«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

martes, 4 de junio de 2013

El recolector de impuestos del templo.

Mientras Jesús, con Andrés y Pedro, permanecía junto al lago cerca del taller de barcas, se les acercó un recolector de impuestos del templo y, reconociendo a Jesús, llamó a Pedro aparte y dijo: «¿Acaso no paga vuestro Maestro el impuesto del templo?» Pedro estuvo tentado de manifestar indignación ante la sugerencia de que Jesús debía contribuir al mantenimiento de las actividades religiosas de sus enemigos jurados, pero, observando la expresión peculiar del rostro del recolector de impuestos, supuso justamente que su propósito era atraparlos en el acto de negarse a pagar el acostumbrado medio siclo para el apoyo de los servicios del templo en Jerusalén. Por consiguiente, Pedro contestó: «Por supuesto, el Maestro paga el impuesto del templo. Espera junto al portón, enseguida volveré con el dinero».
      
Pero, Pedro había hablado sin pensar. Judas llevaba los fondos del grupo, y estaba del otro lado del lago. Ni él, ni su hermano ni Jesús habían traído dinero alguno. Sabiendo además que los fariseos los estaban buscando, no podían ir a Betsaida para obtener dinero. Cuando Pedro le contó a Jesús lo del recolector y que le había prometido el dinero, Jesús dijo: «Si has prometido, debes pagar. Pero ¿con qué cumplirás tu promesa? ¿Volverás a ser pescador para poder honrar tu palabra? Sin embargo, Pedro, está bien, que bajo las circunstancias pagaremos el impuesto. No demos a estos hombres ocasión alguna de que nuestra actitud los ofenda. Esperaremos aquí mientras tú vas con la barca y echas la red, y cuando hayas vendido los peces en el mercado de más allá, pagarás al recolector por nosotros tres».
      
El mensajero secreto de David, que estaba ahí cerca, oyó esta conversación, e hizo una seña a un asociado, que estaba pescando cerca de la costa, para que volviera pronto. Pedro se preparaba para salir a pescar en la barca, cuando este mensajero y su amigo pescador le dieron varias cestas grandes de peces y le ayudaron a llevarlas hasta el vendedor de pescado que estaba cerca, quien compró los peces, pagando suficiente más lo que agregó el mensajero de David, para pagar el impuesto del templo para los tres. El recolector aceptó el impuesto sin cobrar la multa por pago atrasado pues ellos habían estado ausentes de Galilea por un tiempo.
      
No es extraño que tengáis escritos que describen a Pedro pescando un pez que llevaba un siclo en la boca. En aquellos días eran muy comunes los relatos de tesoros encontrados en la boca de los peces; estas narraciones de seudomilagros eran frecuentes. Así pues, cuando Pedro los dejó para dirigirse a la barca, Jesús observó, con cierto humorismo: «Es extraño que los hijos del rey deban pagar tributo; generalmente es el extranjero quien debe pagar el impuesto para mantener la corte; pero es bueno que no seamos un escollo para las autoridades. ¡Vete pues! tal vez pesques el pez que lleva un siclo en la boca». Habiendo pues hablado así Jesús, y habiendo regresado Pedro tan rápidamente con el impuesto para el templo, no es sorprendente que este episodio más tarde se convirtiera en un milagro, tal como se ve en las palabras del que escribió el evangelio según Mateo.
      
Jesús, con Andrés y Pedro, esperó junto a la orilla del mar prácticamente hasta el atardecer. Los mensajeros le trajeron el mensaje de que la casa de María aún seguía estando bajo vigilancia. Por consiguiente, cuando oscureció, los tres hombres que aguardaban subieron a su barca y lentamente remaron hacia la costa este del Mar de Galilea.