El discurso sobre el reino y el anuncio de que iría a la celebración de la Pascua hicieron que todos sus seguidores pensaran que salía hacia Jerusalén para inaugurar el reino temporal de la supremacía judía. Dijera lo que dijese Jesús sobre el carácter no material del reino, no podía eliminar completamente de la mente de sus oyentes judíos la idea de que el Mesías establecería algún tipo de gobierno nacionalista, con sede central en Jerusalén.
Lo que Jesús dijo en su sermón del sábado tan sólo consiguió confundir la mayoría de sus seguidores. Muy pocos fueron esclarecidos por el discurso del Maestro. Los líderes comprendieron algo de sus enseñanzas sobre el reino interior, «el reino del cielo dentro de vosotros», pero también sabían que había hablado de otro reino futuro, y éste era el reino que ellos creían que estaba a punto de ir a Jerusalén para establecer. Cuando esta expectativa sufrió una desilusión, cuando él fue rechazado por los judíos, y más tarde, cuando Jerusalén fue literalmente destruida, aún se aferraron a esta esperanza, creyendo sinceramente que el Maestro pronto retornaría al mundo en gran poder y gloria majestuosa para establecer el reino prometido.

Cuando Jesús escuchó el pedido de Salomé, dijo: «Mujer, no sabes qué es lo que pides». Luego, fijando la mirada en los ojos de los dos apóstoles buscadores de honor, dijo: «Teniendo en cuenta que hace mucho que os conozco y os amo; que aun he vivido en la casa de vuestra madre; que Andrés os ha encargado que estéis conmigo en todo momento; por todo esto, habéis permitido que vuestra madre venga a verme en secreto, con esta petición indecorosa. Pero yo os pregunto: ¿sois capaces de beber de la copa de la que estoy a punto de beber?» Sin titubeo, Santiago y Juan contestaron: «Sí, Maestro, sí somos capaces». Dijo Jesús: «Me apesadumbra ver que no sabéis por qué vamos a Jerusalén; me duele que no comprendáis la naturaleza de mi reino; me desilusiona que traigáis a vuestra madre para que me haga esta petición; pero yo sé que me amáis en vuestro corazón; por eso declaro que en verdad beberéis de mi copa de amargura y compartiréis de mi humillación, pero que os sentéis a mi derecha y a mi izquierda no está en mi poder daros. Esos honores están reservados para los que han sido designados por mi Padre».

Al pedir sitios a la derecha y a la izquierda de Jesús en Jerusalén, los hijos de Zebedeo no se daban cuenta de que en menos de un mes su amado Maestro estaría clavado en una cruz romana con un ladrón moribundo a un lado y otro transgresor al otro lado. Y la madre de ellos, que estuvo presente en la crucifixión, recordaba muy bien la petición necia que ella había hecho a Jesús en Pella relativo a los honores que tan tontamente buscara para sus hijos apóstoles.