«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 17 de abril de 2017

Jesús — El Hombre.

La devoción de Jesús a la voluntad del Padre y al servicio del hombre fue aun más que decisión mortal y determinación humana; fue una consagración total de sí mismo al otorgamiento de amor sin reservas. Por grande que fuera el hecho de la soberanía de Micael, no debéis quitarle a la humanidad el Jesús humano. El Maestro ascendió a lo alto, no sólo como Dios sino también como hombre; él pertenece a los hombres; los hombres le pertenecen a él. ¡Qué pena que se haya tan erróneamente interpretado la religión, quitándoles a los mortales atribulados el Jesús humano! Que las discusiones sobre la humanidad o la divinidad de Cristo no oculten la verdad salvadora de que Jesús de Nazaret fue un hombre religioso que, por la fe, llegó a conocer y hacer la voluntad de Dios; fue el hombre más verdaderamente religioso que jamás haya vivido en Urantia.

 
La época ya está madura para presenciar la resurrección figurativa del Jesús humano de su sepulcro, de entre las tradiciones teológicas y dogmas religiosos acumulados en diecinueve siglos. Ya no debéis sacrificar a Jesús de Nazaret ni siquiera al espléndido concepto del Cristo glorificado. ¡Qué servicio transcendental sería, si se recuperara al Hijo del Hombre mediante esta revelación de la tumba de la teología tradicional, y se lo presentara como el Jesús vivo a la iglesia que lleva su nombre, y a todas las demás religiones! Con seguridad la comunidad cristiana de creyentes no titubeará en hacer esos ajustes de fe y de prácticas de vivir que le permitan «seguir» al Maestro en la demostración de su vida real de devoción religiosa en hacer la voluntad del Padre y en consagrarse al servicio altruista del hombre. ¿Acaso temen los cristianos profesos poner al descubierto una comunidad autosuficiente y no consagrada de respetabilidad social y desajuste económico egoísta? ¿Acaso teme el cristianismo institucional que la autoridad eclesiástica tradicional esté en peligro, o aun sea derrocada, si Jesús de Galilea se restaura en la mente y en el alma de los hombres mortales como ideal de vida religiosa personal? En verdad los reajustes sociales, las transformaciones económicas, el rejuvenecimiento moral, y las revisiones religiosas de la civilización cristiana, serían drásticas y revolucionarias si la religión viviente de Jesús suplantara de pronto a la religión teológica sobre Jesús.

«Seguir a Jesús» significa compartir personalmente su fe religiosa y entrar en el espíritu de la vida del Maestro de servicio altruista al hombre. Una de las cosas más importantes del vivir humano es descubrir qué creía Jesús, cuáles eran sus ideales, y luchar por alcanzar este propósito excelso de la vida. De todo el conocimiento humano, el que tiene mayor valor es el conocer la vida religiosa de Jesús y como la vivió.

La gente común escuchaba a Jesús con deleite, y nuevamente responderán ellos a la presentación de su vida humana sincera de motivación religiosa consagrada, si estas verdades se proclaman nuevamente al mundo. El pueblo lo escuchaba con deleite, porque él era uno de ellos, un laico sin pretensiones; en efecto, el maestro religioso más grande del mundo fue laico.

No debe ser objetivo de los creyentes del mundo imitar literalmente la vida exterior de Jesús en la carne, sino más bien compartir su fe; confiar en Dios como él confió en Dios y creer en los hombres como él creyó en ellos. Jesús nunca discutió la paternidad de Dios ni la hermandad de los hombres; él fue una ilustración viviente de lo uno y una profunda demostración de lo otro.

Así como los hombres deben progresar de la conciencia de lo humano a la realización de lo divino, así Jesús ascendió de la naturaleza del hombre a la conciencia de la naturaleza de Dios. Y el Maestro hizo esta gran ascensión de lo humano a lo divino por la acción conjunta de la fe de su intelecto mortal y los actos de su Ajustador residente. La comprensión de hecho del logro de la totalidad de divinidad (manteniendo al mismo tiempo conciencia plena de la realidad humana) fue acompañada por siete etapas de la conciencia de fe de la divinización progresiva. Estas etapas de autocomprensión progresiva fueron demarcadas por los siguientes acontecimientos extraordinarios en la experiencia del autootorgamiento del Maestro:
 1. La llegada del Ajustador del Pensamiento.
 2. El mensajero de Emanuel que se le apareció en Jerusalén cuando tenía unos doce años.
 3. Las manifestaciones que acompañaron su bautismo.
 4. Las experiencias en el monte de la transfiguración.
 5. La resurrección morontial.
 6. La ascensión como ser de espíritu.
 7. El abrazo final del Padre del Paraíso, que le entregó la soberanía ilimitada de su universo.

domingo, 9 de abril de 2017

La fe de Jesús


JESÚS poseía una fe sublime y incondicional en Dios. Él experimentó los estados de ánimo buenos y malos, típicos de la existencia mortal, pero, en el sentido religioso, no dudó nunca de la certeza de la vigilancia y la guía de Dios. Su fe fue la consecuencia de la visión interna, nacida de la actividad de su Ajustador residente, la presencia divina. Su fe no fue ni tradicional ni meramente intelectual. Fue totalmente personal y puramente espiritual.
     
El Jesús humano vio a Dios como santo, justo y grande, así como también verdadero, bello y bueno. Todos estos atributos de la divinidad él enfocó en su mente como «la voluntad del Padre en el cielo». El Dios de Jesús era al mismo tiempo «el Santo de Israel» y «el Padre vivo y amante en el cielo». El concepto de Dios como Padre no fue original de Jesús, sino que él exaltó y elevó la idea a una experiencia sublime al lograr una nueva revelación de Dios y al proclamar que toda criatura mortal es niño de este Padre del amor, es hijo de Dios.
     
Jesús no se aferró a la fe en Dios así como lo haría un alma en guerra con el universo y en lucha de muerte con un mundo hostil y pecaminoso; no recurrió a la fe como simple consuelo cuando estaba plagado de dificultades ni como alivio cuando lo amenazaba la desesperanza; su fe no fue tan sólo una compensación ilusoria de las realidades desagradables y de las congojas del vivir. Al enfrentarse con todas las dificultades naturales y las contradicciones temporales de la existencia mortal, él experimentó la tranquilidad de la confianza suprema y indiscutida en Dios y sintió la tremenda emoción de vivir, por la fe, en la presencia misma del Padre celestial. Esta fe triunfante fue una experiencia viva de real alcance espiritual. La gran contribución de Jesús a los valores de la experiencia humana no fue que revelara tantas nuevas ideas sobre el Padre en el cielo, sino más bien que tan magnífica y humanamente demostró un nuevo y más alto tipo de fe viva en Dios. Nunca en todos los mundos de este universo, en la vida de cualquier mortal, vino Dios a ser talrealidad viva como en la experiencia humana de Jesús de Nazaret.
     
En la vida del Maestro en Urantia, este mundo y todos los demás de la creación local descubren un nuevo tipo más elevado de religión, una religión basada en las relaciones espirituales personales con el Padre Universal y totalmente validada por la autoridad suprema de la experiencia personal genuina. Esta fe viva de Jesús fue más que una reflexión intelectual, y no fue una meditación mística.
     
La teología puede fijar, formular, definir y dogmatizar la fe, pero en la vida humana de Jesús la fe fue personal, viva, original, espontánea y puramente espiritual. Esta fe no fue reverencia por la tradición ni una mera creencia intelectual que él sostenía como un credo sagrado, sino más bien una experiencia sublime y una convicción profunda que lo sostenía firmemente. Su fe fue tan real y tan completa que eliminó en forma absoluta toda duda espiritual y destruyó en forma efectiva todo deseo contradictorio. Nada pudo arrancarlo del ancla espiritual de esta fe ferviente, sublime y impávida. Aun frente a la derrota aparente o en las garras del desencanto y de la desesperación amenazante, permaneció calmo en la presencia divina, libre de temores y plenamente consciente de su invencibilidad espiritual. Jesús disfrutó de la certeza vigorizadora de poseer una fe sin incertidumbres, y en cada una de las difíciles situaciones de la vida, infaliblemente exhibió una lealtad inamovible a la voluntad del Padre. Esta fe estupenda permaneció impávida aun frente a la amenaza cruel y sobrecogedora de una muerte ignominiosa.
     
En un genio religioso, muchas veces una poderosa fe espiritual lleva directamente al fanatismo desastroso, a la exageración del ego religioso, pero esto no le ocurrió a Jesús. No hubo influencias negativas de su extraordinaria fe y alcance espiritual en su vida práctica, porque esta exaltación espiritual era una expresión totalmente inconsciente y espontánea del alma de su experiencia personal con Dios.
     
La fe espiritual indomable y apasionada de Jesús no rayó jamás en el fanatismo porque su fe no llegó nunca a afectar su juicio intelectual equilibrado en cuanto a los valores proporcionales de las situaciones sociales, económicas y prácticas morales corrientes de la vida. El Hijo del Hombre era una personalidad humana espléndidamente unificada; era un ser divino de dones perfectos; también era magníficamente coordinado como ser humano y divino combinados, funcionando en la tierra como una sola personalidad. Siempre coordinó el Maestro la fe del alma con el juicio de la sabiduría de la experiencia. La fe personal, la esperanza espiritual y la devoción moral siempre estuvieron correlacionadas en una unidad religiosa incomparable de asociación armoniosa con una realización sagaz de la realidad y santidad de todas las lealtades humanas —honor personal, amor familiar, obligación religiosa, deber social y necesidad económica.
     
La fe de Jesús visualizaba todos los valores espirituales como se encuentran en el reino de Dios; por lo tanto dijo: «Buscad primero el reino del cielo». Jesús vio en la desarrollada e ideal comunidad del reino, el logro y la satisfacción de la «voluntad de Dios». El corazón mismo de la oración que enseñó a sus discípulos fue «venga tu reino; hágase voluntad tuya». Habiendo así concebido que el reino comprendía la voluntad e Dios, se dedicó a la causa de su realización con extraordinario autoolvido y entusiasmo sin límites. Pero en su extensa misión y a lo largo de su vida extraordinaria no se asomó nunca la furia del fanático ni la frivolidad del egocéntrico religioso.
     
La vida entera del Maestro estuvo constantemente condicionada por su fe viva, su experiencia religiosa sublime. Esta actitud espiritual dominó totalmente sus pensamientos y sentimientos, su creencia y su oración, su enseñanza y su predicación. Esta fe personal de un hijo en la certeza y seguridad de la guía y protección del Padre celestial impartió una profunda dote de realidad espiritual a su vida singular. Sin embargo, a pesar de la muy profunda conciencia de relación estrecha con la divinidad, este galileo, este Galileo de Dios, cuando se le apeló Buen Instuctor, replicó instantáneamente: «¿Por qué me llamáis bueno?» Cuando nos enfrentamos con un autoolvido tan esplendoroso comenzamos a comprender cómo el Padre Universal pudo tan plenamente manifestarse a él y revelarse a través de él a los mortales de los mundos.
     
Jesús llevó a Dios, como hombre del reino, la más grande de las ofrendas: la consagración y dedicación de su propia voluntad al servicio majestuoso de hacer la voluntad divina. Jesús interpretó la religión siempre y constantemente sólo en términos de la voluntad del Padre. Cuando estudiéis la carrera del Maestro, en lo que concierna a la oración o a cualquier otra característica de la vida religiosa, buscad no tanto lo que él enseñó sino lo que él hizo. Jesús no oraba jamás porque fuera un deber religioso hacerlo. Para él la oración era una expresión sincera de actitud espiritual, una declaración de lealtad del alma, un recital de devoción personal, una expresión de gratitud, un evitar de las tensiones emocionales, una prevención de los conflictos, una exaltación del intelecto, un ennoblecimiento de los deseos, una vindicación de la decisión moral, un enriquecimiento del pensamiento, una vigorización de las inclinaciones más elevadas, una consagración del impulso, una clarificación de un punto de vista, una declaración de fe, una rendición trascendental de la voluntad, una afirmación sublime de confianza, una revelación de coraje, la proclamación del descubrimiento, una confesión de devoción suprema, la validación de la consagración, una técnica para el ajuste de las dificultades y la poderosa movilización de los poderes combinados del alma para soportar las tendencias humanas hacia el egoísmo, el mal y el pecado. Él vivió una vida de consagración oracional de hacer la voluntad de su Padre y terminó su vida triunfalmente con esa oración. El secreto de su religión sin paralelo fue esta conciencia de la presencia de Dios; y la alcanzó mediante la oración inteligente y la adoración sincera —comunión constante con Dios— y no por medio de augurios, voces, visiones, apariciones o prácticas religiosas extraordinarias.
     
En la vida terrenal de Jesús la religión fue una experiencia viva, un pasaje directo y personal de la reverencia espiritual a la rectitud práctica. La fe de Jesús rindió los frutos trascendentales del espíritu divino. Su fe no era inmadura y crédula como la de un niño, pero de muchas maneras se asemejaba a la confianza sin sospechas de la mente de un niño; Jesús confiaba en Dios como un niño confía en su padre. Tenía una confianza profunda en el universo —como confía el niño en el medio ambiente de sus padres. La fe incondicionada de Jesús en la bondad fundamental del universo mucho se asemejaba a la confianza del niño en la seguridad de su medio ambiente terrenal. El dependía del Padre celestial, como un niño depende de su padre en la tierra, y su fe ferviente no puso nunca en duda, ni por un momento, la certeza de los grandes cuidados del Padre celestial. No lo perturbaron seriamente ni los temores, ni las dudas, ni los escepticismos. El descreimiento no inhibió la expresión libre y original de su vida. Combinó el coraje fuerte e inteligente de un hombre adulto con el optimismo sincero y confiado de un niño creyente. Su fe llegó a tales niveles de confianza que encontraba totalmente libre de temores.
     
La fe de Jesús llegó a la confianza pura de un niño. Su fe fue tan absoluta y certera que respondía al encanto de la relación con los semejantes y a las maravillas del universo. Su sentido de dependencia en lo divino fue tan completo y tan confiado que dio como fruto la felicidad y la certeza de una absoluta seguridad personal. No hubo ninguna pretensión de titubeo en su experiencia religiosa. En este gigantesco intelecto del hombre adulto reinaba suprema la fe de un niño en todos los asuntos relacionados con la conciencia religiosa. No es extraño que dijera cierta vez: «Si no os volvéis como niños, no entraréis al reino». Aunque la fe de Jesús era como la de un niño, no era, en ningún sentido infantil.
     
Jesús no requiere que sus discípulos crean en él sino más bien que crean con él, que crean en la realidad del amor de Dios y acepten con plena confianza la certeza de la seguridad de la filiación con el Padre celestial. El Maestro desea que todos sus seguidores compartan plenamente su fe trascendental. Jesús desafió en forma enternecedora a sus seguidores, no sólo a que creyeran lo que él creía, sino también a que creyeran como creía él. Éste es el significado pleno de su requisito supremo: «sígueme».  

La vida terrenal de Jesús estuvo dedicada a un gran propósito: hacer la voluntad del Padre, vivir la vida humana religiosamente y por la fe. La fe de Jesús era confiada como la de un niño, pero estaba totalmente libre de presunción. Tomó decisiones fuertes y varoniles, se enfrentó valientemente con muchas desilusiones, franqueó resueltamente dificultades extraordinarias, atacó sin titubear los duros requisitos del deber. Se necesitó una voluntad fuerte y una confianza infalible para creer lo que Jesús creía, y como él creía.

domingo, 11 de diciembre de 2016

El Futuro

En verdad, el cristianismo ha hecho un gran servicio a este mundo, pero a quien más se necesita ahora es a Jesús. El mundo necesita ver a Jesús viviendo de nuevo en la Tierra en la experiencia de los mortales nacidos del espíritu que revelan el Maestro eficazmente a todos los hombres. Es inútil hablar de un renacimiento del cristianismo primitivo; tenéis que avanzar desde el lugar donde os encontráis. La cultura moderna debe bautizarse espiritualmente con una nueva revelación de la vida de Jesús, e iluminarse con una nueva comprensión de su evangelio de salvación eterna. Y cuando Jesús sea elevado así, atraerá a todos los hombres hacia él. Los discípulos de Jesús deberían de ser más que conquistadores, e incluso fuentes desbordantes de inspiración y de vida realzada para todos los hombres. La religión no es más que un humanismo elevado hasta que se hace divina mediante el descubrimiento de la realidad de la presencia de Dios en la experiencia personal.
   
La belleza y la sublimidad, la humanidad y la divinidad, la sencillez y la singularidad de la vida de Jesús en la Tierra presentan un cuadro tan sorprendente y atractivo de la salvación del hombre y de la revelación de Dios, que los teólogos y los filósofos de todos los tiempos deberían reprimir eficazmente el atrevimiento de formular credos o de crear sistemas teológicos de esclavitud espiritual partiendo de esta donación trascendental de Dios en la forma del hombre. En Jesús, el universo produjo un hombre mortal en quien el espíritu de amor triunfó sobre los obstáculos materiales del tiempo y superó el hecho del origen físico.
   
Tened siempre presente que Dios y el hombre se necesitan el uno al otro. Son mutuamente necesarios para alcanzar de manera plena y final la experiencia de la personalidad eterna en el destino divino de la finalidad del universo.
   
«El reino de Dios está dentro de vosotros» fue probablemente la proclamación más grande que Jesús hiciera nunca, después de la declaración de que su Padre es un espíritu vivo y amoroso.
   
Para ganar almas para el Maestro, no es la primera legua recorrida por coacción, deber o convencionalismo la que transformará al hombre y a su mundo, sino que es más bien la segunda legua de servicio libre y de devoción amante de la libertad la que revela que el discípulo de Jesús ha alargado la mano para coger a su hermano con amor y llevarlo, bajo la guía espiritual, hacia la meta superior y divina de la existencia mortal. Ahora mismo, el cristianismo recorre con gusto la primera legua, pero la humanidad languidece y tropieza en las tinieblas morales porque hay muy pocos discípulos auténticos que recorran la segunda legua —muy pocos seguidores declarados de Jesús que vivan y amen realmente como él enseñó a sus discípulos a vivir, amar y servir.
   
La llamada a la aventura de construir una sociedad humana nueva y transformada mediante el renacimiento espiritual de la fraternidad del reino de Jesús debería emocionar a todos los que creen en él como los hombres no se han conmovido desde la época en que caminaban por la Tierra como compañeros suyos en la carne.
   
Ningún sistema social o régimen político que niegue la realidad de Dios puede contribuir de manera constructiva y duradera al progreso de la civilización humana. Pero el cristianismo, tal como hoy está subdividido y secularizado, representa el mayor de todos los obstáculos para su propio progreso ulterior; esto es especialmente cierto en lo que concierne a oriente.
   
El poder eclesiástico es ahora y siempre incompatible con la fe viviente, el espíritu creciente y la experiencia de primera mano de los compañeros, por la fe, de Jesús en la fraternidad de los hombres, en la asociación espiritual del reino de los cielos. El deseo loable de preservar las tradiciones de los logros pasados conduce a menudo a defender unos sistemas de adoración obsoletos. El deseo bien intencionado de fomentar antiguos sistemas de pensamiento impide eficazmente patrocinar unos medios y unos métodos nuevos y adecuados destinados a satisfacer los anhelos espirituales de la mente en expansión y en progreso del hombre moderno. Asímismo, las iglesias cristianas del siglo veinte se alzan como enormes obstáculos, aunque enteramente inconscientes, para el progreso inmediato del verdadero evangelio —las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
   
Muchas personas serias que ofrecerían gustosamente su lealtad al Cristo del evangelio, encuentran muy difícil apoyar con entusiasmo a una iglesia que da tan pocas muestras del espíritu de su vida y de sus enseñanzas, y a estas personas se les ha enseñado erróneamente que él la fundó. Jesús no fundó la llamada iglesia cristiana, pero de todas las maneras compatibles con su naturaleza, la ha fomentado como la mejor representante existente de la obra de su vida en la Tierra.
   
Si la iglesia cristiana se atreviera tan sólo a abrazar el programa del Maestro, miles de jóvenes aparentemente indiferentes se precipitarían para alistarse en esta empresa espiritual, y no dudarían en llevar a cabo hasta el fin esta gran aventura.
   
El cristianismo se enfrenta seriamente con la sentencia incluida en uno de sus propios lemas: «Una casa dividida contra sí misma no puede subsistir». El mundo no cristiano difícilmente capitulará ante una cristiandad dividida en sectas. El Jesús vivo es la única esperanza de una posible unificación del cristianismo. La verdadera iglesia —la fraternidad de Jesús— es invisible, espiritual y está caracterizada por la unidad, pero no necesariamente por la uniformidad. La uniformidad es la marca distintiva del mundo físico de naturaleza mecanicista. La unidad espiritual es el fruto de la unión por la fe con el Jesús vivo. La iglesia visible debería negarse a continuar obstaculizando el progreso de la fraternidad invisible y espiritual del reino de Dios. Esta fraternidad está destinada a convertirse en un organismo viviente, en contraste con una organización social institucionalizada. Puede utilizar muy bien estas organizaciones sociales, pero no debe ser sustituida por ellas.
   
Pero incluso el cristianismo del siglo veinte no debe ser despreciado. Es el producto del genio moral combinado de los hombres que conocían a Dios pertenecientes a muchas razas y durante muchas épocas; ha sido realmente uno de los más grandes poderes benéficos de la Tierra, y por consiguiente nadie debería considerarlo a la ligera, a pesar de sus defectos inherentes y adquiridos. El cristianismo continúa ingeniándoselas para incitar, con poderosas emociones morales, la mente de los hombres reflexivos.
   
Pero la implicación de la iglesia en el comercio y la política no tiene excusa; estas alianzas profanas son una flagrante traición al Maestro. Y los auténticos amantes de la verdad tardarán mucho tiempo en olvidar que esta poderosa iglesia institucionalizada se ha atrevido con frecuencia a sofocar una fe recién nacida, y a perseguir a los portadores de la verdad que aparecían por casualidad con vestiduras no ortodoxas.
   
Es demasiado cierto que esta iglesia no habría sobrevivido si no hubiera habido hombres en el mundo que prefirieran esta forma de culto. Muchas almas espiritualmente indolentes anhelan una religión antigua y autoritaria de rituales y de tradiciones consagradas. La evolución humana y el progreso espiritual apenas son suficientes para hacer que todos los hombres prescindan de una autoridad religiosa. Y la fraternidad invisible del reino puede muy bien incluir a estos grupos familiares de diversas clases sociales y temperamentales, con tal que estén dispuestos a convertirse en unos hijos de Dios realmente conducidos por el espíritu. Pero en esta fraternidad de Jesús no hay sitio para las rivalidades sectarias, el resentimiento entre los grupos, ni para las afirmaciones de superioridad moral e infalibilidad espiritual.
   Estas diversas agrupaciones de cristianos pueden servir para albergar a los numerosos tipos diferentes de supuestos creyentes entre los diversos pueblos de la civilización occidental, pero esta división de la cristiandad muestra una grave debilidad cuando intenta llevar el evangelio de Jesús a los pueblos orientales. Esas razas no comprenden todavía que existe una religión de Jesús separada, y un poco apartada, del cristianismo, el cual se ha vuelto cada vez más una religión acerca de Jesús.
   
La gran esperanza de Urantia reside en la posibilidad de una nueva revelación de Jesús, con una presentación nueva y ampliada de su mensaje salvador, que uniría espiritualmente en un servicio amoroso a las numerosas familias de sus seguidores declarados de hoy en día.
   
Incluso la educación laica podría ayudar a este gran renacimiento espiritual, si prestara más atención a la tarea de enseñar a los jóvenes cómo acometer la planificación de la vida y el desarrollo del carácter. La meta de toda educación debería consistir en fomentar y promover el objetivo supremo de la vida, el desarrollo de una personalidad majestuosa y bien equilibrada. Existe una gran necesidad de enseñar la disciplina moral en lugar de tantas satisfacciones egoístas. Sobre esta base, la religión puede aportar su estímulo espiritual para ampliar y enriquecer la vida humana, e incluso para asegurar y realzar la vida eterna.
   
El cristianismo es una religión improvisada, y por eso debe funcionar a baja velocidad. Las actuaciones espirituales a gran velocidad deben esperar la nueva revelación y la aceptación más generalizada de la verdadera religión de Jesús. Pero el cristianismo es una religión poderosa, puesto que los discípulos corrientes de un carpintero crucificado pusieron en marcha las enseñanzas que conquistaron el mundo romano en trescientos años, y luego continuaron hasta vencer a los bárbaros que derrocaron a Roma. Este mismo cristianismo conquistó —absorbió y exaltó— toda la corriente de la teología hebrea y de la filosofía griega. Luego, cuando esta religión cristiana cayó en estado de coma durante más de mil años a causa de una dosis excesiva de misterios y de paganismo, se resucitó a sí misma y reconquistó virtualmente todo el mundo occidental. El cristianismo contiene suficientes enseñanzas de Jesús como para volverse inmortal.
   
Si el cristianismo tan sólo pudiera captar una mayor cantidad de enseñanzas de Jesús, podría hacer mucho más para ayudar al hombre moderno a resolver sus problemas nuevos y cada vez más complejos.
   
El cristianismo sufre una gran desventaja porque ha sido identificado, en la mente de todo el mundo, como una parte del sistema social, la vida industrial y los criterios morales de la civilización occidental; de este modo, el cristianismo ha parecido patrocinar, sin ser consciente de ello, una sociedad que se tambalea bajo la culpabilidad de tolerar una ciencia sin idealismo, una política sin principios, una riqueza sin trabajo, un placer sin restricción, un conocimiento sin carácter, un poder sin conciencia y una industria sin moralidad.
   
La esperanza del cristianismo moderno consiste en dejar de patrocinar los sistemas sociales y las políticas industriales de la civilización occidental, e inclinarse humildemente ante la cruz que ensalza tan valientemente, para aprender allí otra vez de Jesús de Nazaret las verdades más grandes que el hombre mortal pueda escuchar jamás —el evangelio viviente de la paternidad de Dios y de la fraternidad de los hombres.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El problema del cristianismo

No paséis por alto el valor de vuestra herencia espiritual, el río de verdad que fluye a través de los siglos, incluso hasta la época estéril de una era materialista y laica. En todos vuestros esfuerzos meritorios por desembarazaros de los credos supersticiosos de las épocas pasadas, aseguraos de conservar firmemente la verdad eterna. ¡Pero tened paciencia! Cuando la sublevación actual contra la superstición haya terminado, las verdades del evangelio de Jesús sobrevivirán gloriosamente para iluminar un camino nuevo y mejor.
   
Pero el cristianismo paganizado y socializado necesita un nuevo contacto con las enseñanzas no comprometidas de Jesús; languidece por falta de una visión nueva de la vida del Maestro en la Tierra. Una revelación nueva y más completa de la religión de Jesús está destinada a conquistar un imperio de laicismo materialista y a derrocar un influjo mundial de naturalismo mecanicista. Urantia se estremece actualmente al borde mismo de una de sus épocas más asombrosas y apasionantes de reajuste social, de reanimación moral y de iluminación espiritual.
   
Las enseñanzas de Jesús, aunque enormemente modificadas, sobrevivieron a los cultos de misterio de su época natal, a la ignorancia y la superstición de la edad de las tinieblas, e incluso ahora están venciendo lentamente al materialismo, al mecanicismo y al laicismo del siglo veinte. Estas épocas de grandes pruebas y de derrotas amenazantes siempre son períodos de gran revelación.
   
La religión necesita nuevos dirigentes, hombres y mujeres espirituales que se atrevan a depender únicamente de Jesús y de sus enseñanzas incomparables. Si el cristianismo insiste en olvidar su misión espiritual mientras continúa ocupándose de los problemas sociales y materiales, el renacimiento espiritual tendrá que esperar la llegada de esos nuevos instructores de la religión de Jesús que se consagrarán exclusivamente a la regeneración espiritual de los hombres. Entonces, esas almas nacidas del espíritu proporcionarán rápidamente la dirección y la inspiración necesarias para la reorganización social, moral, económica y política del mundo.
   
La era moderna rehusará aceptar una religión que sea incompatible con los hechos y que no se armonice con sus conceptos más elevados de la verdad, la belleza y la bondad. Ha llegado la hora de volver a descubrir los verdaderos fundamentos originales del cristianismo de hoy deformado y comprometido —la vida y las enseñanzas reales de Jesús.
   
El hombre primitivo vivía una vida de esclavitud supersticiosa al miedo religioso. El hombre civilizado moderno teme la idea de caer bajo el dominio de fuertes convicciones religiosas. El hombre inteligente siempre ha tenido miedo de estar sujeto a una religión. Cuando una religión fuerte y activa amenaza con dominarlo, intenta invariablemente racionalizarla, institucionalizarla y convertirla en una tradición, esperando de este modo poder controlarla. Mediante este procedimiento, incluso una religión revelada se convierte en una religión elaborada y dominada por el hombre. Los hombres y las mujeres modernos e inteligentes rehuyen la religión de Jesús por temor a lo que ésta les hará —y a lo que hará con ellos. Y todos estos temores están bien fundados. En verdad, la religión de Jesús domina y transforma a sus creyentes, pidiendo a los hombres que dediquen su vida a buscar el conocimiento de la voluntad del Padre que está en los cielos, y exigiendo que las energías de la vida se consagren al servicio desinteresado de la fraternidad de los hombres.
   
Los hombres y las mujeres egoístas simplemente no quieren pagar este precio, ni siquiera a cambio del mayor tesoro espiritual que se haya ofrecido nunca al hombre mortal. Cuando el hombre se haya sentido suficientemente desilusionado por las tristes decepciones que acompañan la búsqueda insensata y engañosa del egoísmo, y después de que haya descubierto la esterilidad de la religión formalizada, sólo entonces estará dispuesto a volverse de todo corazón hacia el evangelio del reino, la religión de Jesús de Nazaret.
   
El mundo necesita más que nada una religión de primera mano. Incluso el cristianismo —la mejor religión del siglo veinte— no es solamente una religión acerca de Jesús, sino que es una religión que los hombres experimentan ampliamente de segunda mano. Éstos cogen su religión íntegramente tal como se la transmiten sus educadores religiosos aceptados. ¡Qué despertar experimentaría el mundo si tan sólo pudiera ver a Jesús tal como vivió realmente en la Tierra, y conocer de primera mano sus enseñanzas dadoras de vida! Las palabras que describen las cosas bellas no pueden conmover tanto como la visión de esas cosas, y las palabras de un credo tampoco pueden inspirar el alma de los hombres como la experiencia de conocer la presencia de Dios. Pero la fe expectante mantendrá siempre abierta la puerta de la esperanza del alma del hombre, para que entren las realidades espirituales eternas de los valores divinos de los mundos del más allá.
   
El cristianismo se ha atrevido a rebajar sus ideales ante el desafío de la avidez humana, la locura de la guerra y la codicia del poder; pero la religión de Jesús se mantiene como la citación espiritual inmaculada y trascendente, apelando a lo mejor que hay en el hombre para que se eleve por encima de todos estos legados de la evolución animal, y alcance por la gracia las alturas morales del verdadero destino humano.
   
El cristianismo está amenazado de muerte lenta por el formalismo, el exceso de organización, el intelectualismo y otras tendencias no espirituales. La iglesia cristiana moderna no es esa fraternidad de creyentes dinámicos a la que Jesús encargó que efectuara la transformación espiritual contínua de las generaciones sucesivas de la humanidad.
   
El llamado cristianismo se ha convertido en un movimiento social y cultural, así como en una creencia y una práctica religiosas. El arroyo del cristianismo moderno desagua más de un antiguo pantano pagano y más de una ciénaga bárbara; muchas antiguas cuencas culturales vierten sus aguas en esta corriente cultural de hoy, además de las altas mesetas galileas que se supone que son su fuente exclusiva.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El totalitarismo Laico

Pero incluso después de que el materialismo y el mecanicismo hayan sido más o menos derrotados, la influencia devastadora del laicismo del siglo veinte continuará marchitando la experiencia espiritual de millones de almas confiadas.
   
El laicismo moderno ha sido fomentado por dos influencias mundiales. El padre del laicismo fue la actitud atea y de ideas limitadas de la llamada ciencia de los siglos diecinueve y veinte —la ciencia atea. La madre del laicismo moderno fue la iglesia cristiana totalitaria de la Edad Media. El laicismo tuvo su comienzo como una protesta que se elevó contra la dominación casi completa de la civilización occidental por parte de la iglesia cristiana institucionalizada.
   
En el momento de esta revelación, el clima intelectual y filosófico que prevalece tanto en la vida europea como en la americana es decididamente laico —humanista. Durante trescientos años, el pensamiento occidental ha sido progresivamente laicizado. La religión se ha convertido cada vez más en una influencia nominal, se ha vuelto mayormente un ejercicio ritualista. La mayoría de los cristianos declarados de la civilización occidental son, sin saberlo, realmente laicos.
   
Fue necesario un gran poder, una poderosa influencia, para liberar el pensamiento y la vida de los pueblos occidentales de la garra marchitante de una dominación eclesiástica totalitaria. El laicismo rompió las ataduras del control de la iglesia, y ahora amenaza a su vez con establecer un nuevo tipo de dominio ateo en el corazón y la mente del hombre moderno. El Estado político tiránico y dictatorial es el descendiente directo del materialismo científico y del laicismo filosófico. El laicismo apenas libera al hombre de la dominación de la iglesia institucionalizada, cuando lo vende a la esclavitud servil del Estado totalitario. El laicismo sólo libera al hombre de la esclavitud eclesiástica para traicionarlo entregándolo a la tiranía de la esclavitud política y económica.
   
El materialismo niega a Dios, el laicismo se limita a ignorarlo; al menos ésta fue su actitud primitiva. Más recientemente, el laicismo ha tomado una actitud más militante, pretendiendo ocupar el lugar de la religión, cuya esclavitud totalitaria rechazó anteriormente. El laicismo del siglo veinte tiende a afirmar que el hombre no necesita a Dios. ¡Pero cuidado! Esta filosofía atea de la sociedad humana sólo conducirá a la inquietud, a la animosidad, a la infelicidad, a la guerra y a un desastre mundial.
   
El laicismo nunca podrá traer la paz a la humanidad. Nada puede sustituir a Dios en la sociedad humana. ¡Pero poned mucha atención! No os apresuréis a abandonar las ventajas beneficiosas de la sublevación laica que os ha liberado del totalitarismo eclesiástico. La civilización occidental disfruta hoy de muchas libertades y satisfacciones debido a la sublevación laica. El gran error del laicismo fue el siguiente: Al sublevarse contra el control casi total de la vida por parte de la autoridad religiosa, y después de conseguir liberarse de esta tiranía eclesiástica, los laicos continuaron adelante iniciando una sublevación contra el mismo Dios, a veces tácitamente y a veces de manera manifiesta.
   
A la sublevación laica le debéis la asombrosa creatividad de la industria americana y el progreso material sin precedentes de la civilización occidental. Como la sublevación laica ha ido demasiado lejos y ha perdido de vista a Dios y a la verdadera religión, también le ha seguido una cosecha inesperada de guerras mundiales y de inestabilidad internacional.
   
 No es necesario sacrificar la fe en Dios para disfrutar de las bendiciones de la sublevación laica moderna: tolerancia, servicio social, gobierno democrático y libertades civiles. Los laicos no tenían necesidad de oponerse a la verdadera religión para promover la ciencia y hacer progresar la educación.
   
Pero el laicismo no es el único autor de todas estas ventajas recientes en la expansión del modo de vivir. Detrás de los logros del siglo veinte están no solamente la ciencia y el laicismo, sino también los efectos espirituales no reconocidos ni admitidos de la vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
   
Sin Dios, sin religión, el laicismo científico nunca podrá coordinar sus fuerzas, ni armonizar sus intereses, razas y nacionalismos divergentes y rivales. A pesar de sus logros materialistas incomparables, esta sociedad humana laicista se está desintegrando lentamente. La principal fuerza de cohesión que se resiste a esta desintegración de antagonismos es el nacionalismo. Y el nacionalismo es el obstáculo principal para la paz mundial.
   
La debilidad inherente al laicismo consiste en que desecha la ética y la religión a favor de la política y del poder. Es simplemente imposible establecer la fraternidad de los hombres cuando se ignora o se niega la paternidad de Dios.
   
El optimismo laico en materia social y política es una ilusión. Sin Dios, ni la independencia y la libertad, ni los bienes y la riqueza conducirán a la paz.
   
La secularización completa de la ciencia, la educación, la industria y la sociedad sólo pueden conducir al desastre. Durante el primer tercio del siglo veinte, los urantianos han matado a más seres humanos que durante toda la dispensación cristiana hasta ese momento. Y éste sólo es el principio de la espantosa cosecha del materialismo y del laicismo; una destrucción aún más terrible está todavía por venir.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La vulnerabilidad del materialismo

Qué insensatez la del hombre con mentalidad materialista cuando permite que unas teorías tan vulnerables como las de un universo mecanicista le priven de los enormes recursos espirituales de la experiencia personal de la verdadera religión. Los hechos nunca están reñidos con la auténtica fe espiritual; las teorías sí pueden estarlo. La ciencia haría mejor en dedicarse a destruir la superstición, en lugar de intentar aniquilar la fe religiosa —la creencia humana en las realidades espirituales y los valores divinos.
   
La ciencia debería hacer materialmente por el hombre lo que la religión hace espiritualmente por él: ampliar el horizonte de la vida y engrandecer su personalidad. La verdadera ciencia no puede tener ninguna discrepancia duradera con la verdadera religión. El «método científico» es simplemente una vara intelectual para medir las aventuras materiales y los logros físicos. Pero como es material y enteramente intelectual, es totalmente inútil para evaluar las realidades espirituales y las experiencias religiosas.
   
La contradicción del mecanicista moderno es la siguiente: Si este universo fuera simplemente material y el hombre sólo fuera una máquina, ese hombre sería enteramente incapaz de reconocerse como tal máquina; además, un hombre-máquina así sería totalmente inconsciente del hecho de que existe dicho universo material. El desaliento y la desesperación materialista de una ciencia mecanicista no han logrado reconocer el hecho de que la mente del científico está habitada por el espíritu, aunque la perspicacia supermaterial del científico es precisamente la que formula estos conceptos erróneos y contradictorios en sí mismos de un universo materialista.
   
Los valores paradisiacos de eternidad e infinidad, de verdad, belleza y bondad, están escondidos dentro de los hechos de los fenómenos de los universos del tiempo y del espacio. Pero es necesario el ojo de la fe de un mortal nacido del espíritu para detectar y discernir estos valores espirituales.
   
Las realidades y los valores del progreso espiritual no son una «proyección psicológica» —un simple sueño despierto y glorificado de la mente material. Estas cosas son las previsiones espirituales del Ajustador interior, del espíritu de Dios que vive en la mente del hombre. No dejéis que vuestros escarceos en los descubrimientos ligeramente vislumbrados de la «relatividad» alteren vuestros conceptos de la eternidad y de la infinidad de Dios. Y en todas vuestras tentativas relacionadas con la necesidad de expresaros, no cometáis el error de omitir la expresión del Ajustador, la manifestación de vuestro yo real y mejor.
  Si este universo sólo fuera material, el hombre material nunca sería capaz de llegar al concepto del carácter mecanicista de una existencia tan exclusivamente material. Este mismo concepto mecanicista del universo es, en sí mismo, un fenómeno no material de la mente, y toda mente es de origen no material, por mucho que pueda dar la impresión de estar condicionada materialmente y controlada mecánicamente.
   
El mecanismo mental parcialmente evolucionado del hombre mortal no está muy dotado de coherencia ni de sabiduría. La presunción del hombre sobrepasa a menudo su razón y elude su lógica.
   
El mismo pesimismo del materialista más pesimista es, en sí y por sí mismo, una prueba suficiente de que el universo del pesimista no es totalmente material. Tanto el optimismo como el pesimismo son unas reacciones conceptuales que se producen en una mente que es consciente de los valores así como de los hechos. Si el universo fuera realmente lo que el materialista considera que es, entonces el hombre, como máquina humana, estaría privado de todo reconocimiento consciente de ese mismo hecho. Sin la conciencia del concepto de los valores dentro de la mente nacida del espíritu, el hombre no podría reconocer de ninguna manera el hecho del materialismo universal ni los fenómenos mecanicistas de la acción del universo. Una máquina no puede ser consciente de la naturaleza ni del valor de otra máquina.
   
Una filosofía mecanicista de la vida y del universo no puede ser científica, porque la ciencia sólo reconoce y trata de los objetos materiales y de los hechos. La filosofía es inevitablemente supercientífica. El hombre es un hecho material de la naturaleza, pero su vida es un fenómeno que trasciende los niveles materiales de la naturaleza, porque manifiesta los atributos controladores de la mente y las cualidades creativas del espíritu.
   
El esfuerzo sincero del hombre por volverse mecanicista representa el fenómeno trágico del empeño inútil de ese hombre por suicidarse intelectual y moralmente. Pero no puede conseguirlo.
   
Si el universo sólo fuera material y el hombre solamente una máquina, no existiría ninguna ciencia que animara al científico a postular esta mecanización del universo. Las máquinas no pueden medirse, clasificarse ni evaluarse a sí mismas. Esta tarea científica sólo podría ejecutarla una entidad con estatus de supermáquina.
   
Si la realidad del universo no es más que una inmensa máquina, entonces el hombre debe estar fuera del universo y separado de él para poder reconocer este hecho y ser consciente de la perspicacia de esta evaluación.
   
Si el hombre sólo es una máquina, ¿qué técnica utiliza para llegar a creer o a pretender saber que sólo es una máquina? La experiencia de evaluarse conscientemente a sí mismo nunca es atributo de una simple máquina. Un mecanicista declarado y consciente de sí mismo es la mejor respuesta posible al mecanismo. Si el materialismo fuera un hecho, no podría existir ningún mecanicista consciente de sí mismo. También es cierto que primero hay que ser una persona moral antes de poder realizar actos inmorales.
   
La pretensión misma del materialismo implica una conciencia supermaterial de la mente que se atreve a afirmar tales dogmas. Un mecanismo puede deteriorarse, pero nunca puede progresar. Las máquinas no piensan, ni crean, ni sueñan, ni aspiran a algo, ni idealizan, ni tienen hambre de verdad o sed de rectitud. No motivan su vida con la pasión de servir a otras máquinas y escoger como meta de su progreso eterno la sublime tarea de encontrar a Dios y de esforzarse en ser como él. Las máquinas nunca son intelectuales, emotivas, estéticas, éticas, morales ni espirituales.
   
El arte prueba que el hombre no es mecánico, pero no prueba que sea espiritualmente inmortal. El arte es la morontia humana, el terreno intermedio entre el hombre material y el hombre espiritual. La poesía es un esfuerzo por huir de las realidades materiales hacia los valores espirituales.
   
En una civilización elevada, el arte humaniza a la ciencia, y es espiritualizado a su vez por la verdadera religión —la comprensión de los valores espirituales y eternos. El arte representa la evaluación humana y espacio-temporal de la realidad. La religión es el abrazo divino de los valores cósmicos y conlleva un progreso eterno en la ascensión y la expansión espirituales. El arte temporal sólo es peligroso cuando se vuelve ciego a los modelos espirituales de los arquetipos divinos que la eternidad refleja como sombras temporales de la realidad. El arte verdadero es la manipulación eficaz de las cosas materiales de la vida; la religión es la transformación ennoblecedora de los hechos materiales de la vida, y nunca deja de evaluar el arte en el sentido espiritual.
   
¡Cuán insensato es suponer que un autómata pueda concebir una filosofía del automatismo, y cuán ridículo es creer que podría formarse un concepto así de otros compañeros autómatas!
   
Cualquier interpretación científica del universo material carece de valor a menos que asegure un debido reconocimiento al científico. Ninguna apreciación del arte es auténtica a menos que conceda un reconocimiento al artista. Ninguna evaluación de la moral es válida a menos que incluya al moralista. Ningún reconocimiento de la filosofía es edificante si ignora al filósofo, y la religión no puede existir sin la experiencia real de la persona religiosa que, en esta experiencia misma y a través de ella, intenta encontrar a Dios y conocerlo. Del mismo modo, el universo de universos carece de trascendencia separado del YO SOY, el Dios infinito que lo ha hecho y lo gobierna sin cesar.
   
Los mecanicistas —los humanistas— tienden a ir a la deriva con las corrientes materiales. Los idealistas y los espiritualistas se atreven a utilizar sus remos con inteligencia y vigor a fin de modificar el curso, en apariencia puramente material, de las corrientes de energía.
   
La ciencia vive gracias a las matemáticas de la mente; la música expresa el ritmo de las emociones. La religión es el ritmo espiritual del alma, en armonía espacio-temporal con las medidas melódicas superiores y eternas de la Infinidad. La experiencia religiosa es algo verdaderamente supermatemático en la vida humana.
   
En el lenguaje, el alfabeto representa el mecanismo del materialismo, mientras que las palabras que expresan el significado de mil pensamientos, grandes ideas y nobles ideales —de amor y de odio, de cobardía y de valor— representan las actuaciones de la mente dentro del alcance definido por la ley tanto material como espiritual, unas actuaciones dirigidas por la afirmación de la voluntad de la personalidad, y limitadas por la dotación inherente a la situación.
   
El universo no se parece a las leyes, los mecanismos y las constantes que descubre el científico, y que llega a considerar como ciencia, sino que se parece más bien al científico curioso que piensa, escoge, crea, combina y discrimina, que observa así los fenómenos del universo y clasifica los hechos matemáticos inherentes a las fases mecanicistas del aspecto material de la creación. El universo tampoco se parece al arte del artista, sino más bien al artista que se esfuerza, sueña, aspira, progresa e intenta trascender el mundo de las cosas materiales, en un esfuerzo por alcanzar una meta espiritual.
   
Es el científico, y no la ciencia, el que percibe la realidad de un universo de energía y materia en evolución y progreso. Es el artista, y no el arte, el que demuestra la existencia del mundo morontial transitorio interpuesto entre la existencia material y la libertad espiritual. Es la persona religiosa, y no la religión, la que prueba la existencia de las realidades del espíritu y de los valores divinos que se habrán de encontrar durante el progreso en la eternidad.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El materialismo

Los científicos han precipitado involuntariamente a la humanidad hacia un pánico materialista; han desencadenado un asedio irreflexivo al banco moral de los siglos, pero este banco de la experiencia humana tiene enormes recursos espirituales; puede soportar las demandas que se le hagan. Sólo los hombres irreflexivos se dejan llevar por el pánico con respecto a los activos espirituales de la raza humana. Cuando el pánico laico-materialista haya pasado, la religión de Jesús no se encontrará en bancarrota. El banco espiritual del reino de los cielos pagará con fe, esperanza y seguridad moral a todos los que recurran a él «en Su nombre».
   
Cualquiera que sea el conflicto aparente entre el materialismo y las enseñanzas de Jesús, podéis estar seguros de que las enseñanzas del Maestro triunfarán plenamente en las eras por venir. En realidad, la verdadera religión no puede meterse en ninguna controversia con la ciencia, pues no se ocupa en absoluto de las cosas materiales. A la religión, la ciencia le resulta sencillamente indiferente, aunque es comprensiva con ella, mientras que se interesa supremamente por el científico.
   
La búsqueda del simple conocimiento, sin la interpretación concomitante de la sabiduría y la perspicacia espiritual de la experiencia religiosa, conduce finalmente al pesimismo y a la desesperación humana. Un conocimiento limitado es realmente desconcertante.
   
En el momento de escribir este documento, lo peor de la era materialista ha pasado; ya está empezando a despuntar el día de una mejor comprensión. Las mejores mentes del mundo científico han dejado de tener una filosofía totalmente materialista, pero la gente común y corriente se inclina todavía en esa dirección a consecuencia de las enseñanzas anteriores. Pero esta era de realismo físico sólo es un episodio transitorio en la vida del hombre en la Tierra. La ciencia moderna ha dejado intacta a la verdadera religión —las enseñanzas de Jesús tal como se traducen en la vida de sus creyentes. Todo lo que la ciencia ha hecho es destruir las ilusiones infantiles de las falsas interpretaciones de la vida.

  En lo que se refiere a la vida del hombre en la Tierra, la ciencia es una experiencia cuantitativa y la religión una experiencia cualitativa. La ciencia se ocupa de los fenómenos; la religión, de los orígenes, los valores y las metas. Indicar que las causas son una explicación de los fenómenos físicos equivale a confesar que se ignoran los factores últimos, y al final sólo conduce al científico directamente de vuelta a la gran causa primera —al Padre Universal del Paraíso.
   
El paso violento de una era de milagros a una era de máquinas ha resultado ser enteramente perturbador para el hombre. El ingenio y la habilidad de las falsas filosofías mecanicistas desmienten sus mismas opiniones mecanicistas. La agilidad fatalista de la mente de un materialista contradice para siempre sus afirmaciones de que el universo es un fenómeno energético ciego y carente de finalidad.
   
Tanto el naturalismo mecanicista de algunos hombres supuestamente instruidos como el laicismo irreflexivo del hombre de la calle se ocupan exclusivamente de cosas; están desprovistos de todo verdadero valor, sanción y satisfacción de naturaleza espiritual, y también están exentos de fe, de esperanza y de seguridades eternas. Uno de los grandes problemas de la vida moderna es que el hombre se cree demasiado ocupado como para encontrar tiempo para la meditación espiritual y la devoción religiosa.
   
El materialismo reduce al hombre a un estado de autómata sin alma, y lo convierte en un simple símbolo aritmético que ocupa un lugar impotente en la fórmula matemática de un universo realista y mecanicista. Pero, ¿de dónde viene todo este inmenso universo de matemáticas, sin un Maestro Matemático? La ciencia puede discurrir sobre la conservación de la materia, pero la religión valida la conservación del alma de los hombres —se ocupa de su experiencia con las realidades espirituales y los valores eternos.
   
El sociólogo materialista de hoy examina una comunidad, hace un informe sobre ella y deja a la gente tal como las encontró. Hace mil novecientos años, unos galileos ignorantes observaron a Jesús dar su vida como aportación espiritual a la experiencia interior del hombre, y luego salieron y pusieron boca abajo todo el imperio romano.
   
Pero los dirigentes religiosos cometen un grave error cuando intentan llamar al hombre moderno a la lucha espiritual al son de las trompetas de la Edad Media. La religión debe proveerse de lemas nuevos y actualizados. Ni la democracia ni ninguna otra panacea política podrán reemplazar el progreso espiritual. Las falsas religiones pueden representar una evasión de la realidad, pero Jesús, en su evangelio, puso al hombre mortal en la entrada misma de una realidad eterna de progreso espiritual.
   
Decir que la mente «surgió» de la materia no explica nada. Si el universo fuera simplemente un mecanismo y la mente fuera inseparable de la materia, nunca tendríamos dos interpretaciones diferentes de cualquier fenómeno observado. Los conceptos de la verdad, la belleza y la bondad no son inherentes ni a la física ni a la química. Una máquina no puede conocer, y mucho menos conocer la verdad, tener hambre de rectitud y apreciar la bondad.
   
La ciencia puede ser física, pero la mente del científico que discierne la verdad es al mismo tiempo supermaterial. La materia no conoce la verdad, ni puede amar la misericordia ni deleitarse con las realidades espirituales. Las convicciones morales basadas en la iluminación espiritual y arraigadas en la experiencia humana son tan reales y seguras como las deducciones matemáticas basadas en las observaciones físicas, pero se encuentran en un nivel diferente y más elevado.
   
Si los hombres sólo fueran unas máquinas, reaccionarían de manera más o menos uniforme a un universo material. No existiría la individualidad, y mucho menos la personalidad.
   
El hecho del mecanismo absoluto del Paraíso en el centro del universo de universos, en presencia de la volición incondicionada de la Fuente-Centro Segunda, asegura para siempre que los determinantes no son la ley exclusiva del cosmos. El materialismo está ahí, pero no es exclusivo; el mecanismo está ahí, pero no es incondicionado; el determinismo está ahí, pero no está solo.
   
El universo finito de la materia se volvería finalmente uniforme y determinista si no fuera por la presencia combinada de la mente y el espíritu. La influencia de la mente cósmica inyecta constantemente espontaneidad incluso en los mundos materiales.
   
En cualquier aspecto de la existencia, la libertad o la iniciativa es directamente proporcional al grado de influencia espiritual y de control de la mente cósmica; es decir, en la experiencia humana, al grado en que se hace realmente «la voluntad del Padre». Así pues, una vez que habéis empezado a descubrir a Dios, ésta es la prueba decisiva de que Dios ya os ha encontrado.
   
La búsqueda sincera de la bondad, la belleza y la verdad conduce a Dios. Y todo descubrimiento científico demuestra la existencia tanto de la libertad como de la uniformidad en el universo. El descubridor era libre de hacer su descubrimiento. La cosa descubierta es real y aparentemente uniforme, pues de otro modo no hubiera podido ser conocida como cosa.

sábado, 5 de noviembre de 2016

El problema moderno

El siglo veinte ha traído al cristianismo y a todas las demás religiones unos nuevos problemas que tienen que resolver. Cuanto más se eleva una civilización, mayor es el deber que tiene el hombre de «buscar primero las realidades del cielo» en todos sus esfuerzos por estabilizar la sociedad y facilitar la solución de sus problemas materiales.
   
La verdad se vuelve a veces confusa e incluso engañosa cuando es fragmentada, segregada, aislada y analizada con exceso. La verdad viviente sólo enseña bien al buscador de la verdad cuando es abrazada en su totalidad y como una realidad espiritual viviente, no como un hecho de la ciencia material o una inspiración de un arte intermedio.
   
La religión es la revelación al hombre de su destino divino y eterno. La religión es una experiencia puramente personal y espiritual, y siempre se debe diferenciar de las otras formas elevadas de pensamiento humano, tales como:
   
1. La actitud lógica hacia las cosas de la realidad material.
   
2. La apreciación estética de la belleza, en contraste con la fealdad.
   
3. El reconocimiento ético de las obligaciones sociales y del deber político.
   
4. Incluso el sentido de la moral humana, en sí mismo y por sí mismo, no es religioso.
   
La religión está destinada a encontrar en el universo aquellos valores que inspiran la fe, la confianza y la seguridad; la religión culmina en la adoración. La religión descubre para el alma aquellos valores supremos que contrastan con los valores relativos descubiertos por la mente. Esta perspicacia sobrehumana sólo se puede obtener mediante una experiencia religiosa auténtica.
   
Mantener un sistema social duradero sin una moral basada en las realidades espirituales es igual de imposible que mantener el sistema solar sin la gravedad.
   No intentéis satisfacer la curiosidad o contentar todas las aventuras latentes que surgen dentro del alma, en una corta vida en la carne. ¡Tened paciencia! No caigáis en la tentación de zambulliros de manera desordenada en aventuras baratas y sórdidas. Aprovechad vuestras energías y refrenad vuestras pasiones; permaneced tranquilos mientras esperáis el desarrollo majestuoso de una carrera sin fin de aventuras progresivas y de descubrimientos emocionantes.
   
En la confusión sobre el origen del hombre, no perdáis de vista su destino eterno. No olvidéis que Jesús amaba incluso a los niños pequeños, y que indicó claramente para siempre el gran valor de la personalidad humana.
   
Al observar el mundo, recordad que las manchas oscuras de maldad que veis resaltan sobre un fondo blanco de bondad última. No observáis unas simples manchas blancas de bondad que destacan pobremente sobre un fondo oscuro de maldad.
   
Puesto que hay tantas verdades buenas que publicar y proclamar, ¿por qué los hombres habrían de hacer tanto hincapié en el mal que hay en el mundo, simplemente porque el mal parece ser un hecho? Los encantos de los valores espirituales de la verdad son más agradables y edificantes que el fenómeno del mal.
   
En religión, Jesús defendió y siguió el método de la experiencia, al igual que la ciencia moderna utiliza la técnica experimental. Encontramos a Dios mediante las directrices de la perspicacia espiritual, pero nos acercamos a esta perspicacia del alma mediante el amor de lo bello, la búsqueda de la verdad, la fidelidad al deber y la adoración de la bondad divina. Pero de todos estos valores, el amor es el verdadero guía que conduce a la perspicacia auténtica.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La edad de las tinieblas en Europa

Como la iglesia era una agregada de la sociedad y la aliada de la política, estaba destinada a compartir la decadencia intelectual y espiritual de la llamada «edad de las tinieblas» en Europa. Durante este período, la religión se volvió cada vez más monástica, ascética y legalizada. En un sentido espiritual, el cristianismo estaba en hibernación. Durante todo este período existió, al lado de esta religión adormecida y secularizada, una corriente continua de misticismo, una experiencia espiritual fantástica que rayaba en la irrealidad y filosóficamente similar al panteísmo.
   
Durante estos siglos sombríos y desesperantes, la religión volvió a ser prácticamente de segunda mano. El individuo se encontraba casi perdido ante la autoridad, la tradición y el dictado de una iglesia que lo eclipsaba todo. Una nueva amenaza espiritual surgió con la creación de una constelación de «santos» que se suponía tenían una influencia especial en los tribunales divinos y que, por consiguiente, si se recurría eficazmente a ellos, podían interceder ante los Dioses a favor de los hombres.
    
Aunque era impotente para detener la edad de las tinieblas que se aproximaba, el cristianismo estaba suficientemente socializado y paganizado como para encontrarse mejor preparado para sobrevivir a este largo período de tinieblas morales y de estancamiento espiritual. Siguió viviendo durante la larga noche de la civilización occidental y aún desempeñaba su función como influencia moral en el mundo en los albores del renacimiento. Después de atravesar la edad de las tinieblas, la rehabilitación del cristianismo se tradujo en la aparición de numerosas sectas de enseñanzas cristianas, cuyas creencias estaban adaptadas a unos tipos especiales —intelectuales, emocionales y espirituales— de personalidades humanas. Muchos de estos grupos cristianos especiales, o familias religiosas, continúan existiendo en el momento de efectuar esta presentación.
   
El cristianismo muestra en su historia que tuvo su origen en la transformación no intencionada de la religión de Jesús en una religión acerca de Jesús. Además, su historia indica que experimentó la helenización, la paganización, la secularización, la institucionalización, el deterioro intelectual, la decadencia espiritual, la hibernación moral, la amenaza de extinción, el rejuvenecimiento posterior, la fragmentación y una rehabilitación relativa más reciente. Este historial indica una vitalidad inherente y la posesión de inmensos recursos de recuperación. Y este mismo cristianismo está ahora presente en el mundo civilizado de los pueblos occidentales, haciendo frente a una lucha por la existencia que es aún más inquietante que aquellas crisis memorables que caracterizaron sus pasadas batallas por conseguir el dominio.
   
La religión se enfrenta ahora con el desafío de una nueva era de mentalidad científica y de tendencias materialistas. En este conflicto gigantesco entre lo secular y lo espiritual, la religión de Jesús acabará por triunfar.

viernes, 28 de octubre de 2016

Bajo el imperio Romano

Después de la consolidación del régimen político romano y tras la propagación del cristianismo, los cristianos se encontraron con un solo Dios, un gran concepto religioso, pero sin imperio. Los grecorromanos se encontraron con un gran imperio, pero sin un Dios que sirviera como concepto religioso satisfactorio para el culto del imperio y la unificación espiritual. Los cristianos aceptaron el imperio, y el imperio adoptó el cristianismo. Los romanos proporcionaron una unidad de gobierno político; los griegos, una unidad de cultura y de instrucción; y el cristianismo, una unidad de pensamiento y de práctica religiosos.
   
Roma venció la tradición del nacionalismo mediante un universalismo imperial, y por primera vez en la historia hizo posible que diversas razas y naciones aceptaran, al menos nominalmente, una misma religión.
   
El cristianismo tuvo la aceptación de Roma en un momento en que había grandes discusiones entre las vigorosas enseñanzas de los estoicos y las promesas de salvación de los cultos de misterio. El cristianismo aportó un consuelo reconfortante y un poder liberador a un pueblo espiritualmente hambriento cuyo idioma no contenía la palabra «desinterés».
   
Lo que dio mayor poder al cristianismo fue la manera en que sus creyentes vivieron una vida de servicio, e incluso la forma en que murieron por su fe durante los primeros tiempos de persecuciones radicales.
   
La enseñanza acerca del amor de Cristo por los niños pronto puso fin a la práctica generalizada de exponer a la muerte a los niños no deseados, en particular a las niñas.
   El primer modelo de culto cristiano fue ampliamente tomado de las sinagogas judías, y modificado por el ritual mitríaco; más tarde se añadió mucha pompa pagana. Los griegos cristianizados, prosélitos del judaísmo, componían la columna vertebral de la iglesia cristiana primitiva.
   
El siglo segundo después de Cristo fue el mejor período de toda la historia mundial para que una buena religión progresara en el mundo occidental. Durante el siglo primero, el cristianismo se había preparado, mediante la lucha y los compromisos, para echar raíces y difundirse rápidamente. El cristianismo adoptó al emperador, y más tarde éste adoptó el cristianismo. Fue una gran época para la difusión de una nueva religión. Había libertad religiosa, los viajes se habían generalizado y el libre pensamiento no tenía trabas.
   
El ímpetu espiritual de aceptar nominalmente el cristianismo helenizado llegó a Roma demasiado tarde para impedir su decadencia moral bien avanzada, o para compensar el deterioro racial ya bien establecido y en aumento. Esta nueva religión era una necesidad cultural para la Roma imperial, y es extremadamente desafortunado que no se convirtiera en un medio de salvación espiritual en un sentido más amplio.
   
Ni siquiera una buena religión podía salvar a un gran imperio de los resultados inevitables de la falta de participación individual en los asuntos del gobierno, del paternalismo excesivo, del exceso de impuestos y de los abusos flagrantes en su recaudación, de un comercio desequilibrado con el Levante que agotaba el oro, de la locura por las diversiones, de la estandarización romana, de la degradación de la mujer, de la esclavitud y la decadencia racial, de las calamidades físicas y de una iglesia estatal que se institucionalizó hasta el punto de llegar casi a la esterilidad espiritual.
   
Sin embargo, las condiciones no eran tan malas en Alejandría. Las primeras escuelas siguieron conservando muchas enseñanzas de Jesús libres de compromisos. Pantaenos enseñó a Clemente, y luego siguió a Natanael para proclamar a Cristo en la India. Aunque algunos ideales de Jesús fueron sacrificados para construir el cristianismo, hay que indicar con toda justicia que a finales del siglo segundo prácticamente todas las grandes mentes del mundo grecorromano se habían vuelto cristianas. El triunfo se acercaba a su culminación.
   
Y este imperio romano duró el tiempo suficiente como para asegurar la supervivencia del cristianismo, incluso después de que se derrumbara el imperio. Pero a menudo hemos conjeturado sobre qué hubiera sucedido en Roma y en el mundo si se hubiera aceptado el evangelio del reino en lugar del cristianismo griego.