«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

viernes, 5 de julio de 2013

La fiesta de los tabernáculos.

La presencia de gente de todo el mundo conocido, desde España hasta la India, hacía de la fiesta de los tabernáculos una ocasión ideal para que Jesús proclamara públicamente por primera vez todo su evangelio en Jerusalén. En esta fiesta la gente vivía mucho al aire libre, en chozas hechas de hojas. Era la fiesta de la cosecha, y al ocurrir en los meses frescos del otoño, generalmente venían más judíos de todas partes que para la Pascua a fin del invierno o para Pentecostés al comienzo del verano. Los apóstoles finalmente contemplaban a su Maestro haciendo el audaz anuncio de su misión en la tierra ante el mundo entero.

Era ésta la fiesta de las fiestas, puesto que todo sacrificio que se había dejado hacer en los otros festivales se podría hacer en éste. En esta ocasión se recibían las ofrendas para el templo; era una combinación de los placeres de las vacaciones, con los ritos solemnes del culto religioso. Era éste un momento de regocijo racial, mezclado con sacrificios, cantos levíticos, y las notas solemnes de las trompetas de plata de los sacerdotes. Por la noche, el extraordinario espectáculo del templo y sus multitudes de peregrinos estaba brillantemente alumbrado por los grandes candelabros que ardían centelleantes en el patio de las mujeres, así como también por los resplandores de cientos de antorchas colocadas en los patios del templo. Toda la ciudad estaba decorada alegremente, excepto el castillo romano de Antonia, que se veía sombrío ante esta escena festiva, llena de adoración. ¡Y cuánto odiaban los judíos este símbolo siempre presente del yugo romano!
    
Durante la fiesta se sacrificaban setenta bueyes, símbolo de las setenta naciones de paganismo. La ceremonia del agua simbolizaba el esparcimiento del espíritu divino. Esta ceremonia del agua se producía después de la procesión de los sacerdotes y levitas al amanecer. Los fieles bajaban por los peldaños que conducían del patio de Israel al patio de las mujeres, mientras se tocaban notas sucesivas en las trompetas de plata. Luego, los fieles marchaban hasta el Hermoso portón, que se abría al patio de los gentiles. Aquí, se volvían para mirar al oeste, repetir sus cantos, y continuar la procesión del agua simbólica.
     
El último día de la fiesta, oficiaban casi cuatrocientos cincuenta sacerdotes con un número correspondiente de levitas. Al amanecer se reunían los peregrinos de todas las partes de la ciudad, cada cual llevando en la mano derecha un manojo de ramas de mirto, sauce y palma, mientras que en la mano izquierda llevaban una rama de manzana del paraíso: la cidra, o la «fruta prohibida». Estos peregrinos se dividían en tres grupos para esta ceremonia matutina. Un grupo permanecía en el templo para asistir a los sacrificios matutinos; otro bajaba en procesión de Jerusalén hasta cerca de Maza para cortar las ramas de sauce destinadas a adornar el altar del sacrificio, mientras que el tercer grupo formaba una procesión para marchar desde el templo siguiendo al sacerdote con el agua, quien, al son de las trompetas de plata, llevaba la jarra de oro que contenía el agua simbólica, saliendo por Ofel hasta cerca de Siloé, donde se encontraba el Portón de la fuente. Una vez que se había llenado la jarra de oro en el estanque de Siloé, la procesión marchaba de vuelta al templo, entrando por el Portón del agua y dirigiéndose directamente al patio de los sacerdotes, donde el sacerdote que llevaba la jarra de agua se unía al sacerdote que llevaba el vino para la ofrenda de bebida. Estos dos sacerdotes se dirigían luego a los embudos de plata que conducían a la base del altar, y echaban en ellos el contenido de las jarras. La ejecución de este rito de echar vino y agua señalaba el momento en que los peregrinos reunidos comenzaban a cantar los salmos 113 al 118 inclusive, alternativamente con los levitas. A medida que repetían estos versos, hacían ondular sus manojos de ramas hacia el altar. Luego se realizaban los sacrificios para ese día, asociados con la repetición del salmo del día, relegando el salmo ochenta y dos para el último día de la fiesta, comenzando con el quinto verso.