«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 14 de julio de 2013

En Jerusalén.

Jesús había asistido a la fiesta de los tabernáculos para proclamar el evangelio a los peregrinos de todas partes del imperio; ahora iba a la fiesta de la consagración con un sólo propósito: el de ofrecer otra oportunidad al sanedrín y a los líderes judíos para que vieran la luz. El acontecimiento principal de estos pocos días en Jerusalén sucedió el viernes por la noche en la casa de Nicodemo. Estaban aquí reunidos unos veinticinco líderes judíos que creían en las enseñanzas de Jesús. En el grupo había catorce hombres que eran en ese momento, o habían sido hasta recientemente, miembros del sanedrín. Esta reunión fue presenciada por Eber, Matadormo y José de Arimatea.
      
En esta ocasión, los oyentes de Jesús eran hombres eruditos, y tanto ellos como los dos apóstoles se sorprendieron de la amplitud y profundidad de las observaciones que el Maestro hizo ante este grupo distinguido. No había él exhibido tal sabiduría y conocimiento desde los tiempos en que enseñara en Alejandría, en Roma y en las islas del Mediterráneo, ni había mostrado tal comprensión de los asuntos de los hombres, tanto seculares como religiosos.
      
Cuando la pequeña reunión se disolvió, todos se fueron impresionados por la personalidad del Maestro, encantados con sus maneras desenvueltas, y enamorados del hombre. Habían intentando asesorar a Jesús en relación con su deseo de ganar a los restantes miembros del sanedrín. El Maestro escuchó atentamente, pero en silencio, sus propuestas. Bien sabía que ninguno de los planes de ellos funcionaría. Suponía que la mayoría de los líderes judíos jamás aceptaría el evangelio del reino; sin embargo, les proporcionó otra oportunidad de elección. Pero cuando salió esa noche, con Natanael y Tomás, para alojarse en el Monte de los Olivos, no había decidido qué método utilizar para llevar nuevamente su obra a la atención del sanedrín.
     
Esa noche, Natanael y Tomás poco durmieron; estaban demasiado impresionados por todo lo que habían escuchado en la casa de Nicodemo. Mucho pensaron sobre la declaración final de Jesús en relación con la oferta de los miembros y ex miembros del sanedrín de acompañarlo ante los setenta. El Maestro dijo: «No, hermanos míos, no serviría para nada. Multiplicaríais vosotros la ira que recaerá sobre vuestra cabeza, pero no mitigaríais en lo más mínimo el odio que ellos me tienen. Id, cada uno de vosotros, cumplid con los asuntos del Padre según os guíe el espíritu, mientras yo llevo nuevamente el reino a la atención de ellos en la forma en que mi Padre me lo indique».