«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 23 de febrero de 2014

La última hora social.

Como era miércoles, esa noche hubo en el campamento una hora social. El Maestro intentó levantar el ánimo de sus apóstoles deprimidos, pero eso era casi imposible. Todos empezaban a percatarse de que se avecinaban acontecimientos desconcertantes y aplastantes. No podían alegrar su corazón, aun cuando el Maestro recordó con ellos sus años pletóricos y amantes de asociación. Jesús indagó cuidosamente sobre la familia de cada uno de los apóstoles y, volviendo la mirada hacia David Zebedeo, le preguntó si alguien sabía algo de su propia madre, su hermana menor u otros integrantes de su familia. David bajó la vista; y no se atrevió a responder.
      
Fue ésta la ocasión en la que Jesús advirtió a sus seguidores de que se cuidaran del apoyo de la multitud. Recordó sus experiencias en Galilea cuando una y otra vez, lo siguieron con entusiasmo grandes multitudes de gente que más adelante les volvieron la espalda, con el mismo entusiasmo volviendo a sus previas creencias y formas de vida. Luego dijo:«Así pues, no os dejéis engañar por las grandes multitudes que nos escucharon en el templo y que parecían creer nuestras enseñanzas. Estas multitudes escuchan la verdad y la creen superficialmente con la mente, pero pocos entre ellos permiten que la palabra de la verdad penetre su corazón y se arraigue en él. Cuando se presentan verdaderos problemas, no se puede contar con el apoyo de los que conocen el evangelio sólo en la mente, y no lo han experimentado en el corazón. Cuando los dirigentes de los judíos lleguen a un acuerdo para destruir al Hijo del Hombre, y cuando ataquen al unísono, veréis que la multitud huirá confusa o permanecerá allí, silenciosamente sorprendida, mientras estos líderes enloquecidos y cegados asesinan a los maestros de la verdad evangélica. Luego cuando os sobrecojan la adversidad y las persecuciones, aun otros, que os parezca a vosotros que aman la verdad, huirán, y algunos renunciarán al evangelio y os desertarán. Algunos de los que estuvieron muy cerca nuestro, ya han decidido la deserción en su mente. Hoy habéis descansado, en preparación para los tiempos inminentes. Vigilad pues y orad para que mañana podáis ser fortalecidos para los días que quedan por delante».
     
El ambiente del campamento estaba cargado de una tensión inexplicable. Mensajeros silenciosos iban y venían, comunicándose únicamente con David Zebedeo. Antes de que pasara la noche, supieron algunos que Lázaro había huido de prisa de Betania. Juan Marcos estaba siniestramente taciturno después de volver al campamento, a pesar de que había pasado el día entero en compañía del Maestro. Todo esfuerzo por persuadirlo a que hablara sólo indicó claramente que Jesús le había dicho que no hablara.
      
Aun el buen humor y la sociabilidad poco usual del Maestro, los llenaba de temor. Todos sentían la amenazante proximidad del terrible aislamiento que pronto descendería sobre ellos en forma repentina y aplastante y con terror ineludible. Sentían vagamente lo que estaba por ocurrir, y ninguno se sentía preparado para enfrentarse a la prueba. El Maestro había estado ausente todo el día; lo habían extrañado entrañablemente.
      
Ese miércoles por la noche señaló el punto de marea más baja del estado espiritual de ellos hasta la hora misma de la muerte del Maestro. Aunque el día siguiente estuvo más cerca del viernes trágico, aún él estaba con ellos, y pudieron pasar estas horas de ansiedad con más gracia.
      
Fue poco antes de la medianoche cuando Jesús, sabiendo que sería ésta la última noche que compartiría con su familia elegida en la tierra, dijo, al darles las buenas noches: «Id a dormir hermanos míos, y que la paz sea con vosotros hasta que os levantéis mañana, un día más para hacer la voluntad del Padre y experimentar el regocijo de saber que nosotros somos sus hijos».

sábado, 22 de febrero de 2014

Judas y los altos sacerdotes.

Poco después que partieran Jesús y Juan Marcos del campamento, Judas Iscariote desapareció de entre sus hermanos y no volvió hasta tarde ese anochecer. Este apóstol confundido y descontento, a pesar de la admonición específica de su Maestro, de que no entraran a Jerusalén, concurrió de prisa a su cita con los enemigos de Jesús en la casa de Caifás, el sumo sacerdote. Era ésta una reunión informal del sanedrín y se la había planeado para poco después de las diez de esa mañana. Esta reunión se convocó para discutir la naturaleza de las acusaciones que deberían prepararse contra Jesús y decidir el procedimiento que se debía emplear para traerlo ante las autoridades romanas con el fin de asegurar la confirmación civil, necesaria para la sentencia de muerte que ellos ya habían decretado. 


El día anterior, Judas reveló a algunos de sus parientes y a algunos amigos saduceos de la familia de su padre que había llegado a la conclusión de que, aunque fuera Jesús un soñador e idealista bien intencionado, no era, sin embargo, el libertador esperado de Israel. Judas declaró que mucho le gustaría encontrar una manera de retirarse discretamente del movimiento. Sus amigos le aseguraron halagadoramente que su retiro sería saludado por los líderes judíos como un gran acontecimiento, y que nada sería demasiado bueno para él. Lo llevaron a creer que recibiría inmediatamente altos honores del sanedrín, y que finalmente estaría en una posición que le permitiría borrar el estigma de su bien intencionada pero «desafortunada asociación con estos galileos ignorantes».
      
Judas no podía creer del todo que las obras poderosas del Maestro fueron forjadas por el poder del príncipe de los diablos, pero ya estaba plenamente convencido de que Jesús no ejercería su poder para engrandecerse; por fin se había convencido de que Jesús permitiría ser destruido por los potentados judíos, y él no podía soportar la idea humillante de que se le identificara con un movimiento de derrota. Se negaba a cobijar la idea de un fracaso aparente. Entendía completamente el carácter firme de su Maestro y la agudeza de esa mente majestuosa y misericordiosa, sin embargo derivaba cierto placer de una parcial aceptación de la sugerencia de uno de sus parientes, quien opinó que Jesús, aunque fuera un fanático con buenas intenciones, probablemente no estaba en sus cabales; que había sido siempre una persona extraña y mal entendida.
      
Ahora pues, Judas empezó a llenarse como nunca antes de un extraño resentimiento porque Jesús no le había asignado nunca una posición de mayor honor. Durante todo ese tiempo, había apreciado el honor de ser el tesorero apostólico, pero ahora comenzaba a sentir que no era apreciado; que sus habilidades no se le reconocían. Repentinamente lo sobrecogió la indignación porque Pedro, Santiago y Juan habían sido distinguidos en una asociación estrecha con Jesús, de modo que, camino de la casa del alto sacerdote, empezó a maquinar la forma de vengarse de Pedro, Santiago y Juan, más que preocuparse por pensar en traicionar a Jesús. Pero por sobre todas las cosas, en ese momento, una idea nueva y dominante comenzó a ocupar la atención máxima de su mente consciente: había salido para conseguir honores para sí mismo, y si podía conseguirlo vengándose al mismo tiempo de los que contribuyeron a la mayor desilusión de su vida, mejor así. Cayó presa de una terrible conspiración de confusión, orgullo, desesperación y determinación. Así pues, debe resultar claro que no fue por dinero que Judas se encaminó en ese momento a la casa de Caifás con el objeto de planear la traición de Jesús.
      
Al acercarse Judas a la casa de Caifás, llegó a la decisión final de abandonar a Jesús y a sus compañeros apóstoles; habiendo así decidido desertar la causa del reino del cielo, estaba decidido a asegurarse para sí mismo todo lo posible de esos honores y glorias que creía serían suyos algún día cuando por primera vez se identificó con Jesús y con el nuevo evangelio del reino. Todos los apóstoles compartieron, en cierto momento, esta ambición con Judas, pero a medida que pasaba el tiempo, aprendieron a admirar la verdad y a amar a Jesús, por lo menos, más que Judas.
      
El traidor fue presentado a Caifás y a los líderes judíos por su primo, quien les dijo que Judas, habiendo descubierto su error al dejarse llevar por mal camino por la sutil enseñanza de Jesús, había llegado a la conclusión de que deseaba hacer una renuncia pública y formal de su asociación con el galileo; al mismo tiempo, pedía que se restableciera la confianza y la camaradería de sus hermanos judeos. Este portavoz de Judas siguió explicando que Judas reconocía que sería mejor para la paz de Israel que Jesús fuera arrestado, y que, como prueba de su arrepentimiento por haber participado en este movimiento erróneo y de su sinceridad al regresar a las enseñanzas de Moisés, venía para ofrecer sus servicios al sanedrín para arreglar con el capitán encargado de arrestar a Jesús que se efectuara el arresto en forma secreta, evitando así el peligro de excitar a las multitudes o la necesidad de posponer la acción hasta después de la Pascua.
      
Cuando el primo terminó de hablar, presentó a Judas quien, adelantándose frente al sumo sacerdote dijo: «Todo lo que mi primo acaba de prometer lo haré yo, pero ¿qué estáis dispuestos a darme a mí por este servicio?» Judas no pareció discernir la expresión de desdén y aun de disgusto que inundó el rostro del vanaglorioso Caifás de corazón endurecido; demasiado ansiaba él su autoglorificación y anhelaba la satisfacción de la autoexaltación.
      
Entonces Caifás bajó la mirada sobre el traidor y dijo: «Judas, ve adonde el capitán de la guardia y arregla con ese oficial para traernos a tu Maestro esta noche o mañana por la noche y cuando nos lo entregues, recibirás tu recompensa por este servicio». Cuando Judas oyó esto, se despidió de los altos sacerdotes y líderes y fue a consultar con el capitán de los guardianes del templo en cuanto a la forma en que habían de apresar a Jesús. Judas sabía que Jesús estaba en ese momento ausente del campamento y no tenía idea ninguna a qué hora volvería esa noche, por consiguiente, acordaron entre ellos arrestar a Jesús la noche siguiente (jueves) después de que tanto el pueblo de Jerusalén como todos los peregrinos visitantes se hubieran retirado para descansar.
     
Judas volvió adonde sus asociados en el campamento, embriagado con ideas de grandeza y gloria tales como no había tenido por mucho tiempo. Se había asociado con Jesús esperando algún día volverse un gran hombre en el nuevo reino. Finalmente se había percatado de que no habría un nuevo reino tal como él lo había anticipado. Pero se regocijaba de su sagacidad al decidir que compensaría su desilusión por no poder alcanzar la gloria en un nuevo reino por venir con la obtención inmediata de honores y recompensas en el viejo orden; estaba él ahora seguro de que ese viejo orden sobreviviría y destruiría a Jesús y a todo lo que él representaba. En esta última motivación de intención consciente, la traición de Judas demostró ser el acto cobarde de un desertor egoísta, cuya única preocupación era su propia seguridad y glorificación, pese a las posibles consecuencias de su conducta sobre su Maestro y sobre sus ex asociados.
      
Pero así fue por siempre. Hacía mucho tiempo que Judas alimentaba consciente y progresivamente en su mente, en forma deliberada, persistente, egoísta y vengativa y que albergaba en su corazón, estos deseos odiosos y malvados de venganza y deslealtad. Jesús amaba a Judas y confiaba en él aun como amaba y confiaba en los otros apóstoles, pero Judas no llegó a desarrollar su confianza leal ni de experimentar amor sincero recíproco. ¡Cuán peligrosa puede llegar a ser la ambición cuando está totalmente ligada con la búsqueda de la satisfacción del yo y supremamente motivada por sentimientos de venganza largamente suprimidos y sombríos! ¡Cuán aplastante es el desencanto en la vida de aquellas personas necias que, porque fijan sus anhelos en las atracciones tenebrosas y desvanecientes del tiempo, se ciegan a las aspiraciones más altas y más reales de los alcances duraderos de los mundos eternos de valores divinos y realidades verdaderamente espirituales. Judas ansiaba en su mente los honores mundanos y llegó a amar este deseo con todo su corazón; los demás apóstoles del mismo modo anhelaban estos mismos honores mundanos en su mente, pero con el corazón amaban a Jesús y hacían lo que podían por aprender a amar las verdades que éste les enseñaba.
      
Judas no se lo percató en este momento, pero había criticado subconscientemente a Jesús, desde el momento en que Juan el Bautista fue decapitado por orden de Herodes. En las profundidades de su corazón, Judas siempre resintió el hecho de que Jesús no hubiera salvado a Juan. No debéis olvidar que Judas había sido discípulo de Juan mucho antes de seguir a Jesús. Esta acumulación de resentimiento humano y amargo desencanto que Judas guardaba en su alma en atuendos de odio, se organizó ahora en su mente subconsciente, lista para aflorar a la superficie e inundarlo en cuanto se atrevió a separarse de la influencia apoyadora de sus hermanos, exponiéndose al mismo tiempo a las astutas insinuaciones y al ridículo encubierto de los enemigos de Jesús. Cada vez que Judas permitía que se remontaran sus esperanzas y Jesús decía o hacía algo que las derrumbaba, dejaba en el corazón de Judas otra cicatriz de amargo resentimiento; y al multiplicarse estas cicatrices, finalmente su corazón tantas veces herido, perdió todo afecto real por el que infligiera estas experiencias desagradables a su personalidad bien intencionada, pero cobarde y egocéntrica. Judas no se daba cuenta, pero era un cobarde. Por eso, siempre intentaba atribuir a Jesús tendencias cobardes, como explicación de negarse a buscar el poder y la gloria que parecían estar a su alcance. Todo hombre mortal sabe muy bien que el amor, aunque al principio sea genuino, puede transformarse por el desencanto, los celos y el resentimiento constante, en odio verdadero.
      
Por fin podían respirar en paz por unas horas los altos sacerdotes y los ancianos. No tendrían que arrestar a Jesús en público, y el haberse granjeado a Judas como aliado traidor les aseguraba que Jesús no escaparía de su jurisdicción como lo había hecho tantas veces en el pasado.

domingo, 16 de febrero de 2014

El día en el campamento.

Los apóstoles pasaron la mayor parte de este día caminando por el Monte de los Olivos y conversando con los discípulos que allí acampaban con ellos, pero por la tarde temprano ansiaban ver el retorno de Jesús. A medida que fue pasando el día, se pusieron cada vez más agitados pensando en su seguridad; se sentían inexpresablemente solos sin él. Hubo durante todo ese día mucho debate sobre si se le debería haber permitido al Maestro irse solo a las colinas, acompañado solamente por un muchacho mandadero. Aunque ningún hombre expresó sus pensamientos abiertamente, no había uno entre ellos, salvo Judas Iscariote, que no deseara estar en el lugar de Juan Marcos.
      
Fue a mediados de la tarde cuando Natanael dirigió su discurso sobre «el deseo supremo» a una media docena de apóstoles e igual número de discípulos; la conclusión de dicho discurso fue: «Lo que pasa con la mayoría de nosotros es que no nos dedicamos de todo corazón. No llegamos a amar al Maestro como él nos ama a nosotros. Si todos nosotros hubiéramos querido ir con él tanto como lo deseaba Juan Marcos, Jesús con toda seguridad nos habría llevado a todos. Nos quedamos mirando mientras el muchacho se acercaba al Maestro y le ofrecía la cesta, pero cuando el Maestro la tomó, el muchacho no la soltó. Así pues, el Maestro nos dejó aquí, yéndose a las colinas con cesta, mancebo y todo».
     
A eso de las cuatro de la tarde, llegaron corredores adonde David Zebedeo trayéndole un mensaje de su madre en Betsaida y de la madre de Jesús. Varios días antes, David había concluido que evidentemente los altos sacerdotes y dirigentes matarían a Jesús. David sabía que estaban decididos a destruir al Maestro, y estaba casi convencido de que Jesús no ejercería su poder divino para salvarse, ni permitiría a sus seguidores que emplearan la fuerza en su defensa. Habiendo llegado a estas conclusiones, no perdió tiempo en despachar a un mensajero a su madre, urgiéndola a que viniera enseguida a Jerusalén y que trajera a María, la madre de Jesús, y a todos los integrantes de su familia.
      
La madre de David hizo lo que le pidió su hijo, y los corredores volvían ahora a David, trayéndole el mensaje de que su madre y la familia entera de Jesús estaban camino de Jerusalén y llegarían en algún momento de la tarde del día siguiente o muy temprano a la mañana subsiguiente. Puesto que David había actuado de esta manera por su propia iniciativa, decidió que sería sabio mantener confidencial el asunto. Por lo tanto, no le dijo a nadie que la familia de Jesús estaba camino de Jerusalén. 

        
Poco después de mediodía, llegaron al campamento más de veinte de los griegos que se habían encontrado con Jesús y los doce en la casa de José de Arimatea, y Pedro y Juan pasaron varias horas en conferencia con ellos. Estos griegos, por lo menos algunos de ellos, eran bien avanzados en el conocimiento del reino, pues habían sido instruidos por Rodán en Alejandría.
      
Esa noche, después de volver al campamento, Jesús se encontró y conversó con los griegos, y de no haber sido porque tal curso de acción hubiera turbado grandemente a sus apóstoles y a muchos de sus discípulos principales, él habría ordenado a estos veinte griegos, así como había ordenado a los setenta.
      
Mientras estaba ocurriendo todo esto en el campamento, en Jerusalén los altos sacerdotes y ancianos estaban sorprendidos de que Jesús no volviese para dirigirse a las multitudes. Aunque es cierto que el día anterior, al abandonar el templo, él había dicho, «os dejo vuestra casa desolada», ellos no podían entender que dejara de aprovechar la gran ventaja conseguida en el favor de las multitudes. Aunque temían que él pudiese producir un tumulto en el pueblo, las últimas palabras que dirigiera el Maestro a la multitud habían sido en forma de exhortación a que conformaran en maneras razonables a la autoridad de los «que se sientan en el trono de Moisés». Pero estaban muy ocupados ese día en la ciudad, puesto que se preparaban simultáneamente para celebrar la Pascua y para finiquitar los planes para la destrucción de Jesús.
      
No vino mucha gente al campamento, porque su ubicación era un secreto bien guardado por los que sabían que Jesús deseaba permanecer allí en vez de volver a Betania por las noches.

sábado, 8 de febrero de 2014

La vida hogareña de los primeros años.

En el curso de este día de compañerismo con Juan Marcos, Jesús pasó bastante tiempo comparando sus experiencias de la niñez y de la adolescencia. Aunque los padres de Juan poseían más bienes mundanos que los que habían poseído los padres de Jesús, había mucho de similar en sus experiencias juveniles. Jesús dijo muchas cosas que ayudaron a Juan a comprender mejor a sus padres y a los otros integrantes de su familia. Cuando el muchacho preguntó al Maestro cómo podía él saber que Juan se volvería un «poderoso mensajero del reino», Jesús dijo:
     
«Sé que demostrarás tú lealtad al evangelio del reino, porque puedo confiar en tu fe y amor presentes ya que estas cualidades están cimentadas en una capacitación tan temprana como ha sido la tuya en el hogar. Eres el producto de un hogar en el que los padres se tienen afecto sincero, y por lo tanto no has sido amado en exceso, como para que hubieras exaltado perjudicialmente el concepto de tu autoimportancia. Tampoco ha sufrido distorsiones tu personalidad como consecuencia de posibles maniobras sin amor de tus padres, el uno contra el otro por ganar tu confianza y lealtad. Has disfrutado de ese amor paterno que asegura una laudable autoconfianza y fomenta sentimientos normales de seguridad. Pero también has sido afortunado, porque tus padres poseían sabiduría a la vez que amor; fue su sabiduría la que los condujo a negarte la mayoría de las formas de indulgencia y los muchos lujos que puede comprar el dinero; te enviaron a la escuela de la sinagoga con tus compañeros de juegos del barrio en el que vivías, y también te alentaron a vivir en este mundo de modo tal que pudieras hacer una experiencia original. Viniste al Jordán, donde nosotros predicábamos y los discípulos de Juan bautizaban, con tu joven amigo Amós. Ambos deseabais ir con nosotros; cuando regresasteis a Jerusalén, tus padres consintieron; los padres de Amós se negaron; tanto amaban a su hijo que le negaron la experiencia bendita que tú has tenido, aun la que estás disfrutando hoy mismo. Amós podría haberse escapado de su casa para unirse a nosotros, pero si lo hubiera hecho, habría herido el amor y sacrificado la lealtad. Aun en el caso de que tal curso de acción fuera sabio, habría pagado un precio terrible para ganar experiencia, independencia y libertad. Padres sabios como los tuyos se aseguran de que sus hijos no se vean obligados a herir el amor ni a sofocar la lealtad para desarrollar su independencia y disfrutar de una libertad vigorizante al llegar a tu edad.
      
«El amor, Juan, es la realidad suprema del universo cuando proviene de seres totalmente sabios, pero puede ser un rasgo peligroso y aun casi egoísta tal como se manifiesta en la experiencia de los padres mortales. Cuando te cases y tengas tus hijos, asegúrate de que tu amor sea controlado por la sabiduría y guiado por la inteligencia.
      
«Tu joven amigo Amós cree en este evangelio del reino tanto como tú, pero no puedo confiar plenamente en él; no estoy seguro de lo que él hará en los años venideros. Su vida hogareña temprana no fue del tipo que pueda producir una persona completamente confiable. Amós se parece demasiado a uno de los apóstoles que no pudo disfrutar de un adiestramiento hogareño normal, amante y sabio. Toda tu vida futura será más feliz y confiable, porque pasaste tus primeros ocho años en un hogar normal y bien regulado. Posees un carácter fuerte y bien integrado, porque creciste en un hogar en el cual prevalecía el amor y reinaba la sabiduría. Este tipo de adiestramiento durante la infancia produce un tipo de lealtad que me da la certeza de que seguirás el curso de acción que has comenzado».
      
Por más de una hora Jesús y Juan continuaron esta conversación sobre la vida hogareña. El Maestro siguió explicándole a Juan cómo un niño depende totalmente de sus padres y de la asociada vida hogareña para formar sus primeros conceptos de todo lo que sea intelectual, social, moral y aun espiritual, puesto que la familia representa para el niño pequeño todo lo que él puede conocer de primera intención en cuanto a las relaciones humanas o divinas. El niño deriva sus primeras impresiones del universo, de los cuidados de su madre; depende completamente del padre terrenal para sus primeras ideas sobre el Padre celestial. La vida subsiguiente del niño será feliz o infeliz, fácil o difícil, según haya sido su vida mental y emocional temprana, condicionada por estas relaciones sociales y espirituales del hogar. La vida entera de un ser humano está enormemente influida por lo que sucede durante los primeros pocos años de su existencia.
      
Es nuestra creencia sincera que el evangelio contenido en las enseñanzas de Jesús, fundado como lo está en la relación padre-hijo, podrá difícilmente disfrutar de una aceptación mundial hasta el momento en que la vida hogareña de los pueblos modernos civilizados contenga más amor y más sabiduría. A pesar de que los padres del siglo veinte posean gran conocimiento y mayor verdad para mejorar el hogar y ennoblecer la vida hogareña, sigue siendo un hecho que muy pocos hogares modernos llegan a ser medios para la crianza de niños y niñas, tan buenos como lo fuera el hogar de Jesús en Galilea y el de Juan Marcos en Judea; sin embargo, la aceptación del evangelio de Jesús dará como resultado una mejora inmediata de la vida hogareña. La vida amorosa de un hogar sabio y la devoción leal de la verdadera religión ejercen una profunda influencia recíproca. Tal vida hogareña eleva la religión, y la religión genuina siempre glorifica el hogar.
     
Es verdad que muchas de las influencias objetables y paralizantes y otras características obstaculizantes de estos antiguos hogares judíos han sido virtualmente eliminadas de muchos de los hogares modernos mejor regulados. Existe en efecto mayor libertad espontánea y mucha más libertad personal, pero esa libertad no está equilibrada por el amor, motivada por la lealtad, ni dirigida por la disciplina inteligente de la sabiduría. Hasta tanto enseñemos al niño a rezar, «Padre nuestro que estás en los cielos», recae sobre todos los padres terrenales una tremenda responsabilidad, la de vivir y ordenar sus hogares de manera tal que la palabra padre quede glorificada en la mente y en el corazón de todos los niños que están creciendo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Un día a solas con Dios.

Jesús estaba a punto de tomar de las manos de Juan la cesta del almuerzo, pero el joven se aventuró a decir: «Pero, Maestro, es posible que dejes la cesta en el piso para ir a orar y te alejes sin llevártela. Además, si yo te acompaño para llevar el almuerzo, tú estarás más libre para adorar, y yo con toda seguridad me quedaré callado. No haré ninguna pregunta y me quedaré con la cesta cuando tu te apartes para orar».
    
Al hacer este discurso, cuya temeridad sorprendió a algunos de los oyentes que se encontraban allí, Juan se atrevió a seguir sosteniendo la cesta. Ahí estaban Juan y Jesús, ambos aferrados de la cesta. Dentro de poco el Maestro la soltó y, bajando la mirada sobre el muchacho, dijo: «Puesto que anhelas de todo corazón acompañarme, no se te negará. Nos iremos por nuestra cuenta y tendremos una buena charla. Podrás hacerme toda pregunta que surja de tu corazón, y nos consolaremos mutuamente. Puedes empezar llevando el almuerzo, y cuando te canses, te ayudaré. Sígueme pues».
     
Jesús no retornó al campamento esa noche hasta después de la puesta del sol. El Maestro pasó este su último día de quietud sobre la tierra, en compañía de este joven hambriento de verdad, y hablando con su Padre en el Paraíso. Este acontecimiento se conoció en lo alto como «el día que cierto joven lo pasó con Dios en las colinas». Por siempre esta ocasión ejemplifica el deseo del Creador de fraternizar con la criatura. Hasta un mancebo, si el deseo de su corazón es realmente supremo, puede obtener la atención y disfrutar de la compañía amante del Dios de un universo, experimentar realmente el éxtasis inolvidable de estar a solas con Dios en las colinas, y todo eso, por todo un día. Ésta fue la experiencia singular de Juan Marcos este miércoles en las colinas de Judea.
    
Jesús habló mucho con Juan, conversando libremente de los asuntos de este mundo y del próximo. Juan le dijo a Jesús cuánto lamentaba no haber tenido edad suficiente para ser uno de los apóstoles y expresó su gran apreciación por haberle sido permitido seguirlos, desde la primera predicación de ellos junto al vado del Jordán cerca de Jericó, exceptuando el viaje a Fenicia. Jesús le advirtió al joven que no se desalentara por los acontecimientos inminentes y le aseguró que viviría para transformarse en un poderoso mensajero del reino.
   
Juan Marcos estaba emocionado por el recuerdo de este día con Jesús en las colinas, pero nunca olvidó la admonición final del Maestro, pronunciada cuando estaban por retornar al campamento de Getsemaní, cuando dijo: «Bien, Juan, hemos tenido una buena conversación, un verdadero día de descanso, pero cuídate de no contar a nadie las cosas que te dije». Juan Marcos nunca reveló nada de lo que sucedió durante ese día que pasó con Jesús en las colinas.
     
A lo largo de las pocas horas restantes de la vida terrenal de Jesús, Juan Marcos no permitió que el Maestro se alejara por mucho tiempo de su vista. El muchacho estaba siempre oculto, pero cerca; sólo durmió cuando Jesús dormía.

sábado, 1 de febrero de 2014

El miércoles, día de descanso.

CUANDO no les apremiaba el trabajo de enseñar al pueblo, era costumbre de Jesús y sus apóstoles descansar de sus labores los miércoles. Este miércoles en particular desayunaron un tanto más tarde que de costumbre, y el campamento estaba impregnado de un silencio ominoso; poco se dijo durante la primera mitad de esta comida matutina. Por fin Jesús habló: «Deseo que descanséis hoy. Dedicad tiempo a pensar en todo lo que ha ocurrido desde que vinimos a Jerusalén y meditar en lo que se avecina, de lo cual os he hablado claramente. Aseguraos de que permanezca la verdad en vuestra vida, y de que crezcáis diariamente en la gracia».
      
Después del desayuno el Maestro informó a Andrés que tenía la intención de ausentarse por el día y sugirió que se les permitiera a los apóstoles pasar el tiempo según sus propios deseos, excepto que no entraran bajo ninguna circunstancia a Jerusalén.
      
Cuando Jesús se preparó para ir a las colinas a solas, David Zebedeo se le acercó diciendo: «Bien sabes, Maestro, que los fariseos y potentados desean destruirte, y sin embargo te preparas para ir solo a las colinas. Es una locura exponerse así; por lo tanto, enviaré a tres hombres contigo, bien preparados para que vigilen que no te ocurra nada malo». Jesús miró a los tres bien armados y robustos galileos y dijo a David: «Tienes buenas intenciones, pero te equivocas porque no llegas a comprender que el Hijo del Hombre no necesita a nadie para que lo defienda. Ningún hombre me atacará hasta la hora en que esté listo para dar mi vida en conformidad con la voluntad de mi Padre. Estos hombres no deben acompañarme. Deseo ir solo, para poder comulgar con el Padre».
      
Al escuchar estas palabras, David y sus guardianes armados se retiraron; pero al encaminarse Jesús solo, Juan Marcos se adelantó con una pequeña cesta, que contenía alimentos y agua, y sugirió que, si tenía el Maestro la intención de alejarse por todo el día, puede que tuviera hambre. El Maestro sonrió a Juan y tendió la mano para tomar la cesta.

jueves, 30 de enero de 2014

El retorno de Micael.


De todas las enseñanzas del Maestro ninguna fase fue tan completamente tergiversada como esta promesa de volver alguna vez en persona a este mundo. No es extraño que Micael estuviera interesado en retornar alguna vez al planeta en el que había experimentado su séptimo y último autootorgamiento como mortal del reino. Es tan sólo natural creer que Jesús de Nazaret, ahora gobernante soberano de un vasto universo, se interesara por volver, no sólo una sino aun muchas veces, al mundo en el cual vivió una vida tan singular y finalmente ganó del Padre para sí mismo el don ilimitado de poder y autoridad universales. Urantia será eternamente una de las siete esferas de natividad de Micael en su proceso de ganar la soberanía universal.
    
Jesús, en numerosas ocasiones y a muchas personas, declaró su intención de retornar a este mundo. A medida que sus seguidores despertaron al hecho de que su Maestro no funcionaría como libertador temporal, y a medida que escucharon sus predicciones sobre la caída de Jerusalén y de la nación judía, comenzaron de la manera más natural a asociar su retorno prometido con estos eventos catastróficos. Pero cuando los ejércitos romanos arrasaron los muros de Jerusalén, destruyeron el templo y dispersaron a los judíos de Judea, y aún el Maestro no se había revelado en poder y gloria, sus seguidores comenzaron a formular la creencia que eventualmente asoció el segundo advenimiento de Cristo con el fin de la era, aun con el fin del mundo.
    
Jesús prometió hacer dos cosas después de haber ascendido al Padre, y una vez que hubiese sido puesto en sus manos todo el poder en el cielo y en la tierra. Prometió en primer término enviar al mundo, y en su lugar, a otro maestro, el Espíritu de la Verdad; y esto lo hizo el día de Pentecostés. En segundo lugar, prometió de la forma más certera a sus seguidores que alguna vez él volvería personalmente a este mundo. Pero no dijo cómo, dónde ni cuándo volvería a visitar este planeta de su experiencia autootorgadora en la carne. En una ocasión sugirió que, como el ojo de la carne le había contemplado mientras vivía aquí en la carne, a su retorno (por lo menos en una de sus posibles visitas) tan sólo sería el discernido por el ojo de la fe espiritual.
     
Muchos de nosotros tienden a creer que Jesús retornará a Urantia muchas veces durante las eras venideras. No tenemos su promesa específica de tal pluralidad de visitas, pero parece lo más probable que el que lleva entre sus títulos universales el de Príncipe Planetario de Urantia, visitará muchas veces al mundo cuya conquista le confirió tan singular título.
    
Creemos muy positivamente que Micael volverá en persona a Urantia, pero no tenemos la menor idea de cuándo ni de qué manera elegirá hacerlo. ¿Se producirá este segundo advenimiento sobre la tierra en conexión con el juicio terminal de esta era corriente, sea, o no sea, con la aparición asociada del Hijo Magisterial? ¿Vendrá en relación con la terminación de alguna era urantiana subsiguiente? ¿Vendrá sin anuncio y como evento aislado? No lo sabemos. De una sola cosa estamos seguros, y ésa es, que cuando él retorne, muy probablemente todo el mundo lo sabrá, porque vendrá como el gobernante supremo de un universo y no como un oscuro recién nacido en Belén. Pero si todos los ojos lo han de contemplar, y si tan sólo los ojos espirituales pueden discernir su presencia, mucho se postergará su advenimiento.
     
Por lo tanto haríais bien en desasociar el retorno personal del Maestro a la tierra de todo evento establecido o época fijada. Estamos seguros solamente de una cosa: Prometió que volvería. No tenemos idea alguna de cuándo cumplirá con su promesa ni en relación con qué. Por lo que sabemos, puede aparecer en la tierra en cualquier momento, y puede no aparecer hasta que no hayan pasado eras tras eras y todas hayan sido debidamente adjudicadas por sus Hijos asociados del cuerpo del Paraíso.
     
El segundo advenimiento de Micael a la tierra es un evento de enorme valor sentimental tanto para los seres intermedios como para los humanos; pero por otra parte no es de inmediata importancia para los seres intermedios ni de mayor importancia práctica para todos los seres humanos que el acontecimiento común de la muerte natural, que precipita tan repentinamente al hombre mortal en el abrazo inmediato de esa sucesión de acontecimientos universales que conduce directamente a la presencia de este mismo Jesús, el gobernante soberano de nuestro universo. Los hijos de la luz están destinados a verlo, y no es preocupación seria que vayamos nosotros a él o que acaso él primero venga a nosotros. Estad pues vosotros siempre listos para recibirlo en la tierra, así como él está siempre listo para recibiros en el cielo. Anticipamos con confianza su gloriosa aparición, aun sus venidas repetidas, pero nuestra ignorancia es total en cuanto a cómo, cuándo, o en relación con qué está destinado a aparecer.

domingo, 26 de enero de 2014

La conversación posterior en el campamento.

Mientras se reunían alrededor del fuego, unos veinte de ellos, Tomás preguntó: «Puesto que has de volver para terminar la obra del reino, ¿cuál debe ser nuestra actitud mientras tú estás lejos, ocupado en los asuntos de tu Padre?» Jesús, mirándolos a la luz de las llamas, respondió:
     
«Tomás, tú tampoco comprendes lo que yo he estado diciendo. ¿Acaso no te he enseñado todo este tiempo que tu relación con el reino es espiritual e individual, que es totalmente un asunto de experiencia personal en el espíritu, mediante la comprensión por la fe de que tú eres un hijo de Dios? ¿Qué más he de decir? La caída de las naciones, la derrota de los imperios, la destrucción de los judíos incrédulos, el fin de una era, aun el fin del mundo, ¿qué tienen que ver todas estas cosas con el que cree en el evangelio y que ha refugiado su vida al amparo del reino eterno? Vosotros que sois conocedores de Dios y creyentes en el evangelio, ya habéis recibido la certeza de la vida eterna. Puesto que vuestras vidas han sido vividas en el espíritu y para el Padre, nada puede ser una preocupación seria para vosotros. Los constructores del reino, los ciudadanos acreditados de los mundos celestiales, no se molestan por los altibajos temporales ni se perturban por los cataclismos terrestres. ¿Qué importancia tiene, para vosotros que creéis en este evangelio del reino, de que caigan las naciones, que termine la era, que todas las cosas visibles se destruyan? en vista de que sabéis que vuestra vida es el don del Hijo, y que está eternamente segura en el Padre. Habiendo vivido la vida temporal por la fe y habiendo rendido los frutos del espíritu en forma de la rectitud que se manifiesta en servicio amoroso para con vuestros semejantes, podéis contemplar con confianza el próximo paso en la carrera eterna, con la misma fe de sobrevivencia que os ha llevado a través de vuestra primera y terrenal aventura en la filiación con Dios.
     
«Cada generación de creyentes debe continuar su obra, en vista del posible retorno del Hijo del Hombre, exactamente como cada creyente lleva hacia adelante su obra de vida en vista de la muerte natural inevitable y siempre amenazante. Cuando te hayas establecido de una vez por la fe como hijo de Dios, ninguna otra cosa importa en cuanto a la certeza de la sobrevivencia. Pero, ¡no os equivoquéis! Esta fe de sobrevivencia es una fe viva, y cada vez manifiesta más frutos de ese divino espíritu que la inspirara en primer término en el corazón humano. El que hayáis aceptado cierta vez la filiación en el reino celestial, no os salva si persistentemente y de sabiendas rechazáis aquellas verdades que tienen que ver con la rendición progresiva de frutos espirituales de los hijos de Dios en la carne. Vosotros que habéis estado conmigo en los trabajos del Padre sobre la tierra aun ahora podéis desertar el reino si halláis que no amáis el camino del servicio del Padre para con la humanidad.
     
«Como individuos, y como generación de creyentes, oídme cuando os digo una parábola: Hubo cierta vez un gran hombre que, antes de partir para un largo viaje a otro país, llamó a todos sus siervos de confianza y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Y así sucesivamente a todo el grupo de mayordomos honrados le confió a cada uno sus bienes conforme a las varias habilidades de cada cual; y luego partió de viaje. Cuando su amo hubo partido, los siervos se pusieron a trabajar para hacer ganancias de la riqueza que él les había confiado. Inmediatamente el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos y muy pronto ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos talentos poco después tenía dos más. Así pues todos los siervos lograron ganancias para su maestro excepto aquel que había recibido un solo talento. Él se fue por su cuenta y cavó un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Dentro de poco el señor retornó inesperadamente y llamó a sus mayordomos para que le rindieran cuentas. Y cuando todos ellos fueron convocados ante su amo, el que había recibido los cinco talentos se adelantó con el dinero que se le había confiado y los cinco talentos adicionales, diciendo: `Señor, cinco talentos me entregaste para invertir, y me regocija entregarte otros cinco talentos de ganancia'. Y entonces el amo le dijo: `Bien hecho, mi buen y fiel siervo, sobre poco has sido fiel; ahora te nombraré mayordomo sobre muchas cosas; entra así en el gozo de tu señor'. Luego el que había recibido los dos talentos se adelantó diciendo: `Señor, dos talentos me entregaste; he aquí que yo he ganado otros dos talentos adicionales'. Su señor entonces le dijo: `Bien hecho, mi buen y fiel mayordomo; tú también has sido fiel sobre pocas cosas y ahora te pondré a cargo de muchas; entra en el gozo de tu señor'. Luego se presentó para rendir cuentas el que había recibido un talento. Este siervo se adelantó diciendo: `Señor, yo te conocía y me daba cuenta de que eras un hombre duro porque esperas ganancias sin haber trabajado personalmente; por lo cual tuve miedo de arriesgar lo que se me había confiado. Escondí en lugar seguro tu talento en la tierra; aquí está; aquí tienes lo que es tuyo'. Pero su amo respondió: `Tú eres un mayordomo indolente y holgazán. Por tus propias palabras tú confiesas que sabías que yo requeriría de ti una rendición de cuenta con una ganancia razonable, tal como tus diligentes semejantes me han rendido este día. Sabiendo esto, por lo menos debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses'. Entonces al mayordomo jefe este señor le dijo: `Quitadle pues este talento a este siervo que no piensa en la ganancia y dadlo al que tiene los diez talentos'.
    
«Al que tiene, más le será dado, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo poco que tiene le será quitado. No podéis estaros quietos en los asuntos del reino eterno. Mi Padre requiere que todos sus hijos crezcan en la gracia y en el conocimiento de la verdad. Vosotros que conocéis estas verdades debéis rendir cada vez más los frutos del espíritu y manifestar una devoción creciente al servicio altruista de vuestros conservidores. Y recordad que, cuando ministréis aun al más humilde de mis hermanos, hacéis ese servicio para mí.
     
«Así pues deberíais proseguir en la obra de los asuntos del Padre, ahora y después, aun por siempre jamás. Continuad hasta que yo regrese. Haced fielmente lo que se os ha encomendado, así estaréis listos para el llamado de cuentas cuando la muerte os llegue. Habiendo vivido así para la gloria del Padre y la satisfacción del Hijo, entraréis con regocijo y enorme gozo al servicio eterno del reino sempiterno».
     
La verdad está viva; el espíritu de la verdad por siempre conduce a los hijos de la luz a nuevos dominios de realidad espiritual y servicio divino. No se os da la verdad para que la cristalicéis en formas establecidas, seguras y honradas. Vuestra revelación de la verdad tanto se ha de enaltecer al pasar por vuestra experiencia personal que se descubrirá nueva belleza y nuevos frutos espirituales ante todos los que contemplan vuestros frutos espirituales y por ello son conducidos a glorificar al Padre que está en el cielo. Sólo aquellos siervos fieles que crecen así en el conocimiento de la verdad, y que así desarrollan una capacidad de apreciación divina de las realidades espirituales, pueden esperar alguna vez «entrar plenamente en el gozo de su Señor». Qué triste visión para las generaciones sucesivas de los seguidores profesos de Jesús decir, refiriéndose a su mayordomía de la verdad divina: «Aquí, Maestro, está la verdad que tú nos confiaste cien o mil años atrás. Nada perdimos; hemos conservado fielmente todo lo que nos diste; no hemos permitido que se haga ningún cambio en lo que nos enseñaste; aquí está la verdad que tú nos diste». Pero este llamado concerniente a la indolencia espiritual no justifica al mayordomo de verdad vacío en la presencia del Maestro. De acuerdo con la verdad entregada a vuestras manos, el Maestro de la verdad requerirá una rendición de cuentas.
     
En el próximo mundo se os pedirá que deis cuenta de los dones y mayordomías de este mundo. Sean los talentos inherentes pocos o muchos, es necesario enfrentarse con una rendición de cuenta justa y misericordiosa. Si los dones se usan tan sólo en empresas egoístas y no se presta atención alguna a los deberes más altos de obtener mayores frutos del espíritu, tal como se manifiestan en el servicio de los hombres cada vez más extenso y en la adoración de Dios, tales mayordomos egoístas deben aceptar las consecuencias de su elección deliberada.
     
¡Cuán semejante a todos los mortales egoístas fue este siervo infiel con un solo talento por cuanto culpó directamente a su señor de su propia indolencia! ¡Cuánta tendencia tiene el hombre, cuando se enfrenta con su propio fracaso, a culpar a otros, muchas veces a los que menos se lo merecen!
     
Dijo Jesús esa noche al dirigirse ellos a su reposo: «Libremente habéis recibido; por lo tanto, libremente debéis dar de la verdad del cielo, y esta verdad se multiplicará al ser dada, y se mostrará en una luz creciente de gracia salvadora, aun a medida que vosotros la ministráis».

miércoles, 22 de enero de 2014

El segundo advenimiento del maestro.

En varias ocasiones había hecho declaraciones Jesús que condujeron a sus oyentes a deducir que, aunque él intentaba dejar este mundo dentro de poco, retornaría con toda certeza para consumar la obra del reino celestial. A medida que crecía en sus seguidores el convencimiento de que él los iba a dejar, y después de haber partido él de este mundo, era natural que todos los creyentes se aferraran firmemente de estas promesas de retorno. La doctrina del segundo advenimiento de Cristo se incorporó de este modo en fecha temprana en las enseñanzas de los cristianos, y casi todas las generaciones subsiguientes de discípulos creyeron devotamente en esta verdad y esperaron con confianza su llegada.      

Si debían separarse de su Maestro e Instructor, tanto más estos primeros discípulos y apóstoles se aferraron a la promesa de su retorno, y no perdieron tiempo en asociar la destrucción prevista de Jerusalén con este segundo advenimiento prometido. Así continuaron interpretando sus palabras, a pesar de que, a lo largo de esta instrucción vespertina en el Monte de los Olivos, el Maestro puso particular cuidado en prevenir precisamente este error.
      
Respondiendo ulteriormente a la pregunta de Pedro, Jesús dijo: «¿Por qué persistís en considerar que el Hijo del Hombre se sentará en el trono de David y esperáis que se cumplan lo sueños materiales de los judíos? ¿Acaso no os he dicho en todos estos años que mi reino no es de este mundo? Las cosas que contempláis ahora a vuestros pies están llegando a su fin, pero éste será un nuevo comienzo del cual el evangelio del reino se expanderá a todo el mundo y esta salvación será para todos los pueblos. Cuando el reino haya llegado a su fruto pleno, estad seguros de que el Padre en el cielo no dejará de visitaros con una revelación ampliada de la verdad y con una enaltecida demostración de rectitud, aun como ya otorgó a este mundo a aquel que se convirtió en el príncipe de las tinieblas, y luego a Adán, que fue seguido por Melquisedek, y en estos días, el Hijo del Hombre. Así pues, mi Padre continuará manifestando su misericordia y mostrando su amor, aun a este mundo tenebroso y malvado. Así también yo, después que mi Padre me haya investido de todo poder y autoridad, continuaré siguiendo vuestra suerte y guiando los asuntos del reino mediante la presencia de mi espíritu que pronto será derramado sobre toda carne. Aunque así estaré presente con vosotros en espíritu, también os prometo que alguna vez volveré a este mundo, donde he vivido esta vida en la carne logrando la experiencia simultánea de revelar a Dios al hombre y conducir al hombre a Dios. Muy pronto debo abandonaros y emprender la obra que el Padre ha confiado en mis manos, pero seáis valerosos porque alguna vez retornaré. Mientras tanto, mi Espíritu de la Verdad de un universo os confortará y os guiará.
       
«Ahora me contempláis en debilidad y en la carne, pero cuando retorne, será con poder y en el espíritu. El ojo de la carne contempla al Hijo del Hombre en la carne, pero sólo el ojo del espíritu podrá contemplar al Hijo del Hombre glorificado por su Padre y apareciendo en la tierra en su propio nombre.
      
«Pero los tiempos de la reaparición del Hijo del Hombre tan sólo son conocidos en los concilios del Paraíso; ni siquiera los ángeles del cielo saben cuándo esto ocurrirá. Sin embargo, deberíais comprender que, cuando este evangelio del reino haya sido proclamado a todo el mundo para la salvación de todos los pueblos, y cuando la plenitud de la era haya acontecido, el Padre os enviará otro otorgamiento dispensacional, o si no, el Hijo del Hombre retornará para adjudicar la era.
      
«Ahora bien, en cuanto a las tribulaciones de Jerusalén, de las que os he hablado, no pasará esta generación hasta que se cumplan mis palabras; pero en cuanto a los tiempos del nuevo advenimiento del Hijo del Hombre, nadie en el cielo ni en la tierra puede presumir hablar. Pero conoced la maduración de una era; debéis estar alertas para discernir los signos de los tiempos. Sabéis que cuando ya la rama de la higuera está tierna y brotan sus hojas, el verano está cerca. Del mismo modo, cuando el mundo haya pasado el largo invierno de la mentalidad materialista y discernáis el advenimiento de la primavera espiritual de una nueva dispensación, sabréis que se acerca el verano de una nueva visitación.
      
«Pero, ¿cuál es el significado de esta enseñanza que tiene que ver con la venida de los Hijos de Dios? ¿Acaso no percibís que, cuando cada uno de vosotros sea llamado a abandonar la lucha de la vida y transponer la puerta de la muerte, estaréis en la inmediata presencia de la justicia, y que estáis cara a cara ante el hecho de una nueva dispensación de servicio en el plan eterno del Padre infinito? A lo que el mundo entero debe de hecho enfrentarse al final de una era, vosotros, como individuos, debéis enfrentaros con certeza, como experiencia personal, cuando alcancéis el fin de vuestra vida natural y por ello debéis pasar y enfrentarte a las condiciones y demandas inherentes a la próxima revelación de la progresión eterna del reino del Padre».
      
De todos los discursos que pronunció el Maestro a sus apóstoles, ninguno resultó nunca tan confuso en la mente de ellos como éste, pronunciado ese martes al anochecer en el Monte de los Olivos, referente al doble tema de la destrucción de Jerusalén y del segundo advenimiento del Maestro. Hubo por lo tanto poco acuerdo entre los relatos escritos subsiguientes, basados en los recuerdos de lo que había dicho el Maestro en esta extraordinaria ocasión. Como quedaron muchas lagunas en lo que posteriormente fue escrito sobre lo dicho este martes por la noche, surgieron muchas tradiciones; y muy pronto, en el segundo siglo, un escrito apocalíptico judío sobre el Mesías, originado por un tal Selta, empleado en la corte del emperador Calígula, fue enteramente copiado en el Evangelio según Mateo y posteriormente agregado (en parte) a los registros de Marcos y Lucas. Fue en estos escritos de Selta en los que apareció la parábola de las diez vírgenes. Ninguna parte del escrito evangélico sufrió nunca de la tergiversación tan desconcertante como sufrieran las enseñanzas de esta noche. Pero el apóstol Juan nunca se confundió de esta manera.
      
Mientras estos trece hombres reanudaban su viaje hacia el campamento, estaban mudos y bajo gran tensión emocional. Judas había finalmente confirmado su decisión de abandonar a sus asociados. Era tarde cuando David Zebedeo, Juan Marcos, y varios de los discípulos principales recibieron a Jesús y a los doce en el nuevo campamento, pero los apóstoles no querían dormir; querían saber más sobre la destrucción de Jerusalén, la partida del Maestro y el fin del mundo.

domingo, 19 de enero de 2014

La destrucción de Jerusalén.

Al responder a la pregunta de Natanael, Jesús dijo: «Sí, os diré de los tiempos en que este pueblo habrá llenado la copa de su iniquidad; cuando la justicia caerá súbitamente sobre esta ciudad y sobre nuestros padres. Estoy a punto de dejaros; iré adonde el Padre. Después que os deje, prestad atención que ningún hombre os engañe, porque muchos vendrán como liberadores y conducirán a muchos por el camino equivocado. Cuando escuchéis de guerras y rumores de guerras, no os preocupéis, porque aunque estas cosas sucederán, el fin de Jerusalén aún no habrá llegado. No os perturbéis por la escasez y los terremotos; tampoco debéis preocuparos cuando se os entregue a las autoridades civiles y seáis perseguidos a causa del evangelio. Seréis expulsados de la sinagoga e iréis a la prisión por mí, y algunos de vosotros seréis matados. Cuando seáis llevados ante los gobernadores y los gobernantes, será para atestiguar vuestra fe y para mostrar vuestra firme fidelidad al evangelio del reino. Y cuando estéis ante la presencia de los jueces, no os pongáis ansiosos de antemano por lo que debáis decir porque el espíritu os enseñará en esa misma hora lo que debéis contestar a vuestros adversarios. En estos días de congoja, aun vuestros parientes, bajo el liderazgo de los que han rechazado al Hijo del Hombre, os entregarán a la prisión y a la muerte. Por un tiempo puede que todos los hombres os odien por mí, pero aun en estas persecuciones yo no os abandonaré; mi espíritu no os desertará. ¡Tened paciencia! No dudéis de que este evangelio del reino triunfará sobre todos los enemigos y finalmente será proclamado a todas las naciones».
      
Jesús hizo una pausa mientras contemplaba la ciudad. El Maestro se percataba de que el rechazo del concepto espiritual del Mesías, la determinación de aferrarse con persistencia y ciegamente a la misión material del libertador esperado, llevaría finalmente a los judíos a un conflicto directo con los poderosos ejércitos romanos, y que esa lucha tan sólo resultaría en la destrucción final y completa de la nación judía. Cuando su pueblo rechazó su autootorgamiento espiritual y se negó a recibir la luz del cielo que tan misericordiosamente brillaba sobre ellos, sellaron así su destino como pueblo independiente con una especial misión espiritual en la tierra. Aun los líderes judíos posteriormente reconocieron que fue esta idea secular del Mesías la que llevó directamente a la turbulencia que finalmente produjo su destrucción.
     
Puesto que Jerusalén sería la cuna del primitivo movimiento del evangelio, Jesús no quería que los maestros y predicadores de éste perecieran en la derrota terrible del pueblo judío en conexión con la destrucción de Jerusalén; por eso él dio estas instrucciones a sus seguidores. Mucho le preocupaba a Jesús que algunos de sus discípulos cayeran en las revueltas venideras y perecieran en la caída de Jerusalén.
     
Entonces preguntó Andrés: «Pero, Maestro, si la ciudad santa y el templo han de ser destruidos, y si tú no estarás aquí para guiarnos, ¿cuándo debemos abandonar Jerusalén?» Dijo Jesús: «Podéis permanecer en la ciudad después que yo me haya ido, aun a través de estos tiempos de congoja y persecución amarga, pero cuando veáis que Jerusalén está siendo rodeada por los ejércitos romanos después de la revuelta de los falsos profetas, entonces sabréis que su desolación está por llegar; entonces debéis huir a las montañas. Que nadie de los que están en la ciudad y a su alrededor se quede para tomar nada, y que nadie de los que están afuera se atreva a entrar. Habrá gran tribulación porque esos serán los días de la venganza gentil. Una vez que vosotros hayáis abandonado la ciudad, este pueblo desobediente caerá por la espada y será cautivo de todas las naciones; así destruirán los gentiles la ciudad de Jerusalén. Mientras tanto, os advierto, no os engañéis. Si alguien viene a vosotros diciendo: `Mirad, aquí está el Libertador', o `Mirad, allí está él', no le creáis, porque surgirán muchos falsos maestros y muchos serán conducidos por el camino erróneo; pero vosotros no debéis engañaros porque os he dicho esto por adelantado».
     
Los apóstoles permanecieron sentados en silencio a la luz de la luna durante un largo período, mientras estas predicciones sorprendentes del Maestro se iban asentando en sus mentes confusas. Y fue en conformidad con esta misma advertencia en conformidad con la que prácticamente todo el grupo de creyentes y discípulos huyó de Jerusalén en cuanto aparecieron las tropas romanas, y buscó amparo seguro en Pella al norte.
     
Aun después de esta advertencia explícita, muchos de los seguidores de Jesús interpretaron estas predicciones como refiriéndose a los cambios que obviamente ocurrirían en Jerusalén cuando la reaparición del Mesías resultara en el establecimiento de la Nueva Jerusalén y en la expansión de la ciudad que luego se tornaría la capital del mundo. En su mente estos judíos estaban decididos a relacionar la destrucción del templo con el «fin del mundo». Creían que esta Nueva Jerusalén llenaría toda Palestina; que el fin del mundo sería seguido por la aparición inmediata de los «nuevos cielos y la nueva tierra». Así pues no es extraño que Pedro dijera: «Maestro, sabemos que todas las cosas pasarán cuando aparezcan los nuevos cielos y la nueva tierra, pero, ¿cómo sabremos cuándo retornarás tú para que todo esto ocurra?»
      
Cuando Jesús oyó esto, permaneció pensativo por un tiempo y luego dijo: «Tú caes constantemente en el error porque siempre tratas de vincular la nueva enseñanza con la vieja; estás resuelto a tergiversar todas mis enseñanzas; insistes en interpretar el evangelio de acuerdo con tus creencias preestablecidas. Sin embargo, trataré de esclarecerte».

sábado, 18 de enero de 2014

El anochecer del martes en el monte de los Olivos.


ESTE martes por la tarde, al pasar Jesús y los apóstoles por delante del templo camino del campamento de Getsemaní, Mateo, llamando la atención sobre la construcción del templo, dijo: «Maestro, observa qué edificios son éstos. Mira las piedras macizas y los bellos adornos; ¿es posible que estos edificios sean destruidos?» Mientras caminaban hacia el Oliveto, Jesús dijo: «Veis estas piedras y este templo masivo; de cierto, de cierto os digo: en los días que pronto llegarán no quedará piedra sobre piedra. Todas serán derribadas». Estas observaciones que ilustraban la destrucción del templo sagrado, estimularon la curiosidad de los apóstoles que caminaban detrás del Maestro; no podían concebir un evento, como no fuera el fin del mundo, que pudiera ocasionar la destrucción del templo.

Para evitar a las multitudes que pasaban a lo largo del valle de Cedrón hacia Getsemaní, Jesús y sus asociados decidieron trepar la pendiente occidental del Oliveto por una corta distancia y luego seguir un sendero que conducía a su campamento privado cerca de Getsemaní ubicado a corta distancia encima del campamento público. Mientras se volvían para abandonar el camino que conducía a Betania, vieron el templo, glorificado por los rayos del sol poniente; y al detenerse en el monte, vieron aparecer las luces de la ciudad y contemplaron la belleza del templo iluminado; y allí, bajo la suave luz de la luna llena, Jesús y los doce se sentaron. El Maestro conversaba con ellos, y de repente Natanael hizo esta pregunta: «Dinos Maestro, ¿cómo sabremos cuándo ocurrirán estos acontecimientos?»

viernes, 17 de enero de 2014

La situación en Jerusalén.

Al concluir Jesús su último discurso en el templo, los apóstoles sufrieron una vez más un estado de confusión y consternación. Antes de que el Maestro comenzara su denuncia terrible contra los potentates judíos, regresó Judas al templo; todos los doce así oyeron la última mitad del último discurso de Jesús en el templo. Fue desafortunado que Judas Iscariote no hubiera podido oír la primera mitad de este discurso de despedida, que contenía la oferta de misericordia. Él no oyó esta última oferta de misericordia a los líderes judíos porque aún se encontraba conferenciando con cierto grupo de saduceos parientes y amigos con los cuales había almorzado, y con los cuales estaba discutiendo la forma más adecuada de desasociarse de Jesús y de sus hermanos apóstoles. Fue al escuchar la acusación final del Maestro contra los líderes y gobernantes judíos, cuando Judas final y plenamente decidió abandonar el movimiento del evangelio y lavarse las manos de todo el asunto. Sin embargo, abandonó el templo en compañía de los doce, fue con ellos al Monte de los Olivos, donde, con sus hermanos apóstoles, escuchó ese discurso fatídico sobre la destrucción de Jerusalén y el fin de la nación judía, y permaneció con ellos ese martes por la noche en el nuevo campamento cerca de Getsemaní.
     
La multitud que escuchó a Jesús pasar de su llamado compasivo a los líderes judíos al reproche subitáneo y ardiente que lindaba en una denuncia sin cuartel, se quedó pasmada y anonadada. Esa noche, mientras el sanedrín estaba sentado decidiendo la sentencia de muerte contra Jesús, y mientras el Maestro sentado con sus apóstoles y algunos de sus discípulos en el Monte de los Olivos estaba pronosticando la muerte de la nación judía, toda Jerusalén estaba involucrada en una discusión seria y callada de una sola pregunta: «¿Qué harán con Jesús?»
      
En la casa de Nicodemo, más de treinta judíos prominentes que eran creyentes secretos del reino, se reunieron y debatieron el curso de acción que debían de seguir en caso de una rotura abierta con el sanedrín. Todos los presentes acordaron que declararían abiertamente su alianza con el Maestro en la hora misma en que se enteraron de su arresto. Eso fue precisamente lo que hicieron.
      
 Los saduceos, que ahora controlaban y dominaban el sanedrín, deseaban eliminar a Jesús por las siguientes razones:
      
1. Temían que el aumento del favor popular por parte de las multitudes pusiera en peligro la existencia de la nación judía, debido a una posible involucración con las autoridades romanas.
      
2. Su celo por la reforma en el templo ponía directamente en peligro los ingresos de ellos; la purificación del templo afectaba su bolsa.
      
3. Se sentían responsables de la preservación del orden social, y temían las consecuencias de una expansión ulterior de la extraña y nueva doctrina de Jesús de la hermandad de los hombres.
      
Los fariseos tenían motivos distintos por su deseo de ver que Jesús sea matado. Le temían porque:
     
1. Se había dispuesto en terminante oposición a la dominación tradicional que ellos ejercían sobre el pueblo. Los fariseos eran ultraconservadores, y resentían amargamente estos ataques supuestamente radicales a su prestigio establecido como maestros religiosos.
     
2. Sostenían que Jesús estaba en contravención de la ley; que exhibía un desprecio total por el sábado y por numerosos otros requisitos legales y ceremoniales.
      
3. Le acusaban de blasfemia porque aludía a Dios como su Padre.
     
4. Además, ahora estaban furiosos con él por su último discurso de amarga condena, pronunciado ese día mismo en el templo como punto final de su sermón de despedida.
      
El sanedrín, después de haber decretado formalmente la muerte de Jesús y emitido órdenes para su arresto, levantó la reunión este martes cerca de la medianoche, después de decidir una convocatoria para las diez de la mañana siguiente en la casa de Caifás el sumo sacerdote con el propósito de levantar las acusaciones para someter a Jesús a juicio.
      
Un pequeño grupo de saduceos había llegado a proponer que dispusieran de Jesús mediante el asesinato, pero los fariseos se negaron firmemente a este procedimiento.
      
Ésta era pues la situación en Jerusalén y entre los hombres en este día lleno de acontecimientos, mientras vastas huestes de seres celestiales contemplaban esta dramática escena en la tierra, ansiosos por hacer algo en ayuda de su amado Soberano pero sin poder actuar porque estaban bajo la efectiva prohibición de sus superiores.

martes, 14 de enero de 2014

La fatídica reunión del Sanedrín.

A las ocho de la noche de este martes se convocó la fatídica reunión del sanedrín. En muchas ocasiones previas este supremo tribunal de la nación judía había decretado en forma casual la muerte de Jesús. Muchas veces este augusto cuerpo gobernante determinó poner punto final a su obra, pero nunca antes habían resuelto arrestarlo y ocasionar su muerte a toda costa. Fue justo antes de la medianoche de este martes 4 de abril del 30 d. de J.C. cuando el sanedrín, así como estaba compuesto en ese momento, votó oficial y unánimemente imponer la sentencia de muerte a Jesús y a Lázaro. Ésta fue la respuesta al último llamado del Maestro a los potentados de los judíos, llamado hecho sólo unas pocas horas antes en el templo; representó su reacción de amargo resentimiento ante la última y vigorosa acusación de Jesús contra estos mismos altos sacerdotes y saduceos y fariseos impenitentes. La resolución de condenar a muerte (aun antes de su juicio) al Hijo de Dios fue la respuesta del sanedrín a la última oferta de misericordia celestial que fuera extendida jamás a la nación judía como tal.
      
Desde este momento en adelante los judíos se encontraron solos para completar el breve y corto período que les quedaba de vida nacional, como cualquier otro grupo puramente humano entre las naciones de Urantia. Israel había repudiado al Hijo de aquel Dios, que hiciera un pacto con Abraham; y el plan de que los hijos de Abraham fueran los portadores de la luz de la verdad en el mundo, se hizo añicos. Se había abrogado el pacto divino, y se aproximó a pasos agigantados el fin de la nación hebrea.
     
Los funcionarios del sanedrín recibieron la orden de arrestar a Jesús temprano a la mañana siguiente, pero con instrucciones de que no debía ser arrestado en público. Se les dijo que planearan arrestarlo en secreto, preferiblemente en forma repentina y de noche. Comprendiendo que tal vez no volvería ese día (miércoles) para enseñar en el templo, ellos instruyeron a estos oficiales del sanedrín que «lo traigan ante el alto tribunal judío en algún momento antes de la medianoche del jueves.»

lunes, 13 de enero de 2014

La posición del judío.


El hecho de que los líderes espirituales y maestros religiosos de la nación judía en cierto momento rechazaron las enseñanzas de Jesús y conspiraron para ocasionar su muerte cruel, no afecta de ninguna manera la posición de cada judío ante los ojos de Dios. Este hecho no debe motivar a los que profesan seguir al Cristo, a que tengan prejuicios contra el judío, su semejante mortal. Los judíos, como nación, como grupo sociopolítico, pagaron plenamente el precio terrible de rechazar al Príncipe de la Paz. Hace mucho tiempo que cesaron de ser los abanderados espirituales de la verdad divina para las razas de la humanidad, pero no es ésta razón válida para que los descendientes de estos antiguos judíos deban sufrir las persecuciones que han caído sobre ellos a manos de los seguidores intolerantes, inmeritorios y prejuiciosos de Jesús de Nazaret, quien fue judío de nacimiento en la tierra.
     
Muchas veces esta persecución y este odio irrazonables que nada tienen que ver con la naturaleza de Cristo contra los judíos modernos acaba en sufrimiento y muerte de judíos inocentes y sin ofensa, cuyos antepasados mismos, en los tiempos de Jesús, aceptaron de todo corazón su evangelio y finalmente murieron sin vacilar por esa verdad en la cual creían tan sinceramente. ¡Qué escalofrío de horror corre por los seres celestiales cuando contemplan a los seguidores profesos de Jesús perseguir, atormentar y aun asesinar a los descendientes de Pedro, Felipe y Mateo, y de otros judíos palestinos que tan gloriosamente dieron sus vidas como los primeros mártires del evangelio del reino del cielo!
     
¡Cuán cruel e irrazonable es obligar a niños inocentes a que sufran por los pecados de sus progenitores, por malas acciones que ignoran por completo, sin tener responsabilidad alguna por aquellas! Además, ¡actuar tan cruelmente, en nombre de aquel que enseñó a sus discípulos a que amaran aun a sus enemigos! Ha sido necesario, en este relato de la vida de Jesús, ilustrar la manera en que algunos de sus compatriotas judíos lo rechazaron, conspirando para ocasionar su muerte ignominiosa; pero queremos advertir a todos los que lean esta narrativa que la presentación de este recital histórico no justifica de ninguna manera el odio injusto, ni perdona la inicua actitud mental que tantos cristianos profesos han manifestado durante tantos siglos contra los judíos. Los creyentes en el reino, los que siguen las enseñanzas de Jesús, deben dejar de maltratar a los judíos con el pretexto de que éstos fueron culpables de rechazar a Jesús y crucificarlo. El Padre y su Hijo Creador no han cesado nunca de amar a los judíos. Dios no hace acepción de personas, y la salvación es para los judíos tanto como para los gentiles.