«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 8 de abril de 2013

La apresurada huída.

Así pues la mañana de este domingo 22 de mayo del año 29 d. de J.C., Jesús se embarcó con sus doce apóstoles y los doce evangelistas, huyendo apresuradamente de los oficiales del sanedrín que se dirigían a Betsaida con el permiso de Herodes Antipas para arrestarlo y llevarlo a Jerusalén, donde lo juzgarían porque había sido acusado de blasfemia y de otras contravenciones a las leyes sagradas de los judíos. Eran casi las ocho y media de esta hermosa mañana cuando estos veinte y cinco se sentaron en la barca y remaron hacia la costa oriental del Mar de Galilea.
      
Seguía a la barca del Maestro una embarcación más pequeña, que contenía a seis de los mensajeros de David, quienes tenían instrucciones de mantenerse en contacto con Jesús y sus asociados y asegurarse de que la información de sus andanzas y de su seguridad se transmitiera regularmente a la casa de Zebedeo en Betsaida, que había servido como cuartel general de la obra del reino durante cierto tiempo. Pero Jesús no se albergaría nunca más en la casa de Zebedeo. De aquí en adelante, por el resto de su vida en la tierra, el Maestro verdaderamente «no tendría dónde recostar su cabeza». Ya no tenía ni siquiera la semejanza de una morada establecida.
      
Remaron hasta cerca de la aldea de Queresa, confiaron la barca a los cuidados de amigos, y comenzaron las peregrinaciones de este último año memorable en la vida del Maestro en la tierra. Permanecieron cierto tiempo en los dominios de Felipe, yendo de Queresa a Cesarea de Filipo, y de ahí camino hacia la costa de Fenicia.
     
La multitud permaneció alrededor de la casa de Zebedeo observando estas dos embarcaciones que navegaban por el lago hacia la orilla oriental. Ya estaban bien alejados cuando llegaron los oficiales de Jerusalén buscando a Jesús. Se negaban a creer que se les había escapado, y mientras Jesús y sus asociados estaban viajando hacia el norte por Batanea, los fariseos y sus asistentes pasaron casi una semana entera buscándole en vano en las cercanías de Capernaum.
     
La familia de Jesús volvió a su casa en Capernaum, y allí pasaron casi una semana hablando, discutiendo y orando. Estaban llenos de confusión y consternación. No pudieron tranquilizarse hasta el jueves por la tarde, cuando volvió Ruth de visitar la casa de Zebedeo, y les dijo que había oído de David que su padre-hermano estaba a salvo y en buena salud, abriéndose camino hacia la costa de Fenicia.