«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 16 de febrero de 2014

El día en el campamento.

Los apóstoles pasaron la mayor parte de este día caminando por el Monte de los Olivos y conversando con los discípulos que allí acampaban con ellos, pero por la tarde temprano ansiaban ver el retorno de Jesús. A medida que fue pasando el día, se pusieron cada vez más agitados pensando en su seguridad; se sentían inexpresablemente solos sin él. Hubo durante todo ese día mucho debate sobre si se le debería haber permitido al Maestro irse solo a las colinas, acompañado solamente por un muchacho mandadero. Aunque ningún hombre expresó sus pensamientos abiertamente, no había uno entre ellos, salvo Judas Iscariote, que no deseara estar en el lugar de Juan Marcos.
      
Fue a mediados de la tarde cuando Natanael dirigió su discurso sobre «el deseo supremo» a una media docena de apóstoles e igual número de discípulos; la conclusión de dicho discurso fue: «Lo que pasa con la mayoría de nosotros es que no nos dedicamos de todo corazón. No llegamos a amar al Maestro como él nos ama a nosotros. Si todos nosotros hubiéramos querido ir con él tanto como lo deseaba Juan Marcos, Jesús con toda seguridad nos habría llevado a todos. Nos quedamos mirando mientras el muchacho se acercaba al Maestro y le ofrecía la cesta, pero cuando el Maestro la tomó, el muchacho no la soltó. Así pues, el Maestro nos dejó aquí, yéndose a las colinas con cesta, mancebo y todo».
     
A eso de las cuatro de la tarde, llegaron corredores adonde David Zebedeo trayéndole un mensaje de su madre en Betsaida y de la madre de Jesús. Varios días antes, David había concluido que evidentemente los altos sacerdotes y dirigentes matarían a Jesús. David sabía que estaban decididos a destruir al Maestro, y estaba casi convencido de que Jesús no ejercería su poder divino para salvarse, ni permitiría a sus seguidores que emplearan la fuerza en su defensa. Habiendo llegado a estas conclusiones, no perdió tiempo en despachar a un mensajero a su madre, urgiéndola a que viniera enseguida a Jerusalén y que trajera a María, la madre de Jesús, y a todos los integrantes de su familia.
      
La madre de David hizo lo que le pidió su hijo, y los corredores volvían ahora a David, trayéndole el mensaje de que su madre y la familia entera de Jesús estaban camino de Jerusalén y llegarían en algún momento de la tarde del día siguiente o muy temprano a la mañana subsiguiente. Puesto que David había actuado de esta manera por su propia iniciativa, decidió que sería sabio mantener confidencial el asunto. Por lo tanto, no le dijo a nadie que la familia de Jesús estaba camino de Jerusalén. 

        
Poco después de mediodía, llegaron al campamento más de veinte de los griegos que se habían encontrado con Jesús y los doce en la casa de José de Arimatea, y Pedro y Juan pasaron varias horas en conferencia con ellos. Estos griegos, por lo menos algunos de ellos, eran bien avanzados en el conocimiento del reino, pues habían sido instruidos por Rodán en Alejandría.
      
Esa noche, después de volver al campamento, Jesús se encontró y conversó con los griegos, y de no haber sido porque tal curso de acción hubiera turbado grandemente a sus apóstoles y a muchos de sus discípulos principales, él habría ordenado a estos veinte griegos, así como había ordenado a los setenta.
      
Mientras estaba ocurriendo todo esto en el campamento, en Jerusalén los altos sacerdotes y ancianos estaban sorprendidos de que Jesús no volviese para dirigirse a las multitudes. Aunque es cierto que el día anterior, al abandonar el templo, él había dicho, «os dejo vuestra casa desolada», ellos no podían entender que dejara de aprovechar la gran ventaja conseguida en el favor de las multitudes. Aunque temían que él pudiese producir un tumulto en el pueblo, las últimas palabras que dirigiera el Maestro a la multitud habían sido en forma de exhortación a que conformaran en maneras razonables a la autoridad de los «que se sientan en el trono de Moisés». Pero estaban muy ocupados ese día en la ciudad, puesto que se preparaban simultáneamente para celebrar la Pascua y para finiquitar los planes para la destrucción de Jesús.
      
No vino mucha gente al campamento, porque su ubicación era un secreto bien guardado por los que sabían que Jesús deseaba permanecer allí en vez de volver a Betania por las noches.