«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 31 de enero de 2013

La estadía en Nazaret.

Este viernes por la tarde Jesús anduvo caminando por Nazaret sin ser observado ni reconocido. Pasó por la casa de su niñez y por el taller de carpintería y estuvo una media hora en la colina que tanto le había agradado cuando niño. Desde el día de su bautismo por Juan en el Jordán, el Hijo del Hombre no había sentido tal inundación de emoción humana en su alma. Al descender del monte, oyó los sonidos familiares de la trompeta que anunciaba la puesta del sol, tal como los había oído muchas veces cuando niño en Nazaret. Antes de volver al campamento, pasó por la sinagoga donde había ido a la escuela y su mente se entretuvo en los muchos recuerdos de sus días de infancia. Temprano ese día, Jesús había enviado a Tomás a que dispusiera lo necesario con el jefe de la sinagoga para poder predicar en los servicios matutinos del sábado.
      
El pueblo de Nazaret no había sido nunca famoso por su piedad ni espejo de vida recta. Con el pasar de los años, esta aldea se había contaminado cada vez más con la baja moral característica de la cercana ciudad de Séforis. Durante la juventud de Jesús y sus primeros años de vida adulta, las opiniones de Nazaret sobre él estaban divididas; su decisión de mudarse a Capernaum suscitó gran resentimiento. Aunque los habitantes de Nazaret mucho habían oído sobre las obras de su ex carpintero, estaban ofendidos porque no había incluido su aldea natal en ninguna de sus giras de predicación anteriores. La nueva de la fama de Jesús había llegado hasta allí, desde luego; pero la mayoría de los nazarenos estaban airados porque Jesús no había realizado ninguna de sus grandes obras en la ciudad de su juventud. Durante meses se había hablado mucho de Jesús en el pueblo de Nazaret, pero en general, predominaban las opiniones desfavorables.
      
Así pues el Maestro se encontró en medio de una atmósfera que en vez de darle la bienvenida al hogar, se manifestaba decididamente hostil e hipercrítica. Pero esto no era todo. Sus enemigos, sabiendo que pasaría el sábado en Nazaret y suponiendo que hablaría en la sinagoga, habían empleado a numerosos hombres rudos y groseros para acosarlo, hostilizarlo y armar lío en toda forma posible.

      
La mayoría de los viejos amigos de Jesús, incluyendo el maestro chazán que tanto lo amó en su juventud, habían muerto o se habían ido de Nazaret, y la generación más joven tendía a resentir su fama y alimentaba intensos sentimientos de celos y envidia. No querían recordar su temprana devoción a la familia de su padre, y lo criticaban amargamente porque no visitaba a su hermano ni a sus hermanas casadas que vivían en Nazaret. La actitud de la familia de Jesús también contribuyó a aumentar los sentimientos hostiles del pueblo. Los ortodoxos de entre los judíos aun llegaron a criticar a Jesús porque iba demasiado rápido camino a la sinagoga este sábado por la mañana.

Las lecciones vespertinas.

 Durante las conversaciones vespertinas, Jesús habló de muchos temas. Durante el resto de esta gira —antes de que se volvieran a reunir en Nazaret— habló de «el amor de Dios», «los sueños y las visiones», «la malicia», «la humildad y la mansedumbre», «el coraje y la lealtad», «la música y la adoración», «el servicio y la obediencia», «el orgullo y la presunción», «el perdón en relación con el arrepentimiento», «la paz y la perfección», «el mal hablar y la envidia», «el mal, el pecado y la tentación», «las dudas y la incredulidad», «la sabiduría y la adoración». Puesto que los apóstoles más viejos estaban ausentes, estos grupos más jóvenes de hombres y mujeres participaban más libremente en el diálogo con el Maestro.
      
Después de pasar dos o tres días con un grupo de doce evangelistas, Jesús seguía viaje para unirse a otro grupo, siendo informado de la ubicación y movimientos de todos estos trabajadores por los mensajeros de David. Siendo esta su primera gira, las mujeres permanecieron buena parte del tiempo con Jesús. Mediante el servicio de mensajeros, cada uno de estos grupos se mantenía plenamente informado sobre el progreso de la gira, la llegada de noticias de los otros grupos era siempre fuente de estímulo para estos trabajadores diseminados y separados.
      
Antes de su partida, se había acordado de que los doce apóstoles, juntamente con los evangelistas y el cuerpo de mujeres, concurrirían a Nazaret el viernes 4 de marzo para reunirse con el Maestro. Por lo tanto, alrededor de la fecha indicada, estos varios grupos de apóstoles y evangelistas dispersados por Galilea central y meridional comenzaron a convergir hacia Nazaret. Al promediar la tarde, Andrés y Pedro, los últimos en llegar, se encontraron en el campamento preparado por los primeros en llegar, situado en las tierras altas al norte de la ciudad. Fue ésta la primera vez cuando Jesús volvía a Nazaret desde el comienzo de su ministerio público.

miércoles, 30 de enero de 2013

¿Qué debo hacer para ser salvada?

Cierta tarde en Sunem, después del regreso a Hebrón de los apóstoles de Juan, y después de que los apóstoles de Jesús habían sido enviados en grupos de dos en dos, cuando el Maestro estaba ocupado en enseñar a un grupo de doce de los evangelistas más jóvenes que laboraban bajo la dirección de Jacob, juntamente con las doce mujeres, Raquel hizo a Jesús esta pregunta: «Maestro, qué debemos responder cuando las mujeres nos preguntan ¿qué debo hacer para ser salvada?» Cuando Jesús escuchó esta pregunta, respondió:
     
«Cuando los hombres y las mujeres preguntan qué deben hacer para ser salvados, vosotras contestaréis: cree en este evangelio del reino; acepta el perdón divino. Por la fe reconoce el espíritu residente de Dios, cuya aceptación te hace hijo de Dios. Acaso no habéis leído en las Escrituras donde dice: `en el Señor encuentro yo rectitud y fuerza'. También allí donde el Padre dice: `cercana está mi rectitud se acerca; ha salido mi salvación, y mis brazos abrazarán a mi pueblo'. `Mi alma se alegrará en el amor de mi Dios, porque me vistió con vestiduras de salvación y me rodeó de manto de su rectitud'. Acaso no habéis leído también del Padre que su nombre `será el Señor de nuestra rectitud'. `Llevad estos harapos sucios de presunción y vestid a mi hijo con el manto de rectitud divina y de salvación eterna'. Es para siempre verdad que, `el justo por su fe vivirá'. El ingreso en el reino del Padre es completamente libre, pero el progreso —el crecimiento en la gracia— es esencial para seguir permaneciendo allí.
      
«La salvación es el don del Padre, y es revelada por sus Hijos. Vuestra aceptación mediante la fe os permite compartir de la naturaleza divina, ser hijo o hija de Dios. Por la fe estáis justificados; por la fe sois salvados; y por la misma fe avanzaréis eternamente en el camino de la perfección progresiva y divina. Por la fe Abraham fue justificado y tomó conciencia de la salvación por las enseñanzas de Melquisedek. A través de todas las edades esta misma fe ha salvado a los hijos del hombre, pero ahora ha venido un Hijo de donde el Padre para hacer que esa salvación sea más real y aceptable».
      
Cuando Jesús terminó de hablar, hubo gran regocijo entre los que habían oído sus reconfortantes palabras, y en los días que siguieron, todos ellos proclamaron el evangelio del reino con nueva fuerza y renovada energía y entusiasmo. Las mujeres se regocijaron aún más al saber que se las había incluido en estos planes para el establecimiento del reino en la tierra.
      
Al resumir su declaración final, Jesús dijo: «No podéis comprar la salvación; no podéis ganar la rectitud. La salvación es el don de Dios, y la rectitud es el fruto natural de la vida nacida del espíritu de la filiación en el reino. No seréis salvados porque viváis una vida recta, sino que viviréis una vida recta porque ya habéis sido salvados, habéis reconocido la filiación como un don de Dios y el servicio en el reino como el gozo supremo de la vida en la tierra. Cuando los hombres creen en este evangelio, que es una revelación de la bondad de Dios, serán conducidos al arrepentimiento voluntario de todo pecado conocido. La comprensión de la filiación es incompatible con el deseo de pecar. Los creyentes en el reino tienen sed de rectitud y hambre de perfección divina».

martes, 29 de enero de 2013

El envío de los apóstoles en grupos de dos en dos.

La siguiente tarde, habiéndose reunido con los doce apóstoles, los apóstoles de Juan y el grupo de mujeres recientemente comisionado, Jesús dijo: «Podéis ver, vosotros mismos, que la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Oremos pues todos al Señor de la cosecha para que nos envíe aún más trabajadores para sus campos. Mientras yo permanezco aquí para reconfortar e instruir a los instructores más jóvenes, enviaré a los mayores en grupos de dos en dos para que puedan abarcar rápidamente toda Galilea predicando el evangelio del reino mientras la situación continúe siendo propicia y pacífica». Luego nombró los pares de apóstoles tal como deseaba que salieran y éstos fueron: Andrés y Pedro, Santiago y Juan Zebedeo, Felipe y Natanael, Tomás y Mateo, Jacobo y Judas Alfeo, Simón el Zelote y Judas Iscariote.


Jesús estableció la fecha en que se encontraría con los doce en Nazaret y al despedirse, dijo: «En esta misión, no vayáis a ninguna de las ciudades de los gentiles, ni tampoco a Samaria, pero id adonde están las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Predicad el evangelio del reino y proclamad la verdad salvadora de que el hombre es hijo de Dios. Recordad que el discípulo no está por encima de su maestro ni el siervo es superior a su amo. Basta con que el discípulo sea igual a su maestro y el siervo llegue a ser como su amo. Si alguien se ha atrevido a llamar al amo de la casa asociado de Beelzebú, ¡cuánto más considerarán así a los de su casa!
 Pero no debéis temer de estos enemigos incrédulos. Os declaro que nada de lo que está cubierto dejará de ser revelado; no hay nada oculto que no se conocerá. Lo que os he enseñado privadamente, predicadlo abiertamente con sabiduría. Lo que os he revelado dentro de la casa, proclamadlo desde los tejados cuando llegue la ocasión. Y yo os digo, amigos y discípulos míos, no temáis a los que pueden matar el cuerpo pero no son capaces de destruir el alma; colocad vuestra confianza en Aquel que puede sostener el cuerpo y salvar el alma.
      
«¿Acaso no se venden dos gorriones por un céntimo? Sin embargo yo os declaro que ninguno de ellos está olvidado en los ojos de Dios. ¿Acaso no sabéis que hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados? No temáis pues; vosotros sois de más valor que muchos gorriones. No os avergoncéis de mi enseñanza; salid proclamando paz y buena voluntad, pero no os engañéis —la paz no siempre acompañará vuestra predicación. He venido para traer paz a la tierra, pero cuando los hombres rechazan mi don, se producen divisiones y alborotos. Cuando todos los de una familia reciben el evangelio del reino, en verdad la paz habita en esa casa; pero cuando alguno de la familia entra en el reino y otros rechazan el evangelio, esa división tan sólo puede producir pesadumbre y tristeza. Laborad intensamente para salvar a toda la familia para que no se vuelvan los enemigos de un hombre los de su propia casa. Pero cuando hayáis hecho todo lo posible para todos los de cada familia, yo os declaro que el que ame al padre o a la madre más que este evangelio no es digno del reino».
      
Cuando los doce escucharon estas palabras, se prepararon para partir. No volvieron a verse hasta el momento en que concurrieron a Nazaret para reunirse con Jesús y con los otros discípulos, tal como el Maestro lo había dispuesto.

El sábado en Tiberias.

Andrés, siguiendo las instrucciones de Jesús, puso el servicio del sábado del grupo apostólico a cargo de las mujeres. Esto significaba, naturalmente, que no se podían celebrar en la nueva sinagoga. Las mujeres seleccionaron a Joana para que se hiciera cargo de esta ocasión, y la reunión se celebró en la sala de banquetes del nuevo palacio de Herodes, porque Herodes estaba a la sazón residiendo en Julias de Perea. Joana leyó de las Escrituras sobre la obra de la mujer en la vida religiosa de Israel, haciendo referencia a Miriam, Débora, Ester y otras.
 
      
Tarde esa noche Jesús pronunció ante el grupo reunido un memorable discurso sobre «La magia y la superstición». En aquellos días, la aparición de una estrella brillante y supuestamente nueva era considerada un signo del nacimiento de un gran hombre en la tierra. Como se había observado recientemente una estrella semejante, Andrés preguntó a Jesús si estas creencias tenían fundamento. En la larga respuesta a la pregunta de Andrés, el Maestro habló en forma extensa sobre el tema de la superstición humana. La declaración de Jesús en esa ocasión puede ser resumida en fraseología moderna como sigue:
      
1. El curso de las estrellas en los cielos nada tiene que ver con los acontecimientos de la vida humana en la tierra. La astronomía es un interés apropiado de la ciencia, pero la astrología es una masa de errores supersticiosos que no tiene lugar en el evangelio del reino.
      
2. El examen de los órganos de un animal recientemente sacrificado nada puede revelar del tiempo atmosférico, los acontecimientos futuros o la conducta de los asuntos humanos.
      
3. Los espíritus de los muertos no regresan para comunicarse con sus familiares ni con sus amigos vivos.
      4. Los amuletos y las reliquias son impotentes contra las enfermedades, no previenen los desastres ni influyen sobre los espíritus malvados; la creencia en estas formas materiales de influir sobre el mundo espiritual no es sino superstición flagrante.
      
5. Echar la suerte, aunque pueda ser una forma conveniente de resolver muchas dificultades menores, no es un método creado para revelar la voluntad divina. Los resultados de estas actividades tan sólo son casualidades de orden material. La única forma de comunión con el mundo espiritual corresponde al don del espíritu otorgado a la humanidad; el espíritu residente del Padre, juntamente con el espíritu derramado del Hijo y la influencia omnipresente del Espíritu Infinito.
      
6. La adivinación, la hechicería y la brujería son supersticiones de mentes ignorantes, lo mismo que la ilusión de la magia. La creencia en números mágicos, en signos de buena suerte y presagios de mala suerte, es pura superstición y sin ningún fundamento.
      
7. La interpretación de los sueños es en gran parte un sistema supersticioso y sin fundamento de especulación ignorante y fantástica. El evangelio del reino no debe tener nada en común con los sacerdotes adivinos de las religiones primitivas.
      
8. Los espíritus del bien o del mal no pueden habitar en símbolos materiales de arcilla, madera o metal; los ídolos no son más que la sustancia de la cual están hechos.
      
9. Las prácticas de los encantadores, magos, hechiceros y brujos provienen de las supersticiones de los egipcios, los asirios, los babilonios y los antiguos cananeos. Los amuletos y toda suerte de encantamientos son fútiles tanto para ganar la protección de los buenos espíritus como para protegerse de los así llamados espíritus impuros.
      
10. Desenmascaró y denunció la creencia en encantamientos, ordalías, hechicerías, maldiciones, signos, mandrágoras, cuerdas anudadas, y todas las demás formas de superstición ignorante y esclavizante.

viernes, 25 de enero de 2013

La parada en Magdala.

Al salir el grupo apostólico de Betsaida, las mujeres viajaban en la retaguardia. Durante las conferencias, siempre se sentaban en grupo al frente y a la derecha del que hablaba. Cada vez más mujeres se convertían en creyentes en el evangelio del reino; había sido fuente de dificultades y muy embarazoso el que alguna de ellas deseara conversar personalmente con Jesús o con uno de los apóstoles. Pero todo esto había cambiado. Si una de las mujeres creyentes deseaba ver al Maestro o conferenciar con los apóstoles, iba a ver a Susana, e inmediatamente la acompañaba una de las doce mujeres evangelistas ante la presencia del Maestro o de uno de sus apóstoles.
       
En Magdala fue donde las mujeres demostraron por primera vez su utilidad y reivindicaron la sabiduría de su selección. Andrés había impuesto reglas un tanto estrictas a sus asociados en lo que concernía al trabajo personal con las mujeres, especialmente con aquellas de conducta dudosa. Pero al llegar el grupo a Magdala, les estaba permitido a estas diez mujeres evangelistas entrar libremente en las casas que albergaban el mal, y allí predicar la buena nueva directamente a las que allí habitaban. En el ministerio de los enfermos, estas mujeres entablaban fácilmente relaciones íntimas con sus hermanas afligidas. Como resultado del ministerio de estas diez mujeres (más adelante conocidas como las doce mujeres) en este lugar, María Magdalena fue ganada para el reino. A través de una sucesión de infortunios y como consecuencia de la actitud de la sociedad convencional hacia las mujeres que cometen tales errores de juicio, esta mujer se encontraba en uno de los antros de perdición de Magdala. Marta y Raquel fueron quienes explicaron a María que las puertas del reino estaban abiertas aun para las personas de su calaña. María creyó en la buena nueva y fue bautizada por Pedro al día siguiente.
      
María Magdalena se convirtió en la más eficaz instructora del evangelio en este grupo de doce mujeres evangelistas. Fue seleccionada para este servicio, juntamente con Rebeca, en Jotapata, unas cuatro semanas después de su conversión. María y Rebeca, con otras de este grupo, siguieron laborando fiel y eficazmente para el esclarecimiento y elevación de sus hermanas oprimidas hasta el fin de la vida terrenal de Jesús; y cuando se desarrolló el último y trágico episodio en el drama de la vida de Jesús, a pesar de que todos los apóstoles menos uno huyeron, estas mujeres estuvieron todas presentes, y ni una sola entre ellas negó a Jesús ni lo traicionó.

El cuerpo evangelista de mujeres.

De todas las acciones audaces de Jesús en relación con su carrera terrenal, la más extraordinaria fue anunciada súbitamente en la tarde del 16 de enero: «Mañana seleccionaremos a diez mujeres para trabajar en el ministerio del reino». Al comienzo del período de dos semanas, durante el cual los apóstoles y evangelistas estarían ausentes de Betsaida de vacaciones, Jesús pidió a David que llamara a sus padres de vuelta a la casa y que enviara mensajeros convocando a Betsaida a diez mujeres devotas que habían servido en la administración del antiguo campamento y del dispensario de tiendas. Todas estas mujeres habían escuchado la instrucción impartida a los jóvenes evangelistas, pero jamás se les había ocurrido ni a ellas ni a sus instructores que Jesús se atrevería a comisionar a las mujeres para que enseñaran el evangelio del reino y ministraran a los enfermos. Estas diez mujeres seleccionadas y comisionadas por Jesús fueron: Susana, la hija del ex chazán de la sinagoga de Nazaret; Joana, la esposa de Chuza, el asistente de Herodes Antipas; Elizabeth, la hija de un judío rico de Tiberias y Séforis; Marta, la hermana mayor de Andrés y Pedro; Raquel, la cuñada de Judá, el hermano carnal del Maestro; Nasanta, la hija de Elman, el médico sirio; Milca, una prima del apóstol Tomás; Ruth, la hija mayor de Mateo Leví; Celta, la hija de un centurión romano; y Agaman, una viuda de Damasco. Posteriormente, Jesús agregó dos mujeres más a este grupo: María Magdalena y Rebeca, la hija de José de Arimatea. 

      
Jesús autorizó a estas mujeres a que establecieran su propia organización, y ordenó a Judas que proveyera fondos para su equipo y para los animales de carga. Las diez nombraron jefe a Susana y tesorera a Joana. De ahí en adelante se abastecieron por sí mismas; nunca más pidieron apoyo monetario a Judas.
      
Era sorprendente en esa época, considerando que las mujeres no podían ni siquiera ser admitidas al atrio principal de la sinagoga (estando confinadas a la galería de mujeres), que se las reconociera como instructoras autorizadas del nuevo evangelio del reino. El cometido que Jesús dio a estas diez mujeres al seleccionarlas para enseñar el evangelio y ministrar fue la proclamación de la emancipación; lo cual liberó a las mujeres para todos los tiempos; ya no debían los hombres considerar espiritualmente inferiores a las mujeres. Esto produjo una contundente zozobra aun entre los doce apóstoles. A pesar de que muchas veces habían escuchado al Maestro decir que «en el reino del cielo no hay ricos ni pobres, ni libres ni esclavos, ni hombres ni mujeres, todos son igualmente hijos e hijas de Dios», estaban literalmente pasmados cuando él propuso comisionar formalmente a estas diez mujeres como instructoras religiosas y aun permitirles que viajaran con ellos. El país entero se agitó ante este procedimiento, y los enemigos de Jesús sacaron provecho de esta acción para usarla contra él, pero por todas partes las mujeres creyentes en la buena nueva tomaron firmemente partido por sus hermanas elegidas entonando con gran convicción su aprobación más plena de este reconocimiento, aunque tardío, del sitio que debe ocupar la mujer en el trabajo religioso. Y esta liberación de la mujer, dándoles el debido reconocimiento, fue practicada por los apóstoles inmediatamente después de la partida del Maestro, aunque las generaciones subsiguientes volvieron a caer en las viejas costumbres. En los albores de la iglesia cristiana las mujeres instructoras y ministras eran llamadas diaconisas y se les acordaba reconocimiento general. Sin embargo Pablo, a pesar de profesar que estaba de acuerdo con todo esto en teoría, no supo incorporarla sinceramente en su propia actitud y personalmente le resultó difícil practicarla.

lunes, 21 de enero de 2013

La tercera gira de predicación.

EN LA tarde del domingo 16 de enero del año 29 d. de J.C., Abner y los apóstoles de Juan llegaron a Betsaida para celebrar al día siguiente, una conferencia conjunta con Andrés y los apóstoles de Jesús. Abner y sus asociados tenían su cuartel general en Hebrón y acostumbraban venir a Betsaida periódicamente para asistir a estas reuniones.
      
Entre los muchos asuntos tratados en el curso de esta conferencia conjunta, se consideró la práctica de ungir a los enfermos con ciertos tipos de aceite mientras se pronunciaban oraciones para su curación. Nuevamente, Jesús se negó a participar en las discusiones o expresar su opinión sobre las conclusiones de ellos. Los apóstoles de Juan siempre habían usado el aceite para ungir en su ministerio de los enfermos y afligidos, y trataron de establecer esta práctica uniformemente para ambos grupos, pero los apóstoles de Jesús se negaron a acogerse a esta regla.

      
El martes 18 de enero en la casa de Zebedeo en Betsaida, se unieron a los veinte y cuatro, los evangelistas que habían pasado la prueba de la experiencia, unos setenta y cinco en total, en preparación para ser enviados a la tercera gira de predicación por Galilea. Esta tercera misión continuó durante un período de siete semanas.
      
Los evangelistas fueron enviados en grupos de cinco en cinco mientras que Jesús y los doce viajaron juntos la mayor parte del tiempo, saliendo los apóstoles en grupos de dos en dos para bautizar a los creyentes según requiriera la ocasión. Durante un período de casi tres semanas Abner y sus asociados también trabajaron con los grupos evangelistas, asesorándolos y bautizando a los creyentes. Visitaron Magdala, Tiberias, Nazaret, y todas las ciudades principales y aldeas de la región central y sur de Galilea, todos los sitios visitados previamente y muchos otros más. Fue éste el último mensaje a Galilea, a excepción de las regiones del norte.

sábado, 19 de enero de 2013

El retorno a Betsaida.

Andrés, en consulta con Simón Pedro y con la aprobación de Jesús, había instruido a David en Betsaida a que despachara mensajeros a los varios grupos de predicadores, con instrucciones de que finalizaran la gira y retornaran a Betsaida a cualquier hora del jueves, 30 de diciembre. A la hora de la cena de ese día lluvioso, todos los integrantes del grupo apostólico y los instructores evangelistas habían llegado a la casa de Zebedeo.
       
Permanecieron todos juntos hasta el sábado, alojándose en las casas de Betsaida o en las casas cercanas a Capernaum, después de lo cual todo el grupo tuvo dos semanas de descanso para volver a ver a sus familiares, visitar a sus amigos o ir a pescar. Los dos o tres días que pasaron juntos en Betsaida estuvieron efectivamente llenos de entusiasmo e inspiración; aun los instructores más viejos se vieron edificados por los jóvenes predicadores que relataban sus experiencias.
     
De los 117 evangelistas que participaron en esta segunda gira de predicación en Galilea, sólo setenta y cinco sobrevivieron la prueba de la experiencia real y estuvieron prestos para que se los enviara a servir cuando terminaron las dos semanas de descanso. Jesús, con Andrés, Pedro, Santiago y Juan, permaneció en la casa de Zebedeo y pasó mucho tiempo en reuniones dedicadas al bienestar y a la expansión del reino.

viernes, 18 de enero de 2013

El "temor al Señor".

Fue en Gamala, durante la lección de la tarde, donde Felipe dijo a Jesús: «¿Maestro, por qué nos instruyen las Escrituras que `temamos al Señor' mientras tú quieres que contemplemos sin temores al Padre en el cielo? ¿Cómo podremos armonizar estas enseñanzas?» y Jesús replicó a Felipe, diciendo:
 
     
«Hijitos míos, no me sorprendo de que preguntéis tales cosas. Al principio, el hombre sólo podía aprender la reverencia por medio del temor, pero yo he venido para revelar el amor del Padre, para que vosotros seáis atraídos a la adoración del Eterno por el imán del reconocimiento afectuoso de un hijo y la devoción recíproca al amor profundo y perfecto del Padre. Yo os liberaré de la esclavitud que os lleva por el temor al servicio difícil de un Dios-Rey celoso e iracundo. Yo os instruiré en la relación Padre-hijo de Dios y el hombre, para que podáis ser conducidos con dicha a la adoración libre, excelsa y sublime de un Padre-Dios amante, justo y misericordioso.
     
«El `temor al Señor' ha tenido significados diferentes a través de las épocas, partiendo del temor, pasando por la angustia y el terror, hasta llegar al respeto y a la reverencia. Ahora quiero llevaros de la reverencia, a través del reconocimiento, la comprensión y la apreciación, al amor. Cuando el hombre reconoce sólo las obras de Dios, tiende a temer al Supremo; pero cuando el hombre comienza a comprender y a experimentar la personalidad y carácter del Dios vivo, es conducido cada vez más al amor de un Padre tan bueno y perfecto, tan universal y eterno. Es este cambio de la relación del hombre con Dios el que constituye la misión del Hijo del Hombre en la tierra.
     
«Los hijos inteligentes no temen a su padre para poder recibir dádivas de sus manos; pero habiendo ya recibido la abundancia de las buenas cosas donadas por los dictados del afecto del padre hacia sus hijos y sus hijas, estos hijos muy amados llegan a amar a su padre en reconocimiento sensible y apreciación de tan magnífica beneficencia. La bondad de Dios conduce al arrepentimiento; la beneficencia de Dios conduce al servicio; la misericordia de Dios conduce a la salvación; mientras que el amor de Dios conduce a la adoración inteligente y espontánea.
      
«Vuestros antepasados temían a Dios porque era poderoso y misterioso. Vosotros lo adoraréis porque es magnífico en su amor, pletórico en su misericordia, y glorioso en su verdad. El poder de Dios engendra temor en el corazón del hombre, pero la nobleza y la rectitud de su personalidad originan reverencia, amor y adoración voluntariosa. Un hijo cumplido y afectuoso no teme ni tiene terror de un padre aunque éste sea poderoso y noble. He venido al mundo para poner amor en el lugar del temor, gozo en el lugar de la pena, confianza en el lugar del terror, servicio amante y adoración apreciativa en lugar de esclavitud encadenada y ceremonias sin significado. Pero aún es verdad para los que se sientan en las tinieblas que `el temor al Señor es el comienzo de la sabiduría'. Sin embargo, cuando la luz haya llegado aún más, los hijos de Dios serán conducidos a alabar al Infinito por lo que él es en vez de temerlo por lo que él hace.
      
«Cuando los hijos son pequeños e impulsivos, se les debe exhortar a honrar a sus padres; pero cuando crecen y comienzan a apreciar mejor los beneficios del ministerio y protección paterna, son conducidos, a través del respeto comprensivo y del afecto cada vez más grande, a ese nivel de experiencia en el que realmente aman a sus padres por lo que son, más que por lo que han hecho. El padre naturalmente ama al hijo, pero el hijo debe desarrollar su amor por el padre a partir del temor de lo que el padre pueda hacer, a través del respeto, el terror, la dependencia y la reverencia, hasta el respeto apreciativo y afectuoso del amor.
      
«Se os ha enseñado que vosotros debéis `temer a Dios y guarda sus mandamientos, porque ése es el todo deber del hombre'. Pero yo he venido para daros un nuevo mandamiento aún más alto. Quiero enseñaros a `amar a Dios y aprender a hacer su voluntad, porque ése es el privilegio más elevado de los hijos liberados de Dios'. A vuestros padres se enseñó a `temer a Dios —el Rey Todopoderoso', yo os enseño `a amar a Dios —el Padre todomisericordioso'.
      
«En el reino del cielo, que he venido para declarar, no hay reyes altos y poderosos; este reino es una familia divina. El centro y jefe universalmente reconocido y adorado sin reservas de esta vasta hermandad de seres inteligentes es mi Padre y vuestro Padre. Yo soy su Hijo, y vosotros también sois sus hijos. Por consiguiente es eternamente verdadero que vosotros y yo somos hermanos en el estado celestial, y más aún desde que nos hemos hecho hermanos de carne en la vida terrenal. Dejad pues de temer a Dios como a un rey o de servirle como a un amo; aprended a tenerle reverencia como Creador; a honrarle como al Padre de vuestro juventud espiritual; a amarlo como a un defensor misericordioso; y finalmente, a adorarlo como al Padre amante y omnisapiente de vuestra comprensión y apreciación espiritual más maduras.
      
«De vuestros conceptos erróneos sobre el Padre en el cielo surgen vuestras falsas ideas de humildad y nace mucha de vuestra hipocresía. El hombre puede ser un gusano en el polvo por su naturaleza y origen, pero cuando lo habita el espíritu de mi Padre, ese hombre se hace divino en su destino. El espíritu otorgado por mi Padre volverá con toda seguridad a la fuente divina y al nivel universal de origen, y el alma humana del hombre mortal que habrá llegar a ser el hijo renacido de este espíritu residente ascenderá certeramente con el espíritu divino hasta la presencia misma del Padre eterno.
      
«La humildad en verdad corresponde al hombre mortal que recibe todos estos dones del Padre en el cielo, si bien existe en cada uno de estos candidatos de la fe para la ascensión eterna al reino del cielo una dignidad divina. Las prácticas vacías y necias de una humildad ostentosa y falsa son incompatibles con a apreciación de la fuente de vuestra salvación y con el reconocimiento del destino de vuestras almas nacidas del espíritu. La humildad ante Dios por cierto corresponde en la profundidad de vuestro corazón; la mansedumbre ante los hombres es loable; pero la hipocresía de la humildad autoconsciente y ostentosa es infantil e indigna de los hijos esclarecidos del reino.
      
«Hacéis bien en ser mansos ante Dios y en controlaros ante los hombres, pero haced que vuestra mansedumbre sea de origen espiritual y no la exteriorización autoengañosa de un sentido autoconsciente de superioridad presuntuosa. El profeta habló sabiamente cuando dijo, `caminad humildemente con Dios' porque, aunque el Padre en el cielo es el Infinito y el Eterno, él también habita `con aquel que tiene mente contrita y espíritu humilde'. Mi Padre desprecia el orgullo, detesta la hipocresía, y aborrece la iniquidad. Es precisamente para acentuar el valor de la sinceridad y confianza perfectas en el apoyo amante y la guía fiel de nuestro Padre celestial, para que yo tan frecuentemente uso el ejemplo de un niño, para ilustrar la actitud mental y la respuesta espiritual que son tan esenciales para que el hombre mortal entre en las realidades espirituales del reino del cielo.
      
«Bien describió el profeta Jeremías a muchos mortales cuando dijo: `Cerca estás tú de Dios en tu boca, pero lejos de él en tu corazón'. Y acaso no habéis leído también esa terrible advertencia del profeta que dijo: `Sus sacerdotes enseñan por precio y sus profetas adivinan por dinero. Al mismo tiempo profesan piedad y alegan que el Señor está con ellos'. ¿Acaso no habéis sido puestos en guardia contra los que `hablan paz con sus prójimos, pero la maldad está en su corazón', los que `hablan con labios lisonjeros, y con doblez de corazón'? De todas las penas de un hombre confiado, ninguna es tan terrible como la de ser `herido en la casa de su amigo en quien confía'».

lunes, 14 de enero de 2013

La lección sobre el contentamiento.

Cierta vez, al encontrarse Jesús visitando a un grupo de evangelistas que trabajaban bajo la supervisión de Simón el Zelote, durante su reunión de la noche Simón preguntó al Maestro: «¿Por qué ocurre que algunas personas están tanto más dichosas y conformes que otras? ¿Es el contentamiento asunto de experiencia religiosa?» Entre otras cosas, Jesús dijo en respuesta a la pregunta de Simón:
      
«Simón, algunas personas son por naturaleza más felices que otras. Muchísimo depende del deseo del hombre de ser conducido y dirigido por el espíritu del Padre que reside en él. ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras las palabras del sabio: `El espíritu del hombre es la candela del Señor, la cual escudriña lo más profundo de todo el ser'? También sabéis, que los hombres conducidos por el espíritu dicen: `Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos; y es hermosa la heredad que me ha tocado'. `Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos protervos', porque `el hombre bueno encuentra satisfacción dentro de sí mismo'. `El corazón alegre hermosea el rostro y es una fiesta constante. Mejor es lo poco con el temor al Señor, que el gran tesoro donde hay turbación. Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio. Mejor es lo poco con justicia que la muchedumbre de frutos sin derecho'. `Un corazón alegre es como un buen remedio'. `Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con pena y aflicción de espíritu'.
      
«Mucho de la pena del hombre nace de la desilusión de sus ambiciones y de las heridas a su orgullo. Aunque los hombres tienen el deber para consigo mismos de hacer lo mejor que pueden con sus vidas en la tierra, habiendo hecho ese sincero esfuerzo deberían aceptar su destino con alegría y aplicar su ingenio a sacar el mayor provecho de lo que les tocó en suerte. Muchísimos de los problemas de los hombres se originan en el temor que alberga su propio corazón. `Huye el impío sin que nadie lo persiga'. `Los impíos son como un mar en tempestad, que no puede estarse quieto y sus aguas arrojan cieno y lodo; no hay paz, dice Dios, para los impíos'.
      
«No busquéis pues la paz falsa y el gozo pasajero, sino la seguridad de la fe y la certidumbre de la filiación divina, que dan serenidad, contentamiento y gozo supremo en el espíritu».
        
Jesús no consideraba este mundo un «valle de lágrimas». Más bien lo consideraba la esfera donde nacen los espíritus eternos e inmortales en la ascensión al Paraíso, «el valle para forjar almas».

El progreso de la gira de predicación.

Jesús hizo muy poco trabajo público durante esta gira de predicación, pero condujo muchas clases vespertinas para los creyentes en la mayoría de las ciudades y aldeas en las que a la sazón se detenía con Santiago y Juan. En una de estas reuniones vespertinas, uno de los evangelistas más jóvenes hizo a Jesús una pregunta sobre la ira, y el Maestro entre otras cosas dijo en respuesta:
 
      
«La ira es una manifestación material que representa, de manera general, la medida del fracaso de la naturaleza espiritual en la tarea de ganar el control sobre las naturalezas intelectual y física combinadas. La ira indica vuestra falta de amor fraternal tolerante más vuestra falta de respeto propio y de autocontrol. La ira afecta la salud, envilece la mente, y limita al instructor espiritual del alma del hombre. ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras que `la ira mata al tonto', y que el hombre `se destruye a sí mismo en su ira'? ¿Que `el que tarda en airarse es grande de entendimiento', mientras que `el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad'. Todos vosotros sabéis que `la blanda respuesta quita la ira', y que `las palabras ásperas hacen subir el furor'. `La cordura detiene el furor' mientras que `como ciudad derribada y sin muro, es el hombre cuyo yo no tiene rienda'. `Cruel es la ira, e impetuoso el furor'. `Los hombres iracundos levantan contiendas, y los furiosos multiplican sus errores'. `No te apresures en tu espíritu, porque el enojo reposa en el seno de los necios'». Antes de terminar de hablar Jesús también dijo: «Dejad que vuestro corazón esté tan dominado por el amor, que el espíritu guía pueda con poca dificultad libraros de la tendencia a dejaros llevar por esas explosiones de ira animal que son inconsistentes con el estado de filiación divina.»
      
En esta misma ocasión el Maestro les habló al grupo sobre la importancia de poseer un carácter bien equilibrado. El reconocía que la mayoría de los hombres tienen que dedicarse al dominio de una vocación, pero deploraba el exceso de especialización, tendencia que limita la mente y circunscribe las actividades vitales. Mencionó el hecho de que toda virtud, si se la lleva a extremos, puede volverse vicio. Jesús siempre predicó la moderación y enseñó la constancia — una adaptación proporcional a los problemas de la vida. Observó que el exceso de compasión y piedad puede degenerar en una grave inestabilidad emocional; que el entusiasmo puede llevar al fanatismo. Mencionó el hecho de un ex asociado de ellos, cuya imaginación lo había llevado a empresas visionarias e imprácticas. Al mismo tiempo, les advirtió contra los peligros de la monotonía inherente en una mediocridad demasiado conservadora.
     
Luego habló Jesús de los peligros del coraje y de la fe, y de cómo estos dos factores a veces llevan a un alma no reflexiva a la presunción y la imprudencia. También mostró cómo la prudencia y la discreción, llevadas a los extremos, conducen a la cobardía y al fracaso. Exhortó a sus oyentes a que procuraran la originalidad, pero evitando caer en la excentricidad. La comprensión no debe caer en sentimentalismo, ni la piedad en beatería. Enseñó reverencia libre de miedo y superstición.
        
No fueron tanto las enseñanzas de Jesús sobre un carácter equilibrado las que impresionaban a sus asociados, sino el hecho de que su propia vida era ejemplo elocuente de estas enseñanzas. Vivía él en medio de apremios y tempestades, pero jamás vaciló. Sus enemigos continuamente preparaban trampas, pero nunca cayó en ésas. Los sabios e instruidos trataban de hacerlo tropezar, pero nunca tropezó. Trataban de enredarlo en debates, pero sus respuestas eran siempre esclarecedoras, dignas y definitivas. Cuando interrumpían sus disertaciones con múltiples preguntas, sus respuestas eran siempre significativas y definitivas. No recurrió jamás a tácticas indignas cuando se enfrentaba con la presión constante de sus enemigos, que no vacilaban en emplear todo tipo de ataque falso, injusto y desleal.
      
Aunque es verdad que muchos hombres y mujeres deben dedicarse asiduamente a una vocación específica para ganarse la vida, es sin embargo enteramente deseable que los seres humanos cultiven una amplia gama de familiaridad cultural con la vida tal como se la vive en la tierra. Las personas verdaderamente cultas no se conforman con permanecer en la ignorancia respecto de la forma de vida y las hazañas de sus semejantes.

domingo, 6 de enero de 2013

La hostilidad de los líderes religiosos.

A pesar de que la gente común recibía favorablemente las enseñanzas de Jesús, los líderes religiosos en Jerusalén se iban alarmando y tornando antagonistas cada vez más. Los fariseos habían formulado una teología sistemática y dogmática. Jesús no enseñaba en forma sistemática, lo hacía según se presentara la ocasión. Jesús enseñaba basándose no tanto en la ley, sino en la vida misma, mediante parábolas. (Y cuando empleaba una parábola para ilustrar su mensaje, su intención era utilizar sólo una característica de la historia para ese propósito. Es posible llegar a muchas conclusiones erróneas sobre las enseñanzas de Jesús si se quieren transformar sus parábolas en alegorías.)
 
      
Los líderes religiosos en Jerusalén se estaban poniendo frenéticos por la reciente conversión del joven Abraham y la deserción de tres de los espías, que habían sido bautizados por Pedro, y se habían unido a los evangelistas en esta segunda gira de predicación en Galilea. El temor y el prejuicio enceguecían cada vez más a los líderes judíos, cuyo corazón estaba endurecido por el continuado rechazo de las cautivantes verdades del evangelio del reino. Cuando los hombres se cierran a la llamada del espíritu que reside en ellos, poco puede hacerse para modificar su actitud.
      
La primera vez que Jesús se reunió con los evangelistas en el campamento de Betsaida, al concluir su discurso, dijo: «Debéis recordar que en cuerpo y mente — emocionalmente— los hombres reaccionan como individuos. Lo único uniforme que tienen los hombres es el espíritu residente. Aunque los espíritus divinos puedan variar un tanto en su naturaleza y grado de experiencia, ellos reaccionan en forma uniforme a todos los llamados espirituales. Sólo a través de este espíritu, y por la llamada a él, puede la humanidad alcanzar algún día la unidad y la fraternidad».
 Pero muchos de los líderes de los judíos habían cerrado las puertas de su corazón a la llamada espiritual del evangelio. Desde este día en adelante no cesaron de conspirar y urdir la destrucción del Maestro. Estaban convencidos de que Jesús debía ser detenido, condenado y ajusticiado como ofensor de la religión por haber violado las enseñanzas cardinales de la sagrada ley judía.

sábado, 5 de enero de 2013

La actitud de la gente.

Jesús comprendía la mentalidad de los hombres. Sabía lo que había en el corazón del hombre, y si sus enseñanzas hubieran quedado tal como él las había impartido, sin más comentario que el de la inspiración proveniente de la interpretación de su vida en la tierra, todas las naciones y todas las religiones del mundo habrían abrazado rápidamente el evangelio del reino. Los esfuerzos bien intencionados de los primeros seguidores de Jesús por adaptar sus enseñanzas para que fueran más aceptables a ciertas naciones, razas y religiones, sólo resultaron en que dichas enseñanzas fueran menos aceptables para todas las demás naciones, razas y religiones.
     
El apóstol Pablo, en sus esfuerzos por presentar las enseñanzas de Jesús bajo una luz favorable a ciertos grupos de su época, escribió muchas cartas de instrucción y admonición. Otros instructores del evangelio de Jesús hicieron lo mismo, pero ninguno de ellos pensó que algunos de estos escritos serían posteriormente puestos juntos y presentados como esencia de las enseñanzas de Jesús. Así pues, aunque el así llamado cristianismo contiene más del evangelio del Maestro que ninguna otra religión, también contiene mucho que Jesús no enseñó. Aparte de incorporar muchas enseñanzas de los misterios persas y de la filosofía griega en el cristianismo primitivo, se cometieron dos grandes errores:
     
1. El esfuerzo por vincular las enseñanzas del evangelio directamente con la teología judía, como se ilustra en la doctrina cristiana del arrepentimiento — la enseñanza de que Jesús fue el Hijo que se sacrificó para satisfacer la rígida justicia del Padre y aplacar su ira divina. Estas enseñanzas se originaron en el bien intencionado esfuerzo por hacer que el evangelio del reino resultara más aceptable para los judíos incrédulos. Aunque no consiguieron atraer a los judíos, sí confundieron y alienaron a muchas almas honestas de todas las generaciones subsiguientes.
      
2. El segundo grave error de los primitivos seguidores del Maestro, error que todas las generaciones subsiguientes persisten en perpetuar, fue el de organizar las enseñanzas cristianas tan completamente sobre la base de la persona de Jesús. El énfasis excesivo sobre la personalidad de Jesús en la teología del cristianismo ha contribuido a oscurecer sus enseñanzas, lo cual a su vez ha hecho aun más difícil para judíos, mahometanos, hindúes y otros religiosos orientales aceptar las enseñanzas de Jesús. No queremos restarle importancia a la personalidad de Jesús en una religión que pueda llevar su nombre, pero tampoco queremos permitir que dicha consideración eclipse su vida inspirada o suplante su mensaje salvador: la paternidad de Dios y la fraternidad de los hombres.
      
Los que enseñan la religión de Jesús deberían visualizar otras religiones sabiendo reconocer las verdades que éstas comparten (muchas de las cuales provienen directa o indirectamente del mensaje de Jesús) sin prestar excesiva atención a las diferencias.
      
Aunque en aquella época la fama de Jesús mucho se basó en su reputación como curador, eso no significa que siguió siendo así. A medida que pasaba el tiempo, más y más buscaban en él ayuda espiritual. Pero fueron sus curaciones físicas las que tuvieron más atractivo directa e inmediatamente para la gente común. Jesús era buscado, lo buscaban más y más las víctimas de la esclavitud moral y del vejamen mental, e invariablemente les enseñaba el camino de la liberación. Los padres solicitaban su consejo sobre la crianza de sus hijos, y las madres buscaban su ayuda para guiar a sus hijas. Los que estaban sentados en las tinieblas acudían a él, y él les revelaba la luz de la vida. Siempre prestaba oído a las penas de la humanidad, y siempre ayudaba a los que buscaban su ministerio.
      
Cuando el Creador mismo estuvo en la tierra, encarnado en la semejanza de la carne mortal, era inevitable que ocurrieran ciertos acontecimientos extraordinarios. Pero nunca debéis acercaros a Jesús a través de estos sucesos así llamados milagrosos. Aprended a acercaros al milagro a través de Jesús, pero no cometáis el error de acercaros a Jesús a través del milagro. Y esta admonición es valedera, a pesar de que Jesús de Nazaret fue el único fundador de una religión que realizó actos supermateriales en la tierra.
     
El rasgo más sorprendente y revolucionario de la misión de Micael en la tierra fue su actitud para con las mujeres. En una época y generación en que no correspondía que un hombre saludara en la plaza pública ni siquiera a su propia mujer, Jesús se atrevió a llevar mujeres como instructoras del evangelio durante su tercera gira de Galilea. Tuvo la cabal valentía de hacerlo a la luz de las enseñanzas rabínicas que declaran que «mejor sería quemar las palabras de la ley que entregárselas a las mujeres».
     
En una sola generación Jesús supo rescatar a las mujeres del irrespetuoso olvido y de la monotonía esclavizante de todas las épocas anteriores. Y es una vergüenza de la religión que tuvo la presunción de tomar el nombre de Jesús que no haya tenido la valentía moral de seguir este noble ejemplo en su actitud subsiguiente hacia las mujeres.

      
Cuando Jesús se mezclaba con la gente, todos lo encontraban enteramente libre de las supersticiones de esa época. Estaba libre de todo prejuicio religioso; no fue nunca intolerante. No había en su corazón nada que se asemejara al antagonismo social. Aunque cumplía con lo que había de bueno en la religión de sus padres, no vacilaba en hacer caso omiso de las tradiciones supersticiosas y esclavizantes inventadas por el hombre. Se atrevió a enseñar que las catástrofes de la naturaleza, los accidentes del tiempo y otros acontecimientos calamitosos no son resultado del juicio divino ni dispensaciones misteriosas de la Providencia. Denunció la devoción esclavizante a los ceremoniales vacíos y desenmascaró la falacia de la adoración materialista. Proclamó valientemente la libertad espiritual del hombre y se atrevió a enseñar que los mortales son, real y verdaderamente, hijos del Dios viviente.
      
Jesús transcendió todas las enseñanzas de sus precursores cuando tuvo la osadía de reemplazar las manos limpias por un corazón limpio como marca de la religión verdadera. Puso la realidad en el lugar de la tradición y eliminó toda pretensión de vanidad e hipocresía. Sin embargo este osado hombre de Dios no dio rienda suelta a crítica destructiva ni manifestó desprecio por las costumbres religiosas, sociales, económicas y políticas de su época. Él no era un revolucionario militante; era un evolucionario progresista. Sólo destruía lo que era cuando podía ofrecer reemplazarlo simultáneamente a sus semejantes por el concepto superior de lo que debía ser.
      
Jesús inspiraba sus seguidores a la obediencia, sin exigirla. Sólo tres de los hombres que él llamó personalmente se negaron a responder a su llamado y seguirlo como discípulos. Él ejercía sobre los hombres un poder particular de atracción, sin ser dictatorial. Inspiraba gran confianza, y nadie se resintió jamás de que él mandara. Tenía sobre sus discípulos autoridad absoluta pero nadie la objetó jamás. Permitía que sus seguidores lo llamaran Maestro.
      
Todos los que conocieron al Maestro lo admiraban, excepto los que tenían prejuicios religiosos muy arraigados o los que imaginaban discernir un peligro político en sus enseñanzas. Los hombres se asombraban de su originalidad y del tono de autoridad en su enseñanza. Se maravillaban con su paciencia en el trato con interesados poco instruidos y difíciles. Inspiraba esperanza y confianza en el corazón de todos los que recibieron su ministerio. Sólo los que no le habían conocido le temían, y tan sólo le odiaban los que veían en él al campeón de esa verdad que estaba destinada a derrotar el mal y el error que ellos querían albergar a toda costa en su corazón.
      
Él ejercía una influencia poderosa y peculiarmente fascinante sobre amigos y enemigos por igual. Las multitudes lo seguían semanas enteras, tan sólo para escuchar sus palabras misericordiosas y contemplar su vida sencilla. Hombres y mujeres devotos amaban a Jesús con un afecto casi sobrehumano, y cuanto mejor lo conocían, más lo amaban. Esto es verdad hasta el día de hoy; actualmente, y en todas las épocas futuras, cuanto mejor conozca el hombre a este Dioshombre, más lo amará y más lo seguirá.

miércoles, 2 de enero de 2013

La propagación de la fama de Jesús.

Cuando pusieron fin al campamento de Betsaida, la fama de Jesús, particularmente como curador, ya se había extendido a todas partes de Palestina y más allá hasta Siria y los países limítrofes. Durante semanas después de su partida de Betsaida siguieron llegando enfermos que al no encontrar al Maestro y al enterarse por David de donde había ido, salían en su búsqueda. Durante esta gira Jesús no realizó en forma deliberada ningún así llamado milagro de curación. Sin embargo, cientos de afligidos volvieron a encontrar su salud perdida y su felicidad como resultado del poder reconstituyente de la intensa fe que los impulsaba a buscar la curación.
     
Aproximadamente en la época de esta misión comenzaron a aparecer —y continuaron apareciendo a lo largo del resto de la vida de Jesús en la tierra— una serie de fenómenos peculiares e inexplicables de curación. En el curso de esta gira de tres meses más de cien hombres, mujeres y niños de Judea, Idumea, Galilea, Siria, Tiro y Sidón, y del otro lado del Jordán fueron beneficiados por esta curación inconsciente de Jesús y, al volver a sus hogares, contribuyeron a la expansión de la fama de Jesús. Esto lo hicieron a pesar de que Jesús cada vez que observaba uno de estos casos de curación espontánea, pedía a los beneficiarios que «no le dijeran nada a nadie».
     
No se nos reveló jamás exactamente qué ocurría en estos casos de curación espontánea o inconsciente. El Maestro nunca explicó a sus apóstoles cómo se efectuaban estas curaciones, excepto que en varias ocasiones simplemente dijo: «Percibo que el poder ha emanado de mí». En una ocasión observó, al tocar a un niño enfermo: «Percibo que la vida emanó de mí».
     
En ausencia de una declaración directa del Maestro sobre la naturaleza de estos casos de curación espontánea, sería presunción por nuestra parte tratar de explicar cómo se realizaban estas curaciones, pero es lícito que registremos nuestra opinión sobre estos fenómenos de curación. Creemos que muchos de estos milagros aparentes de curación que se produjeron en el curso del ministerio de Jesús en la tierra, fueron el resultado de la coexistencia de las siguientes tres influencias, poderosas, potentes y asociadas:
     
1. La presencia, en el corazón del ser humano, de una fe fuerte, dominadora y viva que buscaba con perseverancia la curación, juntamente con el deseo sincero de esa curación por sus beneficios espirituales más bien que para la restauración del bienestar puramente físico.
     
2. La existencia, concomitantemente con dicha fe humana, de la gran compasión y comprensión del Hijo Creador de Dios encarnado, dominado por la misericordia, quien realmente poseía en su persona poderes creadores de curación y prerrogativas casi ilimitados e incondicionadas por el tiempo.
     
3. Además de la fe de la criatura y la vida del Creador, también debemos notar que este Dios-hombre era la expresión personificada de la voluntad del Padre. Si, en el contacto de la necesidad humana con el poder divino capaz de satisfacer esa necesidad el Padre no deseaba lo contrario, los dos se volvían uno solo, y la curación ocurría inconscientemente para el Jesús humano, pero era inmediatamente reconocida por la naturaleza divina de Jesús. La explicación pues de muchos de estos casos de curación ha de buscarse en una gran ley que conocemos desde hace mucho tiempo, es decir: lo que el Hijo Creador desea y es voluntad del Padre eterno, SE REALIZA.
     
Es pues nuestra opinión que, ante la presencia personal de Jesús, ciertas formas de profunda fe humana literal y verdaderamente eran irresistibles a que se manifestara el poder curativo de ciertas fuerzas y personalidades creadoras del universo en ese momento íntimamente asociadas con el Hijo del Hombre. Se comprueba pues como hecho que Jesús frecuentemente permitía que los hombres, en su presencia, se curaran a sí mismos por medio de la poderosa fe personal de ellos.
      
Muchos otros buscaban la curación por motivos totalmente egoístas. Una viuda rica de Tiro vino con su séquito, para procurar la cura de sus enfermedades, que eran muchas; y siguió a Jesús por Galilea, ofreciéndole más y más dinero, como si el poder de Dios fuera algo que se vende al mejor postor. Pero ella no llegó nunca a interesarse en el evangelio del reino; tan sólo buscaba la curación de sus sufrimientos físicos.