Cuando los setenta relataron que «hasta los diablos se sometían» a ellos, se referían a las extraordinarias curas que pudieron realizar en distintos casos de víctimas de trastornos nerviosos. Sin embargo, hubo algunos casos de verdadera posesión de los espíritus, que estos ministros habían aliviado, y refiriéndose a éstos, Jesús dijo: «No es extraño que estos desobedientes espíritus menores se sometan a vosotros, puesto que yo vi a Satanás caer del cielo como un rayo. Pero no os regocijéis tanto por este asunto porque yo os declaro que, en cuanto yo vuelva a mi Padre, enviaremos nuestro espíritu a la mente misma de los hombres para que ya no puedan estos pocos espíritus perdidos penetrar la mente de los mortales desafortunados. Me regocijo con vosotros de que tengáis poder con los hombres, pero no os sintáis entusiastas por esta experiencia, sino que más bien debéis regocijaros de que vuestros nombres estén inscritos en las listas del cielo, y que así iréis vosotros hacia adelante en la carrera sin fin de la conquista espiritual».

Después de hablar así Jesús al Padre, se apartó para hablar con sus apóstoles y ministros: «Benditos sean los ojos que ven y los oídos que oyen estas cosas. Dejadme deciros que muchos profetas y muchos de los grandes hombres de eras pasadas desearon contemplar lo que vosotros veis ahora, pero no les fue otorgado. Y muchas generaciones venideras de hijos de la luz, cuando oigan de estas cosas, os envidiarán a vosotros que las habéis oído y visto».
Luego, hablando a todos los discípulos, dijo: «Habéis oído cuántas ciudades y aldeas han recibido la buena nueva del reino, y de qué manera fueron recibidos mis ministros e instructores tanto por los judíos como por los gentiles. De veras son benditas estas comunidades que han elegido creer el evangelio del reino. Pero, ¡ay de los habitantes de Corazín, Betsaida-Julias y Capernaum!, que rechazan la luz, ¡ay de las ciudades que no recibieron bien a estos mensajeros! Yo declaro que si las obras poderosas hechas en estos lugares hubieran sido hechas en Tiro y Sidón, el pueblo de estas ciudades así llamadas paganas se habría arrepentido inmediatamente y vestiría túnica de penitente. Será por cierto más tolerable para Tiro y Sidón en el día del juicio.»
Siendo el día siguiente sábado, Jesús se apartó con los setenta y les dijo: «En verdad me regocijé con vosotros cuando volvisteis trayendo buenas noticias de la recepción del evangelio del reino por parte de tanta gente en toda Galilea, Samaria y Judea. Pero, ¿por qué estabais vosotros tan sorprendentemente exaltados? ¿Acaso no anticipabais que vuestro mensaje sería poderoso en su manifestación? ¿Es que salisteis con tan poca fe en este evangelio que cuando regresasteis os sorprendió su eficacia? Ahora bien, aunque no quisiera ahogar vuestro espíritu de regocijo, deseo advertiros severamente contra las insidias del orgullo, del orgullo espiritual. Si podéis comprender la caída de Lucifer, el inicuo, rechazaréis solemnemente todo tipo de orgullo espiritual.
«Habéis ingresado en esta gran tarea de enseñar al hombre mortal que él es hijo de Dios. Os he mostrado el camino; salid y haced vuestro deber y no os canséis de hacer el bien. A vosotros y a todos los que sigan vuestras huellas a través de las edades, dejadme deciros: Yo siempre estoy cerca, y mi llamado es y por siempre será: Acudid a mí, todos vosotros que laboráis y lleváis la pesada carga, y yo os daré descanso. Someteos a mi yugo y aprended de mí, porque soy fiel y leal, y encontraréis descanso espiritual para vuestra alma».
Comprobaron la verdad de las palabras del Maestro cuando pusieron a prueba sus promesas. Y desde ese día, incontables millares también han probado y comprobado la veracidad de esas promesas.