«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 3 de abril de 2014

El espíritu de la verdad.

El nuevo ayudante que Jesús prometió enviar al corazón de los creyentes, para esparcirlo sobre toda la carne, es el Espíritu de la Verdad. Este don divino no es la letra ni la ley de la verdad, tampoco ha de funcionar como una forma o expresión de la verdad. El nuevo maestro es la convicción de la verdad, la conciencia y certeza de los verdaderos significados de los niveles espirituales reales. Y este nuevo maestro es el espíritu de la verdad viva y creciente, que se expande, se despliega, y se adapta.
      
La verdad divina es una realidad viva discernida por el espíritu. La verdad existe sólo en los altos niveles espirituales de la comprensión de la divinidad y de la conciencia de la comunión con Dios. Puedes conocer la verdad, puedes vivir la verdad; puedes experimentar el crecimiento de la verdad en el alma y disfrutar de la libertad de su esclarecimiento de la mente, pero no puedes aprisionar la verdad en fórmulas, códigos, credos o esquemas intelectuales de conducta humana. Cuando intentas una formulación humana de la verdad divina, ésta muere rápidamente. El rescate postmórtem de la verdad aprisionada, aun en su mejor expresión, puede emanar tan sólo en la comprensión de una forma peculiar de sabiduría intelectualizada glorificada. La verdad estática es verdad muerta, y sólo la verdad muerta puede ser contenida en una teoría. La verdad viva es dinámica y tan sólo puede tener una existencia experiencial en la mente humana.
      
La inteligencia crece a partir de la existencia material iluminada por la presencia de la mente cósmica. La sabiduría comprende la conciencia del conocimiento elevada a nuevos niveles de significados y activada por la presencia de la dote universal del espíritu ayudante de la sabiduría. La verdad es un valor de la realidad espiritual experimentado tan sólo por los seres dotados de espíritu que funcionan a niveles supermateriales de conciencia universal y que, después de la comprensión de la verdad, hacen que reine y viva en sus almas su espíritu de activación.
      
El verdadero hijo del discernimiento universal busca el Espíritu vivo de la Verdad en toda palabra sabia. La persona conocedora de Dios está constantemente elevando la sabiduría a los niveles de la verdad viva de alcance divino; el alma espiritualmente no progresiva, mientras tanto, arrastra hacia abajo a la verdad viva hasta los niveles muertos de la sabiduría y el dominio del mero conocimiento exaltado.
      
La regla de oro, cuando se la despoja del esclarecimiento suprahumano del Espíritu de la Verdad, se torna tan sólo en una regla de conducta altamente ética. La regla de oro, cuando se la interpreta literalmente, puede ser un instrumento de gran ofensa para los propios semejantes. Sin un discernimiento espiritual de la regla de oro de la sabiduría, podrías razonar que, puesto que deseas que todos los hombres te hablen la verdad plena y franca de su mente, deberías hablar total y francamente el pleno pensamiento de tu mente a tus semejantes. Una interpretación tal, no espiritual, de la regla de oro podría dar como resultado infelicidad indescriptible y congoja sin fin.
      
Algunas personas disciernen e interpretan la regla de oro como una afirmación puramente intelectual de la fraternidad humana. Otras experimentan esta expresión de la relación humana como una gratificación emocional de los sentimientos tiernos de la personalidad humana. Otros mortales reconocen esta misma regla de oro como la vara para medir todas las relaciones sociales, la norma de la conducta social. Y aun otros la consideran la admonición positiva de un gran maestro moral que comprendió en esta declaración el más alto concepto de la obligación moral en cuanto a lo que se refiere a todas las relaciones fraternas. En la vida de tales seres morales, la regla de oro se torna el sabio centro y circunferencia de toda su filosofía.
      
En el reino de la hermandad creyente de los amantes de la verdad conocedores de Dios, esta regla de oro adquiere cualidades vivas de comprensión espiritual en aquellos niveles más altos de interpretación que hacen que los hijos mortales de Dios consideren esta admonición del Maestro como que se requiere de ellos que se relacionen con sus semejantes de una manera que permita el más alto bien posible como resultado del contacto de los creyentes con esos semejantes. Ésta es la esencia de la verdadera religión: amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos.
      
Pero la comprensión más alta y la interpretación más verdadera de la regla de oro consiste en la consciencia del espíritu de la verdad de la realidad duradera y viva de esa declaración divina. El verdadero significado cósmico de esta regla de relación universal se revela solamente en su comprensión espiritual, en la interpretación de la ley de la conducta por el espíritu del Hijo al espíritu del Padre que reside en el alma del hombre mortal. Y cuando estos mortales conducidos por el espíritu se dan cuenta del verdadero significado de esta regla de oro, se llenan más de plenamente de la certeza de la ciudadanía en un universo cordial, y sus ideales de realidad espiritual son satisfechos sólo cuando aman a sus semejantes tal como Jesús nos amó a todos nosotros, y ésa es la realidad de la comprensión del amor de Dios.
     
Esta misma filosofía de la flexibilidad viva y de la adaptabilidad cósmica de la verdad divina a las necesidades individuales y a la capacidad de cada uno de los hijos de Dios, debe ser percibida antes de que puedas esperar comprender adecuadamente las enseñanzas del Maestro en la práctica de la no resistencia al mal. Las enseñanzas del Maestro son básicamente una declaración espiritual. Aun las implicaciones materiales de su filosofía no pueden considerarse en forma útil separadamente de sus correlaciones espirituales. El espíritu de la admonición del Maestro consiste en la no resistencia a todas las reacciones egoístas al universo, combinada con el alcance agresivo y progresivo de los niveles rectos de los verdaderos valores espirituales, la perfección divina, la virtud infinita y la verdad eterna —conocer a Dios y volverse cada vez más como él.
      
El amor, el altruismo, debe someterse a una interpretación constante y viva de readaptación de las relaciones de acuerdo con la guía del Espíritu de la Verdad. El amor debe así captar los conceptos constantemente cambiantes y ampliados del más alto bien cósmico del individuo que es amado. Luego el amor continúa con esta misma actitud relativa a todos los demás individuos que pudieran posiblemente ser influidos por la relación creciente y viva del amor por parte de un mortal conducido por el espíritu, hacia otros ciudadanos del universo. Y toda esta adaptación viviente del amor debe ser efectuada a la luz tanto del medio ambiente del mal presente como de la meta eterna de la perfección del destino divino.
      
Así pues debemos reconocer claramente que ni la regla de oro ni las enseñanzas de no resistencia pueden ser comprendidas adecuadamente como dogmas o preceptos. Tan sólo pueden ser comprendidas viviéndolas, percatándose de sus significados en la interpretación viva del Espíritu de la Verdad, que dirige el contacto amante de un ser humano con otro.
      
Y todo esto indica claramente la diferencia entre la vieja religión y la nueva. La vieja religión enseñaba la abnegación; la nueva religión enseña tan sólo olvidarse de sí mismo, elevar la autorrealización en una combinación de servicio social y comprensión del universo. La vieja religión era motivada por la conciencia del temor; el nuevo evangelio del reino está dominado por la convicción de la verdad, el Espíritu de la Verdad eterna y universal. Y ningún grado de piedad ni de lealtad al credo puede compensar la ausencia, en la experiencia de vida de los creyentes del reino, de esa amistad espontánea, generosa y sincera que caracteriza a los hijos nacidos del espíritu del Dios vivo. Ni la tradición ni los sistemas ceremoniales de la adoración formal pueden compensar la falta de compasión genuina hacia los propios semejantes.