«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

viernes, 15 de noviembre de 2013

La actitud de los apóstoles.

Este domingo por la tarde al volver a Betania, Jesús caminaba a la cabeza de los apóstoles. No se habló una sola palabra hasta que se separaron al llegar a la casa de Simón. Nunca hubo doce seres humanos que experimentaran emociones tan diversas e inexplicables como las que surgían ahora en la mente y en el alma de estos embajadores del reino. Estos robustos galileos estaban confusos y desconcertados; no sabían qué esperar del futuro; estaban demasiado asombrados para alimentar temores. Nada sabían de los planes del Maestro para el día siguiente, y no hicieron ninguna pregunta. Fueron a su alojamiento, aunque poco durmieron, excepto los gemelos. Pero no hicieron una vigilia armada de Jesús en la casa de Simón.
     
Andrés estaba totalmente confundido, atormentado. El fue el único apóstol que no se dedicó a evaluar seriamente la explosión popular de aclamación. Estaba demasiado preocupado con sus responsabilidades como jefe del cuerpo apostólico como para pensar seriamente en el sentido o el significado de los entusiastas hosannas de la multitud. Andrés se ocupó en cambio de vigilar a algunos de sus asociados, que temía sucumbieran a sus emociones durante la conmoción, especialmente Pedro, Santiago, Juan y Simón el Zelote. A lo largo de este día y de los que siguieron inmediatamente, Andrés se vio atormentado por serias dudas, pero nunca expresó ninguno de estos sentimientos a sus asociados apostólicos. Le preocupaba la actitud de algunos de los doce que sabía que se habían armado de espada; pero no sabía que su propio hermano, Pedro, también llevaba un arma. Así pues, la procesión a Jerusalén causó en Andrés una impresión comparativamente superficial; estaba demasiado metido en las responsabilidades de su posición para ser afectado de otra manera.
     
Simón Pedro estuvo al principio casi afuera de sí mismo por el entusiasmo de esta manifestación popular; pero al tiempo de su regreso a Betania esa noche, ya se había calmado bastante. Pedro simplemente no alcanzaba a percatarse de qué lo era que el Maestro intentaba. Estaba terriblemente desilusionado de que Jesús no hubiese aprovechado esta oleada de favor popular haciendo algún tipo de declaración. Pedro no podía entender por qué Jesús no habló a las multitudes cuando llegaron al templo, ni tampoco permitió que hablara uno de los apóstoles. Pedro era un gran predicador, y le desagradaba ver que se desperdiciara un público tan grande, receptivo y entusiasta. Le hubiera gustado tanto predicar el evangelio del reino a ese gentío allí en el templo; pero el Maestro les había advertido específicamente que no debían enseñar ni predicar en Jerusalén durante esta semana de Pascua. La reacción después de esta procesión espectacular a la ciudad fue desastrosa para Simón Pedro; cuando llegó la noche, estaba meditabundo y entrañablemente triste.
     
Para Santiago Zebedeo, este domingo fue un día de perplejidad y de confusión profunda; no conseguía captar la esencia de lo que estaba ocurriendo; no podía comprender el propósito del Maestro al permitir esta aclamación entusiasta y luego negarse a decir una palabra a la gente cuando llegaron al templo. A medida que la procesión bajaba por el Oliveto hacia Jerusalén, más particularmente cuando se encontraron con los miles de peregrinos que habían salido al encuentro del Maestro, Santiago estaba cruelmente dividido por sus emociones contradictorias de entusiasmo y gratificación ante ese espectáculo, acompañadas por un profundo sentimiento de temor por lo que podría ocurrir cuando llegaran al templo. Se deprimió luego y lo sobrecogió la desilusión cuando Jesús desmontó del asno y anduvo caminando tranquilamente por los patios del templo. Santiago no podía entender la razón por la cual estaban desperdiciando una oportunidad tan magnífica para proclamar el reino. Por la noche, su mente estaba dominada por una incertidumbre desconcertante y terrible.
     
Juan Zebedeo estuvo cerca de comprender el por qué Jesús había hecho esto; por lo menos captó en parte el significado espiritual de esta así llamada entrada triunfal a Jerusalén. A medida que la multitud proseguía hacia el templo, y que Juan contemplaba a su Maestro sentado sobre el asnillo, recordó haber oído cierta vez a Jesús citar el pasaje de la Escritura, las palabras de Zacarías, que describían la llegada del Mesías a Jerusalén como hombre de paz, cabalgando en un asno. A medida que Juan reflexionaba sobre esta Escritura, comenzó a comprender el significado simbólico de esta procesión de la tarde de domingo. Por lo menos, captó lo suficiente del significado de esta Escritura para que le permitiera disfrutar en cierto modo del episodio y para evitar deprimirse excesivamente por la conclusión aparentemente sin propósito de la procesión triunfal. Juan tenía un tipo de mente que tendía naturalmente a pensar y sentir en símbolos.
     
Felipe estaba completamente desconcertado por lo repentino de la manifestación y su espontaneidad. Mientras descendían del Oliveto, no pudo ordenar sus pensamientos lo suficiente como para determinar el significado de esta demostración. En cierto modo, disfrutó de este acontecimiento porque su Maestro estaba siendo honrado. Para cuando llegaron al templo, estaba perturbado por el pensamiento de que Jesús tal vez le pidiera que se ocupara de alimentar a la multitud, de modo que la conducta de Jesús al darle la espalda a la multitud, que tan duramente desilusionó a la mayoría de los apóstoles, fue un gran alivio para Felipe. Las multitudes habían constituido a veces una dura prueba para el mayordomo de los doce. Después de experimentar alivio por estos temores personales relativos a las necesidades materiales de las multitudes, Felipe se unió a Pedro en expresar su desilusión por no haberse hecho nada por enseñar a las multitudes. Esa noche Felipe se puso a reflexionar sobre estas experiencias y estuvo tentado a dudar de toda la idea del reino; se preguntaba honestamente qué significaban todas estas cosas, pero no le expresó sus dudas a nadie; amaba demasiado a Jesús. Tenía una gran fe personal en el Maestro.
      
Natanael, además de apreciar los aspectos simbólicos y proféticos, fue el que más acercó a comprender la razón del Maestro por reclutar el apoyo popular de los peregrinos pascuales. Se dio cuenta, antes de que llegaran al templo, que si no hubiera Jesús entrado a Jerusalén en forma tan espectacular habría sido arrestado por los oficiales del sanedrín y arrojado en una celda en cuanto diera los primeros pasos dentro de la ciudad. Por lo tanto no estuvo sorprendido en lo más mínimo cuando el Maestro, después de impresionar así a los líderes judíos para que no lo arrestaran inmediatamente, no hizo uso alguno de las multitudes aclamantes una vez que llegaron dentro de los muros de la ciudad. Comprendiendo la verdadera razón de esta manera de entrada del Maestro a la ciudad, Natanael naturalmente siguió con más donaire y estuvo menos perturbado y desilusionado por la conducta subsiguiente de Jesús que los otros apóstoles. Natanael tenía gran confianza en la habilidad de Jesús para comprender a los hombres, así como también en su sagacidad y agudeza al manejar situaciones difíciles.
     
Mateo al principio estuvo confundido por esta manifestación espectacular. No captaba el significado de lo que veían sus ojos, hasta que también recordó la Escritura de Zacarías donde el profeta aludía al regocijo de Jerusalén porque llegó su rey trayendo salvación y cabalgando un pollino de jumento. A medida que la procesión se iba acercando a la ciudad y luego en dirección al templo, Mateo entró en éxtasis; estaba seguro de que ocurriría algo extraordinario cuando el Maestro llegara al templo, a la cabeza de esta multitud vociferante. Cuando uno de los fariseos se mofó de Jesús diciendo: «¿Mirad, mirad todos, ved quién es el que aqui viene: el rey de los judíos cabalgando en un asno!» Mateo tuvo que hacer un gran esfuerzo para no atacarlo físicamente. Ninguno de los doce estuvo más deprimido que él en el camino de vuelta a Betania esa noche. Después de Simón Pedro y Simón el Zelote, él sufrió la tensión nerviosa más profunda y estuvo en un estado de cansancio extremo esa noche. Pero por la mañana, Mateo estaba mucho más animado; después de todo, era un buen perdedor.
     
Tomás era el hombre más confundido y pasmado de los doce. La mayor parte del tiempo simplemente siguió, contemplando el espectáculo y preguntándose honestamente cuál sería el motivo del Maestro al participar en una demostración tan peculiar. En las profundidades de su corazón consideraba la manifestación entera un tanto infantil, si no directamente tonta. No había visto nunca que Jesús hiciera una cosa semejante y no podía explicarse esta extraña conducta este domingo por la tarde. Cuando llegaron al templo, Tomás había deducido que el propósito de esta demostración popular era asustar al sanedrín para que no se atreviesen a arrestar inmediatamente al Maestro. Camino de vuelta a Betania, Tomás pensó mucho, pero nada dijo. Para la hora de ir a dormir, la sagacidad del Maestro al preparar esta entrada tumultuosa a Jerusalén había empezado a tener cierto encanto humorístico, y él se alegró reaccionando de esta manera.
     
Este domingo comenzó como un gran día para Simón el Zelote. Vio visiones de cosas extraordinarias en Jerusalén para los próximos días, y en eso tenía razón, pero Simón soñaba el establecimiento de un nuevo gobierno nacional de los judíos, con Jesús sentado en el trono de David. Simón veía a los nacionalistas volcarse a la acción en cuanto se anunciara el reino, y se veía a sí mismo en el mando supremo de las fuerzas militares que se reunirían en el nuevo reino. Durante el descenso del Oliveto aun llegó a imaginarse que el sanedrín y todos sus simpatizantes estarían muertos antes de la puesta del sol ese día. Realmente creía que iba a ocurrir algo extraordinario. Era él el varón más ruidoso de toda la multitud. Para las cinco de esa tarde, era un apóstol silenciosísimo, taciturno y desilusionado. No se recobró nunca enteramente de la depresión que lo dominó como resultado de las impresiones de este día; por lo menos, no hasta mucho después de la resurrección de su Maestro.
     
Para los gemelos Alfeo, éste fue un día perfecto. Realmente disfrutaron de todo, desde el principio hasta el fin, y como no estaban presentes durante la quietud del paseo por el templo, no tuvieron que pasar por la desilusión que siguió al entusiasmo popular. No podían comprender la conducta deprimida de los apóstoles al volver a Betania esa noche. En la memoria de los gemelos, éste fue siempre el día en que se sintieron más cerca del cielo en la tierra. Este día fue la culminación satisfactoria de su entera carrera como apóstoles. La memoria del entusiasmo de este domingo por la tarde los acompañó a lo largo de toda la tragedia de esta semana pletórica hasta el momento mismo de la crucifixión. Era el ingreso triunfal más apropiado del rey que podían concebir los gemelos; disfrutaron cada momento de toda la procesión. Aprobaban plenamente todo lo que veían y acariciaron largamente el recuerdo.
     
De todos los apóstoles, Judas Iscariote fue el que estuvo más adversamente afectado por esta entrada en procesión a Jerusalén. Su mente estaba en un fermento desagradable debido al reproche del Maestro el día anterior en relación con la unción de María en la casa de Simón. Judas estaba disgustado con todo el espectáculo. Le parecía infantil, aun directamente ridículo. Mientras este vengativo apóstol contemplaba los acontecimientos de este domingo por la tarde, Jesús le resultaba más parecido a un payaso que a un rey. Resentía de todo corazón el entero espectáculo. Compartía los puntos de vista de los griegos y de los romanos, que despreciaban a todo aquel que consintiera en cabalgar un asno o el pollino de un jumento. Para cuando la procesión triunfal hubo entrado a la ciudad, Judas prácticamente se había decidido a abandonar la idea de tal reino; estaba casi decidido a abandonar todo intento de establecer el reino del cielo si los intentos fueran de índole tan absurda. Pero cuando recordó la resurrección de Lázaro y muchas otras cosas, decidió quedarse con los doce, por lo menos por otro día. Además, llevaba la bolsa, y no quería desertar llevándose los fondos apostólicos. Camino de vuelta a Betania esa noche, su conducta no parecía extraña puesto que todos los apóstoles estaban igualmente deprimidos y taciturnos.
     
Judas estaba profundamente influido por la irrisión por parte de sus amigos saduceos. Ningún otro factor ejerció una influencia tan poderosa sobre él en su determinación final de abandonar a Jesús y a sus apóstoles, como el que le produjo cierto episodio que ocurrió justo cuando Jesús llegó a la puerta de la ciudad: Un saduceo prominente (amigo de la familia de Judas) corrió hacia él haciéndole burla y, dándole una palmada en la espalda, dijo: «¿Por qué se te ve tan preocupado, mi buen amigo? Regocíjate y reúnete con nosotros para aclamar a Jesús de Nazaret el rey de los judíos, que llega a la puerta de Jerusalén montado en un asno». Judas no había tenido nunca miedo de la persecución, pero no podía soportar este tipo de ridículo. Juntamente con la emoción de venganza largamente acariciada, se mezcló ahora este temor fatal del ridículo, ese sentimiento terrible y tremendo de avergonzarse de su Maestro y de sus compañeros apóstoles. En su corazón, este embajador del reino ya era un desertor; tan sólo le quedaba encontrar una excusa plausible para romper abiertamente con el Maestro.

martes, 12 de noviembre de 2013

La visita al templo.

Mientras los gemelos Alfeo devolvían el asno a su dueño, Jesús y los diez apóstoles se separaron de sus asociados inmediatos y anduvieron caminando por el templo, observando las preparaciones para la Pascua. No hubo intento alguno de molestar a Jesús, puesto que el sanedrín mucho temía al pueblo, y ésa era, después de todo, una de las razones por las cuales Jesús había permitido que la multitud lo aclamara de esa manera. Los apóstoles no comprendían que era éste el único procedimiento humano que podía resultar eficaz en prevenir el inmediato arresto de Jesús a su entrada a la ciudad. El Maestro deseaba dar a los habitantes de Jerusalén, poderosos y humildes, así como también a las decenas de miles de visitantes de la Pascua, una oportunidad más, la última, de escuchar el evangelio y recibir, si lo quisieran, al Hijo de la Paz.
      
Ahora pues, mientras progresaba la tarde y las multitudes se iban en busca de alimentos, Jesús y sus seguidores inmediatos quedaron solos. ¡Qué día tan extraño había sido! Los apóstoles estaban pensativos, pero enmudecidos. Nunca, en todos los años de asociación con Jesús, habían ellos visto un día como éste. Por un momento se sentaron junto al tesoro, observando a la gente que entregaba sus contribuciones: los ricos echaban mucha cantidad en el arca de las ofrendas y todos daban algo de acuerdo con sus posibilidades. Finalmente llegó una pobre viuda, vestida pobremente, y observaron que ella echó dos blancas (monedas pequeñas de cobre) en el arca. Dijo Jesús, llamando la atención de los apóstoles sobre la viuda: «Prestad atención a lo que acabáis de ver. Esta pobre viuda echó más que todos los demás, porque todos los demás de lo que les sobraba, echaron una pequeña parte como don, pero esta pobre mujer, aunque esté necesitada, dio todo lo que tenía, aun su sustento».
      
A medida que progresaba la tarde, anduvieron por los patios del templo en silencio, y una vez que Jesús observó otra vez estas escenas familiares, recordando sus emociones relacionadas con sus visitas previas, sin exceptuar la primera, dijo: «Vayamos a Betania para descansar». Jesús, con Pedro y Juan, fueron a la casa de Simón, mientras que los demás apóstoles se alojaron con sus amigos de Betania y Betfagé.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La partida a Jerusalén.

Betania estaba a unos tres kilómetros del templo, y era la una y media de la tarde de ese domingo cuando Jesús se preparó para salir a Jerusalén. Tenía un sentimiento de afecto profundo por Betania y su pueblo sencillo. Nazaret, Capernaum y Jerusalén lo habían rechazado, pero Betania lo había aceptado, había creído en él. Fue en esta pequeña aldea, en la cual prácticamente todo hombre, mujer y niño era creyente, donde eligió realizar la obra más grande de su autootorgamiento terrenal: la resurrección de Lázaro. No hizo resucitar a Lázaro para que creyeran los aldeanos, sino más bien porque ellos ya creían.
     
Durante toda la mañana, Jesús pensó en su llegada a Jerusalén. Hasta ese momento había procurado siempre suprimir toda aclamación pública del que él fuera el Mesías, pero ahora la situación era distinta. Se estaba acercando al fin de su carrera en la carne, el sanedrín había decretado su muerte, y no había peligro en permitir que sus discípulos dieran libre expresión a sus sentimientos, cosa que ocurriría si él elegía hacer una entrada formal y pública a la ciudad. 

Jesús no decidió realizar esta entrada pública a Jerusalén como su último intento por conseguir el favor popular, ni tampoco en un intento final de obtener el poder. Tampoco lo hizo para satisfacer los deseos humanos de sus discípulos y apóstoles. Jesús no se hacía las ilusiones de soñador quimérico; él bien sabía cual sería la conclusión de su visita.
      
Habiendo decidido hacer una entrada pública a Jerusalén, el Maestro se enfrentó con la necesidad de elegir un método apropiado para ejecutar esta decisión. Jesús reflexionó sobre todas las así llamadas profecías mesiánicas más o menos contradictorias, pero parecía que había una sola que fuera apropiada para sus fines. La mayoría de estas declaraciones proféticas hablaban de un rey, el hijo y sucesor de David, un libertador temporal audaz y agresivo que liberaría a Israel del yugo de la dominación extranjera. Pero había una Escritura, asociada a veces con el Mesías por los que tenían un concepto más espiritual de su misión, que Jesús consideró la más apropiada como guía para su proyectada entrada a Jerusalén. Esta Escritura se encontraba en Zacarías y decía: «Alégrate mucho, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh hija de Jerusalén. He aquí tu rey vendrá a ti. Es justo y trae salvación. Viene como viene el humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna».
      
Un rey guerrero siempre entraba a una ciudad montado a caballo, un rey en misión de paz y amistad siempre entraba cabalgando un asno. Jesús no quería entrar a Jerusalén a caballo, pero estaba dispuesto a entrar en paz y con buena voluntad como el Hijo del Hombre, cabalgando un jumento.
      
Durante mucho tiempo y mediante una enseñanza directa, Jesús trató de convencer a sus apóstoles y a sus discípulos que su reino no era de este mundo, que era un asunto puramente espiritual; pero no había tenido éxito en este esfuerzo. Ahora, lo que no había conseguido hacer mediante una enseñanza clara y personal, lo intentaría realizar con un gesto simbólico. Por lo tanto, inmediatamente después del almuerzo, Jesús llamó a Pedro y Juan, y después de decirles que fueran a Betfagé, una aldea vecina un tanto retirada de la carretera principal y a corta distancia al noroeste de Betania, agregó: «Id a Betfagé y cuando lleguéis al empalme de los caminos encontraréis el potro de un jumento allí atado. Desatadlo y traedlo con vosotros. Si alguien os pregunta por qué hacéis esto, decid simplemente `el Maestro lo necesita'». Cuando los dos apóstoles fueron a Betfagé tal como les había pedido el Maestro, encontraron el potro atado cerca de su madre en la calle, junto a una casa de esquina. Cuando Pedro comenzó a desatar al potro, vino el dueño y preguntó por qué hacían ellos eso, y cuando Pedro le respondió tal como Jesús les había indicado, el hombre dijo: «Si vuestro Maestro es Jesús de Galilea, que se lleve al potro». Así pues ellos volvieron trayendo al potro.
      
Ya varios cientos de peregrinos se habían reunido alrededor de Jesús y de sus apóstoles. Desde media mañana se habían detenido muchos visitantes que pasaban camino a la Pascua. Mientras tanto David Zebedeo y algunos de sus ex asociados mensajeros decidieron dirigirse de prisa a Jerusalén, donde eficazmente difundieron la nueva entre los gentíos de peregrinos visitantes alrededor del templo de que Jesús de Nazaret entraría triunfalmente a la ciudad. Por consiguiente, varios miles de estos visitantes se congregaron para recibir a este profeta y hacedor de portentos del cual tanto se hablaba, quien algunos creían ser el Mesías. Esta multitud, al salir de Jerusalén, encontró a Jesús y a la multitud que iba a la ciudad poco después de que franquearan la cima del Oliveto, y habían comenzando su descenso hacia la ciudad.
      
Al comenzar la procesión en Betania había gran entusiasmo en las multitudes festivas de discípulos, creyentes y peregrinos visitantes, muchos provenientes de Galilea y Perea. Justo antes de partir, las doce mujeres del cuerpo original de mujeres, acompañadas por algunas de sus asociadas, llegaron al lugar y se unieron a esta singular procesión que procedía jubilosamente hacia la ciudad.
     
Antes de empezar, los gemelos Alfeo pusieron sus mantos sobre el asno y lo sostuvieron mientras se subía el Maestro. A medida que la procesión procedía hacia la cima del Oliveto, el gentío festivo arrojaba sus indumentos al suelo y traía ramas de los árboles cercanos para hacer una alfombra de honor para el jumento que traía al Hijo real, el Mesías prometido. Al proceder la multitud jubilosa hacia Jerusalén, comenzaron a cantar, es decir a gritar al unísono el salmo, «Hosanna al hijo de David; bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas. Bendito sea el reino que baja del cielo».
     

Jesús se mostró alegre y despreocupado hasta que llegaron a la cumbre del Oliveto, donde se abría la vista panorámica de la ciudad con las torres del templo; allí el Maestro detuvo la procesión y un gran silencio cayó sobre todos mientras lo contemplaban llorar. Bajando los ojos a la vasta multitud que venía de la ciudad para recibirlo, el Maestro, con mucha emoción y con la voz entrecortada dijo: «¿Oh Jerusalén, si tan sólo hubieras conocido, aun tú, por lo menos en este, tu día, las cosas que pertenecen a tu paz, que podrías haber tenido tan libremente! Pero ya están para ocultarse de tus ojos estas glorias. Estás por rechazar al Hijo de la Paz y volver la espalda al evangelio de la salvación. Pronto llegarán los días en que tus enemigos abrirán trincheras alrededor de ti, y serás sitiada por doquier; te destruirán completamente, pues no quedará piedra sobre piedra. Y todo esto caerá sobre ti porque no supiste reconocer el momento de tu visitación divina. Estás por rechazar el don de Dios, y todos los hombres te rechazarán a ti».
     
Cuando terminó de hablar, comenzaron el descenso del Oliveto y finalmente se reunieron con la multitud de visitantes que venía de Jerusalén con ramas de palma, gritando hosannas, y de otras maneras expresando regocijo y sentimientos de comunidad. El Maestro no había planeado que estas multitudes salieran de Jerusalén a su encuentro, ésa fue obra de otros. El nunca premeditaba nada que fuera de efecto dramático.Juntamente con la multitud que salió para recibir al Maestro, también había muchos fariseos y otros enemigos de él. Tan perturbados estaban por esta explosión repentina e inesperada de aclamación popular que temieron arrestarlo, por no precipitar actos abiertos de revuelta de la plebe. Mucho temían la actitud de los grandes números de visitantes que tanto habían oído hablar de Jesús, y que, muchos de ellos, creían en él.
     
A medida que se acercaban a Jerusalén, la multitud se volvió más expresiva, tanto que algunos de los fariseos se abrieron paso hasta donde estaba Jesús y dijeron: «Instructor, debes censurar a tus discípulos y exhortarlos a que su conducta sea más digna». Jesús respondió: «Es justo que estos niños le den la bienvenida al Hijo de la Paz, a quien han rechazado los altos sacerdotes. Sería inútil pararlos no sea que estas piedras junto al camino griten quejándose».
     
Los fariseos se adelantaron de prisa a la cabeza de la procesión para volver al sanedrín, que estaba en sesión en ese momento en el templo, e informaron a sus asociados: «He aquí que todo lo que hacemos es en vano; estamos confundidos por este galileo. La gente se vuelve loca por él, si no paramos a estos ignorantes, todo el mundo le seguirá».
      
No se puede en realidad asignar un significado profundo a esta explosión superficial y espontánea de entusiasmo popular. Esta recepción, aunque jubilante y sincera, no indicaba una convicción real ni profunda en el corazón de esta multitud festiva. Estas mismas multitudes estuvieron igualmente dispuestas a rechazar de inmediato a Jesús más tarde en esa semana, cuando el sanedrín tomó una posición firme y decidida contra él, y cuando se desilusionaron — cuando se dieron cuenta de que Jesús no iba a establecer el reino de acuerdo con sus expectativas largamente acariciadas.
      
Pero toda la ciudad estaba altamente agitada, puesto que todos preguntaban: «¿Quién es este hombre?» Y la multitud contestaba: «Éste es el profeta de Galilea, Jesús de Nazaret».

martes, 5 de noviembre de 2013

Domingo por la mañana con los apóstoles.

Este domingo por la mañana, en el hermoso jardín de Simón, el Maestro llamó a su alrededor a sus doce apóstoles y les impartió sus instrucciones finales de preparación antes de entrar a Jerusalén. Les dijo que él probablemente pronunciaría varios discursos y enseñaría muchas lecciones antes de volver al Padre, pero exhortó a los apóstoles que no realizaran obra pública durante la estadía de Pascua en Jerusalén. Les instruyó que permanecieran cerca de él y que «vigilaran y oraran». Jesús sabía que muchos de sus apóstoles y seguidores inmediatos ceñían espadas bajo el manto aun en ese momento, pero no se refirió en nada a este hecho.
      
Estas instrucciones matutinas comprendieron un breve repaso del ministerio de ellos desde el día de su ordenación cerca de Capernaum hasta este día en que se preparaban para entrar a Jerusalén. Los apóstoles escucharon en silencio, sin hacer preguntas.
      
Esa mañana temprano David Zebedeo entregó a Judas los fondos obtenidos de la venta del equipo del campamento de Pella, y Judas a su vez colocó la mayor parte de este dinero en las manos de Simón, su anfitrión, para que lo custodiara en anticipación de las exigencias de dinero cuando fueran a Jerusalén.
      
Después de la conferencia con los apóstoles, Jesús conversó con Lázaro y lo amonesto a que no sacrificara su vida al espíritu vengativo del sanedrín. Por obedecer esta admonición Lázaro, pocos días después, huyó a Filadelfia, cuando los oficiales del sanedrín enviaron varios hombres para que lo arrestaran.
      
En cierto modo, todos los seguidores de Jesús tenían la sensación de una crisis inminente, pero no se percataron plenamente la seriedad de la situación, debido al tono inusitadamente alegre y al excepcional buen humor del Maestro.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El sábado en Betania.

Los peregrinos que provenían de fuera de Judea, así como también las autoridades judías, se preguntaban: «¿Qué pensáis? ¿Vendrá Jesús a las festividades?» Por lo tanto, cuando el pueblo oyó que Jesús estaba en Betania, se alegraron, pero los altos sacerdotes y los fariseos estaban un tanto perplejos. Se alegraban de tenerlo bajo su jurisdicción, pero estaban un tanto desconcertados por su audacia; recordaban que en su previa visita a Betania, resucitó a Lázaro del mundo de los muertos, y Lázaro se estaba volviendo un problema serio para los enemigos de Jesús.

Seis días antes de la Pascua, al atardecer después del sábado, todo el pueblo de Betania y Betfagé se reunió para celebrar la llegada de Jesús con un banquete público en la casa de Simón. Esta cena era en honor tanto de Jesús como de Lázaro; se la celebró en desafío del sanedrín. Marta dirigía a los que servían la comida; su hermana María estaba entre las mujeres espectadoras puesto que no era costumbre de los judíos que las mujeres se sentaran en los banquetes públicos. También estaban presentes los agentes del sanedrín, pero temían apresar a Jesús en medio de sus amigos.

Jesús conversó con Simón sobre el antiguo Josué, cuyo nombre él mismo llevaba, y recitó la historia de cómo habían venido Josué y los israelitas a Jerusalén a través de Jericó. Al comentar sobre la leyenda de los muros de Jericó que se derrumbaron, Jesús dijo: «No me preocupan los muros de ladrillos y piedras; pero quisiera derrocar los muros del prejuicio, la mojigatería, y el odio que se alzan frente a esta predicación del amor del Padre por todos los hombres».
      
El banquete prosiguió en forma alegre y normal excepto que todos los apóstoles estaban insólitamente taciturnos. Jesús estaba excepcionalmente alegre y jugó con los niños hasta el momento de sentarse a la mesa.


No pasó nada fuera de lo ordinario hasta cerca del cierre del festín, cuando María, la hermana de Lázaro, se separó del grupo de mujeres espectadoras, adelantándose adonde Jesús estaba reclinado en el sitio de honor, abrió una gran vasija de alabastro que contenía un ungüento muy raro y costoso. Después de ungir la cabeza del Maestro, empezó a aplicar el ungüento sobre los pies de Jesús soltándose luego el cabello y secándole los pies con su cabello. El olor del ungüento impregnó todo el edificio, y todos los presentes se sorprendieron de lo que María había hecho. Lázaro no dijo nada, pero al comenzar a murmurar algunos de los presentes manifestando indignación de que un ungüento tan caro se usara de esa manera, Judas Iscariote se dirigió adonde Andrés estaba reclinado y dijo: «¿Por qué no se vendió este ungüento y el dinero no se donó para alimentar a los pobres?» Debes hablar con el Maestro, para que él censure este derroche».
      
Jesús, sabiendo lo que ellos pensaban y oyendo lo que decían, apoyó la mano sobre la cabeza de María que estaba arrodillada a su lado, y con una expresión compasiva en su rostro, dijo: «Dejadla, cada uno de vosotros. ¿Por qué queréis molestarla, cuando veis que ella ha hecho una buena cosa en su corazón? A vosotros, los que murmuráis y decís que este ungüento se ha debido vender y el dinero donar a los pobres, yo os digo que los pobres estarán siempre con vosotros, y podréis ministrarles en cualquier momento que os parezca apropiado, pero yo no siempre estaré con vosotros; pronto iré a mi Padre. Esta mujer viene guardando este ungüento desde hace mucho tiempo, para ungir mi cuerpo en su entierro; si ahora le parece bien ungirme, en anticipación de mi muerte, esa satisfacción no le será negada. Con esta acción María os censura a todos vosotros porque ella manifiesta así su fe en lo que yo he dicho sobre mi muerte y ascensión a mi Padre en el cielo. Esta mujer no será censurada por lo que ha hecho esta noche, más bien yo os digo que en todas las eras por venir, dondequiera que se predique este evangelio en el mundo entero, se relatará lo que ella ha hecho en su memoria».
      
Fue a causa de este reproche, el que Judas Iscariote lo interpretó como censura personal, y finalmente decidió vengar sus sentimientos heridos. Muchas veces había tenido subconscientemente estas ideas, pero ahora se atrevía a pensar estos pensamientos malvados en su mente consciente y abierta. Muchos otros lo alentaron en esta actitud, puesto que el costo de este ungüento era una suma equivalente a lo que ganaba un hombre durante un año —suficiente para proveer pan a cinco mil personas. Pero María amaba a Jesús; ella había proveído este precioso ungüento para embalsamar su cuerpo a la hora de su muerte, porque creía en sus palabras cuando él les anticipó que debía morir, y si ella cambiaba de idea y elegía otorgar esta ofrenda al Maestro mientras él aún estaba vivo, nadie debía impedírselo.
      
Tanto Lázaro como Marta sabían que María había ahorrado por mucho tiempo el dinero con el cual compró la vasija de espicanardo, y aprobaban de todo corazón su anhelo en este asunto porque eran ricos y podían permitirse fácilmente esta ofrenda.
       
Cuando los altos sacerdotes se enteraron de esta cena en Betania en honor de Jesús y Lázaro, consultaron entre ellos para ver que debían hacer con Lázaro. Y finalmente decidieron que Lázaro también debía morir. Concluyeron atinadamente que sería inútil matar a Jesús si permitían que Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos, siguiera viviendo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

La entrada a Jerusalén

JESÚS y los apóstoles llegaron a Betania poco después de las cuatro de la tarde del viernes 31 de marzo del año 30 d. de J.C. Lázaro, sus hermanas y sus amigos los aguardaban; como venían tantas personas todos los días para hablar con Lázaro de su resurrección, le dijeron a Jesús que habían arreglado que pernoctara con un creyente vecino, un tal Simón, que desde la muerte del padre de Lázaro, era el caudillo de la pequeña aldea.
      
Esa tarde Jesús recibió a muchos visitantes, y la gente común de Betania y Betfagé hizo todo lo que pudo para que se sintiera que era bienvenido. Aunque muchos pensaban que Jesús iba ahora a Jerusalén desafiando abiertamente el decreto de muerte del sanedrín para proclamarse rey de los judíos, la familia betaniana —Lázaro, Marta y María— se daba cuenta más plenamente de que el Maestro no era esa clase de rey; sentían vagamente que ésta podía ser su última visita a Jerusalén y Betania.
      
Los altos sacerdotes fueron informados de que Jesús estaba en Betania, pero decidieron que era mejor no intentar tratar de arrestarlo cuando se encontraba entre sus amigos; decidieron aguardar su venida a Jerusalén. Jesús sabía todo esto, pero estaba majestuosamente calmo; sus amigos no lo habían visto nunca tan compuesto y congenial; aun los apóstoles estaban sorprendidos de que se le viera tan poco preocupado, en el momento mismo en que el sanedrín había pedido a todos los judíos que se lo entregaran. Mientras el Maestro dormía esa noche, los apóstoles lo vigilaban de dos en dos, y muchos de ellos estaban armados con espada. A la mañana siguiente temprano, los despertaron cientos de peregrinos que venían de Jerusalén, aun siendo sábado, para ver a Jesús y a Lázaro, a quien aquel había resucitado después de muerto.

martes, 29 de octubre de 2013

La parábola de las minas.

No salieron de Jericó hasta cerca de mediodía puesto que la noche anterior estuvieron sentados hasta tarde mientras Jesús enseñaba a Zaqueo y a su familia el evangelio del reino. Aproximadamente a mitad camino de la carretera que subía hacia Betania, el grupo se detuvo para almorzar, mientras pasaban multitudes camino de Jerusalén, sin saber que Jesús y los apóstoles morarían esa noche en el Monte de los Olivos.
     
La parábola de las minas, a diferencia de la parábola de los talentos, que era para todos los discípulos, fue relatada más exclusivamente para los apóstoles y se basaba mayormente en la experiencia de Arquelao y su intento fútil de tomar las riendas del reino de Judea. Ésta es una de las pocas parábolas del Maestro cimentada en un personaje histórico auténtico. No es extraño que surgiera Arquelao a la mente puesto que la casa de Zaqueo en Jericó estaba muy cerca del adornado palacio de Arquelao, y su acueducto pasaba a lo largo del camino por el cual habían partido ellos de Jericó.
      
Dijo Jesús: «Creéis que el Hijo del Hombre va a Jerusalén para recibir un reino, pero yo
declaro que estáis destinados a sufrir una desilusión. ¿Acaso no recordáis la historia de cierto príncipe que fue a un país lejano para recibir un reino, pero aun antes de poder retornar, los ciudadanos de su provincia, que en su corazón ya lo habían rechazado, enviaron una delegación tras él, que decía: `no toleramos que este hombre reine sobre nosotros'? Así como este rey fue rechazado en el gobierno temporal, del mismo modo el Hijo del Hombre será rechazado en el gobierno espiritual. Nuevamente declaro que mi reino no es de este mundo; pero si el Hijo del Hombre hubiera recibido el gobierno espiritual de su pueblo, habría aceptado tal reino de las almas de los hombres y habría reinado sobre tal dominio de corazones humanos. A pesar de que ellos rechazan mi gobierno espiritual sobre ellos, yo retornaré nuevamente para recibir de otros el mismo reino del espíritu que ahora me niegan. Veréis que el Hijo del Hombre será rechazado ahora, pero en otra época, lo que ahora rechazan los hijos de Abraham, será recibido y exaltado.
     
«Ahora bien, como el noble rechazado de esta parábola, yo quiero llamar ante mí a mis doce siervos, los mayordomos especiales, y dando a cada uno de vosotros la suma de una mina, quiero advertiros que cumpláis bien con mis instrucciones de diligente comercio con vuestro fondo fiduciario durante mi ausencia para que tenáis algo con que justificar vuestra mayordomía cuando yo retorne, y se os pidan cuentas.
     
«Si este Hijo rechazado no volviese, otro Hijo será enviado para recibir este reino, y este Hijo enviará luego por todos vosotros para recibir vuestro informe de mayordomía y para regocijarse de vuestras ganancias.
     
«Y cuando estos mayordomos fueron llamados posteriormente para rendir cuentas, se adelantó el primero, diciendo: `Señor, con tu mina yo he hecho diez minas más'. Y su amo le dijo: `bien hecho; eres un buen siervo; como te has demostrado fiel en este asunto, te daré autoridad sobre diez ciudades'. Vino el segundo, diciendo: `la mina que me dejaste Señor, ha producido cinco minas'. Y el amo dijo: `por lo tanto te haré yo gobernante de cinco ciudades'. Así sucesivamente con todos los otros hasta que el último de los siervos, al ser llamado para rendir cuentas, dijo: `Señor, he aquí tu mina, que he guardado celosamente en esta servilleta. Esto hice porque tuve miedo de ti; creí que fueras irrazonable viendo que tomas lo que no pusiste y siegas lo que no sembraste'. Entonces dijo el amo: `¡Oh siervo negligente e infiel, por tu propia boca te juzgaré! Sabías que yo siego lo que aparentemente no he sembrado; por lo tanto sabías que te pediría cuentas. Sabiéndolo, por lo menos deberías haber dado mi dinero al banquero para que a mi vuelta lo tuviera con el interés apropiado'.
     
«Luego dijo este gobernante a los que estaban cerca: `Quitadle la mina a este siervo infiel y dadla al que tiene las diez minas'. Cuando le recordaron al señor que aquel ya tenía diez minas, él dijo: `A todo aquel que tenga, más se le dará, pero aquel que no tiene, aun lo poco que tenga se le quitará'».
     
Luego los apóstoles intentaron entender la diferencia entre el significado de esta parábola y el de la anterior parábola de los talentos, pero Jesús sólo dijo, en respuesta a sus muchas preguntas: «Reflexionad bien sobre estas palabras en vuestro corazón hasta que cada uno de vosotros halle el verdadero significado».
     
Fue Natanael quien también enseñó el significado de estas dos parábolas en años posteriores, resumiendo sus enseñanzas en estas conclusiones:
     
1. La habilidad es la medida práctica de las oportunidades de la vida. No serás nunca responsable por cumplir con lo que está más allá de tus habilidades.
     
2. La fidelidad es la medida inequívoca de la confiabilidad humana. Aquel que es fiel en las pequeñas cosas, también probablemente exhibirá fidelidad en todo que sea de acuerdo con sus dotes.
     
3. El Maestro otorga menos recompensa a una menor fidelidad cuando la oportunidad es igual. 

4. El otorga la misma recompensa por igual fidelidad cuando hay menos oportunidad.
      
Cuando terminaron su almuerzo, y una vez que la multitud de seguidores salió hacia Jerusalén, Jesús, de pie ante los apóstoles a la sombra de una roca a la orilla del camino, señaló con el dedo hacia el oeste, diciendo con alegre dignidad y graciosa majestad: «Venid, hermanos míos, vayamos a Jerusalén para recibir allí lo que nos aguarda; así cumpliremos con la voluntad del Padre celestial en todas las cosas».
      
Así pues Jesús y sus apóstoles reanudaron este, el último viaje del Maestro a Jerusalén en la semejanza de la carne mortal.

jueves, 24 de octubre de 2013

Al pasar Jesús.

Jesús difundía buen ánimo dondequiera que fuese. Estaba lleno de donaire y de verdad. Sus asociados nunca dejaron de sorprenderse de las palabras compasivas que salían de sus labios. Sí, podéis cultivar la gracia, pero el donaire es el aroma de la amistad que emana de un alma saturada por el amor.
     
La bondad siempre obliga al respeto, pero cuando está vacía de gracia muchas veces rechaza el afecto. La bondad es universalmente atrayente sólo cuando está acompañada de la gracia. La bondad es eficaz sólo cuando es atrayente.
      
Jesús realmente comprendía a los hombres; por lo tanto podía él manifestar compasión genuina y mostrar comprensión sincera. Pero pocas veces cedía a la piedad. Mientras su compasión era ilimitada, su comprensión era práctica, personal y constructiva. Su familiaridad con el sufrimiento no dio nunca origen a la indiferencia, y él podía ministrar a las almas atormentadas sin acrecentar en ellas la compasión de sí mismas.
     
Jesús podía ayudar tanto a los hombres porque los amaba tan sinceramente. Verdaderamente amaba a todo hombre, a toda mujer y a todo niño. Podía ser un amigo tan leal debido a su notable discernimiento —sabía plenamente lo que había en el corazón y en la mente del hombre. Era un observador interesado y agudo. Era experto en la comprensión de la necesidad humana, sagaz en detectar los anhelos humanos.
     
Jesús no estaba nunca de prisa. Tenía tiempo para consolar a sus semejantes «al pasar», y siempre hacía que sus amigos se sintieran cómodos. Era un oyente encantador. Nunca era impertinente escudriñando las almas de sus asociados. Al consolar a la mente hambrienta y ministrar a las almas sedientas, los recipientes de su misericordia no sentían que se le estaban confesando sino más bien que estaban conferenciando con él. Tenían una confianza sin límites en él porque veían que él tenía tanta fe en ellos.
      
No parecía tener nunca curiosidad por la gente, nunca manifestaba el deseo de dirigir, manejar o seguir a los hombres. Inspiraba una autoconfianza profunda y un robusto coraje en todos los que disfrutaban de una asociación con él. Cuando le sonreía a un hombre, ese mortal experimentaba mayor capacidad para solucionar sus muchos problemas.
      
Jesús amaba tanto y tan sabiamente a los hombres que nunca titubeó en ser severo con ellos cuando la ocasión requería disciplina. Frecuentemente se disponía a ayudar a una persona, pidiéndole su ayuda. De esta manera estimulaba el interés, apelando a la mejor parte de la naturaleza humana.
      
El Maestro podía discernir la fe salvadora en la superstición ignorante de la mujer que buscó la curación tocando el ruedo de su manto. Siempre estaba pronto y listo para interrumpir un sermón o detener a una multitud con el objeto de ministrar las necesidades de una sola persona, aun de un niñito. Grandes cosas sucedían no sólo porque la gente tenía fe en Jesús, sino también porque Jesús tenía tanta fe en ellos.
      
La mayoría de las cosas realmente importantes que Jesús dijo o hizo parecían suceder por casualidad «al pasar él». Tan poco había de lo profesional, lo planeado, lo premeditado en el ministerio terrenal del Maestro. Dispensaba salud y esparcía felicidad en una forma natural y llena de gracia mientras viajaba por la vida. Era literalmente verdad, «caminaba haciendo el bien».
      
Y corresponde a los seguidores del Maestro de todos los tiempos aprender a ministrar «al pasar» —hacer el bien altruista al cumplir con sus deberes diarios.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La visita a Zaqueo.

Cuando la procesión del Maestro entró a Jericó, era cerca de la puesta del sol, y dispusieron pernoctar allí. Al pasar Jesús frente a la aduana, Zaqueo el jefe publicano, o recolector de impuestos, estaba de casualidad allí, y mucho deseaba ver a Jesús. Este jefe publicano era muy rico y mucho había oído sobre este profeta de Galilea. Había resuelto que la próxima vez que Jesús visitara Jericó quería ver qué clase de hombre era éste, por lo tanto, Zaqueo trató de abrirse paso entre el gentío, pero éste era demasiado grande, y siendo él bajo de estatura, no podía ver por encima de la cabeza de la gente. Así pues, el jefe publicano siguió a la multitud hasta que llegaron cerca del centro de la ciudad y no lejos de donde él vivía. Al ver que no podría abrirse paso en el gentío, y pensando que Jesús tal vez cruzaría la ciudad sin parar, se adelantó corriendo y trepó a un sicómoro cuyas abundantes ramas pendían sobre el camino. Sabía que de esta manera podría ver bien al Maestro cuando éste pasara. Y no sufrió una desilusión porque, al pasar Jesús, se detuvo, y levantando la mirada a Zaqueo, dijo: «Apresúrate, Zaqueo, y baja, porque esta noche he de morar en tu casa». Cuando Zaqueo oyó esas palabras asombrosas, estuvo a punto de caerse del árbol en su prisa por bajar, y acercándose a Jesús, expresó su gran gozo de que el Maestro quisiera parar en su casa.
     
Fueron enseguida a la casa de Zaqueo, y los que vivían en Jericó se sorprendieron mucho de que Jesús consintiera en morar con el jefe publicano. Aun mientras el Maestro y sus apóstoles se detenían momentáneamente con Zaqueo en la puerta de su casa, uno de los fariseos de Jericó, de pie cerca, dijo: «Podéis ver cómo este hombre ha ido a morar con un pecador, un hijo apóstata de Abraham que es extorsionador y ladrón de su propio pueblo». Cuando Jesús escuchó esto, bajó la mirada sobre Zaqueo y sonrió. Entonces Zaqueo se subió sobre un taburete y dijo: «Hombres de Jericó, ¡oídme! Tal vez sea yo publicano y pecador, pero el gran Maestro ha venido a morar en mi casa; y antes de que entre, yo os digo que donaré la mitad de mis bienes a los pobres, y a partir de mañana, si algo he recolectado injustamente de algún hombre, le devolveré cuatro veces tanto. Voy a buscar la salvación con todo mi corazón y a aprender a hacer rectitud ante los ojos de Dios».
     
Cuando Zaqueo terminó de hablar, Jesús dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, y tú te has vuelto en verdad un hijo de Abraham». Volviéndose a la multitud congregada alrededor de ellos, Jesús dijo: «No os sorprendáis por mis palabras ni os ofendáis por lo que hacemos, porque yo he declarado desde el principio que el Hijo del Hombre ha venido para buscar y salvar a aquel que está perdido».
      
Se alojaron con Zaqueo esa noche. A la mañana siguiente se levantaron y tomaron el camino de «la carretera de los ladrones» a Betania camino de la Pascua en Jerusalén.

martes, 22 de octubre de 2013

El ciego en Jericó.

El jueves 30 de marzo al finalizar la tarde, Jesús y sus apóstoles, a la cabeza de un grupo de alrededor de doscientos seguidores, se acercaron a los muros de Jericó. Al aproximarse a la puerta de la ciudad, se toparon con una multitud de mendigos, entre ellos cierto Bartimeo, hombre anciano que había sido ciego desde su juventud. Este mendigo ciego había oído hablar mucho sobre Jesús y sabía todo sobre su curación del ciego Josías en Jerusalén. No supo de la última visita de Jesús a Jericó hasta que éste ya había partido a Betania. Bartimeo había decidido que no permitiría nunca más que Jesús visitara a Jericó sin apelar a él para que le restaurara la vista.
      
La noticia de la llegada de Jesús se había difundido por todo Jericó, y cientos de habitantes se congregaron para salir a su encuentro. Cuando este gran gentío volvió escontando al Maestro por las calles de la ciudad, Bartimeo, al oír el ritmo de los pasos de la multitud, supo que ocurría algo insólito, y por lo tanto preguntó a los que estaban de pie junto a él qué pasaba. Uno de los mendigos contestó: «Está pasando Jesús de Nazaret». Cuando Bartimeo oyó que Jesús estaba cerca, levantó la voz y comenzó a clamar a gritos: «Jesús, Jesús ¡ten compasión de mí!» Así continuó clamando cada vez más fuerte, y algunos de los que estaban cerca de Jesús se le acercaron para reprocharlo, pidiéndole que se quedara quieto; pero fue en vano; él gritó aún más y más fuerte.
      
Cuando Jesús oyó los lamentos del ciego, se detuvo. Y cuando lo vio, dijo a sus amigos: «Traedme a ese hombre». Entonces fueron ellos adonde Bartimeo, diciendo: «Está de buen ánimo; ven con nosotros, porque el Maestro te llama». Cuando Bartimeo oyó estas palabras, echó su manto a un lado, saltando al medio del camino, mientras que los que estaban cerca lo guiaban hacia Jesús. Dirigiéndose a Bartimeo, Jesús dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» Entonces contestó el ciego: «Quiero que me devuelvas la vista». Cuando Jesús escuchó su pedido y vio su fe, dijo: «Recibirás tu vista; vete por tu camino, tu fe te ha curado». Inmediatamente recibió la vista, y permaneció junto a Jesús, glorificando a Dios, hasta que el Maestro partió al día siguiente hacia Jerusalén, y luego fue ante la multitud declarando a todos cómo le había sido devuelta la vista en Jericó.

domingo, 20 de octubre de 2013

La enseñanza en Livias.

El miércoles 29 de marzo al atardecer, Jesús y sus seguidores acamparon en Livias, camino de Jerusalén, después de haber completado su gira de las ciudades del sur de Perea. Fue durante esta noche en Livias cuando Simón el Zelote y Simón Pedro, habiendo conspirado para recibir en este sitio más de cien espadas, las cuales fueron distribuidas a todos los que quisieron aceptarlas y ceñírselas ocultas bajo sus mantos. Simón Pedro aún llevaba la espada la noche de la traición al Maestro en el jardín.
      
El jueves por la mañana temprano, antes de que se despertaran los demás, Jesús llamó a Andrés y dijo: «¡Despierta a tus hermanos! Tengo algo que decirles». Jesús sabía de las espadas y cuáles de sus apóstoles las habían recibido y las llevaban, pero nunca les reveló que sabía de estas cosas. Cuando Andrés hubo despertado a sus asociados, y se hubieron reunido entre ellos, Jesús dijo: «Hijos míos, habéis estado conmigo mucho tiempo, y yo os he enseñado mucho de lo que se necesita para este período, pero ahora deseo advertiros que no pongáis vuestra confianza en las incertidumbres de la carne ni en la fragilidad de la defensa humana contra las pruebas que nos esperan. Os he llamado aparte aquí para poder deciros nuevamente y claramente que vamos a Jerusalén, donde vosotros sabéis que el Hijo del Hombre ya ha sido condenado a muerte. Nuevamente os digo que el Hijo del Hombre será entregado a las manos de los altos sacerdotes y de los líderes religiosos; que ellos lo condenarán y luego lo entregarán a las manos de los gentiles. Así pues, se mofarán del Hijo del Hombre, aun lo escupirán y lo flagelarán, y lo entregarán a la muerte. Y cuando maten al Hijo del Hombre, no desmayéis, porque os declaro que el tercer día resucitará. Cuidaos y recordad que os he avisado».
      
Nuevamente estuvieron los apóstoles pasmados y anonadados; pero no podían convencerse de considerar sus palabras literalmente; no podían comprender que el Maestro significaba exactamente lo que decía. Estaban tan cegados por su persistente creencia en el reino temporal sobre la tierra, con su centro en Jerusalén, que simplemente no podían —no querían— permitirse aceptar literalmente las palabras de Jesús. Durante todo ese día reflexionaron sobre cuál podía ser el significado de tan extrañas declaraciones del Maestro. Pero ninguno de ellos se atrevió a hacerle preguntas sobre estas declaraciones. Estos confundidos apóstoles no despertaron hasta después de la muerte de Jesús a la comprensión de que el Maestro les había hablado clara y directamente en anticipación de su crucifixión.
      
Fue aquí en Livias, justo antes del desayuno, donde ciertos fariseos simpatizantes vinieron adonde Jesús y dijeron: «Huye de prisa de estas regiones porque Herodes, así como persiguió a Juan, ahora tratará de matarte a ti. Teme una revuelta del pueblo y ha decidido matarte. Te traemos esta advertencia para que puedas huir».
      
Esto era parcialmente verdad. La resurrección de Lázaro atemorizó y alarmó a Herodes, y sabiendo que el sanedrín se había atrevido a condenar a Jesús, aun antes del juicio, Herodes decidió o matar a Jesús o echarlo afuera de sus tierras. En realidad, deseaba hacer lo segundo, puesto que tanto le temía que esperaba no verse obligado a ejecutarlo.
      
Cuando Jesús escuchó lo que tenían que decir los fariseos, replicó: «Bien sé de Herodes y de su temor de este evangelio del reino, pero no os equivoquéis, él mucho preferiría que el Hijo del Hombre fuera a Jerusalén para sufrir y morir a manos de los altos sacerdotes; no anhela, habiéndose manchado las manos con la sangre de Juan, responsabilizarse de la muerte del Hijo del Hombre. Id vosotros y decid a ese zorro que el Hijo del Hombre predica hoy en Perea, mañana va a Judea, y después de unos pocos días, habrá completado su misión en la tierra y se preparará para ascender al Padre».
      
Luego, volviéndose a sus apóstoles, Jesús dijo: «Desde tiempos antiguos han perecido los profetas en Jerusalén, y corresponde que el Hijo del Hombre vaya a la ciudad de la casa del Padre, para ser ofrecido como precio del fanatismo humano y como resultado del prejuicio religioso y de la ceguera espiritual. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los maestros de la verdad! ¡Cuántas veces hubiera querido juntar a tus hijos así como una gallina junta a sus polluelos bajo sus alas, pero no me dejaste hacerlo! ¡He aquí que tu casa pronto quedará desolada! Muchas veces querrás verme, pero no podrás. Me buscarás entonces, pero no me hallarás». Y cuando hubo hablado, se volvió a los que lo rodeaban y dijo: «Sin embargo, vayamos a Jerusalén para asistir a la Pascua y hacer lo que nos corresponde para satisfacer la voluntad del Padre en el cielo».
      
Era un grupo confuso y turbado de creyentes el que este día siguió a Jesús hasta Jericó. Los apóstoles tan sólo podían discernir una nota certera de triunfo final en las declaraciones de Jesús sobre el reino; no podían dejarse llevar a ese punto en que estuvieran dispuestos a captar las advertencias de una inminente catástrofe. Cuando Jesús habló de «resucitar el tercer día», se aferraron de esta declaración interpretando que significaba un triunfo seguro del reino inmediatamente después de una escaramuza preliminar y desagradable con los líderes religiosos judíos. El «tercer día» era una expresión judía frecuente que significaba «pronto» o «poco después». Cuando Jesús habló de «resucitar», pensaron que se refería a que «resucitaría el reino».
      
Jesús había sido aceptado por estos creyentes como el Mesías, y los judíos poco o nada sabían de un Mesías sufriente. No comprendían que Jesús conseguiría con su muerte muchas cosas que no podría haber conseguido nunca con su vida. Mientras fue la resurrección de Lázaro la que estimuló a los apóstoles a tener el valor de entrar a Jerusalén, fue la memoria de la transfiguración la que sostuvo al Maestro en este duro período de su autootorgamiento.

sábado, 19 de octubre de 2013

La gira en Perea.

Durante más de dos semanas Jesús y los doce, seguidos por una multitud de varios centenares de discípulos, viajaron por el sur de Perea, visitando todas las ciudades en las que laboraban los setenta. Muchos gentiles vivían en esta región, y puesto que pocos iban a pasar la fiesta de la Pascua en Jerusalén, los mensajeros del reino continuaron con su trabajo de enseñanza y predicación sin interrupciones.
      
Jesús se encontró con Abner en Hesbón, y Andrés instruyó que no se interrumpieran las labores de los setenta durante la fiesta de Pascua; Jesús aconsejó que los mensajeros continuaran con su obra sin prestar atención alguna a lo que estaba por suceder en Jerusalén. También aconsejó a Abner que permitiese que el cuerpo de mujeres, por lo menos los miembros que así lo deseaban, fueran a Jerusalén para la Pascua. Fue ésta la última vez que Abner vio a Jesús en la carne. Su despedida de Abner fue: «Hijo mío, yo sé que tú serás fiel al reino, y oro para que el Padre te otorgue sabiduría de modo que puedas amar y comprender a tus hermanos».
     
Mientras viajaban de ciudad en ciudad, grandes números de sus seguidores desertaron para ir a Jerusalén de manera que, cuando Jesús empezó el viaje para la Pascua, el número de los que lo seguían todos los días había disminuido a menos de doscientos.
      
Los apóstoles comprendían que Jesús iba a Jerusalén para la Pascua. Sabían que el sanedrín había difundido un mensaje a todo Israel informado que había sido condenado a muerte e instruyendo a todos los que supieran dónde estaba que informaran al sanedrín; sin embargo, a pesar de todo esto, no estaban tan alarmados como lo habían estado cuando él les había anunciado en Filadelfia que iba a Betania para ver a Lázaro. Este cambio de actitud de un temor tan intenso a un estado de discreta expectativa, se debía sobre todo a la resurrección de Lázaro. Habían llegado a la conclusión de que Jesús podría, en caso de urgencia, afirmar su poder divino y avergonzar a sus enemigos. Esta esperanza, combinada con su fe más profunda y madura en la supremacía espiritual de su Maestro, era la fuente del valor exterior manifestado por sus seguidores inmediatos, quienes ahora se prepararon para seguirle a Jerusalén y hacer frente directamente a la declaración abierta del sanedrín de que debía morir.
      
La mayoría de los apóstoles y muchos de sus discípulos más íntimos no creían posible que Jesús muriese; ellos, creyendo que él era «la resurrección y la vida», lo consideraban inmortal y ya triunfante sobre la muerte.

domingo, 6 de octubre de 2013

Sobre cómo calcular el gasto

Cuando Jesús y la compañía de casi mil seguidores llegó al vado de Betania sobre el Jordán a veces llamado Betábara, sus discípulos comenzaron a darse cuenta de que no se dirigía directamente a Jerusalén. Mientras titubeaban y discutían entre ellos, Jesús se trepó a una enorme piedra y pronunció ese discurso que es conocido como «el calcular el gasto». El Maestro dijo:
      




«Vosotros los que queréis seguirme de ahora en adelante debéis estar dispuestos a pagar el precio de la dedicación total a hacer la voluntad de mi Padre. Si queréis ser mis discípulos, debéis estar dispuestos a abandonar padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hermanas. Si cualquiera entre vosotros quiere ahora ser mi discípulo, debéis estar dispuestos a abandonar aun vuestra vida así como el Hijo del Hombre está a punto de ofrecer su vida para completar la misión de hacer la voluntad del Padre en la tierra y en la carne.

      
«Si no estás dispuesto a pagar el precio entero, no puedes ser mi discípulo. Antes de que sigamos, cada uno de vosotros debería sentarse y calcular el gasto de ser mi discípulo. ¿Quién entre vosotros construiría una torre de vigilia sobre sus predios sin sentarse primero a sumar el costo y ver si tiene suficiente dinero para completar la obra? Si no calculas así el gasto, después de haber echado los cimientos, es posible que descubras que eres incapaz de terminar lo que has comenzado, y por lo tanto todos tus vecinos se mofarán de ti diciendo: `he aquí que este hombre empezó a construir pero no puede terminar su obra'. También, ¿qué rey, cuando se preparara a guerrear contra otro rey, no se sienta primero a asesorarse sobre si podrá, con diez mil hombres, luchar contra el que se le enfrenta con veinte mil? Si el rey no puede enfrentarse con su enemigo porque no está preparado, envía un embajador a este otro rey, aunque se encuentre muy lejos, pidiéndole términos de paz.
     
«Ahora bien, cada uno de vosotros debe sentarse y calcular el gasto de ser mi discípulo. De ahora en adelante no podrás seguirnos, escuchando las enseñanzas y contemplando las obras; tendrás que enfrentar amargas persecuciones y dar prueba de este evangelio frente a un desencanto aplastante. Si no estás dispuesto a renunciar a todo lo que eres y a dedicar todo lo que tienes, no mereces ser mi discípulo. Si ya te has conquistado a ti mismo dentro de tu corazón, no debes temer esa victoria exterior que pronto deberás ganar cuando el Hijo del Hombre sea rechazado por los altos sacerdotes y los saduceos y entregado a las manos de los descreídos que se mofan.
      
«Ahora debes examinarte para hallar tu motivación de ser discípulo mío. Si buscas honor y gloria, si tu mente es mundana, eres como la sal que ha perdido su sabor. Y cuando lo que vale por su salinidad ha perdido su sabor, ¿con qué lo sazonaremos? Es inútil tal condimento; sólo sirve para echarlo a la basura. Ahora os he advertido que os volváis a vuestro hogar en paz, si no estáis dispuestos a beber conmigo la copa que está siendo preparada. Una y otra vez os he dicho que mi reino no es de este mundo, pero no me creéis. El que tenga oído para oír, que oiga lo que yo digo».
      
Inmediatamente después de decir estas palabras, Jesús a la cabeza de los doce, partió en dirección a Hesbón, seguido por unos quinientos. Después de una breve demora, la otra mitad de la multitud se dirigió a Jerusalén. Sus apóstoles, juntamente con los discípulos principales, mucho reflexionaron sobre estas palabras, pero aún seguían aferrándose a la creencia de que, después de este breve período de adversidad y prueba, el reino sería establecido con certeza, relativamente de acuerdo con sus esperanzas largamente acariciadas.

sábado, 21 de septiembre de 2013

La partida de Pella.

Durante la mañana del lunes 13 de marzo, Jesús y sus doce apóstoles se despidieron finalmente del campamento de Pella, partiendo hacia el sur en su gira de las ciudades del sur de Perea, donde trabajaban los asociados de Abner. Pasaron más de dos semanas visitando a los setenta y luego fueron directamente a Jerusalén para la Pascua.
     

Cuando el Maestro salió de Pella, los discípulos acampados con los apóstoles, que contaban unos mil, los siguieron. Aproximadamente la mitad de este grupo lo abandonó en el vado del Jordán junto al camino a Jericó cuando se enteraron de que él iba a Hesbón, y después de que él había predicado el sermón sobre «el calcular los gastos». Se dirigieron a Jerusalén, mientras que la otra mitad lo siguió por dos semanas, visitando las ciudades del sur de Perea.
     
En general, la mayoría de los seguidores inmediatos de Jesús comprendía que el campamento de Pella había sido abandonado, pero en realidad pensaban que esto indicaba que su Maestro por fin tenía la intención de ir a Jerusalén y reclamar el trono de David. Una amplia mayoría de sus seguidores nunca pudo captar ningún otro concepto del reino del cielo; sea lo que fuere lo que él les enseñara, no querían desprenderse de la idea judía del reino.
     
Siguiendo las instrucciones del apóstol Andrés, David Zebedeo cerró el campamento para peregrinos en Pella el miércoles 15 de marzo. En ese entonces había unos cuatro mil peregrinos residiendo allí, sin incluir a las más de mil personas que vivían con los apóstoles en lo que se conocía como el campamento de los maestros, y que fueron al sur con Jesús y los doce. Aunque a regañadientes, David vendió todo el equipo a numerosos compradores y procedió con los fondos a Jerusalén, habiendo entregado posteriormente el dinero a Judas Iscariote.
     
David estaba presente en Jerusalén durante la última semana trágica, y se llevó a su madre de vuelta a Betsaida después de la crucifixión. Mientras esperaba a Jesús y a los apóstoles, David se detuvo para visitar a Lázaro en Betania y se agitó enormemente al ver cómo los fariseos lo perseguían y lo atribulaban desde su resurrección. Andrés había instruido a David que descontinuara el servicio de mensajería; todos interpretaron esto como una indicación del pronto establecimiento del reino en Jerusalén. David se encontró sin trabajo, y había prácticamente decidido volverse el defensor autonombrado de Lázaro, cuando finalmente este objeto de su solicitud indignada huyó apresuradamente a Filadelfia. Por lo tanto, poco tiempo después de la resurrección y también después de la muerte de su madre, David se fue a Filadelfia, no sin antes ayudar a Marta y María en disponer de sus bienes; allí, en asociación con Abner y Lázaro, pasó el resto de su vida, volviéndose el supervisor financiero de todos aquellos grandes intereses del reino que tuvieron su centro en Filadelfia durante la vida de Abner.
      
Dentro de un corto período después de la destrucción de Jerusalén, Antioquía se tornó el centro del cristianismo paulino, mientras que Filadelfia siguió siendo el centro del reino del cielo abneriano. De Antioquía, la versión paulina de las enseñanzas de Jesús y sobre Jesús se difundió a todo el mundo occidental; desde Filadelfia los misioneros de la versión abneriana del reino del cielo se desparramaron por toda Mesopotamia y Arabia hasta que más adelante estos emisarios inflexibles de las enseñanzas de Jesús, fueron sobrecogidos por la emergencia súbita del islam.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Camino a Jerusalén.

AL DÍA siguiente del memorable sermón sobre «el reino del cielo», Jesús anunció que el próximo día él y los apóstoles partirían para asistir a la Pascua en Jerusalén, visitando numerosas ciudades del sur de Perea por el camino.
      
El discurso sobre el reino y el anuncio de que iría a la celebración de la Pascua hicieron que todos sus seguidores pensaran que salía hacia Jerusalén para inaugurar el reino temporal de la supremacía judía. Dijera lo que dijese Jesús sobre el carácter no material del reino, no podía eliminar completamente de la mente de sus oyentes judíos la idea de que el Mesías establecería algún tipo de gobierno nacionalista, con sede central en Jerusalén.
      
Lo que Jesús dijo en su sermón del sábado tan sólo consiguió confundir la mayoría de sus seguidores. Muy pocos fueron esclarecidos por el discurso del Maestro. Los líderes comprendieron algo de sus enseñanzas sobre el reino interior, «el reino del cielo dentro de vosotros», pero también sabían que había hablado de otro reino futuro, y éste era el reino que ellos creían que estaba a punto de ir a Jerusalén para establecer. Cuando esta expectativa sufrió una desilusión, cuando él fue rechazado por los judíos, y más tarde, cuando Jerusalén fue literalmente destruida, aún se aferraron a esta esperanza, creyendo sinceramente que el Maestro pronto retornaría al mundo en gran poder y gloria majestuosa para establecer el reino prometido.
      
Fue este domingo por la tarde cuando Salomé, la madre de Santiago y Juan Zebedeo, vino adonde Jesús con sus dos hijos apóstoles y, como si se dirigiera a un potentado oriental, intentó que Jesús le prometiera por adelantado otorgarle lo que ella le pidiese. Pero el Maestro no quiso prometer nada; en cambio, le preguntó: «¿Qué es lo que quieres que haga por ti?» Entonces respondió Salomé: «Maestro, ahora que vayas a Jerusalén para establecer el reino, quisiera pedirte por adelantado que me prometas que éstos mis hijos sean honrados contigo, uno sentado a tu diestra y el otro sentado a tu izquierda en tu reino».
      
Cuando Jesús escuchó el pedido de Salomé, dijo: «Mujer, no sabes qué es lo que pides». Luego, fijando la mirada en los ojos de los dos apóstoles buscadores de honor, dijo: «Teniendo en cuenta que hace mucho que os conozco y os amo; que aun he vivido en la casa de vuestra madre; que Andrés os ha encargado que estéis conmigo en todo momento; por todo esto, habéis permitido que vuestra madre venga a verme en secreto, con esta petición indecorosa. Pero yo os pregunto: ¿sois capaces de beber de la copa de la que estoy a punto de beber?» Sin titubeo, Santiago y Juan contestaron: «Sí, Maestro, sí somos capaces». Dijo Jesús: «Me apesadumbra ver que no sabéis por qué vamos a Jerusalén; me duele que no comprendáis la naturaleza de mi reino; me desilusiona que traigáis a vuestra madre para que me haga esta petición; pero yo sé que me amáis en vuestro corazón; por eso declaro que en verdad beberéis de mi copa de amargura y compartiréis de mi humillación, pero que os sentéis a mi derecha y a mi izquierda no está en mi poder daros. Esos honores están reservados para los que han sido designados por mi Padre».
      
Para entonces alguien había llevado a Pedro y a los otros apóstoles la noticia de esta conferencia, y estaban ellos muy indignados de que Santiago y Juan buscaran ser preferidos entre los demás, y que fueran en secreto con su madre a hacer esta petición. Cuando empezaron a discutir entre ellos, Jesús los reunió y dijo: «Bien comprendéis cómo los gobernantes de los gentiles dominan a sus súbditos, y cómo los que son grandes ejercen su autoridad. Pero no será así en el reino del cielo. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea primero vuestro siervo. El que quiera ser primero en el reino, que sea vuestro ministro. Yo os declaro que el Hijo del Hombre no vino para ser ministrado sino para ministrar; y ahora voy a Jerusalén para dar mi vida haciendo la voluntad del Padre y sirviendo a mis hermanos». Cuando los apóstoles escucharon estas palabras se retiraron por su cuenta para orar. Ese anochecer, en respuesta a los esfuerzos de Pedro, Santiago y Juan se disculparon en forma adecuada ante los diez y recuperaron las buenas gracias de sus hermanos.

Al pedir sitios a la derecha y a la izquierda de Jesús en Jerusalén, los hijos de Zebedeo no se daban cuenta de que en menos de un mes su amado Maestro estaría clavado en una cruz romana con un ladrón moribundo a un lado y otro transgresor al otro lado. Y la madre de ellos, que estuvo presente en la crucifixión, recordaba muy bien la petición necia que ella había hecho a Jesús en Pella relativo a los honores que tan tontamente buscara para sus hijos apóstoles.