
Pilato temía un tumulto o una revuelta. No se atrevía a arriesgar disturbios durante la semana de Pascua en Jerusalén. Recientemente había sido censurado por el César, y no quería arriesgar otra censura. La plebe aplaudió cuando ordenó que soltaran a Barrabás. Luego mandó que le trajeran un cántaro y agua, y allí ante la multitud se lavó las manos, diciendo: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre. Vosotros habéis decidido que debe morir, pero yo no hallé delito en él. Allá vosotros. Los soldados se lo llevarán». Y la plebe aplaudió y replicó: «Que su sangre se derrame sobre nosotros, y sobre nuestros hijos».