«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 12 de junio de 2016

El significado de Pentecostés

Jesús vivió en la tierra y enseñó un evangelio que redimía al hombre de la superstición de que él era hijo del mal y lo elevaba a la dignidad de ser hijo de Dios por la fe. El mensaje de Jesús, tal como él lo predicó y lo vivió en su época, fue una solución eficaz a las dificultades espirituales del hombre, en la época en que se lo propuso. Y ahora, puesto que él como persona se ha ido del mundo, envía en su lugar a su Espíritu de la Verdad, destinado a vivir en el hombre y, para cada nueva generación, formular de nuevo el mensaje de Jesús para que cada nuevo grupo de mortales que aparezca sobre la superficie de la tierra tenga una versión nueva y actualizada del evangelio, un esclarecimiento personal y una guía colectiva que sea una solución eficaz a las siempre cambiantes y variadas dificultades espirituales del hombre.
      
La primera misión de este espíritu es, por supuesto, fomentar y personalizar la verdad, puesto que la comprensión de la verdad es lo que constituye la forma más elevada de libertad humana. En segundo lugar es propósito de este espíritu destruir la sensación de orfandad del creyente. Siendo que Jesús estuvo entre los hombres, todos los creyentes experimentarían una sensación de soledad de no ser por el advenimiento del Espíritu de la Verdad, destinado a morar en el corazón de los hombres.
     
Este otorgamiento del espíritu del Hijo preparó eficazmente la mente de todos los hombres normales para el otorgamiento universal subsiguiente del espíritu del Padre (el Ajustador) sobre toda la humanidad. En cierto sentido, este Espíritu de la Verdad es el espíritu tanto del Padre Universal como del Hijo Creador.
     
No cometas el error de esperar que tendrás intelectualmente una poderosa conciencia del Espíritu de la Verdad derramado. El espíritu no crea nunca una conciencia de sí mismo, sino tan sólo una conciencia de Micael, el Hijo. Desde el principio, Jesús enseñó que el espíritu no hablaría de sí mismo. La prueba, por lo tanto, de tu asociación con el Espíritu de la Verdad no se puede encontrar en tu conciencia de este espíritu sino más bien en tu experiencia de una asociación enaltecida con Micael.
      
El espíritu también vino para ayudar a los hombres a recordar y comprender las palabras del Maestro, así como también para iluminar y volver a interpretar su vida en la tierra.
      
También, el Espíritu de la Verdad vino para ayudar al creyente a atestiguar las realidades de las enseñanzas de Jesús y de su vida tal como la vivió en la carne, y tal como él ahora nuevamente la vive otra vez en cada creyente de cada generación de hijos de Dios llenados del espíritu.
      
Así pues es evidente que el Espíritu de la Verdad viene en realidad para conducir a todos los creyentes a toda la verdad, al conocimiento cada vez más amplio de la experiencia de la conciencia espiritual viva y creciente de la realidad de la filiación con Dios eterna y ascendente.
      
Jesús vivió una vida que es una revelación del hombre sometido a la voluntad del Padre, no un ejemplo que cada hombre deba intentar seguir al pie de la letra. Su vida en la carne, juntamente con su muerte en la cruz y subsiguiente resurrección, terminaron por transformarse en un nuevo evangelio del rescate pagado como precio para liberar al hombre de las garras del malvado —de la condenación de un Dios ofendido. Sin embargo, aunque el evangelio fue grandemente distorsionado, sigue siendo un hecho que este nuevo mensaje sobre Jesús conllevaba muchas de las verdades y enseñanzas fundamentales de su previo evangelio del reino. Tarde o temprano, estas verdades ocultas de la paternidad de Dios y de la hermandad de los hombres emergerán para transformar eficazmente las civilizaciones de la humanidad entera.
      
Pero estos errores del intelecto no interfirieron de modo alguno con el gran progreso del creyente en crecimiento espiritual. En menos de un mes después del advenimiento del Espíritu de la Verdad, los apóstoles progresaron espiritualmente como individuos, más que durante los casi cuatro años de asociación personal y amante con el Maestro. Tampoco interfirió en modo alguno esta sustitución del evangelio salvador de la verdad de la filiación con Dios por el hecho de la resurrección de Jesús, con la rápida difusión de sus enseñanzas; al contrario, el hecho de que las nuevas enseñanzas sobre su persona y resurrección opacaron el mensaje de Jesús, pareció facilitar grandemente la predicación de la buena nueva.
     
El término «bautismo del espíritu», cuyo uso comenzó a generalizarse alrededor de esta época, significó simplemente la recepción consciente de este don del Espíritu de la Verdad y el reconocimiento personal de este nuevo poder espiritual, como acrecentamiento de todas las influencias espirituales previamente experimentadas por las almas conocedoras de Dios.
      
A partir del envío del Espíritu de la Verdad, el hombre está sujeto a la enseñanza y guía de una triple dote espiritual: el espíritu del Padre, el Ajustador del Pensamiento; el espíritu del Hijo, el Espíritu de la Verdad; el espíritu del Espíritu, el Espíritu Santo.
      
En cierto modo, la humanidad está sujeta a la doble influencia del llamado séptuplo de las influencias espirituales del universo. Las primeras razas evolucionarias de los mortales están sometidas al contacto progresivo de los siete espíritus ayudantes de la mente del Espíritu Materno del universo local. A medida que el hombre progresa hacia arriba en la escala de la inteligencia y de la percepción espiritual, ulteriormente llegan a él y moran en él las siete influencias de los espíritus superiores. Y estos siete espíritus de los mundos en avance son:
      
1. El espíritu otorgado por el Padre universal —los Ajustadores del Pensamiento.
      
2. La presencia espiritual del Hijo Eterno —la gravedad espiritual del universo de los universos y el canal certero de toda comunión espiritual.
      
3. La presencia espiritual del Espíritu Infinito —el espíritu-mente universal de toda la creación, la fuente espiritual del parentesco intelectual de todas las inteligencias progresivas.
     
4. El espíritu del Padre Universal y del Hijo Creador —el Espíritu de la Verdad, generalmente considerado el espíritu del Hijo del Universo.
      
5. El espíritu del Espíritu Infinito y del Espíritu Materno del Universo —el Espíritu Santo, generalmente considerado el espíritu del Espíritu del Universo.
      
6. El espíritu de mente del Espíritu Materno del Universo —los siete espíritus ayudantes de la mente en el universo local.
      
7. El espíritu del Padre, los Hijos y los Espíritus —el espíritu de nuevo nombre de los mortales ascendentes de los reinos después de la fusión del alma mortal nacida del espíritu con el Ajustador del Pensamiento del Paraíso, y después del subsiguiente alcance de la divinidad y la glorificación del estado del Cuerpo de Finalistas del Paraíso.
      
Así pues, el don del Espíritu de la Verdad trajo al mundo y a sus pobladores el último de los dones espirituales, cuyo propósito es ayudar a la búsqueda ascendente de Dios.

martes, 31 de mayo de 2016

El sermón de Pentecostés

Los apóstoles habían permanecido ocultos durante cuarenta días. Ocurrió que este día era el festival judío de Pentecostés, y miles de visitantes de todas partes del mundo se encontraban en Jerusalén. Muchos habían llegado para esta festividad, pero la mayoría se había quedado en la ciudad desde la Pascua. Ahora, estos aterrados apóstoles emergieron de sus semanas de reclusión, apareciendo audazmente en el templo en el que comenzaron a predicar el nuevo mensaje de un Mesías resucitado. Y asimismo todos los discípulos tenían conciencia de haber recibido una nueva dote espiritual de discernimiento y poder.
     
Eran aproximadamente las dos cuando Pedro se puso de pie, en el mismo lugar en que su Maestro había enseñado por última vez en el templo, y pronunció ese llamado apasionado que resultó en la ganancia para el reino de más de dos mil almas. El Maestro ya no estaba, pero de pronto ellos descubrieron que el relato sobre él ejercía gran poder sobre el pueblo. No es de extrañar que fueron llevados a la proclamación ulterior de lo que reinvidicaba su previa devoción a Jesús y al mismo tiempo, tan fuertemente instaba a los hombres a creer en él. Seis de los apóstoles participaron en esta reunión: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Mateo. Hablaron más de una hora y media y pronunciaron mensajes en griego, hebreo y aramaico, así como también algunas pocas palabras en otras lenguas de las que tenían un ligero conocimiento.
     
Los líderes de los judíos estaban estupefactos frente a la audacia de los apóstoles, pero tuvieron miedo de importunarlos debido al gran número de gente que creía en este relato.
     
Para las cuatro y media, más de dos mil nuevos creyentes siguieron a los apóstoles hasta el estanque de Siloé, donde Pedro, Andrés, Santiago y Juan los bautizaron en nombre del Maestro. Ya era de noche cuando terminaron de bautizar a la multitud.
      
Pentecostés era el gran festival del bautismo, la época en la que se aceptaban como miembros a los prosélitos de la puerta, aquellos gentiles que deseaban servir a Yahvé. Por lo tanto era más probable que grandes números de judíos y gentiles se sometieran al bautismo en este día. Al hacerlo, no se separaban de manera alguna de la fe judía. Aun por cierto tiempo después, los creyentes de Jesús constituyeron una secta dentro del judaísmo. Todos ellos, incluyendo los apóstoles, seguían siendo leales a los requisitos sustanciales del sistema ceremonial judío.

domingo, 1 de mayo de 2016

El advenimiento del espiritu de la verdad.

Aproximadamente a la una, mientras estaban unos ciento cincuenta creyentes orando, se apercibieron de una extraña presencia en el cuarto. Al mismo tiempo, estos discípulos tuvieron conciencia de una sensación nueva y profunda, de felicidad, seguridad y confianza espirituales. Esta nueva conciencia de fuerza espiritual fue seguida inmediatamente por un fuerte impulso a salir y proclamar públicamente el evangelio del reino y la buena nueva de que Jesús había resucitado de entre los muertos.
      
Pedro se puso de pie y declaró que éste debía ser el advenimiento del Espíritu de la Verdad que el Maestro les había prometido y propuso que fueran al templo y empezaran la proclamación que les había sido encomendada de la buena nueva. Y ellos hicieron lo que Pedro sugería.
      
Estos hombres habían sido entrenados e instruidos para que predicaran el evangelio de la paternidad de Dios y la filiación del hombre, pero en ese preciso momento de éxtasis espiritual y triunfo personal, lo que ellos consideraron la noticia más importante, la mejor nueva, era el hecho del Maestro resucitado. Así pues salieron, dotados del poder de lo alto, predicando buenas nuevas al pueblo —incluso la salvación a través de Jesús— pero inintencionalmente cayeron en el error de sustituir algunos de los hechos relacionados con el evangelio por el mensaje mismo del evangelio. Pedro sin querer inició este error, y otros lo siguieron hasta llegar a Pablo, quien creó una nueva religión basada en la nueva versión de la buena noticia.
      
El evangelio del reino es: el hecho de la paternidad de Dios, combinado con la verdad resultante de la filiación-hermandad de los hombres. El cristianismo, tal como se desarrolló de ese día en adelante, es: el hecho de Dios como Padre del Señor Jesús Cristo, en asociación con la experiencia de la comunidad de creyentes con el Cristo resucitado y glorificado.
      
No es extraño que estos hombres infusos por el espíritu se aferraran de esta oportunidad para expresar su sentimiento de triunfo sobre las fuerzas que habían tratado de destruir a su Maestro y poner fin a la influencia de sus enseñanzas. En un momento como éste, era más fácil recordar la asociación personal con Jesús y entusiasmarse con la certeza de que el Maestro aún vivía, que su amistad no había terminado y que en efecto el espíritu había descendido sobre ellos como él había prometido.
     
Estos creyentes se sentían de pronto trasladados a otro mundo, a una nueva existencia de gozo, poder y gloria. El Maestro les había dicho que el reino vendría con poder, y algunos de ellos pensaron que comenzaban a discernir lo que él quería decir.
      
Cuando se toma todo esto en consideración, no es difícil comprender como estos hombres llegaron a predicar un nuevo evangelio sobre Jesús en lugar de su mensaje anterior de la paternidad de Dios y de la fraternidad de los hombres.

domingo, 3 de enero de 2016

Pedro convoca una reunión

Actuando bajo instrucciones de Pedro, Juan Marcos y otros salieron para convocar a los discípulos principales a la casa de María Marcos. A las diez y media, ciento veinte de los principales discípulos de Jesús que vivían en Jerusalén se habían congregado para escuchar el relato del mensaje de adiós del Maestro y para enterarse de su ascensión. En esta compañía se encontraba María la madre de Jesús. Ella había vuelto a Jerusalén con Juan Zebedeo cuando los apóstoles retornaron de su reciente estadía en Galilea. Poco después de Pentecostés, ella volvió a la casa de Salomé en Betsaida. Santiago, el hermano de Jesús, también estaba presente en esta reunión, la primera conferencia de los discípulos del Maestro que fuera convocada después de la terminación de su carrera planetaria.
      
Simón Pedro se encargó de hablar en nombre de sus compañeros apóstoles, e hizo un relato emocionante de la última reunión de los once con su Maestro ilustrando de la manera más conmovedora el adiós final del Maestro y su desaparición en virtud de la ascensión. Fue una reunión como nunca había ocurrido en este mundo. Esta parte de la reunión no duró más de una hora. Pedro explicó entonces que había decidido elegir a un sucesor de Judas Iscariote, y que se dispondría de un intervalo para que los apóstoles decidieran entre los dos hombres que habían sido sugeridos para esta posición: Matías y Justo.
      
Los once apóstoles entonces fueron al piso de abajo, y allí acordaron echar la suerte para determinar cual de estos hombres se volvería un apóstol para servir en lugar de Judas. Matías fue quien ganó, y fue declarado el nuevo apóstol; fue debidamente puesto a cargo y luego nombrado tesorero. Pero Matías tuvo poco que ver con las actividades subsiguientes de los apóstoles.
      
Poco después de Pentecostés, los gemelos volvieron a sus casas en Galilea. Simón el Zelote permaneció en retiro cierto tiempo, antes de salir a predicar el evangelio. Tomás se preocupó por un período de tiempo más corto y luego reanudó sus enseñanzas. Natanael tuvo cada vez más diferencias de opinión con Pedro en cuanto a la predicación sobre Jesús en lugar de la proclamación del original evangelio del reino. Este desacuerdo se tornó tan agudo a mediados del mes siguiente, que Natanael se retiró, yendo a Filadelfia para visitar a Abner y Lázaro. Después de permanecer allí más de un año, prosiguió hasta las tierras más allá de la Mesopotamia predicando el evangelio tal como él lo entendía.
      
Todo esto significó que tan sólo quedaron seis de los doce apóstoles originales que se convirtieron en actores en el escenario de la primera proclamación del evangelio en Jerusalén: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Mateo.
      
Alrededor del mediodía, los apóstoles volvieron con sus hermanos al aposento superior y anunciaron que Matías había sido elegido nuevo apóstol. Entonces Pedro invitó a todos los creyentes a orar, para que estuvieran preparados adecuadamente para recibir el don del espíritu, que el Maestro prometió enviar.

domingo, 29 de noviembre de 2015

La ascención del maestro.

 Eran casi las siete y media de este jueves 18 de mayo por la mañana, cuando Jesús llegó a la pendiente occidental del Monte Oliveto con sus once silenciosos y un tanto confundidos apóstoles. Desde esta ubicación, unos dos tercios del camino por la vertiente ascendente de la montaña, podían contemplar a Jerusalén y Getsemaní. Jesús se preparaba ahora para decir su último adiós a los apóstoles antes de despedirse de Urantia. Al estar él de pie entre ellos, sin que él les pidiera se arrodillaron a su alrededor en círculo, y el Maestro dijo:
     
«Os exhorté que os quedarais en Jerusalén hasta que recibierais el poder de lo alto. Ahora estoy por despedirme de vosotros; estoy por ascender a mi Padre, y pronto, muy pronto, enviaremos a este mundo de mi estadía el Espíritu de la Verdad; y cuando él haya llegado, comenzaréis la nueva proclamación del evangelio del reino, primero en Jerusalén y luego en todos los rincones de la tierra. Amad a los hombres con el amor con el cual yo os he amado a vosotros y servid a vuestros semejantes mortales así como yo os he servido. Mediante los frutos espirituales de vuestra vida, incitad a las almas a creer en la verdad de que el hombre es hijo de Dios, y que todos los hombres son hermanos. Recordad todo lo que yo os he enseñado y la vida que he vivido entre vosotros. Mi amor os sobrecogerá, mi espíritu morará con vosotros, y mi paz velará sobre vosotros. Adiós».
     




Después de hablar así el Maestro morontial desapareció de su vista. Esta así llamada ascensión de Jesús no fue de ninguna manera diferente de sus otras desapariciones de la visión mortal durante los cuarenta días de su carrera morontial en Urantia.

      
El Maestro fue a Edentia por el camino de Jerusem, donde los Altísimos, vigilados por el Hijo del Paraíso, liberaron a Jesús de Nazaret del estado morontial y, por los canales espirituales de la ascensión, lo restauraron al estado de filiación Paradisiaca y soberanía suprema en Salvingtón.
      
Eran aproximadamente las siete y cuarenta y cinco de esta mañana cuando el Jesús morontial desapareció de la vista de los once apóstoles para comenzar la ascensión a la diestra de su Padre, y allí recibir la confirmación formal de su soberanía completada del universo de Nebadon.

domingo, 9 de agosto de 2015

Las causas de la caida de Judas.

Fue en la primera parte del mensaje de adiós del Maestro a sus apóstoles en la que aludió él a la pérdida de Judas y mencionó el trágico hado de su traidor compañero de trabajo como solemne advertencia contra los peligros del aislamiento social y fraternal. Acaso sea útil para los creyentes, en esta era y en eras por venir, recordar brevemente las causas de la caída de Judas a la luz de las observaciones del Maestro y en vista del esclarecimiento acumulado a través de los siglos sucesivos.
      
Al considerar esta tragedia, concebimos que Judas se desvió, principalmente, porque era acentuadamente una personalidad autoaislada, una personalidad cerrada y alejada de los contactos sociales comunes. Persistentemente se negó a confiar en sus hermanos apóstoles y a fraternizar libremente con ellos. Pero su personalidad tendiente al aislamiento no habría desencadenado por sí sola tanta maldad en Judas de no ser por el hecho de que él no logró crecer en el amor y en la gracia espiritual. Además, para empeorar aun más las cosas, alimentó él persistentemente rencores y fomentó enemigos psicológicos tales como la venganza y el anhelo generalizado de «cobrárselas» a alguien por todas sus desilusiones.
      
Esta desafortunada combinación de características individuales y tendencias mentales se confabuló para destruir a un hombre bien intencionado, que no logró dominar estos males mediante el amor, la fe y la confianza. Está claro que la caída de Judas no era inevitable, tal como se demuestra en el caso de Tomás y de Natanael, quienes fueron azotes del mismo tipo de sentimientos de desconfianza y un superdesarrollo de tendencias individualísticas. Aun Andrés y Mateo tenían muchas tendencias de este tipo; pero todos estos hombres crecieron en un amor cada vez mayor por Jesús y sus hermanos apóstoles a medida que pasaba el tiempo. Crecieron en la gracia y en el conocimiento de la verdad. Confiaron cada vez más en sus hermanos y poco a poco desarrollaron la capacidad de fiarse en sus compañeros. Judas se negó persistentemente a fiarse de sus hermanos. Cuando se vio obligado, por una acumulación de sus conflictos emocionales, a buscar el alivio de la autoexpresión, invariablemente buscó el consejo y recibió el consuelo necio de sus parientes no espirituales o de aquellos conocidos casuales que eran no sólo indiferentes, sino verdaderamente hostiles, al bienestar y progreso de las realidades espirituales del reino celestial, del cual él era uno de los doce consagrados embajadores en la tierra.
      
Judas fue derrotado en sus batallas en la lucha terrenal debido a los siguientes factores de tendencias personales y debilidades de carácter:

1. Era un tipo de persona que tendía a aislarse. Era altamente individualista y eligió crecer tornándose cada vez menos sociable y más encerrado en sí mismo.
      
2. De niño, se le había hecho la vida demasiado fácil a él. Resentía amargamente la derrota. Siempre esperaba ganar; no sabía perder con donaire.
      
3. No adquirió nunca una técnica filosófica para enfrentarse con el desencanto. En vez de aceptar las desilusiones como características comunes y regulares de la existencia humana, infaliblemente recurrió a la práctica de culpar a una persona en particular o al grupo de sus asociados por todas sus dificultades y desilusiones personales.
      
4. Era rencoroso; constantemente alimentaba la idea de vengarse.
      
5. No le gustaba enfrentarse francamente con los hechos; era deshonesto en su actitud hacia las situaciones de la vida.
      
6. Le disgustaba hablar de sus problemas personales con sus asociados inmediatos; se negaba a hablar de sus dificultades con sus verdaderos amigos y con los que realmente lo amaban. Durante todos los años de su asociación, no recurrió ni una sola vez al Maestro con un problema puramente personal.
      
7. No aprendió nunca que las verdaderas recompensas de una vida noble son, en última instancia, los premios espirituales, que no siempre se distribuyen durante la corta vida en la carne.
      
Como resultado de su persistente aislamiento de personalidad, sus penas se multiplicaron, sus congojas crecieron, sus ansiedades aumentaron, y su desesperación se profundizó casi más allá de lo soportable.
  
Aunque este apóstol egocéntrico y ultraindividualista tenía muchos problemas psíquicos, emocionales y espirituales, sus dificultades principales eran: en personalidad, él se aislaba. Mentalmente, era suspicaz y vengativo. En temperamento, era agrio y vindictivo. Emocionalmente, no tenía ni amor ni perdón. Socialmente, no confiaba en nadie, era casi completamente contenido en sí mismo. En espíritu, se volvió arrogante, ambicioso y egoísta. En la vida ignoró a los que lo amaban y en la muerte, no tuvo amigo ninguno.
      
Éstos son pues los factores mentales e influencias del mal que, tomados todos juntos, explican por qué un creyente en Jesús con buenas intenciones y de otra manera previamente sincero, aun después de varios años de asociación íntima con la personalidad transformadora de Jesús, abandonó a sus hermanos, repudió una causa sagrada, renunció al sagrado llamado y traicionó a su divino Maestro.

domingo, 2 de agosto de 2015

La última aparición en Jerusalén.

El jueves 1 de mayo por la mañana temprano, Jesús hizo su última aparición en la tierra como personalidad morontial. Cuando los once apóstoles estaban a punto de sentarse para compartir el desayuno en el aposento superior de la casa de María Marcos, Jesús apareció ante ellos y les dijo:
     
«Que la paz sea con vosotros. Os he pedido que os quedéis aquí en Jerusalén hasta que yo ascienda al Padre, aun hasta que yo os envíe el Espíritu de la Verdad, que pronto será derramado sobre toda la carne y que os dotará de poder desde lo alto.» Simón el Zelote interrumpió a Jesús, preguntando: «Entonces, Maestro, ¿restaurarás el reino, y veremos nosotros la gloria de Dios manifestada en la tierra?» Cuando Jesús hubo escuchado la pregunta de Simón, respondió: «Simón, aún te afierras a tus viejas ideas del Mesías judío y del reino material. Pero recibirás poder espiritual después de que el espíritu haya descendido sobre vosotros, y luego iréis a todo el mundo predicando este evangelio del reino. Así como el Padre me envió al mundo, así os envío yo. Y deseo que os améis unos a los otros y que confiéis los unos en los otros. Judas ya no está con vosotros, porque se enfrió su amor, y porque se negó a confiar en vosotros, sus leales hermanos. ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras donde está escrito: `No es bueno para el hombre estar solo. Ningún hombre vive para sí mismo'? Y también allí donde dice: ¿`el que quiere tener amigos debe mostrarse amigo'? Y ¿acaso no os envié a enseñar de dos en dos, para que no estuvierais solos y no cayerais en la maldad y las tristezas del aislamiento? También sabéis bien que, cuando vivía en la carne, no me permití a mí mismo estar a solas por largos períodos. Desde el comienzo mismo de nuestra asociación tuve siempre a dos o tres de vosotros constantemente a mi lado o muy cerca de mí, aun cuando comulgaba con el Padre. Confiad, pues, los unos en los otros. Y esto es aun más necesario ahora, puesto que este día yo os dejo solos en el mundo. La hora ha llegado; estoy por irme al Padre».
     
Cuando hubo hablado les indicó con un gesto que fueran con él, y los condujo afuera hasta el Monte de los Olivos, donde les dijo adiós preparándose para partir de Urantia. Fue éste un viaje solemne al Oliveto. Nadie habló una sola palabra desde el momento en que salieron del aposento superior hasta que Jesús se detuvo con ellos en el Monte de los Olivos.

jueves, 23 de julio de 2015

La aparición en Fenicia.

La aparición morontial decimoctava del Maestro fue en Tiro, el martes 16 de mayo, poco antes de las nueve de la noche. Nuevamente apareció al final de una reunión de creyentes que estaban a punto de dispersarse, diciendo:
      
«Que la paz sea con vosotros. Vosotros os regocijáis de saber que el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los muertos porque así sabéis que vosotros y vuestros hermanos también sobreviviréis al fallecimiento mortal. Pero esa sobrevivencia depende de que hayáis nacido primero del espíritu de búsqueda de la verdad y descubrimiento de Dios. El pan y el agua de la vida se otorgan tan sólo a los que tienen hambre de verdad y sed de rectitud —de Dios. El hecho de que los muertos resucitan, no constituye el evangelio del reino. Estas grandes verdades y estos hechos del universo están todos relacionados con este evangelio en cuanto son una parte del resultado de creer la buena nueva y están comprendidos en la experiencia subsiguiente de los que, por la fe, se tornan, de hecho y en verdad, en hijos sempiternos del Dios eterno. Mi Padre me envió a este mundo para proclamar a todos los hombres esta salvación de filiación. Así yo os envío a que prediquéis esta salvación de filiación. La salvación es el don de Dios, pero los que nacen del espíritu, comienzan inmediatamente a rendir los frutos del espíritu en servicio amante de sus semejantes. Y los frutos del espíritu divino cosechados en la vida de los mortales nacidos del espíritu y conocedores de Dios son: servicio amante, devoción altruista, lealtad valiente, justicia sincera, honestidad esclarecida, esperanza sin fin, confianza incondicionada, ministerio misericordioso, bondad infalible, tolerancia clemente y paz duradera. Si los creyentes profesos no rinden estos frutos del espíritu divino en su vida, están muertos. El Espíritu de la Verdad no está en ellos; son ramas inútiles de una vid viva y pronto serán podadas. Mi Padre requiere que todos los hijos de la fe rindan muchos frutos del espíritu. Si por lo tanto vosotros no sois fructíferos, él cavará alrededor de vuestras raíces y podará vuestras ramas estériles. Cada vez más debéis rendir los frutos del espíritu, a medida que progresáis hacia el cielo en el reino de Dios. Podéis entrar al reino como un niño, pero el Padre requiere que crezcáis por la gracia, a la plena estatura del adulto espiritual. Cuando vayáis a decir a todas las naciones la buena nueva del evangelio, yo iré delante de vosotros, y mi Espíritu de la Verdad morará en vuestro corazón. Mi paz os dejo».
      
Entonces desapareció el Maestro de su vista. Al día siguiente salieron de Tiro los que llevaron este relato a Sidón y aún a Antioquía y Damasco. Jesús había estado con estos creyentes cuando vivía en la carne, y rápidamente le reconocieron en cuanto empezó a enseñarles. Aunque sus amigos no podían reconocer prontamente su forma morontial cuando ésta fue hecha visible, sí reconocían rápidamente su personalidad, en cuanto él les dirigía la palabra.

domingo, 19 de julio de 2015

La aparición en Sicar.

A eso de las cuatro de la tarde del sábado 13 de mayo, el Maestro apareció ante Nalda y unos setenta y cinco creyentes samaritanos junto al pozo de Jacob en Sicar. Los creyentes acostumbraban a reunirse en este lugar, cerca del sitio donde Jesús habló a Nalda sobre el agua viva. Este día, en el momento en que terminaban su conversación sobre la noticia de la resurrección, Jesús apareció repentinamente ante ellos diciendo:
     
«Que la paz sea con vosotros. Os regocijáis de saber que yo soy la resurrección y la vida, pero esto de nada os servirá a menos que primero nazcáis del espíritu eterno, llegando así a poseer por la fe, el don de la vida eterna. Si sois hijos de mi Padre por la fe, no moriréis jamás, no pereceréis. El evangelio del reino os enseñó que todos los hombres son hijos de Dios. Y esta buena nueva sobre el amor del Padre celestial por sus criaturas en la tierra, debe ser difundida por todo el mundo. El momento ha llegado en que ya no adoraréis a Dios ni en Gerizim ni en Jerusalén, sino donde estéis, como estéis, en espíritu y en verdad. Es vuestra fe la que salva vuestra alma. La salvación es el don de Dios, para todos los que creen que son sus hijos. Pero no os engañéis; aunque la salvación es un don gratuito de Dios y es otorgada a los que la aceptan por la fe, lo que sigue es la experiencia de rendir los frutos de esta vida espiritual tal como se la vive en la carne. La aceptación de la doctrina de la paternidad de Dios implica que también aceptéis libremente la verdad asociada de la hermandad del hombre. Si el hombre es tu hermano, él es aun más que tu prójimo, a quien el Padre exige que ames como a ti mismo. Tu hermano pertenece a tu familia; así pues, lo amarás no sólo con el afecto familiar sino que también lo servirás como te servirías a ti mismo. Y amaréis y serviréis a vuestro hermano de este modo porque vosotros, siendo mis hermanos, así habéis sido amados y servidos por mí. Id pues por todo el mundo, difundiendo la buena nueva a todas las criaturas de todas las razas, tribus y naciones. Mi espíritu irá delante de vosotros, y yo estaré siempre con vosotros».
      
Estos samaritanos mucho se asombraron con esta aparición del Maestro, y de prisa se fueron a las ciudades y aldeas vecinas donde difundieron la nueva de que habían visto a Jesús, y que les había hablado. Y ésta fue la decimoséptima aparición morontial del Maestro.

Las apariciones finales y la ascension.

LA DECIMOSEXTA manifestación morontial de Jesús ocurrió el viernes 5 de mayo, en el patio de Nicodemo, a eso de las nueve de la noche. Esa noche los creyentes de Jerusalén intentaron reunirse por primera vez desde la resurrección. Estaban congregados aquí en este momento los once apóstoles, el cuerpo de mujeres y sus asociadas, y unos cincuenta discípulos importantes del Maestro, incluyendo a varios griegos. Este grupo de creyentes había estado conversando casualmente por más de media hora, cuando de pronto, el Maestro morontial apareció a plena vista e inmediatamente comenzó a instruirlos. Dijo Jesús:      
«Que la paz sea con vosotros. Éste es el grupo más representativo de creyentes —apóstoles y discípulos, hombres y mujeres— ante el cual yo haya aparecido, desde el momento de mi liberación de la carne. Os llamo ahora a testimonio de que os dije de antemano que mi estadía entre vosotros tendría fin. Yo os dije que finalmente debo volver al Padre. Luego os dije claramente de qué manera me entregarían los altos sacerdotes y los líderes de los judíos, para que fuera yo puesto a muerte, y que me levantaría de la tumba. ¿Por qué, pues, os dejasteis perturbar por todo esto cuando sucedió? ¿Por qué tanto os sorprendisteis cuando me levanté del sepulcro al tercer día? Vosotros no creísteis en mí, porque escuchasteis mis palabras sin comprender su significado.
     
«Ahora pues debéis prestar oído a mis palabras, para no cometer nuevamente el error de oír mis enseñanzas con la mente mientras vuestro corazón no comprende el significado. Desde el comienzo de mi estadía como uno de vosotros, os enseñé que mi único propósito era revelar a mi Padre en el cielo a sus hijos en la tierra. He vivido el autootorgamiento revelador de Dios para que vosotros pudieseis experimentar la carrera del que conoce a Dios. He revelado a Dios, como vuestro Padre en el cielo; os he revelado a vosotros, como hijos de Dios en la tierra. Es un hecho de que Dios os ama a vosotors, a sus hijos. Por la fe en mi palabra, este hecho se torna una verdad eterna y viva en vuestro corazón. Cuando, por la fe viva, os tornéis divinamente conscientes de Dios, naceréis del espíritu como hijos de la luz y de la vida, aun la vida eterna en la cual ascenderéis al universo de los universos y alcanzaréis la experiencia de encontrar a Dios el Padre en el Paraíso.
      
«Os advierto que recordéis siempre que vuestra misión entre los hombres es la proclamación del evangelio del reino —la realidad de la paternidad de Dios y la verdad de la filiación del hombre. Proclamad toda la verdad de la buena nueva, no tan sólo una parte del evangelio salvador. Vuestro mensaje no ha de cambiar por mi experiencia de resurrección. La filiación con Dios por la fe sigue siendo la verdad salvadora del evangelio del reino. Debéis salir predicando el amor de Dios y el servicio al hombre. Lo que el mundo necesita más que nada saber es: los hombres son hijos de Dios, y por la fe pueden en verdad realizar, y diariamente experimentar, esta verdad ennoblecedora. Mi autootorgamiento debe ayudar a todos los hombres a conocer que ellos son hijos de Dios, pero ese conocimiento no es suficiente si personalmente no captan por la fe la verdad salvadora de que ellos son los hijos de espíritu vivientes del Padre eterno. El evangelio del reino comprende el amor del Padre y el servicio de sus hijos en la tierra.
      
«Entre vosotros, compartís aquí, el conocimiento de que yo he resucitado de entre los muertos, pero eso no es extraño. Yo tengo el poder de poner mi vida y tomarla nuevamente; el Padre otorga ese poder a sus Hijos del Paraíso. Más bien, que vuestro corazón se estremezca por el conocimiento de que los muertos de una era ingresaron a la ascensión eterna poco después de que yo salí de la nueva tumba de José. Viví mi vida en la carne para mostraros cómo vosotros podréis, mediante el servicio amante, tornaros reveladores de Dios a vuestros semejantes así como, amándoos a vosotros y sirviéndoos, yo me he tornado revelador de Dios a vosotros. He vivido entre vosotros como el Hijo del Hombre para que vosotros, y todos los demás hombres, podáis conocer que de veras sois hijos de Dios. Por lo tanto, id pues al mundo predicando este evangelio del reino del cielo a todos los hombres. Amad a todos los hombres así como yo os he amado; servid a vuestros semejantes mortales así como yo os he servido. Habéis recibido libremente, dad libremente. Permaneced aquí en Jerusalén solamente hasta que yo vaya al Padre y os envíe el Espíritu de la Verdad. Él os guiará a una verdad más amplia, y yo iré con vosotros a todo el mundo. Estoy con vosotros siempre, y mi paz os dejo».
      
Cuando el Maestro hubo hablado, desapareció de su vista. Era casi el alba cuando los creyentes se dispersaron; toda esa noche permanecieron juntos, discutiendo intensamente las admoniciones del Maestro y discurriendo todo lo que les había ocurrido. Santiago Zebedeo y otros de los apóstoles también relataron sus experiencias con el Maestro morontial en Galilea y recitaron cómo se les había aparecido tres veces.

martes, 6 de enero de 2015

La reunión junto al lago.

La noticia de las apariciones de Jesús se estaba difundiendo por todo Galilea, y cada día llegaban más creyentes a la casa de Zebedeo para preguntar sobre la resurrección del Maestro y averiguar la verdad sobre estas supuestas apariciones. Pedro comunicó, a principios de la semana, que celebraría una reunión pública junto al lago, el próximo sábado a las tres de la tarde.
     
Por lo tanto, el sábado 29 de abril, a las tres de la tarde, más de quinientos creyentes de los alrededores de Capernaum se reunieron en Betsaida para escuchar a Pedro predicar su primer sermón público desde la resurrección. La elocuencia del apóstol fue notable, y después de terminar él su emocionante discurso, pocos de los oyentes dudaron de que el Maestro había resucitado de entre los muertos.
     
Pedro terminó su sermón diciendo: «Afirmamos que Jesús de Nazaret no está muerto, declaramos que se ha levantado de la tumba; proclamamos que lo hemos visto y hemos hablado con él». En el momento en que terminaba de pronunciar esta declaración de fe, allí, a su lado, a plena vista de toda la gente, apareció el Maestro en forma morontial y, hablándoles con voz conocida, dijo: «Que la paz sea con vosotros, y mi paz os dejo». Después de aparecer así y decir estas palabras, desapareció de su vista. Fue ésta la decimoquinta manifestación morontial de Jesús resucitado.
      
Debido a ciertas cosas que Jesús dijo a los once mientras estaban conferenciando con él en el monte de la ordenación, los apóstoles recibieron la impresión de que su Maestro haría finalmente una aparición pública ante un grupo de creyentes galileos y que, después de dicho acontecimiento, ellos debían regresar a Jerusalén. Por lo tanto, al día siguiente, domingo 30 de abril, los once partieron temprano de Betsaida en dirección a Jerusalén. Hicieron mucha enseñanza y predicación mientras bajaban a lo largo del Jordán, de modo que no llegaron a la casa de los Marcos en Jerusalén hasta tarde el día miércoles, 3 de mayo.
     
Éste fue un regreso triste a casa para Juan Marcos. Unas pocas horas antes de llegar él a su casa, su padre, Elías Marcos, murió repentinamente de una hemorragia cerebral. Aunque la idea de la certeza de la resurrección de los muertos, hizo mucho para consolar a los apóstoles en su dolor, al mismo tiempo lloraron sinceramente la pérdida de este buen amigo, que los había apoyado audazmente, aun en momentos de grandes problemas y desencantos. Juan Marcos hizo todo lo que pudo para consolar a su madre y, hablando por ella, invitó a los apóstoles a que siguieran considerando su casa la casa de ella. Y los once instalaron su centro de operaciones en el aposento superior hasta después del día de Pentecostés.
     
Los apóstoles premeditadamente habían entrado a Jerusalén después de la caída de la noche, para que no los vieran las autoridades judías. Tampoco aparecieron en público en relación con el funeral de Elías Marcos. Durante todo el día siguiente permanecieron en calma reclusión en este pletórico aposento superior.
    
El jueves por la noche los apóstoles tuvieron una estupenda reunión en este aposento superior y se prometieron a sí mismos salir a predicar públicamente el nuevo evangelio del Señor resucitado, excepto Tomás, Simón el Zelote y los gemelos Alfeo. Ya habían dado los primeros pasos que transformarían el evangelio del reino —filiación de Dios y hermandad del hombre— en una proclamación de la resurrección de Jesús. Natanael se opuso a este cambio de énfasis en el mensaje público, pero no pudo detener la elocuencia de Pedro y el entusiasmo de los discípulos, especialmente de las mujeres creyentes.
     
Así pues, bajo el vigoroso liderazgo de Pedro y antes de que el Maestro ascendiera al Padre, sus bien intencionados representantes comenzaron el sutil proceso de una transformación paulatina y certera de la religión de Jesús a una nueva forma modificada de religión sobre Jesús.

viernes, 2 de enero de 2015

En el monte de la ordenación.

Al mediodía del sábado 22 de abril, los once apóstoles se reunieron tal como indicado en la colina cerca de Capernaum, y Jesús apareció entre ellos. Este encuentro ocurrió en el mismo monte en que el Maestro los había apartado como sus apóstoles y como embajadores del reino del Padre en la tierra. Y era ésta la decimocuarta manifestación morontial del Maestro.
      
En esta ocasión los once apóstoles se arrodillaron formando un círculo alrededor del Maestro, le oyeron repetir los encargos y le vieron volver a representar la escena de la ordenación así como cuando fueron apartados por primera vez para el trabajo especial del reino. Todo esto fue para ellos como una recordación de su consagración al servicio del Padre, excepto por la oración del Maestro. Ahora, cuando el Maestro —el Jesús morontial— oró, fue en tonos de majestad y con palabras de poder tales como los apóstoles nunca habían oído antes. Su Maestro hablaba ahora con los gobernantes de los universos como el que, en su propio universo, tenía en sus manos pleno poder y autoridad. Estos once hombres no olvidaron nunca la experiencia de la rededicación morontial a las promesas previas de embajadores. El Maestro pasó tan sólo una hora en este monte con sus embajadores, y después de despedirse de ellos con afecto, desapareció de su vista.
      
Nadie vio a Jesús durante una semana entera. Los apóstoles realmente no sabían qué hacer, sin saber si el Maestro había ido al Padre. En este estado de incertidumbre, permanecieron en Betsaida. No se atrevían a irse de pesca por si él venía a visitarlos y ellos no lo veían. Durante toda esa semana, Jesús estuvo ocupado con las criaturas morontiales en la tierra y con los asuntos de la transición morontial que estaba experimentando en este mundo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Las conversaciones con los apóstoles de dos en dos.

Cuando terminaron el desayuno y mientras los demás estaban sentados junto al fuego, Jesús señaló a Pedro y a Juan que le acompañaran caminando por la playa. Mientras iban caminando, Jesús le dijo a Juan: «Juan, ¿me amas?» Cuando Juan contestó: «Sí, Maestro, con todo mi corazón», el Maestro dijo: «Entonces, Juan, abandona tu intolerancia y aprende a amar a los hombres así como yo te he amado a ti. Dedica tu vida a la demostración de que el amor es la cosa más grande del mundo. Es el amor de Dios el que impulsa a los hombres a buscar la salvación. El amor es el antecesor de toda bondad espiritual, la esencia de lo verdadero y de lo bello».
      
Jesús se volvió entonces a Pedro y preguntó: «Pedro, ¿me amas?» Pedro contestó: «Señor, tú sabes que te amo con toda mi alma». Entonces dijo Jesús: «Si tú me amas, Pedro, apacienta a mis corderos. No olvides ministrar a los débiles, los pobres, los jóvenes y los niños. Predica el evangelio sin temor ni favor; siempre recuerda que Dios no hace acepción de personas. Sirve a tus semejantes aun como yo te he servido a ti; perdona a tus semejantes mortales aun como yo te he perdonado a ti. Que la experiencia te enseñe el valor de la meditación y el poder de la reflexión inteligente».
      
Después de caminar un poco más, el Maestro se volvió a Pedro y preguntó: «Pedro, ¿realmente me amas?» Y entonces dijo Simón: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Y nuevamente dijo Jesús: «Cuida bien de mi rebaño. Sé un pastor bueno y verdadero para con el rebaño. No traiciones su confianza en ti. No te dejes sorprender por la mano enemiga. Permanece alerta en todo momento —vigila y ora».
      
Después de caminar unos pasos más, Jesús se dirigió a Pedro por tercera vez y preguntó: «Pedro, ¿me amas verdaderamente?» Entonces Pedro, levemente herido por la aparente desconfianza del Maestro, dijo con gran emoción: «Señor, tú lo sabes todo, y por lo tanto, tú sabes que yo realmente y verdaderamente te amo». Entonces dijo Jesús: «Apacienta mis ovejas. No abandones el redil. Sé un ejemplo e inspiración para todos los demás pastores. Ama el redil así como yo te he amado a ti y dedícate a su bienestar así como yo he dedicado mi vida a tu bienestar. Y sigue mis pasos aun hasta el fin».
      
Pedro tomó esta declaración al pie de la letra —que debía seguirlo por la playa— y volviéndose a Jesús, señaló a Juan preguntando: «Si yo sigo tus pasos, ¿qué hará este varón?» Entonces, percibiendo que Pedro había entendido mal sus palabras, Jesús dijo: «Pedro, no te preocupes por lo que harán tus hermanos. Si yo deseo que Juan permanezca aquí después de que tú te hayas ido, aun hasta que yo vuelva, ¿qué te importa a ti? Asegúrate tan sólo de seguir mis pasos».
      
Esta observación se difundió entre los hermanos y fue interpretada como una declaración de que Juan no moriría antes de que volviese el Maestro, como muchos pensaban y esperaban, para establecer el reino en poder y gloria. Fue esta interpretación de lo que había dicho Jesús la que mucho tuvo que ver con traer a Simón el Zelote de vuelta al servicio, y a que perseverara en la tarea.
     
Cuando volvieron adonde estaban los demás, Jesús se fue a caminar y hablar con Andrés y Santiago. Después de caminar una corta distancia, Jesús dijo a Andrés: «Andrés, ¿confías en mí?» Y cuando el ex jefe de los apóstoles oyó la pregunta que le hacía Jesús, se detuvo y contestó: «Sí, Maestro, por cierto confío en ti, y tú sabes que es así». Entonces dijo Jesús: «Andrés, si tú confías en mí, confía aun más en tus hermanos —aun en Pedro. En el pasado yo te confié el liderazgo de tus hermanos. Ahora al dejarte yo para ir al Padre debes tú confiar en otros. Cuando tus hermanos comiencen a dispersarse por causa de las amargas persecuciones, sé un consejero comprensivo y sabio con Santiago mi hermano en la carne, cuando le pongan pesadas cargas sobre sus hombros, a los que él no está capacitado para sobrellevar por falta de experiencia. Sigue confiando, porque yo no te fallaré. Cuando hayas terminado tu tarea en la tierra, vendrás a mí».
     
Luego Jesús se volvió a Santiago, preguntando: «Santiago ¿confías en mí?» Y por supuesto Santiago replicó: «Sí, Maestro, confío en ti de todo corazón». Entonces dijo Jesús: «Santiago, si confías más en mí, serás menos impaciente con tus hermanos. Si confías en mí, serás más compasivo con la hermandad de los creyentes. Aprende a pesar las consecuencias de tus palabras y acciones. Recuerda que quien siembra recoge. Ora para pedir serenidad de espíritu y cultiva la paciencia. Estas gracias, juntamente con la fe viva, te sostendrán cuando llegue la hora de beber la copa del sacrificio. Pero no desmayes nunca; cuando hayas terminado en la tierra, también vendrás a mí».
      
Luego habló Jesús con Tomás y Natanael. Le dijo a Tomás: «Tomás, ¿me sirves?» Tomás contestó: «Sí, Señor, yo te sirvo ahora y siempre». Entonces dijo Jesús: «Si quieres servirme, sirve a mis hermanos en la carne aun como yo te he servido a ti. Y no te canses en esta obra de bien, sino que persevera como el que ha sido ordenado por Dios para este servicio de amor. Cuando hayas terminado tu servicio conmigo en la tierra, servirás conmigo en gloria. Tomás, debes dejar de dudar; debes crecer en la fe y en el conocimiento de la verdad. Cree en Dios como un niño, pero deja de actuar tan infantilmente. Ten coraje; sé fuerte en la fe y poderoso en el reino de Dios».
       
Entonces le dijo el Maestro a Natanael: «Natanael, ¿me sirves tú?» El apóstol respondió: «Sí, Maestro, y con afecto total». Entonces dijo Jesús: «Si tú, pues, me sirves de todo corazón, asegúrate de dedicarte con afecto incansable al bienestar de mis hermanos en la tierra. Agrega amistad a tu consejo y añade amor a tu filosofía. Sirve a tus semejantes aun como yo te he servido a ti. Sé fiel a los hombres así como yo he vigilado por ti. Sé menos crítico; no esperes tanto de algunos hombres, de este modo tendrás menos desilusiones. Y cuando el trabajo aquí haya terminado, tú servirás conmigo en lo alto».
      
Después de esto el Maestro habló con Mateo y Felipe. A Felipe le dijo: «Felipe, ¿Me obedeces?» Felipe respondió: «Sí, Señor, te obedeceré aun con mi vida». Entonces dijo Jesús: «Si quieres obedecerme, ve pues a las tierras de los gentiles y proclama este evangelio. Los profetas te han dicho que obedecer es mejor que sacrificar. Por la fe has llegado a ser un hijo del reino, que conoce a Dios. Tan sólo existe una ley que se ha de obedecer —y ésa es, el mandamiento de salir a proclamar el evangelio del reino. Deja de temer a los hombres; no tengas temor de predicar la buena nueva de la vida eterna a tus semejantes que languidecen en las tinieblas y tienen hambre de la luz de la verdad. Felipe, ya no tendrás que ocuparte de dinero ni de bienes; ya eres libre de predicar la buena nueva, como tus hermanos. Yo iré delante de ti y estaré contigo aun hasta el fin».
     
Y luego, hablando a Mateo, el Maestro preguntó: «Mateo, ¿albergas en tu corazón el deseo de obedecerme?» Mateo respondió: «Sí, Señor, estoy totalmente dedicado a hacer tu voluntad». Entonces dijo el Maestro: «Mateo, si quieres obedecerme, sal a enseñar a todos los pueblos este evangelio del reino. Ya no servirás más a tus hermanos en las cosas materiales de la vida; de ahora en adelante, tú también debes proclamar la buena nueva de la salvación espiritual. De ahora en adelante, pon tu atención sólo en obedecer tu encargo de predicar este evangelio del reino del Padre. Así como yo he hecho la voluntad del Padre en la tierra, así cumplirás tú la misión divina. Recuerda, tanto los judíos como los gentiles son tus hermanos. No temas a ningún hombre al proclamar las verdades salvadoras del evangelio del reino del cielo. Adonde yo voy, tú dentro de poco vendrás».
     
Después caminó y habló con los gemelos Alfeo, Jacobo y Judas, y dirigiéndose a ambos preguntó: «Jacobo y Judas, ¿creéis vosotros en mí?» Y cuando ambos respondieron: «Sí, Maestro, creemos», él dijo: «Pronto os dejaré. Veis que ya os he dejado en forma material. Permaneceré sólo un corto período en esta forma antes de ir al Padre. Creéis en mí —sois mis apóstoles y siempre lo seréis. Continuad creyendo y recordando vuestra asociación conmigo, cuando yo ya no esté, cuando acaso hayáis retornado al trabajo que hacíais antes de venir a vivir conmigo. No permitáis nunca que el ocuparos de una tarea exterior distinta influya sobre vuestra lealtad. Tened fe en Dios hasta el fin de vuestros días en la tierra. No olvidéis jamás que, una vez que seas un hijo de fe de Dios, todo trabajo honesto del reino es sagrado. Nada de lo que haga un hijo de Dios es ordinario. Haced pues vuestro trabajo, de aquí en adelante, como si fuera para Dios. Y cuando hayáis terminado en este mundo, yo tengo otros mundos mejores, donde igualmente trabajaréis para mí. En todo este trabajo, en este mundo y en los otros mundos, yo trabajaré con vosotros, y mi espíritu vivirá dentro de vosotros».
      
Eran casi las diez cuando Jesús volvió de su conversación con los gemelos Alfeo, y al dejar a los apóstoles dijo: «Adiós, hasta que os encuentre a todos en el monte de vuestra ordenación mañana al mediodía». Después de hablar así, desapareció de su vista.

martes, 23 de diciembre de 2014

La aparición junto al lago.

A eso de las seis de la mañana del viernes 21 de abril, el Maestro morontial hizo su aparición decimotercera, la primera en Galilea, ante los diez apóstoles, en el momento en que se acercaba su barca a la orilla, cerca del sitio donde usualmente atracaban en Betsaida.
      
El jueves, después de pasar los apóstoles la tarde y las primeras horas de la noche en espera, en la casa de Zebedeo, Simón Pedro sugirió que fueran a pescar. Cuando Pedro propuso la pesca, todos los apóstoles decidieron ir. Echaron sus redes toda la noche, pero no pescaron nada. No se preocuparon gran cosa por no haber pescado nada, porque tenían muchas experiencias interesantes de las cuales hablaron, cosas que tan recientemente les habían sucedido en Jerusalén. Pero cuando llegó la luz del día, decidieron volver a Betsaida. Al acercarse a la orilla, vislumbraron una persona en la playa, cerca del amarradero, de pie junto a un fuego. Al principio pensaron que se trataba de Juan Marcos, dispuesto a recibirlos con su pesca, pero a medida que se acercaban, vieron que estaban equivocados —el hombre era demasiado alto para ser Juan. A nadie se le ocurrió que la persona en la playa fuera el Maestro. No entendían del todo por qué Jesús quería encontrarse con ellos en los sitios de sus actividades previas, al aire libre, en contacto con la naturaleza, lejos del ambiente cerrado de Jerusalén con su asociación trágica de temor, traición y muerte. Les había dicho que, si iban a Galilea, él se encontraría con ellos ahí, y estaba a punto de cumplir esa promesa.
      
Cuando echaron el ancla y se prepararon para trasladarse al bote pequeño que los llevaría hasta la orilla, el hombre en la playa les gritó: «Muchachos, ¿habéis pescado algo?» Al responderle ellos que no, volvió a hablar. «Echad la red a la derecha de la barca, encontraréis allí peces». Aunque no sabían que era Jesús quien les estaba hablando, al unísono echaron la red como se les había instruido, e inmediatamente estuvo llena, tanto que casi no podían cargarla de vuelta en la barca. Juan Zebedeo era de percepción rápida, y al ver la red llena de peces, percibió que era el Maestro quien les había hablado. Cuando ese pensamiento cruzó su mente, se inclinó y le susurró a Pedro: «Es el Maestro». Pedro fue siempre hombre de acción impensada y devoción impetuosa, de modo que, en cuanto Juan le susurró eso al oído, se levantó de golpe y se echó al agua para llegar más rápido junto al Maestro. Sus hermanos llegaron poco después de él, habiendo alcanzado la orilla en la barca pequeña, arrastrando la red llena de peces.
      
A esta altura ya se había levantado Juan Marcos y, viendo a los apóstoles que llegaban a la orilla con su red cargada, corrió a la playa para saludarlos; y cuando vio a once hombres en vez de diez, supuso que a quien no reconocía sería Jesús resucitado, y ante el asombro callado de los diez, el joven corrió junto al Maestro, e hincando la rodilla a sus pies, dijo: «Señor mío y Maestro mío». Y Jesús habló, no como lo había hecho en Jerusalén al saludarlos diciendo «que la paz sea con vosotros», sino en tono familiar, dirigiéndose a Juan Marcos: «Bien, Juan, me alegro de verte nuevamente, en la despreocupada Galilea, donde podemos tener una buena visita. Quédate con nosotros Juan, y desayuna».
      
Mientras Jesús hablaba con el joven, los diez estaban tan asombrados y sorprendidos que se olvidaron de traer la red llena de peces a la playa. Entonces habló Jesús: «Traed los peces y preparad algunos para el desayuno, el fuego ya está prendido, y tenemos bastante pan».
      
Mientras Juan Marcos estaba homenajeando al Maestro, Pedro contemplaba fijamente el fuego de carbón que brillaba allí en la playa; la escena le recordó vividamente el fuego de medianoche en el patio de Anás, allí donde él negó al Maestro. Pero se repuso al cabo de un momento y, arrodillándose a los pies del Maestro, exclamó: «¡Señor mío y Maestro mío!»
      
Luego, Pedro se unió a sus hermanos para traer la red. Cuando tuvieron su pesca sobre la playa contaron los peces, y había 153 grandes. Nuevamente, se cometió el error de decir que ésta había sido una pesca milagrosa. No hubo milagro alguno en este episodio. Fue simplemente un ejercicio del preconocimiento del Maestro. El sabía que los peces estaban allí y por consiguiente señaló a los apóstoles el sitio donde debían echar la red.
      Jesús les habló diciendo: «Venid pues todos vosotros a desayunar. Aun los gemelos han de sentarse, mientras yo converso con vosotros; Juan Marcos preparará los pescados». Juan Marcos trajo siete peces de buen tamaño, que el Maestro puso al fuego, y cuando estuvieron cocidos el muchacho los sirvió a los diez. Entonces, Jesús rompió el pan y se lo entregó a Juan que, a su vez, sirvió a los hambrientos apóstoles. Cuando todos estuvieron servidos, Jesús indicó a Juan Marcos que se sentara mientras él mismo servía el pescado y el pan al muchacho, y mientras comían, Jesús habló con ellos rememorando muchas experiencias en Galilea junto a este mismo lago.
     
Ésta fue la tercera vez cuando Jesús se manifestó a los apóstoles como grupo. Cuando Jesús se dirigió a ellos por primera vez, preguntándoles si habían pescado, no sospecharon que fuera él, porque era experiencia común para estos pescadores en el Mar de Galilea, cuando se acercaban a la costa, que alguno de los mercaderes de pescados de Tariquea les dirigiera así la palabra, pues se encontraban generalmente allí para comprar la pesca fresca y entregarla a los establecimientos que se ocupaban del secado.
      
Jesús conversó con los diez apóstoles y Juan Marcos por más de una hora; luego, los condujo de a dos, paseando de ida y de vuelta por la playa mientras les hablaba —pero no eran las mismas parejas que él había formado para que salieran a enseñar. Los once apóstoles habían venido juntos de Jerusalén, pero Simón el Zelote se había puesto cada vez más deprimido a medida que se acercaban a Galilea, de manera que, cuando llegaron a Betsaida, dejó a sus hermanos y se fue a su casa.
     
Esta mañana, antes de despedirse de ellos, Jesús les aconsejó que dos de los apóstoles fueran adonde Simón el Zelote, y le trajeran de vuelta ese mismo día. Así lo hicieron Pedro y Andrés.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Las apariciones en Galilea.

CUANDO los apóstoles se fueron de Jerusalén en dirección a Galilea, los líderes judíos ya se habían calmado considerablemente. Ya que Jesús tan sólo apareció ante su familia de creyentes en el reino, y puesto que los apóstoles estaban ocultos y no hacían predicación pública, los potentados de los judíos concluyeron que el movimiento del evangelio estaba, después de todo, efectivamente derrotado. Estaban por supuesto desconcertados por los rumores en aumento de que Jesús había resucitado de entre los muertos, pero dependían de los sobornos a los guardianes para que contrarrestaran en forma eficaz todos estos informes mediante la reiteración de la historia de que una banda de sus seguidores había robado el cadáver.
      
Desde ese momento en adelante, hasta que los apóstoles fueron dispersados por la marea de la persecución, en general Pedro fue reconocido como el jefe del cuerpo apostólico. Jesús no le otorgó nunca esa autoridad, y sus hermanos apóstoles nunca lo eligieron formalmente para esa posición de responsabilidad; él la tomó naturalmente y la mantuvo por consentimiento común y también porque era el predicador principal entre ellos. De ahí en adelante la predicación pública se volvió la principal labor de los apóstoles. Después de su retorno de Galilea, Matías, a quien seleccionaron para que tomara el lugar de Judas, fue el tesorero.
      
Durante la semana en que se quedaron en Jerusalén, María la madre de Jesús pasó mucho tiempo con las mujeres creyentes que se detenían en la casa de José de Arimatea.
      
Ese lunes por la mañana temprano cuando partieron los apóstoles para Galilea, Juan Marcos los acompañó. Los siguió al salir de la ciudad y después de pasar más allá de Betania, se les acercó atrevidamente, confiando en que ya no lo enviarían de vuelta.
      
Los apóstoles se detuvieron varias veces en el camino de Galilea para relatar la historia de su Maestro resucitado y por lo tanto no llegaron a Betsaida hasta muy tarde el miércoles por la noche. El jueves, no despertaron hasta el mediodía y estuvieron listos para compartir el desayuno juntos.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La aparición en Alejandría.

Mientras los once apóstoles iban en camino a Galilea, acercándose al fin de su viaje, el martes 18 de abril, por la noche, a eso de las ocho y media, Jesús apareció ante Rodán y unos ochenta demás creyentes en Alejandría. Fue ésta la duodécima aparición del Maestro en forma morontial. Jesús apareció ante estos griegos y judíos al finalizar el relato de un mensajero de David sobre la crucifixión. Este mensajero, siendo el quinto de la serie de corredores camino de Jerusalén a Alejandría, había llegado a Alejandría en las últimas horas de esa tarde, y cuando hubo entregado su mensaje a Rodán, se decidió que se convocaría a los creyentes para recibir del mensajero mismo la noticia trágica. A eso de las ocho de la noche, el mensajero, Natán de Busiris, se presentó ante este grupo y les relató con detalle todo lo que el corredor precedente le había contado a él. Natán finalizó su emotivo relato con estas palabras: «Pero David, quien nos envía con esta noticia, informa que el Maestro, al pronosticar su muerte, declaró que volvería a resucitar». Aun mientras hablaba Natán, apareció allí el Maestro morontial a plena vista de todos. Y cuando Natán se sentó, Jesús dijo:
      
«Que la paz sea con vosotros. Lo que mi Padre me envió a este mundo para que yo estableciera pertenece, no a una raza, ni a una nación, ni a un grupo especial de maestros o predicadores. Este evangelio del reino pertenece tanto a los judíos como a los gentiles, a los ricos y a los pobres, a los libres y a los esclavos, a los hombres y a las mujeres, aun a los niños pequeños. Todos vosotros debéis proclamar este evangelio de amor y verdad mediante la vida que viváis en la carne. Os amaréis los unos a los otros con un afecto nuevo y sorprendente, aun como yo os he amado a vosotros. Serviréis a la humanidad con una devoción nueva y sorprendente, aun como yo os he servido a vosotros, y cuando los hombres vean que vosotros tanto los amáis, y cuando contemplen cuán fervientemente los servís, percibirán que vosotros sois hermanos de la fe en el reino del cielo, y seguirán al Espíritu de la Verdad al que verán en vuestras vidas, hasta encontrar la salvación eterna.
     
«Así como el Padre me envió a este mundo, aun así ahora yo os envío a vosotros. Todos vosotros sois llamados a llevar la buena nueva a los que están en las tinieblas. Este evangelio del reino, pertenece a todos los que en ése crean; no deberá ser confiado en las manos de meros sacerdotes. Pronto vendrá sobre vosotros el Espíritu de la Verdad, y él os conducirá a toda verdad. Salid pues al mundo, predicando este evangelio, y pensad que yo estoy con vosotros siempre, aun hasta el fin de los tiempos».
      
Cuando el Maestro hubo hablado así, desapareció de su vista. Durante toda esa noche, estos creyentes permanecieron allí juntos, recordando las experiencias como creyentes del reino y escuchando las muchas palabras de Rodán y de sus asociados. Todos ellos creyeron que Jesús había resucitado de entre los muertos. Imaginad la sorpresa del heraldo de la resurrección enviado por David, que llegó al segundo día después de este acontecimiento, cuando contestaron a su anuncio diciendo: «Sí, lo sabemos, porque lo hemos visto. Él apareció ante nosotros anteayer».

sábado, 11 de octubre de 2014

La segunda aparición ante los apóstoles.

Tomás pasó una semana solitaria, en las colinas cerca del Oliveto. Durante este tiempo vio solamente a los que estaban en la casa de Simón y a Juan Marcos. Eran alrededor de las nueve del sábado 15 de abril, cuando los dos apóstoles lo encontraron y se lo llevaron de vuelta a la casa de Marcos. Al día siguiente, Tomás escuchó el relato de las varias apariciones del Maestro, pero inquebrantablemente se resistió a creer. Sostenía que Pedro, por su entusiasmo, los había convencido de que habían visto al Maestro. Natanael razonó con él, pero en vano. Había una testarudez emocional, asociada con su habitual tendencia a dudar, y este estado mental, combinado con su pena por haberlos abandonado, se confabuló para crear una situación de aislamiento que aun Tomás mismo no podía entender completamente. Se había alejado de sus compañeros, se había ido por su cuenta, y ahora, aun cuando estaba de vuelta entre ellos, inconscientemente tendía a colocarse en una posición de desacuerdo. Era lento en rendirse. No le gustaba la derrota. Aunque no fuera su intención, realmente disfrutaba de la atención que le prestaban; derivaba una satisfacción inconsciente de los esfuerzos de todos sus hermanos por convenrcerlo y convertirlo. Los había extrañado durante una semana entera, y derivaba gran placer de sus persistentes atenciones.
     
Estaban compartiendo la cena poco después de las seis, con Pedro sentado a un lado y Natanael al otro lado de Tomás, cuando el apóstol incrédulo dijo: «No voy a creer a menos que vea el Maestro con mis propios ojos y pueda poner el dedo en la llaga de los clavos». Mientras estaban así sentados cenando, con las puertas cerradas con llave y con barras, el Maestro morontial apareció repentinamente dentro a la curvatura de la mesa, y deteniéndose directamente ante Tomás, dijo:
     
«Que la paz sea con vosotros. Durante una semana entera he permanecido aquí con la esperanza de poder aparecer nuevamente cuando estuvierais todos vosotros presentes, para que escuchéis una vez más la misión de ir al mundo y predicar este evangelio del reino. Nuevamente os digo: Así como el Padre me envió al mundo, así os envío yo. Así como yo he revelado al Padre, así revelaréis vosotros el amor divino, no sólo con palabras, sino en vuestra vida diaria. Os envío, no para que améis las almas de los hombres, sino más bien para que améis a los hombres. No debéis proclamar simplemente las felicidades del cielo, sino también mostrar en vuestra experiencia diaria esas realidades espirituales de la vida divina, puesto que vosotros ya tenéis vida eterna, como don de Dios, por medio de la fe. Cuando tengáis fe, cuando el poder de lo alto, el Espíritu de la Verdad, venga sobre vosotros, no ocultaréis vuestra luz aquí tras puertas cerradas. Haréis que toda la humanidad conozca el amor y la misericordia de Dios. Por el temor huís ahora de los hechos de una experiencia desagradable, pero cuando hayáis sido bautizados con el Espíritu de la Verdad, iréis hacia adelante, gallarda y jubilosamente para encontrar las nuevas experiencias de proclamar la buena nueva de la vida eterna en el reino de Dios. Podréis quedaros aquí y en Galilea por una corta temporada mientras os recobráis del golpe de la transición de la falsa seguridad de la autoridad del tradicionalismo, al nuevo orden de la autoridad de los hechos, de la verdad y la fe en las realidades supremas de la experiencia viva. Vuestra misión en el mundo se basa en el hecho de que yo viví una vida reveladora de Dios entre vosotros; en la verdad de que vosotros y todos los demás hombres, son hijos de Dios; y consistirá en la vida que vosotros viviréis entre los hombres —la experiencia real y viviente de amar a los hombres y servirlos, aun como yo os he amado y servido a vosotros. Dejad que la fe revele al mundo vuestra luz; dejad que la revelación de la verdad abra los ojos cegados por la tradición; dejad que vuestro servicio amante destruya efectivamente el prejuicio engendrado por la ignorancia. Acercándoos así a vuestros semejantes en compasiva comprensión y con devoción altruista, los conduciréis al conocimiento salvador del amor del Padre. Los judíos alabaron la bondad; los griegos exaltaron la belleza; los hindúes predican la devoción; los lejanos ascetas predican la reverencia; los romanos exigen lealtad; pero yo requiero de mis discípulos vida, aun una vida de servicio amante para vuestros hermanos en la carne».
     
Cuando el Maestro hubo hablado así, miró el rostro de Tomás y dijo: «Y tú, Tomás, que dijiste que no creerías a menos que me vieras y pusieras el dedo en las llagas de los clavos en mis manos, ahora me has contemplado y has escuchado mis palabras; y aunque no veas llagas de clavos en mis manos, puesto que he resucitado en una forma que tú también tendrás cuando te vayas de este mundo, ¿qué dirás a tus hermanos? Reconocerás la verdad, porque ya en tu corazón hubiste comenzado a creer, aun mientras tan testarudamente afirmaste tu descreimiento. Tus dudas, Tomás, siempre se afirman de la manera más testaruda en el momento mismo en que están por derrumbarse. Tomás, te ruego que no seas descreído sino creyente —y yo sé que tú creerás, aun con todo tu corazón».
     
Cuando Tomás escuchó estás palabras, cayó de rodillas ante el Maestro morontial y exclamó: «¡Yo creo! ¡Señor mío y Maestro mío!» Entonces le dijo Jesús a Tomás: «Tomás, tú has creído porque realmente me viste y me oíste. Benditos son los en las edades por venir que creerán aunque no me hayan visto con los ojos de la carne, ni me hayan oído con el oído mortal».
     
Luego, al moverse la forma del Maestro cerca de la cabecera de la mesa, se dirigió a todos ellos diciendo: «Ahora pues, id todos vosotros a Galilea, donde yo dentro de poco apareceré ante vosotros». Después de decir esto, desapareció de su vista.

Los once apóstoles ya estaban plenamente convencidos de que Jesús había resucitado de entre los muertos, y a la mañana siguiente muy temprano, antes del amanecer, salieron para Galilea.