«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

lunes, 29 de julio de 2013

La congregación en Filadelfia.

Jesús y los doce estaban yendo a visitar a Abner y a sus asociados, quienes predicaban y enseñaban en Filadelfia. De todas las ciudades de Perea, Filadelfia fue la que tuvo el grupo más grande de judíos y gentiles, ricos y pobres, sabios e ignorantes, que aceptaron las enseñanzas de los setenta, habiendo entrado así al reino del cielo. La sinagoga de Filadelfia no se sometió nunca a la supervisión del sanedrín de Jerusalén, por lo tanto no había cerrado nunca sus puertas a las enseñanzas de Jesús y sus asociados. Por esta época, Abner enseñaba tres veces por día en la sinagoga de Filadelfia.
      
Esta misma sinagoga se convirtió más tarde en una iglesia cristiana y fue el centro misionero para la promulgación del evangelio en las regiones orientales. Por mucho tiempo fue la ciudadela de las enseñanzas del Maestro y erigiéndose durante siglos en esta región como el único centro del conocimiento cristiano.
      
Los judíos de Jerusalén siempre habían tenido problemas con los judíos de Filadelfia. Y después de la muerte y resurrección de Jesús, la iglesia de Jerusalén, de la cual era jefe Santiago, el hermano del Señor, empezó a tener dificultades graves con la congregación de creyentes de Filadelfia. Abner se convirtió en jefe de la iglesia de Filadelfia, continuando en esa posición hasta su muerte. Esta alienación de Jerusalén explica por qué nada se menciona sobre Abner y su trabajo en las narraciones evangélicas del Nuevo Testamento. Esta disputa entre Jerusalén y Filadelfia duró a través de los tiempos de Santiago y Abner y continuó cierto tiempo después de la destrucción de Jerusalén. Filadelfia fue, en verdad, el centro de la iglesia primitiva en el sur y en el este, así como Antioquía lo fue en el norte y oeste.
      
Fue aparentemente desafortunado para Abner, estar en desacuerdo con todos los líderes de la iglesia cristiana primitiva. Tuvo desavenencias con Pedro y Santiago (el hermano de Jesús) sobre cuestiones de administración y de la jurisdicción de la iglesia de Jerusalén; estuvo en desacuerdo con Pablo sobre cuestiones de filosofía y teología. Abner era más babilónico que helenista en su filosofía, y se resistió tozudamente a todos los intentos de Pablo por rehacer las enseñanzas de Jesús para presentar, en primer término a los judíos y luego a los creyentes grecorromanos de los misterios, menos elementos ofensivos.
      
Así, estuvo Abner obligado a vivir una vida de aislamiento. Era jefe de una iglesia no reconocida por Jerusalén. Se había atrevido a desafiar a Santiago, el hermano del Señor, quien posteriormente tuvo el apoyo de Pedro. Esta conducta lo aisló efectivamente de todos sus asociados anteriores. Además, se atrevió a resistirse a Pablo. Aunque estaba totalmente de acuerdo con la misión de Pablo entre los gentiles, y aunque lo apoyaba en sus disputas con la iglesia de Jerusalén, estuvo amargamente opuesto a la versión de las enseñanzas de Jesús que Pablo eligió predicar. En sus últimos años, Abner denunció a Pablo como el «sagaz corruptor de las enseñanzas de la vida de Jesús de Nazaret, el Hijo del Dios viviente».
      
Durante los últimos años de Abner y por cierto tiempo después, los creyentes de Filadelfia se acogieron más estrictamente a la religión de Jesús, tal como la había vivido y enseñado, que cualquier otro grupo sobre la tierra.
      
Abner vivió hasta los 89 años de edad, habiendo muerto en Filadelfia el 21 de noviembre del año 74 d. de J.C. Hasta el fin, fue un creyente fiel del evangelio del reino celestial e instructor del mismo.