«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

domingo, 16 de junio de 2013

El sermón del perdón.

Una tarde en Hipos, en respuesta a la pregunta de uno de los discípulos, Jesús enseñó la lección sobre el perdón. Dijo el Maestro:
     
«Si un hombre de corazón tierno tiene cien ovejas y una de ellas se extravía, ¿acaso no dejará inmediatamente a las noventa y nueve para ir en busca de la que se ha extraviado? Y si es un buen pastor, ¿acaso no perseverará en su búsqueda de la oveja extraviada hasta hallarla? Y luego cuando encuentre el pastor su oveja perdida, se la echará al hombro y camino a su casa con regocijo llamará a sus amigos y vecinos, diciéndoles: `regocijaos conmigo, porque hallé a mi oveja perdida'. Os declaro que hay más felicidad en el cielo cuando se arrepiente un pecador que por noventa y nueve personas rectas que no necesitan arrepentimiento. Aun así, no es la voluntad de mi Padre en el cielo que se extravíe uno de estos pequeños, mucho menos, que perezca. En vuestra religión, Dios puede recibir a los pecadores arrepentidos; en el evangelio del reino, el Padre sale a buscarlos aun antes de que ellos hayan pensado seriamente en arrepentirse.
      
«El Padre en el cielo ama a sus hijos, por eso debéis vosotros aprender a amaros los unos a los otros; el Padre en el cielo os perdona vuestros pecados, por lo tanto, debéis aprender a perdonaros los unos a los otros. Si tu hermano peca contra ti, ve, háblale con tacto y paciencia y muéstrale su error. Y haz todo esto a solas con él. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Pero si tu hermano no te escucha, si persiste en el error, ve, háblale nuevamente, llevándote a uno o dos amigos comunes, para así contar con dos o aun tres testigos que confirmen tu testimonio y establezcan el hecho de que has tratado con justicia y misericordia a tu hermano ofensor. Si tampoco escucha él a vuestros hermanos, podrás relatar todo el hecho a la congregación, y si él se niega a escuchar a la hermandad, deja que el grupo decida una acción justa; que este miembro rebelde se vuelva un paria del reino. Aunque no podáis pretender sentaros en juicio del alma de vuestros semejantes, aunque no podáis perdonar pecados ni de otra manera presumir usurpar las prerrogativas de los supervisores de las huestes celestiales, sin embargo el mantener el orden temporal del reino sobre la tierra está en vuestras manos. Aunque no podáis entrometeros en los decretos divinos sobre la vida eterna, vosotros determinaréis los asuntos de conducta que se refieren al bienestar temporal de la hermandad en la tierra. Así pues, en todos estos asuntos relacionados con la disciplina de la hermandad, lo que decretéis en la tierra será reconocido en el cielo. Aunque no podáis determinar el hado eterno del individuo, podréis legislar la conducta del grupo, porque, cuando dos o tres de vosotros estéis de acuerdo sobre una de estas cosas y me elevéis vuestra solicitud, así se hará por vosotros, siempre y cuando vuestro pedido no esté en desacuerdo con la voluntad de mi Padre en el cielo. Todo esto es por siempre verdad, porque toda vez que se reúnan dos o tres creyentes, allí estaré yo entre ellos».
      
Simón Pedro era el apóstol a cargo de los trabajadores en Hipos, y cuando oyó así hablar a Jesús, preguntó: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió a Pedro: «No sólo siete veces, sino aun setenta veces y siete veces más. Así pues, se puede comparar el reino del cielo con cierto rey que, cierta vez, se puso a hacer las cuentas con sus mayordomos de palacio. En cuanto empezaron a rendir cuentas, trajeron ante su presencia al mayordomo principal que confesó que debía a su rey diez mil talentos. Pero este funcionario de la corte del rey se lamentó que estaba pasando por un período difícil, y que no tenía con qué pagar su obligación. Así pues, el rey mandó que sus propiedades fueran confiscadas y que sus hijos fueran vendidos para pagar su deuda. Al escuchar este mayordomo tan duro decreto, cayó de bruces ante el rey y le imploró que tuviera misericordia y que le diera un poco más de tiempo, diciendo, `Señor, ten un poco más de paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo'. Cuando el rey contempló a este siervo negligente y a su familia, se despertó su compasión. Ordenó que fuera liberado y que se le perdonara completamente el préstamo.

      
«Este mayordomo, habiendo recibido así misericordia y perdón de las manos del rey, se fue por su camino, y al toparse con uno de mayordomos subordinados que le debía tan sólo cien denarios, lo detuvo, lo aferró por el cuello y le dijo: `págame todo lo que me debes'. El subordinado cayó de rodillas ante él implorándole: `tenme un poco de paciencia, y pronto podré pagarte'. Pero este funcionario no supo mostrar misericordia sobre su subalterno, sino que lo arrojó en un calabozo hasta que pagara su deuda. Cuando los demás funcionarios vieron lo que había ocurrido, tanto les dolió que fueron y le relataron el hecho a su señor y maestro, el rey. Al oír el rey el comportamiento de este mayordomo, hizo llamar a este hombre sin gratitud ni perdón ante su presencia y le dijo: `eres un siervo malvado e indigno. Cuando buscabas compasión, yo te perdoné generosamente toda tu deuda. ¿Por qué no tratas a tu subalterno con misericordia, así como yo te traté a ti con misericordia?' Tan airado estaba el rey, que mandó entregar a este siervo indigno a los carceleros para que lo metieran en un calabozo hasta que pagara todo lo que debía. Así pues, derramará mi Padre celestial la más abundante misericordia sobre los que son generosamente misericordiosos para con sus semejantes. ¿Cómo puedes implorar a Dios que te tenga consideración por tus imperfecciones, si castigas a tus hermanos culpables de las mismas debilidades humanas? Yo os digo a todos vosotros: habéis recibido generosamente las cosas buenas del reino; dad pues generosamente a vuestros semejantes en la tierra».
      
Así enseñó Jesús los peligros e ilustró la injusticia de presumir juzgar a los semejantes. La disciplina debe ser mantenida, la justicia debe ser administrada, pero en todos estos asuntos debe prevalecer la sabiduría de la hermandad. Jesús impartió la autoridad legislativa y judicial al grupo, no al individuo. Aun esta autoridad del grupo no debe ser ejercida como autoridad personal. Siempre existe el peligro de que la decisión de un individuo se vea distorsionada por el prejuicio o por la pasión. El juicio del grupo puede prevenir más fácilmente los peligros y eliminar las injusticias de la opinión personal. Jesús trató siempre de minimizar los elementos de la injusticia, la venganza y la represalia.
      
[El uso del término setenta y siete como ilustración de la misericordia y perdón, se derivó de las Escrituras, allí donde se lee el júbilo de Lamec por las armas de metal con que contaba su hijo Tubal-Caín, quien, comparando estos instrumentos superiores con los de sus enemigos, exclamó: «Si Caín, sin armas en la mano, fue vengado siete veces, yo seré ahora vengado setenta y siete».]