Mientras Jesús se detenía en la puerta hablando con Abner, y una vez que el anfitrión se hubo sentado, entró al aposento uno de los fariseos principales de Jerusalén, miembro del sanedrín, y como era su costumbre, se dirigió directamente al asiento de honor, a la izquierda del anfitrión. Pero puesto que este lugar había sido reservado para el Maestro y el de la derecha para Abner, el anfitrión señaló al fariseo de Jerusalén que se sentara cuatro asientos a la izquierda, y este dignatario mucho se ofendió por no haber sido ubicado en el asiento de honor.
Pronto estuvieron todos sentados y disfrutando de la conversación entre ellos, ya que la mayoría de los que estaban presentes eran discípulos de Jesús o por lo menos tenían una actitud cordial hacia el evangelio. Sólo sus enemigos observaron el hecho de que él no cumplía con la ceremonia de lavarse las manos antes de sentarse a la mesa. Abner se lavó las manos al comienzo de la comida pero no mientras la servían.
Hacia fines de la comida llegó de la calle un hombre que había sido afligido durante mucho tiempo por una enfermedad crónica y que se encontraba en esos momentos en estado hidrópico. Este hombre era un creyente, bautizado recientemente por los asociados de Abner. No pidió a Jesús que lo curara, pero el Maestro bien sabía que este hombre afligido había concurrido al desayuno con la esperanza de no perderse entre las multitudes que siempre rodeaban a Jesús, tal vez así conseguir llamar más fácilmente la atención del Maestro. Este hombre sabía que en esta época se realizaban pocos milagros; sin embargo, había reflexionado consigo mismo que tal vez su triste condición pudiera apelar a la compasión del Maestro. No se equivocó porque, al entrar él al comedor, su presencia llamó la atención tanto de Jesús como del fariseo mojigato de Jerusalén. El fariseo no titubeó en manifestar su resentimiento porque se le permitiera entrar a la sala a un ser semejante. Pero Jesús contempló al enfermo y sonrió con tanta benignidad que éste se le acercó y se sentó en el piso. Como el desayuno estaba llegando a su fin, el Maestro paseó la mirada por los demás huéspedes y luego, después de mirar significativamente al hombre con hidropesía dijo: «Amigos míos, maestros de Israel y sabios abogados, me complacería haceros una pregunta: ¿es legal o no curar a los enfermos y afligidos el día sábado?» Pero los que estaban presentes conocían muy bien a Jesús y permanecieron callados; no respondieron a su pregunta.
