«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

martes, 25 de junio de 2013

El equilibrio de la madurez.

Mientras os dedicáis a la obtención de las realidades eternas, debéis también disponer para las necesidades de la vida temporal. Aunque el espíritu sea nuestra meta, la carne es un hecho. Ocasionalmente, puede que lo necesario para vivir caiga en nuestras manos por casualidad, pero en general, debemos trabajar con inteligencia para conseguirlo. Los dos problemas principales de la vida son: ganarse la vida temporal y obtener la supervivencia eterna. Aun el problema de ganarse la vida necesita de la religión para su solución ideal. Estos dos problemas son altamente personales. La verdadera religión, de hecho, no funciona separada del individuo.

Los factores esenciales de la vida temporal, tal como yo los veo, son:

     1. La buena salud.
     2. El pensamiento claro y limpio.
     3. La habilidad y la pericia.
     4. La riqueza —las posesiones de la vida.
     5. La habilidad para soportar la derrota.
     6. La cultura —la educación y la sabiduría.
      
 Aun los problemas físicos de la salud del cuerpo y de su eficiencia se solucionan de la mejor manera cuando se los considera desde el punto de vista religioso de las enseñanzas de nuestro Maestro: que el cuerpo y la mente del hombre son la morada del don de los dioses, el espíritu de Dios que llega a ser el espíritu del hombre. Así pues, la mente del hombre se vuelve la mediadora entre las cosas materiales y las realidades espirituales.
      
Se requiere inteligencia para garantizarse uno mismo una porción de las cosas deseables en la vida. Es totalmente erróneo suponer que la fidelidad al propio trabajo diario asegura las recompensas de la riqueza. Aparte de la adquisición ocasional y accidental de la riqueza, las recompensas materiales de la vida temporal fluyen en ciertos canales bien organizados, y sólo los que tienen acceso a estos canales pueden esperar ser bien recompensados por sus esfuerzos temporales. La pobreza será por siempre el destino de los hombres que buscan la riqueza en canales aislados e individuales. Por consiguiente, el planeamiento sabio se torna el elemento esencial para llegar a la prosperidad en el mundo. El éxito requiere, no solamente devoción al propio trabajo, sino también funcionar como parte de uno de los canales de la riqueza material. Si no eres sabio, puedes entregar una vida de dedicación a tu generación, sin obtener recompensa material; si eres un beneficiario accidental de la corriente de la riqueza, podrás nadar en lujo aunque no hayas hecho nada valioso para tus semejantes.
      
La habilidad es lo que heredas, mientras que la pericia es lo que adquieres. La vida no es real para el que no sepa hacer bien —expertamente— por lo menos una cosa. La pericia es una de las fuentes reales de satisfacción en la vida. La habilidad implica el don de la prudencia, de tener una visión futurista. No te dejes engañar por las recompensas tentadoras de las empresas deshonestas; está dispuesto a trabajar en pos de las recompensas futuras, inherentes en la conducta honesta. El hombre sabio es capaz de distinguir entre los medios y los fines; pues, a veces el excesivo planeamiento del futuro resulta contraproducente. Un buscador de los placeres como tú eres, debes tratar siempre de ser tanto productor como consumidor.
      
Entrena tu memoria para mantener en fideicomiso sagrado los episodios vigorizantes y valiosos de la vida para que puedas recordarlos, cuando querrás, para tu placer y edificación. De esta manera construye en ti y para ti galerías donde tienes en reserva belleza, bondad y grandeza artística. Pero el recuerdo más noble de todos es la evocación atesorada de los grandes momentos de una amistad sin par. Todos estos tesoros de la memoria irradian sus más preciosas y exaltadoras influencias bajo el toque liberador de la adoración espiritual.
      
Pero la vida será una carga pesada a menos que aprendas a enfrentar los fracasos con donaire. Es un arte aceptar las derrotas, y las almas nobles siempre lo adquieren; debes saber cómo perder, sin perder el ánimo; no debes temer el desencanto. No vaciles jamás en admitir el fracaso. No intentes ocultar el fracaso bajo sonrisas engañosas y falso optimismo. Suena bien pretender tener siempre éxito, pero los resultados finales son desastrosos. Tal técnica conduce directamente a la creación de un mundo de irrealidad y al choque inevitable del desencanto final.
      
El éxito puede generar valor y promover confianza, pero la sabiduría sólo proviene de las experiencias del ajuste al resultado de los propios fracasos. Los hombres que prefieren las ilusiones optimistas a la realidad, jamás podrán ser sabios. Sólo los que se enfrentan con los hechos y los adaptan a los ideales pueden llegar a la sabiduría. La sabiduría abraza tanto el hecho como el ideal y por consiguiente salva a sus devotos de esos extremos estériles de la filosofía — al hombre cuyo idealismo excluye los hechos y al materialista que está vacío de visión espiritual. Esas almas tímidas que sólo pueden mantener la lucha de la vida mediante las continuadas ilusiones falsas del éxito están destinadas a sufrir el fracaso y experimentar la derrota cuando finalmente despierten del mundo de ensueño de su propia imaginación.
      
En este asunto de enfrentarse con el fracaso y adaptarse a la derrota es donde la visión de largo alcance de la religión ejerce su influencia suprema. El fracaso es simplemente un episodio educacional —un experimento cultural en la adquisición de la sabiduría— en la experiencia del hombre que busca a Dios, embarcado en la aventura eterna de la exploración de un universo. Para esos hombres, la derrota no es sino un medio nuevo para el alcance de niveles más altos de la realidad universal.
      
La carrera del hombre que busca a Dios puede ser triunfal a la luz de la eternidad, aunque toda su vida temporal parezca un fracaso completo, siempre y cuando cada uno de sus fracasos durante la vida haya producido la cultura de la sabiduría y el alcance del espíritu. No cometas el error de confundir el conocimiento, la cultura y la sabiduría. Están relacionados en la vida, pero representan valores espirituales vastamente diferentes; la sabiduría por siempre domina al conocimiento y para siempre glorifica la cultura.