«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 16 de diciembre de 2012

El mal, el pecado y la iniquidad.

Era costumbre de Jesús celebrar, dos noches por semana, un diálogo especial con los individuos que desearan hablar con él, en cierto rincón aislado y protegido del jardín de Zebedeo. En una de estas conversaciones vespertinas en privado, Tomás hizo al Maestro la siguiente pregunta: «¿Por qué es necesario que los hombres nazcan del espíritu para entrar al reino? ¿Es que el renacimiento es necesario para liberarse del control del diablo? Maestro, ¿qué es el mal?». Al oír Jesús estas preguntas, le dijo a Tomás:
      
«No cometas el error de confundir el mal con el diablo, más correctamente llamado el inicuo. El que vosotros llamáis el diablo es hijo del amor propio, aquel alto administrador que se rebeló a sabiendas y deliberadamente contra el gobierno de mi Padre y de sus Hijos leales. Pero ya yo subyugué a estos rebeldes pecaminosos. Aclara en tu mente estas actitudes diferentes hacia el Padre y su universo. No olvides nunca estas leyes relacionadas con la voluntad del Padre:
      
«El mal es la transgresión inconsciente o sin intención de la ley divina, la voluntad del Padre. El mal es, del mismo modo, la medida de la imperfección de la obediencia a la voluntad del Padre.
      
«El pecado es la transgresión consciente, conocedora y deliberada de la ley divina, la voluntad del Padre. El pecado es la medida de la renuencia a la guía divina y a la dirección espiritual.
      
«La iniquidad es la transgresión voluntaria, decidida y persistente de la ley divina, la voluntad del Padre. La iniquidad es la medida del rechazo constante del plan amante del Padre para la supervivencia de la personalidad y del ministerio misericordioso de los Hijos para la salvación.
      
«Por naturaleza, antes del renacimiento del espíritu, el hombre mortal está sujeto a inherentes tendencias perversas pero estas imperfecciones naturales de conducta no constituyen ni pecado ni iniquidad. El hombre mortal recién empieza su larga ascensión hacia la perfección del Padre en el Paraíso. El que uno es imperfecto o parcial en lo que la naturaleza le otorgó, no es pecaminoso. El hombre está en verdad sujeto al mal, pero no es en ningún sentido hijo del diablo, a menos que escoja a sabiendas y deliberadamente los caminos del pecado y una vida de iniquidad. El mal es inherente al orden natural de este mundo, pero el pecado es una actitud de rebelión consciente que fue traída a este mundo por los que cayeron de la luz espiritual a las profundísimas tinieblas.
      
«Tú, Tomás, estás confundido por las doctrinas de los griegos y los errores de los persas. No comprendes las relaciones del mal y del pecado, porque visualizas a la humanidad como si hubiera empezado en la tierra con un Adán perfecto, degenerando rápidamente, a través del pecado, hasta la deplorable condición actual del hombre. Pero, ¿por qué te niegas a comprender el significado de la narración que revela que Caín, el hijo de Adán, fue a la tierra de Nod y allí encontró mujer? ¿Por qué te niegas a interpretar el significado de la narración que relata cómo los hijos de Dios encontraron mujer entre las hijas de los hombres?
      
«Es verdad que los hombres son malos por naturaleza, pero no son necesariamente pecadores. El nuevo nacimiento —el bautismo del espíritu— es esencial para liberarse del mal y necesario para entrar al reino del cielo, pero no menoscaba el hecho de que el hombre es hijo de Dios. Tampoco significa esta presencia inherente del mal potencial que el hombre está separado en alguna forma misteriosa del Padre en el cielo de modo tal que debe, como ajeno, extranjero o hijastro, tratar de que el Padre lo adopte legalmente. Todas estas ideas nacieron en primer término de vuestra falta de comprensión del Padre y, en segundo término, de vuestra ignorancia en cuanto al origen, naturaleza y destino del hombre.
      
«Los griegos y otros os enseñaron que el hombre va descendiendo gradualmente de la perfección divina, al olvido o la destrucción; yo he venido para mostrar que el hombre, mediante su entrada en el reino, asciende a Dios y a la perfección divina en forma segura y certera. Todo ser que de alguna manera no alcance a los ideales divinos y espirituales de la voluntad del Padre eterno es potencialmente perverso, pero no es en ningún sentido un pecador, ni mucho menos, inicuo.
      
«Acaso no leíste en las Escrituras, Tomás, donde está escrito: `Vosotros sois los hijos del Señor vuestro Dios'. `Yo seré su Padre y él será mi hijo'. `Lo he elegido para que sea mi hijo —yo seré su Padre'. `Trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra; trae todos los llamados de mi nombre, pora gloria mía los he creado'. `Sois los hijos del Dios viviente'. `Los que tienen el espíritu de Dios son en verdad hijos de Dios'. Mientras hay una parte material del padre humano en el hijo natural, hay también una parte espiritual del Padre celestial en cada hijo de la fe del reino.»
      
Todo esto y mucho más dijo Jesús a Tomás, y mucho de ello el apóstol comprendió, aunque Jesús le advirtió que «no hables con los demás sobre estos asuntos hasta que yo haya vuelto al Padre». Y Tomás no mencionó este diálogo hasta después de la partida del Maestro de este mundo.