«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

miércoles, 5 de junio de 2013

La confesión de Pedro.

El martes por la mañana temprano, Jesús y los doce apóstoles partieron del parque de Magadán hacia Cesarea de Filipo, la capital del dominio del tetrarca Felipe. Cesarea de Filipo estaba situada en una región de gran belleza, anidada en un valle encantador, entre pintorescas colinas, allí donde el Jordán surgía de su curso de una caverna subterránea. Las alturas del Monte Hermón estaban a plena vista hacia el norte, mientras que las colinas hacia el sur ofrecían una vista maravillosa de la porción superior del Jordán y del Mar de Galilea. 

     
Jesús había ido al Monte Hermón en su primera experiencia con los asuntos del reino, y ahora, al ingresar en la etapa final de su obra, deseaba retornar a este monte de prueba y triunfo, donde esperaba que los apóstoles pudieran alcanzar una nueva visión de sus responsabilidades y adquirir nuevas fuerzas para los tiempos difíciles que se avecinaban. Al viajar por el camino, aproximadamente cuando estaban por pasar al sur de las Aguas de Merom, los apóstoles empezaron a conversar entre ellos sobre las recientes experiencias en Fenicia y en otros lugares y a relatar cómo había sido recibido su mensaje, y de qué manera consideraban al Maestro los diferentes pueblos.
     
Al pausar para almorzar, Jesús repentinamente planteó a los doce la primera pregunta sobre sí mismo que jamás les hubiera dirigido. Les hizo esta sorprendente pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
      
Jesús había pasado largos meses enseñando a estos apóstoles sobre la naturaleza y carácter del reino del cielo, y bien sabía que había llegado el momento en que debía comenzar a enseñarles más sobre su propia naturaleza y su relación personal con el reino. Ahora pues, mientras estaban todos ellos sentados bajo las moreras, el Maestro se preparó para celebrar una de las más importantes sesiones de su larga asociación con los apóstoles elegidos.
     
Más de la mitad de los apóstoles participaron en responder a la pregunta de Jesús. Le dijeron que era considerado un profeta o un hombre extraordinario por todos quienes lo conocían; que aun sus enemigos mucho le temían, explicando su poder por la acusación de que estaba aliado con el príncipe de los diablos. Le dijeron que algunos en Judea y Samaria que no lo habían conocido personalmente, creían que era Juan el Bautista resucitado. Pedro explicó que Jesús había sido comparado, en diversos momentos y por personas distintas, con Moisés, Elías, Isaías y Jeremías. Cuando Jesús escuchó este informe se puso de pie, y bajando la mirada a los doce sentados a su alrededor en semicírculo, con énfasis sorprendente los señaló con un gesto amplio de la mano y preguntó: »Pero, ¿quién decís vosotros que soy yo?» Hubo un momento de tenso silencio. Los doce no le quitaron los ojos de encima al Maestro. Luego Simón Pedro, incorporándose de un salto, exclamó: »Tú eres el Liberador, el Hijo del Dios viviente». Y los once apóstoles sentados se pusieron de pie al unísono, indicando de esta manera que Pedro había hablado por todos ellos.
      
Después de señalarles Jesús que se sentaran nuevamente, estando él aún de pie frente a ellos, dijo: »Esto os ha sido revelado por mi Padre. Ha llegado la hora de que vosotros conozcáis la verdad sobre mí. Pero, por ahora, os encargo que no digáis nada de esto a ningún hombre. Vayámonos de aquí».
      
Así pues reanudaron su viaje a Cesarea de Filipo. Llegaron tarde esa noche y se alojaron en la casa de Celsus, quien los estaba esperando. Los apóstoles durmieron poco esa noche; parecían sentir que había ocurrido un acontecimiento trascendental en su vida y en la obra del reino.

En Betsaida Julias.

El lunes 8 de agosto, mientras Jesús y los doce apóstoles estaban acampados en el parque de Magadán, cerca de Betsaida-Julias, más de cien creyentes, los evangelistas, el cuerpo de mujeres, y otros interesados en el establecimiento del reino, vinieron de Capernaum para conferenciar. También vinieron muchos de los fariseos, al enterarse que Jesús estaba allí. A estas alturas, algunos de los saduceos se habían unido a los fariseos en sus esfuerzos por atrapar a Jesús. Antes de comenzar una conferencia a puertas cerradas con los creyentes, Jesús celebró una reunión pública en la que estuvieron presentes los fariseos, que provocaron al Maestro y de otras maneras trataron de alborotar la asamblea. Dijo el dirigente de estos alborotadores: «Maestro, nos gustaría que nos divulgues qué será el signo de tu autoridad para enseñar, y luego, cuando éste ocurra, todos los hombres sabrán que has sido enviado por Dios». Y Jesús les respondió: «Cuando cae la noche, vosotros decís que hará buen tiempo, porque el cielo está rojo. Por la mañana hará mal tiempo, porque el cielo está rojo y bajo. Cuando veis una nube que sube al oeste, decís que lloverá; cuando el viento sopla del sur, decís que hará gran calor.
 ¿Cómo puede ser que sepáis tan bien discernir el rostro del cielo, pero seáis tan totalmente incapaces de discernir los signos de los tiempos? Los que quieren conocer la verdad, ya han recibido un signo; pero ningún signo será otorgado a una generación de gente malévola e hipócrita».
      
Después de hablar así, Jesús se retiró y se preparó para la conferencia de la noche con sus seguidores. En esta conferencia se decidió emprender una misión unida por todas las ciudades y aldeas de la Decápolis en cuanto Jesús y los doce retornaran de su propuesta visita a Cesarea de Filipo. El Maestro participó en este planeamiento para la misión en la Decápolis y, despidiendo al grupo, dijo: «Yo os digo, cuidaos del fermento de los fariseos y los saduceos. No os engañéis por su exhibición de gran conocimiento y por su profunda lealtad a las formas de la religión. Preocupaos solamente por el espíritu de la verdad viviente y el poder de la religión verdadera. No es el temor de una religión muerta lo que os salvará, sino más bien vuestra fe en una experiencia viviente de las realidades espirituales del reino. No os dejéis enceguecer por el prejuicio ni paralizar por el miedo. Tampoco permitáis que la reverencia por las tradiciones tanto pervierta vuestra comprensión que vuestros ojos no vean y vuestros oídos no oigan. No es propósito de la religión verdadera simplemente traer paz, sino más bien, asegurar el progreso. No puede haber paz en el corazón ni progreso en la mente, a menos que os enamoréis de todo corazón de la verdad, de los ideales de las realidades eternas. Los asuntos de la vida y de la muerte se exponen ante vosotros —los placeres pecaminosos del tiempo contra las realidades justas de la eternidad. Aun ahora, deberíais comenzar a liberaros de la esclavitud del temor y de la duda al entrar a vivir una nueva vida de fe y esperanza. Cuando los sentimientos del servicio para con vuestros semejantes surjan en vuestra alma, no los ahoguéis; cuando las emociones del amor por vuestro prójimo desborden en vuestro corazón, expresad estos impulsos de afecto en un ministerio inteligente de las necesidades auténticas de vuestros semejantes».

martes, 4 de junio de 2013

El recolector de impuestos del templo.

Mientras Jesús, con Andrés y Pedro, permanecía junto al lago cerca del taller de barcas, se les acercó un recolector de impuestos del templo y, reconociendo a Jesús, llamó a Pedro aparte y dijo: «¿Acaso no paga vuestro Maestro el impuesto del templo?» Pedro estuvo tentado de manifestar indignación ante la sugerencia de que Jesús debía contribuir al mantenimiento de las actividades religiosas de sus enemigos jurados, pero, observando la expresión peculiar del rostro del recolector de impuestos, supuso justamente que su propósito era atraparlos en el acto de negarse a pagar el acostumbrado medio siclo para el apoyo de los servicios del templo en Jerusalén. Por consiguiente, Pedro contestó: «Por supuesto, el Maestro paga el impuesto del templo. Espera junto al portón, enseguida volveré con el dinero».
      
Pero, Pedro había hablado sin pensar. Judas llevaba los fondos del grupo, y estaba del otro lado del lago. Ni él, ni su hermano ni Jesús habían traído dinero alguno. Sabiendo además que los fariseos los estaban buscando, no podían ir a Betsaida para obtener dinero. Cuando Pedro le contó a Jesús lo del recolector y que le había prometido el dinero, Jesús dijo: «Si has prometido, debes pagar. Pero ¿con qué cumplirás tu promesa? ¿Volverás a ser pescador para poder honrar tu palabra? Sin embargo, Pedro, está bien, que bajo las circunstancias pagaremos el impuesto. No demos a estos hombres ocasión alguna de que nuestra actitud los ofenda. Esperaremos aquí mientras tú vas con la barca y echas la red, y cuando hayas vendido los peces en el mercado de más allá, pagarás al recolector por nosotros tres».
      
El mensajero secreto de David, que estaba ahí cerca, oyó esta conversación, e hizo una seña a un asociado, que estaba pescando cerca de la costa, para que volviera pronto. Pedro se preparaba para salir a pescar en la barca, cuando este mensajero y su amigo pescador le dieron varias cestas grandes de peces y le ayudaron a llevarlas hasta el vendedor de pescado que estaba cerca, quien compró los peces, pagando suficiente más lo que agregó el mensajero de David, para pagar el impuesto del templo para los tres. El recolector aceptó el impuesto sin cobrar la multa por pago atrasado pues ellos habían estado ausentes de Galilea por un tiempo.
      
No es extraño que tengáis escritos que describen a Pedro pescando un pez que llevaba un siclo en la boca. En aquellos días eran muy comunes los relatos de tesoros encontrados en la boca de los peces; estas narraciones de seudomilagros eran frecuentes. Así pues, cuando Pedro los dejó para dirigirse a la barca, Jesús observó, con cierto humorismo: «Es extraño que los hijos del rey deban pagar tributo; generalmente es el extranjero quien debe pagar el impuesto para mantener la corte; pero es bueno que no seamos un escollo para las autoridades. ¡Vete pues! tal vez pesques el pez que lleva un siclo en la boca». Habiendo pues hablado así Jesús, y habiendo regresado Pedro tan rápidamente con el impuesto para el templo, no es sorprendente que este episodio más tarde se convirtiera en un milagro, tal como se ve en las palabras del que escribió el evangelio según Mateo.
      
Jesús, con Andrés y Pedro, esperó junto a la orilla del mar prácticamente hasta el atardecer. Los mensajeros le trajeron el mensaje de que la casa de María aún seguía estando bajo vigilancia. Por consiguiente, cuando oscureció, los tres hombres que aguardaban subieron a su barca y lentamente remaron hacia la costa este del Mar de Galilea.

En Cesarea de Filipo.

ANTES de que Jesús se llevara a los doce para una breve estadía cerca de Cesarea Filipo, arregló por medio de los mensajeros de David un encuentro con su familia en Capernaum el domingo 7 de agosto. Según los planes, esta visita habría de ocurrir en el taller de barcas de Zebedeo. David Zebedeo concertó con Judá, el hermano de Jesús, que toda la familia de Nazaret se encontraría presente —María y todos los hermanos y hermanas de Jesús— y Jesús fue con Andrés y Pedro para este encuentro. Era indudablemente intención de María y de sus hijos concurrir a esta cita, pero sucedió que un grupo de fariseos, sabiendo que Jesús estaba del otro lado del lago en los dominios de Felipe, decidió visitar a María para averiguar lo que pudieran sobre las andanzas de Jesús. La llegada de estos emisarios de Jerusalén perturbó grandemente a María, y observando la tensión y nerviosidad de toda la familia, concluyeron que Jesús estaba por visitarlos. Por consiguiente se instalaron en la casa de María y, después de llamar refuerzos, esperaron pacientemente la llegada de Jesús. Esto, naturalmente, impidió la partida de la familia para concurrir a la cita con Jesús. Varias veces durante ese día, tanto Judá como Ruth trataron de eludir la vigilancia de los fariseos para enviar un mensaje a Jesús, pero fue en vano.

    
Temprano esa tarde los mensajeros de David trajeron a Jesús el mensaje de que los fariseos estaban acampados en el umbral de la casa de su madre, y por lo tanto él no intentó visitar a su familia. Así pues nuevamente, y sin que fuese culpa de ninguna de las dos partes, Jesús y su familia terrenal no pudieron reunirse.

lunes, 3 de junio de 2013

El regreso de Fenicia.

Alrededor del mediodía del domingo 24 de julio, Jesús y los doce salieron de la casa de José, al sur de Tiro, bajando a Tolemaida por la costa. Allí permanecieron durante un día, hablando palabras de consuelo al grupo de creyentes que allí residían. Pedro les predicó la noche del 25 de julio.
   
El martes partieron de Tolemaida, dirigiéndose tierra adentro al este, hasta cerca de Jotapa, por el camino de Tiberias. El miércoles se detuvieron en Jotapata y dieron más instrucciones a los creyentes sobre las cosas del reino. El jueves salieron de Jotapata, dirigiéndose al norte por el camino de Nazaret—Monte Líbano a la aldea de Zabulón, por el camino de Ramá. Celebraron reuniones en Ramá el viernes y se quedaron el sábado. Llegaron a Zabulón el domingo 31, celebraron una reunión esa noche y partieron a la mañana siguiente.
     
Al partir de Zabulón, caminaron hasta encontrar el camino de Magdala— Sidón cerca de Giscala, y de ahí se abrieron camino a Genesaret por la costa occidental del lago de Galilea, al sur de Capernaum, donde planeaban encontrarse con David Zebedeo, y donde tenían la intención de consultar sobre el próximo paso a tomar en el trabajo de predicación del evangelio del reino.
     
Durante una breve reunión con David se enteraron de que muchos líderes estaban en ese momento reunidos en el lado opuesto del lago, cerca de Queresa, y por consiguiente, esa misma noche cruzaron el lago en barca. Descansaron tranquilamente en las colinas un día entero, dirigiéndose al día siguiente al parque cercano, donde el Maestro alimentó a los cinco mil. Aquí descansaron unos tres días y celebraron conferencias diarias, a las que asistieron unos cincuenta hombres y mujeres, los que quedaban del grupo otrora numeroso de creyentes que residían en Capernaum y sus alrededores.
     
Durante la ausencia de Jesús de Capernaum y Galilea, el período de su estadía en Fenicia, sus enemigos concluyeron que todo el movimiento había sido destruido, que la prisa de Jesús en alejarse de allí era prueba de su gran temor, y que probablemente ya nunca más volvería a importunarlos. Había amainado, prácticamente, toda oposición activa a sus enseñanzas. Nuevamente los creyentes reanudaban sus reuniones públicas, y se estaba cimentando una consolidación gradual pero eficaz de los sobrevivientes probados y sinceros después del gran torbellino que acababan de pasar los creyentes del evangelio.
     
Felipe, el hermano de Herodes, se había vuelto un creyente a medias en Jesús y envió un mensaje al Maestro informándole que podía vivir y trabajar libremente en sus tierras.
      
El mandato de cerrar las sinagogas de todo el mundo judío a las enseñanzas de Jesús y sus seguidores había tenido un efecto adverso sobre los escribas y fariseos. Al desaparecer Jesús como objeto de controversia, inmediatamente se produjo una reacción en todo el pueblo judío; hubo un resentimiento general contra los fariseos y los líderes del sanedrín de Jerusalén. Muchos de los rectores de las sinagogas comenzaron subrepticiamente a abrir sus sinagogas a Abner y a sus asociados, declarando que estos instructores eran seguidores de Juan y no discípulos de Jesús.
      
Aun Herodes Antipas experimentó un cambio de sentimiento y, al enterarse de que Jesús estaba residiendo al otro lado el lago en el territorio de su hermano Felipe, le envió un mensaje que decía que, aunque él había firmado órdenes para su captura en Galilea, no había autorizado su arresto en Perea, indicando de esta manera que Jesús no sería molestado si permanecía fuera de Galilea; y comunicó esta misma decisión a los judíos de Jerusalén.
      
Ésa era pues la situación alrededor del 1 de agosto del año 29 d. de J.C., cuando el Maestro retornó de la misión fenicia y comenzó la reorganización de sus fuerzas desparramadas, probadas y diezmadas para el último y memorable año de su misión en la tierra.
     
Al prepararse el Maestro y sus asociados para comenzar la proclamación de una nueva religión, la religión del espíritu del Dios viviente que reside en la mente de los hombres, las cuestiones a batallarse están bien definidas.

La enseñanza de Jesús en Tiro.

Este miércoles por la tarde, durante su discurso, Jesús primero relató a sus seguidores la historia del lirio blanco que levanta su pura cabeza nevada hacia el sol mientras que sus raíces están metidas en el lodo y el barro del suelo tenebroso.
 
«Del mismo modo», dijo él, «el hombre mortal, aunque tenga las raíces de su origen y ser en el suelo animal de la naturaleza humana, puede, por la fe, elevar su naturaleza espiritual al sol de la verdad celestial y dar realmente los nobles frutos del espíritu».
      
En el curso de este mismo sermón Jesús utilizó la primera y única parábola que tenía que ver con su propio oficio —la carpintería. Al advertir que es necesario «establecer buenos cimientos para el crecimiento de un carácter noble con dotes espirituales», él dijo: «Para dar frutos del espíritu, debéis haber nacido del espíritu. Debéis ser enseñados por el espíritu y ser conducidos por el espíritu si queréis vivir una vida llena de espíritu entre vuestros semejantes. Pero no cometáis el error del tonto carpintero que pierde tiempo valioso encuadrando, midiendo y cepillando su madera carcomida por los gusanos e interiormente podrida y luego, después de haber puesto tanto de su trabajo en esta viga inútil, tiene que rechazarla puesto que no es adecuada para los cimientos del edificio que va a construir, el cual debe ser capaz de resistir los embates del tiempo y las tormentas. Que todo hombre se asegure de que los cimientos intelectuales y morales de su carácter tengan la fuerza necesaria para aguantar adecuadamente la superestructura de la naturaleza espiritual ennobleciente y en expansión, la cual transformará a la mente mortal y luego, en asociación con esa mente recreada, alcanzará el desarrollo del alma de destino inmortal. Vuestra naturaleza espiritual —el alma conjuntamente creada— es un crecimiento viviente, pero la mente y los sentimientos morales del individuo constituyen la tierra de la cual han de brotar estas manifestaciones más elevadas del desarrollo humano y del destino divino. El suelo del alma en desarrollo es humano y material, pero el destino de esta criatura combinada de mente y espíritu, es espiritual y divino».
     
Por la tarde de este mismo día, Natanael preguntó a Jesús: «Maestro, ¿por qué oramos a Dios para que no nos conduzca a la tentación, si bien sabemos por tu revelación del Padre que él nunca hace tales cosas?» Jesús le contestó a Natanael:
     
«No es extraño que hagas estas preguntas, puesto que estás comenzando a conocer al Padre así como yo lo conozco, y no como los profetas hebreos tan nebulosamente le veían. Bien sabes que nuestros antepasados estaban dispuestos a ver a Dios en casi todas las cosas que sucedían. Buscaban la mano de Dios en todas los acontecimientos naturales y en cada episodio poco común de la experiencia humana. Relacionaban a Dios tanto con el bien como con el mal. Pensaban que había ablandado el corazón de Moisés y endurecido el corazón del faraón. Si el hombre sentía un fuerte impulso por hacer algo, bueno o malo que fuera, tenía por costumbre considerar estas emociones inusitadas diciendo: `el Señor me habló y me dijo, haz esto y aquello, o ve aquí o allí'. Así pues, ya que los hombres tan a menudo y tan violentamente caen en la tentación, se tornó costumbre de nuestros antepasados creer que Dios los conducía a la tentación para probarlos, castigarlos o fortalecerlos. Pero ya sabes que no es así. Sabes que los hombres demasiado frecuentemente son conducidos a la tentación por el ímpetu de su propio egoísmo y los impulsos de su naturaleza animal. Cuando seas tentado de esta manera, te advierto que reconozcas honesta y sinceramente la tentación por lo que es, y más bien canalices con inteligencia las energías de espíritu, mente y cuerpo, que tratan de expresarse, hacia caminos más elevados y metas más idealistas. Así podrás transformar las tentaciones en el tipo más elevado de ministerio mortal edificante, evitando a la vez casi completamente esos ruinosos conflictos debilitantes entre la naturaleza animal y la naturaleza espiritual.
     
«Pero déjame advertirte contra la locura de intentar sobreponerse a la tentación por el esfuerzo de reemplazar un deseo por otro supuestamente superior mediante la sola fuerza de la voluntad humana. Si quieres realmente triunfar sobre las tentaciones de la naturaleza más baja e inferior, debes llegar a ese punto de ventaja espiritual en el que real y verdaderamente habrás desarrollado interés y amor por esas formas más elevadas e idealistas de conducta que tu mente desea sustituir por estos hábitos de conducta más bajos y menos idealistas que reconoces como tentación. Así pues, serás librado por la transformación espiritual en vez de cargarte cada vez más con el peso de la supresión engañosa de los deseos mortales. Lo viejo e inferior será olvidado mediante el amor por lo nuevo y lo superior. La belleza siempre triunfa sobre la fealdad en el corazón de todos los que están iluminados por el amor a la verdad. Hay gran poder en la energía expulsiva de un afecto espiritual nuevo y sincero. Nuevamente te digo, no te dejes conquistar por el mal, sino más bien conquista el mal con el bien».
     
Los apóstoles y los evangelistas continuaron haciendo preguntas hasta bien entrada la noche, y de las muchas respuestas presentamos los siguientes pensamientos, expresados en fraseología moderna:
      
La ambición enérgica, el juicio inteligente y la sabiduría madura son esenciales para el éxito material. El liderazgo depende de la habilidad natural, la discreción, la fuerza de voluntad y la determinación. El destino espiritual depende de la fe, el amor y la devoción a la verdad —hambre y sed de rectitud— el deseo de todo corazón de encontrar a Dios y de ser como él.
     
No os desalentéis al descubrir que sois humanos. La naturaleza humana puede tener tendencia al mal pero no es inherentemente pecaminosa. No os deprimáis por vuestra incapacidad para olvidar completamente algunas de vuestras experiencias más lamentables. Los errores que no podéis olvidar en el tiempo, serán olvidados en la eternidad. Aliviad la carga de vuestra alma adquiriendo rápidamente una visión a larga distancia de vuestro destino, una expansión universal de vuestra carrera.
     
No cometáis el error de estimar el valor del alma sobre la base de las imperfecciones de la mente o de los apetitos del cuerpo. No juzguéis al alma ni midáis su destino por el metro de un solo episodio humano desafortunado. Vuestro destino espiritual está condicionado solamente por vuestros deseos y propósitos espirituales.
     
La religión es la experiencia exclusivamente espiritual del alma inmortal evolutiva del hombre conocedor de Dios, pero el poder moral y la energía espiritual son fuerzas poderosas que pueden ser utilizadas para tratar situaciones sociales difíciles y resolver problemas económicos complicados. Estas dotes morales y espirituales enriquecen todos los niveles del vivir humano y los hacen más significativos.
     
Si tan sólo aprendéis a amar a los que os aman, estaréis destinados a vivir una vida limitada y mezquina. Por cierto, el amor humano puede ser recíproco, pero el amor divino, en toda su busca de la satisfacción, se dirige hacia afuera. Cuanto menos amor haya en la naturaleza de una criatura, más grande será su necesidad de amor y más tratará el amor divino de satisfacer esa necesidad. El amor no es jamás egoísta, y no puede ser autorregalado. El amor divino no puede ser autocontenido; debe ser donado generosamente.
     
Los creyentes del reino deben tener una fe implícita, una creencia de toda el alma, en el triunfo seguro de la rectitud. Los constructores del reino no deben dudar de la verdad del evangelio de la salvación eterna. Los creyentes deben aprender cada vez más a apartarse del bullicio de la vida —escapar de los agobios de la existencia material— mientras refrescan su alma, inspiran la mente, y renovan el espíritu mediante la comunión de adoración.
      
Los individuos conocedores de Dios no se desalientan por la desgracia ni se deprimen por las desilusiones. Los creyentes son inmunes a la depresión consiguiente a los cataclismos puramente materiales; los que viven en el espíritu no están perturbados por los episodios del mundo material. Los candidatos para la vida eterna practican una técnica vigorizante y constructiva para enfrentarse a todas las vicisitudes y todos los agobios de la vida mortal. Cada día que vive un verdadero creyente, encuentra más fácil hacer lo que es recto.
     
La vida espiritual aumenta poderosamente el verdadero respeto de sí mismo. Pero el autorrespeto no significa autoadmiración. El autorrespeto está siempre coordinado con el amor y el servicio a los semejantes. No es posible respetarse a sí mismo más de lo que se ama al prójimo; el uno es la medida de la capacidad del otro.
     
A medida que pasan los días, todo creyente sincero se torna más hábil en atraer a sus semejantes al amor de la verdad eterna. ¿Eres más ingenioso en la revelación del bien a la humanidad hoy, de lo que fuiste ayer? ¿Sabes recomendar mejor la rectitud este año, que el año pasado? ¿Te estás volviendo cada vez más artístico en la técnica que utilizas para conducir a las almas hambrientas al reino espiritual?
     
¿Son tus ideales suficientemente elevados para asegurar tu salvación eterna, mientras que tus ideas son tan prácticas como para convertirte en un ciudadano útil que funciona en la tierra en asociación con tus semejantes mortales? En el espíritu, vuestra ciudadanía es en el cielo; en la carne, aún sois ciudadanos de los reinos terrestres. Dad a los Césares las cosas que son materiales y a Dios las que son espirituales.
     
La medida de la capacidad espiritual del alma evolutiva es tu fe en la verdad y tu amor por el prójimo, pero la medida de tu fuerza de carácter humano es tu capacidad para resistir el resentimiento y soportar las cavilaciones cuando te enfrentas con la pesadumbre más profunda. La derrota es el espejo verdadero en el cual puedes honestamente contemplar tu auténtico yo.
     
A medida que crecéis en edad y os volvéis más expertos en los asuntos del reino, ¿seréis más discretos en vuestro trato con los mortales fastidiosos y seréis más tolerantes en la convivencia con vuestros asociados testarudos? El tacto es el fulcro del poderío social, y la tolerancia es la marca de un alma grande. Si poseéis estos raros y encantadores dones, a medida que pasan los días os volveréis más alertas y expertos en vuestros valiosos esfuerzos por evitar todo malentendido social innecesario. Estas almas sabias son capaces de evitar muchos de los problemas que infaliblemente atribulan a los que sufren por falta de ajuste emocional, los que se niegan a madurar, y los que se niegan a envejecer con garbo.
     
Evitad la deshonestidad y la injusticia en todos vuestros esfuerzos por predicar la verdad y proclamar el evangelio. No busquéis un reconocimiento no ganado y no anheléis una simpatía que no merecéis. Amad, recibid libremente de las fuentes divinas y humanas sea cual fuere vuestro merecido, y amad libremente en retribución. Pero en todas las otras cosas relacionadas con el honor y la adulación, buscad tan sólo lo que honestamente os pertenece.
     
El mortal consciente de Dios está seguro de la salvación; no tiene miedo de la vida; es honesto y constante. Sabe cómo soportar valientemente los sufrimientos inevitables; no se queja al enfrentarse con dificultades inescapables.
     
El creyente sincero no se cansa de hacer el bien solamente porque esté frustrado. Las dificultades inflaman el ardor del amante de la verdad, mientras que los obstáculos sólo sirven de reto a los esfuerzos del constructor intrépido del reino.
      
Y muchas otras cosas les enseñó Jesús antes de que se prepararan para partir de Tiro.
     
El día antes de salir de Tiro para retornar a la región del mar de Galilea, Jesús reunió a sus asociados y ordenó a los doce evangelistas que volviesen por una ruta diferente de la que él y los doce apóstoles iban a tomar. Y después de despedirse de Jesús estos evangelistas, no volvieron a estar nunca más tan íntimamente asociados con él.

domingo, 2 de junio de 2013

En Tiro.

Desde el 11 de julio hasta el 24 de julio enseñaron en Tiro. Cada uno de los apóstoles se llevó a uno de los evangelistas, y así de dos en dos enseñaron y predicaron en todas partes de Tiro y sus alrededores. La población políglota de este activo puerto marítimo los escuchaba con regocijo, y muchos fueron bautizados en la hermandad exterior del reino. Jesús estableció su cuartel general en la casa de un judío denominado José, un creyente, que vivía unos cinco o seis kilómetros al sur de Tiro, no lejos de la tumba de Hiram, que había sido rey de la ciudadestado de Tiro en la era de David y Salomón.

      
Todos los días, durante este período de dos semanas, los apóstoles y evangelistas entraban a Tiro por el muelle de Alejandro para dirigir pequeñas reuniones, y todas las noches la mayoría de ellos retornaba al campamento en la casa de José al sur de la ciudad. Todos los días los creyentes salían de la ciudad para hablar con Jesús en su lugar de descanso. El Maestro habló en Tiro sólo una vez, en la tarde del 20 de julio, cuando enseñó a los creyentes sobre el amor del Padre por toda la humanidad y sobre la misión del Hijo de revelar el Padre a todas las razas humanas. Había tanto interés en el evangelio del reino entre estos gentiles que, en esta ocasión, se le abrieron las puertas del templo de Melcart, y es interesante notar que en años subsiguientes se construyó una iglesia cristiana en el mismo sitio del antiguo templo.
      
Muchos de los dirigentes de la industria de la púrpura de Tiro, el colorante que hiciera famosas a Tiro y Sidón en todo el mundo, y que tanto contribuyó a su comercio mundial y consiguiente enriquecimiento, creían en el reino. Cuando, poco tiempo después, comenzó a disminuir la población de los animales marinos de los que se extraía este colorante, los fabricantes de colorante salieron en busca de estos mariscos en otros lugares. Y emigrando así hasta los fines de la tierra, llevaron con ellos el mensaje de la paternidad de Dios y de la hermandad del hombre —el evangelio del reino.

El viaje costa arriba.

El martes 28 de junio, el Maestro y sus asociados partieron de Sidón, subiendo por la costa a Porfireón y Heldua. Fueron bien recibidos por los gentiles, y muchos fueron acogidos al reino durante esta semana de enseñanza y predicación. Los apóstoles predicaron en Porfireón y los evangelistas enseñaron en Heldua. Mientras los veinticuatro estaban así ocupados en su obra, Jesús los dejó por un período de tres o cuatro días, visitando la ciudad costera de Berito, donde conversó con un sirio llamado Malac, quien era creyente y había estado en Betsaida el año anterior.

   
El miércoles 6 de julio, todos ellos retornaron a Sidón y permanecieron en la casa de Justa hasta el domingo por la mañana, saliendo entonces rumbo a Tiro, hacia el sur a lo largo de la costa, por el camino de Sarepta, y llegando a Tiro el lunes 11 de julio. Para esta época, los apóstoles y los evangelistas estaban empezando a habituarse a trabajar entre los así llamados gentiles, que eran en realidad en gran parte descendientes de las antiguas tribus cananeas de aún anterior origen semita. Todos estos pueblos hablaban griego. Fue una gran sorpresa para los apóstoles y evangelistas observar el anhelo de estos gentiles por escuchar el evangelio y notar la prontitud con la que muchos de ellos creían.

domingo, 26 de mayo de 2013

La enseñanza en Sidón.

Al llegar a Sidón, Jesús y sus asociados pasaron por un puente, el primero que muchos de ellos habían visto jamás. Al caminar sobre este puente, Jesús, entre otras cosas, dijo: «Este mundo es tan sólo un puente; podéis pasar por él, pero no debéis pensar en construir sobre él vuestra morada».
 
     
Mientras los veinticuatro comenzaron su labor en Sidón, Jesús fue a residir en una casa al norte de la ciudad, la casa de Justa y de su madre Berenice. Jesús enseñó a los veinticuatro todas las mañanas en la casa de Justa, y ellos salían a Sidón por la tarde y por la noche para enseñar y predicar.
      
Los apóstoles y los evangelistas estaban altamente regocijados por la forma en que los gentiles de Sidón recibían su mensaje; durante su corta estadía muchos fueron recibidos en el reino. Este período de unas seis semanas en Fenicia fue una época muy fructífera en el trabajo de ganar almas, pero los escritores judíos que más tarde escribieron los evangelios intentaron pasar por alto la cálida recepción de las enseñanzas de Jesús por parte de estos gentiles, en el momento preciso en que tantos de su propio pueblo se alineaban hostilmente contra él.
      
De muchas maneras los creyentes gentiles apreciaban las enseñanzas de Jesús más plenamente que los judíos. Muchos de estos sirofenicios de habla griega llegaron a saber no sólo que Jesús era como Dios sino también que Dios era como Jesús. Estos así llamados paganos alcanzaron a comprender bien las enseñanzas del Maestro sobre la uniformidad de las leyes de este mundo y del universo entero. Alcanzaron a entender la enseñanza de que Dios no hace acepción de personas, razas o naciones; que no hay favoritismos para el Padre universal; que el universo es completamente y para siempre respetuoso de la ley e infaliblemente confiable. Estos gentiles no tenían miedo de Jesús; se atrevieron a aceptar su mensaje. A través de todos los tiempos, los hombres no han sido incapaces de comprender a Jesús; han tenido miedo a hacerlo.
      
Jesús aclaró a los veinticuatro que él no había huido de Galilea porque le faltara el coraje para enfrentarse con sus enemigos. Ellos comprendieron que él no estaba aún listo para una batalla abierta con la religión establecida, y que no buscaba convertirse en mártir. Fue durante una de estas conferencias en la casa de Justa cuando el Maestro dijo por primera vez a sus discípulos que «aunque desaparezcan el cielo y la tierra, mis palabras de verdad no desaparecerán».
      
El tema de las instrucciones de Jesús durante la estadía en Sidón fue la progresión espiritual. Les dijo que no podían quedarse inmóviles; debían seguir adelantando en rectitud o retroceder en el mal y el pecado. Les advirtió que «olvidaran esas cosas que están en el pasado, y lucharan por adelantarse hasta abrazar las realidades más grandes del reino». Les imploró que no se conformaran con ser niños en el evangelio sino que lucharan por alcanzar la estatura plena de la filiación divina en la comunión del espíritu y en la hermandad de los creyentes.
      
Dijo Jesús: «Mis discípulos deben no sólo cesar de hacer el mal, sino que deben aprender a hacer el bien; debéis no solamente limpiaros de todo pecado consciente, sino también negaros a albergar aun los sentimientos de culpa. Si confesáis vuestros pecados, éstos serán perdonados; por consiguiente debéis mantener una conciencia libre de ofensa.»
    
Jesús mucho disfrutaba del agudo sentido del humor que exhibían estos gentiles. Fue el sentido del humor demostrado por Norana, la mujer siria, así como también su gran fe persistente, lo que tanto conmovió el corazón del Maestro y atrajo su misericordia. Jesús mucho lamentaba que su gente —los judíos— fueran tan faltos de humor. Cierta vez le dijo a Tomás: «Mi pueblo se toma a sí mismo demasiado en serio; casi son incapaces de apreciar el humor. La opresiva religión de los fariseos no podría haberse originado en un pueblo con sentido del humor. Les falta visión de conjunto; cuelan el mosquito y se tragan el camello.»

La mujer Siria.

Cerca de la casa de Karuska, donde se alojaba el Maestro, vivía una mujer siria que mucho había oído sobre Jesús como gran curador y maestro, y este sábado por la tarde vino con su hijita. La niña, de unos doce años de edad, estaba afligida por un doloroso trastorno nervioso que se caracterizaba por convulsiones y otras manifestaciones penosas.
     
Jesús había encargado a sus asociados que a nadie dijeran nada de su presencia en la casa de Karuska explicando que deseaba descansar. Aunque ellos obedecieron las instrucciones de su Maestro, la criada de Karuska fue a la casa de esta mujer siria, Norana, para informarle que Jesús se hallaba alojado en la casa de su ama y urgió a esta madre ansiosa que trajera a su hija afligida para que la curara. Esta madre, por supuesto, creía que su hija estaba poseída por un demonio, un espíritu impuro.
     
Cuando Norana llegó con su hija, los gemelos Alfeo explicaron mediante un intérprete que el Maestro estaba descansando y no podía ser molestado; por lo cual Norana replicó que ella y la niña permanecerían allí hasta que el Maestro terminara su descanso. Pedro también trató de razonar con ella y de persuadirla que se volviese a su casa. Explicó que Jesús estaba cansado de tanta enseñanza y curación, y que había venido a Fenicia para pasar un período de tranquilidad y descanso. Pero fue inútil. Norana no quería irse. Ante las exhortaciones de Pedro, ella tan sólo replicó: «No me iré hasta tanto no haya visto a vuestro Maestro. Yo sé que él puede echar al demonio que posee a mi niña, y no me iré hasta que el curador haya visto a mi hija».
     
Entonces Tomás trató de despedir a la mujer, pero tampoco tuvo éxito. Ella le dijo a él: «Tengo fe de que vuestro Maestro puede echar a este demonio que atormenta a mi hija. Me he enterado de sus obras poderosas en Galilea, y creo en él. ¿Qué es lo que os ha pasado a vosotros, sus discípulos, que despedís a los que vienen en busca de la ayuda de vuestro Maestro?» Y cuando así ella habló, Tomás se retiró.
     
Vino luego Simón el Zelote para argüir con Norana. Dijo Simón: «Mujer, eres una gentil que habla griego. No es justo que esperes que el Maestro tome el pan reservado a los hijos de la casa favorita y se lo eche a los perros». Pero Norana no se ofendió por las palabras de Simón. Tan sólo replicó: «Sí, maestro, comprendo tus palabras. Yo no soy sino un perro a los ojos de los judíos, pero en cuanto a vuestro Maestro, soy un perro creyente. Estoy decidida a que él vea a mi hija porque estoy persuadida de que, si tan sólo la mira, la curará. Y aun tú, buen hombre, no te atreverías a quitarle a los perros el privilegio de comer las migajas de pan que suelen caer de la mesa de los niños».
     
Precisamente en ese momento, la niñita sufrió una violenta convulsión delante de todos ellos, y la madre gritó: «He aquí, bien podéis ver que mi niña está poseída por un mal espíritu. Si nuestra necesidad no os conmueve, sí conmoverá a vuestro Maestro, quien según me han dicho, ama a todos los hombres y aun se atreve a curar a los gentiles cuando estos creen. Vosotros no sois dignos de ser sus discípulos. No me iré hasta que mi hija no esté curada».
     
Jesús, que había escuchado toda esta conversación por una ventana abierta, salió pues con gran sorpresa de ellos y dijo: «Oh mujer, grande es tu fe, tan grande que no puedo negarte lo que tú deseas; vete en paz. Tu hija ya ha sido curada». Y la niñita estuvo bien desde ese momento. Cuando Norana y la niña se despidieron, Jesús les advirtió que a nadie relataran este suceso; y aunque sus asociados sí cumplieron con esta solicitud, la madre y la niña no cesaron de proclamar el hecho de la curación de la pequeña a lo largo y a lo ancho de la región y aun en Sidón, tanto que Jesús halló conveniente mudarse de residencia pocos días más tarde.
      
Al día siguiente, al enseñar Jesús a sus apóstoles, comentando sobre la curación de la hija de la mujer siria, dijo: «Así ha sido desde un principio; podéis ver vosotros mismos cómo los gentiles son capaces de alimentar una fe salvadora en las enseñanzas del evangelio del reino del cielo. De cierto, de cierto os digo que los gentiles van tomar posesión del reino del Padre si los hijos de Abraham no están dispuestos a mostrar la fe necesaria para entrar en él».

La estadía en Tiro y Sidón.

EL VIERNES 10 de junio por la tarde, Jesús y sus asociados llegaron a las cercanías de Sidón donde se detuvieron en la casa de una mujer pudiente que había sido paciente en el hospital de Betsaida en los tiempos en que Jesús estaba en la cumbre del favor popular. Los evangelistas y los apóstoles se alojaron con amigos de ella en el vecindario inmediato y descansaron el día del sábado en un ambiente sereno. Pasaron casi dos semanas y media en Sidón y en sus cercanías antes de prepararse para visitar las ciudades costeras del norte.
     
Este sábado de junio fue de gran tranquilidad. Los evangelistas y los apóstoles estaban completamente absortos en sus meditaciones sobre los discursos del Maestro acerca de la religión que habían escuchado camino a Sidón. Todos eran capaces de apreciar algo de lo que él les había dicho pero ninguno de ellos comprendía plenamente la importancia de su enseñanza.

domingo, 12 de mayo de 2013

El segundo discurso sobre la religión.

Así pues, mientras pausaban a la sombra de la colina, Jesús continuó enseñándoles sobre la religión del espíritu, diciendo en substancia:


Habéis salido de entre aquellos de vuestros semejantes que se quedan satisfechos con una religión de la mente, ansían la seguridad y prefieren el conformismo. Habéis elegido cambiar vuestros sentimientos de seguridad autoritaria por la seguridad del espíritu de fe progresiva y aventurosa. Habéis osado protestar contra la esclavitud abrumadora de la religión institucional y rechazar la autoridad de las tradiciones registradas que ahora se consideran la palabra de Dios. Nuestro Padre en efecto habló a través de Moisés, Elías, Isaías, Amós y Oseas. Pero no cesó de ministrar palabras de verdad al mundo cuando estos profetas de la antigua edad dejaron de pronunciarlas. Mi Padre no hace acepción de razas ni de generaciones, no vierte la palabra de la verdad sobre una era y se niega a concederla a otra. No cometáis la locura de llamar divino lo que es completamente humano, y no dejéis de discernir las palabras de la verdad que no vienen a través de los oráculos tradicionales de la supuesta inspiración.
     
Os he llamado para que renazcáis, para que nazcáis del espíritu. Os he llamado de las tinieblas de la autoridad y de la letargia de la tradición a la luz trascendental de la comprensión de la posibilidad de hacer por vosotros mismos el más grande descubrimiento posible para el alma humana —la excelsa experiencia de encontrar a Dios por vosotros mismos, en vosotros mismos y de vosotros mismos, y de hacer todo esto como un hecho de vuestra experiencia personal. Así pues podréis pasar desde la muerte a la vida, desde la autoridad de la tradición a la experiencia de conocer a Dios; así pasaréis de las tinieblas a la luz, de la fe racial heredada a una fe personal alcanzada por experiencia real; y así progresaréis de una teología de la mente traspasada por vuestros antepasados a una verdadera religión del espíritu que será construida en vuestras almas como dote eterna.
      
Vuestra religión cambiará de la mera creencia intelectual en la autoridad tradicional a la experiencia real de esa fe viviente que es capaz de alcanzar la realidad de Dios y todo lo que se relaciona con el espíritu divino del Padre. La religión de la mente os vincula sin esperanzas al pasado; la religión del espíritu consiste en la revelación progresiva y os llama constantemente a alcances más altos y santos en ideales espirituales y en realidades eternas.
      
Aunque la religión de autoridad pueda impartir un sentimiento inmediato de seguridad establecida, pagáis por esa satisfacción pasajera el precio de la pérdida de vuestra libertad espiritual y religiosa. Mi Padre no requiere de vosotros como precio para entrar al reino del cielo que os forcéis a suscribiros a una creencia en cosas que son espiritualmente repugnantes, profanas y falsas. No se os requiere que vuestro propio sentido de la misericordia, justicia y verdad sea ofendido por la sumisión a un sistema desgastado de formas y ceremonias religiosas. La religión del espíritu os deja por siempre libres para seguir la verdad, dondequiera os lleve la guía del espíritu. ¿Quién puede juzgar —tal vez este espíritu tenga algo que impartir a esta generación que otras generaciones se han negado a escuchar?
     
¡Vergüenza deberían tener esos falsos instructores religiosos que arrastran almas hambrientas de vuelta al oscuro y distante pasado y allí las dejan! Así pues estas desafortunadas personas están destinadas a asustarse de todo nuevo descubrimiento, y a desconcertarse ante toda nueva revelación de la verdad. El profeta que dijo: «Aquel cuyo pensamiento persevera en Dios será conservado en paz perfecta» no era un simple creyente intelectual en la teología autoritaria. Este ser humano conocedor de la verdad había descubierto a Dios; no estaba meramente hablando sobre Dios.
     
Os advierto que abandonéis la práctica de citar constantemente a los profetas del pasado y de alabar a los héroes de Israel; aspirad más bien a tornaros profetas vivientes del Altísimo y héroes espirituales del reino venidero. Honrar a los antiguos líderes conocedores de Dios indudablemente puede ser algo que vale la pena, pero ¿por qué, al hacerlo, debéis sacrificar la experiencia suprema de la existencia humana: encontrar a Dios por vosotros mismos y conocerle en vuestra propia alma?
      
Cada raza de la humanidad tiene su propio enfoque mental sobre la existencia humana; por consiguiente, la religión de la mente siempre debe ser fiel a estos varios puntos de vista raciales. Las religiones de autoridad no pueden jamás llegar a la unificación. La unidad humana y la hermandad de los mortales pueden ser alcanzadas tan sólo por la superdote de la religión del espíritu y a través de ésta. Las mentes raciales pueden diferir, pero la humanidad toda está habitada por el mismo espíritu divino y eterno. La esperanza de la hermandad humana tan sólo puede realizarse cuando y a medida que la ennoblecedora y unificante religión del espíritu —la religión de la experiencia personal espiritual— las impregne y las eclipse las religiones mentales de autoridad divergentes.
     
Las religiones de autoridad tan sólo pueden dividir a los hombres y ponerlos en orden de batalla consciente, los unos contra los otros; la religión del espíritu atraerá progresivamente a los hombres unos a los otros y hará que se tornen compasivamente comprensivos los unos de los otros. Las religiones de autoridad requieren de los hombres una uniformidad en la creencia, pero esto es imposible de lograr en el presente estado del mundo. La religión del espíritu requiere tan sólo unidad de experiencia —uniformidad de destino— permitiendo la plena diversidad de la creencia. La religión del espíritu requiere solamente uniformidad de discernimiento, no uniformidad de punto de vista ni de opinión. La religión del espíritu no exige uniformidad de puntos de vista intelectuales, tan sólo unidad de sentimientos espirituales. Las religiones de autoridad se cristalizan en credos sin vida; la religión del espíritu crece en el regocijo y libertad en aumento en las acciones ennoblecedoras de servicio amante y ministración misericordiosa.
      
Pero cuidaos de considerar con desdén a los hijos de Abraham, porque hayan caído en estos malos tiempos de esterilidad tradicional. Nuestros antepasados se dedicaron de lleno a la búsqueda persistente y apasionada de Dios, y lo encontraron como ninguna otra raza humana lo ha conocido desde los tiempos de Adán, quien mucho sabía de todo esto puesto que él mismo era Hijo de Dios. Mi Padre no ha dejado de apreciar la larga e incansable lucha de Israel por encontrar a Dios y conocer a Dios desde los días de Moisés. Durante largas generaciones, los judíos no han dejado de trabajar, sudar, luchar, penar y soportar los sufrimientos y experimentar las pesadumbres de un pueblo despreciado y mal comprendido, todo ello para acercarse un poco más al descubrimiento de la verdad sobre Dios. A pesar de todos los fracasos y errores de Israel, nuestros antepasados, desde Moisés hasta los tiempos de Amós y Oseas, revelaron cada vez más para todo el mundo una imagen cada vez más clara y más verdadera del Dios eterno. Así pues fue preparado el camino para la revelación aún más grande del Padre que vosotros habéis sido llamados a compartir.
     
No olvidéis jamás que hay tan sólo una aventura que es más satisfactoria y emocionante que el intento de descubrir la voluntad del Dios vivo, y ésa es la experiencia suprema de tratar honestamente de hacer la voluntad divina. No dejéis de recordar que la voluntad de Dios puede cumplirse en cualquier ocupación terrenal. No hay unas vocaciones que sean santas y otras que sean seculares. Todas las cosas son sagradas en la vida de los que son conducidos por el espíritu; o sea, subordinados a la verdad, ennoblecidos por el amor, dominados por la misericordia, y controlados por la ecuanimidad —la justicia. El espíritu que mi Padre y yo enviaremos al mundo es no solamente el Espíritu de la Verdad, sino también el espíritu de la belleza idealista.
      
Debéis dejar de buscar la palabra de Dios tan sólo en las páginas de los viejos libros de la autoridad teológica. Los que han nacido del espíritu de Dios de ahora en adelante discernirán la palabra de Dios sea donde fuere que ésta parezca originarse. La verdad divina no debe ser desechada porque el canal de su transmisión sea aparentemente humano. Muchos de vuestros hermanos aceptan la teoría de Dios con la mente pero espiritualmente no consiguen comprender la presencia de Dios. Ésta es justamente la razón por la cual tan a menudo os he enseñado que el reino del cielo puede ser comprendido mejor si se adquiere la actitud espiritual de un niño sincero. No es la inmadurez mental del niño la que os recomiendo, sino más bien la simpleza espiritual de un pequeño que cree con facilidad y confía plenamente. No es tan importante que conozcáis el hecho de Dios como que crezcáis cada vez más en la habilidad de sentir la presencia de Dios.
      
Cuando empecéis a encontrar a Dios en vuestra alma, pronto comenzaréis a descubrirlo en el alma de otros hombres y a su debido tiempo en todas las criaturas y creaciones de un poderoso universo. Pero ¿qué oportunidad tiene el Padre de aparecer como un Dios de lealtades supremas e ideales divinos en el alma de los hombres que dedican poco o ningún tiempo a la contemplación reflexiva de estas realidades eternas? Aunque la mente no es el asiento de la naturaleza espiritual, es por cierto la compuerta.
      
Pero no cometáis el error de tratar de probar a otros hombres que habéis encontrado a Dios; no podéis producir conscientemente tal prueba válida, aunque existen dos demostraciones positivas y poderosas del hecho de que conocéis a Dios. Éstas son:
      
1. Los frutos del espíritu de Dios que se muestran en vuestra vida rutinaria diaria.
      
2. El hecho de que todo el plan de vuestra vida ofrece una prueba positiva de que habéis arriesgado sin reserva todo lo que sois y tenéis, en la aventura de la supervivencia después de la muerte, en perseguir la esperanza de encontrar al Dios de la eternidad, cuya presencia habéis saboreado por anticipado en el tiempo.
     
Ahora bien, no os equivoquéis, mi Padre siempre responderá a la más débil llama de fe. Él presta atención a las emociones físicas y supersticiosas del hombre primitivo. Y con esas almas honestas pero temerosas, cuya fe es tan débil que no llega a ser mucho más que conformidad intelectual a una actitud pasiva de consentimiento a las religiones de autoridad, el Padre está siempre alerta para honrar y promover aun estos débiles intentos de llegar a él. Pero vosotros, que habéis sido llamados de las tinieblas a la luz, debéis creer con todo vuestro corazón; vuestra fe dominará las actitudes combinadas de cuerpo, mente y espíritu.
      
Sois mis apóstoles; y para vosotros la religión no se volverá un refugio teológico al que podáis huir cuando temáis enfrentaros con las duras realidades del progreso espiritual y de la aventura idealista; sino más bien, vuestra religión se tornará el hecho de la experiencia real que atestigua que Dios os ha encontrado, os ha idealizado, ennoblecido y espiritualizado, y que os habéis embarcado en la aventura eterna de encontrar a Dios, quien así os ha encontrado y os ha hecho sus hijos.
      
Y cuando Jesús terminó de hablar, llamó a Andrés con un gesto y, señalando hacia el oeste, hacia Fenicia, dijo: «Sigamos pues nuestro camino».

miércoles, 1 de mayo de 2013

El discurso sobre la verdadera religión.

Este memorable discurso sobre la religión, resumido y expresado en fraseología moderna, dio expresión a las siguientes verdades:   
    
Aunque las religiones del mundo tienen un doble origen —natural y revelatoria— en cualquier momento y en cualquier pueblo se encuentran tres formas distintas de devoción religiosa. Y estas tres manifestaciones del impulso religioso son:


    
1. La religión primitiva. El impulso seminatural e instintivo de temer las energías misteriosas y adorar las fuerzas superiores, principalmente una religión de la naturaleza física, la religión del miedo.
      
2. La religión de la civilización. Los conceptos y prácticas religiosos en avance de las razas en vías de civilización —la religión de la mente— la teología intelectual de la autoridad de una tradición religiosa establecida.
      
3. La verdadera religiónla religión de la revelación. La revelación de los valores supernaturales, una visión parcial de las realidades eternas, una diminuta visión de la bondad y belleza del carácter infinito del Padre en el cielo —la religión del espíritu tal como es demostrada en la experiencia humana. 

El Maestro se negó a menospreciar la religión de los sentidos físicos y los temores supersticiosos del hombre natural, aunque deploró el hecho de que tanto de esta forma primitiva de adoración hubiera de persistir en las formas religiosas de las razas más inteligentes de la humanidad. Jesús aclaró que la gran diferencia entre la religión de la mente y la religión del espíritu es que, mientras la primera es sostenida por la autoridad eclesiástica, la última está completamente basada en la experiencia humana.
      
Luego el Maestro, en su hora de enseñanza, aclaró así estas verdades:
      
Hasta que las razas se vuelvan altamente inteligentes y más plenamente civilizadas, persistirán muchas de esas ceremonias infantiles y supersticiosas que son tan características de las prácticas religiosas evolucionarias de los pueblos primitivos y atrasados. Hasta que la raza humana progrese al nivel de un reconocimiento más alto y más general de las realidades de la experiencia espiritual, gran número de hombres y mujeres continuarán mostrando una preferencia personal por esas religiones autoritarias que requieren tan sólo consentimiento intelectual, en contraste con la religión del espíritu, que presupone la participación activa de la mente y del alma en la aventura de fe de luchar cuerpo a cuerpo con las realidades rigurosas de la progresiva experiencia humana.
     
La aceptación de las religiones tradicionales autoritarias presenta el camino más fácil para el impulso humano de buscar la satisfacción de los deseos de su naturaleza espiritual. Las religiones establecidas, cristalizadas y monolíticas de autoridad permiten un refugio inmediato, al que puede acogerse el alma distraída y afligida del hombre, cuando la atormenta el miedo y la aflige la inseguridad. Tal religión requiere de sus devotos, como precio por sus satisfacciones y garantías, sólo un consentimiento pasivo y puramente intelectual.
      
Por mucho tiempo vivirán en la tierra esos individuos temerosos, miedosos y titubeantes que preferirán asegurarse de esta manera sus consuelos religiosos, aunque, al unirse a las religiones de autoridad, comprometan la soberanía de su personalidad, rebajen la dignidad del autorrespeto, y abandonen completamente el derecho a participar en la más conmovedora e inspiradora de todas las experiencias humanas posibles: la búsqueda personal de la verdad, la alegría de enfrentar los peligros del descubrimiento intelectual, la determinación de explorar las realidades de la experiencia religiosa personal, la satisfacción suprema de experimentar el triunfo personal de la comprensión real de la victoria de la fe espiritual sobre las dudas intelectuales, ganada honestamente en la suprema aventura de toda existencia humana —el hombre buscando a Dios, para sí y como tal, y encontrándolo.
     
La religión del espíritu significa esfuerzo, lucha, conflicto, fe, determinación, amor, lealtad, y progreso. La religión de la mente —la teología de la autoridad— requiere poco o nada de estos esfuerzos de sus creyentes formales. La tradición es un refugio seguro y un camino fácil para esas almas temerosas e indiferentes que instintivamente evitan las luchas espirituales y las incertidumbres mentales asociadas con esos viajes de osada aventura de la fe, a los altos mares de la verdad no explorada, en búsqueda de las orillas más lejanas de las realidades espirituales, como pueden ser descubiertas por la progresiva mente humana y experimentadas por el alma humana en evolución.
     
Jesús continuó diciendo: «En Jerusalén, los líderes religiosos han formulado las varias doctrinas, de sus instructores tradicionales y de profetas de otros tiempos, dentro de un sistema establecido de creencias intelectuales, la religión de autoridad. 

Estas religiones atraen principalmente a la mente. Ahora estamos a punto de entrar en un conflicto devastador con ese tipo de religión, puesto que pronto comenzaremos la audaz proclamación de una nueva religión —una religión que no es religión según el significado de hoy de esta palabra, una religión que apela principalmente al espíritu divino de mi Padre que reside en la mente del hombre; una religión que derivará su autoridad de los frutos de su aceptación, que tan certeramente aparecerán en la experiencia personal de todos los que real y verdaderamente se vuelvan creyentes de las verdades de esta comunión espiritual más elevada».
      
Señalando a cada uno de los veinticuatro y llamándolos por su nombre, Jesús dijo: «Ahora pues, ¿cuál de vosotros prefiere tomar el camino fácil de la conformidad a una religión establecida y fosilizada, tal como es defendida por los fariseos en Jerusalén, en vez de sufrir las dificultades y persecuciones que acompañarán la misión de proclamar un mejor camino de salvación para los hombres, mientras comprendéis la satisfacción de descubrir por vosotros mismos las bellezas de las realidades de una experiencia viviente y personal en las verdades eternas y grandezas supremas del reino del cielo? ¿Estáis temerosos, buscáis la comodidad, la facilidad? ¿Tenéis miedo de confiar vuestro futuro en las manos del Dios de la verdad, cuyos hijos sois vosotros? ¿Acaso no confiáis en el Padre, cuyos hijos sois vosotros? ¿Volveréis al fácil camino de la seguridad y de la quietud intelectual de la religión de autoridad tradicional, o bien os prepararéis para adelantaros conmigo en el incierto y atribulado futuro de proclamar las nuevas verdades de la religión del espíritu, el reino del cielo en el corazón de los hombres?»
     
Todos sus veinticuatro oyentes se pusieron de pie, para significar su respuesta unida y leal a éste, uno de los pocos llamados emocionales que Jesús jamás les hiciera, pero él levantó la mano y los detuvo, diciendo: «Apartaos ahora por vuestra cuenta, cada hombre a solas con el Padre, y encontrad allí la respuesta no emotiva a mi pregunta, y habiendo encontrado esa actitud verdadera y sincera del alma, enunciad esa respuesta, libre y audazmente, a mi Padre y vuestro Padre, cuya infinita vida de amor es el espíritu mismo de la religión que proclamamos».
      
Los evangelistas y apóstoles se apartaron por su cuenta durante un corto período. Su espíritu estaba elevado, su mente inspirada, y sus emociones, poderosamente sacudidas por las palabras de Jesús. Pero cuando Andrés los reunió, el Maestro tan sólo dijo: «Reanudemos pues nuestro viaje. Vamos a Fenicia para pasar una temporada, y todos vosotros debéis orar al Padre para que transforme vuestras emociones de mente y cuerpo en las más elevadas lealtades de mente y más satisfactorias experiencias del espíritu».
      
Al reanudar su viaje por el camino, los veinticuatro estaban callados, pero finalmente comenzaron a hablarse unos a los otros, y a las tres de esa tarde ya no podían seguir caminando; se detuvieron y Pedro, acercándose a Jesús, dijo: «Maestro, tú nos has hablado las palabras de la vida y de la verdad. Quisiéramos oír más; te imploramos que nos hables más sobre estos asuntos».