«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

sábado, 22 de junio de 2013

La filosofía griega de Rodán.

Temprano el lunes por la mañana, Rodán comenzó una serie de diez discursos a Natanael, Tomás y un grupo de unas dos docenas de creyentes que se encontraban a la sazón en Magadán. Estas conversaciones, condensadas, combinadas y expresadas en fraseología moderna, expresan los siguientes pensamientos:
 
     
La vida humana consiste en tres grandes impulsos: ímpetus, deseos y atracciones. Un carácter fuerte, una personalidad imponente, se adquiere tan sólo mediante la conversión del impulso natural de la vida en arte social del vivir, transformando los deseos presentes en esos anhelos más elevados que son capaces de un logro duradero, mientras que la atracción común de la existencia debe ser transferida de las propias ideas convencionales y establecidas a los dominios más elevados de las ideas no exploradas y de los ideales no descubiertos.
      
Cuánto más compleja se vuelva la civilización, más difícil será el arte del vivir. Cuánto más rápidos los cambios en los hábitos sociales, más complicada será la tarea del desarrollo del carácter. Cada diez generaciones, la humanidad debe aprender nuevamente el arte de vivir si el progreso ha de continuar. Si el hombre se torna tan ingenioso como para aumentar las complejidades de la sociedad a paso más acelerado, habrá que aprender de nuevo el arte de vivir mucho más frecuentemente, tal vez, en cada generación. Si la evolución del arte de vivir no se mantiene al ritmo de la técnica de la existencia, la humanidad volverá a caer rápidamente en el simple impulso del vivir —la búsqueda de la satisfacción de los deseos presentes. Así pues, la humanidad seguirá siendo inmadura; la sociedad no conseguirá crecer hasta la madurez plena.
       
La madurez social es equivalente al grado en que el hombre esté dispuesto a renunciar a la nueva gratificación de deseos pasajeros e inmediatos, para abrigar aquellos anhelos superiores cuya obtención proporciona las satisfacciones más abundantes del avance progresivo hacia objetivos permanentes. Pero la verdadera indicación de la madurez social de un pueblo es su capacidad y voluntad de ceder su derecho a vivir apacible y contentamente bajo las normas promotoras de comodidad basadas en el aliciente de las creencias establecidas y las ideas convencionales, en vez del atractivo zozobrador, devorador de energía, de la búsqueda de posibilidades no exploradas para lograr propósitos no descubiertos de realidades espirituales ideales.
     
Los animales responden noblemente al impulso de la vida, pero sólo el hombre puede alcanzar el arte de vivir, aunque la mayoría de la humanidad sólo experimenta el impulso animal a vivir. Los animales sólo conocen este impulso ciego e instintivo; el hombre es capaz de trascender este impulso a la función natural. El hombre puede elegir vivir en un alto plano de arte inteligente, aun en un plano de felicidad celestial y éxtasis espiritual. Los animales no se preguntan el propósito de la vida; por consiguiente, no se preocupan jamás, ni tampoco cometen suicidio. Entre los hombres el suicidio atestigua que esos seres han emergido de la etapa puramente animal de la existencia, y que sus esfuerzos de exploración han fracasado en el logro de niveles artísticos de la experiencia mortal. Los animales no conocen el significado de la vida; el hombre no sólo posee la capacidad para reconocer los valores y la comprensión de los significados, sino que también tiene conciencia del significado de los significados —es autoconsciente de su discernimiento.
      
Cuando los hombres se atreven a abandonar una vida de anhelos naturales en favor de una vida de arte aventurera y lógica incierta, deben estar preparados a soportar los inevitables riesgos de heridas emocionales —conflictos, infelicidad e incertidumbres— por lo menos hasta el momento en que alcancen cierto grado de madurez intelectual y emocional. El desaliento, la preocupación y la indolencia son prueba positiva de la inmadurez moral. La sociedad humana se enfrenta con dos problemas: cómo alcanzar la madurez del individuo y cómo alcanzar la madurez de la raza. El ser humano maduro pronto comienza a ver a todos los demás mortales con sentimientos de ternura y con emociones de tolerancia. Los hombres maduros tratan a los seres inmaduros con el amor y la compasión que un padre tiene hacia sus hijos.
      
Vivir con éxito no es más ni menos que el arte del dominio de técnicas confiables para solucionar problemas comunes. El primer paso en la solución de todo problema consiste en ubicar la dificultad, aislar el problema y reconocer francamente su naturaleza y gravedad. El gran error es que, cuando los problemas de la vida despiertan nuestros temores profundos, nos negamos a reconocerlos. Del mismo modo, cuando el reconocimiento de nuestras dificultades comprende la reducción de nuestro largamente acariciado engreimiento, la admisión de la envidia, o el abandono de prejuicios profundamente arraigados, la persona común prefiere aferrarse a sus antiguas ilusiones de seguridad y a los falsos sentimientos de inmunidad largamente acariciados. Sólo una persona valiente está dispuesta a admitir honestamente y a enfrentar sin temor, lo que descubre una mente sincera y lógica.
      
La solución sabia y eficaz de todo problema exige que la mente esté libre de ideas preconcebidas, pasión, y todo otro prejuicio puramente personal que pueda interferir con la encuesta desinteresada de los factores reales que constituyen el problema que se presenta para su solución. La solución de los problemas de la vida requiere coraje y sinceridad. Sólo las personas honestas y valientes son capaces de seguir valerosamente a través del perturbador y desconcertante laberinto del vivir hasta donde los pueda conducir la lógica de una mente sin temor. Esta emancipación de la mente y del alma no puede producirse nunca sin el poder impulsor de un entusiasmo inteligente, casi celo religioso. Se requiere la atracción de un gran ideal para impulsar al hombre en pos de un objetivo cargado de problemas materiales difíciles y múltiples riesgos intelectuales.
      
Aunque estés efectivamente armado para encarar las situaciones difíciles de la vida, no puedes esperar mucho éxito a menos que estés equipado de esa sabiduría de mente y encanto de personalidad que te permite ganar el apoyo y la cooperación sincera de tus semejantes. No puedes esperar una amplia medida de éxito, ni en el trabajo secular ni en el trabajo religioso, a menos que aprendas cómo persuadir a tus semejantes, cómo convencer a los hombres. Simplemente, debes tener tacto y tolerancia.
      
Pero el mejor de todos los métodos para solucionar problemas lo aprendí de Jesús, vuestro Maestro. Me refiero a aquello que él practica tan constantemente, y que tan fielmente os ha enseñado: el aislamiento para la meditación adoradora. En esta costumbre de Jesús de apartarse tan frecuentemente para comulgar con el Padre en el cielo, se ha de encontrar la técnica, no sólo para reunir la fuerza y sabiduría necesarias en los conflictos ordinarios del vivir, sino también para apropiarse de la energía necesaria en la solución de los problemas más elevados de naturaleza moral y espiritual. Pero aun los métodos correctos de solucionar problemas no compensarán los defectos inherentes de la personalidad ni la ausencia de hambre y sed de la verdadera rectitud.
      
Me impresiona profundamente el hábito de Jesús de apartarse a solas para pasar esas temporadas de encuesta solitaria de los problemas del vivir; buscar nuevas reservas de sabiduría y energía para así poder enfrentarse a las múltiples demandas del servicio social; acelerar y profundizar el supremo propósito del vivir sometiendo verdaderamente la personalidad total a la conciencia de estar en contacto con la divinidad; luchar por alcanzar métodos nuevos y mejores de adaptarse a las situaciones en constante cambio de la existencia viviente; efectuar aquellas reconstrucciones vitales y reajustes de las actitudes personales que son tan esenciales para un mayor discernimiento de todo lo que es válido y real; y hacer todo esto con el único propósito de la gloria de Dios —enviar como aliento a los cielos la oración favorita de vuestro Maestro: «Que se haga, no mi voluntad, sino la tuya».
      
Esta práctica de adoración de vuestro Maestro trae ese reposo que renueva la mente; esa iluminación que inspira el alma; ese valor que permite enfrentarse valientemente con los propios problemas; esa autocomprensión que borra el temor debilitante; y esa conciencia de la unión con la divinidad que da al hombre la seguridad necesaria para atreverse a ser como Dios. El reposo de la adoración, o comunión espiritual, como la practica el Maestro, alivia la tensión, elimina los conflictos y aumenta poderosamente los recursos totales de la personalidad. Y toda esta filosofía, más el evangelio del reino, constituyen la nueva religión tal como yo la comprendo.
      
El prejuicio enceguece el alma en el reconocimiento de la verdad, y el prejuicio puede ser eliminado sólo por la devoción sincera del alma a la adoración de una causa capaz de abrazar e incluir a todos los semejantes. El prejuicio está vinculado inseparablemente con el egoísmo. El prejuicio tan sólo se puede eliminar si se abandona el egoísmo y se lo reemplaza por la búsqueda de la satisfacción que produce el servicio de una causa que sea no sólo más grande que el yo, sino aun más grande que toda la humanidad —la búsqueda de Dios, al alcance de la divinidad. El indicio de la madurez de la personalidad consiste en la transformación del deseo humano de manera tal que busque constantemente la realización de esos valores que son los más elevados y los más divinamente reales.
      
En un mundo en continuo cambio, en medio de un orden social en evolución, es imposible mantener propósitos rígidos y establecidos de destino. La estabilidad de la personalidad tan sólo puede ser experimentada por los que han descubierto y abrazado al Dios viviente como meta eterna de alcance infinito. El transferir de este modo el propio objetivo del tiempo a la eternidad, de la tierra al Paraíso, de lo humano a lo divino, requiere que el hombre se regenere, se convierta, nazca nuevamente; que se vuelva el hijo recreado del espíritu divino; que gane el ingreso en la hermandad del reino del cielo. Todas las filosofías y religiones que no llegan a estos ideales, son inmaduras. La filosofía que yo enseño, vinculada con el evangelio que vosotros predicáis, representa la nueva religión de la madurez, el ideal de todas las generaciones futuras. Y esto es verdad porque nuestro ideal es final, infalible, eterno, universal, absoluto e infinito.
      
Mi filosofía me impulsó a buscar las realidades del verdadero alcance, el objetivo de la madurez. Pero mi impulso era impotente; mi búsqueda carecía de fuerza impulsadora; mi indagación sufría, por faltarle la certidumbre de una dirección. Estas deficiencias han sido abundantemente corregidas por este nuevo evangelio de Jesús, con su enaltecimiento de vistas, con su elevación de ideales, y con su certidumbre de objetivos. Sin dudas ni recelos puedo ahora de todo corazón entrar en la aventura eterna.