Fue poco después de la hora del desayuno, este
martes por la mañana, cuando Jesús y sus compañeros llegaron al
campamento apostólico. A medida que se acercaban, vieron una multitud
apreciable reunida alrededor de los apóstoles y pronto empezaron a oír
las palabras en alta voz de una discusión y disputa de este grupo de
unas cincuenta personas que comprendía nueve apóstoles y segmentos
equivalentes de escribas de Jerusalén y discípulos creyentes que habían
seguido a Jesús y a sus asociados en su viaje desde Magadán.
Aunque la multitud estaba discutiendo
numerosos temas, la controversia principal se refería a cierto ciudadano
de Tiberias que había llegado el día anterior en busca de Jesús. Este
hombre, Santiago de Safad, tenía un hijo de unos catorce años, hijo
único, gravemente afligido de epilepsia. Además de esta enfermedad
nerviosa, este muchacho era poseído por uno de esos seres intermedios
vagabundos, traviesos y rebeldes, que por entonces existían sin control
en la tierra, de modo que el joven estaba al mismo tiempo epiléptico y
poseído por un demonio.
Durante casi dos semanas este padre
ansioso, un oficial menor de Herodes Antipas, había vagado por los
límites occidentales de los dominios de Felipe buscando a Jesús, para pedirle que curara a su
hijo afligido. Y no alcanzó al grupo apostólico hasta alrededor del
mediodía de este día, mientras Jesús estaba en la montaña con los tres
apóstoles.
Los nueve apóstoles se sorprendieron y se
turbaron considerablemente cuando este hombre, acompañado por casi
cuarenta personas que también buscaban a Jesús, llegó de pronto ante
ellos. Al tiempo de la llegada de este grupo, los nueve apóstoles, por
lo menos la mayoría de ellos, habían caído en su antigua tentación —la
de discutir quién sería el más importante en el reino venidero; estaban
muy ocupados en discutir las probables posiciones que serían asignadas a
cada apóstol. No conseguían liberarse completamente de la idea,
largamente acariciada, de una misión material del Mesías. Ahora que
Jesús mismo había aceptado la confesión de ellos de que él era realmente
el Libertador —por lo menos había admitido el hecho de su divinidad—
qué más natural para ellos que ponerse a hablar de esas esperanzas y
ambiciones que tan importante lugar ocupaban en su corazón, durante este
período de separación del Maestro. Estaban pues ocupados en estas
conversaciones, cuando Santiago de Safad y los demás que buscaban a
Jesús llegaron junto a ellos.
Andrés se adelantó para saludar a este
padre y a su hijo, diciendo: «¿A quién buscáis?» Dijo Santiago: «Buen
hombre, busco a vuestro Maestro. Busco curación para mi hijo afligido.
Deseo que Jesús eche a este diablo que posee a mi niño». Acto seguido,
el padre procedió a relatar a los apóstoles cómo estaba de afligido su
hijo, que muchas veces estuvo a punto de perder la vida como resultado
de estos ataques malignos.
Mientras los apóstoles escuchaban, Simón el
Zelote y Judas Iscariote se acercaron al padre, diciendo: «Nosotros
podemos curarlo; no necesitas esperar el regreso del Maestro. Somos los
embajadores del reino; estos hechos ya no los mantenemos en secreto.
Jesús es el Libertador, y nos han sido entregadas las llaves del reino».
Andrés y Tomás se apartaron, consultándose. Natanael y los demás
contemplaban la escena, pasmados; todos ellos estaban horrorizados por
la súbita audacia, por no llamarle presunción, de Simón y Judas.
Entonces dijo el padre: «Si os ha sido dado el poder de hacer estas
obras, os ruego que digáis las palabras que liberen a mi hijo de esta
esclavitud». Entonces Simón se adelantó y, colocando la mano sobre la
cabeza del niño, lo miró fijo a los ojos y ordenó: «Sal de él, espíritu
impuro; en nombre de Jesús, obedéceme». Pero el muchacho cayó en un
ataque aún más violento, mientras los escribas se mofaban burlonamente
de los apóstoles, y los creyentes desilusionados sufrían las burlas de
estos críticos hostiles.
Andrés estaba apenado por este esfuerzo
equivocado y su fracaso catastrófico. Llamó aparte a los apóstoles para
conversar y orar. Después de esta temporada de meditación, sintiendo
agudamente el ardor de la derrota y la humillación que caía sobre todos
ellos, Andrés intentó nuevamente echar al demonio, pero sólo el fracaso
respondió a sus esfuerzos. Andrés confesó francamente su derrota y
solicitó que el padre se quedara allí durante la noche o hasta el
retorno de Jesús, diciendo: «Tal vez esta clase de demonio no
desaparece, a menos que se lo ordene personalmente el Maestro.
Así pues, mientras Jesús descendía de la
montaña con los exuberantes y estáticos Pedro, Santiago y Juan, sus
nueve hermanos tampoco podían conciliar el sueño, pues se debatían en la
confusión y la humillación más deprimente. Formaban un grupo
descorazonado y abatido. Pero Santiago de Safad no se dio por vencido.
Aunque no le podían decir cuándo volvería Jesús, decidió quedarse allí
hasta que el Maestro regresara.
«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»
lunes, 10 de junio de 2013
El significado de la transfiguración.
Lo que Pedro, Santiago y Juan presenciaron en la montaña de la transfiguración fue una vislumbre pasajera del espectáculo celestial que transcendió en ese día memorable en el Monte Hermón. La transfiguración fue ocasión de:
1. La aceptación —en su totalidad— del autootorgamiento de la vida encarnada de Micael en Urantia por el Madre-Hijo Eterno del Paraíso. En cuanto al cumplimiento de los requisitos puestos por el Hijo Eterno, Jesús recibió entonces la certidumbre de la satisfacción de los mismos. Gabriel fue quien trajo a Jesús esa atestación.
2. El testimonio de la satisfacción del Espíritu Infinito en cuanto a la plenitud del autootorgamiento en Urantia en la semejanza de la carne mortal. El representante universal del Espíritu Infinito, el asociado inmediato de Micael en Salvington y su siempre presente colaborador, en esta ocasión habló a través del Padre Melquisedek.
Jesús aceptó este testimonio del éxito de su misión terrenal, presentado por los mensajeros del Hijo Eterno y del Espíritu Infinito, pero observó que su Padre no indicaba que el autootorgamiento urantiano hubiera terminado; la presencia invisible del Padre tan sólo fue atestiguada a través del Ajustador Personalizado de Jesús, diciendo: «Éste es mi hijo amado; prestadle atención». Esto fue dicho en palabras para que fueran oídas también por los tres apóstoles.
Después de esta visitación celestial, Jesús intentó conocer la voluntad de su Padre y decidió seguir su autootorgamiento mortal hasta su fin natural. Éste fue lo que la transfiguración significó para Jesús. Para los tres apóstoles, fue el acontecimiento que marcó el ingreso del Maestro en la fase final de su carrera terrenal como Hijo de Dios e Hijo del Hombre.
Después de la visitación formal de Gabriel y del Padre Melquisedek, Jesús celebró conversaciones casuales con éstos, sus Hijos de ministerio, y comulgó con ellos sobre los asuntos del universo.
El descenso de la montaña.
Durante la primera mitad del camino de vuelta, al bajar de la
montaña, no se habló una sola palabra. Jesús luego comenzó la
conversación observando: «Aseguraos de no decir a ningún hombre, ni
siquiera a vuestros hermanos, lo que habéis visto y oído en la montaña,
hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos». Los
tres apóstoles estaban anonadados y pasmados por las palabras del
Maestro, «hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los
muertos». Tan recientemente habían reafirmado su fe en él como el
Libertador, Hijo de Dios, y acababan de contemplarlo transfigurado en
gloria ante sus propios ojos, ¡y ahora hablaba él de «resucitado de
entre los muertos!»
Pedro temblaba ante la idea de la muerte del Maestro —era una idea demasiado aborrecible— y temiendo que Santiago o Juan pudieran hacer alguna pregunta relativa a esta declaración, pensó que sería más conveniente iniciar una conversación sobre otro tema y, sin saber de qué otra cosa podía hablar, expresó el primer pensamiento que se asomó a su mente, que fue: «Maestro, ¿por qué dicen los escribas que debe aparecer Elías antes de que aparezca el Mesías?» Y Jesús, sabiendo que Pedro trataba de evitar referirse a su muerte y resurrección, respondió: «En efecto Elías viene primero, para preparar el camino para el Hijo del Hombre, que debe sufrir muchas cosas y finalmente ser rechazado. Pero yo os digo que Elías ya ha venido, y ellos no le recibieron, sino que hicieron con él lo que quisieron». Entonces percibieron los tres apóstoles que se refería a Juan el Bautista como Elías. Jesús sabía que, si insistían en considerarlo a él el Mesías, debían pues considerar que Juan era el Elías de la profecía.
Jesús les exhortó a que guardaran silencio sobre lo que habían presenciado, la anticipación de su gloria después de la resurrección, porque no quería estimular en ellos la idea de que, siendo ahora recibido como el Mesías, pudiera él satisfacer en mayor o menor grado el erróneo concepto de un liberador portentoso. Aunque Pedro, Santiago y Juan reflexionaron sobre todo esto, no hablaron de esto con ningún hombre hasta después de la resurrección del Maestro.
Mientras seguían descendiendo la montaña, Jesús les dijo: «No quisisteis recibirme como el Hijo del Hombre; por eso yo he consentido en ser recibido de acuerdo con vuestra determinación establecida, pero, no os equivoquéis, la voluntad de mi Padre debe prevalecer. Si elegís de esta manera seguir la inclinación de vuestra propia voluntad, debéis prepararos para sufrir muchos desencantos y experimentar muchas pruebas, pero la enseñanza que yo os he dado debería bastar para haceros triunfar aun a través de estas penas de vuestra propia elección».
Jesús no llevó a Pedro, Santiago y Juan con él a la montaña de la transfiguración porque pensó que estaban mejor preparados que los otros apóstoles para presenciar lo que ocurrió, ni porque estuvieran espiritualmente más preparados para disfrutar de tan raro privilegio. De ninguna manera. Bien sabía que ninguno de los doce estaba calificado espiritualmente para esta experiencia; por lo tanto, se llevó consigo solo a los tres apóstoles que estaban encargados de acompañarlo en los momentos en que deseaba estar solo para disfrutar de una comunión solitaria.
Pedro temblaba ante la idea de la muerte del Maestro —era una idea demasiado aborrecible— y temiendo que Santiago o Juan pudieran hacer alguna pregunta relativa a esta declaración, pensó que sería más conveniente iniciar una conversación sobre otro tema y, sin saber de qué otra cosa podía hablar, expresó el primer pensamiento que se asomó a su mente, que fue: «Maestro, ¿por qué dicen los escribas que debe aparecer Elías antes de que aparezca el Mesías?» Y Jesús, sabiendo que Pedro trataba de evitar referirse a su muerte y resurrección, respondió: «En efecto Elías viene primero, para preparar el camino para el Hijo del Hombre, que debe sufrir muchas cosas y finalmente ser rechazado. Pero yo os digo que Elías ya ha venido, y ellos no le recibieron, sino que hicieron con él lo que quisieron». Entonces percibieron los tres apóstoles que se refería a Juan el Bautista como Elías. Jesús sabía que, si insistían en considerarlo a él el Mesías, debían pues considerar que Juan era el Elías de la profecía.
Jesús les exhortó a que guardaran silencio sobre lo que habían presenciado, la anticipación de su gloria después de la resurrección, porque no quería estimular en ellos la idea de que, siendo ahora recibido como el Mesías, pudiera él satisfacer en mayor o menor grado el erróneo concepto de un liberador portentoso. Aunque Pedro, Santiago y Juan reflexionaron sobre todo esto, no hablaron de esto con ningún hombre hasta después de la resurrección del Maestro.
Mientras seguían descendiendo la montaña, Jesús les dijo: «No quisisteis recibirme como el Hijo del Hombre; por eso yo he consentido en ser recibido de acuerdo con vuestra determinación establecida, pero, no os equivoquéis, la voluntad de mi Padre debe prevalecer. Si elegís de esta manera seguir la inclinación de vuestra propia voluntad, debéis prepararos para sufrir muchos desencantos y experimentar muchas pruebas, pero la enseñanza que yo os he dado debería bastar para haceros triunfar aun a través de estas penas de vuestra propia elección».
Jesús no llevó a Pedro, Santiago y Juan con él a la montaña de la transfiguración porque pensó que estaban mejor preparados que los otros apóstoles para presenciar lo que ocurrió, ni porque estuvieran espiritualmente más preparados para disfrutar de tan raro privilegio. De ninguna manera. Bien sabía que ninguno de los doce estaba calificado espiritualmente para esta experiencia; por lo tanto, se llevó consigo solo a los tres apóstoles que estaban encargados de acompañarlo en los momentos en que deseaba estar solo para disfrutar de una comunión solitaria.
sábado, 8 de junio de 2013
La transfiguración.
Temprano por la mañana del lunes 15 de
agosto, Jesús y los tres apóstoles comenzaron su ascensión al Monte
Hermón, seis días después de la memorable confesión de Pedro, un
mediodía a la orilla del camino bajo las moreras.
Jesús había sido llamado para ascender solo a la montaña, para tratar importantes asuntos que tenían que ver con el progreso de su autootorgamiento, en cuanto se relacionaba esta experiencia con el universo de su creación. Es significativo que este extraordinario evento aconteciera precisamente cuando Jesús y los apóstoles estaban en tierra de los gentiles, y que efectivamente ocurrió en una montaña de gentiles.
Llegaron a su destino, aproximadamente a mitad de camino por la montaña, poco después de mediodía, y mientras almorzaban, Jesús relató a los tres apóstoles algo de su experiencia en las colinas al este del Jordán, poco después de su bautismo, así como también un poco más de su experiencia en el Monte Hermón en relación con su visita anterior a este retiro solitario.
Cuando era niño, Jesús acostumbraba ascender a las colinas cerca de su casa y soñar con las batallas de los ejércitos de los imperios en las planicies de Esdraelón; ahora, ascendía el Monte Hermón para recibir la dotación que lo prepararía para descender a las planicies del Jordán y ejecutar las escenas finales del drama de su autootorgamiento en Urantia. El Maestro podría haber abandonado la lucha este día en el Monte Hermón, volviendo al gobierno de sus dominios universales, pero no solamente eligió cumplir con los requisitos de su orden de filiación divina, comprendidos en el mandato del Hijo Eterno del Paraíso, sino que también eligió enfrentarse con la última y plena medida de la voluntad presente de su Padre del Paraíso. En este día de agosto, tres de sus apóstoles le vieron rehusar que le confirieran la autoridad plena del universo. Ellos contemplaron pasmados mientras partían los mensajeros celestiales, dejándolo solo para terminar su vida terrenal como Hijo del Hombre y como Hijo de Dios.
La fe de los apóstoles llegó a su cumbre en el momento del episodio de la alimentación de los cinco mil, habiendo caído después rápidamente hasta casi cero. Pero ahora, debido a que el Maestro había admitido su divinidad, la retardada fe de los doce se elevó hasta su más alta cúspide en las siguientes pocas semanas, sólo para declinar después progresivamente. La tercera revitalización de su fe no ocurrió hasta después de la resurrección del Maestro.
Eran aproximadamente las tres de esta bella tarde cuando Jesús se despidió de los tres apóstoles, diciendo: «Me alejo a solas por un tiempo, para comulgar con el Padre y sus mensajeros; os exhortó que os quedéis aquí y, mientras aguardáis mi retorno, oréis porque se haga la voluntad del Padre en toda vuestra experiencia en relación con el resto de la misión autootorgadora del Hijo del Hombre». Después de hablarles así, Jesús se retiró para conferenciar largamente con Gabriel y con el Padre Melquisedek, y no retornó hasta aproximadamente las seis de la tarde. Cuando Jesús vio la ansiedad de sus apóstoles por su prolongada ausencia, dijo: «¿Por qué temíais? Bien sabéis que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre; ¿por qué dudáis cuando yo no estoy con vosotros? Declaro ahora que el Hijo del Hombre ha elegido continuar con su vida plena en vuestro medio y como uno de vosotros. Estad de buen ánimo; no os abandonaré hasta no haber terminado mi obra».
Mientras compartían la escasa cena, Pedro preguntó al Maestro: «¿Por cuánto tiempo nos quedaremos en esta montaña, lejos de nuestros hermanos?» Jesús contestó: «Hasta que veáis la gloria del Hijo del Hombre y conozcáis que todo lo que os he declarado es verdad». Hablaron pues de los asuntos de la rebelión de Lucifer mientras estaban sentados alrededor de las brasas centelleantes del fuego que habían encendido, hasta que los envolvieron las tinieblas y los párpados de los apóstoles se hicieron pesados porque habían empezado su viaje muy temprano esa mañana.
Los tres dormían profundamente desde hacía una media hora, cuando fueron repentinamente despertados por un cercano ruido chispeante, y ante su maravilla y consternación, al mirar a su alrededor, contemplaron a Jesús en íntima conversación con dos seres resplandecientes vestidos con los indumentos de luz del mundo celestial. Y el rostro y la silueta de Jesús brillaban con la luminosidad de una luz celestial. Estos tres conversaban en un extraño idioma, pero por ciertas cosas dichas, Pedro conjeturó erróneamente que los seres con Jesús eran Moisés y Elías; en realidad, eran Gabriel y el Padre Melquisedek. Los controladores físicos habían dispuesto, por solicitud de Jesús, que los apóstoles presenciaran esta escena.
Los tres apóstoles estaban tan asustados que les llevó un tiempo en recuperarse completamente, pero Pedro, que fue el primero en volver en sí, dijo, mientras la deslumbrante visión se desvanecía ante ellos y observaban a Jesús, de pie solo: «Jesús, Maestro, es bueno haber estado aquí. Nos regocijamos de ver esta gloria. No queremos volver a descender al mundo ignominioso. Si tú quieres, déjanos morar aquí, y erigiremos tres tiendas, una para ti, una para Moisés, y otra para Elías». Pedro dijo esto debido a su confusión y porque en ese momento no se le ocurría ninguna otra cosa.
Mientras Pedro aún estaba hablando, cayó una nube plateada que los envolvió a los cuatro en sombras. Los apóstoles se aterrorizaron aun más, y al caer de bruces para adorar, oyeron una voz, la misma que había hablado en ocasión del bautismo de Jesús, decir: «Éste es mi Hijo amado; prestadle atención». Y cuando se hubo desvanecido la nube, nuevamente estuvo Jesús solo con los tres y se inclinó y los tocó, diciendo: «Levantaos y no temáis; veréis cosas aun más grandes que ésta». Pero los apóstoles estaban verdaderamente aterrorizados; al prepararse para descender la montaña, poco antes de la medianoche, formaban un trío silencioso y pensativo.
Jesús había sido llamado para ascender solo a la montaña, para tratar importantes asuntos que tenían que ver con el progreso de su autootorgamiento, en cuanto se relacionaba esta experiencia con el universo de su creación. Es significativo que este extraordinario evento aconteciera precisamente cuando Jesús y los apóstoles estaban en tierra de los gentiles, y que efectivamente ocurrió en una montaña de gentiles.
Llegaron a su destino, aproximadamente a mitad de camino por la montaña, poco después de mediodía, y mientras almorzaban, Jesús relató a los tres apóstoles algo de su experiencia en las colinas al este del Jordán, poco después de su bautismo, así como también un poco más de su experiencia en el Monte Hermón en relación con su visita anterior a este retiro solitario.
Cuando era niño, Jesús acostumbraba ascender a las colinas cerca de su casa y soñar con las batallas de los ejércitos de los imperios en las planicies de Esdraelón; ahora, ascendía el Monte Hermón para recibir la dotación que lo prepararía para descender a las planicies del Jordán y ejecutar las escenas finales del drama de su autootorgamiento en Urantia. El Maestro podría haber abandonado la lucha este día en el Monte Hermón, volviendo al gobierno de sus dominios universales, pero no solamente eligió cumplir con los requisitos de su orden de filiación divina, comprendidos en el mandato del Hijo Eterno del Paraíso, sino que también eligió enfrentarse con la última y plena medida de la voluntad presente de su Padre del Paraíso. En este día de agosto, tres de sus apóstoles le vieron rehusar que le confirieran la autoridad plena del universo. Ellos contemplaron pasmados mientras partían los mensajeros celestiales, dejándolo solo para terminar su vida terrenal como Hijo del Hombre y como Hijo de Dios.
La fe de los apóstoles llegó a su cumbre en el momento del episodio de la alimentación de los cinco mil, habiendo caído después rápidamente hasta casi cero. Pero ahora, debido a que el Maestro había admitido su divinidad, la retardada fe de los doce se elevó hasta su más alta cúspide en las siguientes pocas semanas, sólo para declinar después progresivamente. La tercera revitalización de su fe no ocurrió hasta después de la resurrección del Maestro.
Eran aproximadamente las tres de esta bella tarde cuando Jesús se despidió de los tres apóstoles, diciendo: «Me alejo a solas por un tiempo, para comulgar con el Padre y sus mensajeros; os exhortó que os quedéis aquí y, mientras aguardáis mi retorno, oréis porque se haga la voluntad del Padre en toda vuestra experiencia en relación con el resto de la misión autootorgadora del Hijo del Hombre». Después de hablarles así, Jesús se retiró para conferenciar largamente con Gabriel y con el Padre Melquisedek, y no retornó hasta aproximadamente las seis de la tarde. Cuando Jesús vio la ansiedad de sus apóstoles por su prolongada ausencia, dijo: «¿Por qué temíais? Bien sabéis que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre; ¿por qué dudáis cuando yo no estoy con vosotros? Declaro ahora que el Hijo del Hombre ha elegido continuar con su vida plena en vuestro medio y como uno de vosotros. Estad de buen ánimo; no os abandonaré hasta no haber terminado mi obra».
Mientras compartían la escasa cena, Pedro preguntó al Maestro: «¿Por cuánto tiempo nos quedaremos en esta montaña, lejos de nuestros hermanos?» Jesús contestó: «Hasta que veáis la gloria del Hijo del Hombre y conozcáis que todo lo que os he declarado es verdad». Hablaron pues de los asuntos de la rebelión de Lucifer mientras estaban sentados alrededor de las brasas centelleantes del fuego que habían encendido, hasta que los envolvieron las tinieblas y los párpados de los apóstoles se hicieron pesados porque habían empezado su viaje muy temprano esa mañana.
Los tres dormían profundamente desde hacía una media hora, cuando fueron repentinamente despertados por un cercano ruido chispeante, y ante su maravilla y consternación, al mirar a su alrededor, contemplaron a Jesús en íntima conversación con dos seres resplandecientes vestidos con los indumentos de luz del mundo celestial. Y el rostro y la silueta de Jesús brillaban con la luminosidad de una luz celestial. Estos tres conversaban en un extraño idioma, pero por ciertas cosas dichas, Pedro conjeturó erróneamente que los seres con Jesús eran Moisés y Elías; en realidad, eran Gabriel y el Padre Melquisedek. Los controladores físicos habían dispuesto, por solicitud de Jesús, que los apóstoles presenciaran esta escena.
Los tres apóstoles estaban tan asustados que les llevó un tiempo en recuperarse completamente, pero Pedro, que fue el primero en volver en sí, dijo, mientras la deslumbrante visión se desvanecía ante ellos y observaban a Jesús, de pie solo: «Jesús, Maestro, es bueno haber estado aquí. Nos regocijamos de ver esta gloria. No queremos volver a descender al mundo ignominioso. Si tú quieres, déjanos morar aquí, y erigiremos tres tiendas, una para ti, una para Moisés, y otra para Elías». Pedro dijo esto debido a su confusión y porque en ese momento no se le ocurría ninguna otra cosa.
Mientras Pedro aún estaba hablando, cayó una nube plateada que los envolvió a los cuatro en sombras. Los apóstoles se aterrorizaron aun más, y al caer de bruces para adorar, oyeron una voz, la misma que había hablado en ocasión del bautismo de Jesús, decir: «Éste es mi Hijo amado; prestadle atención». Y cuando se hubo desvanecido la nube, nuevamente estuvo Jesús solo con los tres y se inclinó y los tocó, diciendo: «Levantaos y no temáis; veréis cosas aun más grandes que ésta». Pero los apóstoles estaban verdaderamente aterrorizados; al prepararse para descender la montaña, poco antes de la medianoche, formaban un trío silencioso y pensativo.
El monte de la transfiguración.
ERA casi el atardecer del viernes 12 de agosto del año 29 d. de J.C., cuando Jesús y sus asociados llegaron al pie del Monte Hermón, cerca del mismo lugar donde el joven Tiglat aguardara cierta vez mientras el Maestro ascendía la montaña a solas para resolver los destinos espirituales de Urantia y terminar técnicamente con la rebelión de Lucifer. Aquí permanecieron durante dos días, en preparación espiritual para los acontecimientos que pronto se desencadenarían.
En forma general, Jesús sabía de antemano qué ocurriría en la montaña, y mucho deseaba que todos sus apóstoles pudieran compartir esta experiencia. Fue para prepararlos para esta revelación de sí mismo para que permaneció con ellos al pie de la montaña. Pero no podían ellos alcanzar los niveles espirituales que justificaran su exposición a la experiencia plena de la inminente visitación de los seres celestiales sobre la tierra. Y puesto que no podía llevar a todos sus asociados con él, decidió llevar únicamente a los tres que habitualmente lo acompañaban en tales vigilias especiales. Por consiguiente, sólo Pedro, Santiago y Juan compartieron por lo menos cierta parte de esta experiencia singular con el Maestro.
viernes, 7 de junio de 2013
Los diálogos de Andrés.
Esa noche Andrés decidió celebrar diálogos personales indagatorios
con cada uno de sus hermanos, y tuvo conversaciones provechosas y
consoladoras con todos sus asociados, excepto con Judas Iscariote.
Andrés no había tenido nunca con Judas la asociación personal e íntima
que compartía con los demás apóstoles; por consiguiente, no le había
dado importancia al hecho de que Judas no abría nunca su corazón libre y
confidencialmente al jefe del cuerpo apostólico. Pero en esta ocasión
estaba Andrés tan preocupado por la actitud de Judas que, más tarde esa
noche, cuando todos los apóstoles estuvieron profundamente dormidos,
buscó a Jesús y le planteó la causa de su ansiedad. Dijo Jesús: «No es
erróneo, Andrés, que tú vengas a mí con este asunto; pero ya no podemos
hacer nada más. Tan sólo sigue brindándole la máxima confianza a este
apóstol. Y nada digas a tus hermanos sobre esta conversación conmigo».
Esto fue todo lo que pudo sacarle Andrés a Jesús. Siempre había habido una sensación extraña entre este judío y sus hermanos galileos. Judas mucho sufrió por la muerte de Juan el Bautista, se sintió gravemente herido por los reproches del Maestro en varias ocasiones, sufrió gran desencanto cuando Jesús se negó a ser rey, se sintió humillado cuando Jesús huyó de los fariseos, dolorido porque se negó a aceptar el desafío de los fariseos que le pedían un signo, confundido porque su Maestro no quería manifestar su poder, y más recientemente, deprimido y a veces desalentado porque las arcas estaban vacías. Además, Judas extrañaba el estímulo de las multitudes.
Los demás apóstoles también estaban afectados en mayor o menor grado por estas mismas pruebas y tribulaciones, pero amaban a Jesús. Por lo menos, deben haber amado al Maestro más de lo que lo amaba Judas, porque le siguieron hasta el amargo fin.
Siendo de Judea, Judas tomó como ofensa personal la reciente advertencia de Jesús a los apóstoles, «guardaos del fermento de los fariseos»; se inclinaba a considerar esta declaración como una referencia velada a él mismo. Pero el gran error de Judas fue: una y otra vez, cuando Jesús enviaba a sus apóstoles a que oraran a solas, Judas, en vez de buscar una comunión sincera con las fuerzas espirituales del universo, se dejaba llevar por pensamientos basados en el temor humano y persistía en albergar dudas insidiosas sobre la misión de Jesús, dejándose llevar por su tendencia desafortunada a cobijar sentimientos de venganza.
Ahora pues, Jesús quería llevar a sus apóstoles consigo al Monte Hermón, donde había decidido inaugurar la cuarta fase de su ministerio terrenal como Hijo de Dios. Algunos de ellos habían estado presentes en su bautismo en el Jordán y habían presenciado el comienzo de su carrera como Hijo del Hombre, y él deseaba que algunos de ellos también estuvieran presentes para escuchar su autoridad para la asunción del nuevo y público papel de Hijo de Dios. Por consiguiente, en la mañana del viernes 12 de agosto, Jesús dijo a los doce: «Preparad provisiones y preparaos para viajar allende la montaña, donde el espíritu me pide que vaya para ser provisto para terminar mi obra en la tierra. Y deseo llevar conmigo a mis hermanos para que también puedan ser fortalecidos para los tiempos difíciles de esta experiencia que se aproxima».
Esto fue todo lo que pudo sacarle Andrés a Jesús. Siempre había habido una sensación extraña entre este judío y sus hermanos galileos. Judas mucho sufrió por la muerte de Juan el Bautista, se sintió gravemente herido por los reproches del Maestro en varias ocasiones, sufrió gran desencanto cuando Jesús se negó a ser rey, se sintió humillado cuando Jesús huyó de los fariseos, dolorido porque se negó a aceptar el desafío de los fariseos que le pedían un signo, confundido porque su Maestro no quería manifestar su poder, y más recientemente, deprimido y a veces desalentado porque las arcas estaban vacías. Además, Judas extrañaba el estímulo de las multitudes.
Los demás apóstoles también estaban afectados en mayor o menor grado por estas mismas pruebas y tribulaciones, pero amaban a Jesús. Por lo menos, deben haber amado al Maestro más de lo que lo amaba Judas, porque le siguieron hasta el amargo fin.
Siendo de Judea, Judas tomó como ofensa personal la reciente advertencia de Jesús a los apóstoles, «guardaos del fermento de los fariseos»; se inclinaba a considerar esta declaración como una referencia velada a él mismo. Pero el gran error de Judas fue: una y otra vez, cuando Jesús enviaba a sus apóstoles a que oraran a solas, Judas, en vez de buscar una comunión sincera con las fuerzas espirituales del universo, se dejaba llevar por pensamientos basados en el temor humano y persistía en albergar dudas insidiosas sobre la misión de Jesús, dejándose llevar por su tendencia desafortunada a cobijar sentimientos de venganza.
Ahora pues, Jesús quería llevar a sus apóstoles consigo al Monte Hermón, donde había decidido inaugurar la cuarta fase de su ministerio terrenal como Hijo de Dios. Algunos de ellos habían estado presentes en su bautismo en el Jordán y habían presenciado el comienzo de su carrera como Hijo del Hombre, y él deseaba que algunos de ellos también estuvieran presentes para escuchar su autoridad para la asunción del nuevo y público papel de Hijo de Dios. Por consiguiente, en la mañana del viernes 12 de agosto, Jesús dijo a los doce: «Preparad provisiones y preparaos para viajar allende la montaña, donde el espíritu me pide que vaya para ser provisto para terminar mi obra en la tierra. Y deseo llevar conmigo a mis hermanos para que también puedan ser fortalecidos para los tiempos difíciles de esta experiencia que se aproxima».
La tarde siguiente.
Jesús y los apóstoles permanecieron otro día en la casa de Celsus,
esperando a los mensajeros con algún dinero, enviados por David Zebedeo.
Después del colapso de la popularidad de Jesús, los ingresos
disminuyeron considerablemente. Cuando llegaron a Cesarea de Filipo, el
tesoro estaba vacío. Mateo no quería abandonar a Jesús y a sus hermanos
en ese momento, y no disponía de fondos propios para entregar a Judas,
como lo había hecho tantas veces anteriormente. Sin embargo, David
Zebedeo previó esta probable disminución de los ingresos; por lo tanto
instruyó a sus mensajeros que, mientras se abrían camino a través de
Judea, Samaria y Galilea, actuaran como recolectores de dinero para
llevarlo a los apóstoles y a su Maestro exiliados. Así pues, por la
noche de ese día, los mensajeros llegaron de Betsaida trayendo fondos
suficientes para el sostén de los apóstoles hasta su retorno, antes de
embarcarse en la gira por la Decápolis. Mateo calculaba que para
entonces tendría un dinero proveniente de la venta de su última
propiedad en Capernaum y ya había dispuesto que ese dinero fuera
entregado anónimamente a Judas.
Ni Pedro ni los demás apóstoles tenían un concepto adecuado de la divinidad de Jesús. Apenas si comprendían que éste era el comienzo de una nueva época en la carrera terrenal de su Maestro, el tiempo en que el instructor-curador se transformaría en el Mesías según un nuevo concepto —el Hijo de Dios. De ahí en adelante apareció en el mensaje del Maestro una nueva nota. De aquí en adelante su único ideal del vivir fue la revelación del Padre, y la única idea en enseñar, la de presentar a su universo la personificación de esa sabiduría suprema que tan sólo puede ser comprendida si se la vive. Él vino, para que podamos tener vida y tenerla más abundantemente.
Ya pues entraba Jesús en la cuarta y última etapa de su vida humana en la carne. La primera etapa fue la de su niñez, un período en el que tan sólo tenía una conciencia nebulosa de su origen, naturaleza y destino como ser humano. La segunda etapa correspondió a los años de desarrollo de la autoconciencia, su juventud y su ingreso en la edad adulta, durante la cual comprendió más claramente su naturaleza divina y su misión humana. Esta segunda etapa finalizó con las experiencias y revelaciones asociadas con su bautismo. La tercera etapa de la experiencia terrenal del Maestro se extendió desde el bautismo, a través de los años de su ministerio como Maestro y curador, hasta el momento importante de la confesión de fe de Pedro, en Cesarea de Filipo. Este tercer período de su vida terrenal comprendió la época en que sus apóstoles y seguidores inmediatos le conocieron como el Hijo del Hombre y le consideraron el Mesías. El cuarto y último período de su carrera terrenal comenzó aquí, en Cesarea de Filipo, continuando hasta la crucifixión. Esta etapa de su ministerio fue caracterizada por su reconocimiento de una divinidad, y comprendió las labores de su último año en la carne. Durante este cuarto período, aunque la mayoría de sus seguidores aún le consideraban el Mesías, fue conocido por los apóstoles como el Hijo de Dios. La confesión de Pedro marcó el comienzo de un nuevo período de mayor comprensión de la verdad de su ministerio supremo para todo un universo como Hijo autootorgador en Urantia, y el reconocimiento de ese hecho, por lo menos en forma nebulosa, por parte de sus embajadores elegidos.
Así pues ejemplificó Jesús en su vida lo que enseñó en su religión: el crecimiento de la naturaleza espiritual mediante la técnica del progreso del vivir. No hizo hincapié, aunque sí lo hicieron sus seguidores más adelante, sobre la lucha incesante entre el alma y el cuerpo. Más bien enseñó que el espíritu vencerá fácilmente a los dos y reconciliará eficaz y provechosamente muchos de los elementos de esta guerrilla entre intelecto e instinto.
A partir de este momento se vincula una nueva significación a todas las enseñanzas de Jesús. Antes de Cesarea de Filipo, él explicó el evangelio del reino presentándose como su instructor principal. Después de Cesarea de Filipo, ya no apareció meramente como maestro, sino como representante divino del Padre eterno que es el centro y circunferencia de este reino espiritual; y fue necesario que hiciera todo esto como ser humano, como el Hijo del Hombre.
Jesús había intentado sinceramente conducir a sus seguidores al reino espiritual actuando como instructor, luego como instructor-curador, pero no hubo caso. Bien sabía que su misión en la tierra no podría de ninguna manera satisfacer las expectativas mesiánicas del pueblo judío; los antiguos profetas habían concebido a un Mesías que él jamás podría ser. Intentó establecer el reino de su Padre actuando como Hijo del Hombre, pero sus seguidores no pudieron seguirlo en esa senda. Jesús viendo esto, decidió pues salir al encuentro de sus creyentes, preparándose así para asumir abiertamente el papel de Hijo de Dios autootorgador.
Por lo tanto, este día en el jardín, los apóstoles escucharon de Jesús muchas cosas nuevas. Algunas de sus declaraciones les resultaban extrañas aun a ellos. Entre otros anuncios sorprendentes escucharon declaraciones como las siguientes:
«De ahora en adelante, si un hombre quiere asociarse con nosotros, que cargue con las obligaciones de la filiación y que me siga. Cuando ya no esté con vosotros, no penséis que el mundo os tratará mejor de lo que trató a vuestro Maestro. Si me amáis, preparaos para poner a prueba este afecto mediante vuestra disposición a hacer el sacrificio supremo».
«Y prestad oído a mis palabras: no he venido para llamar a los rectos, sino a los pecadores. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para otorgar su vida como don para todos. Yo os declaro que he venido para buscar y salvar a los que están perdidos».
«En este mundo ningún hombre ve al Padre ahora, excepto el Hijo que vino del Padre. Pero si el Hijo es elevado, atraerá a todos los hombres hacia él, y el que crea esta verdad de la naturaleza combinada del Hijo, tendrá una vida más perdurable, una vida que transcenderá las edades».
«Aún no podemos proclamar abiertamente que el Hijo del Hombre es el Hijo de Dios, pero esto ya os ha sido revelado; por eso os hablo audazmente en cuanto a estos misterios. Aunque estoy ante vosotros en esta presencia física, he venido de Dios el Padre. Antes de que Abraham fuese, yo soy. Yo he venido del Padre a este mundo así como me habéis conocido, y os declaro que pronto debo partir de este mundo y retornar a la obra de mi Padre».
«Ahora pues, ¿puede comprender vuestra fe la verdad de estas declaraciones, si tenéis presente mi advertencia de que el Hijo del Hombre no satisfacerá las expectativas de vuestros antepasados y de su concepto del Mesías? Mi reino no es de este mundo. ¿Podéis creer la verdad sobre mí, si tenéis presente que los zorros tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero yo no tengo dónde recostar la cabeza?»
«Sin embargo, yo os digo que el Padre y yo somos uno. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Mi Padre trabaja conmigo en todas estas cosas, y jamás me dejará solo en mi misión, así como yo nunca os abandonaré cuando finalmente salgáis para proclamar este evangelio por todo el mundo.
«Así pues, os he traído aquí conmigo y os he pedido que os apartéis a solas un corto período para que podáis comprender la gloria, entender la grandeza, de la vida a la cual os he llamado: la fe-aventura del establecimiento del reino de mi Padre en el corazón de la humanidad, la construcción de mi hermandad de asociación viviente con las almas de todos los que creen en este evangelio».
Los apóstoles escucharon en silencio estas declaraciones audaces y sorprendentes; estaban pasmados. Se dispersaron luego en pequeños grupos para reflexionar y comentar las palabras del Maestro. Habían confesado que él era el Hijo de Dios, pero no podían captar plenamente el significado de lo que habían sido conducidos a hacer.
Ni Pedro ni los demás apóstoles tenían un concepto adecuado de la divinidad de Jesús. Apenas si comprendían que éste era el comienzo de una nueva época en la carrera terrenal de su Maestro, el tiempo en que el instructor-curador se transformaría en el Mesías según un nuevo concepto —el Hijo de Dios. De ahí en adelante apareció en el mensaje del Maestro una nueva nota. De aquí en adelante su único ideal del vivir fue la revelación del Padre, y la única idea en enseñar, la de presentar a su universo la personificación de esa sabiduría suprema que tan sólo puede ser comprendida si se la vive. Él vino, para que podamos tener vida y tenerla más abundantemente.
Ya pues entraba Jesús en la cuarta y última etapa de su vida humana en la carne. La primera etapa fue la de su niñez, un período en el que tan sólo tenía una conciencia nebulosa de su origen, naturaleza y destino como ser humano. La segunda etapa correspondió a los años de desarrollo de la autoconciencia, su juventud y su ingreso en la edad adulta, durante la cual comprendió más claramente su naturaleza divina y su misión humana. Esta segunda etapa finalizó con las experiencias y revelaciones asociadas con su bautismo. La tercera etapa de la experiencia terrenal del Maestro se extendió desde el bautismo, a través de los años de su ministerio como Maestro y curador, hasta el momento importante de la confesión de fe de Pedro, en Cesarea de Filipo. Este tercer período de su vida terrenal comprendió la época en que sus apóstoles y seguidores inmediatos le conocieron como el Hijo del Hombre y le consideraron el Mesías. El cuarto y último período de su carrera terrenal comenzó aquí, en Cesarea de Filipo, continuando hasta la crucifixión. Esta etapa de su ministerio fue caracterizada por su reconocimiento de una divinidad, y comprendió las labores de su último año en la carne. Durante este cuarto período, aunque la mayoría de sus seguidores aún le consideraban el Mesías, fue conocido por los apóstoles como el Hijo de Dios. La confesión de Pedro marcó el comienzo de un nuevo período de mayor comprensión de la verdad de su ministerio supremo para todo un universo como Hijo autootorgador en Urantia, y el reconocimiento de ese hecho, por lo menos en forma nebulosa, por parte de sus embajadores elegidos.
Así pues ejemplificó Jesús en su vida lo que enseñó en su religión: el crecimiento de la naturaleza espiritual mediante la técnica del progreso del vivir. No hizo hincapié, aunque sí lo hicieron sus seguidores más adelante, sobre la lucha incesante entre el alma y el cuerpo. Más bien enseñó que el espíritu vencerá fácilmente a los dos y reconciliará eficaz y provechosamente muchos de los elementos de esta guerrilla entre intelecto e instinto.
A partir de este momento se vincula una nueva significación a todas las enseñanzas de Jesús. Antes de Cesarea de Filipo, él explicó el evangelio del reino presentándose como su instructor principal. Después de Cesarea de Filipo, ya no apareció meramente como maestro, sino como representante divino del Padre eterno que es el centro y circunferencia de este reino espiritual; y fue necesario que hiciera todo esto como ser humano, como el Hijo del Hombre.
Jesús había intentado sinceramente conducir a sus seguidores al reino espiritual actuando como instructor, luego como instructor-curador, pero no hubo caso. Bien sabía que su misión en la tierra no podría de ninguna manera satisfacer las expectativas mesiánicas del pueblo judío; los antiguos profetas habían concebido a un Mesías que él jamás podría ser. Intentó establecer el reino de su Padre actuando como Hijo del Hombre, pero sus seguidores no pudieron seguirlo en esa senda. Jesús viendo esto, decidió pues salir al encuentro de sus creyentes, preparándose así para asumir abiertamente el papel de Hijo de Dios autootorgador.
Por lo tanto, este día en el jardín, los apóstoles escucharon de Jesús muchas cosas nuevas. Algunas de sus declaraciones les resultaban extrañas aun a ellos. Entre otros anuncios sorprendentes escucharon declaraciones como las siguientes:
«De ahora en adelante, si un hombre quiere asociarse con nosotros, que cargue con las obligaciones de la filiación y que me siga. Cuando ya no esté con vosotros, no penséis que el mundo os tratará mejor de lo que trató a vuestro Maestro. Si me amáis, preparaos para poner a prueba este afecto mediante vuestra disposición a hacer el sacrificio supremo».
«Y prestad oído a mis palabras: no he venido para llamar a los rectos, sino a los pecadores. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para otorgar su vida como don para todos. Yo os declaro que he venido para buscar y salvar a los que están perdidos».
«En este mundo ningún hombre ve al Padre ahora, excepto el Hijo que vino del Padre. Pero si el Hijo es elevado, atraerá a todos los hombres hacia él, y el que crea esta verdad de la naturaleza combinada del Hijo, tendrá una vida más perdurable, una vida que transcenderá las edades».
«Aún no podemos proclamar abiertamente que el Hijo del Hombre es el Hijo de Dios, pero esto ya os ha sido revelado; por eso os hablo audazmente en cuanto a estos misterios. Aunque estoy ante vosotros en esta presencia física, he venido de Dios el Padre. Antes de que Abraham fuese, yo soy. Yo he venido del Padre a este mundo así como me habéis conocido, y os declaro que pronto debo partir de este mundo y retornar a la obra de mi Padre».
«Ahora pues, ¿puede comprender vuestra fe la verdad de estas declaraciones, si tenéis presente mi advertencia de que el Hijo del Hombre no satisfacerá las expectativas de vuestros antepasados y de su concepto del Mesías? Mi reino no es de este mundo. ¿Podéis creer la verdad sobre mí, si tenéis presente que los zorros tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero yo no tengo dónde recostar la cabeza?»
«Sin embargo, yo os digo que el Padre y yo somos uno. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Mi Padre trabaja conmigo en todas estas cosas, y jamás me dejará solo en mi misión, así como yo nunca os abandonaré cuando finalmente salgáis para proclamar este evangelio por todo el mundo.
«Así pues, os he traído aquí conmigo y os he pedido que os apartéis a solas un corto período para que podáis comprender la gloria, entender la grandeza, de la vida a la cual os he llamado: la fe-aventura del establecimiento del reino de mi Padre en el corazón de la humanidad, la construcción de mi hermandad de asociación viviente con las almas de todos los que creen en este evangelio».
Los apóstoles escucharon en silencio estas declaraciones audaces y sorprendentes; estaban pasmados. Se dispersaron luego en pequeños grupos para reflexionar y comentar las palabras del Maestro. Habían confesado que él era el Hijo de Dios, pero no podían captar plenamente el significado de lo que habían sido conducidos a hacer.
jueves, 6 de junio de 2013
El nuevo concepto.
La característica nueva y vital de la
confesión de fe de Pedro fue el reconocimiento claro de que Jesús era el
Hijo de Dios, de su divinidad incuestionable. Desde su bautismo y la
boda de Caná, estos apóstoles le consideraban de varias maneras el
Mesías, pero no formaba parte del concepto judío del libertador
nacional, que él fuera divino. Los judíos no habían enseñado que
el Mesías surgiría de la divinidad; él sería «el ungido», pero apenas
si habían considerado que era «el Hijo de Dios». En la segunda
confesión, se subrayó el hecho de la naturaleza combinada, la realidad excelsa de que él era a la vez el Hijo del Hombre y
el Hijo de Dios, y sobre esta gran verdad de la unión de la naturaleza
humana con la naturaleza divina declaró Jesús que construiría el reino
del cielo.
Jesús había tratado de vivir su vida en la tierra y completar su misión de autootorgamiento como el Hijo del Hombre. Sus seguidores se inclinaban a considerarlo el Mesías esperado. Sabiendo que no satisfaría jamás esas expectativas mesiánicas, él intentó modificar el concepto de ellos sobre el Mesías en una forma que le permitiera satisfacer parcialmente las ansias de ellos. Pero ahora se había dado cuenta de que ese plan casi no podía ser llevado a cabo con éxito. Por consiguiente, eligió audazmente revelar un tercer plan —anunciar abiertamente su divinidad, reconocer la verdad de la confesión de fe de Pedro, y proclamar directamente a los doce que él era el Hijo de Dios.
Durante tres años había proclamado Jesús que él era el «Hijo del Hombre» mientras que durante esos mismos tres años, los apóstoles insistieron en opinar con creciente convencimiento que él era el Mesías judío esperado. Ahora pues, él revelaba que era el Hijo de Dios, y que construiría el reino del cielo sobre el concepto de la naturaleza combinada del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios. Había decidido que ya no se esforzaría por convencerlos de que él no era el Mesías. Se proponía en cambio revelar audazmente lo que él es, sin prestar atención a la determinación de ellos de persistir en considerarlo el Mesías.
Jesús había tratado de vivir su vida en la tierra y completar su misión de autootorgamiento como el Hijo del Hombre. Sus seguidores se inclinaban a considerarlo el Mesías esperado. Sabiendo que no satisfaría jamás esas expectativas mesiánicas, él intentó modificar el concepto de ellos sobre el Mesías en una forma que le permitiera satisfacer parcialmente las ansias de ellos. Pero ahora se había dado cuenta de que ese plan casi no podía ser llevado a cabo con éxito. Por consiguiente, eligió audazmente revelar un tercer plan —anunciar abiertamente su divinidad, reconocer la verdad de la confesión de fe de Pedro, y proclamar directamente a los doce que él era el Hijo de Dios.
Durante tres años había proclamado Jesús que él era el «Hijo del Hombre» mientras que durante esos mismos tres años, los apóstoles insistieron en opinar con creciente convencimiento que él era el Mesías judío esperado. Ahora pues, él revelaba que era el Hijo de Dios, y que construiría el reino del cielo sobre el concepto de la naturaleza combinada del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios. Había decidido que ya no se esforzaría por convencerlos de que él no era el Mesías. Se proponía en cambio revelar audazmente lo que él es, sin prestar atención a la determinación de ellos de persistir en considerarlo el Mesías.
La conversación sobre el reino.
Desde el momento en que Jesús fue bautizado por Juan, y después de la
transformación del agua en vino en Caná, los apóstoles virtualmente lo
habían aceptado, en varias ocasiones, como el Mesías. Por cortos
períodos, algunos de ellos habían creído sinceramente que él era el
Liberador esperado. Pero si bien surgían esas esperanzas en su corazón,
el Maestro las hacía añicos mediante una palabra devastadora o una
acción desilusionante. Hacía mucho tiempo que vivían ellos en un
torbellino constante debido al conflicto entre el concepto del Mesías
esperado que tenían en su mente y la experiencia de su asociación
extraordinaria con este hombre que llevaban en el corazón.
Era tarde por la mañana de este miércoles cuando los apóstoles se reunieron en el jardín de Celsus para almorzar. Durante buena parte de la noche y desde que se levantaron esa mañana, Simón Pedro y Simón el Zelote se habían empeñado en convencer a sus hermanos de que aceptaran al Maestro de todo corazón, no solamente como el Mesías, sino también como el Hijo divino del Dios viviente. Los dos Simones estaban casi completamente de acuerdo en su estimación de Jesús, y trabajaron diligentemente para convencer a sus hermanos de que aceptaran plenamente su punto de vista. Aunque Andrés continuaba siendo el director general del cuerpo apostólico, su hermano Simón Pedro se estaba volviendo cada vez más, por consentimiento general, el portavoz de los doce.
Estaban todos sentados en el jardín a eso del mediodía, cuando apareció el Maestro. Todos ellos lucían una expresión solemne y digna, y todos se pusieron de pie cuando él se acercó. Jesús alivió la tensión con esa sonrisa fraternal y amistosa tan característica en él toda vez que sus seguidores se tomaban a sí mismos, o tomaban un acontecimiento con ellos relacionado, demasiado en serio. Con un gesto perentorio indicó que se sentaran. Nunca más recibieron los doce a su Maestro poniéndose de pie al aparecer él ante ellos. Se dieron cuenta de que no le agradaban esas muestras exteriores de respeto.
Después de compartir el almuerzo y de discutir los planes para la gira venidera de la Decápolis, Jesús inesperadamente fijó en ellos la mirada diciendo: »Ya que ha pasado un día entero desde que estuvisteis de acuerdo con la declaración de Simón Pedro sobre la identidad del Hijo del Hombre, deseo preguntaros si vuestra decisión aún es la misma». Al oír esto, los doce se pusieron de pie, y Simón Pedro, adelantándose unos pocos pasos hacia Jesús, dijo: «Sí, Maestro, sí. Creemos que tú eres el Hijo del Dios viviente». Y enseguida Pedro se sentó con sus hermanos.
Jesús, aún de pie, dijo entonces a los doce: «Sois mis embajadores elegidos, pero sé que, en estas circunstancias, no podéis basar esta creencia en un simple conocimiento humano. Ésta es una revelación del espíritu de mi Padre a vuestra alma más íntima. Así pues, al hacer vosotros esta confesión por el entendimiento del espíritu de mi Padre que reside en vosotros, me veo llevado a declarar que sobre estos cimientos construiré yo la hermandad del reino del cielo. Sobre esta roca de realidad espiritual construiré el templo viviente de la hermandad espiritual en las realidades eternas del reino de mi Padre. Ninguna fuerza del mal, ninguna hueste del pecado podrá prevalecer contra esta fraternidad humana del espíritu divino. Aunque el espíritu de mi Padre por siempre será la guía divina y el mentor de todos los que abrazan el vínculo de la hermandad espiritual, a vosotros y a vuestros sucesores entrego yo ahora las llaves del reino exterior —la autoridad sobre las cosas temporales —las características sociales y económicas de esta asociación de hombres y mujeres, como hermanos en el reino». Nuevamente les ordenó que por el momento no dijeran a ningún hombre que él era el Hijo de Dios.
Jesús estaba empezando a tener confianza en la lealtad e integridad de sus apóstoles. El Maestro comprendía que una fe capaz de soportar lo que sus representantes elegidos tan recientemente habían tenido que pasar, sobrellevaría indudablemente las duras pruebas que se aproximaban y emergería del naufragio aparente de todas sus esperanzas, a la nueva luz de una nueva dispensación, pudiendo así salir para iluminar un mundo envuelto en tinieblas. En este día el Maestro comenzó a creer en la fe de sus apóstoles, salvo uno.
Y desde entonces ha estado Jesús construyendo ese templo viviente sobre los mismos cimientos eternos de su filiación divina, y los que así llegan a tener autoconciencia de que ellos son hijos de Dios son las piedras humanas que integran este templo viviente de filiación, erigido para glorificar y honrar la sabiduría y el amor del Padre eterno de los espíritus.
Y cuando Jesús hubo así hablado, ordenó a los doce que se retiraran a solas, en las colinas, para procurar sabiduría, fuerza y guía espiritual hasta la hora de la comida vespertina. Así pues hicieron ellos lo que el Maestro les advirtió.
Era tarde por la mañana de este miércoles cuando los apóstoles se reunieron en el jardín de Celsus para almorzar. Durante buena parte de la noche y desde que se levantaron esa mañana, Simón Pedro y Simón el Zelote se habían empeñado en convencer a sus hermanos de que aceptaran al Maestro de todo corazón, no solamente como el Mesías, sino también como el Hijo divino del Dios viviente. Los dos Simones estaban casi completamente de acuerdo en su estimación de Jesús, y trabajaron diligentemente para convencer a sus hermanos de que aceptaran plenamente su punto de vista. Aunque Andrés continuaba siendo el director general del cuerpo apostólico, su hermano Simón Pedro se estaba volviendo cada vez más, por consentimiento general, el portavoz de los doce.
Estaban todos sentados en el jardín a eso del mediodía, cuando apareció el Maestro. Todos ellos lucían una expresión solemne y digna, y todos se pusieron de pie cuando él se acercó. Jesús alivió la tensión con esa sonrisa fraternal y amistosa tan característica en él toda vez que sus seguidores se tomaban a sí mismos, o tomaban un acontecimiento con ellos relacionado, demasiado en serio. Con un gesto perentorio indicó que se sentaran. Nunca más recibieron los doce a su Maestro poniéndose de pie al aparecer él ante ellos. Se dieron cuenta de que no le agradaban esas muestras exteriores de respeto.
Después de compartir el almuerzo y de discutir los planes para la gira venidera de la Decápolis, Jesús inesperadamente fijó en ellos la mirada diciendo: »Ya que ha pasado un día entero desde que estuvisteis de acuerdo con la declaración de Simón Pedro sobre la identidad del Hijo del Hombre, deseo preguntaros si vuestra decisión aún es la misma». Al oír esto, los doce se pusieron de pie, y Simón Pedro, adelantándose unos pocos pasos hacia Jesús, dijo: «Sí, Maestro, sí. Creemos que tú eres el Hijo del Dios viviente». Y enseguida Pedro se sentó con sus hermanos.
Jesús, aún de pie, dijo entonces a los doce: «Sois mis embajadores elegidos, pero sé que, en estas circunstancias, no podéis basar esta creencia en un simple conocimiento humano. Ésta es una revelación del espíritu de mi Padre a vuestra alma más íntima. Así pues, al hacer vosotros esta confesión por el entendimiento del espíritu de mi Padre que reside en vosotros, me veo llevado a declarar que sobre estos cimientos construiré yo la hermandad del reino del cielo. Sobre esta roca de realidad espiritual construiré el templo viviente de la hermandad espiritual en las realidades eternas del reino de mi Padre. Ninguna fuerza del mal, ninguna hueste del pecado podrá prevalecer contra esta fraternidad humana del espíritu divino. Aunque el espíritu de mi Padre por siempre será la guía divina y el mentor de todos los que abrazan el vínculo de la hermandad espiritual, a vosotros y a vuestros sucesores entrego yo ahora las llaves del reino exterior —la autoridad sobre las cosas temporales —las características sociales y económicas de esta asociación de hombres y mujeres, como hermanos en el reino». Nuevamente les ordenó que por el momento no dijeran a ningún hombre que él era el Hijo de Dios.
Jesús estaba empezando a tener confianza en la lealtad e integridad de sus apóstoles. El Maestro comprendía que una fe capaz de soportar lo que sus representantes elegidos tan recientemente habían tenido que pasar, sobrellevaría indudablemente las duras pruebas que se aproximaban y emergería del naufragio aparente de todas sus esperanzas, a la nueva luz de una nueva dispensación, pudiendo así salir para iluminar un mundo envuelto en tinieblas. En este día el Maestro comenzó a creer en la fe de sus apóstoles, salvo uno.
Y desde entonces ha estado Jesús construyendo ese templo viviente sobre los mismos cimientos eternos de su filiación divina, y los que así llegan a tener autoconciencia de que ellos son hijos de Dios son las piedras humanas que integran este templo viviente de filiación, erigido para glorificar y honrar la sabiduría y el amor del Padre eterno de los espíritus.
Y cuando Jesús hubo así hablado, ordenó a los doce que se retiraran a solas, en las colinas, para procurar sabiduría, fuerza y guía espiritual hasta la hora de la comida vespertina. Así pues hicieron ellos lo que el Maestro les advirtió.
miércoles, 5 de junio de 2013
La confesión de Pedro.
El martes por la mañana temprano, Jesús y los
doce apóstoles partieron del parque de Magadán hacia Cesarea de Filipo,
la capital del dominio del tetrarca Felipe. Cesarea de Filipo estaba
situada en una región de gran belleza, anidada en un valle encantador,
entre pintorescas colinas, allí donde el Jordán surgía de su curso de
una caverna subterránea. Las alturas del Monte Hermón estaban a plena
vista hacia el norte, mientras que las colinas hacia el sur ofrecían una
vista maravillosa de la porción superior del Jordán y del Mar de
Galilea.
Jesús había ido al Monte Hermón en su primera experiencia con los asuntos del reino, y ahora, al ingresar en la etapa final de su obra, deseaba retornar a este monte de prueba y triunfo, donde esperaba que los apóstoles pudieran alcanzar una nueva visión de sus responsabilidades y adquirir nuevas fuerzas para los tiempos difíciles que se avecinaban. Al viajar por el camino, aproximadamente cuando estaban por pasar al sur de las Aguas de Merom, los apóstoles empezaron a conversar entre ellos sobre las recientes experiencias en Fenicia y en otros lugares y a relatar cómo había sido recibido su mensaje, y de qué manera consideraban al Maestro los diferentes pueblos.
Al pausar para almorzar, Jesús repentinamente planteó a los doce la primera pregunta sobre sí mismo que jamás les hubiera dirigido. Les hizo esta sorprendente pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
Jesús había pasado largos meses enseñando a estos apóstoles sobre la naturaleza y carácter del reino del cielo, y bien sabía que había llegado el momento en que debía comenzar a enseñarles más sobre su propia naturaleza y su relación personal con el reino. Ahora pues, mientras estaban todos ellos sentados bajo las moreras, el Maestro se preparó para celebrar una de las más importantes sesiones de su larga asociación con los apóstoles elegidos.
Más de la mitad de los apóstoles
participaron en responder a la pregunta de Jesús. Le dijeron que era
considerado un profeta o un hombre extraordinario por todos quienes lo
conocían; que aun sus enemigos mucho le temían, explicando su poder por
la acusación de que estaba aliado con el príncipe de los diablos. Le
dijeron que algunos en Judea y Samaria que no lo habían conocido
personalmente, creían que era Juan el Bautista resucitado. Pedro explicó
que Jesús había sido comparado, en diversos momentos y por personas
distintas, con Moisés, Elías, Isaías y Jeremías. Cuando Jesús escuchó
este informe se puso de pie, y bajando la mirada a los doce sentados a
su alrededor en semicírculo, con énfasis sorprendente los señaló con un
gesto amplio de la mano y preguntó: »Pero, ¿quién decís vosotros que soy
yo?» Hubo un momento de tenso silencio. Los doce no le quitaron los
ojos de encima al Maestro. Luego Simón Pedro, incorporándose de un
salto, exclamó: »Tú eres el Liberador, el Hijo del Dios viviente». Y los
once apóstoles sentados se pusieron de pie al unísono, indicando de
esta manera que Pedro había hablado por todos ellos.
Después de señalarles Jesús que se sentaran nuevamente, estando él aún de pie frente a ellos, dijo: »Esto os ha sido revelado por mi Padre. Ha llegado la hora de que vosotros conozcáis la verdad sobre mí. Pero, por ahora, os encargo que no digáis nada de esto a ningún hombre. Vayámonos de aquí».
Así pues reanudaron su viaje a Cesarea de Filipo. Llegaron tarde esa noche y se alojaron en la casa de Celsus, quien los estaba esperando. Los apóstoles durmieron poco esa noche; parecían sentir que había ocurrido un acontecimiento trascendental en su vida y en la obra del reino.
Jesús había ido al Monte Hermón en su primera experiencia con los asuntos del reino, y ahora, al ingresar en la etapa final de su obra, deseaba retornar a este monte de prueba y triunfo, donde esperaba que los apóstoles pudieran alcanzar una nueva visión de sus responsabilidades y adquirir nuevas fuerzas para los tiempos difíciles que se avecinaban. Al viajar por el camino, aproximadamente cuando estaban por pasar al sur de las Aguas de Merom, los apóstoles empezaron a conversar entre ellos sobre las recientes experiencias en Fenicia y en otros lugares y a relatar cómo había sido recibido su mensaje, y de qué manera consideraban al Maestro los diferentes pueblos.
Al pausar para almorzar, Jesús repentinamente planteó a los doce la primera pregunta sobre sí mismo que jamás les hubiera dirigido. Les hizo esta sorprendente pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
Jesús había pasado largos meses enseñando a estos apóstoles sobre la naturaleza y carácter del reino del cielo, y bien sabía que había llegado el momento en que debía comenzar a enseñarles más sobre su propia naturaleza y su relación personal con el reino. Ahora pues, mientras estaban todos ellos sentados bajo las moreras, el Maestro se preparó para celebrar una de las más importantes sesiones de su larga asociación con los apóstoles elegidos.
Más de la mitad de los apóstoles
participaron en responder a la pregunta de Jesús. Le dijeron que era
considerado un profeta o un hombre extraordinario por todos quienes lo
conocían; que aun sus enemigos mucho le temían, explicando su poder por
la acusación de que estaba aliado con el príncipe de los diablos. Le
dijeron que algunos en Judea y Samaria que no lo habían conocido
personalmente, creían que era Juan el Bautista resucitado. Pedro explicó
que Jesús había sido comparado, en diversos momentos y por personas
distintas, con Moisés, Elías, Isaías y Jeremías. Cuando Jesús escuchó
este informe se puso de pie, y bajando la mirada a los doce sentados a
su alrededor en semicírculo, con énfasis sorprendente los señaló con un
gesto amplio de la mano y preguntó: »Pero, ¿quién decís vosotros que soy
yo?» Hubo un momento de tenso silencio. Los doce no le quitaron los
ojos de encima al Maestro. Luego Simón Pedro, incorporándose de un
salto, exclamó: »Tú eres el Liberador, el Hijo del Dios viviente». Y los
once apóstoles sentados se pusieron de pie al unísono, indicando de
esta manera que Pedro había hablado por todos ellos.Después de señalarles Jesús que se sentaran nuevamente, estando él aún de pie frente a ellos, dijo: »Esto os ha sido revelado por mi Padre. Ha llegado la hora de que vosotros conozcáis la verdad sobre mí. Pero, por ahora, os encargo que no digáis nada de esto a ningún hombre. Vayámonos de aquí».
Así pues reanudaron su viaje a Cesarea de Filipo. Llegaron tarde esa noche y se alojaron en la casa de Celsus, quien los estaba esperando. Los apóstoles durmieron poco esa noche; parecían sentir que había ocurrido un acontecimiento trascendental en su vida y en la obra del reino.
En Betsaida Julias.
El lunes 8 de agosto, mientras Jesús y los
doce apóstoles estaban acampados en el parque de Magadán, cerca de
Betsaida-Julias, más de cien creyentes, los evangelistas, el cuerpo de
mujeres, y otros interesados en el establecimiento del reino, vinieron
de Capernaum para conferenciar. También vinieron muchos de los fariseos,
al enterarse que Jesús estaba allí. A estas alturas, algunos de los
saduceos se habían unido a los fariseos en sus esfuerzos por atrapar a
Jesús. Antes de comenzar una conferencia a puertas cerradas con los
creyentes, Jesús celebró una reunión pública en la que estuvieron
presentes los fariseos, que provocaron al Maestro y de otras maneras
trataron de alborotar la asamblea. Dijo el dirigente de estos
alborotadores: «Maestro, nos gustaría que nos divulgues qué será el
signo de tu autoridad para enseñar, y luego, cuando éste ocurra, todos
los hombres sabrán que has sido enviado por Dios». Y Jesús les
respondió: «Cuando cae la noche, vosotros decís que hará buen tiempo,
porque el cielo está rojo. Por la mañana hará mal tiempo, porque el
cielo está rojo y bajo. Cuando veis una nube que sube al oeste, decís
que lloverá; cuando el viento sopla del sur, decís que hará gran calor.
¿Cómo puede ser que sepáis tan bien discernir el rostro del cielo, pero seáis tan totalmente incapaces de discernir los signos de los tiempos? Los que quieren conocer la verdad, ya han recibido un signo; pero ningún signo será otorgado a una generación de gente malévola e hipócrita».
Después de hablar así, Jesús se retiró y se
preparó para la conferencia de la noche con sus seguidores. En esta
conferencia se decidió emprender una misión unida por todas las ciudades
y aldeas de la Decápolis en cuanto Jesús y los doce retornaran de su
propuesta visita a Cesarea de Filipo. El Maestro participó en este
planeamiento para la misión en la Decápolis y, despidiendo al grupo,
dijo: «Yo os digo, cuidaos del fermento de los fariseos y los saduceos.
No os engañéis por su exhibición de gran conocimiento y por su profunda
lealtad a las formas de la religión. Preocupaos solamente por el
espíritu de la verdad viviente y el poder de la religión verdadera. No
es el temor de una religión muerta lo que os salvará, sino más bien
vuestra fe en una experiencia viviente de las realidades espirituales
del reino. No os dejéis enceguecer por el prejuicio ni paralizar por el
miedo. Tampoco permitáis que la reverencia por las tradiciones tanto
pervierta vuestra comprensión que vuestros ojos no vean y vuestros oídos
no oigan. No es propósito de la religión verdadera simplemente traer
paz, sino más bien, asegurar el progreso. No puede haber paz en el
corazón ni progreso en la mente, a menos que os enamoréis de todo
corazón de la verdad, de los ideales de las realidades eternas. Los
asuntos de la vida y de la muerte se exponen ante vosotros —los placeres
pecaminosos del tiempo contra las realidades justas de la eternidad.
Aun ahora, deberíais comenzar a liberaros de la esclavitud del temor y
de la duda al entrar a vivir una nueva vida de fe y esperanza. Cuando
los sentimientos del servicio para con vuestros semejantes surjan en
vuestra alma, no los ahoguéis; cuando las emociones del amor por vuestro
prójimo desborden en vuestro corazón, expresad estos impulsos de afecto
en un ministerio inteligente de las necesidades auténticas de vuestros
semejantes».
¿Cómo puede ser que sepáis tan bien discernir el rostro del cielo, pero seáis tan totalmente incapaces de discernir los signos de los tiempos? Los que quieren conocer la verdad, ya han recibido un signo; pero ningún signo será otorgado a una generación de gente malévola e hipócrita».
Después de hablar así, Jesús se retiró y se
preparó para la conferencia de la noche con sus seguidores. En esta
conferencia se decidió emprender una misión unida por todas las ciudades
y aldeas de la Decápolis en cuanto Jesús y los doce retornaran de su
propuesta visita a Cesarea de Filipo. El Maestro participó en este
planeamiento para la misión en la Decápolis y, despidiendo al grupo,
dijo: «Yo os digo, cuidaos del fermento de los fariseos y los saduceos.
No os engañéis por su exhibición de gran conocimiento y por su profunda
lealtad a las formas de la religión. Preocupaos solamente por el
espíritu de la verdad viviente y el poder de la religión verdadera. No
es el temor de una religión muerta lo que os salvará, sino más bien
vuestra fe en una experiencia viviente de las realidades espirituales
del reino. No os dejéis enceguecer por el prejuicio ni paralizar por el
miedo. Tampoco permitáis que la reverencia por las tradiciones tanto
pervierta vuestra comprensión que vuestros ojos no vean y vuestros oídos
no oigan. No es propósito de la religión verdadera simplemente traer
paz, sino más bien, asegurar el progreso. No puede haber paz en el
corazón ni progreso en la mente, a menos que os enamoréis de todo
corazón de la verdad, de los ideales de las realidades eternas. Los
asuntos de la vida y de la muerte se exponen ante vosotros —los placeres
pecaminosos del tiempo contra las realidades justas de la eternidad.
Aun ahora, deberíais comenzar a liberaros de la esclavitud del temor y
de la duda al entrar a vivir una nueva vida de fe y esperanza. Cuando
los sentimientos del servicio para con vuestros semejantes surjan en
vuestra alma, no los ahoguéis; cuando las emociones del amor por vuestro
prójimo desborden en vuestro corazón, expresad estos impulsos de afecto
en un ministerio inteligente de las necesidades auténticas de vuestros
semejantes».
martes, 4 de junio de 2013
El recolector de impuestos del templo.
Mientras Jesús, con Andrés y Pedro,
permanecía junto al lago cerca del taller de barcas, se les acercó un
recolector de impuestos del templo y, reconociendo a Jesús, llamó a
Pedro aparte y dijo: «¿Acaso no paga vuestro Maestro el impuesto del
templo?» Pedro estuvo tentado de manifestar indignación ante la
sugerencia de que Jesús debía contribuir al mantenimiento de las
actividades religiosas de sus enemigos jurados, pero, observando la
expresión peculiar del rostro del recolector de impuestos, supuso
justamente que su propósito era atraparlos en el acto de negarse a pagar
el acostumbrado medio siclo para el apoyo de los servicios del templo
en Jerusalén. Por consiguiente, Pedro contestó: «Por supuesto, el
Maestro paga el impuesto del templo. Espera junto al portón, enseguida
volveré con el dinero».
Pero, Pedro había hablado sin pensar. Judas llevaba los fondos del grupo, y estaba del otro lado del lago. Ni él, ni su hermano ni Jesús habían traído dinero alguno. Sabiendo además que los fariseos los estaban buscando, no podían ir a Betsaida para obtener dinero. Cuando Pedro le contó a Jesús lo del recolector y que le había prometido el dinero, Jesús dijo: «Si has prometido, debes pagar. Pero ¿con qué cumplirás tu promesa? ¿Volverás a ser pescador para poder honrar tu palabra? Sin embargo, Pedro, está bien, que bajo las circunstancias pagaremos el impuesto. No demos a estos hombres ocasión alguna de que nuestra actitud los ofenda. Esperaremos aquí mientras tú vas con la barca y echas la red, y cuando hayas vendido los peces en el mercado de más allá, pagarás al recolector por nosotros tres».
El mensajero secreto de David, que estaba ahí cerca, oyó esta conversación, e hizo una seña a un asociado, que estaba pescando cerca de la costa, para que volviera pronto. Pedro se preparaba para salir a pescar en la barca, cuando este mensajero y su amigo pescador le dieron varias cestas grandes de peces y le ayudaron a llevarlas hasta el vendedor de pescado que estaba cerca, quien compró los peces, pagando suficiente más lo que agregó el mensajero de David, para pagar el impuesto del templo para los tres. El recolector aceptó el impuesto sin cobrar la multa por pago atrasado pues ellos habían estado ausentes de Galilea por un tiempo.
No es extraño que tengáis escritos que describen a Pedro pescando un pez que llevaba un siclo en la boca. En aquellos días eran muy comunes los relatos de tesoros encontrados en la boca de los peces; estas narraciones de seudomilagros eran frecuentes. Así pues, cuando Pedro los dejó para dirigirse a la barca, Jesús observó, con cierto humorismo: «Es extraño que los hijos del rey deban pagar tributo; generalmente es el extranjero quien debe pagar el impuesto para mantener la corte; pero es bueno que no seamos un escollo para las autoridades. ¡Vete pues! tal vez pesques el pez que lleva un siclo en la boca». Habiendo pues hablado así Jesús, y habiendo regresado Pedro tan rápidamente con el impuesto para el templo, no es sorprendente que este episodio más tarde se convirtiera en un milagro, tal como se ve en las palabras del que escribió el evangelio según Mateo.
Jesús, con Andrés y Pedro, esperó junto a la orilla del mar prácticamente hasta el atardecer. Los mensajeros le trajeron el mensaje de que la casa de María aún seguía estando bajo vigilancia. Por consiguiente, cuando oscureció, los tres hombres que aguardaban subieron a su barca y lentamente remaron hacia la costa este del Mar de Galilea.
En Cesarea de Filipo.
ANTES de que Jesús se llevara a los doce para una breve estadía cerca
de Cesarea Filipo, arregló por medio de los mensajeros de David un
encuentro con su familia en Capernaum el domingo 7 de agosto. Según los
planes, esta visita habría de ocurrir en el taller de barcas de
Zebedeo. David Zebedeo concertó con Judá, el hermano de Jesús, que toda
la familia de Nazaret se encontraría presente —María y todos los
hermanos y hermanas de Jesús— y Jesús fue con Andrés y Pedro para este
encuentro. Era indudablemente intención de María y de sus hijos
concurrir a esta cita, pero sucedió que un grupo de fariseos, sabiendo
que Jesús estaba del otro lado del lago en los dominios de Felipe,
decidió visitar a María para averiguar lo que pudieran sobre las
andanzas de Jesús. La llegada de estos emisarios de Jerusalén perturbó
grandemente a María, y observando la tensión y nerviosidad de toda la
familia, concluyeron que Jesús estaba por visitarlos. Por consiguiente
se instalaron en la casa de María y, después de llamar refuerzos,
esperaron pacientemente la llegada de Jesús. Esto, naturalmente, impidió
la partida de la familia para concurrir a la cita con Jesús. Varias
veces durante ese día, tanto Judá como Ruth trataron de eludir la
vigilancia de los fariseos para enviar un mensaje a Jesús, pero fue en
vano.
Temprano esa tarde los mensajeros de David trajeron a Jesús el mensaje de que los fariseos estaban acampados en el umbral de la casa de su madre, y por lo tanto él no intentó visitar a su familia. Así pues nuevamente, y sin que fuese culpa de ninguna de las dos partes, Jesús y su familia terrenal no pudieron reunirse.
Temprano esa tarde los mensajeros de David trajeron a Jesús el mensaje de que los fariseos estaban acampados en el umbral de la casa de su madre, y por lo tanto él no intentó visitar a su familia. Así pues nuevamente, y sin que fuese culpa de ninguna de las dos partes, Jesús y su familia terrenal no pudieron reunirse.
lunes, 3 de junio de 2013
El regreso de Fenicia.
Alrededor del mediodía del domingo 24 de
julio, Jesús y los doce salieron de la casa de José, al sur de Tiro,
bajando a Tolemaida por la costa. Allí permanecieron durante un día,
hablando palabras de consuelo al grupo de creyentes que allí residían.
Pedro les predicó la noche del 25 de julio.
El martes partieron de Tolemaida, dirigiéndose tierra adentro al este, hasta cerca de Jotapa, por el camino de Tiberias. El miércoles se detuvieron en Jotapata y dieron más instrucciones a los creyentes sobre las cosas del reino. El jueves salieron de Jotapata, dirigiéndose al norte por el camino de Nazaret—Monte Líbano a la aldea de Zabulón, por el camino de Ramá. Celebraron reuniones en Ramá el viernes y se quedaron el sábado. Llegaron a Zabulón el domingo 31, celebraron una reunión esa noche y partieron a la mañana siguiente.
Al partir de Zabulón, caminaron hasta encontrar el camino de Magdala— Sidón cerca de Giscala, y de ahí se abrieron camino a Genesaret por la costa occidental del lago de Galilea, al sur de Capernaum, donde planeaban encontrarse con David Zebedeo, y donde tenían la intención de consultar sobre el próximo paso a tomar en el trabajo de predicación del evangelio del reino.
Durante una breve reunión con David se
enteraron de que muchos líderes estaban en ese momento reunidos en el
lado opuesto del lago, cerca de Queresa, y por consiguiente, esa misma
noche cruzaron el lago en barca. Descansaron tranquilamente en las
colinas un día entero, dirigiéndose al día siguiente al parque cercano,
donde el Maestro alimentó a los cinco mil. Aquí descansaron unos tres
días y celebraron conferencias diarias, a las que asistieron unos
cincuenta hombres y mujeres, los que quedaban del grupo otrora numeroso
de creyentes que residían en Capernaum y sus alrededores.
Durante la ausencia de Jesús de Capernaum y Galilea, el período de su estadía en Fenicia, sus enemigos concluyeron que todo el movimiento había sido destruido, que la prisa de Jesús en alejarse de allí era prueba de su gran temor, y que probablemente ya nunca más volvería a importunarlos. Había amainado, prácticamente, toda oposición activa a sus enseñanzas. Nuevamente los creyentes reanudaban sus reuniones públicas, y se estaba cimentando una consolidación gradual pero eficaz de los sobrevivientes probados y sinceros después del gran torbellino que acababan de pasar los creyentes del evangelio.
Felipe, el hermano de Herodes, se había vuelto un creyente a medias en Jesús y envió un mensaje al Maestro informándole que podía vivir y trabajar libremente en sus tierras.
El mandato de cerrar las sinagogas de todo el mundo judío a las enseñanzas de Jesús y sus seguidores había tenido un efecto adverso sobre los escribas y fariseos. Al desaparecer Jesús como objeto de controversia, inmediatamente se produjo una reacción en todo el pueblo judío; hubo un resentimiento general contra los fariseos y los líderes del sanedrín de Jerusalén. Muchos de los rectores de las sinagogas comenzaron subrepticiamente a abrir sus sinagogas a Abner y a sus asociados, declarando que estos instructores eran seguidores de Juan y no discípulos de Jesús.
Aun Herodes Antipas experimentó un cambio de sentimiento y, al enterarse de que Jesús estaba residiendo al otro lado el lago en el territorio de su hermano Felipe, le envió un mensaje que decía que, aunque él había firmado órdenes para su captura en Galilea, no había autorizado su arresto en Perea, indicando de esta manera que Jesús no sería molestado si permanecía fuera de Galilea; y comunicó esta misma decisión a los judíos de Jerusalén.
Ésa era pues la situación alrededor del 1 de agosto del año 29 d. de J.C., cuando el Maestro retornó de la misión fenicia y comenzó la reorganización de sus fuerzas desparramadas, probadas y diezmadas para el último y memorable año de su misión en la tierra.
Al prepararse el Maestro y sus asociados para comenzar la proclamación de una nueva religión, la religión del espíritu del Dios viviente que reside en la mente de los hombres, las cuestiones a batallarse están bien definidas.
El martes partieron de Tolemaida, dirigiéndose tierra adentro al este, hasta cerca de Jotapa, por el camino de Tiberias. El miércoles se detuvieron en Jotapata y dieron más instrucciones a los creyentes sobre las cosas del reino. El jueves salieron de Jotapata, dirigiéndose al norte por el camino de Nazaret—Monte Líbano a la aldea de Zabulón, por el camino de Ramá. Celebraron reuniones en Ramá el viernes y se quedaron el sábado. Llegaron a Zabulón el domingo 31, celebraron una reunión esa noche y partieron a la mañana siguiente.
Al partir de Zabulón, caminaron hasta encontrar el camino de Magdala— Sidón cerca de Giscala, y de ahí se abrieron camino a Genesaret por la costa occidental del lago de Galilea, al sur de Capernaum, donde planeaban encontrarse con David Zebedeo, y donde tenían la intención de consultar sobre el próximo paso a tomar en el trabajo de predicación del evangelio del reino.
Durante una breve reunión con David se
enteraron de que muchos líderes estaban en ese momento reunidos en el
lado opuesto del lago, cerca de Queresa, y por consiguiente, esa misma
noche cruzaron el lago en barca. Descansaron tranquilamente en las
colinas un día entero, dirigiéndose al día siguiente al parque cercano,
donde el Maestro alimentó a los cinco mil. Aquí descansaron unos tres
días y celebraron conferencias diarias, a las que asistieron unos
cincuenta hombres y mujeres, los que quedaban del grupo otrora numeroso
de creyentes que residían en Capernaum y sus alrededores.Durante la ausencia de Jesús de Capernaum y Galilea, el período de su estadía en Fenicia, sus enemigos concluyeron que todo el movimiento había sido destruido, que la prisa de Jesús en alejarse de allí era prueba de su gran temor, y que probablemente ya nunca más volvería a importunarlos. Había amainado, prácticamente, toda oposición activa a sus enseñanzas. Nuevamente los creyentes reanudaban sus reuniones públicas, y se estaba cimentando una consolidación gradual pero eficaz de los sobrevivientes probados y sinceros después del gran torbellino que acababan de pasar los creyentes del evangelio.
Felipe, el hermano de Herodes, se había vuelto un creyente a medias en Jesús y envió un mensaje al Maestro informándole que podía vivir y trabajar libremente en sus tierras.
El mandato de cerrar las sinagogas de todo el mundo judío a las enseñanzas de Jesús y sus seguidores había tenido un efecto adverso sobre los escribas y fariseos. Al desaparecer Jesús como objeto de controversia, inmediatamente se produjo una reacción en todo el pueblo judío; hubo un resentimiento general contra los fariseos y los líderes del sanedrín de Jerusalén. Muchos de los rectores de las sinagogas comenzaron subrepticiamente a abrir sus sinagogas a Abner y a sus asociados, declarando que estos instructores eran seguidores de Juan y no discípulos de Jesús.
Aun Herodes Antipas experimentó un cambio de sentimiento y, al enterarse de que Jesús estaba residiendo al otro lado el lago en el territorio de su hermano Felipe, le envió un mensaje que decía que, aunque él había firmado órdenes para su captura en Galilea, no había autorizado su arresto en Perea, indicando de esta manera que Jesús no sería molestado si permanecía fuera de Galilea; y comunicó esta misma decisión a los judíos de Jerusalén.
Ésa era pues la situación alrededor del 1 de agosto del año 29 d. de J.C., cuando el Maestro retornó de la misión fenicia y comenzó la reorganización de sus fuerzas desparramadas, probadas y diezmadas para el último y memorable año de su misión en la tierra.
Al prepararse el Maestro y sus asociados para comenzar la proclamación de una nueva religión, la religión del espíritu del Dios viviente que reside en la mente de los hombres, las cuestiones a batallarse están bien definidas.
La enseñanza de Jesús en Tiro.
Este miércoles por la tarde, durante su discurso, Jesús primero
relató a sus seguidores la historia del lirio blanco que levanta su pura
cabeza nevada hacia el sol mientras que sus raíces están metidas en el
lodo y el barro del suelo tenebroso.
«Del mismo modo», dijo él, «el hombre mortal, aunque tenga las raíces de su origen y ser en el suelo animal de la naturaleza humana, puede, por la fe, elevar su naturaleza espiritual al sol de la verdad celestial y dar realmente los nobles frutos del espíritu».
En el curso de este mismo sermón Jesús utilizó la primera y única parábola que tenía que ver con su propio oficio —la carpintería. Al advertir que es necesario «establecer buenos cimientos para el crecimiento de un carácter noble con dotes espirituales», él dijo: «Para dar frutos del espíritu, debéis haber nacido del espíritu. Debéis ser enseñados por el espíritu y ser conducidos por el espíritu si queréis vivir una vida llena de espíritu entre vuestros semejantes. Pero no cometáis el error del tonto carpintero que pierde tiempo valioso encuadrando, midiendo y cepillando su madera carcomida por los gusanos e interiormente podrida y luego, después de haber puesto tanto de su trabajo en esta viga inútil, tiene que rechazarla puesto que no es adecuada para los cimientos del edificio que va a construir, el cual debe ser capaz de resistir los embates del tiempo y las tormentas. Que todo hombre se asegure de que los cimientos intelectuales y morales de su carácter tengan la fuerza necesaria para aguantar adecuadamente la superestructura de la naturaleza espiritual ennobleciente y en expansión, la cual transformará a la mente mortal y luego, en asociación con esa mente recreada, alcanzará el desarrollo del alma de destino inmortal. Vuestra naturaleza espiritual —el alma conjuntamente creada— es un crecimiento viviente, pero la mente y los sentimientos morales del individuo constituyen la tierra de la cual han de brotar estas manifestaciones más elevadas del desarrollo humano y del destino divino. El suelo del alma en desarrollo es humano y material, pero el destino de esta criatura combinada de mente y espíritu, es espiritual y divino».
Por la tarde de este mismo día, Natanael preguntó a Jesús: «Maestro, ¿por qué oramos a Dios para que no nos conduzca a la tentación, si bien sabemos por tu revelación del Padre que él nunca hace tales cosas?» Jesús le contestó a Natanael:
«No es extraño que hagas estas preguntas, puesto que estás comenzando a conocer al Padre así como yo lo conozco, y no como los profetas hebreos tan nebulosamente le veían. Bien sabes que nuestros antepasados estaban dispuestos a ver a Dios en casi todas las cosas que sucedían. Buscaban la mano de Dios en todas los acontecimientos naturales y en cada episodio poco común de la experiencia humana. Relacionaban a Dios tanto con el bien como con el mal. Pensaban que había ablandado el corazón de Moisés y endurecido el corazón del faraón. Si el hombre sentía un fuerte impulso por hacer algo, bueno o malo que fuera, tenía por costumbre considerar estas emociones inusitadas diciendo: `el Señor me habló y me dijo, haz esto y aquello, o ve aquí o allí'. Así pues, ya que los hombres tan a menudo y tan violentamente caen en la tentación, se tornó costumbre de nuestros antepasados creer que Dios los conducía a la tentación para probarlos, castigarlos o fortalecerlos. Pero ya sabes que no es así. Sabes que los hombres demasiado frecuentemente son conducidos a la tentación por el ímpetu de su propio egoísmo y los impulsos de su naturaleza animal. Cuando seas tentado de esta manera, te advierto que reconozcas honesta y sinceramente la tentación por lo que es, y más bien canalices con inteligencia las energías de espíritu, mente y cuerpo, que tratan de expresarse, hacia caminos más elevados y metas más idealistas. Así podrás transformar las tentaciones en el tipo más elevado de ministerio mortal edificante, evitando a la vez casi completamente esos ruinosos conflictos debilitantes entre la naturaleza animal y la naturaleza espiritual.
«Pero déjame advertirte contra la locura de intentar sobreponerse a la tentación por el esfuerzo de reemplazar un deseo por otro supuestamente superior mediante la sola fuerza de la voluntad humana. Si quieres realmente triunfar sobre las tentaciones de la naturaleza más baja e inferior, debes llegar a ese punto de ventaja espiritual en el que real y verdaderamente habrás desarrollado interés y amor por esas formas más elevadas e idealistas de conducta que tu mente desea sustituir por estos hábitos de conducta más bajos y menos idealistas que reconoces como tentación. Así pues, serás librado por la transformación espiritual en vez de cargarte cada vez más con el peso de la supresión engañosa de los deseos mortales. Lo viejo e inferior será olvidado mediante el amor por lo nuevo y lo superior. La belleza siempre triunfa sobre la fealdad en el corazón de todos los que están iluminados por el amor a la verdad. Hay gran poder en la energía expulsiva de un afecto espiritual nuevo y sincero. Nuevamente te digo, no te dejes conquistar por el mal, sino más bien conquista el mal con el bien».
Los apóstoles y los evangelistas continuaron haciendo preguntas hasta bien entrada la noche, y de las muchas respuestas presentamos los siguientes pensamientos, expresados en fraseología moderna:
La ambición enérgica, el juicio inteligente y la sabiduría madura son esenciales para el éxito material. El liderazgo depende de la habilidad natural, la discreción, la fuerza de voluntad y la determinación. El destino espiritual depende de la fe, el amor y la devoción a la verdad —hambre y sed de rectitud— el deseo de todo corazón de encontrar a Dios y de ser como él.
No os desalentéis al descubrir que sois humanos. La naturaleza humana puede tener tendencia al mal pero no es inherentemente pecaminosa. No os deprimáis por vuestra incapacidad para olvidar completamente algunas de vuestras experiencias más lamentables. Los errores que no podéis olvidar en el tiempo, serán olvidados en la eternidad. Aliviad la carga de vuestra alma adquiriendo rápidamente una visión a larga distancia de vuestro destino, una expansión universal de vuestra carrera.
No cometáis el error de estimar el valor del alma sobre la base de las imperfecciones de la mente o de los apetitos del cuerpo. No juzguéis al alma ni midáis su destino por el metro de un solo episodio humano desafortunado. Vuestro destino espiritual está condicionado solamente por vuestros deseos y propósitos espirituales.
La religión es la experiencia exclusivamente espiritual del alma inmortal evolutiva del hombre conocedor de Dios, pero el poder moral y la energía espiritual son fuerzas poderosas que pueden ser utilizadas para tratar situaciones sociales difíciles y resolver problemas económicos complicados. Estas dotes morales y espirituales enriquecen todos los niveles del vivir humano y los hacen más significativos.
Si tan sólo aprendéis a amar a los que os aman, estaréis destinados a vivir una vida limitada y mezquina. Por cierto, el amor humano puede ser recíproco, pero el amor divino, en toda su busca de la satisfacción, se dirige hacia afuera. Cuanto menos amor haya en la naturaleza de una criatura, más grande será su necesidad de amor y más tratará el amor divino de satisfacer esa necesidad. El amor no es jamás egoísta, y no puede ser autorregalado. El amor divino no puede ser autocontenido; debe ser donado generosamente.
Los creyentes del reino deben tener una fe implícita, una creencia de toda el alma, en el triunfo seguro de la rectitud. Los constructores del reino no deben dudar de la verdad del evangelio de la salvación eterna. Los creyentes deben aprender cada vez más a apartarse del bullicio de la vida —escapar de los agobios de la existencia material— mientras refrescan su alma, inspiran la mente, y renovan el espíritu mediante la comunión de adoración.
Los individuos conocedores de Dios no se desalientan por la desgracia ni se deprimen por las desilusiones. Los creyentes son inmunes a la depresión consiguiente a los cataclismos puramente materiales; los que viven en el espíritu no están perturbados por los episodios del mundo material. Los candidatos para la vida eterna practican una técnica vigorizante y constructiva para enfrentarse a todas las vicisitudes y todos los agobios de la vida mortal. Cada día que vive un verdadero creyente, encuentra más fácil hacer lo que es recto.
La vida espiritual aumenta poderosamente el verdadero respeto de sí mismo. Pero el autorrespeto no significa autoadmiración. El autorrespeto está siempre coordinado con el amor y el servicio a los semejantes. No es posible respetarse a sí mismo más de lo que se ama al prójimo; el uno es la medida de la capacidad del otro.
A medida que pasan los días, todo creyente sincero se torna más hábil en atraer a sus semejantes al amor de la verdad eterna. ¿Eres más ingenioso en la revelación del bien a la humanidad hoy, de lo que fuiste ayer? ¿Sabes recomendar mejor la rectitud este año, que el año pasado? ¿Te estás volviendo cada vez más artístico en la técnica que utilizas para conducir a las almas hambrientas al reino espiritual?
¿Son tus ideales suficientemente elevados para asegurar tu salvación eterna, mientras que tus ideas son tan prácticas como para convertirte en un ciudadano útil que funciona en la tierra en asociación con tus semejantes mortales? En el espíritu, vuestra ciudadanía es en el cielo; en la carne, aún sois ciudadanos de los reinos terrestres. Dad a los Césares las cosas que son materiales y a Dios las que son espirituales.
La medida de la capacidad espiritual del alma evolutiva es tu fe en la verdad y tu amor por el prójimo, pero la medida de tu fuerza de carácter humano es tu capacidad para resistir el resentimiento y soportar las cavilaciones cuando te enfrentas con la pesadumbre más profunda. La derrota es el espejo verdadero en el cual puedes honestamente contemplar tu auténtico yo.
A medida que crecéis en edad y os volvéis más expertos en los asuntos del reino, ¿seréis más discretos en vuestro trato con los mortales fastidiosos y seréis más tolerantes en la convivencia con vuestros asociados testarudos? El tacto es el fulcro del poderío social, y la tolerancia es la marca de un alma grande. Si poseéis estos raros y encantadores dones, a medida que pasan los días os volveréis más alertas y expertos en vuestros valiosos esfuerzos por evitar todo malentendido social innecesario. Estas almas sabias son capaces de evitar muchos de los problemas que infaliblemente atribulan a los que sufren por falta de ajuste emocional, los que se niegan a madurar, y los que se niegan a envejecer con garbo.
Evitad la deshonestidad y la injusticia en todos vuestros esfuerzos por predicar la verdad y proclamar el evangelio. No busquéis un reconocimiento no ganado y no anheléis una simpatía que no merecéis. Amad, recibid libremente de las fuentes divinas y humanas sea cual fuere vuestro merecido, y amad libremente en retribución. Pero en todas las otras cosas relacionadas con el honor y la adulación, buscad tan sólo lo que honestamente os pertenece.
El mortal consciente de Dios está seguro de la salvación; no tiene miedo de la vida; es honesto y constante. Sabe cómo soportar valientemente los sufrimientos inevitables; no se queja al enfrentarse con dificultades inescapables.
El creyente sincero no se cansa de hacer el bien solamente porque esté frustrado. Las dificultades inflaman el ardor del amante de la verdad, mientras que los obstáculos sólo sirven de reto a los esfuerzos del constructor intrépido del reino.
Y muchas otras cosas les enseñó Jesús antes de que se prepararan para partir de Tiro.
El día antes de salir de Tiro para retornar a la región del mar de Galilea, Jesús reunió a sus asociados y ordenó a los doce evangelistas que volviesen por una ruta diferente de la que él y los doce apóstoles iban a tomar. Y después de despedirse de Jesús estos evangelistas, no volvieron a estar nunca más tan íntimamente asociados con él.
«Del mismo modo», dijo él, «el hombre mortal, aunque tenga las raíces de su origen y ser en el suelo animal de la naturaleza humana, puede, por la fe, elevar su naturaleza espiritual al sol de la verdad celestial y dar realmente los nobles frutos del espíritu».
En el curso de este mismo sermón Jesús utilizó la primera y única parábola que tenía que ver con su propio oficio —la carpintería. Al advertir que es necesario «establecer buenos cimientos para el crecimiento de un carácter noble con dotes espirituales», él dijo: «Para dar frutos del espíritu, debéis haber nacido del espíritu. Debéis ser enseñados por el espíritu y ser conducidos por el espíritu si queréis vivir una vida llena de espíritu entre vuestros semejantes. Pero no cometáis el error del tonto carpintero que pierde tiempo valioso encuadrando, midiendo y cepillando su madera carcomida por los gusanos e interiormente podrida y luego, después de haber puesto tanto de su trabajo en esta viga inútil, tiene que rechazarla puesto que no es adecuada para los cimientos del edificio que va a construir, el cual debe ser capaz de resistir los embates del tiempo y las tormentas. Que todo hombre se asegure de que los cimientos intelectuales y morales de su carácter tengan la fuerza necesaria para aguantar adecuadamente la superestructura de la naturaleza espiritual ennobleciente y en expansión, la cual transformará a la mente mortal y luego, en asociación con esa mente recreada, alcanzará el desarrollo del alma de destino inmortal. Vuestra naturaleza espiritual —el alma conjuntamente creada— es un crecimiento viviente, pero la mente y los sentimientos morales del individuo constituyen la tierra de la cual han de brotar estas manifestaciones más elevadas del desarrollo humano y del destino divino. El suelo del alma en desarrollo es humano y material, pero el destino de esta criatura combinada de mente y espíritu, es espiritual y divino».
Por la tarde de este mismo día, Natanael preguntó a Jesús: «Maestro, ¿por qué oramos a Dios para que no nos conduzca a la tentación, si bien sabemos por tu revelación del Padre que él nunca hace tales cosas?» Jesús le contestó a Natanael:
«No es extraño que hagas estas preguntas, puesto que estás comenzando a conocer al Padre así como yo lo conozco, y no como los profetas hebreos tan nebulosamente le veían. Bien sabes que nuestros antepasados estaban dispuestos a ver a Dios en casi todas las cosas que sucedían. Buscaban la mano de Dios en todas los acontecimientos naturales y en cada episodio poco común de la experiencia humana. Relacionaban a Dios tanto con el bien como con el mal. Pensaban que había ablandado el corazón de Moisés y endurecido el corazón del faraón. Si el hombre sentía un fuerte impulso por hacer algo, bueno o malo que fuera, tenía por costumbre considerar estas emociones inusitadas diciendo: `el Señor me habló y me dijo, haz esto y aquello, o ve aquí o allí'. Así pues, ya que los hombres tan a menudo y tan violentamente caen en la tentación, se tornó costumbre de nuestros antepasados creer que Dios los conducía a la tentación para probarlos, castigarlos o fortalecerlos. Pero ya sabes que no es así. Sabes que los hombres demasiado frecuentemente son conducidos a la tentación por el ímpetu de su propio egoísmo y los impulsos de su naturaleza animal. Cuando seas tentado de esta manera, te advierto que reconozcas honesta y sinceramente la tentación por lo que es, y más bien canalices con inteligencia las energías de espíritu, mente y cuerpo, que tratan de expresarse, hacia caminos más elevados y metas más idealistas. Así podrás transformar las tentaciones en el tipo más elevado de ministerio mortal edificante, evitando a la vez casi completamente esos ruinosos conflictos debilitantes entre la naturaleza animal y la naturaleza espiritual.
«Pero déjame advertirte contra la locura de intentar sobreponerse a la tentación por el esfuerzo de reemplazar un deseo por otro supuestamente superior mediante la sola fuerza de la voluntad humana. Si quieres realmente triunfar sobre las tentaciones de la naturaleza más baja e inferior, debes llegar a ese punto de ventaja espiritual en el que real y verdaderamente habrás desarrollado interés y amor por esas formas más elevadas e idealistas de conducta que tu mente desea sustituir por estos hábitos de conducta más bajos y menos idealistas que reconoces como tentación. Así pues, serás librado por la transformación espiritual en vez de cargarte cada vez más con el peso de la supresión engañosa de los deseos mortales. Lo viejo e inferior será olvidado mediante el amor por lo nuevo y lo superior. La belleza siempre triunfa sobre la fealdad en el corazón de todos los que están iluminados por el amor a la verdad. Hay gran poder en la energía expulsiva de un afecto espiritual nuevo y sincero. Nuevamente te digo, no te dejes conquistar por el mal, sino más bien conquista el mal con el bien».
Los apóstoles y los evangelistas continuaron haciendo preguntas hasta bien entrada la noche, y de las muchas respuestas presentamos los siguientes pensamientos, expresados en fraseología moderna:
La ambición enérgica, el juicio inteligente y la sabiduría madura son esenciales para el éxito material. El liderazgo depende de la habilidad natural, la discreción, la fuerza de voluntad y la determinación. El destino espiritual depende de la fe, el amor y la devoción a la verdad —hambre y sed de rectitud— el deseo de todo corazón de encontrar a Dios y de ser como él.
No os desalentéis al descubrir que sois humanos. La naturaleza humana puede tener tendencia al mal pero no es inherentemente pecaminosa. No os deprimáis por vuestra incapacidad para olvidar completamente algunas de vuestras experiencias más lamentables. Los errores que no podéis olvidar en el tiempo, serán olvidados en la eternidad. Aliviad la carga de vuestra alma adquiriendo rápidamente una visión a larga distancia de vuestro destino, una expansión universal de vuestra carrera.
No cometáis el error de estimar el valor del alma sobre la base de las imperfecciones de la mente o de los apetitos del cuerpo. No juzguéis al alma ni midáis su destino por el metro de un solo episodio humano desafortunado. Vuestro destino espiritual está condicionado solamente por vuestros deseos y propósitos espirituales.
La religión es la experiencia exclusivamente espiritual del alma inmortal evolutiva del hombre conocedor de Dios, pero el poder moral y la energía espiritual son fuerzas poderosas que pueden ser utilizadas para tratar situaciones sociales difíciles y resolver problemas económicos complicados. Estas dotes morales y espirituales enriquecen todos los niveles del vivir humano y los hacen más significativos.
Si tan sólo aprendéis a amar a los que os aman, estaréis destinados a vivir una vida limitada y mezquina. Por cierto, el amor humano puede ser recíproco, pero el amor divino, en toda su busca de la satisfacción, se dirige hacia afuera. Cuanto menos amor haya en la naturaleza de una criatura, más grande será su necesidad de amor y más tratará el amor divino de satisfacer esa necesidad. El amor no es jamás egoísta, y no puede ser autorregalado. El amor divino no puede ser autocontenido; debe ser donado generosamente.
Los creyentes del reino deben tener una fe implícita, una creencia de toda el alma, en el triunfo seguro de la rectitud. Los constructores del reino no deben dudar de la verdad del evangelio de la salvación eterna. Los creyentes deben aprender cada vez más a apartarse del bullicio de la vida —escapar de los agobios de la existencia material— mientras refrescan su alma, inspiran la mente, y renovan el espíritu mediante la comunión de adoración.
Los individuos conocedores de Dios no se desalientan por la desgracia ni se deprimen por las desilusiones. Los creyentes son inmunes a la depresión consiguiente a los cataclismos puramente materiales; los que viven en el espíritu no están perturbados por los episodios del mundo material. Los candidatos para la vida eterna practican una técnica vigorizante y constructiva para enfrentarse a todas las vicisitudes y todos los agobios de la vida mortal. Cada día que vive un verdadero creyente, encuentra más fácil hacer lo que es recto.
La vida espiritual aumenta poderosamente el verdadero respeto de sí mismo. Pero el autorrespeto no significa autoadmiración. El autorrespeto está siempre coordinado con el amor y el servicio a los semejantes. No es posible respetarse a sí mismo más de lo que se ama al prójimo; el uno es la medida de la capacidad del otro.
A medida que pasan los días, todo creyente sincero se torna más hábil en atraer a sus semejantes al amor de la verdad eterna. ¿Eres más ingenioso en la revelación del bien a la humanidad hoy, de lo que fuiste ayer? ¿Sabes recomendar mejor la rectitud este año, que el año pasado? ¿Te estás volviendo cada vez más artístico en la técnica que utilizas para conducir a las almas hambrientas al reino espiritual?
¿Son tus ideales suficientemente elevados para asegurar tu salvación eterna, mientras que tus ideas son tan prácticas como para convertirte en un ciudadano útil que funciona en la tierra en asociación con tus semejantes mortales? En el espíritu, vuestra ciudadanía es en el cielo; en la carne, aún sois ciudadanos de los reinos terrestres. Dad a los Césares las cosas que son materiales y a Dios las que son espirituales.
La medida de la capacidad espiritual del alma evolutiva es tu fe en la verdad y tu amor por el prójimo, pero la medida de tu fuerza de carácter humano es tu capacidad para resistir el resentimiento y soportar las cavilaciones cuando te enfrentas con la pesadumbre más profunda. La derrota es el espejo verdadero en el cual puedes honestamente contemplar tu auténtico yo.
A medida que crecéis en edad y os volvéis más expertos en los asuntos del reino, ¿seréis más discretos en vuestro trato con los mortales fastidiosos y seréis más tolerantes en la convivencia con vuestros asociados testarudos? El tacto es el fulcro del poderío social, y la tolerancia es la marca de un alma grande. Si poseéis estos raros y encantadores dones, a medida que pasan los días os volveréis más alertas y expertos en vuestros valiosos esfuerzos por evitar todo malentendido social innecesario. Estas almas sabias son capaces de evitar muchos de los problemas que infaliblemente atribulan a los que sufren por falta de ajuste emocional, los que se niegan a madurar, y los que se niegan a envejecer con garbo.
Evitad la deshonestidad y la injusticia en todos vuestros esfuerzos por predicar la verdad y proclamar el evangelio. No busquéis un reconocimiento no ganado y no anheléis una simpatía que no merecéis. Amad, recibid libremente de las fuentes divinas y humanas sea cual fuere vuestro merecido, y amad libremente en retribución. Pero en todas las otras cosas relacionadas con el honor y la adulación, buscad tan sólo lo que honestamente os pertenece.
El mortal consciente de Dios está seguro de la salvación; no tiene miedo de la vida; es honesto y constante. Sabe cómo soportar valientemente los sufrimientos inevitables; no se queja al enfrentarse con dificultades inescapables.
El creyente sincero no se cansa de hacer el bien solamente porque esté frustrado. Las dificultades inflaman el ardor del amante de la verdad, mientras que los obstáculos sólo sirven de reto a los esfuerzos del constructor intrépido del reino.
Y muchas otras cosas les enseñó Jesús antes de que se prepararan para partir de Tiro.
El día antes de salir de Tiro para retornar a la región del mar de Galilea, Jesús reunió a sus asociados y ordenó a los doce evangelistas que volviesen por una ruta diferente de la que él y los doce apóstoles iban a tomar. Y después de despedirse de Jesús estos evangelistas, no volvieron a estar nunca más tan íntimamente asociados con él.
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