«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

miércoles, 10 de julio de 2013

El joven rico y otros.

Más de cincuenta discípulos que querían ser ordenados y nombrados miembros de los setenta fueron rechazados por el comité nombrado por Jesús para seleccionar a estos candidatos. Este comité consistía en Andrés, Abner, y el jefe del cuerpo evangelista. En todos los casos en que este comité de tres miembros no llegaba a un acuerdo unánime, llevaban al candidato ante Jesús, y aunque el Maestro no rechazó a ninguno de los que ansiaban ser ordenados mensajeros del evangelio, hubo más de una docena que, después de hablar con Jesús, ya no desearon ser mensajeros del evangelio.
     
Un discípulo serio vino adonde Jesús, diciendo: «Maestro, quiero ser uno de los nuevos apóstoles, pero mi padre es muy viejo y está a punto de morir; ¿se me permitiría regresar al hogar para enterrarlo?» A este hombre le dijo Jesús: «Hijo mío, los zorros tienen guaridas y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza. Tú eres un discípulo fiel, y puedes seguir siéndolo al retornar a tu hogar y ministrar a tus seres queridos, pero eso no ocurre con los mensajeros de mi evangelio. Ellos lo han abandonado todo para seguirme y proclamar el reino. Si quieres ser ordenado instructor, debes dejar que otros entierren a los muertos, mientras tú sales para difundir la buena nueva». Y este hombre se alejó, grandemente desilusionado.
     
Otro discípulo vino ante el Maestro y dijo: «Quisiera ser ordenado mensajero, pero quisiera ir a mi casa por un corto período para consolar a mi familia». Jesús replicó: «Si quieres ser ordenado, debes estar dispuesto a abandonarlo todo. Los mensajeros del evangelio no pueden tener afectos divididos. Ningún hombre que habiendo puesto la mano en el arado se vuelve atrás, es merecedor de ser mensajero del reino».
      
Entonces trajo Andrés ante Jesús a cierto joven rico que era un creyente devoto y que deseaba recibir la ordenación. Este joven, Matadormo, era miembro del sanedrín de Jerusalén; había escuchado a Jesús enseñar y posteriormente había sido instruido en el evangelio del reino por Pedro y los demás apóstoles. Jesús habló con Matadormo sobre los requisitos de la ordenación y le solicitó que pospusiera la decisión hasta después de haber reflexionado más plenamente sobre el asunto. Temprano por la mañana siguiente, cuando Jesús salía a caminar, este joven se le acercó y dijo: «Maestro, quisiera saber de ti la seguridad de la vida eterna. Puesto que he observado todos los mandamientos desde mi juventud, quisiera saber, ¿qué más debo hacer para ganar vida eterna?» En respuesta a esta pregunta, Jesús dijo: «Si cumples con todos los mandamientos —no cometes adulterio, no matas, no robas, no das falso testimonio, no engañas, honras a tu padre y a tu madre— haces bien, pero la salvación es la recompensa de la fe, no sólo de las obras. ¿Crees tú en este evangelio del reino?» Y Matadormo contestó: «Sí, Maestro, creo todo lo que tú y tus apóstoles me han enseñado». Jesús dijo: «Entonces, tú eres de veras mi discípulo y un hijo del reino». 

     
Entonces dijo el joven: «Pero, Maestro, no me conformo con ser tu discípulo; quiero ser uno de tus nuevos mensajeros». Cuando Jesús escuchó esto, lo contempló con gran amor y dijo: «Te haré uno de mis mensajeros si estás dispuesto a pagar el precio, si pudieras proveer la única cosa que te falta». Matadormo respondió: «Maestro, haré lo que sea si se me permite que te siga». Jesús, besando en la frente al joven arrodillado, dijo: «Si quieres ser mi mensajero, vete y vende todo lo que tienes y, después de donar el producto a los pobres o a tus hermanos, ven y sígueme y tendrás tesoro en el reino del cielo».
     
Cuando Matadormo oyó estas palabras, su rostro se alteró. Se levantó y se alejó apenado, porque tenía grandes posesiones. Este rico joven fariseo había sido criado en la creencia de que la riqueza era símbolo del favor de Dios. Jesús sabía que no estaba él libre del amor de sí mismo y de sus riquezas. El Maestro quería liberarlo del amor a la riqueza, no necesariamente de la riqueza misma. Aunque los discípulos de Jesús no abandonaban sus bienes mundanos, los apóstoles y los setenta sí lo hacían. Matadormo deseaba ser uno de los setenta nuevos mensajeros, y por ese motivo Jesús le pedía que abandonara todas sus posesiones temporales.
      
Casi todos los seres humanos temen particularmente desprenderse de algún vicio malo para ellos predilecto, pero el ingreso al reino del cielo lo requiere como parte del precio de entrada. Si Matadormo hubiera abandonado su riqueza, probablemente ésta habría sido colocada nuevamente en sus manos para que la administrara como tesorero de los setenta. Aunque más adelante, después del establecimiento de la iglesia en Jerusalén, sí obedeció la exhortación del Maestro, si bien ya era demasiado tarde para entrar a formar parte de los setenta, y fue el tesorero de la iglesia de Jerusalén, de la cual Santiago, el hermano del Señor en la carne, era el jefe.
      
Así pues, siempre fue y por siempre será: los hombres deben tomar su propia decisión. Existe cierta gama de libertad de selección que los mortales pueden ejercer. Las fuerzas del mundo espiritual no obligan al hombre; le permiten tomar el camino de su elección.
      
Jesús preveía que Matadormo, con sus riquezas, no podía de ninguna manera ser ordenado en asociación de hombres que lo habían abandonado todo por el evangelio; al mismo tiempo, veía que, sin sus riquezas, podría ser el líder máximo de todos ellos. Pero, como los propios hermanos de Jesús, nunca fue importante en el reino porque se privó de esa asociación íntima y personal con el Maestro lo cual sí podría haber sido su experiencia si hubiera estado dispuesto en ese momento a hacer lo que Jesús le pedía y que, varios años después, en efecto hizo.
      
La riqueza nada tiene que ver directamente con el ingreso en el reino del cielo, pero el amor por la riqueza, sí. Las lealtades espirituales del reino son incompatibles con la servidumbre a los ídolos materialistas. El hombre no puede compartir su lealtad suprema a un ideal espiritual con una devoción material.
      
Jesús nunca enseñó que fuera erróneo poseer riquezas. Sólo pidió que los doce y los setenta dedicaran todas sus posesiones mundanas a la causa común. Aun entonces, permitió la liquidación de las propiedades de ellos con ganancia, como en el caso del apóstol Mateo. Jesús muchas veces asesoró a sus discípulos de buena posición así como había enseñado al rico en Roma. El Maestro consideraba la inversión sabia de las ganancias en exceso de las necesidades como una forma legítima de seguro contra adversidades futuras e inevitables. Cuando el tesoro apostólico estaba lleno, Judas puso fondos en depósito para ser usados posteriormente, cuando sufrieran necesidades debido a la disminución de los ingresos. Esto lo hizo Judas después de consultar con Andrés. Jesús nunca tuvo nada que ver personalmente con las finanzas apostólicas excepto en casos de desembolsos caritativos. Pero había un abuso económico que muchas veces condenó, y ese era la explotación injusta de los débiles, ignorantes y menos afortunados entre los hombres, por parte de sus semejantes más fuertes, sagaces e inteligentes. Jesús declaró que ese tratamiento inhumano de hombres, mujeres y niños era incompatible con los ideales de la hermandad del reino del cielo.