«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

miércoles, 12 de junio de 2013

En el jardín de Celsus.

Pasaron la noche con Celsus, y esa tarde en el jardín, después de haber comido y descansado, los doce se reunieron alrededor de Jesús, y Tomás dijo: «Maestro, puesto que los que nos quedamos atrás permanecemos ignorantes de lo que transcendió en la montaña, y que tan grandemente regocijó a nuestros hermanos que te acompañaron, anhelamos que nos hables de nuestra derrota y nos instruyas en estos asuntos, ya que las cosas que ocurrieron en la montaña no pueden ser reveladas en este momento».
      
Jesús le respondió a Tomás, diciendo: «Todo lo que tus hermanos escucharon en la montaña os será revelado en el momento apropiado. Pero, os mostraré ahora la causa de vuestra derrota en vuestro tan imprudente intento. Mientras vuestro Maestro y sus compañeros, vuestros hermanos, ayer ascendían la montaña para mejor conocer la voluntad del Padre y pedir una más rica dote de sabiduría, para poder así hacer eficazmente esa voluntad divina, vosotros quienes permanecisteis aquí en vigilia, con instrucciones de ampliar la visión espiritual de vuestra mente y de orar con nosotros para una revelación más plena de la voluntad del Padre, en vez de ejercitar la fe que está a vuestra disposición, caísteis en la tentación de sucumbir a las viejas malas tendencias de buscar para vosotros una posición de preferencia en el reino del cielo —el reino material y temporal que persistís en discurrir. Y os aferráis a estos conceptos erróneos, a pesar de mi declaración reiterada de que mi reino no es de este mundo.
      
«Ni bien capta vuestra fe la identidad del Hijo del Hombre, vuestro deseo egoísta de favoritismos mundanos os posee nuevamente, y os encontráis conversando entre vosotros, tratando de decidir quién será el mayor en el reino del cielo, un reino que, así como vosotros persistís en concebirlo, no existe, ni existirá jamás. ¿Acaso no os he dicho que el que quiere ser el mayor en el reino de la hermandad espiritual de mi Padre, ha de ser humilde ante sus propios ojos y así ser el servidor de sus hermanos? La grandeza espiritual consiste en un amor comprensivo que es semejante al amor de Dios, no en el goce de un poderío material en pos de la exaltación del yo. En lo que vosotros intentasteis, fracasasteis tan completamente porque vuestro propósito no era puro. Vuestro motivo no era divino. Vuestro ideal no era espiritual. Vuestra ambición no era altruista. Vuestro procedimiento no estaba basado en el amor, y vuestro objetivo no era la voluntad del Padre en el cielo.
     
«Cuánto tiempo os llevará aprender que no podéis acortar el tiempo que requiere el curso de los fenómenos naturales establecidos, a menos que estas cosas estén de acuerdo con la voluntad del Padre? Tampoco podéis hacer obra espiritual, sin poder espiritual. Y nada de esto podéis hacer, aunque exista el potencial, sin la existencia de ese tercer y esencial factor humano, la experiencia personal de la posesión de la fe viviente. ¿Es que siempre necesitáis manifestaciones materiales para atraer a las realidades espirituales del reino? ¿Acaso no sois capaces de captar el significado espiritual de mi misión sin exhibiciones visibles de obras inusitadas? ¿Cuándo se podrá confiar en que os adhiráis a las realidades espirituales más elevadas del reino sin prestar atención a la apariencia exterior de todas las manifestaciones materiales?»
      
Luego de hablar así Jesús a los doce, agregó: «Ahora pues, id a vuestro descanso, porque mañana volveremos a Magadán y allí discutiremos nuestra misión en las ciudades y aldeas de la Decápolis. Concluyendo pues las experiencias de este día, dejadme declarar a cada uno de vosotros lo que hablé a vuestros hermanos en la montaña; y que estas palabras se graben profundamente en vuestro corazón: el Hijo del Hombre comprende ahora la última fase de su autootorgamiento. Estamos por comenzar las labores que finalmente conducirán a la gran prueba final de vuestra fe y devoción, cuando seré entregado a las manos de los hombres que buscan mi destrucción. Y recordad lo que os estoy diciendo: darán muerte al Hijo del Hombre, pero resucitará».
      
Se retiraron tristemente para irse a dormir. Estaban confundidos; no podían comprender estas palabras. Aunque no se atrevieron a hacer preguntas sobre lo que había dicho, recordaron cada una de sus palabras después de su resurrección.