«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 23 de noviembre de 2014

La aparición en Alejandría.

Mientras los once apóstoles iban en camino a Galilea, acercándose al fin de su viaje, el martes 18 de abril, por la noche, a eso de las ocho y media, Jesús apareció ante Rodán y unos ochenta demás creyentes en Alejandría. Fue ésta la duodécima aparición del Maestro en forma morontial. Jesús apareció ante estos griegos y judíos al finalizar el relato de un mensajero de David sobre la crucifixión. Este mensajero, siendo el quinto de la serie de corredores camino de Jerusalén a Alejandría, había llegado a Alejandría en las últimas horas de esa tarde, y cuando hubo entregado su mensaje a Rodán, se decidió que se convocaría a los creyentes para recibir del mensajero mismo la noticia trágica. A eso de las ocho de la noche, el mensajero, Natán de Busiris, se presentó ante este grupo y les relató con detalle todo lo que el corredor precedente le había contado a él. Natán finalizó su emotivo relato con estas palabras: «Pero David, quien nos envía con esta noticia, informa que el Maestro, al pronosticar su muerte, declaró que volvería a resucitar». Aun mientras hablaba Natán, apareció allí el Maestro morontial a plena vista de todos. Y cuando Natán se sentó, Jesús dijo:
      
«Que la paz sea con vosotros. Lo que mi Padre me envió a este mundo para que yo estableciera pertenece, no a una raza, ni a una nación, ni a un grupo especial de maestros o predicadores. Este evangelio del reino pertenece tanto a los judíos como a los gentiles, a los ricos y a los pobres, a los libres y a los esclavos, a los hombres y a las mujeres, aun a los niños pequeños. Todos vosotros debéis proclamar este evangelio de amor y verdad mediante la vida que viváis en la carne. Os amaréis los unos a los otros con un afecto nuevo y sorprendente, aun como yo os he amado a vosotros. Serviréis a la humanidad con una devoción nueva y sorprendente, aun como yo os he servido a vosotros, y cuando los hombres vean que vosotros tanto los amáis, y cuando contemplen cuán fervientemente los servís, percibirán que vosotros sois hermanos de la fe en el reino del cielo, y seguirán al Espíritu de la Verdad al que verán en vuestras vidas, hasta encontrar la salvación eterna.
     
«Así como el Padre me envió a este mundo, aun así ahora yo os envío a vosotros. Todos vosotros sois llamados a llevar la buena nueva a los que están en las tinieblas. Este evangelio del reino, pertenece a todos los que en ése crean; no deberá ser confiado en las manos de meros sacerdotes. Pronto vendrá sobre vosotros el Espíritu de la Verdad, y él os conducirá a toda verdad. Salid pues al mundo, predicando este evangelio, y pensad que yo estoy con vosotros siempre, aun hasta el fin de los tiempos».
      
Cuando el Maestro hubo hablado así, desapareció de su vista. Durante toda esa noche, estos creyentes permanecieron allí juntos, recordando las experiencias como creyentes del reino y escuchando las muchas palabras de Rodán y de sus asociados. Todos ellos creyeron que Jesús había resucitado de entre los muertos. Imaginad la sorpresa del heraldo de la resurrección enviado por David, que llegó al segundo día después de este acontecimiento, cuando contestaron a su anuncio diciendo: «Sí, lo sabemos, porque lo hemos visto. Él apareció ante nosotros anteayer».

sábado, 11 de octubre de 2014

La segunda aparición ante los apóstoles.

Tomás pasó una semana solitaria, en las colinas cerca del Oliveto. Durante este tiempo vio solamente a los que estaban en la casa de Simón y a Juan Marcos. Eran alrededor de las nueve del sábado 15 de abril, cuando los dos apóstoles lo encontraron y se lo llevaron de vuelta a la casa de Marcos. Al día siguiente, Tomás escuchó el relato de las varias apariciones del Maestro, pero inquebrantablemente se resistió a creer. Sostenía que Pedro, por su entusiasmo, los había convencido de que habían visto al Maestro. Natanael razonó con él, pero en vano. Había una testarudez emocional, asociada con su habitual tendencia a dudar, y este estado mental, combinado con su pena por haberlos abandonado, se confabuló para crear una situación de aislamiento que aun Tomás mismo no podía entender completamente. Se había alejado de sus compañeros, se había ido por su cuenta, y ahora, aun cuando estaba de vuelta entre ellos, inconscientemente tendía a colocarse en una posición de desacuerdo. Era lento en rendirse. No le gustaba la derrota. Aunque no fuera su intención, realmente disfrutaba de la atención que le prestaban; derivaba una satisfacción inconsciente de los esfuerzos de todos sus hermanos por convenrcerlo y convertirlo. Los había extrañado durante una semana entera, y derivaba gran placer de sus persistentes atenciones.
     
Estaban compartiendo la cena poco después de las seis, con Pedro sentado a un lado y Natanael al otro lado de Tomás, cuando el apóstol incrédulo dijo: «No voy a creer a menos que vea el Maestro con mis propios ojos y pueda poner el dedo en la llaga de los clavos». Mientras estaban así sentados cenando, con las puertas cerradas con llave y con barras, el Maestro morontial apareció repentinamente dentro a la curvatura de la mesa, y deteniéndose directamente ante Tomás, dijo:
     
«Que la paz sea con vosotros. Durante una semana entera he permanecido aquí con la esperanza de poder aparecer nuevamente cuando estuvierais todos vosotros presentes, para que escuchéis una vez más la misión de ir al mundo y predicar este evangelio del reino. Nuevamente os digo: Así como el Padre me envió al mundo, así os envío yo. Así como yo he revelado al Padre, así revelaréis vosotros el amor divino, no sólo con palabras, sino en vuestra vida diaria. Os envío, no para que améis las almas de los hombres, sino más bien para que améis a los hombres. No debéis proclamar simplemente las felicidades del cielo, sino también mostrar en vuestra experiencia diaria esas realidades espirituales de la vida divina, puesto que vosotros ya tenéis vida eterna, como don de Dios, por medio de la fe. Cuando tengáis fe, cuando el poder de lo alto, el Espíritu de la Verdad, venga sobre vosotros, no ocultaréis vuestra luz aquí tras puertas cerradas. Haréis que toda la humanidad conozca el amor y la misericordia de Dios. Por el temor huís ahora de los hechos de una experiencia desagradable, pero cuando hayáis sido bautizados con el Espíritu de la Verdad, iréis hacia adelante, gallarda y jubilosamente para encontrar las nuevas experiencias de proclamar la buena nueva de la vida eterna en el reino de Dios. Podréis quedaros aquí y en Galilea por una corta temporada mientras os recobráis del golpe de la transición de la falsa seguridad de la autoridad del tradicionalismo, al nuevo orden de la autoridad de los hechos, de la verdad y la fe en las realidades supremas de la experiencia viva. Vuestra misión en el mundo se basa en el hecho de que yo viví una vida reveladora de Dios entre vosotros; en la verdad de que vosotros y todos los demás hombres, son hijos de Dios; y consistirá en la vida que vosotros viviréis entre los hombres —la experiencia real y viviente de amar a los hombres y servirlos, aun como yo os he amado y servido a vosotros. Dejad que la fe revele al mundo vuestra luz; dejad que la revelación de la verdad abra los ojos cegados por la tradición; dejad que vuestro servicio amante destruya efectivamente el prejuicio engendrado por la ignorancia. Acercándoos así a vuestros semejantes en compasiva comprensión y con devoción altruista, los conduciréis al conocimiento salvador del amor del Padre. Los judíos alabaron la bondad; los griegos exaltaron la belleza; los hindúes predican la devoción; los lejanos ascetas predican la reverencia; los romanos exigen lealtad; pero yo requiero de mis discípulos vida, aun una vida de servicio amante para vuestros hermanos en la carne».
     
Cuando el Maestro hubo hablado así, miró el rostro de Tomás y dijo: «Y tú, Tomás, que dijiste que no creerías a menos que me vieras y pusieras el dedo en las llagas de los clavos en mis manos, ahora me has contemplado y has escuchado mis palabras; y aunque no veas llagas de clavos en mis manos, puesto que he resucitado en una forma que tú también tendrás cuando te vayas de este mundo, ¿qué dirás a tus hermanos? Reconocerás la verdad, porque ya en tu corazón hubiste comenzado a creer, aun mientras tan testarudamente afirmaste tu descreimiento. Tus dudas, Tomás, siempre se afirman de la manera más testaruda en el momento mismo en que están por derrumbarse. Tomás, te ruego que no seas descreído sino creyente —y yo sé que tú creerás, aun con todo tu corazón».
     
Cuando Tomás escuchó estás palabras, cayó de rodillas ante el Maestro morontial y exclamó: «¡Yo creo! ¡Señor mío y Maestro mío!» Entonces le dijo Jesús a Tomás: «Tomás, tú has creído porque realmente me viste y me oíste. Benditos son los en las edades por venir que creerán aunque no me hayan visto con los ojos de la carne, ni me hayan oído con el oído mortal».
     
Luego, al moverse la forma del Maestro cerca de la cabecera de la mesa, se dirigió a todos ellos diciendo: «Ahora pues, id todos vosotros a Galilea, donde yo dentro de poco apareceré ante vosotros». Después de decir esto, desapareció de su vista.

Los once apóstoles ya estaban plenamente convencidos de que Jesús había resucitado de entre los muertos, y a la mañana siguiente muy temprano, antes del amanecer, salieron para Galilea.

sábado, 4 de octubre de 2014

La décima aparición (en Filadelfia).

La décima aparición morontial de Jesús ante los ojos mortales ocurrió el martes 11 de abril poco antes de las ocho en Filadelfia, ocasión en que se apareció ante Abner y Lázaro y unos ciento cincuenta de sus asociados, incluyendo más de cincuenta pertenecientes al cuerpo de evangelistas de los setenta. Esta aparición ocurrió justo después de la apertura de una reunión especial en la sinagoga, convocada por Abner para discutir la crucifixión de Jesús y el relato más reciente de la resurrección, traído por un mensajero de David. Puesto que Lázaro resucitado era ahora miembro de ese grupo de creyentes, no se les presentaban dificultades para creer en el informe de que Jesús había resucitado de entre los muertos.
     
La reunión en la sinagoga era inaugurada por Abner y Lázaro, ambos de pie en el púlpito, cuando todos los creyentes reunidos vieron aparecer de súbito la forma del Maestro. Dio unos pasos hacia adelante desde el sitio en el que había aparecido, entre Abner y Lázaro, que no lo vieron, y saludando al grupo, dijo:
     
«Que la paz sea con vosotros. Todos vosotros sabéis que tenemos un Padre en el cielo y que hay un solo evangelio en el reino: la buena nueva del don de la vida eterna que reciben los hombres mediante la fe. Al regocijaros en vuestra lealtad al evangelio, orad al Padre de la verdad para que os otorgue en vuestro corazón un amor nuevo y más grande por vuestros hermanos. Debéis amar a todos los hombres, así como yo os he amado; debéis servir a todos los hombres, así como yo os he servido. Con compasiva comprensión y afecto fraterno, recibid en la comunión de hermandad a todos vuestros hermanos que se dedican a la proclamación de la buena nueva, sean ellos judíos o gentiles, griegos o romanos, persas o etíopes. Juan proclamó el reino por adelantado; vosotros habéis predicado el evangelio en poder; los griegos ya enseñan la buena nueva; y yo pronto enviaré el Espíritu de la Verdad al alma de todos estos, mis hermanos, que tan altruísticamente han dedicado su vida al esclarecimiento de sus semejantes que están sentados en las tinieblas espirituales. Todos vosotros sois los hijos de la luz; por eso, no tropecéis en marañas de malentendido causadas por sospechas mortales y la intolerancia humana. Si os ennoblecéis, por la gracia de la fe, para amar a los descreídos, ¿no debéis acaso igualmente amar a los que son vuestros concreyentes en la extensa familia de la fe? Recordad que, así como os amáis unos a otros, todos los hombres sabrán que sois mis discípulos.
      
«Id pues por todo el mundo proclamando el evangelio de la paternidad de Dios y de la hermandad de los hombres a todas las naciones y razas, y sed sabios en vuestra elección de los métodos para presentar la buena nueva a las diferentes razas y tribus de la humanidad. Libremente habéis recibido de este evangelio del reino, y libremente daréis la buena nueva a todas las naciones. No temáis la resistencia del mal, porque yo estoy siempre con vosotros, aun hasta el fin de los tiempos. Mi paz os dejo».
      
En el momento en que dijo: «Mi paz os dejo», desapareció de su vista. Con excepción de una de sus apariciones en Galilea, donde más de quinientos creyentes lo vieron al mismo tiempo, este grupo en Filadelfia fue el grupo más grande de mortales que le vio en una ocasión particular.
      
Temprano por la mañana siguiente, aunque los apóstoles permanecían en Jerusalén aguardando la recuperación emocional de Tomás, estos creyentes de Filadelfia salieron a proclamar que Jesús de Nazaret había resucitado de entre los muertos.
      
El día siguiente, miércoles, lo pasó Jesús sin interrupciones en compañía de sus asociados morontiales, y durante las horas tempranas de la tarde recibió a los delegados visitantes morontiales de los mundos de estancia de todos los sistemas locales de esferas habitadas de toda la constelación de Norlatiadek. Y todos se regocijaron de conocer a su Creador como uno de su propia orden de inteligencias universales.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Con las seres morontiales.

El día siguiente, lunes, lo pasó Jesús enteramente con las criaturas morontiales que en ese momento estaban presentes en Urantia. Como participantes en la experiencia de transición morontial del Maestro, habían venido a Urantia más de un millón de directores y asociados morontiales juntamente con mortales en transición de varias órdenes desde los siete mundos de estancia de Satania. El Jesús morontial permaneció con estas espléndidas inteligencias por cuarenta días. Los instruyó y aprendió de sus directores la vida de transición morontial tal como la atraviesan los mortales de los mundos habitados de Satania al pasar ellos a través de las esferas morontiales del sistema.

     
Alrededor de la medianoche de este lunes, la forma morontial del Maestro fue ajustada para su transición a la segunda etapa de la progresión morontial. Cuando volvió a aparecer a sus hijos mortales en la tierra, se encontraba como ser morontial de la segunda etapa. Al progresar el Maestro en la carrera morontial, se volvía técnicamente cada vez más difícil para las inteligencias morontiales y sus asociados transformadores hacer que el Maestro pudiera ser visualizado ante ojos mortales y materiales.
     
Jesús realizó el tránsito a la tercera etapa morontial el viernes 14 de abril; a la cuarta etapa, el lunes 17; a la quinta etapa el sábado 22; a la sexta etapa el jueves 27; a la séptima etapa el martes 2 de mayo; a la ciudadanía de Jerusem, el domingo 7; y entró al abrazo de los Altísimos de Edentia, el domingo 14.
      
De esta forma Micael de Nebadon completó su servicio de experiencia universal; puesto que en conexión con sus autootorgamientos anteriores, ya había experimentado en pleno la vida de los mortales ascendentes del tiempo y del espacio, desde la estadía en la sede central de la constelación y aun hasta el servicio en la sede central del superuniverso y a través de éste. Y fue mediante estas mismas experiencias morontiales que el Hijo Creador de Nebadon realmente terminó y completó aceptablemente su séptimo y último autootorgamineto en el universo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La primera aparición ante los apóstoles.

Poco después de las nueve de esa noche, después de la partida de Cleofas y Jacobo, mientras los gemelos Alfeo consolaban a Pedro y Natanael discutía con Andrés, los diez apóstoles estaban reunidos en el aposento superior, con todas las puertas cerradas con seguro por temor de que los arrestaran, el Maestro, en forma morontial, apareció de pronto en su medio, diciendo: «Que la paz sea con vosotros. ¿Por qué tanto os aterrorizáis cuando yo aparezco, como si vierais a un espíritu? ¿Acaso no os hablé yo de estas cosas cuando estaba presente entre vosotros en la carne? ¿Acaso no os dije que los altos sacerdotes y los líderes me entregarían para que sea matado; que uno de entre vosotros mismos me traicionaría, y que al tercer día resucitaría? ¿De dónde pues vienen todas vuestras incertidumbres y toda esta discusión sobre el relato de las mujeres, de Cleofas y Jacobo, y aun de Pedro? ¿Por cuánto tiempo seguiréis dudando de mis palabras y negándoos a creer en mis promesas? Ahora bien, ya que realmente me veis, ¿creeréis? Aun ahora uno de vosotros está ausente. Cuando estéis juntos nuevamente, y después que todos vosotros sepáis con certeza que el Hijo del Hombre se ha levantado de la tumba, id a Galilea. Tened fe en Dios; teneos fe mutuamente; así pues entraréis al nuevo servicio del reino del cielo. Yo me quedaré en Jerusalén con vosotros, hasta que estéis listos para ir a Galilea. Mi paz os dejo».
      
Cuando el Jesús morontial les hubo hablado, desapareció en un instante de su vista. Todos ellos cayeron de bruces, elevando loas a Dios y venerando a su desaparecido Maestro. Fue ésta la novena aparición morontial del Maestro.

lunes, 22 de septiembre de 2014

La aparición a Pedro.

Eran casi las ocho y media de la noche de este domingo, cuando Jesús apareció ante Simón Pedro en el jardín de la casa de Marcos. Fue ésta su octava manifestación morontial. Pedro había vivido bajo la pesada carga de incertidumbre y culpa desde el momento de su negación del Maestro. Durante todo el día sábado y ese domingo él se debatió en el temor de que, tal vez, ya no era un apóstol. Tembló al enterarse del hado de Judas y consideraba que él, también, había traicionado a su Maestro. Toda esa tarde pensó que tal vez fuera su presencia entre los apóstoles la que impedía que Jesús apareciera entre ellos; siempre y cuando, por supuesto, él hubiese de veras resucitado de entre los muertos. Fue ante Pedro, que estaba en ese estado de ánimo y de mente, ante el que Jesús apareció, mientras el deprimido apóstol deambulaba entre las flores y los arbustos.
     
Cuando Pedro pensó en la mirada amante del Maestro al pasar junto a Pedro en el portal de Anás, y al discurrir en el maravilloso mensaje traído, temprano por la mañana, por las mujeres que vinieron de la tumba vacía, «id y contadles a mis apóstoles —y a Pedro», al contemplar él estas muestras de misericordia, su fe empezó a superar sus dudas, y él se detuvo apretando los puños, mientras decía en voz alta: «Yo creo que ha resucitado de entre los muertos; iré y así les diré a mis hermanos». Al pronunciar él estas palabras, repentinamente apareció ante él la forma de un hombre, que le habló en un tono de voz familiar diciendo: «Pedro, el enemigo quería llevarte, pero yo no te abandonaré. Yo sabía que tu negación no provenía del corazón; por lo tanto, te perdoné aun antes de que me lo pidieras; pero ahora debes dejar de pensar en ti mismo y en los problemas del presente mientras te preparas para llevar la nueva buena del evangelio a los que están sentados en las tinieblas. Ya no debes preocuparte de lo que puedas obtener del reino, sino más bien debes ejercitarte en lo que tú puedes dar a los que viven en la más extrema pobreza espiritual. Prepárate, Simón, para la lucha del nuevo día, la batalla contra la obscuridad espiritual y las dudas malignas que habitan la mente natural de los hombres».
    
Pedro y el Jesús morontial anduvieron caminando por el jardín y hablaron de cosas pasadas, presentes y futuras por cerca de cinco minutos. Luego, el Maestro desapareció de su vista diciendo: «Adiós, Pedro, hasta que te vuelva a ver con tus hermanos».

     
Por un momento, Pedro fue sobrecogido por la comprensión de que había hablado con el Maestro resucitado, y de que podía tener la certeza de seguir siendo un embajador del reino. Acababa de oír al glorificado Maestro exhortarle a que fuera a predicar el evangelio. Con todo esto llenándole el corazón, corrió al aposento superior, adonde sus hermanos apóstoles, exclamando casi sin aliento: «Yo he visto al Maestro; estuvo en el jardín. Hablé con él, y me ha perdonado».
     
La declaración de Pedro de que había visto a Jesús en el jardín causó en sus hermanos apóstoles una profunda impresión, y estaban prontos a abandonar su incertidumbre cuando Andrés se levantó y les advirtió que no se dejaran influir tanto por el relato de su hermano. Andrés sugirió que ya en el pasado, Pedro había visto cosas que no existían. Aunque Andrés no aludió directamente a visión nocturna en el Mar de Galilea, cuando Pedro afirmó que había visto al Maestro caminando hacia ellos sobre el agua, dijo lo suficiente como para que todos los presentes se dieran cuenta de que él tenía en la mente este incidente. Simón Pedro se sintió muy herido por las insinuaciones de su hermano, e inmediatamente cayó en un silencio deprimido. Los gemelos mucho se apenaron por Pedro, y ambos se acercaron a expresarle su simpatía y decirle que ellos le creían, volviendo a repetir que la madre de ellos también había visto al Maestro.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Las apariciones a los apostoles y a otros líderes religiosos.

EL DOMINGO de la resurrección fue un día terrible en la vida de los apóstoles; diez de ellos pasaron la mayor parte del día en el aposento superior tras puertas aseguradas. Podían haber huido de Jerusalén, pero tenían miedo de ser arrestados por los agentes del sanedrín si se los encontraban por la calle. Tomás estaba yendo a solas con sus problemas en Betfagé. Mejor habría sido que hubiese permanecido con los demás apóstoles, pues podría haberlos ayudado dirigiendo su discusión por caminos más útiles.
      
Durante todo ese día Juan sostuvo la idea de que Jesús había resucitado de entre los muertos. Recordó no menos de cinco veces distintas en las que el Maestro había afirmado que resucitaría nuevamente y por lo menos tres veces en las que aludió al tercer día. La actitud de Juan tenía considerable influencia sobre ellos, especialmente sobre su hermano Santiago y sobre Natanael. Juan podría haber tenido mayor influencia sobre ellos si no hubiese sido el más joven del grupo.
      
El aislamiento de los apóstoles mucho tuvo que ver con sus problemas. Juan Marcos los mantenía en contacto con los acontecimientos del templo y les informaba en cuanto a los muchos rumores que se difundían por la ciudad, pero no se le ocurrió allegar noticias de los diferentes grupos de creyentes ante los que Jesús ya había aparecido. Este tipo de servicio había sido realizado hasta ese momento por los mensajeros de David, pero estaban todos ausentes en su última misión como heraldos de la resurrección ante aquellos grupos de creyentes que moraban lejos de Jerusalén. Por primera vez en todos estos años, los apóstoles se dieron cuenta de cuanto habían confiado en los mensajeros de David para recibir información diaria sobre los asuntos del reino.
      
Durante todo este día Pedro, como siempre, vaciló emocionalmente entre la fe y la incertidumbre sobre la resurrección del Maestro. Pedro no podía olvidar la vista de las ropas fúnebres yaciendo allí en la tumba como si el cuerpo de Jesús se hubiese evaporado desde adentro. «Pero», razonaba Pedro, «si ha resucitado y puede aparecer a las mujeres, ¿por qué no se aparece antes nosotros, sus apóstoles?» Pedro se apenaba cuando pensaba que tal vez debido a su presencia entre los apóstoles Jesús no venía a ellos, ya que él lo negó esa noche en el patio de Anás. Al mismo tiempo se consolaba por el mensaje traído por las mujeres, «id y contad a mis apóstoles —y a Pedro». Pero, para poder obtener consolación de este mensaje presuponía que él debía creer que las mujeres realmente habían visto y oído al Maestro resucitado. Así pues, Pedro alternó entre la fe y la duda a lo largo de todo el día, hasta poco después de las ocho de la noche, cuando se atrevió a salir al patio. Pedro pensaba alejarse de los apóstoles para que su presencia no impidiera la venida de Jesús, debido a que él había negado al Maestro.
      
Santiago Zebedeo, quien sostuvo al principio que sería conveniente que fueran todos al sepulcro, estaba fuertemente a favor de hacer algo para esclarecer este misterio. Natanael fue quien les impidió que se mostraran en público fuera de la casa como lo preconizaba Santiago, y lo hizo recordándoles la advertencia de Jesús de que no pusieran en peligro su vida en estos momentos. Al mediodía, Santiago también se tranquilizó, y todos aguardaban. Él dijo muy poco; estaba terriblemente desilusionado porque Jesús no había aparecido ante ellos, y aún no sabía de las muchas apariciones del Maestro a otros grupos e individuos.
     
Ese día Andrés escuchó mucho. Estaba efectivamente perplejo por la situación y tenía más incertidumbre de la necesaria, pero por lo menos disfrutaba de cierta sensación de liberación de las responsabilidades de dirigir a los demás apóstoles. En efecto, estaba agradecido de que el Maestro le hubiera liberado de la carga del liderazgo antes de entrar ellos en estos períodos difíciles.
      
Más de una vez durante las largas y fatigantes horas de este día trágico, la única influencia positiva en el grupo fue la contribución frecuente del característico tono filosófico de Natanael. Fue en verdad quien controló a los diez a lo largo de todo ese día. No se expresó ni una vez sobre la creencia o la incredulidad en cuanto a la resurrección del Maestro. Pero a medida que pasaba el día, cada vez más tendía a creer que Jesús había cumplido su promesa de resucitar.
      
Simón el Zelote estaba demasiado anonadado para participar en las discusiones. La mayor parte del tiempo estaba echado en un diván en un rincón del cuarto, mirando a la pared; no habló ni media docena de veces en todo ese día. Su concepto del reino se había derrumbado, y no discernía que la resurrección del Maestro pudiera cambiar materialmente la situación. Su desencanto era muy personal y en líneas generales demasiado agudo para que se pudiera recuperar a corto plazo, aun frente a un hecho tan estupendo como la resurrección.
      
Aunque parezca extraño, Felipe, generalmente poco expresivo, habló mucho durante toda la tarde de este día. Poco tuvo que decir por la mañana, pero durante el curso de la tarde se pasó haciendo preguntas a los demás apóstoles. Pedro se irritó repetidamente por las preguntas de Felipe, pero los demás las tomaron con buen humor. Felipe estaba particularmente deseoso de saber si, suponiendo que Jesús realmente se hubiera levantado de la tumba, tendría su cuerpo las marcas físicas de la crucifixión.
     
Mateo estaba altamente confundido; escuchó las discusiones de sus hermanos, pero pasó la mayor parte del tiempo reflexionando sobre los problemas financieros que le deparaba el futuro. Aparte de la supuesta resurrección de Jesús, Judas ya no estaba, David le había entregado los fondos sin ceremonia, y no tenían ellos un líder con autoridad. Antes de que Mateo hubiera llegado a considerar seriamente las argumentaciones de los demás sobre la resurrección, ya había visto al Maestro, cara a cara.
      
Los gemelos Alfeo poco participaron en estas discusiones serias; estaban bastante ocupados en sus ministraciones habituales. Uno de ellos expresó la actitud de ambos al decir, respondiendo a una pregunta de Felipe: «No entendemos esto de la resurrección, pero nuestra madre dice que habló con el Maestro, y nosotros le creemos».
      
Tomás se encontraba en medio de uno de sus típicos ataques de depresión desesperante. Durmió parte del día y anduvo por las colinas el resto del tiempo. Sentía una gran necesidad de unirse con los demás apóstoles, pero era más fuerte el deseo de estar a solas.
     
El Maestro demoró su primera aparición morontial a los apóstoles por una serie de razones. En primer lugar, quería que tuvieran tiempo, después de enterarse de su resurrección, para reflexionar sobre todo lo que les había dicho en cuanto a su muerte y resurrección cuando aún estaba con ellos en la carne. El Maestro quería que Pedro venciera algunas de las dificultades peculiares antes de manifestarse él ante todos ellos. En segundo lugar, deseaba que Tomás estuviera con ellos al tiempo de su primera aparición. Juan Marcos ubicó a Tomás en la casa de Simón en Betfagé, temprano por la mañana del domingo, y trajo a los apóstoles esta noticia a eso de las once. En cualquier momento durante ese día, Tomás habría regresado si Natanael o cualesquiera dos de otros apóstoles hubiesen ido a buscarlo. Él realmente quería volver, pero habiéndose ido la noche antes como se había ido, era demasiado orgulloso como para volver tan pronto por su propia cuenta. Pero al día siguiente se encontró tan deprimido que le llevó por lo menos una semana decidirse a volver. Los apóstoles lo aguardaban, y él esperaba que sus hermanos lo fueran a buscar y le pidieran que volviese con ellos. Por eso Tomás permaneció lejos de sus asociados hasta el siguiente sábado por la noche, cuando, al caer la noche, Pedro y Juan fueron a Betfagé y lo trajeron de vuelta con ellos. Ésta es la razón por la cual no fueron enseguida a Galilea después de que Jesús apareciera por primera vez ante ellos; no querían irse sin Tomás.

domingo, 31 de agosto de 2014

La caminata con los dos hermanos.

En Emaús, a unos once kilómetros al oeste de Jerusalén, vivían dos hermanos, pastores, que habían pasado la semana de Pascua en Jerusalén asistiendo a los sacrificios, ceremonias y festividades. Cleofas, el mayor, era un creyente a medias de Jesús; por lo menos había sido expulsado de la sinagoga. Su hermano, Jacobo, no era creyente, aunque estaba muy perplejo por lo que había oído sobre las enseñanzas y obras del Maestro.
      
Este domingo por la tarde, a unos cinco kilómetros fuera de Jerusalén y pocos minutos antes de las cinco, al caminar estos dos hermanos por la carretera a Emaús, conversaban muy ensimismados sobre Jesús, sus enseñanzas, sus obras, y más específicamente de los rumores de que su tumba estaba vacía, y que ciertas mujeres habían hablado con él. Cleofas estaba casi decidido a creer en estos informes, pero Jacobo insistía en que se trataba probablemente de un engaño. Mientras así discutían y debatían camino a su casa, la manifestación morontial de Jesús, su séptima aparición, apareció caminando a su lado. Cleofas había escuchado muchas veces las enseñanzas de Jesús y había comido con él en las casas de los creyentes de Jerusalén en varias ocasiones, pero no reconoció al Maestro aun cuando éste le habló libremente.
      
Después de caminar un corto camino con ellos, Jesús dijo: «¿Cuáles son las palabras que estabais intercambiando con tanta intensidad al acercarme yo?» Cuando Jesús hubo hablado, se detuvieron y le miraron con triste sorpresa. Dijo Cleofas: «¿Es posible que tú vivas en Jerusalén y no sepas de las cosas que han ocurrido recientemente?» Entonces preguntó el Maestro: «¿Qué cosas?» Cleofas replicó: «Si tú no sabes de estos asuntos, eres el único en Jerusalén que no ha oído estos rumores sobre Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso de palabra y de hecho ante Dios y todo el pueblo. Los altos sacerdotes y nuestros líderes lo entregaron a los romanos y demandaron que se le crucificara. Ahora pues, muchos de nosotros teníamos la esperanza de que él fuera el que liberaría a Israel del yugo de los gentiles. Pero eso no es todo. Hoy es el tercer día desde que fue crucificado, y unas mujeres este día nos asombraron declarando que muy temprano esta mañana fueron a su tumba y la encontraron vacía. Y estas mismas mujeres insisten que ellas han hablado con este hombre; sostienen que ha resucitado de entre los muertos. Cuando las mujeres informaron de esto a los hombres, dos de sus apóstoles corrieron a la tumba y del mismo modo la encontraron vacía», y aquí Jacobo interrumpió a su hermano para decir: «Pero no vieron a Jesús».
     
Mientras seguían caminando, Jesús les dijo: «¡Cuán lentos sois en comprender la verdad! Cuando me decís que estáis discutiendo las enseñanzas y las obras de este hombre, tal vez yo os pueda esclarecer, puesto que estoy más que familiarizado con estas enseñanzas. ¿Acaso no recordáis que este Jesús siempre enseñó que su reino no era de este mundo, y que todos los hombres, siendo hijos de Dios, debían encontrar la libertad y la emancipación en el regocijo espiritual de ser miembros de la hermandad del servicio amante en este nuevo reino de la verdad del amor del Padre celestial? ¿Acaso no recordáis cómo este Hijo del Hombre proclamó la salvación de Dios para todos los hombres, ministrando a los enfermos y afligidos y liberando a los que estaban encadenados por el temor y esclavisados por el mal? ¿Acaso no sabéis que este hombre de Nazaret dijo a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, ser entregado a sus enemigos, quienes lo pondrían a muerte, y que luego resucitaría al tercer día? ¿Acaso no habéis escuchado esto? ¿Y no habéis leído nunca en las Escrituras sobre este día de salvación de judíos y gentiles, donde dice que en él todas las familias de la tierra serán benditas; que él oirá el llanto de los necesitados y salvará el alma de los pobres que lo busquen; que todas las naciones lo llamarán bendito? Que ese Libertador será como la sombra de una gran roca sobre una tierra cansada. Que alimentará al rebaño como un buen pastor, juntando a las ovejas en sus brazos y llevándolas tiernamente en su regazo. Que abrirá los ojos de los que son ciegos espiritualmente y que traerá a los prisioneros de la desesperación a la plena libertad y luz; que todos los que están sentados en las tinieblas, verán la gran luz de la salvación eterna. Que él vendará a los quebrantados de corazón, publicará libertad a los cautivos del pecado, y abrirá la prisión de los que están esclavizados por el temor y encadenados por el mal. Que confortará a los que están de luto y les otorgará el regocijo de la salvación en lugar de la pena y de la pesadumbre. Que será el deseo de todas las naciones y la felicidad eterna de los que buscan la rectitud. Que este hijo de la verdad y de la rectitud se elevará en el mundo con luz curativa y poder salvador; incluso que salvará a su pueblo de sus pecados; que realmente buscará y salvará a los que se han descarriado. Que no destruirá a los débiles sino que ministrará salvación a todos los que tienen hambre y sed de rectitud. Que los que crean en él tendrán vida eterna. Que él derramará su espíritu sobre toda la carne, y que este Espíritu de la Verdad será en cada creyente un manantial de agua, que llegará hasta la vida eterna. ¿Acaso no comprendisteis cuán grande era el evangelio del reino que os entregó este hombre? ¿No percibís acaso cuán grande es la salvación que os ha llegado?».
     
A estas alturas, habían llegado cerca de la aldea donde vivían los dos hermanos. Los dos hombres no habían hablado palabra alguna desde que Jesús empezó a enseñarles mientras caminaban por el camino. Pronto llegaron frente a su humilde morada, y Jesús estaba a punto de despedirse de ellos, para proseguir su camino, pero lo instaron a que entrara y morara con ellos. Insistieron que era casi de noche y que se quedara con ellos. Finalmente Jesús consistió, y muy poco después entraron en la casa, y se sentaron a comer. Le dieron el pan para que lo bendijera, y al empezar él a romperlo para compartirlo con ellos, se les abrieron los ojos y Cleofas reconoció que su huésped era el Maestro mismo. Y cuando dijo, «es el Maestro—», el Jesús morontial desapareció de su vista.
     
Entonces se dijeron uno al otro: «¡Con razón nuestro corazón nos ardía en el pecho mientras él nos hablaba al caminar por la carretera. Y mientras abría para nosotros la puerta de la comprensión de las enseñanzas de las Escrituras!
     
No comieron. Habían visto al Maestro morontial, y salieron corriendo de la casa, dándose prisa en dirección a Jerusalén para difundir la buena nueva del Salvador resucitado.
      
Aproximadamente a las nueve de esa noche y justo antes de que el Maestro apareciera a los diez, estos dos hermanos excitados se abalanzaron sobre los apóstoles en el aposento superior, declarando que habían visto a Jesús y habían hablado con él. Y les dijeron todo lo que Jesús les había dicho a ellos, y cómo ellos no discernieron quién era él hasta el momento en que rompió el pan.

domingo, 24 de agosto de 2014

La aparición a los griegos.

Alrededor de las cuatro y media, en la casa de un tal Flavio, el Maestro hizo su sexta aparición morontial a unos cuarenta creyentes griegos allí reunidos. Mientras estaban ellos discutiendo los informes sobre la resurrección del Maestro, él se manifestó en su medio, a pesar de que las puertas estaban cerradas con seguro, y les habló diciendo: «Que la paz sea con vosotros. Aunque el Hijo del Hombre apareció en la tierra entre los judíos, él vino para ministrar a todos los hombres. En el reino de mi Padre no habrá ni judíos ni gentiles; seréis todos hermanos — los hijos de Dios. Id pues al mundo, proclamando este evangelio de salvación, así como lo habéis recibido de los embajadores del reino, y yo os recibiré en la comunión de la hermandad de los hijos de la fe y de la verdad del Padre». Cuando así les habló, se despidió, y no le volvieron a ver. Permanecieron dentro de la casa toda la noche, estaban demasiado sobrecogidos de pavor y temor para atreverse a salir. Tampoco durmieron estos griegos esa noche; permanecieron despiertos, discutiendo estas cosas y esperando que el Maestro los pudiera visitar nuevamente. En este grupo estaban muchos de los griegos que se encontraban en Getsemaní cuando los soldados arrestaron a Jesús después de que Judas le traicionó con un beso.
      
Los rumores de la resurrección de Jesús y los informes sobre las muchas apariciones a sus seguidores se estaban difundiendo rápidamente, y la ciudad entera estaba en un estado de tensa excitación. Ya el Maestro había aparecido ante su familia, las mujeres, y los griegos, y dentro de poco, se manifestaría entre los apóstoles. El sanedrín pronto está por empezar la discusión de estos nuevos problemas que tan repentinamente se han precipitado sobre los potentados judíos. Jesús piensa mucho acerca de sus apóstoles, pero desea que sigan estando solos por unas horas más, para que reflexionen solemnemente y consideren las cosas antes de que él los visite.

jueves, 21 de agosto de 2014

En la casa de José.

La quinta manifestación morontial de Jesús ante ojos mortales ocurrió en presencia de unas veinticinco mujeres creyentes reunidas en la casa de José de Arimatea, aproximadamente quince minutos después de las cuatro de este mismo domingo por la tarde. María Magdalena había vuelto de la casa de José unos pocos minutos antes de esta aparición. Santiago, el hermano de Jesús, había solicitado que nada se dijera a los apóstoles sobre la aparición del Maestro en Betania. No le había pedido a María que no informara a sus hermanas creyentes de este hecho. Por lo tanto, una vez que María hizo prometer a todas las mujeres que mantendrían el secreto, procedió a relatar lo que tan recientemente había sucedido mientras ella estaba con la familia de Jesús en Betania. Estaban precisamente en el medio de este relato apasionante, cuando cayó sobre ellas un silencio súbito y solemne; contemplaron entonces en su medio, la forma enteramente visible del Jesús resucitado. Él las saludó diciendo: «Que la paz sea con vosotras. En la comunidad del reino no habrá judíos ni gentiles, ricos ni pobres, libres ni esclavos, hombres ni mujeres. También sois llamadas a difundir la buena nueva de la liberación de la humanidad mediante el evangelio de la filiación con Dios en el reino del cielo. Id a todo el mundo proclamando este evangelio y confirmando a los creyentes en la fe del mismo. Mientras hacéis esto, no olvidéis ministrar a los enfermos y fortalecer a los que son de corazón débil y que se dejan dominar por el temor. Y estaré con vosotras siempre, aun hasta los confines de la tierra». Y cuando hubo hablado así, desapareció de su vista, mientras las mujeres caían de bruces y adoraban en silencio.
      
De las cinco apariciones morontiales de Jesús que ocurrieron hasta ese momento, María Magdalena presenció cuatro.
      
Como resultado del envío de los mensajeros al mediodía y como consecuencia de la filtración inconsciente de sugerencias sobre la aparición de Jesús en la casa de José, se corrió entre los líderes de los judíos, durante el anochecer, el rumor de que en la ciudad se decía que Jesús se había levantado de entre los muertos, y que muchas personas decían haberlo visto. Los sanedristas estaban muy perturbados por estos rumores. Después de una apresurada consulta con Anás, Caifás convocó al sanedrín para que se reuniera a las ocho de esa noche. En esta reunión se tomó la decisión de echar de la sinagoga a toda persona que mencionara la resurrección de Jesús. Aun se sugirió, que el que dijera haberlo visto debía ser puesto a muerte. Esta propuesta, sin embargo, no llegó a votación puesto que la reunión se levantó en una confusión tan grande que lindaba en el verdadero pánico. Se habían atrevido a pensar que estaban libres de Jesús. Ahora estaban por descubrir que sus problemas reales con el varón de Nazaret recién empezaban.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La aparición de Jesús en Betania.

Desde el momento de su resurrección morontial hasta la hora de su ascensión espiritual a lo alto, Jesús hizo diecinueve apariciones separadas en forma visible a sus creyentes en la tierra. No apareció ante sus enemigos ni tampoco ante los que no podían hacer uso espiritual de su manifestación en forma visible. Su primera aparición fue a las cinco mujeres junto al sepulcro; la segunda, a María Magdalena, también junto al sepulcro.

    
La tercera aparición ocurrió alrededor del mediodía de este domingo en Betania. Poco después del mediodía, el hermano mayor de Jesús, Santiago, estaba de pie en el jardín de Lázaro ante la tumba vacía del hermano resucitado de Marta y María, reflexionando sobre la noticia que el mensajero de David les había traído una hora antes. Santiago siempre tendió a creer en la misión de su hermano mayor en la tierra, pero desde hacía mucho había perdido el contacto con el trabajo de Jesús y se había dejado dominar por graves incertidumbres sobre las afirmaciones posteriores de los apóstoles de que Jesús era el Mesías. La familia entera estaba asombrada y prácticamente confundida por la noticia traída por el mensajero. Aun al estar Santiago de pie ante la tumba vacía de Lázaro, llegó María Magdalena para relatar a la familia con gran emoción sus experiencias de las primeras horas de la mañana junto a la tumba de José. Antes de que ella terminara, llegaron David Zebedeo y la madre de él. Ruth, por supuesto, creyó en el informe, como así también Judá, después de haber hablado con David y Salomé.
      
En el ínterin, mientras ellos buscaban a Santiago y antes de que lo encontraran, y mientras él estaba allí en el jardín cerca de la tumba, se apercibió de una presencia cercana, como si alguien le hubiera tocado el hombro; y cuando se volvió para mirar, contempló la aparición gradual de una forma extraña a su lado. Estaba demasiado asombrado para poder hablar y demasiado asustado para huir. Entonces, la extraña forma habló diciendo: «Santiago, he venido para llamarte al servicio del reino. Reúnete sinceramente con tus hermanos y sigue mis pasos». Cuando Santiago escuchó su nombre, supo que era su hermano mayor, Jesús, quien así le había hablado. Todos tenían mayores o menores dificultades en reconocer la forma morontial del Maestro, pero pocos de ellos tenían problema alguno en reconocer su voz o en identificar de otra manera su encantadora personalidad cuando él se comunicaba con ellos.
      
Cuando Santiago percibió que Jesús le estaba dirigiendo la palabra, quiso echarse a sus pies, exclamando: «Padre mío y hermano mío», pero Jesús le dijo que se pusiera de pie mientras él le hablaba. Caminaron por el jardín y conversaron casi tres minutos; hablaron de las experiencias de días pasados y pronosticaron los eventos del futuro cercano. Cuando se acercaron a la casa, Jesús dijo: «Adiós, Santiago, hasta que os reciba a todos juntos».
      
Santiago entró corriendo a la casa, mientras ellos lo buscaban en Betfagé, exclamando: «Acabo de ver a Jesús, y de hablar con él; yo conversé con él. No está muerto; ¡ha resucitado! Se desapareció de ante mí, diciendo, `Adiós, hasta que os reciba a todos juntos'». Apenas acababa de hablar cuando retornó Judá, y volvió a relatar la experiencia de encontrar a Jesús en el jardín, para que la escuchara Judá. Todos ellos comenzaron a creer en la resurrección de Jesús. Santiago anunció seguidamente que no volvería a Galilea, y David exclamó: «Ya no sólo las emotivas mujeres lo ven; aún hombres de corazón fuerte han empezado a verlo. Espero verlo yo también».
      
David no tuvo que esperar mucho, porque la cuarta aparición de Jesús ante una presencia mortal ocurrió poco antes de las dos de la tarde en esta misma casa de Marta y María, cuando él apareció visiblemente ante su familia terrenal y sus amigos, veinte en total. El Maestro apareció junto a la puerta de atrás, que estaba abierta, diciendo: «Que la paz sea con vosotros. Salutaciones para los que estuvieron junto a mí en la carne, y hermandad para mis hermanas y hermanos en el reino del cielo. ¿Cómo pudisteis dudar? ¿Por qué habéis titubeado tanto antes de elegir seguir de todo corazón la luz de la verdad? Venid, por tanto, todos vosotros a la hermandad del Espíritu de la Verdad en el reino del Padre». Cuando ellos se recuperaron de la primera impresión y del asombro y se le acercaron con la intención de abrazarlo, él desapareció de su vista.
      
Todos querían correr a la ciudad para decir a los apóstoles incrédulos lo que había ocurrido, pero Santiago los detuvo. Tan sólo se le permitió a María Magdalena volver a la casa de José. Santiago prohibió que ellos difundieran el hecho de esta visita morontial, debido a ciertas cosas que Jesús le había dicho mientras conversaba con él en el jardín. Pero Santiago nunca reveló nada más de la conversación que tuvo con el Maestro resucitado este día en la casa de Lázaro en Betania.

sábado, 9 de agosto de 2014

Los heraldos de la resurreción.

Los apóstoles no querían que Jesús los dejara. Por lo tanto no prestaron atención a todas sus declaraciones sobre la muerte así como también sus promesas de volver a levantarse. No esperaban la resurrección como ocurrió, y se negaron a creer hasta enfrentarse con la compulsión de una prueba indiscutible y la comprobación absoluta de su propia experiencia.
      
 Cuando los apóstoles se negaron a creer en el informe de las cinco mujeres que dijeron que habían visto a Jesús y habían hablado con él, María Magdalena volvió al sepulcro, y las demás regresaron a la casa de José, donde relataron su experiencia a la hija de José y a las demás mujeres. Las mujeres creyeron en ese informe. Poco después de las seis, la hija de José de Arimatea y las cuatro mujeres que habían visto a Jesús fueron a la casa de Nicodemo, y allí relataron todos estos acontecimientos a José, Nicodemo, David Zebedeo, y los demás hombres que estaban allí reunidos. Nicodemo y los demás dudaron de este relato, dudaron de que Jesús hubiera resucitado de entre los muertos; conjeturaron que los judíos habían sacado el cadáver. José y David estaban dispuestos a creer en el informe, tanto que se fueron de prisa a inspeccionar la tumba, y encontraron que todo estaba tal como las mujeres lo habían descrito. Fueron los últimos en ver así el sepulcro, porque el sumo sacerdote envió al capitán de los guardianes del templo a la tumba, a las siete y media, para llevarse los mantos fúnebres. El capitán los envolvió en la sábana de lino y los arrojó a un precipicio cercano.
      
Desde la tumba, David y José fueron inmediatamente a la casa de Elías Marcos, donde conferenciaron con los diez apóstoles en el aposento superior. Sólo Juan Zebedeo estaba dispuesto a creer, aunque vagamente, que Jesús se había levantado de entre los muertos. Pedro lo había creído al principio pero, cuando no encontró al Maestro, comenzó a dudar seriamente. Estaban todos dispuestos a creer que los judíos se habían llevado el cadáver. David no quiso discutir con ellos, pero cuando se fue, dijo: «Vosotros sois los apóstoles y deberíais comprender estas cosas. Yo no voy a argüir con vosotros; sin embargo, ahora vuelvo a la casa de Nicodemo, donde, según nuestro acuerdo, me encontraré con los mensajeros esta mañana, y cuando se hayan reunido, los enviaré en su última misión, como heraldos de la resurrección del Maestro. Yo le oí al Maestro decir que, después de su muerte, se levantaría al tercer día, y le creo». Hablando así a los deprimidos y abandonados embajadores del reino, este autonombrado jefe de comunicaciones e inteligencia se despidió de los apóstoles. Camino del aposento superior dejó caer en el regazo de Mateo Leví la bolsa de Judas, que contenía todos los fondos apostólicos.
      
Eran aproximadamente las nueve y media cuando el último de los veintiséis mensajeros de David llegó a la casa de Nicodemo. David prontamente los reunió en el espacioso patio y les dirigió la palabra:
      
«Hombres y hermanos, todo este tiempo me habéis servido de acuerdo con vuestro juramento ante mí y ante vosotros mismos, y os llamo a testimonio de que no he enviado nunca falsa información por medio de vosotros. Estoy a punto de enviaros en vuestra última misión como mensajeros voluntarios del reino, y al hacer así os libero de vuestro juramento y por ello estoy disolviendo este cuerpo de mensajeros. Hombres, yo os declaro que hemos terminado nuestra obra. El Maestro ya no necesita de mensajeros mortales; él se ha levantado de entre los muertos. Él nos dijo antes de que lo arrestaran que moriría, y que se levantará al tercer día. Yo he visto el sepulcro: está vacío. He hablado con María Magdalena y otras cuatro mujeres, quienes hablaron con Jesús. Ahora yo disuelvo este grupo, me despido de vosotros, y os envío en vuestra tarea respectiva, y el mensaje que llevaréis a los creyentes es: `Jesús se ha levantado de entre los muertos; la tumba está vacía'».
      
La mayoría de los que estaban presentes trataron de persuadir a David de que no lo hiciera. Pero no pudieron influir sobre él. Entonces, trataron de disuadir a los mensajeros, pero éstos no escuchaban expresiones de incertidumbre. Así pues, poco después de las diez de la mañana del domingo, estos veintiséis corredores salieron como primeros heraldos del poderoso verdad-hecho del Jesús resucitado. Y comenzaron esta misión como habían comenzado tantas otras, satisfaciendo su juramento ante David Zebedeo y ante ellos mismos. Estos hombres tenían gran confianza en David. Partieron en esta tarea sin siquiera detenerse para hablar con los que habían visto a Jesús; creyeron en la palabra de David. La mayoría de ellos creía en lo que David les había dicho, y aun los que dudaban un tanto, llevaron el mensaje de la misma manera certera y rápida.
     
Los apóstoles, el cuerpo espiritual del reino, están este día reunidos en el aposento superior, y allí manifiestan temor y expresan dudas, mientras que estos laicos, que representan el primer intento de socialización del evangelio del Maestro de la hermandad del hombre, bajo las órdenes de su líder audaz y eficiente, salen para proclamar al Salvador resucitado de un mundo y de un universo. Y emprenden este servicio pletórico aun antes de que sus representantes elegidos estén dispuestos a creer en su palabra o a aceptar la prueba de los testigos.
      
Estos veintiséis fueron despachados a la casa de Lázaro en Betania, y a todos los centros de creyentes, desde Beerseba en el sur hasta Damasco y Sidón en el norte; y desde Filadelfia en el este hasta Alejandría en el oeste.
     
Cuando David se hubo despedido de sus hermanos, fue a la casa de José a buscar a su madre, y salieron de Betania para reunirse con la familia de Jesús que aguardaba. David moró allí en Betania con Marta y María hasta después de disponer ellas de sus posesiones terrenales, y las acompañó cuando partieron para reunirse con su hermano Lázaro, en Filadelfia.
      
Aproximadamente una semana desde ese día, Juan Zebedeo llevó a María la madre de Jesús a su casa en Betsaida. Santiago, el hermano mayor de Jesús, permaneció con su familia en Jerusalén. Ruth se quedó en Betania con las hermanas de Lázaro. El resto de la familia de Jesús volvió a Galilea. David Zebedeo partió de Betania con Marta y María, camino a Filadelfia, en la primera parte de junio, el día siguiente de celebrar esponsales con Ruth, la hermana menor de Jesús.

martes, 5 de agosto de 2014

Las apariciones morontiales de Jesús.

EL JESÚS resucitado se prepara para pasar un corto período en Urantia, con el objeto de experimentar la carrera morontial ascendente de un mortal de los reinos. Aunque este tiempo de la vida morontial se pasará en el mundo de su encarnación mortal, será sin embargo en todos los aspectos la contraparte de la experiencia de los mortales de Satania que pasan a través de la vida morontial progresiva en los siete mundos de estancia de Jerusem.
      
Todo este poder inherente en Jesús —el don de vida— que le permitió levantarse de los muertos, es el don mismo de vida eterna que él otorga a los creyentes del reino, y que aun ahora proporciona la certeza de la resurrección de los vínculos de la muerte natural.
     
Los mortales de los reinos se levantarán en la mañana de la resurrección con el mismo tipo de cuerpo de transición o morontial que Jesús tenía cuando se levantó de la tumba ese domingo por la mañana. Estos cuerpos no tienen circulación sanguínea, ni comparten de los alimentos materiales comunes; sin embargo, estas formas morontiales son reales. Cuando los distintos creyentes vieron a Jesús después de su resurrección, realmente lo vieron, no fueron víctimas autoengañadas de visiones ni de alucinaciones.
      
La fe absoluta en la resurrección de Jesús fue la característica cardinal de la fe de todas las ramas de las primeras enseñanzas del evangelio. En Jerusalén, Alejandría, Antioquía y Filadelfia, todos los maestros del evangelio se unieron en esta fe implícita en la resurrección del Maestro.
      
Al considerar el papel prominente que jugó María Magdalena en la proclamación de la resurrección del Maestro, es importante notar que María era la portavoz principal del cuerpo de mujeres, así como Pedro lo era de los apóstoles. María no era la jefa de las mujeres, pero sí era su maestra jefa y su portavoz pública. María se había vuelto altamente circunspecta, de manera que su atrevimiento al dirigir la palabra a un hombre que ella consideraba ser el cuidador del jardín de José sólo indica cuán horrorizada estaba por haber encontrado vacía la tumba. Fue la profundidad y agonía de su amor, la plenitud de su devoción, lo que causó que ella olvidara, por un momento, las limitaciones convencionales impuestas a la forma en que una mujer judía podía dirigirse a un hombre extraño.

martes, 22 de julio de 2014

Pedro y Juan junto a la tumba.

Mientras los dos apóstoles corrían hacia el Gólgota en dirección a la tumba de José, los pensamientos de Pedro alternaban entre terror y esperanza; temía encontrar al Maestro, pero su esperanza resurgía, por el relato de que Jesús le había enviado un mensaje especial. Estaba casi persuadido de que Jesús estaba realmente vivo; recordó la promesa de que resucitaría al tercer día. Es extraño decirlo, pero hasta este momento, mientras corría él en dirección al norte, cruzando Jerusalén, no había pensado en esta promesa. Mientras Juan se daba prisa saliendo de la ciudad, un éxtasis extraño de regocijo y esperanza inundaba su alma. Estaba casi convencido de que las mujeres realmente habían visto al Maestro resucitado.
      
Juan, como era más joven que Pedro, corrió más rápido y llegó primero a la tumba. Juan permaneció en la entrada contemplando la tumba, que era tal como María la había descrito. Poco después llegó corriendo Simón Pedro y, entrando, vio la misma tumba vacía con los mantos fúnebres tan singularmente dispuestos. Cuando Pedro salió, Juan también entró y lo vio todo, y luego se sentaron en la piedra para reflexionar sobre el significado de lo que habían visto y oído. Mientras estaban allí, reflexionaron sobre todas las cosas que ellos habían oído sobre Jesús, pero no podían percibir claramente qué había sucedido.
      
Primero Pedro sugirió que la tumba había sido saqueado, que los enemigos habían robado los restos, tal vez sobornando a los centinelas. Pero Juan razonó que la tumba no habría quedado tan ordenada si se hubieran robado el cadáver, y también se preguntó cómo podía ser que los vendajes hubieran quedado aparentemente intactos. Nuevamente volvieron al sepulcro para examinar más cuidadosamente los mantos fúnebres. Al salir de la tumba la segunda vez encontraron a María Magdalena que había vuelto y lloraba junto a la entrada. María había ido a ver a los apóstoles, en la creencia de que Jesús había resucitado de la tumba pero cuando todos ellos se negaron a creer en su informe, se deprimió y no sabía qué pensar. Deseaba volver junto a la tumba, donde le pareció que había oído la voz familiar de Jesús.
     
Mientras María permanecía allí después de la partida de Pedro y Juan, el Maestro se le apareció nuevamente, diciendo: «No dudes; ten el valor de creer en lo que has visto y oído. Vuelve adonde mis apóstoles y nuevamente diles que yo he resucitado, que apareceré ante ellos, y que finalmente caminaré delante de ellos a Galilea como lo prometí».
      
María se dio prisa de vuelta a la casa de Marcos y dijo a los apóstoles que nuevamente había hablado con Jesús, pero ellos no quisieron creerle. Pero cuando volvieron Pedro y Juan, los demás ya no se mofaron de María, sino que se llenaron de temor y aprensión.

domingo, 20 de julio de 2014

El descubrimiento de la tumba vacía.

A medida que nos acercamos al momento de la resurrección de Jesús, este domingo por la madrugada, es bueno recordar que los diez apóstoles permanecían en la casa de Elías y María Marcos, durmiendo en el aposento superior, descansando en los mismos divanes en los que se habían reclinado durante la última cena con su Maestro. Este domingo por la mañana estaban todos allí reunidos, excepto Tomás. Tomás permaneció con ellos por unos minutos cuando se reunieron inicialmente tarde por la noche del sábado, pero, ver a los apóstoles, y pensando a la vez en lo que le había sucedido a Jesús, fue demasiado para él. Contempló a sus asociados e inmediatamente abandonó el cuarto, yéndose a la casa de Simón en Betfagé, donde pensaba lamentarse de sus tribulaciones a solas. Todos los apóstoles sufrían, no tanto por la duda y la desesperación sino más bien por el temor, la pena y la vergüenza.
      
En la casa de Nicodemo se encontraban reunidos, con David Zebedeo y José de Arimatea, unos doce o quince de los más prominentes discípulos de Jesús en Jerusalén. En la casa de José de Arimatea había unas quince a veinte de las principales mujeres creyentes. Estas mujeres eran las únicas que moraban en la casa de José, y como se habían quedado adentro durante las horas del sábado y las de la noche después del sábado, no sabían que había una guardia militar vigilando la tumba; tampoco sabían que habían hecho rodar una segunda piedra frente a la tumba, y que ambas piedras habían sido selladas con el sello de Pilato.
      
Poco antes de las tres de la mañana de este domingo, cuando empezaron a aparecer los albores del día al este, cinco de estas mujeres salieron en dirección al sepulcro de Jesús. Habían preparado abundancia de lociones especiales para embalsamar, y llevaban muchos vendajes de lino con ellas. Querían preparar mejor el cuerpo de Jesús con los ungüentos fúnebres y envolverlo más cuidadosamente con vendajes nuevos.
      
Las mujeres que salieron en esta misión de ungir el cuerpo de Jesús fueron: María Magdalena, María la madre de los gemelos Alfeo, Salomé la madre de los hermanos Zebedeo, Joana la mujer de Chuza, y Susana la hija de Ezra de Alejandría.
      
Eran aproximadamente las tres y media cuando las cinco mujeres, cargadas con sus ungüentos, llegaron frente a la tumba vacía. Al salir por la puerta de Damasco, encontraron a un grupo de soldados que huía despavorido hacia la ciudad, y esto hizo que se detuvieran ellas por unos minutos; pero como no ocurrió nada más, prosiguieron.
      
 Mucho se sorprendieron cuando vieron que la piedra de la entrada del sepulcro estaba corrida, puesto que al emprender el camino comentaron entre ellas: «¿Quién nos ayudará a hacer rodar la piedra?» Apoyaron su carga en el suelo, intercambiando miradas de temor y gran asombro. Titubearon allí de pie, temblando de miedo, María Magdalena se aventuró a asomarse, dándole la vuelta a la piedra más pequeña, hasta atreverse a entrar al sepulcro abierto. Este sepulcro de José estaba situado en su jardín, en la pendiente de la colina, sobre la vertiente este del camino, y también miraba al este. A esta hora temprana, apenas si había suficiente luz del amanecer del nuevo día para que María mirara hacia el sitio en donde yacían los restos del Maestro, y discerniera que ya no estaban allí. En el nicho de piedra donde había yacido Jesús, María vio tan sólo el paño doblado sobre el que reposara su cabeza y los vendajes que le habían envuelto, intactos, dispuestos sobre la laja tal cual lo habían estado antes de que las huestes celestiales sacaran el cuerpo. La sábana que lo cubría yacía al pie del nicho fúnebre.


      
Después de permanecer María en la entrada del sepulcro por unos momentos (inicialmente no pudo distinguir claramente dentro del sepulcro), vio que ya no estaba el cadáver de Jesús y que en su lugar tan sólo quedaban las envolturas fúnebres, y dio un grito de alarma y angustia. Todas las mujeres estaban enormemente nerviosas; estaban sobre ascuas desde que se toparon con los soldados despavoridos junto a la puerta de la ciudad, y cuando María gritó de angustia, cayeron presas del terror, huyendo de gran prisa. Corrieron sin detenerse para nada todo el camino hasta la puerta de Damasco. Allí, a Joana le remordió la conciencia por haber abandonado a María; reunió a sus compañeras, y se encaminaron nuevamente al sepulcro.
      
Se iban acercando a la tumba, cuando Magdalena, despavorida, aun más espantada porque al salir de la tumba descubrió que sus hermanas no la estaban esperando, corrió hacia ellas, exclamando agitadamente: «No está —¡se lo han llevado!» y las condujo de vuelta a la tumba, y todas ellas entraron y vieron que estaba vacía.
      
Las cinco mujeres se sentaron entonces sobre la piedra cerca de la entrada y discutieron la situación. Aún no se les había ocurrido que Jesús hubiera resucitado. Habían permanecido a solas todo el día sábado, y conjeturaron que el cuerpo había sido trasladado a otro lugar de reposo. Pero al reflexionar sobre tal solución de su dilema, no pudieron entender por qué los mantos fúnebres estaban tan ordenadamente dispuestos; ¿cómo podían haber sacado el cuerpo si los vendajes mismos en los que estaba envuelto habían quedado en la misma posición y aparentemente intactos sobre el anaquel fúnebre?
      
Mientras estas mujeres estaban allí sentadas en las horas tempranas del amanecer de este nuevo día, miraron hacia un lado y observaron a un extraño silencioso e inmóvil. Nuevamente se asustaron por un instante, pero María Magdalena, corriendo hacia él y dirigiéndosele como si pensara que tal vez fuera el jardinero, dijo: «¿Dónde habéis llevado al Maestro? ¿Dónde lo han enterrado? Dínoslo para que podamos ir y buscarlo». Como el extraño no le contestó a María, ella se puso a llorar. Entonces les habló Jesús, diciendo: «¿A quién buscáis?» María dijo: «Buscamos a Jesús, quien fue enterrado para reposar en el sepulcro de José, pero se ha ido. ¿Sabes tú adónde le han llevado?» Entonces dijo Jesús: «¿Acaso no os dijo este Jesús, aun en Galilea, que moriría, pero que volvería a resucitar?» Estas palabras asombraron a las mujeres, pero el Maestro tanto había cambiado, que ellas no le reconocieron cuando él se encontraba allí, de espaldas ante la escasa luz. Mientras ellas reflexionaban sobre sus palabras, él se dirigió a Magdalena con voz conocida, diciendo: «María». Cuando ella oyó esa palabra bien conocida de misericordia y salutación afectuosa, supo que era la voz del Maestro, y se arrojó de rodillas a sus pies exclamando: «¡Mi Señor, y mi Maestro!» Y todas las demás mujeres reconocieron que era el Maestro quien estaba de pie ante ellas en forma glorificada, y rápidamente se arrodillaron ante él.

      
Estos ojos humanos pudieron ver la forma morontial de Jesús debido al ministerio especial de los transformadores y de los seres intermedios, en asociación con algunas de las personalidades morontiales que en ese entonces acompañaban a Jesús.
      
Al intentar María abrazar sus pies, Jesús dijo: «No me toques, María, porque no soy como me conociste en la carne. En esta forma permaneceré con vosotros por una temporada antes de ascender al Padre. Pero id, todas vosotras, ahora y decid a mis apóstoles, y a Pedro, que yo he resucitado, y que habéis hablado conmigo».
    
Después de que estas mujeres se recobraron de la impresión y del asombro, se dieron prisa de vuelta a la ciudad y a la casa de Elías Marcos, donde relataron a los diez apóstoles todo lo que les había ocurrido; pero los apóstoles no estaban dispuestos a creerles. Pensaron primero que las mujeres habían visto una visión, pero cuando María Magdalena repitió las palabras que Jesús les había dicho, y cuando Pedro oyó su nombre, él salió corriendo del aposento alto, seguido de cerca por Juan, dándose gran prisa para llegar a la tumba y ver estas cosas por sí mismo.
     
Las mujeres repitieron a los otros apóstoles su relato de cómo habían hablado con Jesús, pero ellos no les creyeron; tampoco quisieron ir para ver con sus propios ojos, como lo habían hecho Pedro y Juan.

martes, 15 de julio de 2014

La resurrección dispensacional.

Poco después de las cuatro y media de este domingo por la madrugada, Gabriel convocó a su lado a los arcángeles y se preparó para inaugurar la resurrección general del fin de la dispensación adánica en Urantia. Cuando las vastas huestes de serafines y de querubines que participaban en este gran acontecimiento se organizaron en formación apropiada, apareció ante Gabriel, el Micael morontial diciendo: «Así como mi Padre tiene vida en sí mismo, también ha dado al Hijo el poder de tener vida en sí mismo. Aunque todavía no he vuelto a tomar plenamente el ejercicio de la jurisdicción universal, esta limitación autoimpuesta no restringe de ninguna manera el don de la vida sobre mis hijos dormidos; que se comience a pasar lista para la resurrección planetaria».

    
El circuito de los arcángeles operó entonces por primera vez desde Urantia. Gabriel y las huestes de arcángeles se trasladaron al sitio de la polaridad espiritual del planeta; y cuando Gabriel dio la señal, se transmitió su voz al primero de los mundos de estancia del sistema diciendo: «Por mandato de Micael, ¡dejad que se levanten los muertos de una dispensación de Urantia!» Entonces, todos los sobrevivientes de las razas humanas de Urantia que habían caído en el sueño desde los días de Adán, y que aún no habían sido juzgados, aparecieron en las salas de resurrección del grupo de mundos de estancia, prontos para la investidura morontial. En un instante de tiempo, los serafines y sus asociados se prepararon para partir hacia los mundos de estancia. Ordinariamente estos guardianes seráficos, anteriormente asignados a la custodia de grupo de estos mortales sobrevivientes, habrían estado presentes, en el momento del despertar, en las salas de resurrección del grupo de mundos de estancia, pero en este momento se encontraban en este mundo mismo porque la presencia de Gabriel era necesaria aquí en relación con la resurrección morontial de Jesús.
     
A pesar de que incontables seres con sus guardianes seráficos personales y los que habían alcanzado el nivel requerido de progreso de la personalidad espiritual habían progresado a los mundos de estancia en las eras subsiguientes a los tiempos de Adán y Eva, y aunque había habido muchas resurrecciones especiales y milenarias de los hijos de Urantia, ésta era la tercera ocasión en que se pasaba lista planetaria, o sea la tercera resurrección dispensacional completa. La primera ocurrió al tiempo de la llegada del Príncipe Planetario, la segunda durante los tiempos de Adán, y ésta, la tercera, señaló la resurrección morontial, el tránsito mortal, de Jesús de Nazaret.
      
Cuando el jefe de los arcángeles recibió la señal de la resurrección planetaria, el Ajustador Personalizado del Hijo del Hombre renunció a su autoridad sobre las huestes celestiales reunidas en Urantia, transfiriendo nuevamente a todos estos hijos del universo local a la jurisdicción de sus comandantes respectivos. Y cuando hubo hecho esto, él partió en dirección a Salvingtón para registrar ante Emanuel la culminación del tránsito mortal de Micael. Y fue seguido inmediatamente por todas las huestes celestiales que no hacían falta en Urantia. Pero, Gabriel permaneció en Urantia con el Jesús morontial.
      
Éste es pues el relato de los acontecimientos de la resurrección de Jesús visto por los que tuvieron la oportunidad de presenciarlos mientras realmente ocurrían, sin las limitaciones de una visión humana parcial y restringida.

domingo, 6 de julio de 2014

El cuerpo material de Jesús.

A las tres y diez, mientras el Jesús resurgido fraternizaba con las personalidades morontiales reunidas de los siete mundos de estancia de Satania, el jefe de los arcángeles —los ángeles de la resurrección— se acercó a Gabriel y pidió el cuerpo mortal de Jesús. Dijo el jefe de los arcángeles: «Se entiende que no participemos en la resurrección morontial de la experiencia autootorgadora de Micael nuestro soberano; pero quisiéramos que sus restos mortales fueran entregados a nuestra custodia para su disolución inmediata. No tenemos la intención de utilizar nuestra técnica de desmaterialización; simplemente queremos invocar el proceso del tiempo acelerado. Basta con que hayamos presenciado la vida y la muerte del Soberano en Urantia; las huestes celestiales querrían ahorrarse el recuerdo de soportar el espectáculo de la lenta putrefacción de la forma humana del Creador y Sostenedor de un universo. En nombre de las inteligencias celestiales de todo Nebadon, solicito un mandato que se me entregue la custodia de los restos mortales de Jesús de Nazaret y que nos dé la autoridad para proceder a su disolución inmediata».
       
Después de conferenciar Gabriel con el decano de los Altísimos de Edentia, el arcángel portavoz de las huestes celestiales recibió el permiso para disponer de los restos físicos de Jesús de la manera que él considerara apropiada.
      
Una vez que el jefe de los arcángeles obtuvo el permiso, llamó a muchos de sus semejantes para que le ayudaran, juntamente con numerosas huestes de representantes de todas las órdenes de las personalidades celestiales y, con la ayuda de los seres intermedios de Urantia, se hizo cargo del cuerpo físico de Jesús. Este cuerpo mortal era una creación puramente material; era físico y literal; no se lo podía sacar de la tumba en la forma en que escapara del sepulcro sellado la forma morontial de la resurrección. Con la ayuda de ciertas personalidades auxiliares morontiales, la forma morontial puede transformarse en cierto momento como en espíritu, volviéndose indiferente a la materia común, mientras que en otro momento puede ser discernible y accesible por los seres materiales, tales como los mortales del reino.
      
Para sacar el cuerpo de Jesús del sepulcro, en preparación para disponer de los restos digna y reverentemente mediante una disolución casi instantánea, a los seres intermedios secundarios de Urantia se les dio la tarea de hacer rodar las piedras de la entrada de la tumba. La más grande de las dos piedras era una gran roca redonda, semejante a una rueda de molino, y se movía dentro de una huella abierta en la roca, de modo que se la podía hacer rodar hacia atrás y hacia adelante para abrir o cerrar la tumba. Cuando los guardianes judíos y los soldados romanos, en la escasa luz de la madrugada, vieron que esa enorme piedra comenzaba a rodar abriendo la entrada de la tumba, aparentemente por sí sola —en ausencia de todo medio visible que explicara tal movimiento— los dominó el terror y el pánico, y huyeron del sitio de prisa. Los judíos huyeron a su casa, volviendo más tarde para relatar estas cosas a su capitán en el templo. Los romanos huyeron al fuerte de Antonia e informaron al centurión sobre lo que habían visto en cuanto él llegó al cuartel.
      
Los líderes judíos se metieron en la sórdida tarea de supuestamente deshacerse de Jesús, sobornando al traicionero Judas; ahora, al enfrentarse con esta situación embarazosa, en vez de pensar que castigaran a los guardianes por haber abandonado su puesto, ellos los sobornaron, así como también a los soldados romanos. Pagaron una suma de dinero a cada uno de estos veinte hombres y les instruyeron que dijeran a todos: «Durante la noche, mientras estábamos durmiendo, se precipitaron sobre nosotros los discípulos y se llevaron el cuerpo». Y los líderes judíos prometieron solemnemente a los soldados que los defenderían ante Pilato en caso de que alguna vez el gobernador se enterase de que ellos se habían dejado sobornar.
      
La creencia cristiana de la resurrección de Jesús se ha basado en el hecho de la «tumba vacía». Fue en verdad un hecho de que la tumba estaba vacía, pero ésta no fue la verdad de la resurrección. La tumba estaba realmente vacía cuando llegaron los primeros creyentes, y este hecho, asociado con el de la resurrección indudable del Maestro, llevó a la formulación de una creencia que no era verdad: la enseñanza de que el cuerpo material y mortal de Jesús había resucitado del sepulcro. La verdad relacionada con las realidades espirituales y los valores eternos, no siempre puede deducirse de la combinación de hechos aparentes. Aunque ciertos hechos pueden ser materialmente verdad, esto no significa que la asociación de un grupo de hechos deba necesariamente conducir a conclusiones espirituales verdaderas.
     
La tumba de José estaba vacía, no porque el cuerpo de Jesús hubiera sido rehabilitado ni resucitado, sino porque las huestes celestiales habían solicitado, y recibido el permiso, para realizar una disolución especial y singular, un retorno del «polvo al polvo» evitando la intervención del paso del tiempo y el efecto de los procesos ordinarios y visibles de la descomposición mortal y la corrupción material.
      
Los restos mortales de Jesús sufrieron el mismo proceso natural de desintegración de los elementos que caracteriza a todos los cuerpos humanos en la tierra, excepto que, en cuanto al paso del tiempo, este modo natural de disolución fue grandemente acelerado, hasta el punto en que se volvió casi instantáneo.
      
Las verdaderas pruebas de la resurrección de Micael son de naturaleza espiritual, aunque esta enseñanza haya sido corroborada por el testimonio de muchos mortales del reino que se encontraron con el Maestro morontial resucitado, lo reconocieron, y comulgaron con él. Él fue parte de la experiencia personal de casi mil seres humanos, antes de despedirse finalmente de Urantia.