«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

miércoles, 26 de marzo de 2014

El lavado de los pies de los apóstoles.

Después de beber la primera copa de la Pascua, era costumbre judía que el anfitrión se levantara de la mesa y se lavara las manos. Más adelante en el curso de la comida y después de la segunda copa, todos los huéspedes del mismo modo se levantaban y se lavaban las manos. Puesto que los apóstoles sabían que su Maestro nunca observaba estos ritos de lavado ceremonial de las manos, tenían curiosidad por saber qué tenía intención de hacer cuando, después de compartir esta primera copa, se levantó de la mesa y silenciosamente se dirigió junto a la puerta, donde estaban dispuestos los cántaros de agua, las vasijas y las toallas. Y su curiosidad se transformó en asombro cuando vieron que el Maestro se quitaba su manto, se envolvía en una toalla y comenzaba a echar agua en una de las vasijas para los pies. Imaginad el asombro de estos doce hombres, que tan recientemente se habían negado a lavarse los pies unos a otros, y que se habían enredado en disputas tan poco elegantes sobre los sitios de honor en la mesa, cuando le vieron dar la vuelta alrededor del extremo no ocupado de la mesa, hasta el asiento más bajo del festín, en el que se reclinaba Simón Pedro y, arrodillándose en actitud de siervo, se preparó para lavarle los pies a Simón. En el momento en que se arrodilló el Maestro, los doce se pusieron de pie al unísono; aun el traidor Judas olvidó por un momento completamente su infamia y se levantó con sus compañeros apóstoles en esta expresión de sorpresa, respecto y asombro total.
      
Allí estaba pues Simón Pedro de pie, mirando hacia abajo al rostro levantado de su Maestro. Jesús no dijo nada; no era necesario que hablara. Su actitud revelaba claramente que estaba dispuesto a lavarle los pies a Simón Pedro. A pesar de la fragilidad de la carne, Pedro amaba al Maestro. Este pescador galileo fue el primer ser humano que creyó de todo corazón en la divinidad de Jesús e hizo una confesión plena y pública de esa fe. Y Pedro nunca había dudado, ni una sola vez, de la naturaleza divina del Maestro. Puesto que Pedro tanto reverenciaba y honraba a Jesús en su corazón, no es extraño que su alma se resintiera de la idea de Jesús arrodillado allí frente a él en actitud de siervo inferior, proponiéndose lavarle los pies como lo haría un esclavo. Cuando Pedro consiguió volver en sí lo suficiente como para dirigirse al Maestro, expresó los sentimientos sinceros de todos los demás apóstoles.
      
Después de algunos momentos de gran incomodidad, Pedro dijo: «Maestro, ¿es que realmente piensas lavarme los pies?» Luego, levantando la mirada al rostro de Pedro, Jesús dijo: «Tal vez no comprendas plenamente lo que estoy por hacer; pero más adelante sabrás el significado de todas estas cosas». Entonces Simón Pedro, respirando hondo, dijo: «Maestro, ¡jamás lavarás mis pies!» Cada uno de los apóstoles indicó con la cabeza su aprobación de la firme declaración de Pedro al negarse a permitir que Jesús se humillara de esta manera ante ellos.
      
La atracción dramática de este espectáculo insólito llegó a tocar al principio el corazón de Judas Iscariote; pero cuando su intelecto vanaglorioso juzgó el espectáculo, concluyó que este gesto de humildad era tan sólo otro episodio más que probaba conclusivamente que Jesús nunca sería calificado como el libertador de Israel, y que él no había cometido un error al decidir que desertaría la causa del Maestro.
     
Mientras estaban todos ellos allí de pie, anhelantes de asombro, Jesús dijo: «Pedro, yo declaro que, si no te lavo los pies, no participarás tú conmigo en lo que estoy a punto de realizar». Cuando Pedro escuchó esta declaración, juntamente con el hecho de que Jesús seguía de rodillas ahí a sus pies, tomó una de esas decisiones de aprobación ciega en cumplimiento del deseo de aquel a quien él tanto respetaba y amaba. Cuando empezó a ocurrírsele a Simón Pedro que en este propuesto acto de servicio había tal vez un significado que determinaba una conexión futura de uno con la obra del Maestro, no sólo se reconcilió con la idea de permitir que Jesús le lavara los pies sino que, con su manera característica e impetuosa, dijo: «Entonces, Maestro, lávame no sólo los pies sino también las manos y la cabeza.»
      
El Maestro, al aprontarse para comenzar a lavar los pies de Pedro, dijo: «El que ya está limpio, tan sólo necesita que le laven los pies. Vosotros que os sentáis conmigo esta noche estáis limpios —pero no todos. Pero el polvo de vuestros pies debería haber sido lavado antes de sentaros a comer conmigo. Además, haré yo este servicio por vosotros como una parábola para ilustrar el significado de un nuevo mandamiento que pronto os daré».
      
Del mismo modo el Maestro fue alrededor de la mesa, en silencio, lavando los pies de sus doce apóstoles, sin siquiera excluir a Judas. Cuando Jesús hubo terminado de lavar los pies de los doce, se puso el manto, retornó a su asiento de anfitrión, y después de mirar a sus apóstoles asombrados, dijo:
      
«¿Comprendéis realmente lo que os he hecho? Me llamáis Maestro, y me llamáis bien, porque eso soy. Si, pues, el Maestro os ha lavado los pies, ¿por qué vosotros no queríais lavaros los pies unos a otros? ¿Qué lección debéis aprender de esta parábola en la que el Maestro tan voluntariosamente hace este servicio que sus hermanos no se ofrecían hacer unos para con los otros? De cierto, de cierto os digo: Un siervo no es más grande que su amo; tampoco es más grande el que es enviado que el que lo envía. Habéis visto el camino del servicio en mi vida entre vosotros, y benditos sois vosotros que tendréis el coraje y la gracia de servir así.
 Pero, ¿por qué seréis tan lentos en aprender que el secreto de la grandeza en el reino espiritual difiere de los métodos del poder en el mundo material?
      
«Cuando entré a este aposento esta noche, no os conformabais con negaros orgullosamente a lavaros los pies unos a otros, sino que también caísteis en disputas entre vosotros sobre quiénes se merecían los sitios de honor en mi mesa. Esos honores los buscan los fariseos y los hijos de este mundo, pero no debería ser así entre los embajadores del reino celestial. ¿Acaso no sabéis que no puede haber sitio de preferencia en mi mesa? ¿Acaso no comprendéis que amo a cada uno de vosotros como a los demás? ¿Acaso no sabéis que el sitio junto a mí, que significa un honor entre los hombres, nada significa en cuanto a vuestro estado en el reino del cielo? Sabéis que los reyes de los gentiles tienen señorío sobre sus súbditos, y que los que ejercen esta autoridad son llamados a veces benefactores. Pero no será así en el reino del cielo. El que quiere ser grande entre vosotros, que sea como el más joven; y el que quiere ser jefe, que sea como el que sirve. ¿Quién es más grande, el que se sienta a comer, o el que sirve? ¿Acaso no se piensa comúnmente que el que se sienta comer es más grande? Pero observaréis que estoy entre vosotros como el que sirve. Si estáis dispuestos a ser consiervos conmigo para hacer la voluntad del Padre, en el reino venidero os sentaréis conmigo en poder, aún haciendo la voluntad del Padre en la gloria futura.»
      
Cuando Jesús terminó de hablar, los gemelos Alfeo trajeron el pan y el vino, con las hierbas amargas y la pasta de frutas secas, que eran el plato siguiente de la última cena.

martes, 25 de marzo de 2014

El comienzo de la cena.

Por unos momentos después de que el Maestro se sentó en su lugar, no se habló una palabra. Jesús los miró a todos y, aliviando la tensión con una sonrisa, dijo: «Mucho he deseado comer con vosotros esta Pascua. He deseado comer con vosotros una vez más antes de mi sufrimiento, y sabiendo que mi hora ha llegado, dispuse hoy esta cena con vosotros porque, en cuanto al mañana, estamos en las manos del Padre, cuya voluntad he venido a hacer. No volveré a comer con vosotros hasta que os sentéis conmigo en el reino que mi Padre me dará cuando haya terminado aquello para lo cual me envió a este mundo.»


Después de mezclar el agua y el vino, trajeron la copa a Jesús quien, cuando la hubo recibido de las manos de Tadeo, la levantó dando gracias. Y cuando hubo terminado de dar gracias, dijo: «Tomad esta copa y compartidla entre vosotros, y cuando compartáis de ésta, percataos de que no volveré a beber con vosotros el fruto de la vid, puesto que ésta es nuestra última cena. Cuando nos sentemos nuevamente de esta manera, lo será en el reino venidero».
      
Jesús así comenzó a hablar a sus apóstoles porque sabía que su hora había llegado. Comprendía que había llegado el momento en que tenía que retornar al Padre, y que su obra en la tierra estaba casi terminada. El Maestro sabía que había revelado el amor del Padre sobre la tierra y había mostrado su misericordia a la humanidad, y que había completado aquello para lo cual había venido al mundo, aun hasta recibir todo poder y autoridad en el cielo y en la tierra. Del mismo modo sabía que Judas Iscariote ya había resuelto entregarlo esta noche a las manos de sus enemigos. Se daba cuenta plenamente de que esta pérfida traición era trabajo de Judas, y que también le había dado placer a Lucifer, Satanás y Caligastia, el príncipe de las tinieblas. Pero no temía a ninguno de los que buscaban su caída espiritual, así como tampoco temía a los que buscaban su muerte física. El Maestro tenía una sola ansiedad, y ésa era por la seguridad y salvación de sus seguidores elegidos. Así pues, con el conocimiento pleno de que el Padre había puesto todas las cosas bajo su autoridad, el Maestro se preparaba ahora para promulgar la parábola del amor fraterno.

lunes, 24 de marzo de 2014

El anhelo de la preferencia.


Cuando los apóstoles fueron conducidos arriba por Juan Marcos, contemplaron una cámara amplia y cómoda que había sido completamente dispuesta para la cena, y observaron que el pan, el vino, el agua y las hierbas estaban listos a un extremo de la mesa. Excepto por el extremo en el que estaban dispuestos el pan y el vino, esta larga mesa estaba rodeada de trece triclinios de los que se proveían para la celebración de la Pascua en los hogares judíos de buena posición económica.

Cuando los doce entraron al cuarto superior, notaron, inmediatamente junto a la puerta, los cántaros de agua, las vasijas y las toallas para lavarse los pies polvorientos; puesto que no se habían proveído siervos para rendir este servicio, los apóstoles se miraron entre sí en cuanto Juan Marcos les dejó, y cada uno pensó para sus adentros, ¿quién lavará nuestros pies? y cada uno del mismo modo pensó que él no sería quién actuara de esta manera como siervo de los demás.
    
Mientras estaban allí parados con este dilema en el corazón, observaron el arreglo de los asientos junto a la mesa, tomando nota del diván más alto del anfitrión, con un triclinio a la derecha y los otros once dispuestos alrededor de la mesa, frente a este segundo asiento de honor a la derecha del anfitrión.
     
Esperaban que el Maestro llegara en cualquier momento, pero estaban en dudas si debían sentarse o esperar su llegada para que les asignara su sitio. Mientras titubeaban, Judas se dirigió al asiento de honor, a la izquierda del anfitrión, y manifestó que tenía la intención de reclinarse allí como huésped preferido. Esta acción de Judas inmediatamente produjo una disputa violenta entre los demás apóstoles. No acababa Judas de apropiarse el asiento de honor cuando Juan Zebedeo reclamó para sí el siguiente asiento preferido, el que estaba situado a la derecha del anfitrión. Simón Pedro tanto se airó por esta toma de posiciones preferidas de Judas y Juan que, mientras los demás apóstoles observaban enojados, dio la vuelta a la mesa y se ubicó en el triclinio más bajo, al final de la fila de asientos y frente al que había elegido Juan Zebedeo. Puesto que otros habían tomado los asientos altos, Pedro pensó en elegir el más bajo, y lo hizo, no solamente en protesta contra el orgullo poco elegante de sus hermanos, sino con la esperanza de que Jesús, cuando entrara y lo viera en el lugar menos honroso, lo llamara a uno más alto, desplazando así a aquel que había presumido honrarse a sí mismo.
     
Con las posiciones más altas y más bajas ya ocupadas, el resto de los apóstoles eligieron lugares, algunos junto a Judas y otros junto a Pedro, hasta que todos ellos se ubicaron. Se sentaron alrededor de la mesa en forma de U, en estos divanes, en el siguiente orden: a la derecha del Maestro, Juan; a la izquierda, Judas; Simón el Zelote, Mateo, Santiago Zebedeo, Andrés, los gemelos Alfeo, Felipe, Natanael, Tomás y Simón Pedro.
   
Están reunidos para celebrar, por lo menos en espíritu, una institución que antedataba aun a Moisés y se remontaba a los tiempos en los que sus padres eran esclavos en Egipto. Esta cena es su último encuentro con Jesús, y aun en tal ocasión solemne, bajo el liderazgo de Judas, los apóstoles se dejan llevar una vez más por su vieja predilección por el honor, la preferencia y la exaltación personal.
     
Aún estaban recriminándose airadamente unos a otros cuando apareció el Maestro en la puerta, permaneciendo allí un instante mientras su rostro se inundaba lentamente de una expresión de desencanto. Sin hacer comentario alguno se dirigió a su asiento, y no cambió la distribución de los asientos de ellos.
     
Ya estaban listos para empezar la cena, excepto que sus pies aún estaban sin lavar, y que estaban en un estado de ánimo que era de todo, menos agradable. Cuando el Maestro llegó, aún estaban discutiendo de forma poco halageña entre ellos; y no hablemos de los pensamientos de algunos de ellos que tenían suficiente control emocional como para no expresarlos públicamente.

domingo, 23 de marzo de 2014

La última cena.

DURANTE la tarde de este jueves, cuando Felipe recordó al Maestro que se acercaba la Pascua y preguntó sobre los planes para su celebración, pensaba en la cena de Pascua que debía comerse a la tarde del día siguiente, viernes. Era costumbre comenzar las preparaciones para la celebración de la Pascua no más tarde que el mediodía del día anterior. Puesto que los judíos consideraban que el día comenzaba a la puesta del sol, eso significaba que la cena de Pascua del sábado se comería el viernes por la noche, poco antes de la medianoche.
      
Los apóstoles, por lo tanto, no podían comprender el anuncio del Maestro de que celebrarían la Pascua un día antes. Pensaban, por lo menos algunos de ellos, que él sabía que sería arrestado antes de la hora de la cena pascual el viernes por la noche y, por consiguiente, los convocaba para una cena especial este jueves por la noche. Otros pensaban que ésta era simplemente una ocasión especial, que precedería a la celebración regular de la Pascua.
     
Los apóstoles sabían que Jesús había celebrado otras Pascuas sin cordero; sabían que personalmente no participaba en ninguno de los servicios del sistema judío que incluían sacrificios. Muchas veces había compartido el cordero pascual como huésped, pero en todos los casos en que él era el anfitrión, no se servía cordero. No habría sido para los apóstoles una gran sorpresa que se omitiera el cordero aun la noche de la Pascua, y puesto que esta cena se ofrecía un día antes, no les llamó la atención que faltara el cordero.
      
Después de recibir los saludos y la bienvenida del padre y de la madre de Juan Marcos, los apóstoles fueron inmediatamente al aposento de la parte alta, mientras Jesús se quedaba atrás para hablar con la familia de Marcos.
      
Se había acordado de antemano que el Maestro celebraría esta ocasión a solas con sus doce apóstoles; por lo tanto, no se había dispuesto que hubiera siervos para servirles.

sábado, 22 de marzo de 2014

Camino a la cena.

Tratando nuevamente de evitar las multitudes que pasaban por el valle de Cedrón de ida y de vuelta entre el parque de Getsemaní y Jerusalén, Jesús y los doce caminaron por la cresta occidental del Monte de los Olivos para tomar el camino que conducía de Betania a la ciudad. Al acercarse al lugar en el que Jesús se había detenido la noche anterior para hablar de la destrucción de Jerusalén, pausaron inconscientemente, permaneciendo allí de pie, callados contemplando la ciudad. Como tenían tiempo, y puesto que Jesús no quería pasar por la ciudad antes de la caída del sol, él dijo a sus asociados: 

     
«Sentaos y descansad mientras yo os hablo de lo que pronto ha de ocurrir. Todos estos años yo he vivido con vosotros como hermanos, os he enseñado la verdad sobre el reino del cielo y os he revelado los misterios del mismo. Mi padre ha hecho en verdad muchas obras maravillosas en relación con mi misión en la tierra. Habéis sido testigos de todo esto y habéis compartido la experiencia de laborar juntos con Dios. Y vosotros atestiguaréis que os vengo advirtiendo de que dentro de poco debo retornar a la obra que el Padre me ha dado para hacer; os he dicho claramente que debo dejaros en el mundo para continuar la obra del reino. Para este propósito os escogí en las colinas de Capernaum. La experiencia que habéis tenido conmigo, debéis prepararos ahora para compartirla con otros. Así como el Padre me envió a este mundo, ahora os enviaré a vosotros para que me representéis y terminéis la obra que he comenzado.
     
«Vosotros bajáis la mirada sobre esta ciudad con congoja, porque habéis oído mis palabras que os describieron el fin de Jerusalén. Os lo he advertido para que no perezcáis en su destrucción, postergando así la proclamación del evangelio del reino. Del mismo modo os advierto que os cuidéis para no exponeros sin necesidad al peligro cuando vengan a llevarse al Hijo del Hombre. Debo irme, pero vosotros debéis quedaros para dar testimonio de este evangelio cuando yo haya partido, aun como le advertí a Lázaro que huyera de la ira del hombre para vivir y hacer conocer así la gloria de Dios. Si es voluntad del Padre que yo parta, nada de lo que vosotros podáis hacer cambiará el plan divino. Cuidaos, para no os maten a vosotros también. Que vuestras almas sean valientes en defensa del evangelio por el poder del espíritu, pero no os confundáis en un intento necio de defender al Hijo del Hombre. No necesito defensa alguna de la mano del hombre; los ejércitos del cielo están aun en este momento junto a mí; pero estoy decidido a hacer la voluntad de mi Padre, y por consiguiente debemos someternos a lo que está por ocurrirnos.
     
«Cuando veáis esta ciudad destruida, no os olvidéis que ya habéis entrado en la vida eterna del servicio eterno en el reino del cielo en constante avance, aun del cielo de los cielos. Debéis saber que en el universo de mi Padre y en el mío hay muchas moradas, y que allí espera a los hijos de la luz la revelación de ciudades cuyo constructor es Dios y de mundos cuyas costumbres de vida son la rectitud y la felicidad en la verdad. Os he traído el reino del cielo a la tierra, pero os declaro, que todos vosotros que por la fe entráis allí y permanecéis allí por el servicio vivo de la verdad, con certeza ascenderéis a los mundos en lo alto y os sentaréis conmigo en el reino espiritual de nuestro Padre. Pero primero debéis prepararos y completar la obra que habéis comenzado conmigo. Primero debéis pasar por tribulaciones y soportar muchas penas —y estas pruebas ya están por sobrecogernos— y cuando hayáis terminado vuestra obra en la tierra, vendréis a mi felicidad, así como yo he terminado la obra de mi Padre en la tierra y estoy a punto de retornar a su abrazo».
     
Cuando el Maestro hubo hablado se levantó, y todos ellos le siguieron por el camino hacia abajo del Monte de los Olivos y entraron a la ciudad. Ninguno de los apóstoles, salvo tres, sabían adónde iban mientras se abrían camino por las estrechas calles cuando caía la oscuridad de la noche. Las multitudes los empujaban, pero nadie los reconoció ni supo que el Hijo de Dios estaba pasando por allí, camino de su último encuentro mortal con sus embajadores elegidos del reino. Tampoco sabían los apóstoles que uno de entre ellos ya estaba conspirando para traicionar al Maestro, entregándolo a las manos de sus enemigos.
     
Juan Marcos los había seguido todo el camino hasta la ciudad, y después de entrar ellos por la puerta, se dio prisa por otro camino para poder recibirlos en la casa de su padre cuando llegaran.

viernes, 21 de marzo de 2014

Después del almuerzo.

No muchos de los oyentes del Maestro pudieron comprender tan siquiera una parte de su disertación matutina. De todos los que lo oyeron, los griegos fueron los que más comprendieron. Aun los once apóstoles estaban confundidos por sus alusiones a futuros reinos políticos y a generaciones sucesivas de creyentes en el reino. Los seguidores más devotos de Jesús no podían reconciliar el fin inminente de su ministerio terrenal con estas referencias a un futuro lejano de actividades evangelísticas. Algunos de estos creyentes judíos estaban comenzando a percibir que estaba a punto de ocurrir la mayor tragedia de la tierra, pero no podían reconciliar tal desastre inminente ni con la actitud personal alegremente indiferente del Maestro, ni con su discurso matutino, en el cual aludió repetidas veces a transacciones futuras del reino celestial, que parecía abarcar amplios períodos de tiempo y comprendía relaciones con muchos y sucesivos reinos temporales en la tierra.
      
Para el mediodía de ese día todos los apóstoles y discípulos se habían enterado de la apresurada fuga de Lázaro desde Betania. Comenzaron a percibir la amarga determinación de los dirigentes judíos, decididos a exterminar a Jesús y sus enseñanzas.
     
David Zebedeo, mediante el trabajo de sus agentes secretos en Jerusalén, tenía información detallada sobre el progreso del plan de arrestar y matar a Jesús. Sabía plenamente el papel que representaba Judas en este complot, pero nunca reveló este conocimiento a los demás apóstoles ni a ninguno de los discípulos. Poco después del almuerzo, condujo a Jesús aparte, atreviéndose a preguntarle si él sabía —pero no pudo continuar su pregunta. El Maestro, levantando la mano, le interrumpió diciendo: «Si, David, lo sé todo, y sé que tú sabes, pero asegúrate de no decírselo a ningún hombre. Solamente, no dudes en tu corazón de que al fin triunfará la voluntad de Dios».
      
Esta conversación con David fue interrumpida por la llegada de un mensajero de Filadelfia que traía la noticia de que Abner había oído hablar de un complot para matar a Jesús y preguntaba si debía ir a Jerusalén. Este correo salió de prisa hacia Filadelfia con este mensaje para Abner: «Continúa con tu obra. Si yo te abandono en la carne, es sólo para que pueda retornar en el espíritu. No te abandonaré. Estaré contigo hasta el fin».
      
Alrededor de este momento Felipe se acercó al Maestro y preguntó: «Maestro, ya que la hora de la Pascua se acerca, ¿dónde quieres tú que nos preparemos para comer la cena?» Cuando Jesús oyó la pregunta de Felipe respondió: «Vete, trae a Pedro y a Juan, y os daré instrucciones sobre la cena que vamos a comer juntos esta noche. En cuanto a la Pascua, eso deberéis considerarlo después que hayamos hecho esto».
     
Cuando Judas oyó al Maestro hablando con Felipe sobre estos asuntos, se acercó para escuchar su conversación. Pero David Zebedeo, que estaba cerca, se le acercó y empezó con él una conversación, mientras Felipe, Pedro y Juan se apartaron para hablar con el Maestro.
     
Dijo Jesús a los tres: «Id inmediatamente a Jerusalén, y al entrar por la puerta encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua. El os hablará y vosotros lo seguiréis. Cuando os conduzca a cierta casa, entrad detrás de él y decid al buen amo de esa casa: `¿Dónde está el aposento donde el Maestro va a comer la cena con sus apóstoles?' Cuando hayáis preguntado así, este señor de la casa os mostrará un gran aposento arriba ya dispuesto y listo para nosotros».
      
Cuando los apóstoles llegaron a la ciudad se encontraron con el hombre que llevaba el cántaro de agua junto a la puerta y lo siguieron hasta la casa de Juan Marcos, donde el padre del muchacho los encontró y les mostró el aposento de arriba listo para la cena.
     
Y todo esto ocurrió como resultado de un acuerdo al que habían llegado el Maestro y Juan Marcos el día anterior cuando se encontraban a solas en las colinas. Jesus quería estar seguro de que tendría esta última cena con sus apóstoles sin interrupciones y creyendo que si Judas conociera de antemano el lugar de encuentro dispondría con sus enemigos que lo arrestaran, hizo este arreglo secreto con Juan Marcos. Así pues, Judas no supo del lugar de encuentro hasta más tarde cuando llegó allí en compañía de Jesús y de los otros apóstoles.
     
David Zebedeo tenía muchas transacciones que discutir con Judas de modo que le resultó fácil impedir que siguiera a Pedro, Juan y Felipe, como deseaba hacerlo. Cuando Judas dio a David cierta suma de dinero para las provisiones, David le dijo: «Judas ¿no estaría bien, bajo las circunstancias, proveerme de un poco de dinero aun antes de que surjan las necesidades?» Después de reflexionar Judas un momento, respondió: «Sí, David, pienso que sería sensato. De hecho, en vista de las difíciles condiciones en Jerusalén, pienso que sería mejor que yo te diera a ti todo el dinero. Hay un complot contra el Maestro, y en caso de que pudiera sucederme algo a mí, no quedaríais desamparados». 

Así pues David recibió todos los fondos apostólicos en efectivo y los recibos del dinero en depósito. Los apóstoles no supieron de esta transacción hasta la noche del día siguiente.
     
Fue a eso de las cuatro y media cuando los tres apóstoles retornaron e informaron a Jesús que todo estaba dispuesto para la cena. El Maestro se preparó inmediatamente para conducir a sus doce apóstoles por el sendero del camino a Betania, y de allí a Jerusalén. Este fue el último viaje que hizo con los doce.

jueves, 20 de marzo de 2014

La disertación sobre la filiación y la ciudadanía.

Jesús habló a unos cincuenta de sus seguidores de confianza por casi dos horas y respondió a una veintena de preguntas sobre la relación del reino del cielo con los reinos de este mundo, sobre la relación de la filiación con Dios en cuanto a la ciudadanía en los gobiernos terrenales. Esta disertación, juntamente con sus respuestas a las preguntas, puede ser resumida y expresada en lenguaje moderno como sigue:
     
Los reinos de este mundo, siendo materiales, pueden enfrentarse con frecuencia con la necesidad de emplear la fuerza física en la ejecución de sus leyes y para mantener el orden. En el reino del cielo, los verdaderos creyentes no recurrirán al empleo de la fuerza física. El reino del cielo, siendo la hermandad espiritual de los hijos de Dios nacidos del espíritu, puede ser promulgado tan sólo por el poder del espíritu. Esta distinción de procedimientos se refiere a las relaciones del reino de los creyentes con los reinos de gobierno secular y no nulifica el derecho que tienen los grupos sociales de creyentes de mantener el orden en sus filas y administrar disciplina a sus miembros díscolos e indeseables.
     
No hay nada incompatible entre la filiación en el reino espiritual y la ciudadanía del gobierno civil o secular. Es deber del creyente dar al César las cosas que son del César y a Dios, las cosas que son de Dios. No puede haber desavenencia alguna entre esos dos requisitos, siendo uno material y otro espiritual, a menos que sucediera que un César presumiese usurpar las prerrogativas de Dios y demandar que se le rindiese homenaje espiritual y adoración suprema. En tal caso, adoraréis sólo a Dios tratando al mismo tiempo de esclarecer esos líderes terrenales descarriados conduciéndolos de esta manera a ellos también al reconocimiento del Padre en el cielo. No prestaréis adoración espiritual a los gobernantes terrenales; tampoco debéis emplear la fuerza física de gobiernos terrestres, cuyos líderes a la sazón se hayan hecho creyentes para avanzar la misión del reino espiritual.
     
La filiación en el reino, desde el punto de vista de la civilización en avance, debería ayudaros a volveros ciudadanos ideales de los reinos de este mundo, puesto que la hermandad y el servicio son el pilar del evangelio del reino. El llamado al amor del reino espiritual debería actuar como destructor eficaz del impulso al odio de los ciudadanos descreídos y propensos a las guerras de los reinos terrestres. Pero estos hijos que se preocupan de los bienes materiales y que se hallan en las tinieblas nunca van a saber nada de vuestra luz espiritual de la verdad, a menos que os acerquéis a ellos con ese servicio social altruista que es la consecuencia natural de rendir los frutos del espíritu en la experiencia de vida de cada creyente.
     
Como hombres mortales y materiales, vosotros sois efectivamente ciudadanos de los reinos terrestres, y deberíais ser buenos ciudadanos, mejores aun por haber renacido como hijos espirituales del reino celestial. Como hijos esclarecidos por la fe y liberados por el espíritu del reino del cielo, os enfrentáis con una doble responsabilidad de deber hacia el hombre y deber hacia Dios, mientras que voluntariamente asumís una tercera y sagrada obligación: el servicio a la hermandad de los creyentes conocedores de Dios.
     
No debéis adorar a vuestros gobernantes temporales, y no debéis emplear el poder temporal para el adelanto del reino espiritual; pero debéis manifestar a creyentes y no creyentes por igual el ministerio recto del servicio amante. En el evangelio del reino reside el poderoso Espíritu de la Verdad, y dentro de poco yo derramaré ese mismo espíritu sobre todos los seres humanos. Los frutos del espíritu o sea vuestro servicio sincero y amante, son la poderosa palanca social que eleva las razas de las tinieblas, y este Espíritu de la Verdad será vuestro fulcro multiplicador de poder.
     
Manifestad sabiduría y exhibid sagacidad en vuestro trato con los gobernantes civiles incrédulos. Por discreción, mostraos expertos en solucionar desacuerdos menores y en ajustar interpretaciones erróneas de poca importancia. De toda manera posible —en todo lo que no atañe a vuestra lealtad espiritual a los gobernantes del universo— tratad de vivir en paz con todos los hombres. Sed siempre sabios como serpientes pero inocuos como palomas.
     
Deberíais volveros ciudadanos mucho mejores del estado secular como resultado de volveros hijos esclarecidos del reino; del mismo modo los gobernantes de los estados terrestres deberían tornarse mejores gobernantes en los asuntos civiles como resultado de la fe en este evangelio del reino celestial. La actitud del servicio altruista a los hombres y la adoración inteligente de Dios hará que todos los creyentes del reino se vuelvan mejores ciudadanos del mundo; al mismo tiempo, la disposición de quedar un ciudadano honesto y la de la devoción sincera a los deberes temporales hará que ese ciudadano sea más receptivo al llamado espiritual de la filiación en el reino celestial.
      
Hasta tanto traten los gobernantes de los estados terrestres de ejercer la autoridad de dictadores religiosos, los que crean en este evangelio tan sólo podrán esperar dificultades, persecución y aun la muerte. Pero la luz misma que vosotros traéis al mundo, y aun la manera misma en la cual sufriréis y moriréis por este evangelio del reino, esclarecerán finalmente al mundo entero y llevarán gradualmente al divorcio de la política y la religión. La predicación persistente de este evangelio del reino traerá algún día una nueva e increíble liberación, libertad intelectual y libertad religiosa a todas las naciones.
      
Durante las inminentes persecuciones que sufriréis de parte de los que odian este evangelio de felicidad y libertad, vosotros floreceréis y el reino prosperará. Pero correréis graves peligros en tiempos subsiguientes, cuando la mayoría de la gente hablará bien de los creyentes del reino, y muchos en altas posiciones aceptarán nominalmente el evangelio del reino celestial. Aprended a ser fieles al reino, aun en tiempos de paz y prosperidad. No tentéis a los ángeles que os supervisan a que os conduzcan por inquietantes caminos como una disciplina amante diseñada para salvar vuestras almas que hayan caído en el camino de la fácil comodidad.
      
Recordad que estáis comisionados para predicar este evangelio del reino —el supremo deseo de hacer la voluntad del Padre combinado con la suprema felicidad de la comprensión mediante la fe de la filiación con Dios— y no debéis permitir que nada desvíe vuestra devoción de este deber único. Que la humanidad toda se beneficie en el desbordamiento de vuestro ministerio espiritual amante, vuestra comunión intelectual esclareciente, vuestro servicio social edificante; pero ninguna de estas labores humanitarias, ni todas éstas, deben tomar el lugar de la proclamación del evangelio. Estas ministraciones poderosas son los efectos sociales secundarios de las ministraciones aun más poderosas y sublimes y transformaciones forjadas en el corazón del creyente del reino por el Espíritu vivo de la Verdad y por la comprensión personal del hecho de que la fe de un hombre nacido del espíritu confiere la certeza de una hermandad viva con el Dios eterno.
      
No debéis tratar de promulgar la verdad ni de establecer la rectitud por el poder de los gobiernos civiles ni por la vigencia de las leyes seculares. Siempre podéis laborar para persuadir la mente de los hombres, pero no debéis atreveros nunca a forzarles. No debéis olvidar la gran ley de justicia humana que os he enseñado en forma positiva: Cualquiera que sea lo que queréis que los hombres hagan por vosotros, lo mismo haced por ellos.
     
Cuando un creyente del reino es llamado a servir al gobierno civil, que rinda ese servicio como ciudadano temporal de tal gobierno, en forma tal que ponga en evidencia la manera en que el esclarecimiento espiritual de la asociación ennoblecedora de la mente del hombre mortal con el espíritu residente del Dios eterno eleva los rasgos comunes de la buena ciudadanía. Si resulta que un no creyente puede calificar como un superior servidor civil habrá que investigar seriamente si las raíces de la verdad en vuestro corazón no se han secado por falta del agua viva de la comunión espiritual, combinada con el servicio social. La conciencia de la filiación de Dios debe estimular la entera vida de servicio de todo hombre, mujer y niño que posea tan poderoso estímulo para todos los poderes inherentes de una personalidad humana.
     
No debéis ser místicos pasivos ni ascetas insulsos; no debéis llegar a ser soñadores ni vagabundos, que confían supinamente en una Providencia ficticia para que provea aun sus necesidades vitales. Debéis en verdad ser tiernos en vuestro trato con los mortales que yerran, pacientes en vuestras relaciones con los ignorantes, serenos cuando se os provoque; pero también debéis ser valientes en la defensa de la rectitud, poderosos en la promulgación de la verdad y enérgicos en la predicación de este evangelio del reino, aun hasta los fines de la tierra.
     
Este evangelio del reino es una verdad viva. Yo os he dicho que es como levadura en la masa, como el grano de la semilla de mostaza; ahora os declaro que es como la semilla del ser vivo que, de generación en generación, aunque sigue siendo la misma simiente viva, se desarrolla infaliblemente en nuevas manifestaciones y crece aceptablemente en canales de nueva adaptación a las necesidades y condiciones particulares de cada generación sucesiva. La revelación que yo os he hecho es una revelación viva, y deseo que rinda los frutos apropiados en cada individuo y en cada generación de acuerdo con las leyes del crecimiento, el aumento y el desarrollo adaptativo espirituales. De generación en generación este evangelio debe mostrar una vitalidad en aumento y exhibir mayor profundidad de poder espiritual. No debe permitirse que se vuelva meramente un recuerdo sagrado, un mero relato tradicional sobre mí y los tiempos en los que vivimos ahora.
     
Y no olvidéis: no hemos atacado en forma directa ni las personas ni la autoridad de los que se sientan en el trono de Moisés; tan sólo les ofrecimos la nueva luz, que ellos tan vigorosamente rechazaron. Tan sólo los hemos asaltado con la denuncia de su deslealtad espiritual a las mismas verdades que profesan enseñar y salvaguardar. Tan sólo nos pusimos en conflicto con estos líderes establecidos y potentados reconocidos, cuando se interpusieron directamente en el camino de la predicación del evangelio del reino a los hijos de los hombres. Aun ahora, nosotros no los atacamos, sino que son ellos los que buscan nuestra destrucción. No os olvidéis que estáis comisionados para salir a predicar sólo la buena nueva. No debéis atacar las viejas costumbres; más bien habéis de mezclar hábilmente la levadura de la nueva verdad en la masa de las antiguas creencias. Dejad que el Espíritu de la Verdad realice su obra. Dejad que la controversia se produzca sólo cuando los que desprecian la verdad os fuercen a ello. Pero cuando os ataca el descreído obstinado, no titubeéis en defender vigorosamente la verdad que os ha salvado y santificado.
      
A lo largo de las vicisitudes de la vida, recordad siempre que debéis amaros unos a los otros. No luchéis con los hombres, ni siquiera con los incrédulos. Manifestad misericordia aun a los que con desprecio os insultan. Mostrad que sois ciudadanos leales, artesanos nobles, vecinos dignos de encomio, parientes devotos, padres comprensivos y creyentes sinceros en la hermandad del reino del Padre. Y mi espíritu estará sobre vosotros, ahora y aun hasta el fin del mundo.
      
Cuando Jesús hubo concluido sus enseñanzas, era casi la una, y volvieron inmediatamente al campamento, donde David y sus asociados tenían el almuerzo listo para ellos.

domingo, 2 de marzo de 2014

El último día en el campamento.

JESÚS pensaba pasar ese jueves, su último día libre en la tierra como Hijo Divino
encarnado, con sus apóstoles y unos pocos discípulos leales y devotos. Poco después de la hora del desayuno de esa hermosa mañana, el Maestro los condujo a un sitio retirado a poca distancia, más alto que el campamento, y allí les enseñó muchas nuevas verdades. Aunque Jesús pronunció otros discursos a los apóstoles durante las horas tempranas de la tarde de ese día, esta conversación del jueves por la mañana fue su sermón de despedida al grupo combinado de apóstoles y discípulos elegidos que estaban en el campamento, tanto judíos como gentiles. Los doce estaban todos presentes, excepto Judas. Pedro y varios de los apóstoles mencionaron su ausencia, y algunos de ellos pensaron que Jesús lo había enviado a la ciudad para ocuparse de algún asunto, probablemente para arreglar los detalles de la inminente celebración de la Pascua. Judas no retornó al campamento hasta mediados de la tarde, poco tiempo antes de que Jesús condujera a los doce a Jerusalén para compartir la Última Cena.

domingo, 23 de febrero de 2014

La última hora social.

Como era miércoles, esa noche hubo en el campamento una hora social. El Maestro intentó levantar el ánimo de sus apóstoles deprimidos, pero eso era casi imposible. Todos empezaban a percatarse de que se avecinaban acontecimientos desconcertantes y aplastantes. No podían alegrar su corazón, aun cuando el Maestro recordó con ellos sus años pletóricos y amantes de asociación. Jesús indagó cuidosamente sobre la familia de cada uno de los apóstoles y, volviendo la mirada hacia David Zebedeo, le preguntó si alguien sabía algo de su propia madre, su hermana menor u otros integrantes de su familia. David bajó la vista; y no se atrevió a responder.
      
Fue ésta la ocasión en la que Jesús advirtió a sus seguidores de que se cuidaran del apoyo de la multitud. Recordó sus experiencias en Galilea cuando una y otra vez, lo siguieron con entusiasmo grandes multitudes de gente que más adelante les volvieron la espalda, con el mismo entusiasmo volviendo a sus previas creencias y formas de vida. Luego dijo:«Así pues, no os dejéis engañar por las grandes multitudes que nos escucharon en el templo y que parecían creer nuestras enseñanzas. Estas multitudes escuchan la verdad y la creen superficialmente con la mente, pero pocos entre ellos permiten que la palabra de la verdad penetre su corazón y se arraigue en él. Cuando se presentan verdaderos problemas, no se puede contar con el apoyo de los que conocen el evangelio sólo en la mente, y no lo han experimentado en el corazón. Cuando los dirigentes de los judíos lleguen a un acuerdo para destruir al Hijo del Hombre, y cuando ataquen al unísono, veréis que la multitud huirá confusa o permanecerá allí, silenciosamente sorprendida, mientras estos líderes enloquecidos y cegados asesinan a los maestros de la verdad evangélica. Luego cuando os sobrecojan la adversidad y las persecuciones, aun otros, que os parezca a vosotros que aman la verdad, huirán, y algunos renunciarán al evangelio y os desertarán. Algunos de los que estuvieron muy cerca nuestro, ya han decidido la deserción en su mente. Hoy habéis descansado, en preparación para los tiempos inminentes. Vigilad pues y orad para que mañana podáis ser fortalecidos para los días que quedan por delante».
     
El ambiente del campamento estaba cargado de una tensión inexplicable. Mensajeros silenciosos iban y venían, comunicándose únicamente con David Zebedeo. Antes de que pasara la noche, supieron algunos que Lázaro había huido de prisa de Betania. Juan Marcos estaba siniestramente taciturno después de volver al campamento, a pesar de que había pasado el día entero en compañía del Maestro. Todo esfuerzo por persuadirlo a que hablara sólo indicó claramente que Jesús le había dicho que no hablara.
      
Aun el buen humor y la sociabilidad poco usual del Maestro, los llenaba de temor. Todos sentían la amenazante proximidad del terrible aislamiento que pronto descendería sobre ellos en forma repentina y aplastante y con terror ineludible. Sentían vagamente lo que estaba por ocurrir, y ninguno se sentía preparado para enfrentarse a la prueba. El Maestro había estado ausente todo el día; lo habían extrañado entrañablemente.
      
Ese miércoles por la noche señaló el punto de marea más baja del estado espiritual de ellos hasta la hora misma de la muerte del Maestro. Aunque el día siguiente estuvo más cerca del viernes trágico, aún él estaba con ellos, y pudieron pasar estas horas de ansiedad con más gracia.
      
Fue poco antes de la medianoche cuando Jesús, sabiendo que sería ésta la última noche que compartiría con su familia elegida en la tierra, dijo, al darles las buenas noches: «Id a dormir hermanos míos, y que la paz sea con vosotros hasta que os levantéis mañana, un día más para hacer la voluntad del Padre y experimentar el regocijo de saber que nosotros somos sus hijos».

sábado, 22 de febrero de 2014

Judas y los altos sacerdotes.

Poco después que partieran Jesús y Juan Marcos del campamento, Judas Iscariote desapareció de entre sus hermanos y no volvió hasta tarde ese anochecer. Este apóstol confundido y descontento, a pesar de la admonición específica de su Maestro, de que no entraran a Jerusalén, concurrió de prisa a su cita con los enemigos de Jesús en la casa de Caifás, el sumo sacerdote. Era ésta una reunión informal del sanedrín y se la había planeado para poco después de las diez de esa mañana. Esta reunión se convocó para discutir la naturaleza de las acusaciones que deberían prepararse contra Jesús y decidir el procedimiento que se debía emplear para traerlo ante las autoridades romanas con el fin de asegurar la confirmación civil, necesaria para la sentencia de muerte que ellos ya habían decretado. 


El día anterior, Judas reveló a algunos de sus parientes y a algunos amigos saduceos de la familia de su padre que había llegado a la conclusión de que, aunque fuera Jesús un soñador e idealista bien intencionado, no era, sin embargo, el libertador esperado de Israel. Judas declaró que mucho le gustaría encontrar una manera de retirarse discretamente del movimiento. Sus amigos le aseguraron halagadoramente que su retiro sería saludado por los líderes judíos como un gran acontecimiento, y que nada sería demasiado bueno para él. Lo llevaron a creer que recibiría inmediatamente altos honores del sanedrín, y que finalmente estaría en una posición que le permitiría borrar el estigma de su bien intencionada pero «desafortunada asociación con estos galileos ignorantes».
      
Judas no podía creer del todo que las obras poderosas del Maestro fueron forjadas por el poder del príncipe de los diablos, pero ya estaba plenamente convencido de que Jesús no ejercería su poder para engrandecerse; por fin se había convencido de que Jesús permitiría ser destruido por los potentados judíos, y él no podía soportar la idea humillante de que se le identificara con un movimiento de derrota. Se negaba a cobijar la idea de un fracaso aparente. Entendía completamente el carácter firme de su Maestro y la agudeza de esa mente majestuosa y misericordiosa, sin embargo derivaba cierto placer de una parcial aceptación de la sugerencia de uno de sus parientes, quien opinó que Jesús, aunque fuera un fanático con buenas intenciones, probablemente no estaba en sus cabales; que había sido siempre una persona extraña y mal entendida.
      
Ahora pues, Judas empezó a llenarse como nunca antes de un extraño resentimiento porque Jesús no le había asignado nunca una posición de mayor honor. Durante todo ese tiempo, había apreciado el honor de ser el tesorero apostólico, pero ahora comenzaba a sentir que no era apreciado; que sus habilidades no se le reconocían. Repentinamente lo sobrecogió la indignación porque Pedro, Santiago y Juan habían sido distinguidos en una asociación estrecha con Jesús, de modo que, camino de la casa del alto sacerdote, empezó a maquinar la forma de vengarse de Pedro, Santiago y Juan, más que preocuparse por pensar en traicionar a Jesús. Pero por sobre todas las cosas, en ese momento, una idea nueva y dominante comenzó a ocupar la atención máxima de su mente consciente: había salido para conseguir honores para sí mismo, y si podía conseguirlo vengándose al mismo tiempo de los que contribuyeron a la mayor desilusión de su vida, mejor así. Cayó presa de una terrible conspiración de confusión, orgullo, desesperación y determinación. Así pues, debe resultar claro que no fue por dinero que Judas se encaminó en ese momento a la casa de Caifás con el objeto de planear la traición de Jesús.
      
Al acercarse Judas a la casa de Caifás, llegó a la decisión final de abandonar a Jesús y a sus compañeros apóstoles; habiendo así decidido desertar la causa del reino del cielo, estaba decidido a asegurarse para sí mismo todo lo posible de esos honores y glorias que creía serían suyos algún día cuando por primera vez se identificó con Jesús y con el nuevo evangelio del reino. Todos los apóstoles compartieron, en cierto momento, esta ambición con Judas, pero a medida que pasaba el tiempo, aprendieron a admirar la verdad y a amar a Jesús, por lo menos, más que Judas.
      
El traidor fue presentado a Caifás y a los líderes judíos por su primo, quien les dijo que Judas, habiendo descubierto su error al dejarse llevar por mal camino por la sutil enseñanza de Jesús, había llegado a la conclusión de que deseaba hacer una renuncia pública y formal de su asociación con el galileo; al mismo tiempo, pedía que se restableciera la confianza y la camaradería de sus hermanos judeos. Este portavoz de Judas siguió explicando que Judas reconocía que sería mejor para la paz de Israel que Jesús fuera arrestado, y que, como prueba de su arrepentimiento por haber participado en este movimiento erróneo y de su sinceridad al regresar a las enseñanzas de Moisés, venía para ofrecer sus servicios al sanedrín para arreglar con el capitán encargado de arrestar a Jesús que se efectuara el arresto en forma secreta, evitando así el peligro de excitar a las multitudes o la necesidad de posponer la acción hasta después de la Pascua.
      
Cuando el primo terminó de hablar, presentó a Judas quien, adelantándose frente al sumo sacerdote dijo: «Todo lo que mi primo acaba de prometer lo haré yo, pero ¿qué estáis dispuestos a darme a mí por este servicio?» Judas no pareció discernir la expresión de desdén y aun de disgusto que inundó el rostro del vanaglorioso Caifás de corazón endurecido; demasiado ansiaba él su autoglorificación y anhelaba la satisfacción de la autoexaltación.
      
Entonces Caifás bajó la mirada sobre el traidor y dijo: «Judas, ve adonde el capitán de la guardia y arregla con ese oficial para traernos a tu Maestro esta noche o mañana por la noche y cuando nos lo entregues, recibirás tu recompensa por este servicio». Cuando Judas oyó esto, se despidió de los altos sacerdotes y líderes y fue a consultar con el capitán de los guardianes del templo en cuanto a la forma en que habían de apresar a Jesús. Judas sabía que Jesús estaba en ese momento ausente del campamento y no tenía idea ninguna a qué hora volvería esa noche, por consiguiente, acordaron entre ellos arrestar a Jesús la noche siguiente (jueves) después de que tanto el pueblo de Jerusalén como todos los peregrinos visitantes se hubieran retirado para descansar.
     
Judas volvió adonde sus asociados en el campamento, embriagado con ideas de grandeza y gloria tales como no había tenido por mucho tiempo. Se había asociado con Jesús esperando algún día volverse un gran hombre en el nuevo reino. Finalmente se había percatado de que no habría un nuevo reino tal como él lo había anticipado. Pero se regocijaba de su sagacidad al decidir que compensaría su desilusión por no poder alcanzar la gloria en un nuevo reino por venir con la obtención inmediata de honores y recompensas en el viejo orden; estaba él ahora seguro de que ese viejo orden sobreviviría y destruiría a Jesús y a todo lo que él representaba. En esta última motivación de intención consciente, la traición de Judas demostró ser el acto cobarde de un desertor egoísta, cuya única preocupación era su propia seguridad y glorificación, pese a las posibles consecuencias de su conducta sobre su Maestro y sobre sus ex asociados.
      
Pero así fue por siempre. Hacía mucho tiempo que Judas alimentaba consciente y progresivamente en su mente, en forma deliberada, persistente, egoísta y vengativa y que albergaba en su corazón, estos deseos odiosos y malvados de venganza y deslealtad. Jesús amaba a Judas y confiaba en él aun como amaba y confiaba en los otros apóstoles, pero Judas no llegó a desarrollar su confianza leal ni de experimentar amor sincero recíproco. ¡Cuán peligrosa puede llegar a ser la ambición cuando está totalmente ligada con la búsqueda de la satisfacción del yo y supremamente motivada por sentimientos de venganza largamente suprimidos y sombríos! ¡Cuán aplastante es el desencanto en la vida de aquellas personas necias que, porque fijan sus anhelos en las atracciones tenebrosas y desvanecientes del tiempo, se ciegan a las aspiraciones más altas y más reales de los alcances duraderos de los mundos eternos de valores divinos y realidades verdaderamente espirituales. Judas ansiaba en su mente los honores mundanos y llegó a amar este deseo con todo su corazón; los demás apóstoles del mismo modo anhelaban estos mismos honores mundanos en su mente, pero con el corazón amaban a Jesús y hacían lo que podían por aprender a amar las verdades que éste les enseñaba.
      
Judas no se lo percató en este momento, pero había criticado subconscientemente a Jesús, desde el momento en que Juan el Bautista fue decapitado por orden de Herodes. En las profundidades de su corazón, Judas siempre resintió el hecho de que Jesús no hubiera salvado a Juan. No debéis olvidar que Judas había sido discípulo de Juan mucho antes de seguir a Jesús. Esta acumulación de resentimiento humano y amargo desencanto que Judas guardaba en su alma en atuendos de odio, se organizó ahora en su mente subconsciente, lista para aflorar a la superficie e inundarlo en cuanto se atrevió a separarse de la influencia apoyadora de sus hermanos, exponiéndose al mismo tiempo a las astutas insinuaciones y al ridículo encubierto de los enemigos de Jesús. Cada vez que Judas permitía que se remontaran sus esperanzas y Jesús decía o hacía algo que las derrumbaba, dejaba en el corazón de Judas otra cicatriz de amargo resentimiento; y al multiplicarse estas cicatrices, finalmente su corazón tantas veces herido, perdió todo afecto real por el que infligiera estas experiencias desagradables a su personalidad bien intencionada, pero cobarde y egocéntrica. Judas no se daba cuenta, pero era un cobarde. Por eso, siempre intentaba atribuir a Jesús tendencias cobardes, como explicación de negarse a buscar el poder y la gloria que parecían estar a su alcance. Todo hombre mortal sabe muy bien que el amor, aunque al principio sea genuino, puede transformarse por el desencanto, los celos y el resentimiento constante, en odio verdadero.
      
Por fin podían respirar en paz por unas horas los altos sacerdotes y los ancianos. No tendrían que arrestar a Jesús en público, y el haberse granjeado a Judas como aliado traidor les aseguraba que Jesús no escaparía de su jurisdicción como lo había hecho tantas veces en el pasado.

domingo, 16 de febrero de 2014

El día en el campamento.

Los apóstoles pasaron la mayor parte de este día caminando por el Monte de los Olivos y conversando con los discípulos que allí acampaban con ellos, pero por la tarde temprano ansiaban ver el retorno de Jesús. A medida que fue pasando el día, se pusieron cada vez más agitados pensando en su seguridad; se sentían inexpresablemente solos sin él. Hubo durante todo ese día mucho debate sobre si se le debería haber permitido al Maestro irse solo a las colinas, acompañado solamente por un muchacho mandadero. Aunque ningún hombre expresó sus pensamientos abiertamente, no había uno entre ellos, salvo Judas Iscariote, que no deseara estar en el lugar de Juan Marcos.
      
Fue a mediados de la tarde cuando Natanael dirigió su discurso sobre «el deseo supremo» a una media docena de apóstoles e igual número de discípulos; la conclusión de dicho discurso fue: «Lo que pasa con la mayoría de nosotros es que no nos dedicamos de todo corazón. No llegamos a amar al Maestro como él nos ama a nosotros. Si todos nosotros hubiéramos querido ir con él tanto como lo deseaba Juan Marcos, Jesús con toda seguridad nos habría llevado a todos. Nos quedamos mirando mientras el muchacho se acercaba al Maestro y le ofrecía la cesta, pero cuando el Maestro la tomó, el muchacho no la soltó. Así pues, el Maestro nos dejó aquí, yéndose a las colinas con cesta, mancebo y todo».
     
A eso de las cuatro de la tarde, llegaron corredores adonde David Zebedeo trayéndole un mensaje de su madre en Betsaida y de la madre de Jesús. Varios días antes, David había concluido que evidentemente los altos sacerdotes y dirigentes matarían a Jesús. David sabía que estaban decididos a destruir al Maestro, y estaba casi convencido de que Jesús no ejercería su poder divino para salvarse, ni permitiría a sus seguidores que emplearan la fuerza en su defensa. Habiendo llegado a estas conclusiones, no perdió tiempo en despachar a un mensajero a su madre, urgiéndola a que viniera enseguida a Jerusalén y que trajera a María, la madre de Jesús, y a todos los integrantes de su familia.
      
La madre de David hizo lo que le pidió su hijo, y los corredores volvían ahora a David, trayéndole el mensaje de que su madre y la familia entera de Jesús estaban camino de Jerusalén y llegarían en algún momento de la tarde del día siguiente o muy temprano a la mañana subsiguiente. Puesto que David había actuado de esta manera por su propia iniciativa, decidió que sería sabio mantener confidencial el asunto. Por lo tanto, no le dijo a nadie que la familia de Jesús estaba camino de Jerusalén. 

        
Poco después de mediodía, llegaron al campamento más de veinte de los griegos que se habían encontrado con Jesús y los doce en la casa de José de Arimatea, y Pedro y Juan pasaron varias horas en conferencia con ellos. Estos griegos, por lo menos algunos de ellos, eran bien avanzados en el conocimiento del reino, pues habían sido instruidos por Rodán en Alejandría.
      
Esa noche, después de volver al campamento, Jesús se encontró y conversó con los griegos, y de no haber sido porque tal curso de acción hubiera turbado grandemente a sus apóstoles y a muchos de sus discípulos principales, él habría ordenado a estos veinte griegos, así como había ordenado a los setenta.
      
Mientras estaba ocurriendo todo esto en el campamento, en Jerusalén los altos sacerdotes y ancianos estaban sorprendidos de que Jesús no volviese para dirigirse a las multitudes. Aunque es cierto que el día anterior, al abandonar el templo, él había dicho, «os dejo vuestra casa desolada», ellos no podían entender que dejara de aprovechar la gran ventaja conseguida en el favor de las multitudes. Aunque temían que él pudiese producir un tumulto en el pueblo, las últimas palabras que dirigiera el Maestro a la multitud habían sido en forma de exhortación a que conformaran en maneras razonables a la autoridad de los «que se sientan en el trono de Moisés». Pero estaban muy ocupados ese día en la ciudad, puesto que se preparaban simultáneamente para celebrar la Pascua y para finiquitar los planes para la destrucción de Jesús.
      
No vino mucha gente al campamento, porque su ubicación era un secreto bien guardado por los que sabían que Jesús deseaba permanecer allí en vez de volver a Betania por las noches.

sábado, 8 de febrero de 2014

La vida hogareña de los primeros años.

En el curso de este día de compañerismo con Juan Marcos, Jesús pasó bastante tiempo comparando sus experiencias de la niñez y de la adolescencia. Aunque los padres de Juan poseían más bienes mundanos que los que habían poseído los padres de Jesús, había mucho de similar en sus experiencias juveniles. Jesús dijo muchas cosas que ayudaron a Juan a comprender mejor a sus padres y a los otros integrantes de su familia. Cuando el muchacho preguntó al Maestro cómo podía él saber que Juan se volvería un «poderoso mensajero del reino», Jesús dijo:
     
«Sé que demostrarás tú lealtad al evangelio del reino, porque puedo confiar en tu fe y amor presentes ya que estas cualidades están cimentadas en una capacitación tan temprana como ha sido la tuya en el hogar. Eres el producto de un hogar en el que los padres se tienen afecto sincero, y por lo tanto no has sido amado en exceso, como para que hubieras exaltado perjudicialmente el concepto de tu autoimportancia. Tampoco ha sufrido distorsiones tu personalidad como consecuencia de posibles maniobras sin amor de tus padres, el uno contra el otro por ganar tu confianza y lealtad. Has disfrutado de ese amor paterno que asegura una laudable autoconfianza y fomenta sentimientos normales de seguridad. Pero también has sido afortunado, porque tus padres poseían sabiduría a la vez que amor; fue su sabiduría la que los condujo a negarte la mayoría de las formas de indulgencia y los muchos lujos que puede comprar el dinero; te enviaron a la escuela de la sinagoga con tus compañeros de juegos del barrio en el que vivías, y también te alentaron a vivir en este mundo de modo tal que pudieras hacer una experiencia original. Viniste al Jordán, donde nosotros predicábamos y los discípulos de Juan bautizaban, con tu joven amigo Amós. Ambos deseabais ir con nosotros; cuando regresasteis a Jerusalén, tus padres consintieron; los padres de Amós se negaron; tanto amaban a su hijo que le negaron la experiencia bendita que tú has tenido, aun la que estás disfrutando hoy mismo. Amós podría haberse escapado de su casa para unirse a nosotros, pero si lo hubiera hecho, habría herido el amor y sacrificado la lealtad. Aun en el caso de que tal curso de acción fuera sabio, habría pagado un precio terrible para ganar experiencia, independencia y libertad. Padres sabios como los tuyos se aseguran de que sus hijos no se vean obligados a herir el amor ni a sofocar la lealtad para desarrollar su independencia y disfrutar de una libertad vigorizante al llegar a tu edad.
      
«El amor, Juan, es la realidad suprema del universo cuando proviene de seres totalmente sabios, pero puede ser un rasgo peligroso y aun casi egoísta tal como se manifiesta en la experiencia de los padres mortales. Cuando te cases y tengas tus hijos, asegúrate de que tu amor sea controlado por la sabiduría y guiado por la inteligencia.
      
«Tu joven amigo Amós cree en este evangelio del reino tanto como tú, pero no puedo confiar plenamente en él; no estoy seguro de lo que él hará en los años venideros. Su vida hogareña temprana no fue del tipo que pueda producir una persona completamente confiable. Amós se parece demasiado a uno de los apóstoles que no pudo disfrutar de un adiestramiento hogareño normal, amante y sabio. Toda tu vida futura será más feliz y confiable, porque pasaste tus primeros ocho años en un hogar normal y bien regulado. Posees un carácter fuerte y bien integrado, porque creciste en un hogar en el cual prevalecía el amor y reinaba la sabiduría. Este tipo de adiestramiento durante la infancia produce un tipo de lealtad que me da la certeza de que seguirás el curso de acción que has comenzado».
      
Por más de una hora Jesús y Juan continuaron esta conversación sobre la vida hogareña. El Maestro siguió explicándole a Juan cómo un niño depende totalmente de sus padres y de la asociada vida hogareña para formar sus primeros conceptos de todo lo que sea intelectual, social, moral y aun espiritual, puesto que la familia representa para el niño pequeño todo lo que él puede conocer de primera intención en cuanto a las relaciones humanas o divinas. El niño deriva sus primeras impresiones del universo, de los cuidados de su madre; depende completamente del padre terrenal para sus primeras ideas sobre el Padre celestial. La vida subsiguiente del niño será feliz o infeliz, fácil o difícil, según haya sido su vida mental y emocional temprana, condicionada por estas relaciones sociales y espirituales del hogar. La vida entera de un ser humano está enormemente influida por lo que sucede durante los primeros pocos años de su existencia.
      
Es nuestra creencia sincera que el evangelio contenido en las enseñanzas de Jesús, fundado como lo está en la relación padre-hijo, podrá difícilmente disfrutar de una aceptación mundial hasta el momento en que la vida hogareña de los pueblos modernos civilizados contenga más amor y más sabiduría. A pesar de que los padres del siglo veinte posean gran conocimiento y mayor verdad para mejorar el hogar y ennoblecer la vida hogareña, sigue siendo un hecho que muy pocos hogares modernos llegan a ser medios para la crianza de niños y niñas, tan buenos como lo fuera el hogar de Jesús en Galilea y el de Juan Marcos en Judea; sin embargo, la aceptación del evangelio de Jesús dará como resultado una mejora inmediata de la vida hogareña. La vida amorosa de un hogar sabio y la devoción leal de la verdadera religión ejercen una profunda influencia recíproca. Tal vida hogareña eleva la religión, y la religión genuina siempre glorifica el hogar.
     
Es verdad que muchas de las influencias objetables y paralizantes y otras características obstaculizantes de estos antiguos hogares judíos han sido virtualmente eliminadas de muchos de los hogares modernos mejor regulados. Existe en efecto mayor libertad espontánea y mucha más libertad personal, pero esa libertad no está equilibrada por el amor, motivada por la lealtad, ni dirigida por la disciplina inteligente de la sabiduría. Hasta tanto enseñemos al niño a rezar, «Padre nuestro que estás en los cielos», recae sobre todos los padres terrenales una tremenda responsabilidad, la de vivir y ordenar sus hogares de manera tal que la palabra padre quede glorificada en la mente y en el corazón de todos los niños que están creciendo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Un día a solas con Dios.

Jesús estaba a punto de tomar de las manos de Juan la cesta del almuerzo, pero el joven se aventuró a decir: «Pero, Maestro, es posible que dejes la cesta en el piso para ir a orar y te alejes sin llevártela. Además, si yo te acompaño para llevar el almuerzo, tú estarás más libre para adorar, y yo con toda seguridad me quedaré callado. No haré ninguna pregunta y me quedaré con la cesta cuando tu te apartes para orar».
    
Al hacer este discurso, cuya temeridad sorprendió a algunos de los oyentes que se encontraban allí, Juan se atrevió a seguir sosteniendo la cesta. Ahí estaban Juan y Jesús, ambos aferrados de la cesta. Dentro de poco el Maestro la soltó y, bajando la mirada sobre el muchacho, dijo: «Puesto que anhelas de todo corazón acompañarme, no se te negará. Nos iremos por nuestra cuenta y tendremos una buena charla. Podrás hacerme toda pregunta que surja de tu corazón, y nos consolaremos mutuamente. Puedes empezar llevando el almuerzo, y cuando te canses, te ayudaré. Sígueme pues».
     
Jesús no retornó al campamento esa noche hasta después de la puesta del sol. El Maestro pasó este su último día de quietud sobre la tierra, en compañía de este joven hambriento de verdad, y hablando con su Padre en el Paraíso. Este acontecimiento se conoció en lo alto como «el día que cierto joven lo pasó con Dios en las colinas». Por siempre esta ocasión ejemplifica el deseo del Creador de fraternizar con la criatura. Hasta un mancebo, si el deseo de su corazón es realmente supremo, puede obtener la atención y disfrutar de la compañía amante del Dios de un universo, experimentar realmente el éxtasis inolvidable de estar a solas con Dios en las colinas, y todo eso, por todo un día. Ésta fue la experiencia singular de Juan Marcos este miércoles en las colinas de Judea.
    
Jesús habló mucho con Juan, conversando libremente de los asuntos de este mundo y del próximo. Juan le dijo a Jesús cuánto lamentaba no haber tenido edad suficiente para ser uno de los apóstoles y expresó su gran apreciación por haberle sido permitido seguirlos, desde la primera predicación de ellos junto al vado del Jordán cerca de Jericó, exceptuando el viaje a Fenicia. Jesús le advirtió al joven que no se desalentara por los acontecimientos inminentes y le aseguró que viviría para transformarse en un poderoso mensajero del reino.
   
Juan Marcos estaba emocionado por el recuerdo de este día con Jesús en las colinas, pero nunca olvidó la admonición final del Maestro, pronunciada cuando estaban por retornar al campamento de Getsemaní, cuando dijo: «Bien, Juan, hemos tenido una buena conversación, un verdadero día de descanso, pero cuídate de no contar a nadie las cosas que te dije». Juan Marcos nunca reveló nada de lo que sucedió durante ese día que pasó con Jesús en las colinas.
     
A lo largo de las pocas horas restantes de la vida terrenal de Jesús, Juan Marcos no permitió que el Maestro se alejara por mucho tiempo de su vista. El muchacho estaba siempre oculto, pero cerca; sólo durmió cuando Jesús dormía.

sábado, 1 de febrero de 2014

El miércoles, día de descanso.

CUANDO no les apremiaba el trabajo de enseñar al pueblo, era costumbre de Jesús y sus apóstoles descansar de sus labores los miércoles. Este miércoles en particular desayunaron un tanto más tarde que de costumbre, y el campamento estaba impregnado de un silencio ominoso; poco se dijo durante la primera mitad de esta comida matutina. Por fin Jesús habló: «Deseo que descanséis hoy. Dedicad tiempo a pensar en todo lo que ha ocurrido desde que vinimos a Jerusalén y meditar en lo que se avecina, de lo cual os he hablado claramente. Aseguraos de que permanezca la verdad en vuestra vida, y de que crezcáis diariamente en la gracia».
      
Después del desayuno el Maestro informó a Andrés que tenía la intención de ausentarse por el día y sugirió que se les permitiera a los apóstoles pasar el tiempo según sus propios deseos, excepto que no entraran bajo ninguna circunstancia a Jerusalén.
      
Cuando Jesús se preparó para ir a las colinas a solas, David Zebedeo se le acercó diciendo: «Bien sabes, Maestro, que los fariseos y potentados desean destruirte, y sin embargo te preparas para ir solo a las colinas. Es una locura exponerse así; por lo tanto, enviaré a tres hombres contigo, bien preparados para que vigilen que no te ocurra nada malo». Jesús miró a los tres bien armados y robustos galileos y dijo a David: «Tienes buenas intenciones, pero te equivocas porque no llegas a comprender que el Hijo del Hombre no necesita a nadie para que lo defienda. Ningún hombre me atacará hasta la hora en que esté listo para dar mi vida en conformidad con la voluntad de mi Padre. Estos hombres no deben acompañarme. Deseo ir solo, para poder comulgar con el Padre».
      
Al escuchar estas palabras, David y sus guardianes armados se retiraron; pero al encaminarse Jesús solo, Juan Marcos se adelantó con una pequeña cesta, que contenía alimentos y agua, y sugirió que, si tenía el Maestro la intención de alejarse por todo el día, puede que tuviera hambre. El Maestro sonrió a Juan y tendió la mano para tomar la cesta.