«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 17 de diciembre de 2012

El propósito de la aflicción.

En otro de estos diálogos privados en el jardín, Natanael preguntó a Jesús: «Maestro, aunque comienzo a comprender por qué te niegas a practicar indiscriminadamente tus dotes curativas, aún no entiendo por qué el Padre amante en el cielo permite que tantos de sus hijos sobre la tierra sufran tantas aflicciones». El Maestro respondió a Natanael, diciendo:
      
«Natanael, tú y muchos otros estáis perplejos porque no comprendéis de qué manera ha sido tantas veces convulsionado el orden natural de este mundo, debido a las aventuras pecaminosas de ciertos traidores que se rebelaron contra la voluntad del Padre. Yo he venido para empezar a poner en orden estas cosas. Pero se necesitarán muchos siglos para devolver esta parte del universo a los caminos anteriores y así aliviar a los hijos del hombre de la carga adicional del pecado y la rebelión. La presencia del mal por sí sola prueba al hombre suficientemente en su ascensión —el pecado no es esencial para la supervivencia.
     
«Pero, hijo mío, debes saber que el Padre no aflige a sus hijos deliberadamente. El hombre desencadena sobre sí mismo aflicción innecesaria como resultado de su negación persistente a marchar en los buenos caminos de la voluntad divina. La aflicción está en potencia en el mal, pero buena parte de ella se produce por el pecado y la iniquidad. Muchos acontecimientos inusitados han acaecido en este mundo, y no es raro que todos los hombres pensadores se preocupen por el espectáculo que presencian de sufrimiento y aflicción. Pero puedes estar seguro de una cosa: el Padre no envía aflicción como castigo arbitrario de la fechoría. Las imperfecciones y desgracias del mal son inherentes; los castigos del pecado son inevitables; las consecuencias destructoras de la iniquidad son inexorables. El hombre no debe culpa a Dios por las aflicciones que son el resultado natural de la vida que él elige vivir; tampoco debe el hombre quejarse de esas experiencias que son parte de la vida tal como se la vive en este mundo. Es la voluntad del Padre que el hombre mortal trabaje con perseverancia y firmemente hacia el mejoramiento de su condición en la tierra. La aplicación inteligente permitirá al hombre sobreponerse a buena parte de su miseria en la tierra. 


«Natanael, es nuestra misión ayudar a los hombres a que solucionen sus problemas espirituales y de esta manera agilicen su mente para encontrarse mejor preparados e inspirados para resolver sus múltiples problemas materiales. Conozco tu confusión porque has leído las Escrituras. Demasiadas veces ha prevalecido la tendencia de asignar a Dios la responsabilidad de todo lo que el hombre ignorante no puede comprender. El Padre no es personalmente responsable de todo lo que vosotros no podéis comprender. Si estás afligido por haber transgredido inocente o deliberadamente una orden divina, no dudes del amor del Padre sólo porque él ordenó esa ley justa y sabia.

     
«Pero, Natanael, mucho hay en las Escrituras que te habría instruido si hubieras leído con discernimiento. Acaso no recuerdas que está escrito: `No desdeñes, hijo mio, el castigo del Señor; ni te fatigues de su corrección, porque el Señor al que ama regaña, como el padre regaña al hijo a quien quiere'. `El Señor no aflige voluntariamente'. `Antes que fuera yo afligido me descarrié, mas ahora cumplo la ley. Bueno me es haber sido afligido para que aprenda los estatutos divinos'. `Conozco tus angustias. El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos'. `El Señor también es el refugio de los oprimidos, el puerto de reposo durante la tormenta'. `El Señor lo sustentará sobre el lecho de aflicción; el Señor no olvidará a los dolientes'. `Como el padre se compadece de sus hijos, se compadece el Señor de los que le temen. Él conoce vuestro cuerpo; se acuerda de que sois polvo'. `Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas'. `Él es la esperanza al pobre, la fortaleza al menestroso en sus penas, el refugio contra el turbión, la sombra contra el calor sofocante'. `Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas'. `No quebrará la caña cascada, ni apagará el pápilo que humeare!' `Cuando pases por las aguas de la aflicción, yo estaré contigo, y cuando los ríos de la adversidad te sobrecojan, no te abandonaré'. `Él me ha enviado a vendar los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a consolar a todos los enlutados'. `Hay corrección en el sufrimiento; la aflicción no sale del polvo'».