«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

sábado, 9 de noviembre de 2013

La partida a Jerusalén.

Betania estaba a unos tres kilómetros del templo, y era la una y media de la tarde de ese domingo cuando Jesús se preparó para salir a Jerusalén. Tenía un sentimiento de afecto profundo por Betania y su pueblo sencillo. Nazaret, Capernaum y Jerusalén lo habían rechazado, pero Betania lo había aceptado, había creído en él. Fue en esta pequeña aldea, en la cual prácticamente todo hombre, mujer y niño era creyente, donde eligió realizar la obra más grande de su autootorgamiento terrenal: la resurrección de Lázaro. No hizo resucitar a Lázaro para que creyeran los aldeanos, sino más bien porque ellos ya creían.
     
Durante toda la mañana, Jesús pensó en su llegada a Jerusalén. Hasta ese momento había procurado siempre suprimir toda aclamación pública del que él fuera el Mesías, pero ahora la situación era distinta. Se estaba acercando al fin de su carrera en la carne, el sanedrín había decretado su muerte, y no había peligro en permitir que sus discípulos dieran libre expresión a sus sentimientos, cosa que ocurriría si él elegía hacer una entrada formal y pública a la ciudad. 

Jesús no decidió realizar esta entrada pública a Jerusalén como su último intento por conseguir el favor popular, ni tampoco en un intento final de obtener el poder. Tampoco lo hizo para satisfacer los deseos humanos de sus discípulos y apóstoles. Jesús no se hacía las ilusiones de soñador quimérico; él bien sabía cual sería la conclusión de su visita.
      
Habiendo decidido hacer una entrada pública a Jerusalén, el Maestro se enfrentó con la necesidad de elegir un método apropiado para ejecutar esta decisión. Jesús reflexionó sobre todas las así llamadas profecías mesiánicas más o menos contradictorias, pero parecía que había una sola que fuera apropiada para sus fines. La mayoría de estas declaraciones proféticas hablaban de un rey, el hijo y sucesor de David, un libertador temporal audaz y agresivo que liberaría a Israel del yugo de la dominación extranjera. Pero había una Escritura, asociada a veces con el Mesías por los que tenían un concepto más espiritual de su misión, que Jesús consideró la más apropiada como guía para su proyectada entrada a Jerusalén. Esta Escritura se encontraba en Zacarías y decía: «Alégrate mucho, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh hija de Jerusalén. He aquí tu rey vendrá a ti. Es justo y trae salvación. Viene como viene el humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna».
      
Un rey guerrero siempre entraba a una ciudad montado a caballo, un rey en misión de paz y amistad siempre entraba cabalgando un asno. Jesús no quería entrar a Jerusalén a caballo, pero estaba dispuesto a entrar en paz y con buena voluntad como el Hijo del Hombre, cabalgando un jumento.
      
Durante mucho tiempo y mediante una enseñanza directa, Jesús trató de convencer a sus apóstoles y a sus discípulos que su reino no era de este mundo, que era un asunto puramente espiritual; pero no había tenido éxito en este esfuerzo. Ahora, lo que no había conseguido hacer mediante una enseñanza clara y personal, lo intentaría realizar con un gesto simbólico. Por lo tanto, inmediatamente después del almuerzo, Jesús llamó a Pedro y Juan, y después de decirles que fueran a Betfagé, una aldea vecina un tanto retirada de la carretera principal y a corta distancia al noroeste de Betania, agregó: «Id a Betfagé y cuando lleguéis al empalme de los caminos encontraréis el potro de un jumento allí atado. Desatadlo y traedlo con vosotros. Si alguien os pregunta por qué hacéis esto, decid simplemente `el Maestro lo necesita'». Cuando los dos apóstoles fueron a Betfagé tal como les había pedido el Maestro, encontraron el potro atado cerca de su madre en la calle, junto a una casa de esquina. Cuando Pedro comenzó a desatar al potro, vino el dueño y preguntó por qué hacían ellos eso, y cuando Pedro le respondió tal como Jesús les había indicado, el hombre dijo: «Si vuestro Maestro es Jesús de Galilea, que se lleve al potro». Así pues ellos volvieron trayendo al potro.
      
Ya varios cientos de peregrinos se habían reunido alrededor de Jesús y de sus apóstoles. Desde media mañana se habían detenido muchos visitantes que pasaban camino a la Pascua. Mientras tanto David Zebedeo y algunos de sus ex asociados mensajeros decidieron dirigirse de prisa a Jerusalén, donde eficazmente difundieron la nueva entre los gentíos de peregrinos visitantes alrededor del templo de que Jesús de Nazaret entraría triunfalmente a la ciudad. Por consiguiente, varios miles de estos visitantes se congregaron para recibir a este profeta y hacedor de portentos del cual tanto se hablaba, quien algunos creían ser el Mesías. Esta multitud, al salir de Jerusalén, encontró a Jesús y a la multitud que iba a la ciudad poco después de que franquearan la cima del Oliveto, y habían comenzando su descenso hacia la ciudad.
      
Al comenzar la procesión en Betania había gran entusiasmo en las multitudes festivas de discípulos, creyentes y peregrinos visitantes, muchos provenientes de Galilea y Perea. Justo antes de partir, las doce mujeres del cuerpo original de mujeres, acompañadas por algunas de sus asociadas, llegaron al lugar y se unieron a esta singular procesión que procedía jubilosamente hacia la ciudad.
     
Antes de empezar, los gemelos Alfeo pusieron sus mantos sobre el asno y lo sostuvieron mientras se subía el Maestro. A medida que la procesión procedía hacia la cima del Oliveto, el gentío festivo arrojaba sus indumentos al suelo y traía ramas de los árboles cercanos para hacer una alfombra de honor para el jumento que traía al Hijo real, el Mesías prometido. Al proceder la multitud jubilosa hacia Jerusalén, comenzaron a cantar, es decir a gritar al unísono el salmo, «Hosanna al hijo de David; bendito sea aquel que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas. Bendito sea el reino que baja del cielo».
     

Jesús se mostró alegre y despreocupado hasta que llegaron a la cumbre del Oliveto, donde se abría la vista panorámica de la ciudad con las torres del templo; allí el Maestro detuvo la procesión y un gran silencio cayó sobre todos mientras lo contemplaban llorar. Bajando los ojos a la vasta multitud que venía de la ciudad para recibirlo, el Maestro, con mucha emoción y con la voz entrecortada dijo: «¿Oh Jerusalén, si tan sólo hubieras conocido, aun tú, por lo menos en este, tu día, las cosas que pertenecen a tu paz, que podrías haber tenido tan libremente! Pero ya están para ocultarse de tus ojos estas glorias. Estás por rechazar al Hijo de la Paz y volver la espalda al evangelio de la salvación. Pronto llegarán los días en que tus enemigos abrirán trincheras alrededor de ti, y serás sitiada por doquier; te destruirán completamente, pues no quedará piedra sobre piedra. Y todo esto caerá sobre ti porque no supiste reconocer el momento de tu visitación divina. Estás por rechazar el don de Dios, y todos los hombres te rechazarán a ti».
     
Cuando terminó de hablar, comenzaron el descenso del Oliveto y finalmente se reunieron con la multitud de visitantes que venía de Jerusalén con ramas de palma, gritando hosannas, y de otras maneras expresando regocijo y sentimientos de comunidad. El Maestro no había planeado que estas multitudes salieran de Jerusalén a su encuentro, ésa fue obra de otros. El nunca premeditaba nada que fuera de efecto dramático.Juntamente con la multitud que salió para recibir al Maestro, también había muchos fariseos y otros enemigos de él. Tan perturbados estaban por esta explosión repentina e inesperada de aclamación popular que temieron arrestarlo, por no precipitar actos abiertos de revuelta de la plebe. Mucho temían la actitud de los grandes números de visitantes que tanto habían oído hablar de Jesús, y que, muchos de ellos, creían en él.
     
A medida que se acercaban a Jerusalén, la multitud se volvió más expresiva, tanto que algunos de los fariseos se abrieron paso hasta donde estaba Jesús y dijeron: «Instructor, debes censurar a tus discípulos y exhortarlos a que su conducta sea más digna». Jesús respondió: «Es justo que estos niños le den la bienvenida al Hijo de la Paz, a quien han rechazado los altos sacerdotes. Sería inútil pararlos no sea que estas piedras junto al camino griten quejándose».
     
Los fariseos se adelantaron de prisa a la cabeza de la procesión para volver al sanedrín, que estaba en sesión en ese momento en el templo, e informaron a sus asociados: «He aquí que todo lo que hacemos es en vano; estamos confundidos por este galileo. La gente se vuelve loca por él, si no paramos a estos ignorantes, todo el mundo le seguirá».
      
No se puede en realidad asignar un significado profundo a esta explosión superficial y espontánea de entusiasmo popular. Esta recepción, aunque jubilante y sincera, no indicaba una convicción real ni profunda en el corazón de esta multitud festiva. Estas mismas multitudes estuvieron igualmente dispuestas a rechazar de inmediato a Jesús más tarde en esa semana, cuando el sanedrín tomó una posición firme y decidida contra él, y cuando se desilusionaron — cuando se dieron cuenta de que Jesús no iba a establecer el reino de acuerdo con sus expectativas largamente acariciadas.
      
Pero toda la ciudad estaba altamente agitada, puesto que todos preguntaban: «¿Quién es este hombre?» Y la multitud contestaba: «Éste es el profeta de Galilea, Jesús de Nazaret».