«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 24 de abril de 2014

El juicio ante Pilato.

POCO después de las seis de la mañana de este viernes, 7 de abril del año 30 d. de J.C., Jesús fue llevado ante Pilato, el procurador romano que gobernaba Judea, Samaria e Idumea bajo la supervisión inmediata del legado de Siria. El Maestro fue llevado ante la presencia del gobernador romano por los guardias del templo, atado, y acompañado por unos cincuenta de sus acusadores, incluyendo el tribunal sanedrista (principalmente saduceo), Judas Iscariote, el sumo sacerdote Caifás, y el apóstol Juan. Anás no compareció ante Pilato.
     
Pilato estaba levantado y listo para recibir a este grupo de visitantes matutinos, pues había sido informado por los que habían conseguido su consentimiento, la noche anterior, para emplear soldados romanos en el arresto del Hijo del Hombre, de que Jesús sería traído ante su presencia temprano. Había sido arreglado que este juicio tuviera lugar frente al pretorio, una adición a la fortaleza de Antonia, donde Pilato y su mujer se hospedaban cuando estaban en Jerusalén.
      
Aunque Pilato dirigió gran parte del interrogatorio de Jesús dentro de las salas del pretorio, el juicio público fue celebrado afuera, sobre la escalinata que conducía a la entrada principal. Ésta fue una concesión a los judíos, que se negaban a entrar en un edificio gentil en el que tal vez se había usado levadura este día de preparación para la Pascua. Esa conducta los volvería, no solamente ceremonialmente impuros, impidiéndoles de este modo compartir la fiesta de acción de gracias de la tarde, sino que también deberían someterse a la ceremonia de purificación después de la caída del sol, antes de poder compartir la cena pascual.
      
Aunque a estos judíos no les remordía la conciencia por complotar para asesinar judicialmente a Jesús, eran sin embargo escrupulosos en cuanto a estos asuntos de limpieza ceremonial y regularidad tradicional. Y estos judíos no han sido los únicos en no llegar a reconocer las altas y santas obligaciones de naturaleza divina, mientras prestaban atención meticulosa a cosas de escasa importancia para el bienestar humano, tanto en el tiempo como en la eternidad.

miércoles, 23 de abril de 2014

La segunda reunión del tribunal.

A las cinco y media de la mañana volvió a reunirse la corte, y Jesús fue conducido al cuarto adyacente, donde esperaba Juan. Aquí, el soldado romano y los guardianes del templo vigilaron a Jesús mientras el tribunal comenzó a formular los cargos que serían presentados a Pilato. Anás aclaró a sus asociados que el cargo de blasfemia no tendría peso alguno ante Pilato. Judas estuvo presente durante esta segunda reunión del tribunal, pero no dio testimonio alguno.
     
Esta sesión de la corte duró tan sólo media hora, y cuando levantaron la sesión para comparecer ante Pilato, habían preparado una acusación contra Jesús, declarándolo reo de muerte, bajo tres títulos:
     
1. Que era un pervertidor de la nación judía; que engañaba al pueblo y los incitaba a la rebelión.
     
2. Que enseñaba al pueblo a que no pagara tributo al César.
      
3. Que, al sostener que él era un rey y el fundador de un nuevo tipo de reino, incitaba a la traición contra el emperador.
      
Este procedimiento fue enteramente irregular y completamente contrario a las leyes judías. No hubo dos testigos que estuvieran de acuerdo en ningún asunto, excepto los que testificaron en cuanto a la declaración de Jesús sobre la destrucción del templo y su reconstrucción en tres días. Y aun sobre este punto, no habló ningún testigo en nombre de la defensa, tampoco se le pidió a Jesús que explicara lo que él había querido significar.
     
El único punto sobre el que el tribunal podría haberlo juzgado era el de la blasfemia, y eso habría sido enteramente sobre la base de su propio testimonio. Aun en cuanto a la blasfemia, no consiguieron votar formalmente la pena de muerte.
      
Tenían ahora la presunción de formular tres cargos, con los cuales irían ante Pilato, sin haber interrogado testigos, y habiéndolos discutido en ausencia del prisionero. Cuando esto ocurrió, tres de los fariseos se levantaron y se fueron; querían ver a Jesús destruido, pero no querían formular cargos contra él sin testigos y en su ausencia.
      
Jesús no volvió a aparecer ante la corte del sanedrín. No querían ellos contemplar nuevamente su rostro mientras juzgaban su vida inocente. Jesús no supo (como hombre) de los cargos levantados contra él hasta que los escuchó por boca de Pilato.
      
Cuando Jesús estaba en el cuarto con Juan y los guardias, y mientras la corte estaba en su segunda sesión, vinieron algunas de las mujeres del palacio del sumo sacerdote, juntamente con sus amigas, para contemplar al extraño prisionero, y una de ellas le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?» Y Jesús respondió: «Si yo te lo digo, tú no me creerás; si te pregunto, no contestarás».
      
A las seis de esa mañana, Jesús fue llevado fuera de la casa de Caifás, para aparecer ante Pilato para que éste confirmara la sentencia de muerte que el tribunal de los sanedristas tan injusta e irregularmente había decretado.

martes, 22 de abril de 2014

La hora de la humillación.

La ley judía requería que, en el asunto de decretar la pena de muerte, hubiera dos sesiones del tribunal. Esta segunda sesión se celebraba el siguiente día, y el tiempo intermedio lo pasaban los miembros de la corte ayunando y apesarándose. Pero estos hombres no podían esperar el día siguiente para confirmar su decisión de que Jesús debía morir. Esperaron tan sólo una hora. Mientras tanto, Jesús fue abandonado en la sala de audiencia, bajo la custodia de los guardias del templo, quienes, con los criados del sumo sacerdote, se divirtieron en acumular toda clase de indignidades contra el Hijo del Hombre. Se burlaron de él, lo escupieron, y se mofaron de él cruelmente. Lo golpeaban con un palo en la cara y luego decían: «Profetízanos, tú el Libertador, ¿quién fue el que te golpeó?» Así siguieron por una hora entera, envileciendo y maltratando a este hombre de Galilea que no ofrecía resistencia alguna.
     
Durante esta hora trágica de tribulaciones y juicios burlones a manos de guardianes y criados ignorantes y sin sentimientos, Juan Zebedeo aguardó en terror solitario en un cuarto adyacente. Cuando primero empezaron estos abusos, Jesús le indicó a Juan, con un gesto de la cabeza, que debía retirarse. El Maestro bien sabía que, si hubiera permitido que su apóstol permaneciera en el aposento presenciando estas indignidades, el resentimiento de Juan habría sido despertado de manera tal como para producir una explosión de indignación y protesta que probablemente le habría costado la vida.
      
Durante esta hora terrible, Jesús no habló una sola palabra. Para este alma humana compasiva y sensible, unida en una relación de personalidad con el Dios de todo este universo, no hubo experiencia más amarga, al beber él la copa de la humillación, que esta hora espantosa a merced de guardianes y criados ignorantes y crueles, que habían sido inducidos a abusar de él por el ejemplo de los miembros de este así llamado tribunal sanedrista.
      
El corazón humano no puede de manera alguna concebir el escalofrío de indignación que barrió un vasto universo, mientras las inteligencias celestiales presenciaban este espectáculo de su amado Soberano sometiéndose a la voluntad de estas criaturas ignorantes y desviadas, en la esfera de la infortunada Urantia, envuelta en las tinieblas del pecado.
     
¿Qué es esta tendencia animal en el hombre, que lo conduce a insultar y asaltar físicamente a lo que no puede ganar espiritualmente ni alcanzar intelectualmente? En el hombre civilizado a medias, aún se agazapa una malvada brutalidad que se abalanza contra los que son superiores en sabiduría y alcance espiritual. Así lo prueban la malvada brutalidad y la brutal ferocidad de estos hombres supuestamente civilizados, que derivaban cierta forma de placer animal de su ataque físico contra el Hijo del Hombre, quien no ofrecía resistencia alguna. Mientras caían sobre Jesús los insultos, golpes y bofetadas, él no se defendía, pero no estaba indefenso. Jesús no estaba derrotado, sino que no luchaba en el sentido material.
     
Éstos son los momentos de las mayores victorias del Maestro en su larga y pletórica carrera como hacedor, sostenedor y salvador de un vasto y extenso universo. Habiendo vivido hasta su plenitud una vida de revelación de Dios al hombre, Jesús está, en este momento, haciendo una revelación nueva y sin precedentes del hombre a Dios. Jesús está revelando ahora a los mundos el triunfo final sobre todos los temores del aislamiento de la personalidad de la criatura. El Hijo del Hombre finalmente ha realizado su identidad como Hijo de Dios. Jesús no titubea en afirmar que él y el Padre son uno; y sobre la base del hecho y verdad de esa experiencia suprema y excelsa, él exhorta a cada creyente en el reino que se vuelva uno con él aun como él y su Padre son uno. La experiencia viva de la religión de Jesús se vuelve así la técnica certera y segura mediante la cual los mortales de la tierra, espiritualmente aislados y cósmicamente solitarios, consiguen escapar al aislamiento de la personalidad, con todas sus consecuencias de temor y sentimientos asociados de desamparo. En las realidades fraternas del reino del cielo, los hijos de Dios por fe encuentran su liberación final del aislamiento del yo, tanto en el plano personal como en el plano planetario. El creyente conocedor de Dios experimenta cada vez más el éxtasis y la grandeza de la socialización espiritual a escala universal —la ciudadanía en lo alto en asociación con la realización eterna del destino divino en pos de la obtención de la perfección.

lunes, 21 de abril de 2014

Ante el tribunal de los Sanedristas.

Eran alrededor de las tres y media de este viernes por la madrugada, cuando el sumo sacerdote, Caifás, llamó al orden al tibunal sanedrista de inquisición y pidió que Jesús fuera traído ante ellos para someterlo a juicio. En tres ocasiones previas el sanedrín, por gran mayoría de votos, había decretado la muerte de Jesús, había decidido que se merecía la muerte por acusaciones casuales de contravención a la ley, blasfemia y burla a las tradiciones de los padres de Israel.
      
No era ésta una reunión regular del sanedrín y no se la celebraba en el sitio usual, la cámara de piedras labradas del templo. Era ésta una corte especial de unos treinta sanedristas y se la convocó en el palacio del sumo sacerdote. Juan Zebedeo estuvo presente con Jesús durante todo el así llamado juicio.
      
¡De qué manera se congratulaban estos altos sacerdotes, escribas, saduceos y algunos de los fariseos de que ese Jesús que había comprometido su posición y desafiado su autoridad, ya estaba de seguro en sus manos! Y estaban decididos a que no viviría para que pudiera escaparse de sus garras vengativas.
      
Por lo común cuando los judíos enjuiciaban a un hombre por un delito capital, procedían con gran cautela y recurrían a las salvaguardas de la ecuanimidad en la selección de los testigos y en la conducta general del juicio. Pero en esta ocasión, Caifás fue más un acusador que un juez imparcial.
     
Jesús apareció ante este tribunal vestido en su ropa usual y con las manos atadas detrás de la espalda. Todo el tribunal estaba sobresaltado y algo confuso por su aspecto majestuoso. Nunca antes habían contemplado tal donaire en un prisionero ni habían presenciado tal comportamiento en un hombre que corría el peligro de la pena de muerte.
      
La ley judía requería que hubiera un acuerdo por lo menos entre dos testigos sobre cada acusación antes de que se pudiera hacer cargos contra un prisionero. Judas no podía ser usado como testigo contra Jesús, porque la ley judía prohibía específicamente el testimonio de un traidor. Se disponía de más de una veintena de falsos testigos para atestiguar contra Jesús, pero su testimonio era tan contradictorio y tan evidentemente fabricado que los sanedristas mismos mucho se avergonzaron del espectáculo. Jesús estaba allí de pie, mirando con benignidad a estos perjuros, y su aspecto mismo desconcertó a los testigos mentirosos. A lo largo de este falso testimonio el Maestro no dijo una sola palabra; no respondió a ninguna de sus muchas acusaciones falsas.
      
La primera vez que dos de los testigos se acercaron por lo menos a una semblanza de acuerdo fue cuando dos hombres atestiguaron que habían oído a Jesús decir, en el curso de uno de sus sermones en el templo, que él «Derribaría este templo hecho por las manos del hombre y en tres días edificaría otro templo sin emplear las manos del hombre». Eso no era exactamente lo que dijo Jesús, aparte del hecho de que, al decir estas palabras, él señaló su propio cuerpo.
      
Aunque el sumo sacerdote le gritó a Jesús: «¿No respondes a ninguna de estas acusaciones?», Jesús no abrió la boca. Permaneció allí en silencio mientras todos estos falsos testigos daban su testimonio. El odio, el fanatismo, y la exageración inescrupulosa caracterizaban de tal manera las palabras de estos perjuros que su testimonio cayó por su propio peso. La mejor refutación de estas acusaciones falsas fue el silencio calmo y majestuoso del Maestro.
      
Poco después del comienzo del testimonio de los falsos testigos, llegó Anás y tomó su asiento junto a Caifás. Ahora Anás se puso de pie y argumentó que esta amenaza de Jesús de derribar el templo era suficiente para justificar tres cargos contra él:
     
1. Que era un peligroso embaucador del pueblo. Que les enseñaba cosas imposibles y de otras maneras los engañaba.
      
2. Que era un revolucionario fanático, porque abogaba atacar con violencia el templo sagrado, pues, ¿de qué otra manera podría él derribarlo?
      
3. Que enseñaba magia puesto que prometía edificar un nuevo templo sin usar las manos del hombre.
      
Ya el sanedrín en pleno había acordado que Jesús era culpable de transgresiones de la ley judía merecedoras de la pena de muerte, pero ahora más les preocupaba el asunto de hacer cargos, basados en su conducta y enseñanzas, que justificaran ante Pilato la sentencia de muerte contra su prisionero. Sabían que necesitaban el consentimiento del gobernador romano antes de poder matar a Jesús legalmente. Anás se inclinaba a proceder en una forma que hiciera aparecer que Jesús era un maestro peligroso si se le permitía que siguiera enseñando al pueblo.
      
Pero Caifás ya no podía soportar la vista del Maestro de pie allí, tan compuesto y en tan absoluto silencio. Pensó que conocía por lo menos una manera de inducir al prisionero a que hablara. Por lo tanto, corrió al lado de Jesús y, sacudiendo un dedo acusador ante el rostro del Maestro, dijo: «Te suplico, en el nombre del Dios viviente, que nos digas si eres tú el Libertador, el Hijo de Dios». Jesús le contestó a Caifás: «Lo soy. Pronto iré al Padre, y dentro de poco, el Hijo del Hombre vestirá el manto del poder y nuevamente reinará sobre las huestes del cielo».
    
Cuando el sumo sacerdote escuchó a Jesús pronunciar estas palabras, se airó en forma excesiva, y rasgando sus vestiduras, exclamó: «¿Qué necesidad tenemos nosotros de testigos? He aquí, ahora todos habéis oído cómo blasfema este hombre. ¿Qué os parece ahora que debemos hacer con este blasfemo que transgrede la ley?» Y todos ellos respondieron al unísono: «Es reo de muerte; ¡que sea crucificado!»
      
Jesús no manifestó interés alguno en ninguna de las preguntas que le hicieron cuando estaba frente a Anás y los sanedristas, excepto la pregunta referente a su misión autootorgadora. Cuando se le preguntó si él era el Hijo de Dios, instantánea e inequívocamente contestó afirmativamente.
      
Anás deseaba que el juicio prosiguiera, y que se formularan cargos de naturaleza definida sobre la relación de Jesús con la ley romana y las instituciones romanas para presentarlos posteriormente ante Pilato. Los consejeros estaban ansiosos de llevar este asunto a una rápida conclusión, no sólo porque era el día de preparación antes de la Pascua y no se podía hacer trabajo secular después del mediodía, sino también porque temían que Pilato retornara en cualquier momento a la capital romana de Judea, Cesarea, puesto que estaba en Jerusalén tan sólo para la celebración pascual.
      
Pero Anás no pudo controlar el tribunal. Después de que Jesús contestara tan inesperadamente a Caifás, el sumo sacerdote se adelantó y lo abofeteó en la cara con su mano. Anás estaba verdaderamente escandalizado cuando otros miembros del tribunal, al salir del aposento, le escupieron a Jesús la cara, y muchos de ellos lo abofetearon burlonamente con la palma de la mano. Así pues, en increíble desorden y confusión, esta primera sesión del juicio sanedrista de Jesús finalizó a las cuatro y media de la mañana.
      
Treinta jueces falsos, cegados por los prejuicios y la tradición, con sus falsos testigos, tienen la presunción de sentarse en juicio del justo Creador de un universo. Estos acusadores apasionados se exasperan por el silencio majestuoso y la conducta soberbia de este Dios-Hombre. Es terrible soportar su silencio; su habla es intrépidamente desafiante. No le conmueven las amenazas, los asaltos no lo afectan. El hombre enjuicia a Dios, pero aun en ese momento, él los ama y querría salvaros si pudiera.

domingo, 20 de abril de 2014

Pedro en el patio.

Al acercarse la partida de guardias y soldados a la entrada del palacio de Anás, Juan Zebedeo marchaba al lado del capitán de los soldados romanos. Judas se había quedado rezagado, y Simón Pedro los seguía a la distancia. Una vez que Juan hubo entrado en el patio del palacio con Jesús y los guardianes, Judas se acercó al portón pero, al ver a Jesús y a Juan, siguió camino en dirección a la casa de Caifás, donde según él sabía se llevaría a cabo más tarde el verdadero juicio del Maestro. Poco después de la partida de Judas, llegó Simón Pedro, y como estaba de pie ante el portón, Juan lo vio en el momento en que estaban por llevar a Jesús adentro del palacio. La portera que estaba a cargo del portón conocía a Juan, y cuando éste le habló, pidiendo que dejara entrar a Pedro, ella asintió con placer.
     
Pedro, al entrar al patio, se acercó a un fuego de carbón para calentarse porque la noche estaba fría. Se sentía completamente fuera de lugar aquí entre los enemigos de Jesús, y efectivamente estaba fuera de lugar. El Maestro no le había pedido que se quedara cerca tal como se lo había pedido a Juan. Pedro debería haberse quedado con los demás apóstoles, a quienes les había sido advertido que no pusieran en peligro su vida durante esta temporada de juicio y crucifixión de su Maestro.

Pedro arrojó su espada poco antes de llegar al portón del palacio de modo que entró desarmado al patio de Anás. Su mente era un torbellino de confusión; apenas si podía darse cuenta de que Jesús había sido arrestado. No conseguía captar la realidad de la situación —que él estaba allí en el patio de Anás, calentándose junto a los criados del sumo sacerdote. Se preguntaba qué estarían haciendo los demás apóstoles y, al darle vuelta en la cabeza al hecho de que Juan había sido admitido al palacio, concluyó que la razón era que él era conocido de los criados, puesto que también le había pedido él a la portera que dejase entrar a Pedro.
      
Poco después de que la portera dejara entrar a Pedro, y mientras él estaba calentándose junto al fuego, ella se le acercó y maliciosamente le dijo: «¿Acaso no eres tú también uno de los discípulos de este hombre?» Ahora bien, Pedro no debería haberse sorprendido de ser reconocido, ya que Juan le había pedido a la muchacha que lo dejara entrar al palacio; pero estaba en tal estado de nerviosísmo que esta identificación como discípulo lo desequilibró, y con un solo pensamiento en su mente —la idea de escapar con vida— prontamente respondió a la pregunta de la muchacha diciendo: «No lo soy».
      
Poco después, otro criado se acercó a Pedro y preguntó: «¿Acaso no te vi en el jardín cuando arrestaron a este tipo? ¿Acaso no eres tú también uno de sus seguidores?» Ya a estas alturas Pedro estaba totalmente alarmado; no veía cómo podría escapar con vida de estos acusadores; por lo tanto, negó con vehemencia toda conexión con Jesús, diciendo: «No conozco a este hombre, ni soy uno de sus seguidores».
      
A eso de este momento la portera apartó a Pedro a un lado y dijo: «Estoy segura de que eres un discípulo de este Jesús, no sólo porque uno de sus seguidores me pidió que te dejara entrar al patio sino que mi hermana también te ha visto en el templo con este hombre. ¿Por qué lo niegas?» Cuando Pedro oyó la acusación de la muchacha, negó todo conocimiento de Jesús con muchos insultos y juramentos, diciendo nuevamente: «No soy seguidor de este hombre; ni siquiera lo conozco; nunca antes oí hablar de él».
     
Pedro se alejó del fuego por un momento, deambulando por el patio. Le hubiera gustado escaparse, pero temía atraer la atención. Sintiendo frío, volvió junto al fuego, y uno de los hombres de pie allí cerca dijo: «Con certeza tú eres uno de los discípulos de este hombre. Este Jesús es un galileo, y tu hablar te traiciona, pues hablas como un galileo». Y nuevamente Pedro negó toda conexión con su Maestro.
      
Cuando Jesús y los guardias salieron del portón del palacio, Pedro los siguió, pero sólo por una corta distancia. No podía continuar. Se sentó a la orilla del camino y lloró amargamente. Después de derramar estas lágrimas de agonía, volvió al campamento con la esperanza de encontrar a su hermano Andrés. Al llegar al campamento, tan sólo encontró a David Zebedeo, quien envió a un mensajero a que lo llevara adonde se había refugiado su hermano en Jerusalén.
     
Toda esta experiencia de Pedro ocurrió en el patio del palacio de Anás en el monte Oliveto. No siguió a Jesús hasta el palacio del sumo sacerdote Caifás. El hecho de que Pedro cayó en la cuenta de que había negado repetidamente a su Maestro cuando cantó el gallo, indica que todo esto ocurrió fuera de Jerusalén, puesto que estaba contra la ley tener aves dentro de los límites de la ciudad.
     
Hasta el momento en que el canto del gallo lo hizo volver en sí, Pedro tan sólo pensaba, al ir y venir por el patio para entrar en calor, cuán sagazmente supo eludir las acusaciones de los criados, y cómo había frustrado sus propósitos de identificarlo con Jesús. Hasta ese momento, su único pensamiento fue que estos criados no tenían derecho moral ni legal de interrogarlo, y se congratulaba en verdad por la manera en la cual, según él, evitó ser identificado y posiblemente sometido al arresto y a la prisión. No se le ocurrió a Pedro que había negado a su Maestro, hasta el momento en que cantó el gallo. No se dio cuenta Pedro que había traicionado sus privilegios de embajador del reino, hasta el momento en que Jesús lo miró a la cara.
      
Habiendo dado los primeros pasos por el camino del compromiso y de la menor resistencia, no parecía quedarle nada a Pedro sino continuar con la conducta que había elegido. Hace falta carácter magnánime y noble para retomar el camino recto después de haber empezado mal. Muchas veces la mente tiende a justificar el seguir por el camino del error después de entrar en él. 

Pedro nunca creyó del todo que podría ser perdonado hasta el momento en que volvió a encontrarse con su Maestro después de la resurrección, y se percató de que fue recibido como antes de las experiencias de esa trágica noche de negaciones.

sábado, 19 de abril de 2014

El interrogatorio de Anás.

Anás, enriquecido por los ingresos del templo, su yerno, en la posición de sumo sacerdote, y su relación con las autoridades romanas, hacían de él, el individuo más poderoso de todos los judíos. Él era intrigista y complotista, pero zalamero e ingenioso. Deseaba dirigir el asunto de la disposición de Jesús; temía confiar una empresa tan importante por completo a su brusco y agresivo yerno. Anás quería asegurarse de que el juicio del Maestro estuviese en las manos de los saduceos. Temía la posible simpatía de algunos de los fariseos, puesto que prácticamente todos aquellos miembros del sanedrín que habían abrazado la causa de Jesús, eran fariseos.
      
Anás no había visto a Jesús durante varios años, desde el tiempo en que el Maestro lo visitó en su casa, y se fue inmediatamente al observar su frialdad y reserva cuando lo recibió. Anás había pensado aprovechar esta temprana relación para intentar persuadir a Jesús de que repudiara sus declaraciones y se fuera de Palestina. No quería participar en el asesinato de un buen hombre y había razonado que Jesús tal vez elegiría dejar el país en vez de sufrir la muerte. Pero cuando Anás se encontró frente al firme y decidido galileo, supo inmediatamente que sería inútil hacer tales propuestas. Jesús estaba aún más majestuoso y solemne de lo que Anás lo recordaba.
      
Cuando Jesús era joven, Anás se había interesado grandemente por él, pero ahora sus ganancias se veían amenazadas por lo que Jesús había hecho tan recientemente al echar a los cambistas y a otros mercaderes del templo. Este acto despertó la enemistad del ex sumo sacerdote mucho más que las enseñanzas de Jesús.
      

Anás entró en su espacioso aposento de audiencias, se sentó en un amplio asiento, y mandó que trajeran a Jesús. Después de observar al Maestro en silencio unos momentos, dijo: «Te das cuenta que algo habrá que hacer con el asunto de tus enseñanzas porque pones en peligro la paz y el orden de nuestro país». Al mirar Anás interrogativamente a Jesús, el Maestro lo miró fijamente a los ojos pero no respondió. Nuevamente habló Anás: «¿Cuáles son los nombres de tus discípulos, además de Simón el Zelote, el agitador?» Nuevamente Jesús lo miró pero no respondió.
     
Anás estaba considerablemente molesto porque Jesús no contestaba a sus preguntas, tanto que le dijo: «¿Acaso no te preocupa si te trata amigablemente a ti o no? ¿Acaso no tienes en cuenta mi poder para decidir los asuntos de tu próximo juicio?» Cuando Jesús oyó estas palabras, dijo: «Anás, tú sabes que no podrías tener poder alguno sobre mí a menos que esto fuera permitido por mi Padre. Algunos quieren destruir al Hijo del Hombre porque son ignorantes; no saben de otra cosa, pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes tú, por lo tanto, rechazar la luz de Dios?»
     
El tono amistoso de Jesús al hablarle a Anás lo dejó casi perplejo. Pero él ya había decidido que Jesús debía irse de Palestina o morir; así pues, juntó coraje y preguntó: «¿Qué es lo que tratas de enseñarle a la gente? ¿Qué dices tú que eres?» Jesús contestó: «Tú bien sabes que yo he hablado abiertamente al mundo. Enseñé en las sinagogas y muchas veces en el templo, donde todos los judíos y muchos de los gentiles me han escuchado. En oculto, nada he hablado; ¿por qué, pues, me preguntas de mis enseñanzas? ¿Por qué no llamas a los que me oyeron y les preguntas a ellos? He aquí que todo Jerusalén oyó lo que yo dije, aunque tú mismo no hayas escuchado estas enseñanzas». Pero antes de que Anás pudiera responder, el mayordomo jefe del palacio, que estaba cerca, abofeteó a Jesús en la cara, diciendo: «¿Cómo te atreves a contestar al sumo sacerdote con tales palabras?» Anás no habló palabras de censura a este mayordomo, pero Jesús se dirigió a él, diciendo: «Amigo mío, si he hablado mal, testifica en qué está el mal, pero si yo he hablado la verdad, ¿por qué entonces me golpeas?»
      
Aunque Anás lamentaba que su mayordomo hubiera abofeteado a Jesús, era demasiado orgulloso para hacer caso del asunto. En su confusión se fue a otro cuarto, dejando a Jesús a solas con los criados de la casa y los guardianes del templo por casi una hora.
      
Cuando volvió, poniéndose al lado del Maestro, dijo: «¿Es que afirmas que eres el Mesías, el liberador de Israel?» Dijo Jesús: «Anás, tú me conoces desde los tiempos de mi juventud. Sabes que nada afirmo excepto lo que mi Padre me ha encargado, y que he sido enviado a todos los hombres, gentiles y judíos». Entonces dijo Anás: «Me han dicho que tú afirmas que eres el Mesías; ¿es verdad?» Jesús miró a Anás pero tan sólo contestó: «Así lo has dicho».
       
Aproximadamente en este momento llegaron mensajeros del palacio de Caifás para preguntar a qué hora sería Jesús llevado ante el tribunal del sanedrín, y puesto que faltaba poco para el amanecer, Anás decidió que sería mejor enviar a Jesús, atado y custodiado por los alguaciles del templo, a Caifás. Él los siguió un poco más tarde.

viernes, 18 de abril de 2014

Ante el tribunal del Sanedrín.

CIERTOS representantes de Anás habían instruido en secreto al capitán de los soldados romanos que trajera a Jesús al palacio de Anás inmediatamente después de arrestarlo. El sumo sacerdote emérito deseaba mantener su prestigio como autoridad eclesiástica máxima de los judíos. También tenía otro objeto al retener a Jesús en su casa durante varias horas, y ése era que se necesitaba tiempo para convocar legalmente el tribunal del sanedrín. No era legal convocar el tribunal del sanedrín antes de la hora de la ofrenda del sacrificio matutino en el templo, y este sacrificio se hacía a eso de las tres de la mañana.

    
Anás sabía que un tribunal de sanedristas estaba esperando en el palacio de su yerno, Caifás. Unos treinta miembros del sanedrín se habían reunido en la casa del sumo sacerdote a la medianoche para estar listos a enjuiciar a Jesús cuando éste fuera traído ante ellos. Sólo se habían reunido aquellos miembros que estaban fuerte y abiertamente opuestos a Jesús y a sus enseñanzas puesto que tan sólo se requerían veintitrés para constituir una corte de juicio.
      
Jesús pasó alrededor de tres horas en el palacio de Anás en el monte Oliveto no lejos del jardín de Getsemaní, donde fue arrestado. Juan Zebedeo estaba libre y a salvo en el palacio de Anás no sólo por la protección del capitán romano, sino también porque él y su hermano Santiago eran bien conocidos por los criados más antiguos puesto que habían sido muchas veces huéspedes en el palacio, ya que el ex sumo sacerdote era un pariente lejano de su madre, Salomé.

jueves, 17 de abril de 2014

Con rumbo al palacio del sumo sacerdote

Antes de que se fueran del jardín con Jesús, surgió una disputa entre el capitán judío de los guardias del templo y el capitán romano de los soldados en cuanto a dónde debían llevar a Jesús. El capitán de los guardias del templo ordenó que se lo llevaran adonde Caifás, el sumo sacerdote. El capitán de los soldados romanos ordenó que Jesús fuera llevado al palacio de Anás, el ex sumo sacerdote y suegro de Caifás. El hizo esto porque los romanos tenían por costumbre tratar directamente con Anás en todos los asuntos que tuvieran que ver con la imposición de las leyes eclesiásticas judías. Y las órdenes del capitán romano fueron obedecidas; llevaron a Jesús a la casa de Anás para someterlo a un examen preliminar.
      
Judas marchaba al lado de los capitanes, oyendo todo lo que se decía, pero no tomó parte en la disputa, porque ni el capitán judío ni el capitán romano se dignaban a hablar con el traidor —tanto lo despreciaban.
     
Alrededor de esta hora, Juan Zebedeo, recordando las instrucciones de su Maestro de permanecer siempre cerca, se acercó apresuradamente a Jesús que caminaba entre los dos capitanes. El comandante de los guardianes del templo, viendo a Juan a su lado, dijo a su asistente: «Agarra a este hombre y átalo. Es uno de los seguidores de este tipo». Pero cuando el capitán romano escuchó esto y, mirando a su alrededor, vio a Juan, dio órdenes de que el apóstol viniera a su lado, y que nadie debía molestarlo. Luego el capitán romano dijo al capitán judío: «Este hombre no es ni traidor ni cobarde. Lo vi en el jardín, y no desenfundó una espada para resistirnos. Tiene el coraje de presentarse para estar con su Maestro, y nadie le hará daño alguno. La ley romana permite que todo prisionero tenga por lo menos un amigo para que esté a su lado ante el juicio, y nadie impedirá que este hombre esté al lado de su Maestro, el prisionero». Cuando Judas escuchó esto, tanto se avergonzó y se sintió humillado que empezó a caminar más lentamente hasta terminar detrás del grupo, llegando solo al palacio de Anás.
  
  
Esto explica por qué Juan Zebedeo pudo permanecer cerca de Jesús todo el camino a través de sus difíciles experiencias de esa noche y del día siguiente. Los judíos temían decirle algo a Juan o molestarlo de cualquier manera porque tenía en cierto modo la posición del consejero romano designado para actuar como observador en las transacciones del tribunal eclesiástico judío. La posición de privilegio de Juan se aseguró aún más cuando, al entregar a Jesús al capitán de los guardias del templo junto al portal del palacio de Anás, el romano, dirigiéndose a su asistente dijo: «Vete con este prisionero y asegúrate de que los judíos no lo maten sin el consentimiento de Pilato. Vigila que no lo asesinen, y asegúrate de que se le permita a su amigo, el galileo, que esté a su lado y observe todo lo que sucede». Así pues, Juan pudo permanecer cerca de Jesús hasta el momento de su muerte en la cruz, aunque los otros diez apóstoles fueron obligados a permanecer ocultos. Juan actuaba bajo la protección romana, y los judíos no se atrevieron a molestarlo hasta después de la muerte del Maestro.
      
Durante todo el camino hasta el palacio de Anás, Jesús no abrió la boca. Desde el momento de su arresto hasta el momento de su aparición ante Anás, el Hijo del Hombre no habló una sola palabra.

miércoles, 16 de abril de 2014

La discusión junto al lagar.

Santiago Zebedeo se encontró separado de Simón Pedro y de su hermano Juan, así pues él se unió a los demás apóstoles y a sus conacampantes junto al lagar para deliberar sobre qué debían hacer en vista del arresto del Maestro.
     
Andrés había sido liberado de toda responsabilidad de la dirección del grupo de sus compañeros apóstoles; por lo tanto, en ésta, la más grave crisis de sus vidas, permanecía él silencioso. Después de una corta conversación casual, Simón el Zelote se paró en el muro de piedra del lagar y, haciendo un apasionado llamado a la lealtad al Maestro y a la causa del reino, exhortó a los apóstoles y a los demás discípulos a que se fueran de prisa detrás del grupo y rescataran a Jesús. La mayoría de los oyentes estaba dispuesto a seguir su liderazgo agresivo sino hubiese sido por el consejo de Natanael quien se puso de pie en el momento en que Simón terminó de hablar y le llamó la atención sobre las enseñanzas frecuentemente repetidas de Jesús relativas a la resistencia pasiva. También les recordó que Jesús esa misma noche les había instruido que preservaran sus vidas para el tiempo en que ellos saldrían al mundo proclamando la buena nueva del evangelio del reino celestial. Natanael tuvo en esta posición el apoyo de Santiago Zebedeo, que relató ahora como Pedro y otros habían desenfundado la espada para defender al Maestro contra el arresto y cómo Jesús había exhortado a Simón Pedro y a los demás a que guardaran la espada. Mateo y Felipe también hicieron discursos, pero no salió nada definitivo de estas discusiones, hasta que Tomás, llamando la atención de ellos sobre el hecho de que Jesús había aconsejado a Lázaro de que no se expusiera a la muerte, les hizo observar que nada podían hacer ellos para salvar a su Maestro puesto que él se negaba a permitir a sus amigos que lo defendieran, y puesto que él persistía en no utilizar sus poderes divinos para frustrar a sus enemigos humanos. Tomás los persuadió a que se dispersaran, cada uno por su cuenta, con el arreglo de que David Zebedeo permanecería en el campamento para mantener un punto de comunicación y un centro para los mensajeros del grupo. A las dos y media de la mañana el campo estuvo desierto; sólo David permanecía allí con tres o cuatro mensajeros, habiendo enviado a los demás para informarse adonde habían llevado a Jesús y qué le harían.
     
Cinco de los apóstoles —Natanael, Mateo, Felipe y los gemelos— fueron a esconderse en Betfagé y Betania. Tomás, Andrés, Santiago y Simón el Zelote se escondieron en la ciudad. Simón Pedro y Juan Zebedeo siguieron hasta la casa de Anás.
      
Poco después del amanecer, Simón Pedro volvió al campamento de Getsemaní, pintura viva de la desesperación más profunda. David lo envió a cargo de un mensajero para que se reunirá con su hermano Andrés, quien estaba en la casa de Nicodemo en Jerusalén.
      
Hasta el fin mismo de la crucifixión, Juan Zebedeo permaneció, tal como Jesús se lo había indicado, siempre cerca, y él era el que suministraba información a los mensajeros de David de hora en hora, la cual llevaron ellos a David en el jardín del campamento, y que luego se transmitió a los apóstoles escondidos y a la familia de Jesús.
      
¡De veras, está herido el pastor y están dispersadas las ovejas! Aunque todos ellos se daban cuenta vagamente de que Jesús les había anticipado esta situación misma, estaban tan gravemente afectados por la súbita desaparición del Maestro como para hacer uso de su mente en forma normal.
      
Fue poco después del amanecer, y después de que Pedro fue enviado a unirse con su hermano, cuando Judá, el hermano en la carne de Jesús, llegó al campamento, casi sin aliento y delante del resto de la familia de Jesús, sólo para enterarse de que al Maestro ya lo habían arrestado, y nuevamente descendió corriendo al camino de Jericó para llevar esta información a su madre y a sus hermanos y hermanas. David Zebedeo envió un mensaje a la familia de Jesús, por intermedio de Judá, de que se reunieran en la casa de Marta y María en Betania y esperaran allí noticias que sus mensajeros les llevarían regularmente.
      
Ésta era la situación durante la última mitad del jueves por la noche y las primeras horas de la mañana del viernes en cuanto a los apóstoles, los discípulos principales, y la familia terrenal de Jesús. Todos estos grupos e individuos se mantuvieron en contacto mediante el servicio de mensajeros que David Zebedeo continuó operando desde su central en el campamento de Getsemaní.

martes, 15 de abril de 2014

El arresto del maestro.

A medida que iba acercándose al jardín este grupo de soldados y guardianes armados con sus antorchas y linternas, Judas se adelantó al grupo con el objeto de identificar rápidamente a Jesús para facilitar su arresto antes de que sus asociados pudieran acudir en su defensa. También había otra razón por la cual Judas eligió ir adelante de los enemigos del Maestro: pensó que así, tal vez parecería que él había llegado a la escena antes que los soldados, de manera tal que los apóstoles y otros reunidos alrededor de Jesús no lo relacionaran directamente con los guardias armados que tan de cerca lo seguían. Aun pensó Judas que tal vez podía hacerse el que se había dado prisa para advertirles la llegada de los arrestadores, pero este plan fue desbaratado por la salutación desenmascaradora de Jesús al traidor. Aunque el Maestro habló a Judas con suavidad, lo saludó como a un traidor.
      
En cuanto vieron Pedro, Santiago y Juan, juntamente con unos treinta de los demás acampantes, el grupo armado y sus antorchas en la cresta de la colina, se percataron de que estos soldados venían a arrestar a Jesús, y todos ellos descendieron de prisa al lagar donde estaba el Maestro sentado solitario, iluminado por la luna. Por un lado se iba acercando el grupo de soldados y por el otro los tres apóstoles y sus asociados. Cuando se adelantó Judas acercándose al Maestro, los dos grupos se quedaron inmóviles, el Maestro situado entre ambos y Judas preparándose para impartirle el beso traicionero en la frente.
      
Había sido esperanza del traidor que podría, después de conducir a los guardias hasta Getsemaní, señalar simplemente a los soldados cuál era Jesús, o cuanto más llevar a cabo la promesa de saludarlo con un beso, y luego retirarse rápidamente de la escena. Judas mucho temía que estuvieran todos los apóstoles presentes, y que concentraran su ataque contra él en retribución por su atrevimiento al traicionar a su maestro amado. Pero cuando el Maestro lo saludó como a un traidor, tan confundido estuvo que no intentó escapar.
      
Jesús realizó un último esfuerzo para salvar a Judas del acto de traición en cuanto que antes de que el traidor pudiera llegar hasta él, se hizo a un lado, y dirigiéndose al soldado situado en el extremo izquierdo, el capitán de los romanos, dijo: «¿A quién buscáis?» El capitán respondió: «A Jesús de Nazaret». Entonces Jesús inmediatamente se presentó frente al oficial, e incorporándose con la calma majestad del Dios de toda esta creación dijo: «Yo soy». Muchos en este grupo armado habían escuchado a Jesús enseñar en el templo, otros sabían de sus obras poderosas, y cuando lo oyeron anunciar tan audazmente su identidad, los que estaban en primera fila retrocedieron. Los sobrecogió el asombro ante este calmo y majestuoso anuncio de su identidad. No había, pues, necesidad alguna de que Judas cumpliera con su plan de traición. El Maestro se había revelado audazmente a sus enemigos, y podrían haberlo ellos arrestado sin la ayuda de Judas. Pero el traidor tenía que hacer algo para justificar su presencia con este grupo armado y, además, quería dejar sentado que estaba cumpliendo su parte del convenio de traición con los potentados de los judíos, porque quería asegurarse la gran recompensa y los honores que él creía que se acumularían sobre su persona, como premio por su promesa de entregarles a Jesús.
      
Mientras se recuperaban los guardianes después de su impresión al ver por primera vez a Jesús y oír el sonido de su voz insólita, y mientras los apóstoles y discípulos se iban acercando cada vez más, Judas se enfrentó con Jesús y, besándole la frente, dijo: «Salve, Maestro e Instructor». Al abrazar así Judas a su Maestro, Jesús dijo: «Amigo, ¿acaso no basta con esto? ¿Aún quieres traicionar al Hijo del Hombre con un beso?»
      
Los apóstoles y discípulos quedaron literalmente paralizados por lo que vieron. Por un momento nadie se movió. Luego Jesús, desenredándose del abrazo traicionero de Judas, se acercó a los guardianes del templo y soldados y nuevamente preguntó: «¿A quién buscáis?» Nuevamente el capitán dijo: «A Jesús de Nazaret». Nuevamente contestó Jesús: «Ya os he dicho que yo soy. Si, por lo tanto, me buscáis, dejad que estos otros vayan por su camino. Estoy pronto para ir con vosotros».
      
Jesús estaba dispuesto a volver a Jerusalén con los guardianes, y el capitán y los soldados estaban dispuestos a permitir que los tres apóstoles y sus asociados se fueran en paz por su camino. Pero antes de que salieran, mientras Jesús estaba allí de pie esperando las órdenes del capitán, cierto Malco, el guardaespalda sirio del sumo sacerdote, se acercó a Jesús preparándose para atarle las manos a la espalda, aunque el capitán romano no había mandado que le ataran. Cuando Pedro y sus asociados vieron que su Maestro estaba siendo sometido a esta indignidad, ya no pudieron contenerse. Pedro desenfundó la espada y se abalanzó con los demás para destruir a Malco. Pero antes de que pudieran intervenir los soldados en defensa del siervo del sumo sacerdote, Jesús levantó la mano frente a Pedro en gesto de prohibición, y, con tono perentorio dijo: «Pedro, guarda tu espada. Los que a espada luchan, a espada mueren. ¿Acaso no comprendes que es voluntad de mi Padre que yo beba esta copa? Además, ¿acaso no sabes que, aun ahora, yo podría ordenar a más de doce legiones de ángeles y a sus asociados que me salven de las manos de estos pocos hombres?»       

Aunque Jesús puso fin en forma eficaz a esta demostración de resistencia física de sus seguidores, ésta fue suficiente para despertar el temor del capitán de los guardianes, quien, con la ayuda de sus soldados, puso sus manos pesadas sobre Jesús y rápidamente lo ató. Mientras lo ataban las manos con fuertes cuerdas, Jesús les dijo: «¿Por qué me atacáis con espadas y palos como que si quisierais capturar a un ladrón? Yo estuve en el templo con vosotros todos los días, enseñando públicamente al pueblo, y no hicisteis esfuerzo alguno por apresarme».
      
Cuando Jesús estuvo atado, el capitán, temiendo que sus seguidores intentaran rescatarlo, dio órdenes de que fueran todos arrestados; pero los soldados no alcanzaron a llevar a cabo la acción porque, habiendo oído la orden de arresto del capitán, los seguidores de Jesús huyeron de prisa a la hondonada. Durante todo este tiempo, Juan Marcos había permanecido oculto en el cobertizo cercano. Cuando empezaron los soldados el camino de vuelta a Jerusalén con Jesús, Juan Marcos intentó salir de su cobertizo para unirse a los apóstoles y discípulos que habían huido; pero en cuanto se asomó, pasaba por ahí uno de los últimos de los soldados que volvía de perseguir a los discípulos en huida y, viendo al joven en su manto de lino, lo persiguió, llegando casi a apresarlo. En realidad, el soldado llegó tan cerca de Juan como para agarrar su manto, pero el joven se liberó del indumento, escapando desnudo mientras el soldado se quedaba con el manto vacío. Juan Marcos se abrió paso a gran prisa hasta donde estaba David Zebedeo, en el sendero alto. Cuando le dijo a David lo que había ocurrido, ambos se dieron prisa hasta las tiendas de los apóstoles dormidos e informaron a los ocho de la traición del Maestro y su arresto.
      
Mientras despertaban los ocho apóstoles, volvían los que habían huído a la hondonada, y se reunieron todos juntos cerca del lagar de aceitunas para discutir qué hacer. Mientras tanto, Simón Pedro y Juan Zebedeo, que se habían ocultado entre los olivos, ya se habían ido siguiendo a los soldados, guardianes y siervos que conducían a Jesús de vuelta a Jerusalén como si llevaran a un criminal desesperado. Juan los siguió de cerca mientras que Pedro se mantenía más distante. Después de escapar de las garras del soldado, Juan Marcos se consiguió un manto que encontró en la tienda de Simón Pedro y Juan Zebedeo. Sospechaba que los guardias llevarían a Jesús a la casa de Anás, el sumo sacerdote emérito; así pues, corrió a través de los olivares y llegó allí antes del grupo, ocultándose cerca de la entrada al portal del palacio del sumo sacerdote.

lunes, 14 de abril de 2014

Judas en la ciudad.

Después de abandonar Judas tan abruptamente la mesa durante la última cena, fue directamente a casa de su primo, y de allí los dos fueron derecho a ver al capitán de los guardianes del templo. Judas le pidió al capitán que reuniera a los guardianes y le informó de que estaba listo para conducirlos a Jesús. Judas había aparecido en la escena un poco antes de lo que se esperaba, hubo cierta demora en partir para la casa de Marcos, donde Judas esperaba encontrar a Jesús aún en conversación con los apóstoles. El Maestro y los once salieron de la casa de Elías Marcos unos quince minutos antes de que llegaran el traidor y los guardianes. Para cuando llegaron los guardias a la casa de Marcos, Jesús y los once ya estaban fuera de los muros de la ciudad, camino al campamento en el Oliveto.
     
Judas se perturbó mucho por no haber encontrado a Jesús en la casa de Marcos y en compañía de los once, sólo dos de los cuales estaban armados para defenderse. El sabía que, por la tarde, cuando salieron del campamento, sólo Simón Pedro y Simón el Zelote ceñían espadas; Judas esperaba apresar a Jesús mientras la ciudad dormía, y había pocas posibilidades de resistencia. El traidor temía que, si esperaba que ellos volvieran al campamento, allí se encontrarían unos sesenta discípulos devotos; también sabía que Simón el Zelote tenía en su posesión una buena cantidad de armas. Judas se estaba poniendo cada vez más nervioso al meditar sobre cómo lo detestarían los once leales apóstoles y temía que intentaran destruirlo. No sólo era él desleal, sino que íntimamente era un verdadero cobarde.
      
Al no encontrar a Jesús en el aposento superior, Judas pidió al capitán de los guardianes que regresaran al templo. A esta altura los dirigentes habían empezado a reunirse en la casa del sumo sacerdote, preparándose para recibir a Jesús, puesto que habían acordado con el traidor que Jesús sería arrestado a la medianoche de ese día. Judas explicó a sus asociados que habían llegado tarde para encontrar a Jesús en la casa de Marcos, y que sería necesario ir a Getsemaní para arrestarlo. El traidor siguió diciendo que más de sesenta seguidores devotos estaban acampados con él, y que todos ellos estaban bien armados. Los dirigentes de los judíos recordaron a Judas que Jesús siempre había predicado la resistencia pasiva, pero Judas replicó que no podían confiar en que todos los seguidores de Jesús obedecieran esta enseñanza. Realmente temía por su vida, y por consiguiente se atrevió a pedir una compañía de cuarenta soldados armados. Puesto que las autoridades judías no contaban con una fuerza tan numerosa de hombres armados bajo su jurisdicción, fueron inmediatamente a la fortaleza de Antonia y pidieron al comandante romano que les diera esta compañía; pero cuando él oyó que tenían la intención de arrestar a Jesús, se negó inmediatamente a acceder a su solicitud y los refirió a su oficial superior. Así pues pasó más de una hora en la que fueron ellos de una autoridad a la otra hasta verse finalmente obligados a ir al mismo Pilato para obtener el permiso de emplear soldados armados romanos. Era tarde cuando llegaron a la casa de Pilato, y él ya se había retirado con su mujer a sus aposentos privados. No quería tener nada que ver con esta empresa, sobre todo porque su mujer le había pedido que no concediera esta petición. Pero, como el presidente oficial del sanedrín judío estaba presente para hacer una solicitud personal de ayuda, el gobernador decidió que le convenía concederle lo que quería razonando que, más adelante, podría él arreglar los posibles entuertos que acaso ellos ocasionaran.
      
Por lo tanto, cuando Judas Iscariote salió del templo, alrededor de media hora después de los once, iba acompañado por más de sesenta personas: guardianes del templo, soldados romanos, y siervos curiosos de los altos sacerdotes y de los líderes.

domingo, 13 de abril de 2014

La voluntad del Padre.

Se corre gran peligro de interpretar erróneamente el significado de numerosos dichos y muchos acontecimientos asociados con la terminación de la carrera del Maestro en la carne. El tratamiento cruel de Jesús a manos de ignorantes criados y soldados endurecidos, la forma injusta en que se condujo su juicio, y la actitud fría de los profesos líderes religiosos, no se deben confundir con el hecho de que Jesús, al someterse pacientemente a este sufrimiento y humillación, estaba verdaderamente haciendo la voluntad del Padre en el Paraíso. Era, efectivamente y en verdad, voluntad del Padre que su Hijo bebiera hasta el fondo de la copa de la experiencia mortal, desde el nacimiento hasta la muerte, pero el Padre en el cielo nada tuvo que ver con la instigación de la conducta bárbara de aquellos supuestamente civilizados seres humanos que tan brutalmente torturaron al Maestro y tan horriblemente acumularon indignidades sucesivas sobre su persona que no ofrecía resistencia. Estas experiencias inhumanas y tremendas que Jesús tuvo que soportar en las horas finales de su vida mortal no fueron en ningún sentido parte de la voluntad divina del Padre, que su naturaleza humana había jurado tan triunfalmente llevar a cabo en el momento de la sumisión final del hombre a Dios, así como lo señaló en las tres oraciones que oró en el jardín mientras sus agotados apóstoles dormían el sueño del cansancio físico.
     
El Padre en el cielo deseaba que el Hijo autootorgador completara su carrera terrenal en forma natural, así como todos los mortales deben terminar su vida en la tierra y en la carne. Los hombres y mujeres comunes no pueden esperar dispensaciones especiales que faciliten sus últimas horas en la tierra y el episodio de su muerte. Por lo tanto, Jesús eligió dar su vida en la carne de la manera que estaba de acuerdo con el proceso de los acontecimientos naturales negándose en todo momento a liberarse de las garras crueles de la malvada conspiración de los acontecimientos inhumanos que se sucedieron con espantosa certeza hacia su humillación increíble y muerte ignominiosa. Cada átomo de esta asombrosa manifestación de odio y de esta demostración de crueldad sin precedentes fue obra de hombres malvados y mortales malignos. No fue voluntad de Dios en el cielo, tampoco fue dictada por los archienemigos de Jesús, aunque mucho hicieron ellos para asegurarse de que los mortales malvados y despreocupados rechazaran así al Hijo autootorgador. Hasta el padre del pecado volvió la cara lejos del dolorosísimo horror del espectáculo de la crucifixión.

sábado, 12 de abril de 2014

La traición y el arresto de Jesús.

CUANDO Jesús despertó por última vez a Pedro, Santiago y Juan, sugirió que se fueran a sus tiendas y reposaran para prepararse para los deberes del mañana. Pero a esta altura, los tres apóstoles estaban completamente despiertos; habían descansado con sus cortas siestas, y además, estaban estimulados y animados por la llegada de dos agitados mensajeros que preguntaron por David Zebedeo y se fueron de prisa a buscarlo en cuanto Pedro les indicó el lugar donde aquél estaba de centinela.
      
Aunque ocho de los apóstoles estaban profundamente dormidos, los griegos, acampados a su lado, estaban más preocupados por los posibles acontecimientos, tanto es así que habían apostado un centinela para que diera la alarma en caso de que hubiera peligro. Cuando estos dos mensajeros llegaron apresuradamente al campamento, el centinela griego inmediatamente despertó a sus conciudadanos, quienes emergieron de sus tiendas, completamente vestidos y armados. El campamento todo estaba despierto excepto los ocho apóstoles; Pedro deseaba llamar a sus asociados, pero Jesús se lo prohibió perentoriamente. El Maestro les advirtió tiernamente que se volviesen a sus tiendas, pero ellos no estaban dispuestos a cumplir con su sugerencia.
      
Como no pudo dispersar a sus seguidores, el Maestro los dejó y descendió al lagar, cerca de la entrada al parque de Getsemaní. Aunque los tres apóstoles, los griegos y otros acampantes titubearon en seguirlo inmediatamente, Juan Marcos cortó camino, corriendo entre los olivares y se metió en un pequeño cobertizo cerca del lagar. Jesús se retiró del campamento y se alejó de sus amigos, con el objeto de que los que venían a arrestarlo pudieran hacerlo, cuando llegaran, sin perturbar a sus apóstoles. El Maestro temía que se despertaran sus apóstoles y presenciaran su arresto, y que el espectáculo de la traición de Judas despertara de tal manera su animosidad como para impulsarlos a resistir a los soldados terminando así apresados con él. Temía que, si eran arrestados con él, también pudieran perecer con él.
      
Aunque Jesús sabía que el proyecto de matarlo se había originado en los concilios de los líderes de los judíos, también se daba cuenta de que estos esquemas nefastos tenían la plena aprobación de Lucifer, Satanás y Caligastia. Bien sabía él que estos rebeldes de los reinos tendrían sumo agrado en ver a todos los apóstoles destruidos con él.
      
Jesús se sentó a solas, sobre el lagar, y allí aguardó la llegada del traidor, y tan sólo fue visto en este momento por Juan Marcos y las innumerables huestes de observadores celestiales.

viernes, 11 de abril de 2014

A solas en Getsemaní.

Cuando todo era quietud y silencio en el campamento, Jesús, llevándose a Pedro, Santiago y Juan, se alejó a una corta distancia hacia una hondonada cercana donde solía ir en ocasiones anteriores para orar y comulgar. Los tres apóstoles no podían dejar de ver que el Maestro estaba dolorosamente oprimido. Nunca antes lo habían observado tan acongojado y apenado. Cuando llegaron al lugar de sus devociones, los invitó a que se sentaran y velarían por él mientras se alejaba a una corta distancia para orar. Se postró en la tierra y oró: «Padre mío, he venido a este mundo para hacer tu voluntad, y así lo he hecho. Sé que ha llegado la hora de dar esta vida en la carne, y no me resisto a hacerlo, pero quiero saber que es tu voluntad que yo beba esta copa. Envíame la certeza de que te complazco en mi muerte aun como lo hice en mi vida».
    

El Maestro permaneció en estado de oración por unos momentos, y luego, acercándose a los apóstoles, los encontró profundamente dormidos, ya que tenían los párpados pesados y no conseguían permanecer despiertos. Al despertarlos Jesús, les dijo: «¡Qué pasa! ¿Acaso no podéis velar conmigo por lo menos una hora? ¿Acaso no veis que mi alma está extremadamente acongojada, aun hasta la muerte, y que anhelo vuestra compañía?» Cuando los tres se despertaron de su sueño, el Maestro nuevamente se alejó a solas y, cayendo al suelo, nuevamente oró: «Padre, yo sé que es posible evitar esta copa —todas las cosas son posibles para ti— pero he venido para hacer tu voluntad, y aunque esta copa sea amarga, la beberé si es tu voluntad». Y cuando hubo orado así, un ángel poderoso bajó a su lado y, hablándole, lo tocó y lo fortaleció
      
Cuando Jesús retornó para hablar con los tres apóstoles, otra vez los halló dormidos. Los despertó diciendo: «En esta hora necesito que vosotros veléis y oréis conmigo —tanto más vosotros necesitáis orar para no caer en la tentación— ¿por qué os dormís cuando os dejo?».
      
Entonces, por tercera vez el Maestro se retiró y oró: «Padre, tú ves a mis apóstoles dormidos, ten misericordia de ellos. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Ahora pues, Padre, si no puede pasar de mi esta copa, la beberé. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y cuando hubo terminado de orar, permaneció postrado por un momento en el suelo. Cuando se levantó y regresó adonde sus apóstoles, una vez más los encontró dormidos. Los observó y, con un gesto de piedad, dijo tiernamente: «Dormid ahora y descansad; la hora de la decisión ha pasado. Ha llegado el momento en que el Hijo del Hombre será entregado a las manos de sus enemigos». Al inclinarse para sacudirlos y despertarlos, dijo: «Levantaos, volvamos al campamento, porque he aquí que el que me traiciona está cerca, y la hora ha llegado en que mi redil será dispersado. Pero ya os he hablado de estas cosas».
     
Durante los años que Jesús vivió entre sus seguidores, en efecto, tuvieron ellos muchas pruebas de su naturaleza divina, pero en este momento están a punto de presenciar nuevas pruebas de su humanidad. Justo antes de la más grande de todas las revelaciones de su divinidad, su resurrección, han de producirse las más grandes pruebas de su naturaleza mortal: su humillación y crucifixión.
       
Cada vez que oró él en el jardín, su humanidad se aferró más firmemente a su divinidad por la fe; su voluntad humana se tornó más completamente una con la voluntad divina de su Padre. Entre otras palabras dichas por el ángel poderoso fue el mensaje de que el Padre deseaba que su Hijo terminara su encarnación en la tierra pasando por la experiencia mortal de la criatura así como todas las criaturas mortales deben experimentar la disolución material al pasar de la existencia del tiempo a la progresión de la eternidad.
      
Más temprano esa noche no había parecido tan difícil el beber la copa, pero cuando el Jesús humano se despidió de sus apóstoles y los mandó a su reposo, la prueba se tornó más espantosa. Jesús experimentó esos altibajos de sentimientos que son comunes a toda experiencia humana, y en este momento estaba cansado del trabajo, agotado de las largas horas de labor esforzada y de ansiedad penosa sobre la seguridad de sus apóstoles. Aunque ningún mortal puede tener la presunción de entender los pensamientos y sentimientos del Hijo de Dios encarnado en un momento como éste, sabemos que soportó gran angustia y sufrió una congoja indescriptible, porque la transpiración bañaba su rostro a grandes gotas. Por fin estuvo convencido de que el Padre tenía la intención de permitir que los acontecimientos naturales siguieran su curso; estaba plenamente decidido a no emplear para salvarse ninguno de sus poderes soberanos como jefe supremo de un universo.
      
Las huestes reunidas de una vasta creación contemplan ahora esta escena bajo el mando conjunto temporal de Gabriel y del Ajustador Personalizado de Jesús. A los comandantes de división de estos ejércitos del cielo se les ha advertido repetidamente no interferir en estas transacciones sobre la tierra, a menos que Jesús mismo lo ordene así.
      
La experiencia de separarse de los apóstoles fue un esfuerzo muy grande para el corazón humano de Jesús; su pena de amor pesaba sobre su corazón e hizo más difícil el enfrentamiento a una muerte como la que él bien sabía que le aguardaba. Se daba cuenta de cuán débiles e ignorantes eran sus apóstoles, y tenía miedo de dejarlos. Bien sabía que había llegado la hora de su partida, pero su corazón humano deseaba descubrir si no existía la posibilidad de una vía legítima de escape de tan terrible sufrimiento y congoja. Y al buscar así una vía de escape, y fracasar, estuvo dispuesto a beber la copa. La mente divina de Micael sabía que había hecho todo lo posible por los doce apóstoles; pero el corazón humano de Jesús deseaba que se hubiera podido hacer más por ellos, antes de dejarlos solos en el mundo. El corazón de Jesús estaba deshecho; verdaderamente amaba a sus hermanos. Estaba aislado de su familia en la carne; uno de sus asociados elegidos lo estaba traicionando. El pueblo de su padre José lo había rechazado, arruinando así su destino de pueblo con una misión especial en la tierra. Su alma estaba atormentada por el amor despreciado y la misericordia rechazada. Fue uno de esos terribles momentos humanos en los que todo parece desencadenarse con crueldad destructora y agonía tremenda.
      
Lo humano en Jesús no era insensible a esta situación de soledad privada, vergüenza pública, y apariencia de fracaso de su causa. Todos estos sentimientos pesaban sobre él con un peso indescriptible. En esta gran pena su mente regresó a los días de su infancia en Nazaret y a su obra temprana en Galilea. En el momento de esta gran prueba muchas escenas agradables de su ministerio terrenal volvieron a su memoria. Y fue con estos viejos recuerdos de Nazaret, Capernaum, el Monte Hermón, y de los atardeceres y amaneceres reflejados en el mar de Galilea que calmó su mente y fortaleció su corazón humano preparándose para recibir al traidor que tan pronto lo traicionaría.
      
 Antes de que llegaran Judas y los soldados, el Maestro ya había recobrado plenamente su entereza habitual; el espíritu había triunfado sobre la carne; la fe se había afirmado sobre todas las tendencias humanas al temor y a la duda incierta. La prueba suprema de la realización plena de la naturaleza humana había sido enfrentada y sobrepasada en forma aceptable. Una vez más, el Hijo del Hombre estaba preparado para enfrentarse a sus enemigos con ecuanimidad y en la plena certeza de su invencibilidad como hombre mortal dedicado sin reservas a hacer la voluntad de su Padre.

jueves, 10 de abril de 2014

La última hora antes de la traición.

Cuando los apóstoles regresaron al campamento se quedaron grandemente sorprendidos al darse cuenta de que Judas estaba ausente. Mientras los once discutían acaloradamente el asunto de este apóstol traidor, David Zebedeo y Juan Marcos apartaron a Jesús y le revelaron que habían estado observando a Judas por varios días, y que sabían que tenía la intención de traicionarlo entregándolo a manos de sus enemigos. Jesús los escuchó pero tan sólo dijo: «Amigos míos, nada puede suceder al Hijo del Hombre a menos que sea la voluntad del Padre en el cielo. Que no se atribule vuestro corazón; todas las cosas laborarán juntas para la gloria de Dios y la salvación de los hombres».
      
El estado jovial de Jesús se estaba desvaneciendo. A medida que pasaba la hora se tornó más y más serio, aun acongojado. Los apóstoles, que estaban muy agitados, no querían volver a sus tiendas aunque así se lo hubiera pedido el Maestro mismo. Volviendo de su conversación con David y Juan, dirigió sus últimas palabras a los once, diciendo: «Amigos míos, id a descansar. Preparaos para la tarea de mañana. Recordad, todos debemos someternos a la voluntad del Padre en el cielo. Mi paz os dejo con vosotros». Habiendo hablado así, les indicó que fueran a sus tiendas, pero al irse ellos, llamó a Pedro, Santiago y Juan, diciendo: «Deseo que vosotros permanezcáis conmigo por un corto tiempo».
      
Los apóstoles se quedaron dormidos tan sólo porque estaban literalmente exhaustos. Habían dormido poco desde su llegada a Jerusalén. Antes de que fueran a sus tiendas privadas, Simón el Zelote los condujo a todos a su propia tienda, donde guardaba las espadas y otras armas, y entregó a cada uno de ellos este equipo de lucha. Todos ellos recibieron estas armas y se las ciñeron a la cintura allí mismo, excepto Natanael. Natanael, al rehusar el arma, dijo: «Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho repetidamente que su reino no es de este mundo, y que sus discípulos no deben pelear con la espada para establecerlo. Yo creo en esto; no creo que el Maestro necesite que usemos la espada para defenderlo. Todos hemos visto su gran poder y sabemos que él puede defenderse de sus enemigos si así lo desea. Si él no quiere resistir a sus enemigos, debe ser porque tal curso representa su intención de satisfacer la voluntad de su Padre. Yo oraré, pero no blandiré la espada». Cuando Andrés oyó estas palabras de Natanael, devolvió su espada a Simón el Zelote. Así pues, nueve de ellos estaban armados cuando se separaron para ir a su reposo.
      
Por el momento, el resentimiento por la traición de Judas eclipsó todo lo demás en la mente de los apóstoles. El comentario del Maestro con referencia a Judas, hablado en el curso de su última oración, les abrió los ojos al hecho de que él los había abandonado.
      
Cuando los ocho apóstoles finalmente volvieron a sus tiendas, y mientras Pedro, Santiago y Juan estaban esperando para recibir las órdenes del Maestro, Jesús llamó a David Zebedeo y le dijo: «Envíame tu mensajero más veloz y confiado». Cuando David condujo ante el Maestro a un tal Jacobo, anteriormente corredor del servicio de mensajería nocturna entre Jerusalén y Betsaida, Jesús, dirigiéndose a él, dijo: «Vete a toda prisa adonde Abner en Filadelfia y di: `El Maestro te envía salutaciones de paz y dice que ha llegado la hora en que será él entregado a las manos de sus enemigos, quienes lo matarán, pero que él se levantará de entre los muertos y aparecerá ante ti pronto, antes de ir al Padre, y que entonces te guiará hasta el momento en que el nuevo maestro venga a morar en tu corazón'». Después de repetir Jacobo este mensaje a satisfacción del Maestro, Jesús lo envió en su misión, diciendo: «No temas a ningún hombre, Jacobo, ya que esta noche un mensajero invisible correrá a tu lado».
      
Luego Jesús se volvió al jefe del grupo de griegos que estaban acampados con ellos y dijo: «Hermano mío, no te turbes por lo que está por suceder, puesto que ya te he avisado de antemano. El Hijo del Hombre será matado por instigación de sus enemigos, los altos sacerdotes y los potentados de los judíos, pero me levantaré para estar con vosotros un corto tiempo antes de ir al Padre. Y cuando hayas visto todo esto, glorifica a Dios y fortalece a tus hermanos».
      
En circunstancias ordinarias los apóstoles le hubieran deseado personalmente las buenas noches al Maestro, pero esta noche estaban tan preocupados por la realización repentina de la deserción de Judas y tan sobrecogidos por la naturaleza insólita de la oración de despedida del Maestro que escucharon su salutación de adiós y se alejaron en silencio.
      
Fue esto lo que Jesús le dijo a Andrés al alejarse éste de su lado esa noche: «Andrés, haz lo que puedas para mantener juntos a tus hermanos hasta que yo vuelva adonde vosotros después de haber bebido esta copa. Fortalece a tus hermanos, ya que te lo he dicho todo. Que la paz sea contigo».
      
Ninguno de los apóstoles esperaba que pasara nada fuera de lo ordinario durante esa noche puesto que ya era muy tarde. Trataron de dormirse para poder levantarse temprano por la mañana y estar preparados para lo peor. Pensaban que los altos sacerdotes tratarían de arrestar al Maestro por la mañana temprano porque no se realizaba tarea secular alguna después del mediodía del día de preparación para la Pascua. Sólo David Zebedeo y Juan Marcos comprendieron que los enemigos de Jesús vendrían con Judas esa misma noche.
      
David había dispuesto que él vigilaría esa noche en el sendero alto que conducía al camino de Betania a Jerusalén, mientras que Juan Marcos vigilaría junto al camino que subía de Cedrón a Getsemaní. Antes de ir David a su tarea autoimpuesta de centinela, se despidió de Jesús diciendo: «Maestro, he conocido gran felicidad al servir contigo. Mis hermanos son tus apóstoles, pero yo me he regocijado en las cosas menores que se debían hacer, y te echaré de menos con todo mi corazón cuando tú te hayas ido». Entonces dijo Jesús a David: «David, hijo mío, otros han hecho lo que se les indicó que hicieran, pero este servicio tú lo has hecho de tu propio corazón, y conozco tu devoción. Tú también algún día servirás conmigo en el reino eterno».
      
Luego, al prepararse para ir a su puesto de centinela en el sendero alto, David le dijo a Jesús: «Sabes Maestro que envié por tu familia, y tengo noticias por un mensajero de que ellos están esta noche en Jericó. Estarán aquí mañana temprano antes del mediodía puesto que sería peligroso para ellos recorrer el camino sangriento por la noche». Y Jesús, bajando la mirada hacia David, sólo dijo: «Que así sea, David».
     
Cuando David se hubo ido por el Oliveto, Juan Marcos tomó su lugar de vigilia junto al camino que corría a lo largo del río hacia Jerusalén. Juan habría permanecido en su puesto si no hubiese sido por su gran deseo de estar cerca de Jesús y de saber qué estaba sucediendo. Poco después de que David lo dejara, y al observar Juan Marcos que Jesús se retiraba, con Pedro, Santiago y Juan, a una hondonada cercana, se apoderó de él una mezcla de devoción y curiosidad hasta tal punto que abandonó su puesto de centinela y los siguió, ocultándose entre los arbustos, desde donde vio y escuchó todo lo que sucedió durante estos últimos momentos en el jardín y justo antes de que Judas y los guardias armados aparecieran para arrestar a Jesús.
       
Mientras todo esto ocurría en el campamento del Maestro, Judas Iscariote conferenciaba con el capitán de los guardianes del templo, quien había reunido a sus hombres preparándose para salir, bajo el liderazgo del traidor, a arrestar a Jesús.