«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 13 de junio de 2013

La protesta de Pedro.

Ese miércoles por la mañana temprano, Jesús y los doce partieron de Cesarea de Filipo hacia el parque de Magadán, cerca de Betsaida-Julias. Los apóstoles habían dormido muy poco esa noche, así pues estaban levantados y listos para partir bien temprano. Aun los imperturbables gemelos Alfeo estaban afectados por esta conversación sobre la muerte de Jesús. Al viajar hacia el sur, poco más allá de las Aguas de Merón, llegaron al camino de Damasco, y deseando evitar a los escribas y otros que, según bien sabía Jesús, estaban por llegar para seguirlos, ordenó que prosiguieran a Capernaum por el camino de Damasco que pasa a través de Galilea. Así lo hizo porque sabía que los que lo perseguían tomarían el camino al este del Jordán, puesto que pensaban que Jesús y los apóstoles no se atreverían a cruzar el territorio de Herodes Antipas. Jesús intentaba eludir a sus críticos y a la multitud que le seguía para estar a solas con sus apóstoles este día.
      
Prosiguieron viaje a través de Galilea hasta bien pasada la hora del almuerzo, luego se detuvieron a la sombra para descansar. Después de compartir el refrigerio, Andrés, hablando a Jesús, dijo: «Maestro, mis hermanos no comprenden tus palabras profundas. Hemos llegado a creer plenamente que tú eres el Hijo de Dios. Pero ahora, escuchamos estas extrañas palabras de que nos abandonarás, de que morirás. No comprendemos tu enseñanza. ¿Es que nos hablas en parábolas? Te imploramos que nos hables directamente y en forma clara».
      
Respondiéndole a Andrés, Jesús dijo: «Hermanos míos, es porque habéis confesado que soy el Hijo de Dios que me veo forzado a desplegar ante vosotros la verdad sobre el fin del autootorgamiento del Hijo del Hombre en la tierra. Insistís en aferraros a la creencia de que soy el Mesías, y no abandonáis la idea de que el Mesías debe sentarse en el trono en Jerusalén; por ello persisto yo en deciros que el Hijo del Hombre pronto debe ir a Jerusalén, sufrir muchas cosas, ser rechazado por los escribas, los ancianos y los altos sacerdotes, y después de todo eso, ser matado y resucitar de entre los muertos. Y no os hablo en parábolas. Os hablo la verdad, para que vosotros podáis prepararos para estos hechos que pronto sobrevendrán sobre nosotros». Mientras aún estaba hablando, Simón Pedro, corriendo impetuosamente hacia él, apoyó la mano sobre el hombro del Maestro y dijo: «Maestro, está lejos de nosotros discutir contigo, pero yo declaro que estas cosas jamás te ocurrirán».
      
Pedro habló así porque amaba a Jesús; pero la naturaleza humana del Maestro reconoció, en estas palabras de afecto bien intencionado, una sugerencia sutil para tentarlo a que él modificara su decisión de terminar su autootorgamiento en la tierra según la voluntad de su Padre del Paraíso. Precisamente porque detectó el peligro inherente en permitir, aun de estos amigos afectuosos y leales, que intentaran disuadirlo, se volvió a Pedro y a los otros apóstoles, diciendo: «Vete detrás de mí. Saboreas el espíritu del adversario, el tentador. Cuando habláis de esta manera no estáis conmigo, sino que os aliáis con nuestro enemigo. Así, convertís vuestro amor por mí en un obstáculo en mi cumplimiento de la voluntad del Padre. No os preocupéis por los caminos de los hombres, sino pensad más bien en la voluntad de Dios».


     
Cuando se recobraron del primer impacto del punzante reproche de Jesús, y antes de resumir su viaje, el Maestro siguió hablando: «El que quiera seguirme, que se olvide de sí mismo, que cargue con su responsabilidad diaria y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida egoístamente, la perderá, pero el que pierda la vida por causa mía y por el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿Qué daría un hombre a cambio de la vida eterna? No os avergoncéis de mí y de mis palabras en esta generación pecaminosa e hipócrita, así como yo no me avergonzaré de saludaros cuando aparezca en gloria ante mi Padre en la presencia de todas las huestes celestiales. Sin embargo, muchos entre vosotros que estáis aquí de pie ante mí no experimentaréis la muerte hasta que hayáis visto venir este reino de Dios en poder».
      
Así pues aclaró Jesús a los doce el doloroso camino lleno de conflictos que debían tomar si querían seguirle. ¡Qué impresión causaron estas palabras en estos pescadores de Galilea, que persistían en soñar en un reino terrenal con posiciones de honor para sí mismos! Pero su corazón leal se llenó de emoción ante este llamado valiente, y ni uno entre ellos pensó en abandonarlo. Jesús no los enviaba solos a la lucha; él los conducía. Sólo les pedía que lo siguieran valientemente.
      
Lentamente los doce estaban captando la idea de que Jesús les estaba diciendo algo sobre la posibilidad de su muerte. Sólo vagamente comprendían lo que él decía sobre su muerte, y su declaración sobre resucitar de entre los muertos no se grabó en absoluto en sus mentes. A medida que pasaban los días, Pedro, Santiago y Juan, recordando la experiencia en el monte de la transfiguración, llegaron a una comprensión más plena de algunos de estos asuntos.
      
En toda la asociación de los doce con el Maestro, sólo pocas veces vieron ellos ese ojo relampagueante y oyeron esas rápidas palabras de reproche que fueron impartidas a Pedro y al resto de ellos en esta ocasión. Jesús siempre había sido paciente para con sus limitaciones humanas, pero no cuando se enfrentaba con una amenaza inminente contra su plan de llevar a cabo, implícitamente, la voluntad de su Padre por el resto de su carrera terrenal. Los apóstoles estaban literalmente pasmados, estaban sorprendidos y horrorizados. No podían encontrar palabras para expresar su congoja. Lentamente comenzaban a percatarse lo que el Maestro debía soportar y de que ellos debían de acompañarlo en estas experiencias, pero no despertaron a la realidad de estos acontecimientos que se aproximaban hasta mucho después de haber escuchado estas primeras sugerencias de la tragedia inminente en los últimos días del Maestro.
       
En silencio Jesús y los doce emprendieron el viaje hacia el campamento del parque Magadán, pasando por Capernaum. A medida que pasaba la tarde, aunque no conversaron con Jesús, mucho hablaron entre ellos; Andrés mientras tanto dialogaba con el Maestro.