban sobrecogidos por dos temores que se conjugaron
para postergar la hora del ataque. Los altos sacerdotes y los escribas
no estaban dispuestos a arrestar a Jesús en público, porque temían que
la multitud se volviera contra ellos en furioso resentimiento; también
temían la posibilidad de que hubiera que llamar a los guardias romanos
para ahogar una revuelta popular.
En la sesión del mediodía del sanedrín, ya que no había ningún amigo del Maestro asistiendo a esta reunión, se acordó unánimemente que Jesús debía ser destruido rápidamente. Pero no podían ponerse de acuerdo en cuanto a cuándo y cómo debía ser arrestado. Finalmente, acordaron nombrar cinco grupos para que salieran entre la gente e intentaran enredarlo en una trampa en sus enseñanzas o de otra manera desacreditarlo a los ojos de los que escuchaban sus enseñanzas. Por lo tanto, a eso de las dos de la tarde, cuando Jesús acababa de comenzar su discurso sobre «la libertad de la filiación», un grupo de estos ancianos de Israel se abrió paso hasta llegar cerca de Jesús e, interrumpiéndolo de su manera acostumbraba, hicieron esta pregunta: ¿«Por cuál autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?»
Era completamente apropiado que los rectores del templo y los funcionarios del sanedrín judío hicieran esta pregunta al que presumiera enseñar y actuar de la manera extraordinaria que había sido característica de Jesús, especialmente en cuanto se refería a su reciente conducta al limpiar el templo de todo comercio. Estos mercaderes y cambistas operaban por licencia directa de los líderes más altos, y un porcentaje de sus ganancias supuestamente iba directamente al tesoro del templo. No os olvidéis que autoridad era el lema clave de todo el pueblo judaico. Los profetas siempre provocaban problemas porque presumían tan audazmente enseñar sin autoridad, sin haber sido debidamente instruidos en las academias rabínicas y posteriormente con regularidad ordenados por el sanedrín. La falta de esta autoridad en la enseñanza pretenciosa pública se consideraba como indicación de presunción ignorante o de rebeldía abierta. En esta época, sólo el sanedrín podía ordenar a un anciano o a un instructor, y la ceremonia debía celebrarse en presencia de por lo menos tres personas que hubieran sido previamente ordenadas de la misma manera. Tal ordenación confería el título de «rabino» al maestro y también lo calificaba para actuar como juez, «atando o soltando los asuntos que pudieran traerse ante él para su adjudicación».
Los rectores del templo se presentaron ante Jesús en esta hora de la tarde desafiando no sólo sus enseñanzas sino sus acciones. Jesús bien sabía que estos mismos hombres habían enseñado durante mucho tiempo públicamente que la autoridad de él para enseñar era satánica, y que todas sus obras poderosas habían sido forjadas por poder del príncipe de los diablos. Por consiguiente, el Maestro comenzó su respuesta a esta pregunta haciéndoles a su vez una pregunta. Dijo Jesús: «También me gustaría haceros a vosotros una pregunta que, si queréis contestarla, yo del mismo modo os diré por cuál autoridad hago estas obras. El bautismo de Juan, ¿de dónde vino? ¿Recibió Juan su autoridad del cielo o de los hombres?»
Cuando los que lo interrogaban oyeron esto,
se apartaron para asesorarse entre ellos en cuanto a qué respuesta
debían dar. Habían planeado colocar a Jesús en una situación incómoda
ante la multitud, pero ahora se encontraban ellos altamente confusos
frente a todos los que estaban congregados en ese momento en el patio
del templo. Su derrota fue aun más aparente cuando volvieron ante Jesús,
diciendo: «En cuanto al bautismo de Juan, no podemos responder; no
sabemos». Contestaron así al Maestro porque habían razonado entre ellos:
si decimos `del cielo', entonces él dirá, `por qué no creísteis en él',
y tal vez agregará que él recibió su autoridad de Juan; y si decimos
que de los hombres, entonces la multitud tal vez se vuelva contra
nosotros, porque la mayoría de ellos piensa que Juan fue un profeta; de
manera que se vieron obligados a presentarse ante Jesús y la multitud, y
confesar que ellos, los enseñantes y líderes religiosos de Israel, no
podían (o no querían) expresar una opinión sobre la misión de Juan. Y
cuando así hablaron, Jesús, bajando la mirada sobre ellos dijo: «Tampoco
os diré yo por qué autoridad hago estas cosas».
Jesús nunca tuvo la intención de apelar a Juan para su autoridad. El sanedrín nunca ordenó a Juan. La autoridad de Jesús estaba en él mismo y en la supremacía eterna de su Padre.
Al emplear este método de trato con sus adversarios, Jesús no tenía la intención de evitar la pregunta. A primera vista, podría parecer que él fue culpable de una evasión maestra, pero no fue así. Jesús no estaba nunca dispuesto a sacar injusta ventaja ni siquiera de sus enemigos. En esta evasión aparente, él en realidad proveyó a sus oyentes la respuesta a la pregunta farisea en cuanto a qué autoridad había detrás de su misión. Ellos habían afirmado que él actuaba por autoridad del príncipe de los diablos. Jesús había afirmado repetidamente que todas sus enseñanzas y obras eran por poder y autoridad de su Padre en el cielo. Esto los líderes judíos se negaban a aceptar y estaban tratando de ponerlo contra la pared, para que admitiera que él era un maestro irregular puesto que no había sido sancionado nunca por el sanedrín. Al responderles como lo hizo, aunque no reclamó que su autoridad viniera de Juan, satisfizo de esta manera a la gente con una alusión de que el esfuerzo de sus enemigos por atraparlo estaba en realidad dirigido contra ellos mismos y los desacreditaba a ellos ante los ojos de todos los presentes.
Era este magistral trato del Maestro con
sus adversarios, que tanto los asustaba. No intentaron hacer ninguna
otra pregunta ese día; se retiraron para asesorarse ulteriormente entre
ellos. Pero la gente no tardó en discernir la deshonestidad y falta de
sinceridad en estas preguntas hechas por los dirigentes judíos. Aun la
gente común no podía dejar de distinguir entre la majestad moral del
Maestro y la hipocresía intrigante de sus enemigos. Pero la limpieza del
templo atrajo a los saduceos a que se aliaran con los fariseos en el
perfeccionamiento de un plan para destruir a Jesús. Los saduceos
representaban ahora una mayoría en el sanedrín.
En la sesión del mediodía del sanedrín, ya que no había ningún amigo del Maestro asistiendo a esta reunión, se acordó unánimemente que Jesús debía ser destruido rápidamente. Pero no podían ponerse de acuerdo en cuanto a cuándo y cómo debía ser arrestado. Finalmente, acordaron nombrar cinco grupos para que salieran entre la gente e intentaran enredarlo en una trampa en sus enseñanzas o de otra manera desacreditarlo a los ojos de los que escuchaban sus enseñanzas. Por lo tanto, a eso de las dos de la tarde, cuando Jesús acababa de comenzar su discurso sobre «la libertad de la filiación», un grupo de estos ancianos de Israel se abrió paso hasta llegar cerca de Jesús e, interrumpiéndolo de su manera acostumbraba, hicieron esta pregunta: ¿«Por cuál autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?»
Era completamente apropiado que los rectores del templo y los funcionarios del sanedrín judío hicieran esta pregunta al que presumiera enseñar y actuar de la manera extraordinaria que había sido característica de Jesús, especialmente en cuanto se refería a su reciente conducta al limpiar el templo de todo comercio. Estos mercaderes y cambistas operaban por licencia directa de los líderes más altos, y un porcentaje de sus ganancias supuestamente iba directamente al tesoro del templo. No os olvidéis que autoridad era el lema clave de todo el pueblo judaico. Los profetas siempre provocaban problemas porque presumían tan audazmente enseñar sin autoridad, sin haber sido debidamente instruidos en las academias rabínicas y posteriormente con regularidad ordenados por el sanedrín. La falta de esta autoridad en la enseñanza pretenciosa pública se consideraba como indicación de presunción ignorante o de rebeldía abierta. En esta época, sólo el sanedrín podía ordenar a un anciano o a un instructor, y la ceremonia debía celebrarse en presencia de por lo menos tres personas que hubieran sido previamente ordenadas de la misma manera. Tal ordenación confería el título de «rabino» al maestro y también lo calificaba para actuar como juez, «atando o soltando los asuntos que pudieran traerse ante él para su adjudicación».
Los rectores del templo se presentaron ante Jesús en esta hora de la tarde desafiando no sólo sus enseñanzas sino sus acciones. Jesús bien sabía que estos mismos hombres habían enseñado durante mucho tiempo públicamente que la autoridad de él para enseñar era satánica, y que todas sus obras poderosas habían sido forjadas por poder del príncipe de los diablos. Por consiguiente, el Maestro comenzó su respuesta a esta pregunta haciéndoles a su vez una pregunta. Dijo Jesús: «También me gustaría haceros a vosotros una pregunta que, si queréis contestarla, yo del mismo modo os diré por cuál autoridad hago estas obras. El bautismo de Juan, ¿de dónde vino? ¿Recibió Juan su autoridad del cielo o de los hombres?»
Cuando los que lo interrogaban oyeron esto,
se apartaron para asesorarse entre ellos en cuanto a qué respuesta
debían dar. Habían planeado colocar a Jesús en una situación incómoda
ante la multitud, pero ahora se encontraban ellos altamente confusos
frente a todos los que estaban congregados en ese momento en el patio
del templo. Su derrota fue aun más aparente cuando volvieron ante Jesús,
diciendo: «En cuanto al bautismo de Juan, no podemos responder; no
sabemos». Contestaron así al Maestro porque habían razonado entre ellos:
si decimos `del cielo', entonces él dirá, `por qué no creísteis en él',
y tal vez agregará que él recibió su autoridad de Juan; y si decimos
que de los hombres, entonces la multitud tal vez se vuelva contra
nosotros, porque la mayoría de ellos piensa que Juan fue un profeta; de
manera que se vieron obligados a presentarse ante Jesús y la multitud, y
confesar que ellos, los enseñantes y líderes religiosos de Israel, no
podían (o no querían) expresar una opinión sobre la misión de Juan. Y
cuando así hablaron, Jesús, bajando la mirada sobre ellos dijo: «Tampoco
os diré yo por qué autoridad hago estas cosas».Jesús nunca tuvo la intención de apelar a Juan para su autoridad. El sanedrín nunca ordenó a Juan. La autoridad de Jesús estaba en él mismo y en la supremacía eterna de su Padre.
Al emplear este método de trato con sus adversarios, Jesús no tenía la intención de evitar la pregunta. A primera vista, podría parecer que él fue culpable de una evasión maestra, pero no fue así. Jesús no estaba nunca dispuesto a sacar injusta ventaja ni siquiera de sus enemigos. En esta evasión aparente, él en realidad proveyó a sus oyentes la respuesta a la pregunta farisea en cuanto a qué autoridad había detrás de su misión. Ellos habían afirmado que él actuaba por autoridad del príncipe de los diablos. Jesús había afirmado repetidamente que todas sus enseñanzas y obras eran por poder y autoridad de su Padre en el cielo. Esto los líderes judíos se negaban a aceptar y estaban tratando de ponerlo contra la pared, para que admitiera que él era un maestro irregular puesto que no había sido sancionado nunca por el sanedrín. Al responderles como lo hizo, aunque no reclamó que su autoridad viniera de Juan, satisfizo de esta manera a la gente con una alusión de que el esfuerzo de sus enemigos por atraparlo estaba en realidad dirigido contra ellos mismos y los desacreditaba a ellos ante los ojos de todos los presentes.
Era este magistral trato del Maestro con
sus adversarios, que tanto los asustaba. No intentaron hacer ninguna
otra pregunta ese día; se retiraron para asesorarse ulteriormente entre
ellos. Pero la gente no tardó en discernir la deshonestidad y falta de
sinceridad en estas preguntas hechas por los dirigentes judíos. Aun la
gente común no podía dejar de distinguir entre la majestad moral del
Maestro y la hipocresía intrigante de sus enemigos. Pero la limpieza del
templo atrajo a los saduceos a que se aliaran con los fariseos en el
perfeccionamiento de un plan para destruir a Jesús. Los saduceos
representaban ahora una mayoría en el sanedrín.
jueves, 21 de noviembre de 2013
La limpieza del templo.
Se llevaban a cabo grandes negocios en
asociación con los servicios y ceremonias del templo. Existía el
comercio de proveer animales indicados para los distintos sacrificios.
Aunque era permitido que un adorador proveyera su propio sacrificio,
estaba el hecho de que este animal debía estar libre de todo «defecto»
en el sentido de la ley levítica y según la interpretación de la ley por
parte de los inspectores oficiales del templo. Muchos de los adoradores
habían sufrido la humillación de que un animal supuestamente perfecto
que traían, fuera rechazado por los examinadores del templo. Por
consiguiente, se hizo práctica general adquirir los animales para el
sacrificio en el templo mismo, y aunque había varios sitios en el
cercano del Oliveto donde se podían comprar animales, se había vuelto
costumbre comprarlos directamente de los corrales del templo.
Gradualmente se había establecido esta costumbre de vender todo tipo de
animales de sacrificio en los patios del templo. Se había desarrollado
de esta manera un floreciente comercio, en el cual se obtenían enormes
utilidades. Parte de estas ganancias se reservaba para el tesoro del
templo, pero la porción más grande terminaba indirectamente en las manos
de las familias de los altos sacerdotes.
Esta venta de animales en el templo prosperó porque, cuando el adorador compraba así un animal, aunque el precio fuera un tanto más alto, no tenía que pagar ningún otro honorario, y podía estar seguro de que la ofrenda no sería rechazada porque el animal tuviera defectos verdaderos o imaginados. En distintas épocas hubo prácticas de exorbitantes sobrecargos al pueblo, especialmente durante las grandes fiestas nacionales. En cierta época, algunos sacerdotes codiciosos llegaron hasta exigir el equivalente del valor de una semana de trabajo a cambio de un par de palomas que deberían haber sido vendidas a los pobres por unos pocos centavos. Los «hijos de Anás» ya habían empezado a establecer su bazar en los precintos del templo, mercados de abastecimiento que perduraron hasta el momento en que fueron finalmente arrojados por una turba de gente, tres años antes de la destrucción del templo mismo.
Pero el tráfico de animales sacrificatorios y de otras mercancías no era la única manera en la cual se profanaban los patios del templo. En esta época había un extenso sistema de intercambio bancario y comercial que se realizaba directamente dentro de los precintos del templo. Y todo esto se había establecido así: Durante la dinastía de los Asmoneos, los judíos acuñaban su propia moneda de plata, y se había vuelto práctica exigir que las tarifas del templo de medio siclo y todos los demás gravámenes del templo se pagaran en esta moneda judía. Esta reglamentación necesitaba la autorización de un número requisito de cambistas para intercambiar los muchos tipos de divisas en circulación por toda Palestina y las demás provincias del imperio romano con este siclo ortodoxo de acuñación judía. El impuesto del templo por persona, pagadero por todos excepto las mujeres, los esclavos y los menores, era de medio siclo, una moneda de tamaño de diez centavos de dólar, pero del doble de espesor. En la época de Jesús, los sacerdotes también habían sido eximidos del pago de las tarifas del templo. Por lo tanto, entre el 15 y el 25 del mes anterior a la Pascua, los cambistas acreditados erigían sus puestos en las principales ciudades de Palestina, con el fin de proveer a los judíos con el dinero apropiado para pagar las tarifas del templo al llegar a Jerusalén. Después de este período de diez días, estos cambistas se trasladaban a Jerusalén y montaban sus mesas de cambio de divisa en los patios del templo. Se les permitía cobrar una comisión del treinta, o aun, cuarenta por ciento, y en caso de monedas de mayor valor ofrecidas para cambio, les estaba permitido cobrar el doble. Del mismo modo, estos banqueros del templo ganaban sobre el cambio de toda moneda para la compra de animales sacrificatorios y para el pago de votos y de ofrendas.
Estos cambiadores de moneda del templo no sólo conducían un comercio regular de banquero para fines lucrativos en el intercambio de más de veinte tipos de dinero que traían periódicamente a Jerusalén los peregrinos visitantes, sino que también hacían todos los demás tipos de transacciones correspondientes al negocio banquero. Tanto el tesoro del templo como los rectores del mismo ganaban enormes utilidades en estas actividades comerciales. No era infrecuente que el tesoro del templo contuviera el equivalente de más de diez millones de dólares, mientras que la gente común languidecía en la pobreza y seguía pagando estas contribuciones injustas.
En el medio de esta multitud ruidosa de cambistas, mercaderes, y vendedores de ganado, este lunes por la mañana, Jesús, intentó enseñar el evangelio del reino del cielo. No era el único en resentir esta profanación del templo; la gente común, especialmente los visitantes judíos provenientes de las provincias extranjeras, también resentían de todo corazón esta profanación interesada de su templo nacional de culto. En esta época el sanedrín mismo celebraba reuniones regulares en un aposento sumergido en el ruido y la confusión de este comercio e intercambio.
Cuando Jesús se disponía a comenzar su
discurso, sucedieron dos cosas que llamaron su atención. Junto a la mesa
de uno de los cambistas situada allí cerca, surgió un violento y
excitado altercado porque supuestamente se le había cobrado demasiado a
un judío de Alejandría; al mismo tiempo se llenó la atmósfera de los
mugidos de una manada de alrededor de cien bueyes que eran conducidos de
una sección de los corrales a otra. Al pausar Jesús, contemplando
silenciosa pero pensativamente esta escena de comercio y confusión, vio
ahí cerca a un galileo de mente sencilla, un hombre con el cual había
hablado él cierta vez en Irón, que estaba siendo ridiculizado y burlado
por ciertos judeanos supuestamente superiores y elitistas; todo esto se
combinó para que surgiera en el alma de Jesús una de esas extrañas
descargas periódicas de indignada emoción.
Ante el asombro de sus apóstoles, que estaban cerca, y que se refrenaron de participar en lo que tan pronto ocurriría, Jesús bajó de la plataforma de enseñanza y, acercándose al muchacho que conducía el ganado a través del patio, le quitó el látigo de cuerdas y rápidamente sacó del templo a los animales. Pero eso no fue todo; ante la mirada sorprendida de los miles reunidos en el patio del templo, se dirigió majestuosamente al corral de ganado más alejado, y procedió a abrir las puertas de cada uno de los establos y sacar de allí a los animales aprisionados. A esta altura, los peregrinos allí reunidos estaban electrificados, y con gritos retumbantes se abalanzaron a los bazares, volcando las mesas de los cambistas. En menos de cinco minutos todo el comercio había sido barrido del templo. En el momento en que aparecieron los guardias romanos, que estaban cerca del templo, ya reinaba la calma y las multitudes habían vuelto al orden; Jesús, volviendo a la plataforma de los oradores, habló a la multitud: «Habéis presenciado este día lo que está escrito en las Escrituras: `Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones'».
Pero antes de que pudiera pronunciar otras palabras, la gran congregación estalló en hosannas de alabanza, y surgió un grupo de jóvenes de la multitud cantando himnos de gratitud por haber sido echados del templo sagrado los mercaderes profanos e interesados. A esta altura habían llegado algunos sacerdotes a la escena, y uno de ellos dijo a Jesús: «¿Acaso no oyes lo que dicen los hijos de los levitas?» Y el Maestro replicó: «Has leído alguna vez, `de la boca de los niños y de los que maman se ha perfeccionado la alabanza?'» Durante el resto del día, mientras Jesús enseñaba, los guardianes, puestos por la misma gente a que vigilaran, estuvieron de centinela en cada galería, y no permitieron que nadie llevara ni siquiera una vasija vacía por los patios del templo.
Cuando los altos sacerdotes y los escribas se enteraron de estos acontecimientos, estuvieron confundidos. Temían aun más al Maestro, y aun más estaban decididos a destruirlo. Pero estaban anonadados. No sabían cómo disponer su muerte, porque mucho temían a las multitudes, que ya habían expresado abiertamente su aprobación de la acción de Jesús de echar del templo a los comerciantes profanos. Durante todo ese día, un día de calma y paz en los patios del templo, el pueblo escuchó las enseñanzas de Jesús y literalmente pendía de sus labios.
Esta sorprendente acción de Jesús estaba más allá de la comprensión de sus apóstoles. Estaban ellos tan sorprendidos por este acto repentino e inesperado de su Maestro que permanecieron todos juntos, cerca de la plataforma del orador, durante todo el episodio; ni siquiera levantaron un dedo para colaborar en esta limpieza del templo. Si este acontecimiento espectacular hubiera ocurrido el día anterior, en el momento de la llegada triunfal de Jesús al templo, como culminación de la tumultuosa procesión a través de las puertas de la ciudad, aclamado durante todo ese tiempo por las multitudes, habrían estado preparados, pero así como se dieron los eventos no estaban de ninguna manera listos para participar.
Esta limpieza del templo revela la actitud del Maestro hacia la comercialización de las prácticas de la religión, así como también el hecho de que detestaba toda forma de injusticia y aprovechamiento a expensas de los pobres y de los ignorantes. Este episodio también demuestra que Jesús no consideraba con aprobación la actitud de no emplear la fuerza cuando se trataba de proteger a una mayoría de determinado grupo humano contra las prácticas injustas y esclavizantes de una minoría injusta, posiblemente afianzada en el poder político, financiero o eclesiástico. No se debe permitir a los hombres astutos, malvados e intrigantes que se organicen para la explotación y opresión de los que, debido a su idealismo, no están dispuestos a recurrir a la fuerza para protegerse ni para fomentar sus proyectos laudables de vida.
Esta venta de animales en el templo prosperó porque, cuando el adorador compraba así un animal, aunque el precio fuera un tanto más alto, no tenía que pagar ningún otro honorario, y podía estar seguro de que la ofrenda no sería rechazada porque el animal tuviera defectos verdaderos o imaginados. En distintas épocas hubo prácticas de exorbitantes sobrecargos al pueblo, especialmente durante las grandes fiestas nacionales. En cierta época, algunos sacerdotes codiciosos llegaron hasta exigir el equivalente del valor de una semana de trabajo a cambio de un par de palomas que deberían haber sido vendidas a los pobres por unos pocos centavos. Los «hijos de Anás» ya habían empezado a establecer su bazar en los precintos del templo, mercados de abastecimiento que perduraron hasta el momento en que fueron finalmente arrojados por una turba de gente, tres años antes de la destrucción del templo mismo.
Pero el tráfico de animales sacrificatorios y de otras mercancías no era la única manera en la cual se profanaban los patios del templo. En esta época había un extenso sistema de intercambio bancario y comercial que se realizaba directamente dentro de los precintos del templo. Y todo esto se había establecido así: Durante la dinastía de los Asmoneos, los judíos acuñaban su propia moneda de plata, y se había vuelto práctica exigir que las tarifas del templo de medio siclo y todos los demás gravámenes del templo se pagaran en esta moneda judía. Esta reglamentación necesitaba la autorización de un número requisito de cambistas para intercambiar los muchos tipos de divisas en circulación por toda Palestina y las demás provincias del imperio romano con este siclo ortodoxo de acuñación judía. El impuesto del templo por persona, pagadero por todos excepto las mujeres, los esclavos y los menores, era de medio siclo, una moneda de tamaño de diez centavos de dólar, pero del doble de espesor. En la época de Jesús, los sacerdotes también habían sido eximidos del pago de las tarifas del templo. Por lo tanto, entre el 15 y el 25 del mes anterior a la Pascua, los cambistas acreditados erigían sus puestos en las principales ciudades de Palestina, con el fin de proveer a los judíos con el dinero apropiado para pagar las tarifas del templo al llegar a Jerusalén. Después de este período de diez días, estos cambistas se trasladaban a Jerusalén y montaban sus mesas de cambio de divisa en los patios del templo. Se les permitía cobrar una comisión del treinta, o aun, cuarenta por ciento, y en caso de monedas de mayor valor ofrecidas para cambio, les estaba permitido cobrar el doble. Del mismo modo, estos banqueros del templo ganaban sobre el cambio de toda moneda para la compra de animales sacrificatorios y para el pago de votos y de ofrendas.
Estos cambiadores de moneda del templo no sólo conducían un comercio regular de banquero para fines lucrativos en el intercambio de más de veinte tipos de dinero que traían periódicamente a Jerusalén los peregrinos visitantes, sino que también hacían todos los demás tipos de transacciones correspondientes al negocio banquero. Tanto el tesoro del templo como los rectores del mismo ganaban enormes utilidades en estas actividades comerciales. No era infrecuente que el tesoro del templo contuviera el equivalente de más de diez millones de dólares, mientras que la gente común languidecía en la pobreza y seguía pagando estas contribuciones injustas.
En el medio de esta multitud ruidosa de cambistas, mercaderes, y vendedores de ganado, este lunes por la mañana, Jesús, intentó enseñar el evangelio del reino del cielo. No era el único en resentir esta profanación del templo; la gente común, especialmente los visitantes judíos provenientes de las provincias extranjeras, también resentían de todo corazón esta profanación interesada de su templo nacional de culto. En esta época el sanedrín mismo celebraba reuniones regulares en un aposento sumergido en el ruido y la confusión de este comercio e intercambio.
Cuando Jesús se disponía a comenzar su
discurso, sucedieron dos cosas que llamaron su atención. Junto a la mesa
de uno de los cambistas situada allí cerca, surgió un violento y
excitado altercado porque supuestamente se le había cobrado demasiado a
un judío de Alejandría; al mismo tiempo se llenó la atmósfera de los
mugidos de una manada de alrededor de cien bueyes que eran conducidos de
una sección de los corrales a otra. Al pausar Jesús, contemplando
silenciosa pero pensativamente esta escena de comercio y confusión, vio
ahí cerca a un galileo de mente sencilla, un hombre con el cual había
hablado él cierta vez en Irón, que estaba siendo ridiculizado y burlado
por ciertos judeanos supuestamente superiores y elitistas; todo esto se
combinó para que surgiera en el alma de Jesús una de esas extrañas
descargas periódicas de indignada emoción.Ante el asombro de sus apóstoles, que estaban cerca, y que se refrenaron de participar en lo que tan pronto ocurriría, Jesús bajó de la plataforma de enseñanza y, acercándose al muchacho que conducía el ganado a través del patio, le quitó el látigo de cuerdas y rápidamente sacó del templo a los animales. Pero eso no fue todo; ante la mirada sorprendida de los miles reunidos en el patio del templo, se dirigió majestuosamente al corral de ganado más alejado, y procedió a abrir las puertas de cada uno de los establos y sacar de allí a los animales aprisionados. A esta altura, los peregrinos allí reunidos estaban electrificados, y con gritos retumbantes se abalanzaron a los bazares, volcando las mesas de los cambistas. En menos de cinco minutos todo el comercio había sido barrido del templo. En el momento en que aparecieron los guardias romanos, que estaban cerca del templo, ya reinaba la calma y las multitudes habían vuelto al orden; Jesús, volviendo a la plataforma de los oradores, habló a la multitud: «Habéis presenciado este día lo que está escrito en las Escrituras: `Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones'».
Pero antes de que pudiera pronunciar otras palabras, la gran congregación estalló en hosannas de alabanza, y surgió un grupo de jóvenes de la multitud cantando himnos de gratitud por haber sido echados del templo sagrado los mercaderes profanos e interesados. A esta altura habían llegado algunos sacerdotes a la escena, y uno de ellos dijo a Jesús: «¿Acaso no oyes lo que dicen los hijos de los levitas?» Y el Maestro replicó: «Has leído alguna vez, `de la boca de los niños y de los que maman se ha perfeccionado la alabanza?'» Durante el resto del día, mientras Jesús enseñaba, los guardianes, puestos por la misma gente a que vigilaran, estuvieron de centinela en cada galería, y no permitieron que nadie llevara ni siquiera una vasija vacía por los patios del templo.
Cuando los altos sacerdotes y los escribas se enteraron de estos acontecimientos, estuvieron confundidos. Temían aun más al Maestro, y aun más estaban decididos a destruirlo. Pero estaban anonadados. No sabían cómo disponer su muerte, porque mucho temían a las multitudes, que ya habían expresado abiertamente su aprobación de la acción de Jesús de echar del templo a los comerciantes profanos. Durante todo ese día, un día de calma y paz en los patios del templo, el pueblo escuchó las enseñanzas de Jesús y literalmente pendía de sus labios.
Esta sorprendente acción de Jesús estaba más allá de la comprensión de sus apóstoles. Estaban ellos tan sorprendidos por este acto repentino e inesperado de su Maestro que permanecieron todos juntos, cerca de la plataforma del orador, durante todo el episodio; ni siquiera levantaron un dedo para colaborar en esta limpieza del templo. Si este acontecimiento espectacular hubiera ocurrido el día anterior, en el momento de la llegada triunfal de Jesús al templo, como culminación de la tumultuosa procesión a través de las puertas de la ciudad, aclamado durante todo ese tiempo por las multitudes, habrían estado preparados, pero así como se dieron los eventos no estaban de ninguna manera listos para participar.
Esta limpieza del templo revela la actitud del Maestro hacia la comercialización de las prácticas de la religión, así como también el hecho de que detestaba toda forma de injusticia y aprovechamiento a expensas de los pobres y de los ignorantes. Este episodio también demuestra que Jesús no consideraba con aprobación la actitud de no emplear la fuerza cuando se trataba de proteger a una mayoría de determinado grupo humano contra las prácticas injustas y esclavizantes de una minoría injusta, posiblemente afianzada en el poder político, financiero o eclesiástico. No se debe permitir a los hombres astutos, malvados e intrigantes que se organicen para la explotación y opresión de los que, debido a su idealismo, no están dispuestos a recurrir a la fuerza para protegerse ni para fomentar sus proyectos laudables de vida.
martes, 19 de noviembre de 2013
El lunes en Jerusalén.
ESTE lunes por la mañana temprano, como se había planeado, Jesús y
los apóstoles se reunieron en la casa de Simón en Betania, y después de
una breve conferencia emprendieron camino hacia Jerusalén. Los doce
estaban extrañamente taciturnos durante este viaje hacia el templo; no
se habían recuperado de la experiencia del día precedente. Estaban a la
expectativa, temerosos y profundamente afectados por cierto sentimiento
de desapego que surgía del repentino cambio de táctica del Maestro,
combinado con su instrucción de que no hicieran ninguna enseñanza
pública durante la semana de Pascua.
Al viajar este grupo por la ladera del Monte de los Olivos, Jesús iba adelante, y los apóstoles le seguían de cerca en silencio meditativo. Sólo un pensamiento dominaba la mente de todos ellos, excepto la de Judas Iscariote, y ese pensamiento era: ¿Qué hará el Maestro hoy? El pensamiento dominante de Judas era: ¿Qué haré yo? ¿He de seguir con Jesús y mis asociados, o debo separarme? Y si me separo, ¿de qué manera debo romper esta relación?
Eran aproximadamente las nueve de esta hermosa mañana cuando estos hombres llegaron al templo. Fueron inmediatamente al gran patio en el que Jesús tan frecuentemente había enseñado, y después de saludar a los creyentes que le estaban esperando a él, Jesús trepó a una de las plataformas de enseñanza y comenzó a hablar a la multitud que se estaba reuniendo allí. Los apóstoles se retiraron a corta distancia y esperaron los acontecimientos.
Al viajar este grupo por la ladera del Monte de los Olivos, Jesús iba adelante, y los apóstoles le seguían de cerca en silencio meditativo. Sólo un pensamiento dominaba la mente de todos ellos, excepto la de Judas Iscariote, y ese pensamiento era: ¿Qué hará el Maestro hoy? El pensamiento dominante de Judas era: ¿Qué haré yo? ¿He de seguir con Jesús y mis asociados, o debo separarme? Y si me separo, ¿de qué manera debo romper esta relación?
Eran aproximadamente las nueve de esta hermosa mañana cuando estos hombres llegaron al templo. Fueron inmediatamente al gran patio en el que Jesús tan frecuentemente había enseñado, y después de saludar a los creyentes que le estaban esperando a él, Jesús trepó a una de las plataformas de enseñanza y comenzó a hablar a la multitud que se estaba reuniendo allí. Los apóstoles se retiraron a corta distancia y esperaron los acontecimientos.
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