«Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi único fin era revelar a mi Padre de los cielos a sus hijos en la Tierra. He vivido esta encarnación para que podáis acceder al conocimiento de ese Gran Dios. Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos...»

viernes, 7 de junio de 2013

Los diálogos de Andrés.

Esa noche Andrés decidió celebrar diálogos personales indagatorios con cada uno de sus hermanos, y tuvo conversaciones provechosas y consoladoras con todos sus asociados, excepto con Judas Iscariote. Andrés no había tenido nunca con Judas la asociación personal e íntima que compartía con los demás apóstoles; por consiguiente, no le había dado importancia al hecho de que Judas no abría nunca su corazón libre y confidencialmente al jefe del cuerpo apostólico. Pero en esta ocasión estaba Andrés tan preocupado por la actitud de Judas que, más tarde esa noche, cuando todos los apóstoles estuvieron profundamente dormidos, buscó a Jesús y le planteó la causa de su ansiedad. Dijo Jesús: «No es erróneo, Andrés, que tú vengas a mí con este asunto; pero ya no podemos hacer nada más. Tan sólo sigue brindándole la máxima confianza a este apóstol. Y nada digas a tus hermanos sobre esta conversación conmigo».
      
Esto fue todo lo que pudo sacarle Andrés a Jesús. Siempre había habido una sensación extraña entre este judío y sus hermanos galileos. Judas mucho sufrió por la muerte de Juan el Bautista, se sintió gravemente herido por los reproches del Maestro en varias ocasiones, sufrió gran desencanto cuando Jesús se negó a ser rey, se sintió humillado cuando Jesús huyó de los fariseos, dolorido porque se negó a aceptar el desafío de los fariseos que le pedían un signo, confundido porque su Maestro no quería manifestar su poder, y más recientemente, deprimido y a veces desalentado porque las arcas estaban vacías. Además, Judas extrañaba el estímulo de las multitudes.
      
Los demás apóstoles también estaban afectados en mayor o menor grado por estas mismas pruebas y tribulaciones, pero amaban a Jesús. Por lo menos, deben haber amado al Maestro más de lo que lo amaba Judas, porque le siguieron hasta el amargo fin.
      
Siendo de Judea, Judas tomó como ofensa personal la reciente advertencia de Jesús a los apóstoles, «guardaos del fermento de los fariseos»; se inclinaba a considerar esta declaración como una referencia velada a él mismo. Pero el gran error de Judas fue: una y otra vez, cuando Jesús enviaba a sus apóstoles a que oraran a solas, Judas, en vez de buscar una comunión sincera con las fuerzas espirituales del universo, se dejaba llevar por pensamientos basados en el temor humano y persistía en albergar dudas insidiosas sobre la misión de Jesús, dejándose llevar por su tendencia desafortunada a cobijar sentimientos de venganza.

      
Ahora pues, Jesús quería llevar a sus apóstoles consigo al Monte Hermón, donde había decidido inaugurar la cuarta fase de su ministerio terrenal como Hijo de Dios. Algunos de ellos habían estado presentes en su bautismo en el Jordán y habían presenciado el comienzo de su carrera como Hijo del Hombre, y él deseaba que algunos de ellos también estuvieran presentes para escuchar su autoridad para la asunción del nuevo y público papel de Hijo de Dios. Por consiguiente, en la mañana del viernes 12 de agosto, Jesús dijo a los doce: «Preparad provisiones y preparaos para viajar allende la montaña, donde el espíritu me pide que vaya para ser provisto para terminar mi obra en la tierra. Y deseo llevar conmigo a mis hermanos para que también puedan ser fortalecidos para los tiempos difíciles de esta experiencia que se aproxima».