«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 17 de abril de 2014

Con rumbo al palacio del sumo sacerdote

Antes de que se fueran del jardín con Jesús, surgió una disputa entre el capitán judío de los guardias del templo y el capitán romano de los soldados en cuanto a dónde debían llevar a Jesús. El capitán de los guardias del templo ordenó que se lo llevaran adonde Caifás, el sumo sacerdote. El capitán de los soldados romanos ordenó que Jesús fuera llevado al palacio de Anás, el ex sumo sacerdote y suegro de Caifás. El hizo esto porque los romanos tenían por costumbre tratar directamente con Anás en todos los asuntos que tuvieran que ver con la imposición de las leyes eclesiásticas judías. Y las órdenes del capitán romano fueron obedecidas; llevaron a Jesús a la casa de Anás para someterlo a un examen preliminar.
      
Judas marchaba al lado de los capitanes, oyendo todo lo que se decía, pero no tomó parte en la disputa, porque ni el capitán judío ni el capitán romano se dignaban a hablar con el traidor —tanto lo despreciaban.
     
Alrededor de esta hora, Juan Zebedeo, recordando las instrucciones de su Maestro de permanecer siempre cerca, se acercó apresuradamente a Jesús que caminaba entre los dos capitanes. El comandante de los guardianes del templo, viendo a Juan a su lado, dijo a su asistente: «Agarra a este hombre y átalo. Es uno de los seguidores de este tipo». Pero cuando el capitán romano escuchó esto y, mirando a su alrededor, vio a Juan, dio órdenes de que el apóstol viniera a su lado, y que nadie debía molestarlo. Luego el capitán romano dijo al capitán judío: «Este hombre no es ni traidor ni cobarde. Lo vi en el jardín, y no desenfundó una espada para resistirnos. Tiene el coraje de presentarse para estar con su Maestro, y nadie le hará daño alguno. La ley romana permite que todo prisionero tenga por lo menos un amigo para que esté a su lado ante el juicio, y nadie impedirá que este hombre esté al lado de su Maestro, el prisionero». Cuando Judas escuchó esto, tanto se avergonzó y se sintió humillado que empezó a caminar más lentamente hasta terminar detrás del grupo, llegando solo al palacio de Anás.
  
  
Esto explica por qué Juan Zebedeo pudo permanecer cerca de Jesús todo el camino a través de sus difíciles experiencias de esa noche y del día siguiente. Los judíos temían decirle algo a Juan o molestarlo de cualquier manera porque tenía en cierto modo la posición del consejero romano designado para actuar como observador en las transacciones del tribunal eclesiástico judío. La posición de privilegio de Juan se aseguró aún más cuando, al entregar a Jesús al capitán de los guardias del templo junto al portal del palacio de Anás, el romano, dirigiéndose a su asistente dijo: «Vete con este prisionero y asegúrate de que los judíos no lo maten sin el consentimiento de Pilato. Vigila que no lo asesinen, y asegúrate de que se le permita a su amigo, el galileo, que esté a su lado y observe todo lo que sucede». Así pues, Juan pudo permanecer cerca de Jesús hasta el momento de su muerte en la cruz, aunque los otros diez apóstoles fueron obligados a permanecer ocultos. Juan actuaba bajo la protección romana, y los judíos no se atrevieron a molestarlo hasta después de la muerte del Maestro.
      
Durante todo el camino hasta el palacio de Anás, Jesús no abrió la boca. Desde el momento de su arresto hasta el momento de su aparición ante Anás, el Hijo del Hombre no habló una sola palabra.

miércoles, 16 de abril de 2014

La discusión junto al lagar.

Santiago Zebedeo se encontró separado de Simón Pedro y de su hermano Juan, así pues él se unió a los demás apóstoles y a sus conacampantes junto al lagar para deliberar sobre qué debían hacer en vista del arresto del Maestro.
     
Andrés había sido liberado de toda responsabilidad de la dirección del grupo de sus compañeros apóstoles; por lo tanto, en ésta, la más grave crisis de sus vidas, permanecía él silencioso. Después de una corta conversación casual, Simón el Zelote se paró en el muro de piedra del lagar y, haciendo un apasionado llamado a la lealtad al Maestro y a la causa del reino, exhortó a los apóstoles y a los demás discípulos a que se fueran de prisa detrás del grupo y rescataran a Jesús. La mayoría de los oyentes estaba dispuesto a seguir su liderazgo agresivo sino hubiese sido por el consejo de Natanael quien se puso de pie en el momento en que Simón terminó de hablar y le llamó la atención sobre las enseñanzas frecuentemente repetidas de Jesús relativas a la resistencia pasiva. También les recordó que Jesús esa misma noche les había instruido que preservaran sus vidas para el tiempo en que ellos saldrían al mundo proclamando la buena nueva del evangelio del reino celestial. Natanael tuvo en esta posición el apoyo de Santiago Zebedeo, que relató ahora como Pedro y otros habían desenfundado la espada para defender al Maestro contra el arresto y cómo Jesús había exhortado a Simón Pedro y a los demás a que guardaran la espada. Mateo y Felipe también hicieron discursos, pero no salió nada definitivo de estas discusiones, hasta que Tomás, llamando la atención de ellos sobre el hecho de que Jesús había aconsejado a Lázaro de que no se expusiera a la muerte, les hizo observar que nada podían hacer ellos para salvar a su Maestro puesto que él se negaba a permitir a sus amigos que lo defendieran, y puesto que él persistía en no utilizar sus poderes divinos para frustrar a sus enemigos humanos. Tomás los persuadió a que se dispersaran, cada uno por su cuenta, con el arreglo de que David Zebedeo permanecería en el campamento para mantener un punto de comunicación y un centro para los mensajeros del grupo. A las dos y media de la mañana el campo estuvo desierto; sólo David permanecía allí con tres o cuatro mensajeros, habiendo enviado a los demás para informarse adonde habían llevado a Jesús y qué le harían.
     
Cinco de los apóstoles —Natanael, Mateo, Felipe y los gemelos— fueron a esconderse en Betfagé y Betania. Tomás, Andrés, Santiago y Simón el Zelote se escondieron en la ciudad. Simón Pedro y Juan Zebedeo siguieron hasta la casa de Anás.
      
Poco después del amanecer, Simón Pedro volvió al campamento de Getsemaní, pintura viva de la desesperación más profunda. David lo envió a cargo de un mensajero para que se reunirá con su hermano Andrés, quien estaba en la casa de Nicodemo en Jerusalén.
      
Hasta el fin mismo de la crucifixión, Juan Zebedeo permaneció, tal como Jesús se lo había indicado, siempre cerca, y él era el que suministraba información a los mensajeros de David de hora en hora, la cual llevaron ellos a David en el jardín del campamento, y que luego se transmitió a los apóstoles escondidos y a la familia de Jesús.
      
¡De veras, está herido el pastor y están dispersadas las ovejas! Aunque todos ellos se daban cuenta vagamente de que Jesús les había anticipado esta situación misma, estaban tan gravemente afectados por la súbita desaparición del Maestro como para hacer uso de su mente en forma normal.
      
Fue poco después del amanecer, y después de que Pedro fue enviado a unirse con su hermano, cuando Judá, el hermano en la carne de Jesús, llegó al campamento, casi sin aliento y delante del resto de la familia de Jesús, sólo para enterarse de que al Maestro ya lo habían arrestado, y nuevamente descendió corriendo al camino de Jericó para llevar esta información a su madre y a sus hermanos y hermanas. David Zebedeo envió un mensaje a la familia de Jesús, por intermedio de Judá, de que se reunieran en la casa de Marta y María en Betania y esperaran allí noticias que sus mensajeros les llevarían regularmente.
      
Ésta era la situación durante la última mitad del jueves por la noche y las primeras horas de la mañana del viernes en cuanto a los apóstoles, los discípulos principales, y la familia terrenal de Jesús. Todos estos grupos e individuos se mantuvieron en contacto mediante el servicio de mensajeros que David Zebedeo continuó operando desde su central en el campamento de Getsemaní.

martes, 15 de abril de 2014

El arresto del maestro.

A medida que iba acercándose al jardín este grupo de soldados y guardianes armados con sus antorchas y linternas, Judas se adelantó al grupo con el objeto de identificar rápidamente a Jesús para facilitar su arresto antes de que sus asociados pudieran acudir en su defensa. También había otra razón por la cual Judas eligió ir adelante de los enemigos del Maestro: pensó que así, tal vez parecería que él había llegado a la escena antes que los soldados, de manera tal que los apóstoles y otros reunidos alrededor de Jesús no lo relacionaran directamente con los guardias armados que tan de cerca lo seguían. Aun pensó Judas que tal vez podía hacerse el que se había dado prisa para advertirles la llegada de los arrestadores, pero este plan fue desbaratado por la salutación desenmascaradora de Jesús al traidor. Aunque el Maestro habló a Judas con suavidad, lo saludó como a un traidor.
      
En cuanto vieron Pedro, Santiago y Juan, juntamente con unos treinta de los demás acampantes, el grupo armado y sus antorchas en la cresta de la colina, se percataron de que estos soldados venían a arrestar a Jesús, y todos ellos descendieron de prisa al lagar donde estaba el Maestro sentado solitario, iluminado por la luna. Por un lado se iba acercando el grupo de soldados y por el otro los tres apóstoles y sus asociados. Cuando se adelantó Judas acercándose al Maestro, los dos grupos se quedaron inmóviles, el Maestro situado entre ambos y Judas preparándose para impartirle el beso traicionero en la frente.
      
Había sido esperanza del traidor que podría, después de conducir a los guardias hasta Getsemaní, señalar simplemente a los soldados cuál era Jesús, o cuanto más llevar a cabo la promesa de saludarlo con un beso, y luego retirarse rápidamente de la escena. Judas mucho temía que estuvieran todos los apóstoles presentes, y que concentraran su ataque contra él en retribución por su atrevimiento al traicionar a su maestro amado. Pero cuando el Maestro lo saludó como a un traidor, tan confundido estuvo que no intentó escapar.
      
Jesús realizó un último esfuerzo para salvar a Judas del acto de traición en cuanto que antes de que el traidor pudiera llegar hasta él, se hizo a un lado, y dirigiéndose al soldado situado en el extremo izquierdo, el capitán de los romanos, dijo: «¿A quién buscáis?» El capitán respondió: «A Jesús de Nazaret». Entonces Jesús inmediatamente se presentó frente al oficial, e incorporándose con la calma majestad del Dios de toda esta creación dijo: «Yo soy». Muchos en este grupo armado habían escuchado a Jesús enseñar en el templo, otros sabían de sus obras poderosas, y cuando lo oyeron anunciar tan audazmente su identidad, los que estaban en primera fila retrocedieron. Los sobrecogió el asombro ante este calmo y majestuoso anuncio de su identidad. No había, pues, necesidad alguna de que Judas cumpliera con su plan de traición. El Maestro se había revelado audazmente a sus enemigos, y podrían haberlo ellos arrestado sin la ayuda de Judas. Pero el traidor tenía que hacer algo para justificar su presencia con este grupo armado y, además, quería dejar sentado que estaba cumpliendo su parte del convenio de traición con los potentados de los judíos, porque quería asegurarse la gran recompensa y los honores que él creía que se acumularían sobre su persona, como premio por su promesa de entregarles a Jesús.
      
Mientras se recuperaban los guardianes después de su impresión al ver por primera vez a Jesús y oír el sonido de su voz insólita, y mientras los apóstoles y discípulos se iban acercando cada vez más, Judas se enfrentó con Jesús y, besándole la frente, dijo: «Salve, Maestro e Instructor». Al abrazar así Judas a su Maestro, Jesús dijo: «Amigo, ¿acaso no basta con esto? ¿Aún quieres traicionar al Hijo del Hombre con un beso?»
      
Los apóstoles y discípulos quedaron literalmente paralizados por lo que vieron. Por un momento nadie se movió. Luego Jesús, desenredándose del abrazo traicionero de Judas, se acercó a los guardianes del templo y soldados y nuevamente preguntó: «¿A quién buscáis?» Nuevamente el capitán dijo: «A Jesús de Nazaret». Nuevamente contestó Jesús: «Ya os he dicho que yo soy. Si, por lo tanto, me buscáis, dejad que estos otros vayan por su camino. Estoy pronto para ir con vosotros».
      
Jesús estaba dispuesto a volver a Jerusalén con los guardianes, y el capitán y los soldados estaban dispuestos a permitir que los tres apóstoles y sus asociados se fueran en paz por su camino. Pero antes de que salieran, mientras Jesús estaba allí de pie esperando las órdenes del capitán, cierto Malco, el guardaespalda sirio del sumo sacerdote, se acercó a Jesús preparándose para atarle las manos a la espalda, aunque el capitán romano no había mandado que le ataran. Cuando Pedro y sus asociados vieron que su Maestro estaba siendo sometido a esta indignidad, ya no pudieron contenerse. Pedro desenfundó la espada y se abalanzó con los demás para destruir a Malco. Pero antes de que pudieran intervenir los soldados en defensa del siervo del sumo sacerdote, Jesús levantó la mano frente a Pedro en gesto de prohibición, y, con tono perentorio dijo: «Pedro, guarda tu espada. Los que a espada luchan, a espada mueren. ¿Acaso no comprendes que es voluntad de mi Padre que yo beba esta copa? Además, ¿acaso no sabes que, aun ahora, yo podría ordenar a más de doce legiones de ángeles y a sus asociados que me salven de las manos de estos pocos hombres?»       

Aunque Jesús puso fin en forma eficaz a esta demostración de resistencia física de sus seguidores, ésta fue suficiente para despertar el temor del capitán de los guardianes, quien, con la ayuda de sus soldados, puso sus manos pesadas sobre Jesús y rápidamente lo ató. Mientras lo ataban las manos con fuertes cuerdas, Jesús les dijo: «¿Por qué me atacáis con espadas y palos como que si quisierais capturar a un ladrón? Yo estuve en el templo con vosotros todos los días, enseñando públicamente al pueblo, y no hicisteis esfuerzo alguno por apresarme».
      
Cuando Jesús estuvo atado, el capitán, temiendo que sus seguidores intentaran rescatarlo, dio órdenes de que fueran todos arrestados; pero los soldados no alcanzaron a llevar a cabo la acción porque, habiendo oído la orden de arresto del capitán, los seguidores de Jesús huyeron de prisa a la hondonada. Durante todo este tiempo, Juan Marcos había permanecido oculto en el cobertizo cercano. Cuando empezaron los soldados el camino de vuelta a Jerusalén con Jesús, Juan Marcos intentó salir de su cobertizo para unirse a los apóstoles y discípulos que habían huido; pero en cuanto se asomó, pasaba por ahí uno de los últimos de los soldados que volvía de perseguir a los discípulos en huida y, viendo al joven en su manto de lino, lo persiguió, llegando casi a apresarlo. En realidad, el soldado llegó tan cerca de Juan como para agarrar su manto, pero el joven se liberó del indumento, escapando desnudo mientras el soldado se quedaba con el manto vacío. Juan Marcos se abrió paso a gran prisa hasta donde estaba David Zebedeo, en el sendero alto. Cuando le dijo a David lo que había ocurrido, ambos se dieron prisa hasta las tiendas de los apóstoles dormidos e informaron a los ocho de la traición del Maestro y su arresto.
      
Mientras despertaban los ocho apóstoles, volvían los que habían huído a la hondonada, y se reunieron todos juntos cerca del lagar de aceitunas para discutir qué hacer. Mientras tanto, Simón Pedro y Juan Zebedeo, que se habían ocultado entre los olivos, ya se habían ido siguiendo a los soldados, guardianes y siervos que conducían a Jesús de vuelta a Jerusalén como si llevaran a un criminal desesperado. Juan los siguió de cerca mientras que Pedro se mantenía más distante. Después de escapar de las garras del soldado, Juan Marcos se consiguió un manto que encontró en la tienda de Simón Pedro y Juan Zebedeo. Sospechaba que los guardias llevarían a Jesús a la casa de Anás, el sumo sacerdote emérito; así pues, corrió a través de los olivares y llegó allí antes del grupo, ocultándose cerca de la entrada al portal del palacio del sumo sacerdote.

lunes, 14 de abril de 2014

Judas en la ciudad.

Después de abandonar Judas tan abruptamente la mesa durante la última cena, fue directamente a casa de su primo, y de allí los dos fueron derecho a ver al capitán de los guardianes del templo. Judas le pidió al capitán que reuniera a los guardianes y le informó de que estaba listo para conducirlos a Jesús. Judas había aparecido en la escena un poco antes de lo que se esperaba, hubo cierta demora en partir para la casa de Marcos, donde Judas esperaba encontrar a Jesús aún en conversación con los apóstoles. El Maestro y los once salieron de la casa de Elías Marcos unos quince minutos antes de que llegaran el traidor y los guardianes. Para cuando llegaron los guardias a la casa de Marcos, Jesús y los once ya estaban fuera de los muros de la ciudad, camino al campamento en el Oliveto.
     
Judas se perturbó mucho por no haber encontrado a Jesús en la casa de Marcos y en compañía de los once, sólo dos de los cuales estaban armados para defenderse. El sabía que, por la tarde, cuando salieron del campamento, sólo Simón Pedro y Simón el Zelote ceñían espadas; Judas esperaba apresar a Jesús mientras la ciudad dormía, y había pocas posibilidades de resistencia. El traidor temía que, si esperaba que ellos volvieran al campamento, allí se encontrarían unos sesenta discípulos devotos; también sabía que Simón el Zelote tenía en su posesión una buena cantidad de armas. Judas se estaba poniendo cada vez más nervioso al meditar sobre cómo lo detestarían los once leales apóstoles y temía que intentaran destruirlo. No sólo era él desleal, sino que íntimamente era un verdadero cobarde.
      
Al no encontrar a Jesús en el aposento superior, Judas pidió al capitán de los guardianes que regresaran al templo. A esta altura los dirigentes habían empezado a reunirse en la casa del sumo sacerdote, preparándose para recibir a Jesús, puesto que habían acordado con el traidor que Jesús sería arrestado a la medianoche de ese día. Judas explicó a sus asociados que habían llegado tarde para encontrar a Jesús en la casa de Marcos, y que sería necesario ir a Getsemaní para arrestarlo. El traidor siguió diciendo que más de sesenta seguidores devotos estaban acampados con él, y que todos ellos estaban bien armados. Los dirigentes de los judíos recordaron a Judas que Jesús siempre había predicado la resistencia pasiva, pero Judas replicó que no podían confiar en que todos los seguidores de Jesús obedecieran esta enseñanza. Realmente temía por su vida, y por consiguiente se atrevió a pedir una compañía de cuarenta soldados armados. Puesto que las autoridades judías no contaban con una fuerza tan numerosa de hombres armados bajo su jurisdicción, fueron inmediatamente a la fortaleza de Antonia y pidieron al comandante romano que les diera esta compañía; pero cuando él oyó que tenían la intención de arrestar a Jesús, se negó inmediatamente a acceder a su solicitud y los refirió a su oficial superior. Así pues pasó más de una hora en la que fueron ellos de una autoridad a la otra hasta verse finalmente obligados a ir al mismo Pilato para obtener el permiso de emplear soldados armados romanos. Era tarde cuando llegaron a la casa de Pilato, y él ya se había retirado con su mujer a sus aposentos privados. No quería tener nada que ver con esta empresa, sobre todo porque su mujer le había pedido que no concediera esta petición. Pero, como el presidente oficial del sanedrín judío estaba presente para hacer una solicitud personal de ayuda, el gobernador decidió que le convenía concederle lo que quería razonando que, más adelante, podría él arreglar los posibles entuertos que acaso ellos ocasionaran.
      
Por lo tanto, cuando Judas Iscariote salió del templo, alrededor de media hora después de los once, iba acompañado por más de sesenta personas: guardianes del templo, soldados romanos, y siervos curiosos de los altos sacerdotes y de los líderes.

domingo, 13 de abril de 2014

La voluntad del Padre.

Se corre gran peligro de interpretar erróneamente el significado de numerosos dichos y muchos acontecimientos asociados con la terminación de la carrera del Maestro en la carne. El tratamiento cruel de Jesús a manos de ignorantes criados y soldados endurecidos, la forma injusta en que se condujo su juicio, y la actitud fría de los profesos líderes religiosos, no se deben confundir con el hecho de que Jesús, al someterse pacientemente a este sufrimiento y humillación, estaba verdaderamente haciendo la voluntad del Padre en el Paraíso. Era, efectivamente y en verdad, voluntad del Padre que su Hijo bebiera hasta el fondo de la copa de la experiencia mortal, desde el nacimiento hasta la muerte, pero el Padre en el cielo nada tuvo que ver con la instigación de la conducta bárbara de aquellos supuestamente civilizados seres humanos que tan brutalmente torturaron al Maestro y tan horriblemente acumularon indignidades sucesivas sobre su persona que no ofrecía resistencia. Estas experiencias inhumanas y tremendas que Jesús tuvo que soportar en las horas finales de su vida mortal no fueron en ningún sentido parte de la voluntad divina del Padre, que su naturaleza humana había jurado tan triunfalmente llevar a cabo en el momento de la sumisión final del hombre a Dios, así como lo señaló en las tres oraciones que oró en el jardín mientras sus agotados apóstoles dormían el sueño del cansancio físico.
     
El Padre en el cielo deseaba que el Hijo autootorgador completara su carrera terrenal en forma natural, así como todos los mortales deben terminar su vida en la tierra y en la carne. Los hombres y mujeres comunes no pueden esperar dispensaciones especiales que faciliten sus últimas horas en la tierra y el episodio de su muerte. Por lo tanto, Jesús eligió dar su vida en la carne de la manera que estaba de acuerdo con el proceso de los acontecimientos naturales negándose en todo momento a liberarse de las garras crueles de la malvada conspiración de los acontecimientos inhumanos que se sucedieron con espantosa certeza hacia su humillación increíble y muerte ignominiosa. Cada átomo de esta asombrosa manifestación de odio y de esta demostración de crueldad sin precedentes fue obra de hombres malvados y mortales malignos. No fue voluntad de Dios en el cielo, tampoco fue dictada por los archienemigos de Jesús, aunque mucho hicieron ellos para asegurarse de que los mortales malvados y despreocupados rechazaran así al Hijo autootorgador. Hasta el padre del pecado volvió la cara lejos del dolorosísimo horror del espectáculo de la crucifixión.

sábado, 12 de abril de 2014

La traición y el arresto de Jesús.

CUANDO Jesús despertó por última vez a Pedro, Santiago y Juan, sugirió que se fueran a sus tiendas y reposaran para prepararse para los deberes del mañana. Pero a esta altura, los tres apóstoles estaban completamente despiertos; habían descansado con sus cortas siestas, y además, estaban estimulados y animados por la llegada de dos agitados mensajeros que preguntaron por David Zebedeo y se fueron de prisa a buscarlo en cuanto Pedro les indicó el lugar donde aquél estaba de centinela.
      
Aunque ocho de los apóstoles estaban profundamente dormidos, los griegos, acampados a su lado, estaban más preocupados por los posibles acontecimientos, tanto es así que habían apostado un centinela para que diera la alarma en caso de que hubiera peligro. Cuando estos dos mensajeros llegaron apresuradamente al campamento, el centinela griego inmediatamente despertó a sus conciudadanos, quienes emergieron de sus tiendas, completamente vestidos y armados. El campamento todo estaba despierto excepto los ocho apóstoles; Pedro deseaba llamar a sus asociados, pero Jesús se lo prohibió perentoriamente. El Maestro les advirtió tiernamente que se volviesen a sus tiendas, pero ellos no estaban dispuestos a cumplir con su sugerencia.
      
Como no pudo dispersar a sus seguidores, el Maestro los dejó y descendió al lagar, cerca de la entrada al parque de Getsemaní. Aunque los tres apóstoles, los griegos y otros acampantes titubearon en seguirlo inmediatamente, Juan Marcos cortó camino, corriendo entre los olivares y se metió en un pequeño cobertizo cerca del lagar. Jesús se retiró del campamento y se alejó de sus amigos, con el objeto de que los que venían a arrestarlo pudieran hacerlo, cuando llegaran, sin perturbar a sus apóstoles. El Maestro temía que se despertaran sus apóstoles y presenciaran su arresto, y que el espectáculo de la traición de Judas despertara de tal manera su animosidad como para impulsarlos a resistir a los soldados terminando así apresados con él. Temía que, si eran arrestados con él, también pudieran perecer con él.
      
Aunque Jesús sabía que el proyecto de matarlo se había originado en los concilios de los líderes de los judíos, también se daba cuenta de que estos esquemas nefastos tenían la plena aprobación de Lucifer, Satanás y Caligastia. Bien sabía él que estos rebeldes de los reinos tendrían sumo agrado en ver a todos los apóstoles destruidos con él.
      
Jesús se sentó a solas, sobre el lagar, y allí aguardó la llegada del traidor, y tan sólo fue visto en este momento por Juan Marcos y las innumerables huestes de observadores celestiales.

viernes, 11 de abril de 2014

A solas en Getsemaní.

Cuando todo era quietud y silencio en el campamento, Jesús, llevándose a Pedro, Santiago y Juan, se alejó a una corta distancia hacia una hondonada cercana donde solía ir en ocasiones anteriores para orar y comulgar. Los tres apóstoles no podían dejar de ver que el Maestro estaba dolorosamente oprimido. Nunca antes lo habían observado tan acongojado y apenado. Cuando llegaron al lugar de sus devociones, los invitó a que se sentaran y velarían por él mientras se alejaba a una corta distancia para orar. Se postró en la tierra y oró: «Padre mío, he venido a este mundo para hacer tu voluntad, y así lo he hecho. Sé que ha llegado la hora de dar esta vida en la carne, y no me resisto a hacerlo, pero quiero saber que es tu voluntad que yo beba esta copa. Envíame la certeza de que te complazco en mi muerte aun como lo hice en mi vida».
    

El Maestro permaneció en estado de oración por unos momentos, y luego, acercándose a los apóstoles, los encontró profundamente dormidos, ya que tenían los párpados pesados y no conseguían permanecer despiertos. Al despertarlos Jesús, les dijo: «¡Qué pasa! ¿Acaso no podéis velar conmigo por lo menos una hora? ¿Acaso no veis que mi alma está extremadamente acongojada, aun hasta la muerte, y que anhelo vuestra compañía?» Cuando los tres se despertaron de su sueño, el Maestro nuevamente se alejó a solas y, cayendo al suelo, nuevamente oró: «Padre, yo sé que es posible evitar esta copa —todas las cosas son posibles para ti— pero he venido para hacer tu voluntad, y aunque esta copa sea amarga, la beberé si es tu voluntad». Y cuando hubo orado así, un ángel poderoso bajó a su lado y, hablándole, lo tocó y lo fortaleció
      
Cuando Jesús retornó para hablar con los tres apóstoles, otra vez los halló dormidos. Los despertó diciendo: «En esta hora necesito que vosotros veléis y oréis conmigo —tanto más vosotros necesitáis orar para no caer en la tentación— ¿por qué os dormís cuando os dejo?».
      
Entonces, por tercera vez el Maestro se retiró y oró: «Padre, tú ves a mis apóstoles dormidos, ten misericordia de ellos. El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Ahora pues, Padre, si no puede pasar de mi esta copa, la beberé. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y cuando hubo terminado de orar, permaneció postrado por un momento en el suelo. Cuando se levantó y regresó adonde sus apóstoles, una vez más los encontró dormidos. Los observó y, con un gesto de piedad, dijo tiernamente: «Dormid ahora y descansad; la hora de la decisión ha pasado. Ha llegado el momento en que el Hijo del Hombre será entregado a las manos de sus enemigos». Al inclinarse para sacudirlos y despertarlos, dijo: «Levantaos, volvamos al campamento, porque he aquí que el que me traiciona está cerca, y la hora ha llegado en que mi redil será dispersado. Pero ya os he hablado de estas cosas».
     
Durante los años que Jesús vivió entre sus seguidores, en efecto, tuvieron ellos muchas pruebas de su naturaleza divina, pero en este momento están a punto de presenciar nuevas pruebas de su humanidad. Justo antes de la más grande de todas las revelaciones de su divinidad, su resurrección, han de producirse las más grandes pruebas de su naturaleza mortal: su humillación y crucifixión.
       
Cada vez que oró él en el jardín, su humanidad se aferró más firmemente a su divinidad por la fe; su voluntad humana se tornó más completamente una con la voluntad divina de su Padre. Entre otras palabras dichas por el ángel poderoso fue el mensaje de que el Padre deseaba que su Hijo terminara su encarnación en la tierra pasando por la experiencia mortal de la criatura así como todas las criaturas mortales deben experimentar la disolución material al pasar de la existencia del tiempo a la progresión de la eternidad.
      
Más temprano esa noche no había parecido tan difícil el beber la copa, pero cuando el Jesús humano se despidió de sus apóstoles y los mandó a su reposo, la prueba se tornó más espantosa. Jesús experimentó esos altibajos de sentimientos que son comunes a toda experiencia humana, y en este momento estaba cansado del trabajo, agotado de las largas horas de labor esforzada y de ansiedad penosa sobre la seguridad de sus apóstoles. Aunque ningún mortal puede tener la presunción de entender los pensamientos y sentimientos del Hijo de Dios encarnado en un momento como éste, sabemos que soportó gran angustia y sufrió una congoja indescriptible, porque la transpiración bañaba su rostro a grandes gotas. Por fin estuvo convencido de que el Padre tenía la intención de permitir que los acontecimientos naturales siguieran su curso; estaba plenamente decidido a no emplear para salvarse ninguno de sus poderes soberanos como jefe supremo de un universo.
      
Las huestes reunidas de una vasta creación contemplan ahora esta escena bajo el mando conjunto temporal de Gabriel y del Ajustador Personalizado de Jesús. A los comandantes de división de estos ejércitos del cielo se les ha advertido repetidamente no interferir en estas transacciones sobre la tierra, a menos que Jesús mismo lo ordene así.
      
La experiencia de separarse de los apóstoles fue un esfuerzo muy grande para el corazón humano de Jesús; su pena de amor pesaba sobre su corazón e hizo más difícil el enfrentamiento a una muerte como la que él bien sabía que le aguardaba. Se daba cuenta de cuán débiles e ignorantes eran sus apóstoles, y tenía miedo de dejarlos. Bien sabía que había llegado la hora de su partida, pero su corazón humano deseaba descubrir si no existía la posibilidad de una vía legítima de escape de tan terrible sufrimiento y congoja. Y al buscar así una vía de escape, y fracasar, estuvo dispuesto a beber la copa. La mente divina de Micael sabía que había hecho todo lo posible por los doce apóstoles; pero el corazón humano de Jesús deseaba que se hubiera podido hacer más por ellos, antes de dejarlos solos en el mundo. El corazón de Jesús estaba deshecho; verdaderamente amaba a sus hermanos. Estaba aislado de su familia en la carne; uno de sus asociados elegidos lo estaba traicionando. El pueblo de su padre José lo había rechazado, arruinando así su destino de pueblo con una misión especial en la tierra. Su alma estaba atormentada por el amor despreciado y la misericordia rechazada. Fue uno de esos terribles momentos humanos en los que todo parece desencadenarse con crueldad destructora y agonía tremenda.
      
Lo humano en Jesús no era insensible a esta situación de soledad privada, vergüenza pública, y apariencia de fracaso de su causa. Todos estos sentimientos pesaban sobre él con un peso indescriptible. En esta gran pena su mente regresó a los días de su infancia en Nazaret y a su obra temprana en Galilea. En el momento de esta gran prueba muchas escenas agradables de su ministerio terrenal volvieron a su memoria. Y fue con estos viejos recuerdos de Nazaret, Capernaum, el Monte Hermón, y de los atardeceres y amaneceres reflejados en el mar de Galilea que calmó su mente y fortaleció su corazón humano preparándose para recibir al traidor que tan pronto lo traicionaría.
      
 Antes de que llegaran Judas y los soldados, el Maestro ya había recobrado plenamente su entereza habitual; el espíritu había triunfado sobre la carne; la fe se había afirmado sobre todas las tendencias humanas al temor y a la duda incierta. La prueba suprema de la realización plena de la naturaleza humana había sido enfrentada y sobrepasada en forma aceptable. Una vez más, el Hijo del Hombre estaba preparado para enfrentarse a sus enemigos con ecuanimidad y en la plena certeza de su invencibilidad como hombre mortal dedicado sin reservas a hacer la voluntad de su Padre.

jueves, 10 de abril de 2014

La última hora antes de la traición.

Cuando los apóstoles regresaron al campamento se quedaron grandemente sorprendidos al darse cuenta de que Judas estaba ausente. Mientras los once discutían acaloradamente el asunto de este apóstol traidor, David Zebedeo y Juan Marcos apartaron a Jesús y le revelaron que habían estado observando a Judas por varios días, y que sabían que tenía la intención de traicionarlo entregándolo a manos de sus enemigos. Jesús los escuchó pero tan sólo dijo: «Amigos míos, nada puede suceder al Hijo del Hombre a menos que sea la voluntad del Padre en el cielo. Que no se atribule vuestro corazón; todas las cosas laborarán juntas para la gloria de Dios y la salvación de los hombres».
      
El estado jovial de Jesús se estaba desvaneciendo. A medida que pasaba la hora se tornó más y más serio, aun acongojado. Los apóstoles, que estaban muy agitados, no querían volver a sus tiendas aunque así se lo hubiera pedido el Maestro mismo. Volviendo de su conversación con David y Juan, dirigió sus últimas palabras a los once, diciendo: «Amigos míos, id a descansar. Preparaos para la tarea de mañana. Recordad, todos debemos someternos a la voluntad del Padre en el cielo. Mi paz os dejo con vosotros». Habiendo hablado así, les indicó que fueran a sus tiendas, pero al irse ellos, llamó a Pedro, Santiago y Juan, diciendo: «Deseo que vosotros permanezcáis conmigo por un corto tiempo».
      
Los apóstoles se quedaron dormidos tan sólo porque estaban literalmente exhaustos. Habían dormido poco desde su llegada a Jerusalén. Antes de que fueran a sus tiendas privadas, Simón el Zelote los condujo a todos a su propia tienda, donde guardaba las espadas y otras armas, y entregó a cada uno de ellos este equipo de lucha. Todos ellos recibieron estas armas y se las ciñeron a la cintura allí mismo, excepto Natanael. Natanael, al rehusar el arma, dijo: «Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho repetidamente que su reino no es de este mundo, y que sus discípulos no deben pelear con la espada para establecerlo. Yo creo en esto; no creo que el Maestro necesite que usemos la espada para defenderlo. Todos hemos visto su gran poder y sabemos que él puede defenderse de sus enemigos si así lo desea. Si él no quiere resistir a sus enemigos, debe ser porque tal curso representa su intención de satisfacer la voluntad de su Padre. Yo oraré, pero no blandiré la espada». Cuando Andrés oyó estas palabras de Natanael, devolvió su espada a Simón el Zelote. Así pues, nueve de ellos estaban armados cuando se separaron para ir a su reposo.
      
Por el momento, el resentimiento por la traición de Judas eclipsó todo lo demás en la mente de los apóstoles. El comentario del Maestro con referencia a Judas, hablado en el curso de su última oración, les abrió los ojos al hecho de que él los había abandonado.
      
Cuando los ocho apóstoles finalmente volvieron a sus tiendas, y mientras Pedro, Santiago y Juan estaban esperando para recibir las órdenes del Maestro, Jesús llamó a David Zebedeo y le dijo: «Envíame tu mensajero más veloz y confiado». Cuando David condujo ante el Maestro a un tal Jacobo, anteriormente corredor del servicio de mensajería nocturna entre Jerusalén y Betsaida, Jesús, dirigiéndose a él, dijo: «Vete a toda prisa adonde Abner en Filadelfia y di: `El Maestro te envía salutaciones de paz y dice que ha llegado la hora en que será él entregado a las manos de sus enemigos, quienes lo matarán, pero que él se levantará de entre los muertos y aparecerá ante ti pronto, antes de ir al Padre, y que entonces te guiará hasta el momento en que el nuevo maestro venga a morar en tu corazón'». Después de repetir Jacobo este mensaje a satisfacción del Maestro, Jesús lo envió en su misión, diciendo: «No temas a ningún hombre, Jacobo, ya que esta noche un mensajero invisible correrá a tu lado».
      
Luego Jesús se volvió al jefe del grupo de griegos que estaban acampados con ellos y dijo: «Hermano mío, no te turbes por lo que está por suceder, puesto que ya te he avisado de antemano. El Hijo del Hombre será matado por instigación de sus enemigos, los altos sacerdotes y los potentados de los judíos, pero me levantaré para estar con vosotros un corto tiempo antes de ir al Padre. Y cuando hayas visto todo esto, glorifica a Dios y fortalece a tus hermanos».
      
En circunstancias ordinarias los apóstoles le hubieran deseado personalmente las buenas noches al Maestro, pero esta noche estaban tan preocupados por la realización repentina de la deserción de Judas y tan sobrecogidos por la naturaleza insólita de la oración de despedida del Maestro que escucharon su salutación de adiós y se alejaron en silencio.
      
Fue esto lo que Jesús le dijo a Andrés al alejarse éste de su lado esa noche: «Andrés, haz lo que puedas para mantener juntos a tus hermanos hasta que yo vuelva adonde vosotros después de haber bebido esta copa. Fortalece a tus hermanos, ya que te lo he dicho todo. Que la paz sea contigo».
      
Ninguno de los apóstoles esperaba que pasara nada fuera de lo ordinario durante esa noche puesto que ya era muy tarde. Trataron de dormirse para poder levantarse temprano por la mañana y estar preparados para lo peor. Pensaban que los altos sacerdotes tratarían de arrestar al Maestro por la mañana temprano porque no se realizaba tarea secular alguna después del mediodía del día de preparación para la Pascua. Sólo David Zebedeo y Juan Marcos comprendieron que los enemigos de Jesús vendrían con Judas esa misma noche.
      
David había dispuesto que él vigilaría esa noche en el sendero alto que conducía al camino de Betania a Jerusalén, mientras que Juan Marcos vigilaría junto al camino que subía de Cedrón a Getsemaní. Antes de ir David a su tarea autoimpuesta de centinela, se despidió de Jesús diciendo: «Maestro, he conocido gran felicidad al servir contigo. Mis hermanos son tus apóstoles, pero yo me he regocijado en las cosas menores que se debían hacer, y te echaré de menos con todo mi corazón cuando tú te hayas ido». Entonces dijo Jesús a David: «David, hijo mío, otros han hecho lo que se les indicó que hicieran, pero este servicio tú lo has hecho de tu propio corazón, y conozco tu devoción. Tú también algún día servirás conmigo en el reino eterno».
      
Luego, al prepararse para ir a su puesto de centinela en el sendero alto, David le dijo a Jesús: «Sabes Maestro que envié por tu familia, y tengo noticias por un mensajero de que ellos están esta noche en Jericó. Estarán aquí mañana temprano antes del mediodía puesto que sería peligroso para ellos recorrer el camino sangriento por la noche». Y Jesús, bajando la mirada hacia David, sólo dijo: «Que así sea, David».
     
Cuando David se hubo ido por el Oliveto, Juan Marcos tomó su lugar de vigilia junto al camino que corría a lo largo del río hacia Jerusalén. Juan habría permanecido en su puesto si no hubiese sido por su gran deseo de estar cerca de Jesús y de saber qué estaba sucediendo. Poco después de que David lo dejara, y al observar Juan Marcos que Jesús se retiraba, con Pedro, Santiago y Juan, a una hondonada cercana, se apoderó de él una mezcla de devoción y curiosidad hasta tal punto que abandonó su puesto de centinela y los siguió, ocultándose entre los arbustos, desde donde vio y escuchó todo lo que sucedió durante estos últimos momentos en el jardín y justo antes de que Judas y los guardias armados aparecieran para arrestar a Jesús.
       
Mientras todo esto ocurría en el campamento del Maestro, Judas Iscariote conferenciaba con el capitán de los guardianes del templo, quien había reunido a sus hombres preparándose para salir, bajo el liderazgo del traidor, a arrestar a Jesús.

miércoles, 9 de abril de 2014

La última oración en grupo.

Pocos momentos después de llegar al campamento, Jesús les dijo: «Amigos míos y hermanos, ya poco tiempo me queda con vosotros, y deseo que nos apartemos a solas mientras oramos a nuestro Padre en el cielo para pedirle la fuerza que nos sostenga en esta hora y de aquí en adelante en toda la obra que debemos hacer en su nombre».
     
Jesús, después de haber hablado así, los condujo a corta distancia por el Oliveto, y a plena vista de Jerusalén los invitó a que se arrodillaran en círculo sobre una gran roca plana, alrededor de él como lo habían hecho el día de su ordenación; luego, mientras estaba allí parado en el medio de ellos, glorificado por la suave luz de la luna, elevó los ojos al cielo y oró:
      
«Padre, ha llegado mi hora; glorifica ahora a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte. Yo sé que me has dado autoridad plena sobre todos los seres vivos de mi reino, y daré vida eterna a todos los que se hagan hijos de Dios por la fe. Y la vida eterna significa que mis criaturas te conozcan como el único y verdadero Dios y Padre de todos, y crean en aquél a quien tú enviaste a este mundo. Padre, te he exaltado en la tierra y he cumplido la obra que me encargaste. Casi he terminado mi autootorgamiento sobre los hijos de nuestra creación; tan sólo me queda dar mi vida en la carne. Ahora, ¡oh! Padre mío, glorifícame con la gloria que tuve contigo antes de que este mundo fuera y recíbeme nuevamente a tu diestra.
     
«Te he revelado a los hombres que tú elegiste en el mundo para darme. Ellos son tuyos —así como toda la vida está en tus manos— tú me los diste, y yo he vivido entre ellos, les he enseñado el camino de la vida, y ellos han creído. Estos hombres están aprendiendo que todo lo que tengo viene de ti, y que la vida que vivo en la carne es para hacer conocer a mi Padre en los mundos. La verdad que tú me has dado, se la he revelado a ellos. Estos, mis amigos y embajadores, han querido sinceramente recibir tu palabra. Les he dicho que vine de ti, que tú me enviaste a este mundo, y que estoy a punto de volver a ti. Padre, oro por estos hombres elegidos. Y oro por ellos no como oraría por el mundo, sino como por aquellos a quienes he elegido del mundo para representarme ante el mundo después de que vuelva a tu obra, aun como te he representado en este mundo durante mi estadía en la carne. Estos hombres son míos; tú me los diste; pero todas las cosas que son mías son por siempre tuyas, y todo lo que era tuyo tú ahora has hecho mío. Tú has sido exaltado en mí, y yo ahora oro para que pueda ser honrado en estos hombres. Ya no puedo estar en este mundo; estoy por volver a la obra que tú me has dado para hacer. Debo dejar atrás a estos hombres para que nos representen a nosotros y a nuestro reino entre los hombres. Padre, mantén fieles a estos hombres mientras me preparo para dejar mi vida en la carne. Ayuda a éstos, amigos míos, para que sean uno en el espíritu, aun como nosotros somos uno. Mientras pude estar con ellos, pude vigilarlos y guiarlos, pero ahora estoy por irme. Permanece cerca de ellos, Padre, hasta que podamos enviar al nuevo maestro para que los consuele y los fortalezca.
     
«Tú me diste doce hombres, y los tengo a todos menos a uno, el hijo de la venganza, que ya no quiso tener hermandad con nosotros. Estos hombres son débiles y frágiles, pero sé que podemos confiar en ellos; los he puesto a prueba; me aman, así como tienen reverencia por ti. Aunque mucho habrán de sufrir por mí, deseo que también puedan experimentar la plena medida de la felicidad en la certeza de la filiación en el reino celestial. He dado a estos hombres tu palabra y les he enseñado la verdad. El mundo puede odiarlos, aun como me ha odiado a mí, pero no pido que los saques del mundo, sino tan sólo que los protejas del mal en el mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Y así como tú me enviaste a este mundo, aun así estoy por enviar a estos hombres al mundo. Por el bien de ellos he vivido entre hombres y he consagrado mi vida a tu servicio para poder inspirarlos a que se purifiquen por la verdad que les he enseñado y el amor que les he revelado. Bien sé, Padre mío, que no hay necesidad de que te pida que vigiles a estos hermanos después de mi partida; sé que tú los amas así como yo, pero hago esto para que ellos puedan darse mejor cuenta de que el Padre ama a los hombres mortales así como los ama el Hijo.
      
«Ahora, Padre mío, quiero orar no sólo por estos once hombres sino también por todos los otros que ahora creen, o que más adelante puedan creer en el evangelio del reino por la palabra de su ministerio futuro. Quiero que todos ellos sean uno, así como tú y yo somos uno. Tú estás en mí, y yo estoy en ti, y deseo que estos creyentes del mismo modo estén en nosotros; que nuestros dos espíritus residan en ellos. Si mis hijos son uno como nosotros somos uno, y si ellos se aman los unos a los otros como los he amado a ellos, todos los hombres creerán entonces que he venido de ti y estarán dispuestos a recibir la revelación de la verdad y de la gloria que he hecho. La gloria que tú me diste la he revelado a estos creyentes. Así como tú has vivido conmigo en espíritu, así he vivido yo con ellos en la carne. Así como tú has sido uno conmigo, así he sido yo uno con ellos, así será uno el nuevo maestro con ellos y en ellos. Todo esto he hecho para que mis hermanos en la carne puedan conocer que el Padre los ama así como los ama el Hijo, y que tú los amas así como me amas a mí. Padre, obra conmigo para salvar a estos creyentes para que en el presente lleguen a estar conmigo en la gloria y luego proseguir y unirse a ti en el abrazo del Paraíso. A los que sirven conmigo en humildad, los quiero tener conmigo en la gloria para que puedan ver todo lo que tú has puesto en mis manos como la cosecha eterna de la sembradura del tiempo en la semejanza de la carne mortal. Anhelo mostrar a mis hermanos terrestres la gloria que tenía contigo antes de la fundación de este mundo. Este mundo muy poco sabe de ti, Padre recto, pero yo te conozco, y te he hecho conocer por estos creyentes, y ellos harán conocer tu nombre a las generaciones venideras. Ahora les prometo que tú estarás con ellos en el mundo aun como has estado conmigo —aun así».
      
Los once permanecieron arrodillados en este círculo alrededor de Jesús por varios minutos antes de levantarse y volver en silencio al campamento cercano.
      
Jesús oró pidiendo unidad entre sus seguidores, pero no deseaba uniformidad. El pecado crea un nivel muerto de inercia maligna, pero la rectitud alimenta el espíritu creador de la experiencia individual en las realidades vivas de la verdad eterna y en la comunión progresiva de los espíritus divinos del Padre y del Hijo. En la comunidad espiritual del hijo-creyente con el Padre divino nunca puede haber finalidad doctrinal ni superioridad sectaria de conciencia grupal.
      
El Maestro, durante el curso de esta oración final con sus apóstoles, aludió al hecho de que él había manifestado el nombre del Padre al mundo. Y eso es en verdad lo que él hizo, al revelar a Dios mediante su vida perfeccionada en la carne. El Padre en el cielo trató de revelarse a Moisés, pero sólo conseguió causar que se dijera: «YO SOY». Y cuando se le suplicó una mayor revelación de sí mismo, tan sólo se reveló: «YO SOY el que YO SOY». Pero, una vez terminada la vida terrenal de Jesús, este nombre del Padre se había revelado de tal manera que el Maestro, que era el Padre encarnado, podía en verdad decir:
      
Yo soy el pan de la vida.
      
Yo soy el agua viva.
     
Yo soy la luz del mundo.

Yo soy el anhelo de todas las eras.
     
Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna.
     
Yo soy la realidad de la vida sin fin.
     
Yo soy el buen pastor.
     
Yo soy el camino a la perfección infinita.
      
Yo soy la resurrección y la vida.
      
Yo soy el secreto de la sobrevivencia eterna.
      
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
      
Yo soy el Padre infinito de mis hijos finitos.
      
Yo soy la verdadera vid, vosotros sois las ramas.
      
Yo soy la esperanza de todos los que conocen la verdad viva.
      
Yo soy el puente vivo entre un mundo y otro.
      
Yo soy el vínculo vivo entre tiempo y eternidad.
      
Así pues amplió Jesús la revelación viva del nombre de Dios para todas las generaciones. Así como el amor divino revela la naturaleza de Dios, la verdad eterna revela su nombre en proporciones por siempre en expansión.

martes, 8 de abril de 2014

En Getsemaní.

ERAN alrededor de las diez de la noche de este jueves cuando Jesús condujo a los once apóstoles de la casa de Elías y María Marcos camino de vuelta al campamento de Getsemaní. Desde ese día en las colinas, Juan Marcos se había ocupado de vigilar constantemente a Jesús. Juan, que tenía necesidad de dormir, descansó varias horas mientras el Maestro estaba con sus apóstoles en el aposento superior, pero al oír que ellos bajaban, se levantó y, envolviéndose rápidamente en un manto de lino, los siguió a través de la ciudad, cruzando el arroyo Cedrón, y hasta el campamento privado adyacente al parque de Getsemaní. Juan Marcos permaneció tan cerca del Maestro a lo largo de esa noche y del día siguiente que presenció todo y escuchó mucho de lo que el Maestro dijo desde ese momento hasta la hora de la crucifixión.
      
Mientras Jesús y los once regresaban al campamento, los apóstoles comenzaron a preguntarse el significado de la prolongada ausencia de Judas, y hablaron entre sí sobre la predicción del Maestro de que uno de ellos lo traicionaría, y por primera vez sospecharon que no todo estaba bien respecto a Judas Iscariote. Pero no comentaron abiertamente sobre Judas hasta llegar al campamento y observar que él no estaba allí esperándolos. Cuando todos ellos acosaron a Andrés para saber qué le había pasado a Judas, su jefe tan sólo observó: «No sé donde está Judas, pero temo que nos haya desertado».

lunes, 7 de abril de 2014

Las admoniciones personales de despedida.

El Maestro había terminado de impartir sus instrucciones de despedida y sus admoniciones finales a los apóstoles como grupo. Luego se despidió de cada uno de ellos individualmente e impartió unas palabras personales de consejo a cada uno así como su bendición de adiós. Los apóstoles aún estaban sentados alrededor de la mesa como cuando se habían reunido para compartir la última cena, y el Maestro le fue dando la vuelta a la mesa hablando con cada uno. El apóstol a quien Jesús se dirigía se ponía de pie.
      
A Juan, Jesús le dijo: «Tú, Juan, eres el más joven de mis hermanos. Has estado muy cerca de mí, y aunque os amo a todos con el mismo amor que un padre tiene para con sus hijos, Andrés te encargó que fueras uno de los tres apóstoles que debían acompañarme siempre. Además, te has ocupado por mí de muchos asuntos relativos a mi familia terrenal y debes continuar haciéndolo. Yo voy al Padre, Juan, con la confianza plena de que tú continuarás cuidando de los que son míos en la carne. Asegúrate de que la confusión que ellos sufren actualmente sobre mi misión, no disminuya en modo alguno tu compasión para con ellos, aconséjales y ayúdalos como sabes que haría yo si permaneciera en la carne. Y cuando alcancen a ver la luz y entren plenamente en el reino, aunque todos vosotros los recibiréis con regocijo, dependo de ti, Juan, para que los recibas en mi nombre.
      
«Ahora bien, al vivir yo las últimas horas de mi carrera terrenal, permanece junto a mí para que pueda dejarte mensajes relativos a mi familia. En cuanto a la obra que mi Padre me encargó, ya está completada a excepción de mi muerte en la carne, y estoy listo para beber esta última copa. Pero en cuanto a las responsabilidades que me encargara mi padre terrenal, José, aunque me he ocupado de ésas durante mi vida, debo ahora confiar en ti para que actúes en mi nombre en todos estos asuntos. Y te he elegido a ti para hacer esto por mí, Juan, porque eres el más joven y por consiguiente muy probablemente vivirás más tiempo que los otros apóstoles.
      
«Cierta vez os llamamos, a ti y a tu hermano, hijos del trueno. Comenzaste con nosotros con actitud intolerante y voluntad fuerte, pero has cambiado mucho desde cuando querías que yo hiciera caer el fuego sobre la cabeza de los incrédulos ignorantes e impensantes. Y debes cambiar aún más. Debes ser el apóstol del nuevo mandamiento que os he dado esta noche. Dedica tu vida a enseñar a tus hermanos cómo amarse unos a otros, así como yo os he amado a vosotros».
     
Juan Zebedeo, de pie, en el aposento superior, con lágrimas que le rodaban por las mejillas, miró al Maestro a la cara y dijo: «Así lo haré, Maestro mío, pero, ¿cómo puedo aprender a amar más a mis hermanos?» Entonces respondió Jesús: «Aprenderás a amar más a tus hermanos, cuando aprendas, primero, a amar más a tu Padre en el cielo, y, cuando te intereses más profundamente por el bienestar de tus hermanos en el tiempo y en la eternidad. Y todos estos intereses humanos se fomentan mediante la compasión comprensiva, el servicio altruista y el perdón sin condiciones. Nadie debería despreciar tu juventud, pero te exhorto a que siempre consideres que, muchas veces, la edad significa experiencia, y que en los asuntos humanos nada puede tomar el lugar de la verdadera experiencia. Trata de vivir en paz con todos los hombres, especialmente con tus amigos en la hermandad del reino celestial. Y Juan, recuerda siempre, no te disgustes con las almas que quieras ganar para el reino».
     
Entonces el Maestro, pasando detrás de su propio asiento, se detuvo un momento junto al sitio de Judas Iscariote. Los apóstoles estaban un tanto sorprendidos de que Judas aún no hubiera regresado, y curiosos de conocer el significado de la expresión triste del rostro de Jesús, de pie junto al asiento vacío del traidor. Pero ninguno de ellos, excepto tal vez Andrés, tuvo el más leve presentimiento de que el tesorero de ellos se había ido para traicionar a su Maestro, según Jesús había sugerido previamente en la tarde y durante la cena. Tantos acontecimientos se estaban desencadenando que, por el momento, se olvidaron completamente de que el Maestro había anunciado que uno de ellos lo traicionaría.
      
Jesús se acercó entonces a Simón el Zelote, quien se puso de pie y escuchó esta admonición: «Tú eres un verdadero hijo de Abraham, pero que trabajo me ha dado tratar de hacer de ti un hijo de este reino celestial. Te amo y también te aman todos tus hermanos. Sé que tú me amas, Simón, y también que amas el reino, pero aún quieres hacer que este reino llegue de acuerdo con tus preferencias. Bien sé yo que finalmente captarás la naturaleza y el significado espirituales de mi evangelio, y que harás una obra valiente en su proclamación, pero me preocupa lo que te pueda suceder cuando yo parta. Me alegraría saber que no vacilarás; me haría feliz saber que, después que yo vaya al Padre, no dejarás de ser mi apóstol y te comportarás en forma aceptable como embajador del reino celestial».
      
Apenas si había Jesús terminado de hablar a Simón el Zelote, cuando el apasionado patriota, secándose los ojos, replicó: «Maestro, no temas, no dudes de mi lealtad. Le volví la espalda a todo para poder dedicar mi vida al establecimiento de tu reino en la tierra, y no titubearé. He sobrevivido hasta ahora toda desilusión, y no te abandonaré».
      
Entonces, apoyando la mano en el hombro de Simón, Jesús dijo: «Es en verdad un consuelo oírte hablar así, especialmente en este momento, pero, mi buen amigo, aún no sabes de qué estás diciendo. No dudo ni por un instante de tu lealtad, de tu devoción. Sé que no titubearías en salir a batallar y morir por mí, así como todos estos otros también lo harían» (y todos ellos hicieron un vigoroso signo de afirmación), «pero eso no se te pedirá. Repetidamente te he dicho que mi reino no es de este mundo, y que mis discípulos no harán batalla para establecerlo. Te he dicho esto tantas veces, Simón, pero tú te niegas a enfrentar la verdad. No me preocupa tu lealtad a mí ni al reino, pero ¿qué harás tú cuando me vaya y por fin despiertes a la realización de que no has sabido captar el significado de mis enseñanzas, y que debes ajustar tus conceptos erróneos a la realidad de otro orden de asuntos, un orden espiritual del reino?»
     
Simón quería hablar más, pero Jesús levantó la mano para indicarle que callara, diciéndole: «Ninguno de mis apóstoles es más sincero y honesto de corazón que tú, pero ninguno de ellos se desesperará ni se desilusionará tanto como tú después de mi partida. Durante este período de tu desencanto, mi espíritu permanecerá contigo, y estos, tus hermanos, no te abandonarán. No olvides lo que te he enseñado en cuanto a la relación entre la ciudadanía en la tierra y la filiación en el reino espiritual del Padre. Reflexiona bien sobre todo lo que te he dicho en cuanto a dar al César las cosas que son del César y a Dios las que son de Dios. Dedica tu vida, Simón, a mostrar cómo el hombre mortal puede satisfacer aceptablemente mi admonición referente al reconocimiento simultáneo del deber temporal ante los poderes civiles y del servicio espiritual en la hermandad del reino. Si te dejas guiar por el Espíritu de la Verdad, no habrá nunca conflictos entre las exigencias de la ciudadanía sobre la tierra y las de la filiación en el cielo, a menos que los gobernantes temporales tengan la presunción de pedirte el homenaje y la adoración que sólo pertenecen a Dios.
      
«Ahora pues, Simón, cuando finalmente veas todo esto, y una vez que te hayas liberado de tu depresión y hayas salido proclamando este evangelio en gran poder, no olvides jamás que yo estaba contigo aun a través de tu temporada de desencanto, y que seguiré estando contigo hasta el fin. Siempre serás mi apóstol, y una vez que estés dispuesto a ver con el ojo del espíritu y a rendir más plenamente tu voluntad a la voluntad del Padre en el cielo, volverás a laborar como mi embajador, y nadie te quitará, porque hayas sido lento en comprender las verdades que te enseñé, la autoridad que yo te he conferido. Así pues, Simón, nuevamente te advierto que los que a espada luchan a espada mueren, mientras que los que laboran en el espíritu alcanzan vida eterna en el reino venidero, y gozo y paz en el reino que ahora existe. Cuando la obra que se te encargó haya terminado sobre la tierra, tú, Simón, te sentarás conmigo en el reino del más allá. En verdad verás el reino que tú has anhelado, pero no en esta vida. Continúa creyendo en mí y en lo que yo te he revelado, y recibirás el don de la vida eterna».
     
Cuando Jesús hubo terminado de hablar a Simón el Zelote, se acercó a Mateo Leví y dijo: «Ya no tendrás que preocuparte por abastecer el tesoro del grupo apostólico. Pronto, muy pronto, todos vosotros estaréis dispersos; no se te permitirá disfrutar del consuelo y apoyo de uno solo de tus hermanos. Mientras seguís predicando este evangelio del reino, tendréis que encontraros nuevos asociados. Yo os he enviado de dos en dos durante los tiempos de vuestra preparación, pero ahora que os dejo, cuando os hayáis recuperado de la congoja, saldréis solos, y hasta los confines de la tierra, proclamando esta buena nueva: que los mortales estimulados por la fe son hijos de Dios».
      
Entonces habló Mateo: «Pero, Maestro, ¿quién nos enviará, y cómo sabremos adónde ir? ¿Nos mostrará Andrés el camino?» Jesús respondió: «No, Leví, Andrés ya no os dirigirá en la proclamación del evangelio. Él en verdad seguirá siendo vuestro amigo y consejero hasta el día en que llegue el nuevo maestro, y entonces el Espíritu de la Verdad os guiará a cada uno de vosotros en la labor de expansión del reino. Muchos cambios te han ocurrido desde aquel día en la aduana en que saliste para seguirme; pero muchos más han de ocurrir antes de que puedas ver la visión de una hermandad en la cual los gentiles se sientan con los judíos, en asociación fraternal. Pero sigue tu impulso de ganar a tus hermanos judíos hasta que estés plenamente satisfecho, y luego dirígete con poder a los gentiles. De una cosa puedes estar seguro, Leví: Tú has ganado la confianza y el afecto de tus hermanos; todos ellos te aman». (Y los diez significaron su acuerdo con la palabra del Maestro).
      
«Leví, mucho sé de tus ansiedades, sacrificios y labores para mantener el tesoro provisto, cosas que tus hermanos no saben, y me regocija que, aunque el que llevaba la bolsa esté ausente, el embajador publicano está aquí, en mi reunión de despedida, con los mensajeros del reino. Oro para que tú puedas discernir el significado de mis enseñanzas con los ojos del espíritu. Y cuando el nuevo maestro llegue a tu corazón, vete adonde él te guíe y deja que tus hermanos vean —aun todo el mundo— qué es lo que puede hacer el Padre por un aborrecido recolector de impuestos que se atrevió a seguir al Hijo del Hombre y a creer en el evangelio del reino. Aun desde el principio, Leví, te amé, así como te amaron estos otros galileos. Bien sabiendo desde entonces que ni el Padre ni el Hijo hacen acepción de personas, asegúrate de no hacer tú ninguna distinción entre los que crean en el evangelio por tu ministerio. Así pues, Mateo, dedica todo tu servicio futuro de vida a mostrar a todos los hombres que Dios no hace acepción de personas; que, a los ojos de Dios y en la hermandad del reino, todos los hombres son iguales, todos los creyentes son hijos de Dios».
     
Jesús se dirigió entonces a Santiago Zebedeo, quien se puso de pie en silencio mientras el Maestro le decía: «Santiago, cuando tú y tu hermano menor vinieron a mí cierta vez, buscando preferencias en cuanto a las honores en el reino, yo os dije que estos honores sólo el Padre los podía otorgar, y os pregunté si erais capaz de beber de mi copa, y vosotros me respondisteis que sí. Aunque no hubieras sido capaz de hacerlo entonces, y aunque no seas capaz ahora, pronto estarás preparado para ese servicio, por la experiencia que estás por pasar. Por tu conducta desencadenaste el disgusto de tus hermanos en aquel momento. Si aún no te han perdonado plenamente, lo harán cuando te vean beber de mi copa. Sea tu ministerio largo o breve, deja dominar tu alma por la paciencia. Cuando venga el nuevo maestro, permite que él te enseñe el aplomo de compasión y tolerancia misericordiosa que nace de la confianza sublime en mí y de la sumisión perfecta a la voluntad del Padre. Dedica tu vida a la demostración de cómo se combina el afecto humano con la dignidad divina en el discípulo conocedor de Dios y creyente en el Hijo. Todos los que así viven, revelan el evangelio aun en cómo mueren. Tú y tu hermano Juan iréis por caminos distintos, y es posible que uno de vosotros se siente conmigo en el reino eterno, mucho antes que el otro. Mucho te ayudaría aprender que la verdadera sabiduría comprende discreción a la vez que valor. Debes aprender que tu agresividad vaya acompañada de sagacidad. Llegarán esos momentos sublimes en los que mis discípulos no titubearán en dar su vida por este evangelio, pero en todas las circunstancias ordinarias sería mucho mejor aplacar la ira de los descreídos para que tú puedas seguir viviendo y continuar predicando la buena nueva. Hasta donde esté en tu poder, vive largamente en la tierra, para que tu vida de muchos años pueda rendir frutos en almas ganadas para el reino celestial».
      
Cuando el Maestro terminó de hablar a Santiago Zebedeo, dio la vuelta hasta el extremo de la mesa donde estaba sentado Andrés y, fijando la mirada en los ojos de su fiel asistente, dijo: «Andrés, tú me has representado fielmente como jefe de los embajadores del reino celestial. Aunque en ocasiones has dudado y en otras ocasiones has manifestado una pusilanimidad peligrosa, a pesar de esto siempre has sido sinceramente justo y eminentemente ecuánime en tu trato con tus asociados. Desde tu ordenación y la de tus hermanos como mensajeros del reino, habéis sido independientes en todos los asuntos administrativos del grupo salvo que yo te designé como jefe de estos elegidos. En ningún otro asunto temporal os dirigí yo ni influí en vuestros decisiones. Así lo hice, para que el grupo contara con liderazgo en todas sus deliberaciones subsiguientes. En mi universo y en el universo de universos de mi Padre, nuestros hermanos-hijos son tratados como individuos en todas sus relaciones espirituales, pero en todas las relaciones de grupo infaliblemente proveemos un claro liderazgo. Nuestro reino es el reino del orden, y donde actúen en cooperación dos o más criaturas volitivas, siempre se facilita la autoridad del liderazgo».
      
«Ahora bien, Andrés, puesto que tú eres el jefe de tus hermanos por la autoridad de mi nombramiento, y puesto que así has servido como mi representante personal, y como estoy a punto de dejaros para ir a mi Padre, te libero de toda responsabilidad en cuanto a estos asuntos temporales y administrativos. De ahora en adelante no tendrás jurisdicción alguna sobre tus hermanos, excepto la que te granjees como líder espiritual, y que por lo tanto tus hermanos reconocen libremente. A partir de esta hora, ya no puedes ejercer autoridad alguna sobre tus hermanos a menos que ellos te den esa autoridad por medio de un claro acto legislativo después que yo haya vuelto al Padre. Al exonerarte así de las responsabilidades de jefe administrativo de este grupo, no te exonero de manera alguna de tu responsabilidad moral de hacer todo lo que esté a tu alcance para que tus hermanos no se separen, apoyándolos con mano firme y amante durante el período difícil que se avecina, los días interinos entre mi partida en la carne y el envío del nuevo maestro que vivirá en vuestro corazón y que, en último término, os conducirá a toda la verdad. Al prepararme a dejarte, quiero exonerarte de toda responsabilidad administrativa que se originó y derivó su autoridad de mi presencia entre vosotros como uno de vosotros. De ahora en adelante, ejerceré tan sólo autoridad espiritual sobre ti y entre vosotros.
    
«Si tus hermanos desean que tú sigas siendo su consejero, te exhorto a que, en todos los asuntos temporales y espirituales, hagas todo lo posible por promover la paz y la armonía entre los varios grupos de creyentes sinceros del evangelio. Dedica el resto de tu vida a promover los aspectos prácticos del amor fraterno entre tus hermanos. Sé tierno con mis hermanos en la carne cuando lleguen a creer plenamente en este evangelio; manifiesta amor y devoción imparcial a los griegos en el oeste y a Abner en el este. Aunque éstos, mis apóstoles, pronto se dispersarán a todos los rincones de la tierra para proclamar la buena nueva de la salvación por la filiación de Dios, debes mantenerlos juntos durante el período difícil inminente, esa temporada de dura prueba, durante la cual debéis aprender a creer en el evangelio sin mi presencia personal, esperando pacientemente la llegada del nuevo maestro, el Espíritu de la Verdad. Así pues, Andrés, aunque tal vez no te toque en suerte realizar grandes obras a los ojos de los hombres, confórmate con ser el maestro y consejero de los que hacen esas cosas. Continúa tu obra en la tierra hasta el fin, para luego continuar este ministerio en el reino eterno, porque ¿acaso no te he dicho muchas veces que tengo otras ovejas que no son de este redil?»
      
Jesús se acercó entonces a los gemelos Alfeo y, de pie entre los dos, dijo: «Hijitos míos, vosotros sois uno de los tres grupos de hermanos que eligieron seguirme. Los seis habéis hecho bien trabajando en paz con vuestra propia parentela, pero ningunos han hecho mejor que vosotros. Se avecinan duros tiempos. Tal vez no podáis comprender todo lo que os sucederá a vosotros y a vuestros hermanos, pero no dudéis jamás de que se os llamó cierta vez para hacer la obra del reino. Durante un tiempo no habrá multitudes para ocuparse de ellas, pero no os desalentéis; cuando terminéis la obra de vuestra vida, yo os recibiré en lo alto, donde en gloria relataréis vuestra salvación a las huestes seráficas y a las multitudes de los altos Hijos de Dios. Dedicad vuestra vida a la elevación de la tarea diaria y común. Mostrad a todos los hombres en la tierra y a los ángeles del cielo cómo alegre y valientemente el hombre mortal puede, después de haber sido llamado para trabajar por una temporada en el servicio especial de Dios, volver a las labores de los tiempos anteriores. Si, por ahora, vuestra obra en lo que concierne los asuntos visibles del reino está completa, debéis volver a vuestras labores anteriores con el nuevo esclarecimiento de la experiencia de la filiación de Dios y con una comprensión exaltada de que, para aquel que conoce a Dios, no hay labores comunes ni tareas seculares. Para vosotros, que habéis trabajado conmigo, todas las cosas se han vuelto sagradas, toda labor terrenal es aun un servicio a Dios el Padre. Y cuando escuchéis la nueva de las obras de vuestros ex asociados apostólicos, regocijaos con ellos y continuad vuestra labor diaria como los que aguardan a Dios y sirven mientras esperan. Habéis sido mis apóstoles, y siempre lo seréis, y yo os recordaré en el reino venidero».
      
Luego Jesús fue adonde Felipe, quien, poniéndose de pie, escuchó este mensaje de su Maestro: «Felipe, me has hecho muchas preguntas tontas, pero yo hice todo lo que pude por contestar cada una de ellas, y ahora deseo contestar la última de estas preguntas, surgida en tu mente sumamente honesta, pero no espiritual. Todo este tiempo, mientras me iba acercando a ti, has estado pensando para tus adentros: `¿Qué haré yo si el Maestro se va y nos deja solos en el mundo?' ¡Oh, tú de tan poca fe! Sin embargo tienes tanta como muchos de tus hermanos. Felipe, tú has sido un buen mayordomo. Tan sólo nos fallaste unas pocas veces, y una de esas faltas la utilizamos para manifestar la gloria del Padre. Tu trabajo de mayordomía está casi terminado. Pronto deberás hacer más plenamente la obra para la cual se te llamó: la predicación de este evangelio del reino. Felipe, tú siempre pedías que se te mostraran las cosas; muy pronto verás grandes cosas. Habría sido mucho mejor si todo esto hubieses visto por la fe, pero como fuiste sincero aun en tu visión material, vivirás para ver el cumplimiento de mi palabras. Y después, cuando tengas la bendición de la visión espiritual, sal para hacer tu obra, dedicando tu vida a la causa de conducir a la humanidad en la búsqueda de Dios y de buscar las realidades eternas con el ojo de la fe espiritual y no con los ojos de la mente material. Recuerda, Felipe, tú tienes una gran misión en la tierra porque el mundo está lleno de seres que ven la vida tal como tú tienes tendencia a hacerlo. Tienes una gran obra por hacer y cuando esté terminada en la fe, vendrás a mí en mi reino, y yo con gran regocijo te mostraré lo que el ojo no ha visto, el oído no ha oído y la mente mortal no ha concebido. Mientras tanto, vuélvete como un niño pequeño en el reino del espíritu y permíteme, en la forma del espíritu del nuevo maestro, conducirte hacia adelante en el reino espiritual. Así podré hacer por ti mucho de lo que no pude hacer mientras viví con vosotros como un mortal del reino. Recuerda siempre, Felipe, que el que me ha visto a mí, ha visto al Padre».
      
Entonces fue el Maestro adonde Natanael. Al ponerse Natanael de pie, Jesús lo invitó a que se sentara y, sentándose a su lado, le dijo: «Natanael, tú has aprendido a vivir por encima del prejuicio y a practicar una tolerancia cada vez mayor desde que te volviste apóstol mío. Pero hay mucho más que debes aprender. Has sido una bendición para tus compañeros, porque siempre han recibido tu asesoramiento por tu sinceridad constante. Cuando yo me haya ido, es posible que tu franqueza interfiera con tu habilidad para llevarte bien con tus hermanos, tanto los antiguos como los nuevos. Deberías aprender, que aun la expresión de un pensamiento bueno debe ser modulada de acuerdo con el estado intelectual y el desarrollo espiritual del oyente. La sinceridad cumple su mejor función en el trabajo del reino cuando está unida con la discreción.
      
«Si quieres aprender a trabajar con tus hermanos, es posible que realices cosas más permanentes, pero si te encuentras buscando a los que piensan como tú, en ese caso dedica tu vida a probar que el discípulo conocedor de Dios puede volverse un constructor del reino aun cuando está solo en el mundo y completamente aislado de los demás creyentes. Yo sé que serás fiel hasta el fin, y algún día te recibiré en el servicio ampliado de mi reino en lo alto».
      
Entonces habló Natanael, haciéndole a Jesús esta pregunta: «He escuchado tus enseñanzas desde cuando me llamaste al servicio de este reino, pero yo honestamente no puedo comprender el significado pleno de todo lo que nos dices. No sé qué debo esperar, y pienso que la mayoría de mis hermanos están del mismo modo perplejos, aunque titubean en confesar su confusión. ¿Puedes ayudarme?» Jesús, apoyando la mano sobre el hombro de Natanael, dijo: «Amigo mío, no es extraño que vaciles en captar el significado de mis enseñanzas espirituales puesto que te encuentras obstaculizado por los preconceptos que provienen de la tradición judía, y confundido por tu tendencia persistente a interpretar mi evangelio de acuerdo con las enseñanzas de los escribas y de los fariseos.
     
«Mucho os he enseñado por la palabra, y he vivido mi vida entre vosotros. He hecho todo lo que puede hacerse para esclarecer vuestra mente y liberar vuestra alma, y lo que no hayáis podido obtener de mis enseñanzas y de mi vida, ahora os debéis preparar para adquirirlo del maestro de todos los maestros: la experiencia real. Y en toda esta nueva experiencia que ahora te aguarda, yo caminaré delante de ti y el Espíritu de la Verdad estará contigo. No temas; lo que en este momento no puedes comprender, el nuevo maestro, cuando haya llegado, te lo revelará por el resto de tu vida en la tierra y más adelante en tu capacitación para las eras eternas».
     
Entonces el Maestro, volviéndose a todos ellos, dijo: «No os preocupéis si no conseguís captar el pleno significado del evangelio. Vosotros no sois sino finitos, hombres mortales, y lo que yo os he enseñado es infinito, divino y eterno. Sed pacientes y valerosos porque ante vosotros se abren las eras eternas en las que continuaréis vuestro logro progresivo de la experiencia de volveros perfectos, así como vuestro Padre en el Paraíso es perfecto».
      
Entonces Jesús se dirigió a Tomás quien, poniéndose de pie, le escuchó decir: «Tomás, muchas veces te ha faltado la fe; sin embargo, cuando tuviste temporadas de duda, nunca te faltó el coraje. Yo bien sé que los falsos profetas y los maestros impuros no te engañan. Después que yo me haya ido, tus hermanos apreciarán más aún tu forma crítica de ver las nuevas enseñanzas. Y cuando todos vosotros estéis dispersos hasta los confines de la tierra, en los tiempos venideros, recuerda que sigues siendo mi embajador. Dedica tu vida a la gran obra de mostrar cómo la mente material crítica del hombre puede triunfar sobre la inercia de la incertidumbre intelectual al enfrentarse con la demostración de la manifestación de la verdad viva tal como opera en la experiencia de los hombres y mujeres nacidos del espíritu, que rinden los frutos del espíritu en su vida, y que se aman unos a otros, aun como yo os he amado a vosotros. Tomás, me alegro que tú te unieras a nosotros, y sé que, después de un corto período de perplejidad, seguirás en el servicio del reino. Tus dudas han producido perplejidad en tus hermanos, pero a mí no me han preocupado jamás. Tengo confianza en ti, e iré delante de ti aun a los rincones más alejados de la tierra».
       
Luego el Maestro se dirigió a Simón Pedro, quien se puso de pie mientras Jesús le hablaba: «Pedro, yo sé que tú me amas, y que dedicarás tu vida a la proclamación pública de este evangelio del reino para judíos y gentiles, pero me preocupa que tus años de tan estrecha asociación conmigo no hayan hecho más para ayudarte a pensar antes de hablar. ¿Qué experiencias deberás vivir para que aprendas a poner un centinela a tu lengua? ¡Cuántos problemas nos has dado por tu hablar sin pensar, por tu autoconfianza presuntuosa! Y estás destinado a crear aún más problemas para ti si no aprendes a dominar esta debilidad. Sabes que tus hermanos te aman a pesar de esta debilidad, y también deberías comprender que este defecto no disminuye de ninguna manera mi afecto por ti, pero sí disminuye tu utilidad y no cesa de crear problemas para ti. Pero indudablemente mucho aprenderás de la experiencia que pasarás esta misma noche. Y lo que ahora te digo, Simón Pedro, del mismo modo lo digo a todos tus hermanos aquí reunidos: Esta noche, todos vosotros estaréis en gran peligro de caer por mí. Sabéis que está escrito: `Matarán al pastor y serán dispersadas las ovejas'. Cuando yo esté ausente, hay gran peligro de que algunos de vosotros sucumban a las dudas y tropiecen por lo que me ocurre a mí. Pero yo os prometo ahora que volveré a vosotros por un corto tiempo, y que entonces iré delante de vosotros a Galilea».
      
Entonces dijo Pedro, apoyando la mano sobre el hombro de Jesús: «Aunque todos mis hermanos puedan sucumbir a la incertidumbre por ti, yo prometo que nunca tropezaré en todo lo que tú puedas hacer. Iré contigo y, si hace falta, moriré por ti».
     
Así estaba Pedro ante el Maestro, temblando de intensa emoción y desbordando de amor genuino por él, cuando Jesús le miró fijo a los ojos llenos de lágrimas y le dijo: «Pedro, de cierto, de cierto te digo, que esta noche no cantará el gallo hasta que tú no me hayas negado tres o cuatro veces. Así pues, lo que tú no has podido aprender por la asociación pacífica conmigo, lo aprenderás por graves problemas y grandes congojas. Una vez que hayas realmente aprendido esta lección necesaria, debes fortalecer a tus hermanos y seguir viviendo una vida dedicada a la predicación de este evangelio, aunque tal vez seas encarcelado y, tal vez, sigas mis pasos pagando el precio supremo del servicio amante en la edificación del reino del Padre.
     
«Pero recuerda mi promesa: Cuando yo sea elevado, permaneceré con vosotros por una temporada antes de ir al Padre. Aun esta noche suplicaré al Padre para que fortalezca a cada uno de vosotros en preparación de lo que tan pronto deberéis atravesar. Yo os amo a todos con el mismo amor con que el Padre me ama a mí, y por lo tanto, así de ahora en adelante debéis amaros vosotros los unos a los otros, así como yo os he amado a vosotros».
     
Luego, después de cantar un himno, partieron todos para el campamento en el Oliveto.