«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 27 de febrero de 2012

El ministerio personal.

Jesús no dedicó la totalidad de su tiempo libre mientras estaba en Roma a la tarea de preparar a hombres y mujeres para que se convirtieran en futuros discípulos del reino venidero. Mucho de su tiempo lo dedicó a la adquisición de un conocimiento íntimo de todas las razas y tipos de seres humanos que vivían en esta, la ciudad más grande y más cosmopolita del mundo. En cada uno de esos numerosos contactos humanos, Jesús tenía un doble propósito: deseaba conocer las reacciones de ellos a la vida que vivían en la carne, y también tenía en mente decir o hacer algo que pudiera enriquecer la vida de ellos, que la hiciera más digna de ser vivida. Sus enseñanzas religiosas durante esas semanas no diferían de las que caracterizaron su vida posterior como maestro de los doce y predicador de multitudes.
      
La tesis de su mensaje era siempre: la realidad del amor del Padre celestial y la verdad de su misericordia, estos hechos sumados a la buena nueva de que el hombre es un hijo de fe de este mismo Dios de amor. La técnica que Jesús acostumbraba utilizar en sus relaciones sociales consistía en extraer las opiniones y sentimientos de los seres con quienes conversaba haciéndoles preguntas. Usualmente la conversación empezaba con Jesús haciendo las preguntas, y terminaba con los interlocutores haciéndole preguntas a Jesús. Era igualmente hábil en la enseñanza haciendo preguntas él o contestándolas. Como regla, a los que enseñaba más, menos decía. Los que más beneficios derivaron de su ministerio personal fueron mortales agobiados, ansiosos y deprimidos, que encontraban alivio en la oportunidad que se les ofrecía de desahogarse en su oído compasivo y comprensivo, pues él sabía escuchar y mucho más. Cuando esos seres humanos inadaptados le contaban a Jesús sus problemas, él siempre sabía ofrecer sugerencias prácticas e inmediatamente útiles para corregir los problemas auténticos, sin dejar por ello de pronunciar palabras de consuelo inmediato y de bienestar del momento. E invariablemente les hablaba a estos mortales afligidos sobre el amor de Dios y de varias y distintans maneras les trasmitía el mensaje de que ellos eran los hijos de este Padre amante en el cielo.
      
Así Jesús, durante su estadía en Roma, entró personalmente en contacto afectivo y edificante con unos quinientos mortales del reino. De este modo obtuvo un conocimiento de las diferentes razas de la humanidad que jamás hubiera podido adquirir ni en Jerusalén, ni tampoco en Alejandría. Siempre consideró que esos seis meses fueron de los períodos más ricos e informativos de su vida terrenal.
      
Como era de esperarse, un hombre tan versátil y acometedor no podía actuar así durante seis meses en la metrópolis del mundo sin ser abordado por numerosas personas que deseaban obtener sus servicios en relación con algún negocio o, más a menudo, para un proyecto de enseñanza, reforma social o movimiento religioso. Recibió más de una docena de tales ofrecimientos, y él se valió de cada uno de estos como una oportunidad para impartir alguna enseñanza de ennoblecimiento espiritual, con palabras bien escogidas o mediante un servicio complaciente. Amaba Jesús hacer algo útil, aun cosas pequeñas, para toda clase de gente.
      
Sostuvo una conversación sobre política y asuntos de estado con un senador romano, y este único encuentro con Jesús tanto le impresionó a este legislador que él pasó el resto de su vida tratando en vano de convencer a sus colegas que cambiaran el curso de la política reinante a partir de la idea de un gobierno que mantenía y alimentaba al pueblo a la de un pueblo que mantuviera al gobierno. Jesús pasó una noche conversando con un rico amo de esclavos, le habló del hombre como hijo de Dios, y al día siguiente este hombre, Claudio, otorgó la libertad a ciento diecisiete esclavos. Cenó con un médico griego, le recordó que sus pacientes tenían mente y alma además de cuerpo, y de allí en adelante este médico capaz intentó un ministerio más amplio para con sus pacientes. Conversaba con toda suerte de personas, de todos los ambientes y profesiones. El único lugar que no visitó en Roma fueron los baños públicos. Rehusó acompañar a sus amigos a los baños debido a la promiscuidad sexual que allí prevalecía.
      
Caminando con un soldado romano junto al Tiber le dijo: «Sé valiente de corazón así como de brazo. Atrévete a hacer justicia y ten la entereza de ser misericordioso. Obliga a tu naturaleza inferior a que obedezca a tu naturaleza superior del mismo modo que tú obedeces a tus superiores. Reverencia la bondad y exalta la verdad. Elige la belleza en lugar de la fealdad. Ama a tus semejantes y acércate a Dios con todo tu corazón, porque Dios es tu Padre en el cielo».
      
Al orador del foro le dijo: «Tu elocuencia es agradable, tu lógica es admirable, el sonido de tu voz es grato, pero tus enseñanzas no reflejan la verdad. Si pudieras disfrutar la satisfacción inspiradora de conocer que Dios es tu Padre espiritual, tal vez podrías emplear tu capacidad de orador para liberar a tus semejantes del yugo de las tinieblas y de la esclavitud de la ignorancia». Fue éste aquel Marcos que oyó a Pedro predicar en Roma y que luego fue su sucesor. Cuando crucificaron a Simón Pedro, éste fue aquel que desafió a los perseguidores romanos y audazmente continuó predicando el nuevo evangelio.
      
Al encontrarse con un pobre que había sido falsamente acusado, Jesús fue con él ante el magistrado y, habiéndosele concedido permiso especial para hablar por él, formuló ese excelente discurso durante el cual dijo: «Es la justicia la que hace una nación grande, y cuanto más grande una nación más solícita será en asegurarse de que no sufra injusticias ni siquiera el más humilde de sus ciudadanos. Ay de la nación en la que sólo los que poseen dinero e influencia cuentan con la seguridad de una justicia pronta ante sus tribunales. Es deber sagrado del magistrado absolver al inocente así como lo es castigar al culpable. De la imparcialidad, equidad e integridad de sus tribunales depende la perdurabilidad de una nación. El gobierno civil se basa en la justicia, así como la verdadera religión se basa en la misericordia». El juez volvió a abrir el caso, y después de examinar las pruebas, exoneró al prisionero. De todas las actividades de Jesús durante este período de ministerio personal, ésta fue la que más se acercó a una aparición pública.