«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 6 de junio de 2013

La conversación sobre el reino.

Desde el momento en que Jesús fue bautizado por Juan, y después de la transformación del agua en vino en Caná, los apóstoles virtualmente lo habían aceptado, en varias ocasiones, como el Mesías. Por cortos períodos, algunos de ellos habían creído sinceramente que él era el Liberador esperado. Pero si bien surgían esas esperanzas en su corazón, el Maestro las hacía añicos mediante una palabra devastadora o una acción desilusionante. Hacía mucho tiempo que vivían ellos en un torbellino constante debido al conflicto entre el concepto del Mesías esperado que tenían en su mente y la experiencia de su asociación extraordinaria con este hombre que llevaban en el corazón.
      
Era tarde por la mañana de este miércoles cuando los apóstoles se reunieron en el jardín de Celsus para almorzar. Durante buena parte de la noche y desde que se levantaron esa mañana, Simón Pedro y Simón el Zelote se habían empeñado en convencer a sus hermanos de que aceptaran al Maestro de todo corazón, no solamente como el Mesías, sino también como el Hijo divino del Dios viviente. Los dos Simones estaban casi completamente de acuerdo en su estimación de Jesús, y trabajaron diligentemente para convencer a sus hermanos de que aceptaran plenamente su punto de vista. Aunque Andrés continuaba siendo el director general del cuerpo apostólico, su hermano Simón Pedro se estaba volviendo cada vez más, por consentimiento general, el portavoz de los doce.
     
Estaban todos sentados en el jardín a eso del mediodía, cuando apareció el Maestro. Todos ellos lucían una expresión solemne y digna, y todos se pusieron de pie cuando él se acercó. Jesús alivió la tensión con esa sonrisa fraternal y amistosa tan característica en él toda vez que sus seguidores se tomaban a sí mismos, o tomaban un acontecimiento con ellos relacionado, demasiado en serio. Con un gesto perentorio indicó que se sentaran. Nunca más recibieron los doce a su Maestro poniéndose de pie al aparecer él ante ellos. Se dieron cuenta de que no le agradaban esas muestras exteriores de respeto.

      
Después de compartir el almuerzo y de discutir los planes para la gira venidera de la Decápolis, Jesús inesperadamente fijó en ellos la mirada diciendo: »Ya que ha pasado un día entero desde que estuvisteis de acuerdo con la declaración de Simón Pedro sobre la identidad del Hijo del Hombre, deseo preguntaros si vuestra decisión aún es la misma». Al oír esto, los doce se pusieron de pie, y Simón Pedro, adelantándose unos pocos pasos hacia Jesús, dijo: «Sí, Maestro, sí. Creemos que tú eres el Hijo del Dios viviente». Y enseguida Pedro se sentó con sus hermanos.
      
Jesús, aún de pie, dijo entonces a los doce: «Sois mis embajadores elegidos, pero sé que, en estas circunstancias, no podéis basar esta creencia en un simple conocimiento humano. Ésta es una revelación del espíritu de mi Padre a vuestra alma más íntima. Así pues, al hacer vosotros esta confesión por el entendimiento del espíritu de mi Padre que reside en vosotros, me veo llevado a declarar que sobre estos cimientos construiré yo la hermandad del reino del cielo. Sobre esta roca de realidad espiritual construiré el templo viviente de la hermandad espiritual en las realidades eternas del reino de mi Padre. Ninguna fuerza del mal, ninguna hueste del pecado podrá prevalecer contra esta fraternidad humana del espíritu divino. Aunque el espíritu de mi Padre por siempre será la guía divina y el mentor de todos los que abrazan el vínculo de la hermandad espiritual, a vosotros y a vuestros sucesores entrego yo ahora las llaves del reino exterior —la autoridad sobre las cosas temporales —las características sociales y económicas de esta asociación de hombres y mujeres, como hermanos en el reino». Nuevamente les ordenó que por el momento no dijeran a ningún hombre que él era el Hijo de Dios.
      
Jesús estaba empezando a tener confianza en la lealtad e integridad de sus apóstoles. El Maestro comprendía que una fe capaz de soportar lo que sus representantes elegidos tan recientemente habían tenido que pasar, sobrellevaría indudablemente las duras pruebas que se aproximaban y emergería del naufragio aparente de todas sus esperanzas, a la nueva luz de una nueva dispensación, pudiendo así salir para iluminar un mundo envuelto en tinieblas. En este día el Maestro comenzó a creer en la fe de sus apóstoles, salvo uno.
      
Y desde entonces ha estado Jesús construyendo ese templo viviente sobre los mismos cimientos eternos de su filiación divina, y los que así llegan a tener autoconciencia de que ellos son hijos de Dios son las piedras humanas que integran este templo viviente de filiación, erigido para glorificar y honrar la sabiduría y el amor del Padre eterno de los espíritus.
      
Y cuando Jesús hubo así hablado, ordenó a los doce que se retiraran a solas, en las colinas, para procurar sabiduría, fuerza y guía espiritual hasta la hora de la comida vespertina. Así pues hicieron ellos lo que el Maestro les advirtió.