«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

jueves, 20 de junio de 2013

La naturaleza positiva de la religión de Jesús.

En Filadelfia, donde trabajaba Santiago, Jesús enseñó a los discípulos sobre la naturaleza positiva del evangelio del reino. Cuando, en el curso de sus palabras, sugirió que algunas partes de las Escrituras contenían más verdades que otras y advirtió a sus oyentes que alimentaran su alma con el mejor alimento espiritual, Santiago interrumpió al Maestro, preguntando: «¿Quieres, Maestro, tener la bondad de sugerirnos cómo podremos elegir los mejores pasajes de las Escrituras para nuestra edificación personal?» Jesús replicó: «Sí, Santiago, cuando leáis las Escrituras, buscad aquellas enseñanzas eternamente verdaderas y divinamente hermosas, como:

     «Crea en mi, Oh Señor, un corazón limpio.
     «El Señor es mi pastor; nada me faltará.
     «Ama a tu prójimo como a ti mismo.
     «Porque yo, el Señor tu Dios, te tomaré de la mano derecha, y te dice: No temas; yo te ayudo.
     «Ni tampoco se adiestrarán más las naciones para la guerra».
      
Esto ilustra la forma en que Jesús, día tras día, se apropiaba de lo mejor de las Escrituras hebreas para instruir a sus seguidores y para incluirlas en las enseñanzas del nuevo evangelio del reino. Otras religiones habían sugerido la idea de la cercanía de Dios al hombre, pero Jesús convirtió el amparo de Dios al hombre como la solicitud del padre amante por el bienestar de sus hijos dependientes, haciendo de esta enseñanza el cimiento de su religión. Así pues la doctrina de la paternidad de Dios convirtió en obligatoria la práctica de la hermandad de los hombres. La adoración de Dios y el servicio del hombre se tornaron la suma y sustancia de su religión. Jesús tomó lo mejor de la religión judía y lo tradujo en un valioso conjunto de nuevas enseñanzas del evangelio del reino.

      
Jesús puso un espíritu de acción positiva en las doctrinas pasivas de la religión judía. En lugar de la obediencia negativa a los requisitos ceremoniales, Jesús impuso una actuación positiva en pos de lo que su nueva religión exigía de los que la aceptaban. La religión de Jesús consistió no solamente en creer, sino en verdaderamente hacer, esas cosas que el evangelio requería. No enseñó que la esencia de su religión consistía en el servicio social, sino más bien, que el servicio social era uno de los efectos seguros de la posesión del espíritu de la verdadera religión.
      
Jesús no vaciló en apropiarse de la mejor mitad de las Escrituras, repudiando al mismo tiempo las porciones menos valiosas. Su gran exhortación, «ama a tu prójimo como a ti mismo», la tomó de las Escrituras en donde dice: «No te vengarás contra los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo». Jesús se apropió de la porción positiva de esta escritura, rechazando, al mismo tiempo, la porción negativa. Aun se oponía a la no-resistencia negativa o puramente pasiva. Dijo: «Cuando un enemigo te bofetea, no reacciones pasiva y tontamente, sino vuelve la otra mejilla en actitud positiva; o sea, haz lo mejor posible para alejar activamente a tu hermano errado de los caminos del mal y conducirlo hacia los caminos mejores de la vida recta». Jesús exigía que sus seguidores reaccionaran positiva y enérgicamente en toda situación de la vida. El acto de volver la otra mejilla, o lo que esa acción pudiera tipificar, exige iniciativa, requiere una expresión vigorosa, activa y valiente de la personalidad del creyente.
      
Jesús no apoyaba una práctica de sumisión negativa a las indignidades de los que pudieran buscar a sabiendas aprovechar de los que practican la no-resistencia contra el mal, sino más bien, que sus seguidores fueran sabios y estuvieran alertas para reaccionar rápida y positivamente con el bien frente al mal, con el objeto de conquistar eficazmente el mal con el bien. No olvidéis que el bien verdadero es invariablemente más poderoso que el mal más maligno. El Maestro enseñó una norma positiva de rectitud: «El que quiera ser mi discípulo, que se olvide de sí mismo y asuma la entera medida de su responsabilidad diaria para seguirme». Vivió él mismo de una manera tal que «anduvo haciendo el bien». Este aspecto del evangelio estuvo bien ilustrado por las muchas parábolas que más adelante dijo a sus seguidores. Nunca exhortó a sus seguidores a que soportaran pacientemente sus obligaciones sino más bien a que asumieran la medida plena de su responsabilidad humana y privilegios divinos, con energía y entusiasmo, en el reino de Dios.
     
Cuando Jesús instruyó a sus apóstoles que si les quitaban injustamente el abrigo, ofrecieran la otra prenda, se refería no tanto a una segunda prenda, literalmente, sino a la idea de hacer algo positivo para salvar al que erraba, en vez de seguir el antiguo consejo de la venganza —«ojo por ojo» y así sucesivamente. Jesús aborrecía la idea de la venganza, así mismo la de convertirse en un mero sufriente pasivo o una víctima de la injusticia. En esta ocasión, les enseñó tres maneras de encarar el mal y resistirlo:

     1. Devolver el mal con el mal —el método positivo, pero no recto.
     2. Sufrir el mal sin queja y sin resistencia —el método puramente negativo.
     3. Devolver el bien por el mal, afirmar la voluntad para adueñarse de la situación, para conquistar el mal con el bien —el método positivo y recto.
      
Uno de los apóstoles cierta vez preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer si un extraño me fuerza a llevar su carga por una milla?» Jesús respondió: «No te sientes y suspires de alivio mientras insultas en voz baja al extraño. La rectitud no proviene de las actitudes pasivas. Si no puedes pensar en nada más eficazmente positivo, por lo menos podrás llevar la carga por una segunda milla. Es indudable que esa acción habrá de desafiar al injusto extraño impío».
     
Los judíos sabían de un Dios que perdona a los pecadores arrepentidos y trata de olvidar sus errores, pero hasta la llegada de Jesús, los hombres nunca habían oído hablar de un Dios que fuera en busca de las ovejas perdidas, que tomara la iniciativa de buscar a los pecadores, que se regocijara cuando los encontraba deseosos de volver a la casa del Padre. Esta nota positiva en la religión, la expandió Jesús hasta sus oraciones. Y convirtió la regla de oro negativa en una admonición positiva de ecuanimidad humana.
      
En todas sus enseñanzas, Jesús infaliblemente evitó los detalles que distraían. Evitó el lenguaje florido y evitó las meras imágenes poéticas de los juegos de palabras. Habitualmente expresaba grandes significados en expresiones sencillas. Para fines de ilustración, Jesús invertía el significado corriente de muchos términos, tales como sal, levadura, pesca y niñitos. Empleaba la antítesis con la mayor eficacia, comparando lo pequeño con lo infinito y así sucesivamente. Sus ilustraciones eran sobrecogedoras, como por ejemplo, «el ciego que conduce al ciego». Pero la mayor fuerza que se puede encontrar en su enseñanza ilustrativa era su naturalidad. Jesús trajo la filosofía de la religión desde el cielo a la tierra. Describió las necesidades elementales del alma con una nueva visión y una nueva dote de afecto.