«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 2 de junio de 2013

En Tiro.

Desde el 11 de julio hasta el 24 de julio enseñaron en Tiro. Cada uno de los apóstoles se llevó a uno de los evangelistas, y así de dos en dos enseñaron y predicaron en todas partes de Tiro y sus alrededores. La población políglota de este activo puerto marítimo los escuchaba con regocijo, y muchos fueron bautizados en la hermandad exterior del reino. Jesús estableció su cuartel general en la casa de un judío denominado José, un creyente, que vivía unos cinco o seis kilómetros al sur de Tiro, no lejos de la tumba de Hiram, que había sido rey de la ciudadestado de Tiro en la era de David y Salomón.

      
Todos los días, durante este período de dos semanas, los apóstoles y evangelistas entraban a Tiro por el muelle de Alejandro para dirigir pequeñas reuniones, y todas las noches la mayoría de ellos retornaba al campamento en la casa de José al sur de la ciudad. Todos los días los creyentes salían de la ciudad para hablar con Jesús en su lugar de descanso. El Maestro habló en Tiro sólo una vez, en la tarde del 20 de julio, cuando enseñó a los creyentes sobre el amor del Padre por toda la humanidad y sobre la misión del Hijo de revelar el Padre a todas las razas humanas. Había tanto interés en el evangelio del reino entre estos gentiles que, en esta ocasión, se le abrieron las puertas del templo de Melcart, y es interesante notar que en años subsiguientes se construyó una iglesia cristiana en el mismo sitio del antiguo templo.
      
Muchos de los dirigentes de la industria de la púrpura de Tiro, el colorante que hiciera famosas a Tiro y Sidón en todo el mundo, y que tanto contribuyó a su comercio mundial y consiguiente enriquecimiento, creían en el reino. Cuando, poco tiempo después, comenzó a disminuir la población de los animales marinos de los que se extraía este colorante, los fabricantes de colorante salieron en busca de estos mariscos en otros lugares. Y emigrando así hasta los fines de la tierra, llevaron con ellos el mensaje de la paternidad de Dios y de la hermandad del hombre —el evangelio del reino.

El viaje costa arriba.

El martes 28 de junio, el Maestro y sus asociados partieron de Sidón, subiendo por la costa a Porfireón y Heldua. Fueron bien recibidos por los gentiles, y muchos fueron acogidos al reino durante esta semana de enseñanza y predicación. Los apóstoles predicaron en Porfireón y los evangelistas enseñaron en Heldua. Mientras los veinticuatro estaban así ocupados en su obra, Jesús los dejó por un período de tres o cuatro días, visitando la ciudad costera de Berito, donde conversó con un sirio llamado Malac, quien era creyente y había estado en Betsaida el año anterior.

   
El miércoles 6 de julio, todos ellos retornaron a Sidón y permanecieron en la casa de Justa hasta el domingo por la mañana, saliendo entonces rumbo a Tiro, hacia el sur a lo largo de la costa, por el camino de Sarepta, y llegando a Tiro el lunes 11 de julio. Para esta época, los apóstoles y los evangelistas estaban empezando a habituarse a trabajar entre los así llamados gentiles, que eran en realidad en gran parte descendientes de las antiguas tribus cananeas de aún anterior origen semita. Todos estos pueblos hablaban griego. Fue una gran sorpresa para los apóstoles y evangelistas observar el anhelo de estos gentiles por escuchar el evangelio y notar la prontitud con la que muchos de ellos creían.

domingo, 26 de mayo de 2013

La enseñanza en Sidón.

Al llegar a Sidón, Jesús y sus asociados pasaron por un puente, el primero que muchos de ellos habían visto jamás. Al caminar sobre este puente, Jesús, entre otras cosas, dijo: «Este mundo es tan sólo un puente; podéis pasar por él, pero no debéis pensar en construir sobre él vuestra morada».
 
     
Mientras los veinticuatro comenzaron su labor en Sidón, Jesús fue a residir en una casa al norte de la ciudad, la casa de Justa y de su madre Berenice. Jesús enseñó a los veinticuatro todas las mañanas en la casa de Justa, y ellos salían a Sidón por la tarde y por la noche para enseñar y predicar.
      
Los apóstoles y los evangelistas estaban altamente regocijados por la forma en que los gentiles de Sidón recibían su mensaje; durante su corta estadía muchos fueron recibidos en el reino. Este período de unas seis semanas en Fenicia fue una época muy fructífera en el trabajo de ganar almas, pero los escritores judíos que más tarde escribieron los evangelios intentaron pasar por alto la cálida recepción de las enseñanzas de Jesús por parte de estos gentiles, en el momento preciso en que tantos de su propio pueblo se alineaban hostilmente contra él.
      
De muchas maneras los creyentes gentiles apreciaban las enseñanzas de Jesús más plenamente que los judíos. Muchos de estos sirofenicios de habla griega llegaron a saber no sólo que Jesús era como Dios sino también que Dios era como Jesús. Estos así llamados paganos alcanzaron a comprender bien las enseñanzas del Maestro sobre la uniformidad de las leyes de este mundo y del universo entero. Alcanzaron a entender la enseñanza de que Dios no hace acepción de personas, razas o naciones; que no hay favoritismos para el Padre universal; que el universo es completamente y para siempre respetuoso de la ley e infaliblemente confiable. Estos gentiles no tenían miedo de Jesús; se atrevieron a aceptar su mensaje. A través de todos los tiempos, los hombres no han sido incapaces de comprender a Jesús; han tenido miedo a hacerlo.
      
Jesús aclaró a los veinticuatro que él no había huido de Galilea porque le faltara el coraje para enfrentarse con sus enemigos. Ellos comprendieron que él no estaba aún listo para una batalla abierta con la religión establecida, y que no buscaba convertirse en mártir. Fue durante una de estas conferencias en la casa de Justa cuando el Maestro dijo por primera vez a sus discípulos que «aunque desaparezcan el cielo y la tierra, mis palabras de verdad no desaparecerán».
      
El tema de las instrucciones de Jesús durante la estadía en Sidón fue la progresión espiritual. Les dijo que no podían quedarse inmóviles; debían seguir adelantando en rectitud o retroceder en el mal y el pecado. Les advirtió que «olvidaran esas cosas que están en el pasado, y lucharan por adelantarse hasta abrazar las realidades más grandes del reino». Les imploró que no se conformaran con ser niños en el evangelio sino que lucharan por alcanzar la estatura plena de la filiación divina en la comunión del espíritu y en la hermandad de los creyentes.
      
Dijo Jesús: «Mis discípulos deben no sólo cesar de hacer el mal, sino que deben aprender a hacer el bien; debéis no solamente limpiaros de todo pecado consciente, sino también negaros a albergar aun los sentimientos de culpa. Si confesáis vuestros pecados, éstos serán perdonados; por consiguiente debéis mantener una conciencia libre de ofensa.»
    
Jesús mucho disfrutaba del agudo sentido del humor que exhibían estos gentiles. Fue el sentido del humor demostrado por Norana, la mujer siria, así como también su gran fe persistente, lo que tanto conmovió el corazón del Maestro y atrajo su misericordia. Jesús mucho lamentaba que su gente —los judíos— fueran tan faltos de humor. Cierta vez le dijo a Tomás: «Mi pueblo se toma a sí mismo demasiado en serio; casi son incapaces de apreciar el humor. La opresiva religión de los fariseos no podría haberse originado en un pueblo con sentido del humor. Les falta visión de conjunto; cuelan el mosquito y se tragan el camello.»

La mujer Siria.

Cerca de la casa de Karuska, donde se alojaba el Maestro, vivía una mujer siria que mucho había oído sobre Jesús como gran curador y maestro, y este sábado por la tarde vino con su hijita. La niña, de unos doce años de edad, estaba afligida por un doloroso trastorno nervioso que se caracterizaba por convulsiones y otras manifestaciones penosas.
     
Jesús había encargado a sus asociados que a nadie dijeran nada de su presencia en la casa de Karuska explicando que deseaba descansar. Aunque ellos obedecieron las instrucciones de su Maestro, la criada de Karuska fue a la casa de esta mujer siria, Norana, para informarle que Jesús se hallaba alojado en la casa de su ama y urgió a esta madre ansiosa que trajera a su hija afligida para que la curara. Esta madre, por supuesto, creía que su hija estaba poseída por un demonio, un espíritu impuro.
     
Cuando Norana llegó con su hija, los gemelos Alfeo explicaron mediante un intérprete que el Maestro estaba descansando y no podía ser molestado; por lo cual Norana replicó que ella y la niña permanecerían allí hasta que el Maestro terminara su descanso. Pedro también trató de razonar con ella y de persuadirla que se volviese a su casa. Explicó que Jesús estaba cansado de tanta enseñanza y curación, y que había venido a Fenicia para pasar un período de tranquilidad y descanso. Pero fue inútil. Norana no quería irse. Ante las exhortaciones de Pedro, ella tan sólo replicó: «No me iré hasta tanto no haya visto a vuestro Maestro. Yo sé que él puede echar al demonio que posee a mi niña, y no me iré hasta que el curador haya visto a mi hija».
     
Entonces Tomás trató de despedir a la mujer, pero tampoco tuvo éxito. Ella le dijo a él: «Tengo fe de que vuestro Maestro puede echar a este demonio que atormenta a mi hija. Me he enterado de sus obras poderosas en Galilea, y creo en él. ¿Qué es lo que os ha pasado a vosotros, sus discípulos, que despedís a los que vienen en busca de la ayuda de vuestro Maestro?» Y cuando así ella habló, Tomás se retiró.
     
Vino luego Simón el Zelote para argüir con Norana. Dijo Simón: «Mujer, eres una gentil que habla griego. No es justo que esperes que el Maestro tome el pan reservado a los hijos de la casa favorita y se lo eche a los perros». Pero Norana no se ofendió por las palabras de Simón. Tan sólo replicó: «Sí, maestro, comprendo tus palabras. Yo no soy sino un perro a los ojos de los judíos, pero en cuanto a vuestro Maestro, soy un perro creyente. Estoy decidida a que él vea a mi hija porque estoy persuadida de que, si tan sólo la mira, la curará. Y aun tú, buen hombre, no te atreverías a quitarle a los perros el privilegio de comer las migajas de pan que suelen caer de la mesa de los niños».
     
Precisamente en ese momento, la niñita sufrió una violenta convulsión delante de todos ellos, y la madre gritó: «He aquí, bien podéis ver que mi niña está poseída por un mal espíritu. Si nuestra necesidad no os conmueve, sí conmoverá a vuestro Maestro, quien según me han dicho, ama a todos los hombres y aun se atreve a curar a los gentiles cuando estos creen. Vosotros no sois dignos de ser sus discípulos. No me iré hasta que mi hija no esté curada».
     
Jesús, que había escuchado toda esta conversación por una ventana abierta, salió pues con gran sorpresa de ellos y dijo: «Oh mujer, grande es tu fe, tan grande que no puedo negarte lo que tú deseas; vete en paz. Tu hija ya ha sido curada». Y la niñita estuvo bien desde ese momento. Cuando Norana y la niña se despidieron, Jesús les advirtió que a nadie relataran este suceso; y aunque sus asociados sí cumplieron con esta solicitud, la madre y la niña no cesaron de proclamar el hecho de la curación de la pequeña a lo largo y a lo ancho de la región y aun en Sidón, tanto que Jesús halló conveniente mudarse de residencia pocos días más tarde.
      
Al día siguiente, al enseñar Jesús a sus apóstoles, comentando sobre la curación de la hija de la mujer siria, dijo: «Así ha sido desde un principio; podéis ver vosotros mismos cómo los gentiles son capaces de alimentar una fe salvadora en las enseñanzas del evangelio del reino del cielo. De cierto, de cierto os digo que los gentiles van tomar posesión del reino del Padre si los hijos de Abraham no están dispuestos a mostrar la fe necesaria para entrar en él».

La estadía en Tiro y Sidón.

EL VIERNES 10 de junio por la tarde, Jesús y sus asociados llegaron a las cercanías de Sidón donde se detuvieron en la casa de una mujer pudiente que había sido paciente en el hospital de Betsaida en los tiempos en que Jesús estaba en la cumbre del favor popular. Los evangelistas y los apóstoles se alojaron con amigos de ella en el vecindario inmediato y descansaron el día del sábado en un ambiente sereno. Pasaron casi dos semanas y media en Sidón y en sus cercanías antes de prepararse para visitar las ciudades costeras del norte.
     
Este sábado de junio fue de gran tranquilidad. Los evangelistas y los apóstoles estaban completamente absortos en sus meditaciones sobre los discursos del Maestro acerca de la religión que habían escuchado camino a Sidón. Todos eran capaces de apreciar algo de lo que él les había dicho pero ninguno de ellos comprendía plenamente la importancia de su enseñanza.

domingo, 12 de mayo de 2013

El segundo discurso sobre la religión.

Así pues, mientras pausaban a la sombra de la colina, Jesús continuó enseñándoles sobre la religión del espíritu, diciendo en substancia:


Habéis salido de entre aquellos de vuestros semejantes que se quedan satisfechos con una religión de la mente, ansían la seguridad y prefieren el conformismo. Habéis elegido cambiar vuestros sentimientos de seguridad autoritaria por la seguridad del espíritu de fe progresiva y aventurosa. Habéis osado protestar contra la esclavitud abrumadora de la religión institucional y rechazar la autoridad de las tradiciones registradas que ahora se consideran la palabra de Dios. Nuestro Padre en efecto habló a través de Moisés, Elías, Isaías, Amós y Oseas. Pero no cesó de ministrar palabras de verdad al mundo cuando estos profetas de la antigua edad dejaron de pronunciarlas. Mi Padre no hace acepción de razas ni de generaciones, no vierte la palabra de la verdad sobre una era y se niega a concederla a otra. No cometáis la locura de llamar divino lo que es completamente humano, y no dejéis de discernir las palabras de la verdad que no vienen a través de los oráculos tradicionales de la supuesta inspiración.
     
Os he llamado para que renazcáis, para que nazcáis del espíritu. Os he llamado de las tinieblas de la autoridad y de la letargia de la tradición a la luz trascendental de la comprensión de la posibilidad de hacer por vosotros mismos el más grande descubrimiento posible para el alma humana —la excelsa experiencia de encontrar a Dios por vosotros mismos, en vosotros mismos y de vosotros mismos, y de hacer todo esto como un hecho de vuestra experiencia personal. Así pues podréis pasar desde la muerte a la vida, desde la autoridad de la tradición a la experiencia de conocer a Dios; así pasaréis de las tinieblas a la luz, de la fe racial heredada a una fe personal alcanzada por experiencia real; y así progresaréis de una teología de la mente traspasada por vuestros antepasados a una verdadera religión del espíritu que será construida en vuestras almas como dote eterna.
      
Vuestra religión cambiará de la mera creencia intelectual en la autoridad tradicional a la experiencia real de esa fe viviente que es capaz de alcanzar la realidad de Dios y todo lo que se relaciona con el espíritu divino del Padre. La religión de la mente os vincula sin esperanzas al pasado; la religión del espíritu consiste en la revelación progresiva y os llama constantemente a alcances más altos y santos en ideales espirituales y en realidades eternas.
      
Aunque la religión de autoridad pueda impartir un sentimiento inmediato de seguridad establecida, pagáis por esa satisfacción pasajera el precio de la pérdida de vuestra libertad espiritual y religiosa. Mi Padre no requiere de vosotros como precio para entrar al reino del cielo que os forcéis a suscribiros a una creencia en cosas que son espiritualmente repugnantes, profanas y falsas. No se os requiere que vuestro propio sentido de la misericordia, justicia y verdad sea ofendido por la sumisión a un sistema desgastado de formas y ceremonias religiosas. La religión del espíritu os deja por siempre libres para seguir la verdad, dondequiera os lleve la guía del espíritu. ¿Quién puede juzgar —tal vez este espíritu tenga algo que impartir a esta generación que otras generaciones se han negado a escuchar?
     
¡Vergüenza deberían tener esos falsos instructores religiosos que arrastran almas hambrientas de vuelta al oscuro y distante pasado y allí las dejan! Así pues estas desafortunadas personas están destinadas a asustarse de todo nuevo descubrimiento, y a desconcertarse ante toda nueva revelación de la verdad. El profeta que dijo: «Aquel cuyo pensamiento persevera en Dios será conservado en paz perfecta» no era un simple creyente intelectual en la teología autoritaria. Este ser humano conocedor de la verdad había descubierto a Dios; no estaba meramente hablando sobre Dios.
     
Os advierto que abandonéis la práctica de citar constantemente a los profetas del pasado y de alabar a los héroes de Israel; aspirad más bien a tornaros profetas vivientes del Altísimo y héroes espirituales del reino venidero. Honrar a los antiguos líderes conocedores de Dios indudablemente puede ser algo que vale la pena, pero ¿por qué, al hacerlo, debéis sacrificar la experiencia suprema de la existencia humana: encontrar a Dios por vosotros mismos y conocerle en vuestra propia alma?
      
Cada raza de la humanidad tiene su propio enfoque mental sobre la existencia humana; por consiguiente, la religión de la mente siempre debe ser fiel a estos varios puntos de vista raciales. Las religiones de autoridad no pueden jamás llegar a la unificación. La unidad humana y la hermandad de los mortales pueden ser alcanzadas tan sólo por la superdote de la religión del espíritu y a través de ésta. Las mentes raciales pueden diferir, pero la humanidad toda está habitada por el mismo espíritu divino y eterno. La esperanza de la hermandad humana tan sólo puede realizarse cuando y a medida que la ennoblecedora y unificante religión del espíritu —la religión de la experiencia personal espiritual— las impregne y las eclipse las religiones mentales de autoridad divergentes.
     
Las religiones de autoridad tan sólo pueden dividir a los hombres y ponerlos en orden de batalla consciente, los unos contra los otros; la religión del espíritu atraerá progresivamente a los hombres unos a los otros y hará que se tornen compasivamente comprensivos los unos de los otros. Las religiones de autoridad requieren de los hombres una uniformidad en la creencia, pero esto es imposible de lograr en el presente estado del mundo. La religión del espíritu requiere tan sólo unidad de experiencia —uniformidad de destino— permitiendo la plena diversidad de la creencia. La religión del espíritu requiere solamente uniformidad de discernimiento, no uniformidad de punto de vista ni de opinión. La religión del espíritu no exige uniformidad de puntos de vista intelectuales, tan sólo unidad de sentimientos espirituales. Las religiones de autoridad se cristalizan en credos sin vida; la religión del espíritu crece en el regocijo y libertad en aumento en las acciones ennoblecedoras de servicio amante y ministración misericordiosa.
      
Pero cuidaos de considerar con desdén a los hijos de Abraham, porque hayan caído en estos malos tiempos de esterilidad tradicional. Nuestros antepasados se dedicaron de lleno a la búsqueda persistente y apasionada de Dios, y lo encontraron como ninguna otra raza humana lo ha conocido desde los tiempos de Adán, quien mucho sabía de todo esto puesto que él mismo era Hijo de Dios. Mi Padre no ha dejado de apreciar la larga e incansable lucha de Israel por encontrar a Dios y conocer a Dios desde los días de Moisés. Durante largas generaciones, los judíos no han dejado de trabajar, sudar, luchar, penar y soportar los sufrimientos y experimentar las pesadumbres de un pueblo despreciado y mal comprendido, todo ello para acercarse un poco más al descubrimiento de la verdad sobre Dios. A pesar de todos los fracasos y errores de Israel, nuestros antepasados, desde Moisés hasta los tiempos de Amós y Oseas, revelaron cada vez más para todo el mundo una imagen cada vez más clara y más verdadera del Dios eterno. Así pues fue preparado el camino para la revelación aún más grande del Padre que vosotros habéis sido llamados a compartir.
     
No olvidéis jamás que hay tan sólo una aventura que es más satisfactoria y emocionante que el intento de descubrir la voluntad del Dios vivo, y ésa es la experiencia suprema de tratar honestamente de hacer la voluntad divina. No dejéis de recordar que la voluntad de Dios puede cumplirse en cualquier ocupación terrenal. No hay unas vocaciones que sean santas y otras que sean seculares. Todas las cosas son sagradas en la vida de los que son conducidos por el espíritu; o sea, subordinados a la verdad, ennoblecidos por el amor, dominados por la misericordia, y controlados por la ecuanimidad —la justicia. El espíritu que mi Padre y yo enviaremos al mundo es no solamente el Espíritu de la Verdad, sino también el espíritu de la belleza idealista.
      
Debéis dejar de buscar la palabra de Dios tan sólo en las páginas de los viejos libros de la autoridad teológica. Los que han nacido del espíritu de Dios de ahora en adelante discernirán la palabra de Dios sea donde fuere que ésta parezca originarse. La verdad divina no debe ser desechada porque el canal de su transmisión sea aparentemente humano. Muchos de vuestros hermanos aceptan la teoría de Dios con la mente pero espiritualmente no consiguen comprender la presencia de Dios. Ésta es justamente la razón por la cual tan a menudo os he enseñado que el reino del cielo puede ser comprendido mejor si se adquiere la actitud espiritual de un niño sincero. No es la inmadurez mental del niño la que os recomiendo, sino más bien la simpleza espiritual de un pequeño que cree con facilidad y confía plenamente. No es tan importante que conozcáis el hecho de Dios como que crezcáis cada vez más en la habilidad de sentir la presencia de Dios.
      
Cuando empecéis a encontrar a Dios en vuestra alma, pronto comenzaréis a descubrirlo en el alma de otros hombres y a su debido tiempo en todas las criaturas y creaciones de un poderoso universo. Pero ¿qué oportunidad tiene el Padre de aparecer como un Dios de lealtades supremas e ideales divinos en el alma de los hombres que dedican poco o ningún tiempo a la contemplación reflexiva de estas realidades eternas? Aunque la mente no es el asiento de la naturaleza espiritual, es por cierto la compuerta.
      
Pero no cometáis el error de tratar de probar a otros hombres que habéis encontrado a Dios; no podéis producir conscientemente tal prueba válida, aunque existen dos demostraciones positivas y poderosas del hecho de que conocéis a Dios. Éstas son:
      
1. Los frutos del espíritu de Dios que se muestran en vuestra vida rutinaria diaria.
      
2. El hecho de que todo el plan de vuestra vida ofrece una prueba positiva de que habéis arriesgado sin reserva todo lo que sois y tenéis, en la aventura de la supervivencia después de la muerte, en perseguir la esperanza de encontrar al Dios de la eternidad, cuya presencia habéis saboreado por anticipado en el tiempo.
     
Ahora bien, no os equivoquéis, mi Padre siempre responderá a la más débil llama de fe. Él presta atención a las emociones físicas y supersticiosas del hombre primitivo. Y con esas almas honestas pero temerosas, cuya fe es tan débil que no llega a ser mucho más que conformidad intelectual a una actitud pasiva de consentimiento a las religiones de autoridad, el Padre está siempre alerta para honrar y promover aun estos débiles intentos de llegar a él. Pero vosotros, que habéis sido llamados de las tinieblas a la luz, debéis creer con todo vuestro corazón; vuestra fe dominará las actitudes combinadas de cuerpo, mente y espíritu.
      
Sois mis apóstoles; y para vosotros la religión no se volverá un refugio teológico al que podáis huir cuando temáis enfrentaros con las duras realidades del progreso espiritual y de la aventura idealista; sino más bien, vuestra religión se tornará el hecho de la experiencia real que atestigua que Dios os ha encontrado, os ha idealizado, ennoblecido y espiritualizado, y que os habéis embarcado en la aventura eterna de encontrar a Dios, quien así os ha encontrado y os ha hecho sus hijos.
      
Y cuando Jesús terminó de hablar, llamó a Andrés con un gesto y, señalando hacia el oeste, hacia Fenicia, dijo: «Sigamos pues nuestro camino».

miércoles, 1 de mayo de 2013

El discurso sobre la verdadera religión.

Este memorable discurso sobre la religión, resumido y expresado en fraseología moderna, dio expresión a las siguientes verdades:   
    
Aunque las religiones del mundo tienen un doble origen —natural y revelatoria— en cualquier momento y en cualquier pueblo se encuentran tres formas distintas de devoción religiosa. Y estas tres manifestaciones del impulso religioso son:


    
1. La religión primitiva. El impulso seminatural e instintivo de temer las energías misteriosas y adorar las fuerzas superiores, principalmente una religión de la naturaleza física, la religión del miedo.
      
2. La religión de la civilización. Los conceptos y prácticas religiosos en avance de las razas en vías de civilización —la religión de la mente— la teología intelectual de la autoridad de una tradición religiosa establecida.
      
3. La verdadera religión — la religión de la revelación. La revelación de los valores supernaturales, una visión parcial de las realidades eternas, una diminuta visión de la bondad y belleza del carácter infinito del Padre en el cielo —la religión del espíritu tal como es demostrada en la experiencia humana. 

El Maestro se negó a menospreciar la religión de los sentidos físicos y los temores supersticiosos del hombre natural, aunque deploró el hecho de que tanto de esta forma primitiva de adoración hubiera de persistir en las formas religiosas de las razas más inteligentes de la humanidad. Jesús aclaró que la gran diferencia entre la religión de la mente y la religión del espíritu es que, mientras la primera es sostenida por la autoridad eclesiástica, la última está completamente basada en la experiencia humana.
      
Luego el Maestro, en su hora de enseñanza, aclaró así estas verdades:
      
Hasta que las razas se vuelvan altamente inteligentes y más plenamente civilizadas, persistirán muchas de esas ceremonias infantiles y supersticiosas que son tan características de las prácticas religiosas evolucionarias de los pueblos primitivos y atrasados. Hasta que la raza humana progrese al nivel de un reconocimiento más alto y más general de las realidades de la experiencia espiritual, gran número de hombres y mujeres continuarán mostrando una preferencia personal por esas religiones autoritarias que requieren tan sólo consentimiento intelectual, en contraste con la religión del espíritu, que presupone la participación activa de la mente y del alma en la aventura de fe de luchar cuerpo a cuerpo con las realidades rigurosas de la progresiva experiencia humana.
     
La aceptación de las religiones tradicionales autoritarias presenta el camino más fácil para el impulso humano de buscar la satisfacción de los deseos de su naturaleza espiritual. Las religiones establecidas, cristalizadas y monolíticas de autoridad permiten un refugio inmediato, al que puede acogerse el alma distraída y afligida del hombre, cuando la atormenta el miedo y la aflige la inseguridad. Tal religión requiere de sus devotos, como precio por sus satisfacciones y garantías, sólo un consentimiento pasivo y puramente intelectual.
      
Por mucho tiempo vivirán en la tierra esos individuos temerosos, miedosos y titubeantes que preferirán asegurarse de esta manera sus consuelos religiosos, aunque, al unirse a las religiones de autoridad, comprometan la soberanía de su personalidad, rebajen la dignidad del autorrespeto, y abandonen completamente el derecho a participar en la más conmovedora e inspiradora de todas las experiencias humanas posibles: la búsqueda personal de la verdad, la alegría de enfrentar los peligros del descubrimiento intelectual, la determinación de explorar las realidades de la experiencia religiosa personal, la satisfacción suprema de experimentar el triunfo personal de la comprensión real de la victoria de la fe espiritual sobre las dudas intelectuales, ganada honestamente en la suprema aventura de toda existencia humana —el hombre buscando a Dios, para sí y como tal, y encontrándolo.
     
La religión del espíritu significa esfuerzo, lucha, conflicto, fe, determinación, amor, lealtad, y progreso. La religión de la mente —la teología de la autoridad— requiere poco o nada de estos esfuerzos de sus creyentes formales. La tradición es un refugio seguro y un camino fácil para esas almas temerosas e indiferentes que instintivamente evitan las luchas espirituales y las incertidumbres mentales asociadas con esos viajes de osada aventura de la fe, a los altos mares de la verdad no explorada, en búsqueda de las orillas más lejanas de las realidades espirituales, como pueden ser descubiertas por la progresiva mente humana y experimentadas por el alma humana en evolución.
     
Jesús continuó diciendo: «En Jerusalén, los líderes religiosos han formulado las varias doctrinas, de sus instructores tradicionales y de profetas de otros tiempos, dentro de un sistema establecido de creencias intelectuales, la religión de autoridad. 

Estas religiones atraen principalmente a la mente. Ahora estamos a punto de entrar en un conflicto devastador con ese tipo de religión, puesto que pronto comenzaremos la audaz proclamación de una nueva religión —una religión que no es religión según el significado de hoy de esta palabra, una religión que apela principalmente al espíritu divino de mi Padre que reside en la mente del hombre; una religión que derivará su autoridad de los frutos de su aceptación, que tan certeramente aparecerán en la experiencia personal de todos los que real y verdaderamente se vuelvan creyentes de las verdades de esta comunión espiritual más elevada».
      
Señalando a cada uno de los veinticuatro y llamándolos por su nombre, Jesús dijo: «Ahora pues, ¿cuál de vosotros prefiere tomar el camino fácil de la conformidad a una religión establecida y fosilizada, tal como es defendida por los fariseos en Jerusalén, en vez de sufrir las dificultades y persecuciones que acompañarán la misión de proclamar un mejor camino de salvación para los hombres, mientras comprendéis la satisfacción de descubrir por vosotros mismos las bellezas de las realidades de una experiencia viviente y personal en las verdades eternas y grandezas supremas del reino del cielo? ¿Estáis temerosos, buscáis la comodidad, la facilidad? ¿Tenéis miedo de confiar vuestro futuro en las manos del Dios de la verdad, cuyos hijos sois vosotros? ¿Acaso no confiáis en el Padre, cuyos hijos sois vosotros? ¿Volveréis al fácil camino de la seguridad y de la quietud intelectual de la religión de autoridad tradicional, o bien os prepararéis para adelantaros conmigo en el incierto y atribulado futuro de proclamar las nuevas verdades de la religión del espíritu, el reino del cielo en el corazón de los hombres?»
     
Todos sus veinticuatro oyentes se pusieron de pie, para significar su respuesta unida y leal a éste, uno de los pocos llamados emocionales que Jesús jamás les hiciera, pero él levantó la mano y los detuvo, diciendo: «Apartaos ahora por vuestra cuenta, cada hombre a solas con el Padre, y encontrad allí la respuesta no emotiva a mi pregunta, y habiendo encontrado esa actitud verdadera y sincera del alma, enunciad esa respuesta, libre y audazmente, a mi Padre y vuestro Padre, cuya infinita vida de amor es el espíritu mismo de la religión que proclamamos».
      
Los evangelistas y apóstoles se apartaron por su cuenta durante un corto período. Su espíritu estaba elevado, su mente inspirada, y sus emociones, poderosamente sacudidas por las palabras de Jesús. Pero cuando Andrés los reunió, el Maestro tan sólo dijo: «Reanudemos pues nuestro viaje. Vamos a Fenicia para pasar una temporada, y todos vosotros debéis orar al Padre para que transforme vuestras emociones de mente y cuerpo en las más elevadas lealtades de mente y más satisfactorias experiencias del espíritu».
      
Al reanudar su viaje por el camino, los veinticuatro estaban callados, pero finalmente comenzaron a hablarse unos a los otros, y a las tres de esa tarde ya no podían seguir caminando; se detuvieron y Pedro, acercándose a Jesús, dijo: «Maestro, tú nos has hablado las palabras de la vida y de la verdad. Quisiéramos oír más; te imploramos que nos hables más sobre estos asuntos».

viernes, 19 de abril de 2013

En el camino a Fenicia.

El jueves 9 de junio por la mañana, después de recibir noticia sobre el progreso del reino, traída de Betsaida por los mensajeros de David, este grupo de veinticinco instructores de la verdad partió de Cesarea de Filipo para comenzar su viaje a la costa de Fenicia. Pasaron rodeando la región pantanosa, camino a Luz, hasta el punto de unión con el camino de Magdala al Monte Líbano, de allí al cruce con el camino que conducía a Sidón, llegando allí el viernes por la tarde.
      
Al pausar para almorzar bajo la sombra de unas rocas inclinadas, cerca de Luz, Jesús hizo uno de los más notables discursos que sus apóstoles le habían escuchado jamás a lo largo de todos sus años de asociación con él. Acababan de sentarse para romper pan cuando Simón Pedro le preguntó a Jesús: «Maestro, puesto que el Padre en el cielo lo sabe todo, y puesto que su espíritu es nuestro apoyo en el establecimiento del reino del cielo en la tierra, ¿por qué huimos de las amenazas de nuestros enemigos? ¿Por qué nos negamos a enfrentarnos con los enemigos de la verdad?» Pero antes de que Jesús hubiera comenzado a contestar la pregunta de Pedro, Tomás interrumpió diciendo: «Maestro, realmente quisiera saber qué hay de erróneo en la religión de nuestros enemigos en Jerusalén. ¿Cuál es la real diferencia entre su religión y la nuestra? ¿Por qué tenemos tantas creencias diversas si todos nosotros profesamos servir al mismo Dios?» Cuando Tomás hubo terminado, Jesús dijo: «Aunque no deseo ignorar la pregunta de Pedro, porque bien sé cuán fácil sería interpretar mal mis razones para evitar un encuentro abierto con los potentados de los judíos en este preciso momento, será más útil para todos vosotros que yo elija más bien responder a la pregunta de Tomás. Y eso es pues lo que haré cuando hayáis terminado vuestro almuerzo».

martes, 16 de abril de 2013

En Cesarea de Filipo.

Aunque Jesús no hizo ningún trabajo público durante estas dos semanas de estadía cerca de Cesarea de Filipo, los apóstoles celebraron numerosas reuniones vespertinas tranquilas en la ciudad, y muchos de los creyentes concurrieron al campamento para hablar con el Maestro. Muy pocos fueron agregados al grupo de creyentes como resultado de esta visita. Jesús habló con los apóstoles cada día, y discernieron más claramente que estaba empezando una nueva fase de la tarea de predicación del reino del cielo. Estaban comenzando a comprender que el «reino del cielo no es comida y bebida, sino la comprensión de la felicidad espiritual de la aceptación de la filiación divina».
     
 
La estadía en Cesarea de Filipo fue una verdadera prueba para los once apóstoles; fueron dos semanas difíciles para todos ellos. Estaban muy deprimidos, y extrañaban la estimulación periódica de la entusiasta personalidad de Pedro. En estos momentos, era realmente una gran aventura y una prueba creer en Jesús y seguirlo. Aunque lograron pocos conversos durante esas dos semanas, mucho aprendieron de las conferencias diarias con el Maestro, lo que les fue altamente beneficioso.
      
Los apóstoles aprendieron que los judíos estaban espiritualmente estancados y moribundos porque habían cristalizado la verdad en un credo; que cuando la verdad se formula como una línea divisoria de exclusividad farisaica y engreída, en lugar de servir como signo de guía y progreso espiritual, estas enseñanzas pierden su poder creador y dador de vida y, en último término, se tornan meramente preservativas y fosilizantes.
      
Cada vez más aprendieron de Jesús a considerar a las personalidades humanas en términos de sus posibilidades en el tiempo y en la eternidad. Aprendieron que muchas almas pueden ser conducidas mejor a amar al Dios invisible si se les enseña primero a amar a sus hermanos a quienes pueden ver. Y fue en relación con esto, en que se asignó un nuevo significado a la declaración del Maestro sobre el servicio desprendido a los semejantes: «Lo que hicisteis por uno de los más humildes de mis hermanos, lo hicisteis por mí.»
      
Una de las grandes lecciones de esta estadía en Cesarea tuvo que ver con el origen de las tradiciones religiosas, con el grave peligro de permitir que se les atribuya una importancia sagrada a objetos no sagrados, a ideas comunes o acontecimientos cotidianos. De una de las conferencias emergieron con la enseñanza de que la verdadera religión era la lealtad plena del hombre a sus convicciones más altas y más veraces.
      
Jesús advirtió a sus creyentes que, si sus deseos religiosos eran puramente materiales, un mayor conocimiento de la naturaleza los privaría en última instancia de su fe en Dios debido al desplazamiento progresivo del origen supuestamente supernatural de las cosas. Pero que, si su religión era espiritual, el progreso de la ciencia física no podría jamás alterar su fe en las realidades eternas y en los valores divinos.
      
Aprendieron que, cuando la religión es totalmente espiritual en su motivación, hace más valiosa la vida entera, llenándola de altos propósitos, dignificándola con valores transcendentales, inspirándola con motivos elevados, y consolando mientras tanto al alma humana con una sublime y alentadora esperanza. La verdadera religión tiene el propósito de disminuir el esfuerzo de la existencia; libera la fe y el valor para la vida diaria y el servicio desinteresado. La fe promueve la vitalidad espiritual y los frutos de la rectitud.
     
Jesús enseñó repetidamente a sus apóstoles que ninguna civilización puede sobrevivir por largo tiempo, la pérdida de lo mejor de su religión. No se cansó nunca de hacerles observar a los doce el gran peligro de aceptar símbolos y ceremonias religiosos en lugar de la experiencia religiosa. Su entera vida terrenal fue constantemente dedicada a la misión de derretir las formas congeladas de la religión en las libertades líquidas de la filiación esclarecida.

lunes, 15 de abril de 2013

Los evangelistas en Corazín.

El lunes 23 de mayo por la mañana Jesús ordenó a Pedro que fuera a Corazín con los doce evangelistas, mientras él, con los once, partía hacia Cesarea de Filipo por la vía del Jordán hasta la carretera de Damasco—Capernaum, de allí al noreste hasta la unión con la carretera a la ciudad de Cesarea de Filipo, en donde permanecieron y enseñaron por dos semanas. Llegaron por la tarde del martes 24 de mayo.
     
Pedro y los evangelistas permanecieron en Corazín durante dos semanas, predicando el evangelio del reino a un grupo pequeño, pero sincero, de creyentes. Pero no pudieron ganar muchos conversos nuevos. Ninguna ciudad de Galilea entregó al reino tan pocas almas como Corazín. De acuerdo con las instrucciones de Pedro, los doce evangelistas poco dijeron sobre curaciones —las cosas físicas— mientras predicaban y enseñaban con vigor aumentado, las verdades espirituales del reino celestial. Estas dos semanas en Corazín constituyeron un verdadero bautismo de adversidades para los doce evangelistas porque fue el período más difícil y menos productivo de su carrera hasta ese momento. Sintiéndose así privados de la satisfacción de ganar almas para el reino, cada uno de ellos evaluó más honesta y sinceramente su propia alma y su progreso en los caminos espirituales de la nueva vida.

     
Cuando fue aparente que no había más gente que deseara entrar al reino, el martes 7 de junio, Pedro reunió a sus asociados y partió para Cesarea de Filipo para reunirse con Jesús y los apóstoles. Llegaron alrededor del mediodía del miércoles y pasaron la entera tarde comentando sus experiencias que tuvieron con los no creyentes de Corazín. Durante las discusiones de esta tarde, Jesús hizo otra referencia a la parábola del sembrador y les enseñó mucho sobre el significado del aparente fracaso de las empresas de la vida.

¿Por qué se amotinan los paganos?

Dijo Jesús: «Todos vosotros deberíais recordar cómo habló el salmista sobre estos tiempos, diciendo: `¿Por qué se amotinan los paganos, y los pueblos conspiran en vano? Se levantarán los reyes de la tierra, y los príncipes de los pueblos consultarán unidos contra el Señor y contra su ungido, diciendo: rompamos las cadenas de la misericordia y echemos de nosotros las cuerdas del amor'.
 
      
«Hoy veis cumplirse todo esto ante vuestros ojos. Pero no veréis cumplido el resto de la profecía del salmista, porque él tenía ideas erróneas sobre el Hijo del Hombre y su misión en la tierra. Mi reino está fundado en el amor, proclamado en la misericordia y establecido mediante el servicio generoso. Mi Padre no está sentado en el cielo riéndose y burlándose de los paganos. No está lleno de furor en su gran desagrado. Es verdad la promesa de que el Hijo heredará a los así llamados paganos (en realidad, sus hermanos ignorantes y que no han recibido enseñanza). Yo recibiré a estos gentiles con los brazos abiertos con misericordia y afecto. Toda esta amante misericordia será mostrada a los así llamados paganos, a pesar de la desafortunada declaración en las escrituras que anuncia que el Hijo triunfante `los quebrantará con vara de hierro, y como vasijas de alfarero los desmenuzará'. El salmista os exhortó: `servid al Señor con temor'; yo os pido que ingreséis a los exaltados privilegios de filiación divina por la fe; él os ordena que os alegréis con temblor. Yo os pido que os regocijéis con seguridad. Él dice: `Besad al Hijo, para que se no enoje, y perezcáis al inflamarse su furor'. Pero vosotros habéis vivido conmigo y bien sabéis que el enfado y la ira no forman parte del establecimiento del reino del cielo en el corazón de los hombres. Sin embargo, el salmista vislumbró la verdadera luz cuando, al cerrar esta exhortación, dijo: `Benditos sean los que en este Hijo confían'».
      
Jesús continuó enseñando a los veinticuatro, diciendo: «Los paganos tienen cierta razón al rabiar contra nosotros. Debido a que su enfoque es limitado y estrecho, pueden concentrar sus energías con entusiasmo. Su objetivo es cercano y más o menos visible; por eso luchan con valentía y eficacia para que se lo logren. Vosotros que habéis profesado entrar al reino del cielo, sois demasiado vacilantes e imprecisos en vuestra conducta de la enseñanza. Los paganos atacan directamente por sus objetivos; vosotros sois culpables de añoranza excesiva y crónica. Si deseáis entrar al reino, ¿por qué no lo tomáis con un asalto espiritual así como los paganos toman una ciudad sitiada? Casi no sois merecedores del reino si vuestro servicio consiste en tan gran parte en una actitud de deplorar del pasado, lamento por el presente, y vana esperanza por el futuro. ¿Por qué rabian los paganos? Porque no conocen la verdad. ¿Por qué vosotros languidecéis en fútiles añoranzas? Porque no obedecéis la verdad. Dejad vuestras añoranzas inútiles y adelantaos valientemente haciendo lo que corresponde al establecimiento del reino.
     
«En todo lo que hacéis, no os volváis dogmáticos y superespecializados. Los fariseos que buscan nuestra destrucción, de cierto piensan que están sirviendo a Dios. Tanto los ha limitado la tradición, que están enceguecidos por el prejuicio y endurecidos por el terror. Considerad a los griegos, que tienen una ciencia sin religión, mientras que los judíos, tienen una religión sin ciencia. Y cuando los hombres se desorientan de esta manera, aceptando una desintegración estrecha y confusa de la verdad, su única esperanza de salvación es coordinarse en la verdad —convertirse.
      
«Dejadme declarar enfáticamente esta verdad eterna: si vosotros, mediante la coordinación en la verdad, aprendéis a ejemplificar en vuestras vidas esta hermosa totalidad de rectitud, vuestros semejantes os seguirán entonces para ganar lo que habéis así adquirido. La medida en que atraéis a los buscadores de la verdad representa la medida de vuestra dotación de la verdad, vuestra rectitud. El esfuerzo que tengáis que hacer para llegar al pueblo con vuestro mensaje es, en cierto modo, la medida de vuestra deficiencia para vivir una vida plena o recta, la vida coordinada en la verdad».
     
Muchas otras cosas el Maestro enseñó a sus apóstoles y los evangelistas antes de que ellos le desearan las buenas noches y apoyaran la cabeza sobre la almohada.

domingo, 14 de abril de 2013

La huída por la Galilea del Norte.

POCO después de echar ancla cerca de Queresa en este memorable domingo, Jesús y los veinticuatro anduvieron un tramo hacia el norte, donde pasaron la noche en un hermoso parque al sur de Betsaida-Julias. Conocían este sitio para acampar, habiéndose detenido allí en el pasado. Antes de retirarse por la noche, el Maestro convocó a su alrededor a sus seguidores y habló con ellos de los planes para la gira proyectada a través de Batanea y Galilea del norte, hasta la costa fenicia.

lunes, 8 de abril de 2013

La apresurada huída.

Así pues la mañana de este domingo 22 de mayo del año 29 d. de J.C., Jesús se embarcó con sus doce apóstoles y los doce evangelistas, huyendo apresuradamente de los oficiales del sanedrín que se dirigían a Betsaida con el permiso de Herodes Antipas para arrestarlo y llevarlo a Jerusalén, donde lo juzgarían porque había sido acusado de blasfemia y de otras contravenciones a las leyes sagradas de los judíos. Eran casi las ocho y media de esta hermosa mañana cuando estos veinte y cinco se sentaron en la barca y remaron hacia la costa oriental del Mar de Galilea.
      
Seguía a la barca del Maestro una embarcación más pequeña, que contenía a seis de los mensajeros de David, quienes tenían instrucciones de mantenerse en contacto con Jesús y sus asociados y asegurarse de que la información de sus andanzas y de su seguridad se transmitiera regularmente a la casa de Zebedeo en Betsaida, que había servido como cuartel general de la obra del reino durante cierto tiempo. Pero Jesús no se albergaría nunca más en la casa de Zebedeo. De aquí en adelante, por el resto de su vida en la tierra, el Maestro verdaderamente «no tendría dónde recostar su cabeza». Ya no tenía ni siquiera la semejanza de una morada establecida.
      
Remaron hasta cerca de la aldea de Queresa, confiaron la barca a los cuidados de amigos, y comenzaron las peregrinaciones de este último año memorable en la vida del Maestro en la tierra. Permanecieron cierto tiempo en los dominios de Felipe, yendo de Queresa a Cesarea de Filipo, y de ahí camino hacia la costa de Fenicia.
     
La multitud permaneció alrededor de la casa de Zebedeo observando estas dos embarcaciones que navegaban por el lago hacia la orilla oriental. Ya estaban bien alejados cuando llegaron los oficiales de Jerusalén buscando a Jesús. Se negaban a creer que se les había escapado, y mientras Jesús y sus asociados estaban viajando hacia el norte por Batanea, los fariseos y sus asistentes pasaron casi una semana entera buscándole en vano en las cercanías de Capernaum.
     
La familia de Jesús volvió a su casa en Capernaum, y allí pasaron casi una semana hablando, discutiendo y orando. Estaban llenos de confusión y consternación. No pudieron tranquilizarse hasta el jueves por la tarde, cuando volvió Ruth de visitar la casa de Zebedeo, y les dijo que había oído de David que su padre-hermano estaba a salvo y en buena salud, abriéndose camino hacia la costa de Fenicia.

jueves, 4 de abril de 2013

Llega la familia de Jesús.

Eran aproximadamente las ocho de la mañana de este domingo cuando cinco miembros de la familia terrenal de Jesús llegaron al lugar en respuesta al llamado urgente de la cuñada de Judá. De todos sus parientes en la carne, sólo Ruth creía constantemente y de todo corazón en la divinidad de su misión en la tierra. Judá, Santiago, y aun José, todavía mantenían mucha de la fe en Jesús, pero habían permitido que el orgullo interfiriera con su mejor criterio y sus verdaderas inclinaciones espirituales. María estaba igualmente dividida entre el amor y el temor, entre el amor materno y el orgullo familiar. Aunque las dudas le atormentaban, no podía olvidar del todo la visita de Gabriel antes del nacimiento de Jesús. Los fariseos habían intentado persuadir a María de que Jesús estaba fuera de sí, demente. La urgían a que fuera a verlo con sus hijos, a que tratara de disuadirlo de sus esfuerzos de enseñanza pública. Aseguraban a María de que la salud de Jesús estaba a punto de quebrantarse, y que si se le permitía seguir por ese camino, el deshonor y la ignominia terminarían por caer sobre la familia entera. Así pues, cuando la cuñada de Judá trajo la noticia, los cinco partieron inmediatamente a la casa de Zebedeo, pues se encontraban todos juntos en casa de María, donde se habían reunido con los fariseos la noche anterior. Habían conversado con los líderes de Jerusalén hasta muy entrada la noche, y todos ellos estaban más o menos convencidos de que Jesús, desde hacía un tiempo, actuaba en forma extraña. Aunque Ruth no encontraba explicaciones para todos sus actos, insistió que Jesús había sido siempre recto para con su familia, y se negó a participar en el plan de disuadirlo a continuar con su obra.
     

Camino a la casa de Zebedeo, hablaron de estas cosas y decidieron tratar de persuadir a Jesús que se volviera con ellos, porque, según dijo María: «Sé que puedo influenciar a mi hijo si él regresa a casa y me escucha». Santiago y Judá habían oído rumores sobre el plan de arrestar a Jesús y llevarlo a Jerusalén para juzgarlo. También temían por su propia seguridad. No se habían preocupado gran cosa mientras Jesús gozó de popularidad, pero al volverse el pueblo de Capernaum y los líderes de Jerusalén repentinamente contra él, empezaron a sentir agudamente la presión de la supuesta ignominia de su posición comprometida.
      
Pensaban pues encontrarse con Jesús, apartarse con él, e instarlo a que regresara con ellos a la casa. Tenían decidido asegurarle que olvidarían su abandono — que olvidarían y le perdonarían todo— siempre y cuando él desistiera de la tontería de predicar una nueva religión que tan sólo le ocasionaría problemas y desencadenaría el oprobio sobre su familia. A todo esto Ruth sólo decía: «Le diré a mi hermano que pienso que es un hombre de Dios, y que espero que esté dispuesto a morir antes de permitir que estos malvados fariseos pongan fin a su predicación». José prometió que vigilaría a Ruth mientras los demás argumentaban con Jesús.
     
Cuando llegaron a la casa de Zebedeo, Jesús estaba en medio de su discurso de despedida a los discípulos. Trataron de entrar, pero la gente estaba tan apiñada que fue imposible. Terminaron por instalarse en la terraza de atrás y pasar la voz de persona a persona, hasta que finalmente Simón Pedro le susurró la nueva a Jesús, interrumpiendo su discurso para este fin, y diciéndole: «He aquí que tu madre y tus hermanos están fuera, y ansían hablar contigo.» No se le había ocurrido a su madre cuán importante era este mensaje de despedida a sus seguidores, tampoco sabía ella que dicho discurso podía ser interrumpido en cualquier momento por la llegada de sus aprehensores. Ella realmente pensó que, después de tan prolongada aparente desavenencia, habiendo ella y sus hermanos tenido la benevolencia de acudir adonde él, Jesús interrumpiría inmediatamente su discurso para reunirse con ellos en cuanto se enterara de que lo estaban esperando.
     
Fue éste otro de esos casos en los que su familia terrestre no podía comprender que él debía ocuparse de los asuntos de su Padre. Así pues María y sus hermanos se sintieron profundamente heridos cuando, a pesar de que interrumpió su discurso para recibir el mensaje, en vez de salir corriendo a su encuentro, levantó su voz melodiosa para decir: «Decid a mi madre y a mis hermanos que no teman por mí. El Padre que me envió a este mundo no me abandonará; tampoco sufrirá mi familia daño alguno. Decidles que tengan coraje y que confíen en el Padre del reino. Pero, después de todo, ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y abriendo los brazos a todos sus discípulos reunidos en la sala, dijo: «Yo no tengo madre; yo no tengo hermanos. ¡Contemplad a mi madre y a mis hermanos! Puesto que el que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi madre, mi hermano y mi hermana.»
     
Al oír estas palabras, María cayó desmayada en los brazos de Judá. La llevaron al jardín para reanimarla mientras Jesús articulaba las palabras finales de su mensaje de despedida. Quiso ir entonces a conferenciar con su madre y sus hermanos, pero llegó un mensajero urgente de Tiberias trayendo la noticia de que ya venían los oficiales del sanedrín con permiso para arrestar a Jesús y llevarlo a Jerusalén. Andrés recibió este mensaje e interrumpiendo a Jesús, se lo transmitió.

Andrés no recordaba que David había apostado unos veinte y cinco centinelas alrededor de la casa de Zebedeo, para que nadie pudiera sorprenderlos; por eso preguntó a Jesús qué debían hacer. El Maestro permaneció de pie, callado, mientras su madre, habiendo oído las palabras, «yo no tengo madre», se estaba recuperando del golpe en el jardín. En ese preciso instante, una mujer en la sala se puso de pie y exclamó: «Bendito sea el vientre que te dio a luz y benditos sean los pechos que te amamantaron». Jesús se volvió por un momento de su conversación con Andrés para responder a esta mujer diciendo: «No, más bien bendito es aquel que escucha la palabra de Dios y se atreve a obedecerla.»

   
María y los hermanos de Jesús pensaban que Jesús no los comprendía, que había perdido el interés en ellos, sin darse cuenta que eran ellos los que no comprendían a Jesús. Jesús comprendía plenamente cuán difícil era para los hombres romper con su pasado. Sabía cómo gana el predicador a los seres humanos con su elocuencia, cómo responde la conciencia al llamado emocional así como la mente responde a la lógica y a la razón, pero también sabía cuánto más difícil es persuadir a los hombres a que deshereden el pasado.
     
Es por siempre verdad que todos los que piensan que son mal comprendidos o que no son apreciados tienen en Jesús un amigo comprensivo y un consejero compasivo. El había advertido a sus apóstoles que los enemigos de un hombre pueden estar en su propia casa, pero apenas si se había percatado cuán cerca estaba esta predicción de su propia experiencia. Jesús no abandonó a su familia terrenal para hacer el trabajo de su Padre —ellos lo abandonaron a él. Más tarde, después de la muerte y resurrección del Maestro, cuando Santiago se relacionó con el primitivo movimiento cristiano, sufrió inconmensurablemente por no haber sabido disfrutar esta asociación anterior con Jesús y sus discípulos.
      
Al pasar por estos acontecimientos, Jesús eligió ser guiado por el conocimiento limitado de su mente humana. Deseó pasar la experiencia con sus asociados como un ser humano y nada más. En la mente humana de Jesús estaba su intención de ver a su familia antes de irse. No quiso interrumpir su discurso, porque no deseaba transformar este primer encuentro después de tan larga separación en un espectáculo público. Tenía la intención de terminar su discurso y luego reunirse con ellos antes de partir, pero este plan fue frustrado por la conspiración de los acontecimientos que siguieron inmediatamente.
      
La urgencia de su huida se acrecentó por la llegada a la puerta de atrás de la casa de Zebedeo de un grupo de mensajeros de David. La conmoción producida por estos hombres asustó a los apóstoles que pensaron que ya llegaban los aprehensores, y temiendo un arresto inmediato, salieron de prisa por la puerta de adelante, hacia la barca que estaba esperando. Y todo esto explica por qué Jesús no vio a su familia que estaba esperando en la terraza de atrás.
      
Pero sí dijo a David Zebedeo al subir a la barca en rápida huida: «Diles a mi madre y a mis hermanos que agradezco su venida, y que tenía la intención de verlos. Adviérteles que no se ofendan, sino más bien que traten de buscar el conocimiento de la voluntad de Dios y de obtener la gracia y el coraje para hacer esa voluntad.»

El memorable domingo por la mañana.

El 22 de mayo fue un día memorable en la vida de Jesús. Este domingo por la mañana, antes del amanecer, uno de los mensajeros de David llegó de gran prisa de Tiberias, trayendo la noticia de que Herodes había autorizado, o estaba a punto de autorizar, el arresto de Jesús por parte de los oficiales del sanedrín. Al recibir la noticia de este peligro inminente, David Zebedeo despertó a sus mensajeros y los envió a todos los grupos locales de discípulos, llamándolos para un concilio de emergencia a las siete de esa misma mañana. Cuando la cuñada de Judá (hermano de Jesús) escuchó este informe alarmante, rápidamente pasó la noticia a todos los de la familia de Jesús que vivían cerca, convocándolos a la casa de Zebedeo. En respuesta a este llamado de urgencia, pronto se congregaron María, Santiago, José, Judá y Ruth.
     
En esta reunión temprano por la mañana, Jesús impartió sus instrucciones de despedida a los discípulos reunidos; o sea, que se despidió de ellos por el momento, porque bien sabía que pronto serían dispersados de Capernaum. Les instó a que buscaran a Dios para que los guiara, y que llevaran a cabo la obra del reino sin temer las consecuencias. Los evangelistas debían laborar como mejor les pareciera hasta el momento en que se los llamara. Seleccionó a doce entre los evangelistas para que lo acompañaran; ordenó a los doce apóstoles que permanecieran con él pasara lo que pasara. Instruyó a las doce mujeres que permanecieran en la casa de Zebedeo y en la casa de Pedro hasta que él enviara por ellas.
     
Jesús aprobó que David Zebedeo continuara con el servicio de mensajeros por todo el país, y David, al despedirse del Maestro, dijo: «Maestro, sal y haz tu obra. No te dejes atrapar por los fanáticos, y no dudes que los mensajeros estarán siempre a tu alcance. Mis hombres no te perderán nunca de vista, y por su intermedio estarás informado sobre el progreso del reino en otras regiones, y por ellos sabremos nosotros de ti. Nada puede ocurrirme que interfiera con este servicio, porque he nombrado líderes sustitutos en primero, segundo y aun tercer término. No soy instructor ni predicador, pero mi corazón me exige que haga esto, y nadie podrá disuadirme».
      
A eso de las 7:30 de esta mañana dio comienzo Jesús a su discurso de despedida a casi cien creyentes que se apiñaban en el interior de la casa para escucharlo. Era ésta una ocasión solemne para todos los presentes, pero Jesús parecía estar especialmente alegre; había vuelto a ser él mismo. La seriedad de las últimas semanas había desaparecido y los inspiró con palabras de fe, esperanza y valor.

lunes, 1 de abril de 2013

El sábado por la noche en Capernaum.

Este mismo sábado por la noche, se reunió en la sinagoga de Capernaum un grupo de cincuenta ciudadanos sobresalientes para discutir la cuestión candente del momento: «¿Qué hemos de hacer con Jesús?» Hablaron y discutieron hasta después de la medianoche, pero no pudieron encontrar un terreno común para el acuerdo. Aparte de unas pocas personas que se inclinaban a creer que Jesús tal vez fuera el Mesías, al menos un santo varón, o tal vez un profeta, la asamblea estaba dividida en cuatro grupos casi iguales que sostenían, respectivamente, los siguientes puntos de vista sobre Jesús:

      
1. Que era un fanático religioso iluso e inocuo.
     
2. Que era un agitador peligroso y alevoso, capaz de incitar a la rebelión.
      
3. Que estaba aliado con los diablos, que podía aun ser un príncipe de los diablos.
     
4. Que estaba fuera de sí, que estaba loco, mentalmente desequilibrado.
     
Mucho se habló sobre el que Jesús predicaba doctrinas con efecto perturbador sobre la gente común; sus enemigos sostenían que sus enseñanzas no eran prácticas, que se correría el peligro de una desintegración total si todo el mundo decidiera esforzarse honestamente por vivir de acuerdo con sus ideas. Y los hombres de muchas generaciones subsiguientes han dicho las mismas cosas. Muchos hombres inteligentes y con buenas intenciones, aun en las edades más esclarecidas de estas revelaciones, sostienen que no se podría haber construido la civilización moderna sobre las enseñanzas de Jesús; y en parte tienen razón. Pero todos estos descreídos olvidan que se podría haber construido una civilización mucho mejor sobre sus enseñanzas, y que alguna vez así se hará. Este mundo no ha intentado nunca llevar a cabo seriamente y en gran escala las enseñanzas de Jesús, a pesar de los muchos intentos semientusiastas por seguir las doctrinas del así llamado cristianismo.

La segunda reunión en Tiberias.

El 16 de mayo se convocó la segunda reunión de las autoridades de Jerusalén con Herodes Antipas en Tiberias. Estaban presentes los líderes religiosos y políticos de Jerusalén. Los líderes judíos pudieron informar a Herodes que prácticamente todas las sinagogas de Galilea y de Judea ya habían cerrado sus puertas a las enseñanzas de Jesús. Nuevamente intentaron convencer a Herodes que mandara arrestar a Jesús, pero él nuevamente se negó a hacerlo. Sin embargo, el 18 de mayo, Herodes aprobó un plan que permitía que las autoridades del sanedrín arrestaran a Jesús y lo llevaran a juicio en Jerusalén acusado de infracciones religiosas, siempre y cuando el gobernador romano de Judea estuviera de acuerdo. Mientras tanto, los enemigos de Jesús se dedicaron activamente a correr el rumor por toda Galilea de que Herodes se había vuelto hostil a Jesús, y que tenía la intención de exterminar a todos los que creyeran en sus enseñanzas.
     
La noche del sábado 21 de mayo, llegó a Tiberias la noticia de que las autoridades civiles de Jerusalén no objetaban el acuerdo entre Herodes y los fariseos en el sentido de que se arrestara a Jesús y se lo llevara a Jerusalén para juzgarlo ante el sanedrín, acusado de burlarse de las leyes sagradas de la nación judía. Por consiguiente, justo antes de la media noche de este día, Herodes firmó el decreto que autorizaba a los oficiales del sanedrín a arrestar a Jesús dentro de los dominios de Herodes y a llevarlo por la fuerza a Jerusalén para someterlo a juicio. Gran presión de muchos lados fue ejercida sobre Herodes antes de que éste consintiera en otorgar este permiso, y él bien sabía que Jesús no podía esperar un juicio imparcial ante sus encarnizados enemigos de Jerusalén.