«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

viernes, 28 de junio de 2013

La naturaleza divina de Jesús.

Puesto que Natanael y Tomás habían aprobado tan plenamente los puntos de vista de Rodán sobre el evangelio del reino, tan sólo quedaba un punto más por considerar: la enseñanza que trata de la naturaleza divina de Jesús, una doctrina que acababa de ser anunciada públicamente. Natanael y Tomás conjuntamente presentaron sus puntos de vista sobre la naturaleza divina del Maestro, y la siguiente narrativa es una presentación condensada, reorganizada y mantenida de nuevo de sus enseñanzas:

     
1. Jesús ha admitido su divinidad, y nosotros le creemos. Muchas cosas notables han sucedido en relación con su ministerio, que podemos comprender sólo si creemos que él es el Hijo de Dios así como también el Hijo del Hombre.
      
2. Su vida con nosotros ejemplifica el ideal de la amistad humana; sólo un ser divino podría ser un amigo humano de esta índole. Es la persona más verdaderamente generosa que hemos conocido jamás. Es amigo aun de los pecadores; se atreve a amar a sus enemigos. Es muy leal con nosotros. Aunque no vacila en reprocharnos, está claro para todos que nos ama verdaderamente. Cuanto más lo conozcáis, más lo amaréis. Os encantará su devoción constante. A lo largo de todos estos años a pesar de nuestro fracaso para comprender su misión, ha sido un amigo fiel. Aunque no hace uso de la lisonja, nos trata a todos con igual dulzura; es invariablemente tierno y compasivo. Ha compartido su vida y todo lo demás con nosotros. Nosotros somos una comunidad feliz; compartimos todas las cosas. No creemos que un mero ser humano podría vivir una vida tan limpia de culpa bajo tales circunstancias difíciles.
      
3. Pensamos que Jesús es divino porque nunca hace nada mal; no comete errores. Su sabiduría es extraordinaria; su piedad, enorme. Vive día tras día en acuerdo perfecto con la voluntad del Padre. Nunca se arrepiente de malas acciones porque no transgrede ninguna de las leyes del Padre. Ora por nosotros y con nosotros, pero nunca nos pide que oremos por él. Creemos que está constantemente libre de pecado. No creemos que un ser sólo humano nunca haya profesado vivir una vida semejante. Afirma que vive una vida perfecta, y nosotros vemos que así lo es. Nuestra piedad nace del arrepentimiento, pero su piedad nace de la rectitud. Aun profesa perdonar pecados y cura enfermedades. Nadie quien tan sólo es un hombre mortal pero está en su sano juicio, profesaría perdonar pecados; ésa es una prerrogativa divina. Y nos ha aparecido así de perfecto en su rectitud desde los tiempos de nuestros primeros contactos con él. Nosotros crecemos en la gracia y en el conocimiento de la verdad, pero nuestro Maestro exhibe madurez de rectitud desde el principio. Todos los hombres, buenos y malos, reconocen estos elementos de bondad en Jesús. Sin embargo, su piedad no es jamás sobrecogedora ni ostentosa. Es a la vez humilde y audaz. Parece aprobar nuestra creencia en su divinidad. Es lo que profesa ser, o de lo contrario es el hipócrita y fraude más grande que el mundo haya conocido jamás. Nosotros estamos persuadidos de que él es exactamente lo que dice ser.
      
4. La singularidad de su carácter y la perfección de su control emocional nos convencen de que es una combinación de humanidad y divinidad. Responde infaliblemente al espectáculo de la necesidad humana; el sufrimiento no deja nunca de conmoverlo. Su compasión se despierta del mismo modo por el sufrimiento físico, la angustia mental o la pesadumbre espiritual. Reconoce rápidamente y con generosidad la presencia de la fe o cualquier otra gracia en sus semejantes. Es tan justo y recto y al mismo tiempo tan misericordioso y considerado. Se apena por la obstinación espiritual de la gente y se regocija cuando ellos consienten en ver la luz de la verdad.
      
5. Parece conocer los pensamientos de la mente de los hombres y comprender los anhelos de su corazón. Es siempre comprensivo con nuestros espíritus atribulados. Parece poseer todas nuestras emociones humanas, pero magníficamente glorificadas. Ama poderosamente la bondad e igualmente odia el pecado. Posee una conciencia sobrehumana de la presencia de la Deidad. Ora como un hombre, pero actúa como un Dios. Parece conocer las cosas de antemano; aun ahora se atreve a hablar de su muerte, una referencia mística a su futura glorificación. Aunque es tierno, también es valiente y valeroso. Nunca vacila en el cumplimiento de su deber.
      
6. Constantemente nos impresiona el fenómeno de su conocimiento sobrehumano. Casi no pasa un día en que no transcienda alguna cosa que revela que el Maestro sabe lo que está ocurriendo lejos de su inmediata presencia. También parece saber de los pensamientos de sus asociados. Indudablemente comulga con las personalidades celestiales; indudablemente vive en un plano espiritual muy por encima del resto de nosotros. Todo parece estar abierto a su comprensión singular. Nos hace preguntas para estimularnos, no para obtener información.
      
7. Recientemente el Maestro no ha vacilado en afirmar su sobrehumanidad. Desde el día de nuestra ordenación como apóstoles, hasta los tiempos recientes, no ha negado nunca que proviene del Padre en el cielo. Habla con la autoridad de un Maestro divino. El Maestro no vacila en refutar las enseñanzas religiosas de hoy y en declarar el nuevo evangelio con autoridad positiva. Es positivo, firme y confirmativo. Aun Juan el Bautista, cuando escuchó a Jesús hablar, declaró que era el Hijo de Dios. Parece ser muy suficiente dentro de sí mismo. No anhela el apoyo de las multitudes. Es indiferente a la opinión de los hombres. Es valiente y sin embargo tan libre de orgullo.
      
8. Habla constantemente de Dios como un asociado siempre presente en todo lo que hace. No hace sino el bien, porque Dios parece estar en él. Hace las declaraciones más sorprendentes sobre sí mismo y su misión en la tierra, afirmaciones que serían absurdas si no fuese divino. Cierta vez declaró: «Antes de que fuera Abraham, yo soy». Definitivamente ha afirmado su divinidad; profesa estar en asociación con Dios. Prácticamente agota las posibilidades del lenguaje en la reiteración de su declaración de una asociación íntima con el Padre celestial. Aun se atreve a afirmar que él y el Padre son uno. Dice que el que lo haya visto a él, ha visto al Padre. Dice y hace todas estas cosas extraordinarias con tal naturalidad infantil. Se refiere a su asociación con el Padre de la misma manera en que se refiere a su asociación con nosotros. Parece estar tan seguro de Dios que habla de estas relaciones en una forma perfectamente natural.
     
9. En su vida de oración parece comunicarse directamente con su Padre. Hemos oído pocas de sus oraciones, pero estas pocas parecen indicar que habla con Dios, en realidad como si estuvieran cara a cara. Parece conocer el futuro tan bien como el pasado. Simplemente no podría ser y hacer todas estas cosas extraordinarias a menos que fuera algo más que humano. Sabemos que es humano, estamos seguros de eso, pero estamos casi igualmente seguros de que es también divino. Creemos que es divino. Estamos convencidos de que es el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios.
      
Al concluir Natanael y Tomás sus diálogos con Rodán, se fueron de prisa en dirección a Jerusalén para reunirse con los demás apóstoles, llegando el viernes de esa semana. Ésta había sido una gran experiencia en la vida de estos tres creyentes, y los demás apóstoles mucho aprendieron del relato de Natanael y Tomás sobre estas experiencias.
      
Rodán regresó a Alejandría, donde enseñó largamente su filosofía en la escuela de Meganta. Con el tiempo llegó a ser un personaje poderoso en los asuntos del reino del cielo; fue un creyente fiel hasta el fin de sus días en la tierra, habiendo entregado su vida con otros en Grecia, cuando las persecuciones estaban en su apogeo.