«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

viernes, 26 de julio de 2013

Los diez leprosos.

Al día siguiente Jesús fue con los doce a Amatus, cerca de la frontera de Samaria, y al acercarse a la ciudad, se encontraron con un grupo de diez leprosos que temporalmente vivían cerca de ese lugar. Nueve de este grupo eran judíos y uno era samaritano. Ordinariamente, estos judíos hubieran evitado toda asociación o contacto con este samaritano, pero su enfermedad común era más que suficiente para sobreponerse a todo prejuicio religioso. Mucho habían oído de Jesús y de sus primeros milagros de curación, y puesto que los setenta tenían la costumbre, cuando el Maestro estaba en gira con los doce, de anunciar la hora en que se esperaba la llegada de Jesús, los diez leprosos se habían enterado de que se le esperaba en esta zona por este tiempo; por esto, estaban apostados en las afueras de la ciudad donde esperaban atraer su atención y pedirle la curación. Cuando los leprosos vieron que Jesús se les iba acercando, como no se atrevían a aproximarse a él permanecieron a la distancia, implorándole en voz alta: «Maestro, ten compasión de nosotros; límpianos de nuestra aflicción. Cúranos así como has curado a otros».
 
      
Jesús acababa de explicar a los doce por qué los gentiles de Perea, juntamente con los judíos menos ortodoxos, estaban más dispuestos a creer en el evangelio predicado por los setenta que los judíos de Judea, más ortodoxos y más atados a la tradición. Les había llamado la atención sobre el hecho de que su mensaje fue recibido más rápidamente por los galileos y aun por los samaritanos, pero los doce apóstoles aún no estaban dispuestos a albergar sentimientos tiernos hacia los samaritanos por tanto tiempo despreciados.
      
Por lo tanto, cuando Simón el Zelote observó a un samaritano entre los leprosos, trató de inducir al Maestro a que pasara de largo hacia la ciudad sin siquiera parar para saludarlos. Dijo Jesús a Simón: «Pero, ¿qué pasa si el samaritano ama a Dios tanto como los judíos? ¿Acaso debemos sentarnos en juicio de nuestros semejantes? ¿Quién puede decirlo? Si curamos a estos diez hombres, tal vez el samaritano resulte ser más agradecido aun que los judíos. ¿Es que estás tan seguro de tus opiniones, Simón?» Simón replicó de inmediato: «Si los curas, pronto te darás cuenta». Y Jesús contestó: «Así será pues, Simón, y pronto conocerás la verdad sobre la gratitud de los hombres y la misericordia amante de Dios».
      

Jesús, acercándose a los leprosos, dijo: «Si queréis ser curados, id y mostraos a los sacerdotes como lo requiere la ley de Moisés». Y en la ida fueron curados. Pero, cuando el samaritano vio que estaba curado, se volvió y, buscando a Jesús, comenzó a glorificar a Dios en voz alta. Y cuando hubo encontrado al Maestro, cayó de rodillas a sus pies y dio gracias por su curación. Los otros nueve, los judíos, también habían descubierto su curación, y aunque estaban agradecidos por ello, siguieron por su camino para mostrarse a los sacerdotes.


Mientras el samaritano permanecía arrodillado a los pies de Jesús, el Maestro, mirando a los doce y especialmente a Simón el Zelote, dijo: «¿Acaso no se curaron los diez? ¿Dónde están los otros nueve, los judíos? Sólo uno, este extranjero, ha vuelto para glorificar a Dios». Luego dijo al samaritano: «Levántate y vete por tu camino; tu fe te ha curado».
     
Jesús nuevamente fijó la mirada en sus apóstoles mientras partía el extranjero. Todos los apóstoles lo miraron, menos Simón el Zelote, que había bajado la mirada. Los doce no dijeron ni una palabra. Tampoco habló Jesús; no era necesario.
      
Aunque estos diez hombres creían verdaderamente que eran leprosos, sólo cuatro tenían esta enfermedad. Los otros seis fueron curados de una enfermedad de la piel que se había confundido con la lepra. Pero el samaritano tenía realmente lepra.
      
Jesús ordenó a los doce que nada dijeran sobre la curación de los leprosos, y cuando entraban a Amatus, observó: «Veis pues como los hijos de la casa, aunque desobedezcan la voluntad de su Padre, igual piensan que les corresponden sus bendiciones. Piensan que es de poca importancia dejar de agradecer al Padre cuando él les otorga una curación, pero los extranjeros, cuando reciben dones del amo de la casa, se desbordan en asombro y se sienten obligados a dar las gracias por las buenas cosas recibidas». Tampoco dijeron nada los apóstoles en respuesta a las palabras del Maestro.