Aunque ocho de los apóstoles estaban profundamente dormidos, los griegos, acampados a su lado, estaban más preocupados por los posibles acontecimientos, tanto es así que habían apostado un centinela para que diera la alarma en caso de que hubiera peligro. Cuando estos dos mensajeros llegaron apresuradamente al campamento, el centinela griego inmediatamente despertó a sus conciudadanos, quienes emergieron de sus tiendas, completamente vestidos y armados. El campamento todo estaba despierto excepto los ocho apóstoles; Pedro deseaba llamar a sus asociados, pero Jesús se lo prohibió perentoriamente. El Maestro les advirtió tiernamente que se volviesen a sus tiendas, pero ellos no estaban dispuestos a cumplir con su sugerencia.
Como no pudo dispersar a sus seguidores, el Maestro los dejó y descendió al lagar, cerca de la entrada al parque de Getsemaní. Aunque los tres apóstoles, los griegos y otros acampantes titubearon en seguirlo inmediatamente, Juan Marcos cortó camino, corriendo entre los olivares y se metió en un pequeño cobertizo cerca del lagar. Jesús se retiró del campamento y se alejó de sus amigos, con el objeto de que los que venían a arrestarlo pudieran hacerlo, cuando llegaran, sin perturbar a sus apóstoles. El Maestro temía que se despertaran sus apóstoles y presenciaran su arresto, y que el espectáculo de la traición de Judas despertara de tal manera su animosidad como para impulsarlos a resistir a los soldados terminando así apresados con él. Temía que, si eran arrestados con él, también pudieran perecer con él.

Jesús se sentó a solas, sobre el lagar, y allí aguardó la llegada del traidor, y tan sólo fue visto en este momento por Juan Marcos y las innumerables huestes de observadores celestiales.