«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

sábado, 15 de junio de 2013

En la casa de Pedro.

Al llegar a Capernaum al anochecer, fueron directamente, por caminos poco frecuentados, a la casa de Simón Pedro para cenar. Mientras David Zebedeo se preparaba para llevarlos al otro lado del lago, permanecieron en la casa de Simón, y Jesús, levantando la mirada hacia Pedro y los demás apóstoles, preguntó: «Al viajar juntos esta tarde, ¿de qué conversabais tan absortos entre vosotros?» Los apóstoles se quedaron callados porque muchos de ellos habían continuado la discusión comenzada en el Monte Hermón sobre las posiciones que ocuparían en el reino venidero; cuál sería el mayor, y así sucesivamente. Jesús, conociendo qué ocupaba los pensamientos de ellos ese día, llamó con un gesto a uno de los hijitos de Pedro y, sentando al niño entre ellos, dijo: «De cierto, de cierto os digo, si no cambiáis y os volvéis más como este niño, poco progreso haréis en el reino del cielo. El que se humille a sí mismo y sea como este pequeño, ése será el más grande en el reino del cielo. El que reciba a este pequeño, me recibirá a mí. Y los que me reciban, también reciben a Aquél que me envió. Si queréis ser primeros en el reino, buscad el ministrar estas buenas verdades a vuestros hermanos en la carne. Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeños, mejor le sería que se atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar. Si las cosas que hacéis con vuestras manos o las cosas que veis con vuestros ojos, os ofenden en el progreso del reino, sacrificad esos ídolos amados, porque es mejor entrar al reino sin muchas de las cosas amadas de la vida que aferrarse a estos ídolos y encontrarse fuera del reino. Pero más que nada, aseguraos de no despreciar a uno solo de estos pequeños, porque sus ángeles contemplan siempre el rostro de las huestes celestiales».
      
Cuando Jesús hubo terminado de hablar, subieron a la barca y navegaron al otro lado hacia Magadán.