«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El sueño de José.

 José no llegaba a aceptar la idea de que María daría a luz un hijo extraordinario, hasta él cierta noche experimentó un sueño muy impresionante. En el sueño se le apareció un resplandeciente mensajero celestial que le dijo entre otras cosas: «José, por mandato de Aquel que reina en las alturas, aparezco ante ti para hablarte del hijo que aguarda María, y quien llegará a ser una gran luz en el mundo. En él habrá vida y su vida será la luz de la humanidad. Primero vendrá a tu pueblo, pero ellos casi no lo recibirán; pero a todos cuantos sepan recibirlo, a todos ellos revelará que son hijos de Dios». Después de esta experiencia José no volvió a dudar jamás del relato de María sobre la visitación de Gabriel ni de que su futuro hijo estaba destinado a ser un mensajero de Dios para el mundo.

     
En todas estas visitaciones no hubo mención alguna de la casa de David. Nada se dijo que indicara que Jesús estaba destinado a ser el «liberador de los judíos», ni tampoco que sería el ansiado Mesías. Jesús no era el Mesías como lo habían anticipado los judíos, sino el libertador del mundo. Su misión era para con todas las razas y los pueblos, no para un solo grupo.
      
José no provenía del linaje del rey David. María tenía más descendencia davídica que José. Es verdad que José tuvo que ir a Belén, la ciudad de David, para registrarse en el censo romano, pero eso se debía al hecho de que, seis generaciones antes, el antepasado paterno de esa generación de José, siendo un huérfano, había sido adoptado por Sadoc, un descendiente directo de David; de allí que José también fuera considerado como formando parte de la «casa de David».
      
Se intentó atribuir a Jesús muchas de las así llamadas profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, mucho tiempo después de su vida mortal en la tierra. Durante siglos los profetas hebreos habían proclamado la llegada de un liberador, y esas promesas se habían interpretado por generaciones sucesivas como refiriéndose a un nuevo gobernante judío que ocuparía el trono de David, y que usando los mismos métodos milagrosos de Moisés establecería a los judíos en Palestina como una nación poderosa, libre de toda dominación extranjera. También, muchos pasajes figurados encontrados en las escrituras hebreas posteriormente se aplicaron erróneamente a la misión de la vida de Jesús. Las escrituras del Antiguo Testamento fueron en varios casos modificadas y distorsionadas para aparecer que se conformaban con uno u otro episodio de la vida terrestre del Maestro. Jesús mismo negó cierta vez públicamente toda conexión con la casa real de David. Aun el pasaje que decía «una joven dará a luz un hijo», se cambió a «una virgen dará a luz un hijo». Lo mismo ocurrió con los muchos escritos que se refieren al árbol genealógico de José y María, originados después de la carrera terrestre de Micael. Muchos de estas cepas contienen bastante del linaje del Maestro, pero en general no son genuinos y no es posible confiar en ellos como ciertos. Los primeros discípulos de Jesús sucumbieron más de una vez a la tentación de modificar las antiguas profecías para conformarlas con la vida de su Señor y Maestro.